Los chicos de la foto

Los Ángeles. 1972. Un montador, ya retirado, le dijo al guionista y escritor Jean Claude Carrière sobre el cine que se avecinaba:

“Es como los aviones, como los coches. Cada vez hay que ir más rápido. Y sin embargo, el ritmo de nuestro corazón no ha cambiado, ni tampoco el de nuestra respiración, ni el de nuestra digestión. Ni el de los días y las noches, o las mareas y las estaciones… ¿por qué las películas van cada vez más deprisa?”.

Puede que los componentes de esta foto, única e irrepetible, tengan mucho que ver con ese ritmo, con esa velocidad. Estos cineastas, estos humanistas, son hoy representantes de un cine perdido y, para muchos, desconocido. Esperemos que nunca olvidado.

Ese mismo año 72, Luis Buñuel regresó a Los Ángeles. Recibió allí una invitación a comer de George Cukor. Años atrás, Cukor había intentado ayudar a Buñuel, que en 1943 tuvo que dimitir del MOMA por culpa de un religioso que lo denunció en un artículo al ver La edad de oro. Cukor llamó al magnate de la Metro, Irving Thalberg, diciéndole que uno de los mejores cineastas del mundo estaba sin trabajo por culpa de una lista negra. Thalberg le respondió: “George, no hay lista negra en Hollywood. Y si la hay haré que la borren”. Pero nada hizo al respecto.

En sus memorias (Mi último suspiro), Buñuel rememoró así esta reunión en la mansión de Cukor:

“Fue una comida extraordinaria. Llegados los primeros a la magnífica mansión de Cukor, que nos recibió calurosamente, vimos entrar, medio llevado por una especie de esclavo negro provisto de poderosos músculos, a un viejo espectro vacilante, con un parche en el ojo, a quien reconocí como John Ford. Nunca habíamos coincidido. En este momento de la conversación, oímos el arrastrase de unos pasos sobre el parquet. Me volví. Hitchcock entraba en la sala, todo rechoncho y sonrosado, y se dirigía hacia mí con los brazos extendidos”.

“Llegaron luego William Wyler, Billy Wilder, George Stevens, Ruben Mamuolian, Robert Wise y un director mucho más joven, Robert Mulligan. Tras los aperitivos, nos sentamos a la mesa, en la penumbra de un amplio comedor iluminado con candelabros. Se celebraba en mi honor una extraña reunión de fantasmas que nunca se habían encontrado y que hablan todos de los good old days, de los buenos tiempos”.

“En el transcurso de la comida se hicieron varios brindis. Stevens, en particular, levantó su copa: “Por lo que, pese a nuestras diferencias de origen y creencias, nos reúne alrededor de esta mesa”. Yo me levanté y acepté brindar con él pero, siempre receloso de la solidaridad cultural, con la que siempre se cuenta demasiado, dije: ‘Bebo, pero me quedan mis dudas’.

Este cortometraje documental indaga en la trastienda de esa foto, en lo sucedido en aquella reunión histórica y en lo que sus protagonistas legaron al cine.

Los chicos de la foto

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Los chicos de la foto

Los Ángeles. 1972. Un montador, ya retirado, le dijo al guionista y escritor Jean Claude Carrière sobre el cine que se avecinaba:

“Es como los aviones, como los coches. Cada vez hay que ir más rápido. Y sin embargo, el ritmo de nuestro corazón no ha cambiado, ni tampoco el de nuestra respiración, ni el de nuestra digestión. Ni el de los días y las noches, o las mareas y las estaciones… ¿por qué las películas van cada vez más deprisa?”.

Puede que los componentes de esta foto, única e irrepetible, tengan mucho que ver con ese ritmo, con esa velocidad. Estos cineastas, estos humanistas, son hoy representantes de un cine perdido y, para muchos, desconocido. Esperemos que nunca olvidado.

Ese mismo año 72, Luis Buñuel regresó a Los Ángeles. Recibió allí una invitación a comer de George Cukor. Años atrás, Cukor había intentado ayudar a Buñuel, que en 1943 tuvo que dimitir del MOMA por culpa de un religioso que lo denunció en un artículo al ver La edad de oro. Cukor llamó al magnate de la Metro, Irving Thalberg, diciéndole que uno de los mejores cineastas del mundo estaba sin trabajo por culpa de una lista negra. Thalberg le respondió: “George, no hay lista negra en Hollywood. Y si la hay haré que la borren”. Pero nada hizo al respecto.

En sus memorias (Mi último suspiro), Buñuel rememoró así esta reunión en la mansión de Cukor:

“Fue una comida extraordinaria. Llegados los primeros a la magnífica mansión de Cukor, que nos recibió calurosamente, vimos entrar, medio llevado por una especie de esclavo negro provisto de poderosos músculos, a un viejo espectro vacilante, con un parche en el ojo, a quien reconocí como John Ford. Nunca habíamos coincidido. En este momento de la conversación, oímos el arrastrase de unos pasos sobre el parquet. Me volví. Hitchcock entraba en la sala, todo rechoncho y sonrosado, y se dirigía hacia mí con los brazos extendidos”.

“Llegaron luego William Wyler, Billy Wilder, George Stevens, Ruben Mamuolian, Robert Wise y un director mucho más joven, Robert Mulligan. Tras los aperitivos, nos sentamos a la mesa, en la penumbra de un amplio comedor iluminado con candelabros. Se celebraba en mi honor una extraña reunión de fantasmas que nunca se habían encontrado y que hablan todos de los good old days, de los buenos tiempos”.

“En el transcurso de la comida se hicieron varios brindis. Stevens, en particular, levantó su copa: “Por lo que, pese a nuestras diferencias de origen y creencias, nos reúne alrededor de esta mesa”. Yo me levanté y acepté brindar con él pero, siempre receloso de la solidaridad cultural, con la que siempre se cuenta demasiado, dije: ‘Bebo, pero me quedan mis dudas’.

Este cortometraje documental indaga en la trastienda de esa foto, en lo sucedido en aquella reunión histórica y en lo que sus protagonistas legaron al cine.