Entrevista a Peter Brook

Peter Stephen Paul Brook (Londres 1925), director, cineasta, escritor, pintor, pianista y hombre de teatro hasta la médula, es un gigante de la cultura mundial. Pero lo suyo, es puro teatro. Un teatro que el pope de la escena ha ido sublimando con el tiempo. Director artístico de la Royal Opera House de su ciudad natal con 22 años, poco después se enfrentaba en las tablas de la Royal Shakespeare Company con nombres míticos como los de Laurence Olivier, John Gielgud o Vivien Leight. Cineasta, en el recuerdo quedan “Moderato Cantabile”, “El señor de las moscas” o títulos filmados de sus propios montajes teatrales, con “Marat-Sade” a la cabeza.

Coincidiendo con las cuatro décadas de la publicación de ”El espacio vacío”, la biblia de muchos directores, Brook, que fijó su domicilio en París, emana sabiduría desde su espacio de Les Bouffes du Nord. Desde allí concede esta entrevista en los días previos a la llegada al Festival de Otoño de 2008 de la Comunidad de Madrid de su espectáculo “Warum, Warum” (Por qué, por qué).

En “Warum Warum”, el espacio mismo puede convertirse en protagonista.

He hecho este espectáculo en torno a una persona, Miriam Goldsmicht, con quien trabajo desde hace treinta años, utilizando textos, revisados en profundidad, como he hecho en otras ocasiones, ahora de escritores que trabajaron a comienzos del siglo XX. La idea era seleccionar aquellos pasajes que se correspondiesen con las preguntas que se puede formular una actriz a lo largo de toda su carrera. Miriam es a la vez ella misma y una actriz, una cómica que ejerce en una cierta forma de hacer teatro.

Dice en el primer texto, que corresponde a Artaud, pero a fin de cuentas es ella quien lo plantea: «Yo me pregunto si existo, y os cuento una gran pregunta existencial que me cuestiono y es que, en lo que a mí respecta, sólo comprendo mi existencia cuando estoy interpretando en el teatro. La base de mi naturaleza es muy particular. Es la de aquellos que tienen su papel en la vida que se llaman cómico o cómica». Para decir más tarde: «Sólo cuando estoy interpretando me doy cuenta de que existo». A partir de ahí surge la pregunta para la que busca una respuesta: Warum. ¿por qué?, ¿perchè?, ¿pourquoi?

¿Se podría ver como un trabajo-resumen sobre aquellos creadores que le han influenciado?

Trabajé por lo menos 20 años por mí mismo antes de leer a Artaud, Stanislawsky o Meyerhold. Empecé a rodarme sin haber leído ningún tipo de teorías. No se puede hacer una labor artística, especialmente si tiene que ver con el teatro, comenzando por ahí. Si a un alumno se le dice que lea tal o cual teoría y trate de trabajar de acuerdo con ella, lo que resulte, lo digo por anticipado, será catastrófico. Por eso yo jamás he publicado mis teorías. Por el contrario, en “El espacio vacío” animo a descubrir por uno mismo, para acabar regresando al vacío después de cerciorarse de que lo demás es provisional.

Si descubres una idea que puede ser interesante, no vas recurrir a ella eternamente. Todos esos nombres: Stanislawsky, Meyerhold o cualquiera de los demás comenzaron buscando a través de la práctica, y procedieron así durante años. Entonces se plantearon recoger los resultados sobre el papel, sólo en término de ideas, de sus largas experiencias. Eso, que para mí es algo muy importante, se puede encontrar en la base de “Warum Warum”, como también lo está en la de “El espacio vacío”. Por eso soy incapaz de responder a la pregunta de quién ha influido más en mi modo de trabajar. Hoy pienso que lo único que cuenta es la experiencia. Y que la mía en este momento no es la misma, o así quiero creerlo, que la de hace 40 años. Del mismo modo que no hablo como hablaba entonces. Diría que mis influencias se las debo a la vida, al trabajo, a los encuentros y a las lecturas. Llegado el caso, al modo de proceder de otros directores, una vez que me asentaba sobre la experiencia, para poner aquello en relación con lo que yo mismo había vivido. Porque estoy convencido de que la teoría que precede a la experiencia carece de valor.

brook¿No le ha interesado nunca el texto de un dramaturgo español hasta ponerse a trabajar sobre él?

En mi vida me he podido plantear el trabajo con un determinado actor o sobre un determinado país. Lo que no puedo es convertirme en secretario de la ONU para hacer justicia a todas las naciones, grandes y pequeñas. Si me decido a abordar un texto de Chéjov, aparecerá alguien que diga que por qué no hago lo mismo con un autor checo, y si lo hiciera, otro reclamaría el mismo trato a un autor argentino y seguidamente me pedirían que procediese igual con la obra de un autor español. Es imposible dirigir obras de todos los dramaturgos, teniendo en cuenta, además, que no he montado ninguna de dos grandes autores como Racine o Molière. Las cosas son así. Al final acabas haciendo las cosas que haces por razones a veces claras y otras misteriosas.

Tal vez por esa última vía hace algunos años a usted le apeteció dirigir una zarzuela.

En efecto: “La verbena de la Paloma”. Me habría gustado muchísimo hacerlo. Incluso estuve trabajando sobre el proyecto, que finalmente acabé pasando a Alain Maratrat, un colaborador habitual, que la hizo, contando entre otros con actores que le cedí.

Algunas obras referenciales de su carrera teatral, como «Marat-Sade» o «Mahabharata», las ha llevado después al cine ¿En un intento por dejar testimonio de esos trabajos tan especiales?

Eso de dejar testimonio es algo que me resbala; que no me interesa. Si las he hecho ha sido sencillamente para divertirme. De verdad. Como un juego. Viendo si yo era capaz de expresarme en un formato distinto, como el del cine, que tanto me gusta y que pertenece al mismo juego que el teatro, pero tratado de otro modo. Eso de legar trabajos para la eternidad me importa un bledo.

¿Su concepción teatral sigue siendo la misma que la del Brook de «El espacio vacío»?

Quien recuerde el libro sabe que en la última página decía que en el momento de leerlo, lo allí escrito ya estaba desfasado. Yo mismo, después de escribirlo estaba dando un paso más adelante porque, como la historia, todo pasa con el tiempo, y no quiero estar circunscrito al pasado. No he releído aquello que escribí, y recuerdo pocas de las ideas que allí se encierran, pero pienso que, en general, enunciaba propuestas que serían válidas aún. Por otra parte, insisto en que ninguna teoría, ninguna idea tendrían carácter eterno en el teatro. El libro creo que continúa teniendo vigencia en lo que tiene que ver con la búsqueda de ese espacio vacío. No sólo en lo que respecta a la escena, sino también a nosotros mismos. En nuestras ideas debemos siempre regresar a la convicción de que cualquier teoría, sea la que sea, es siempre provisional, como lo somos todos.