El actor que sudaba

En el Festival de Venecia los actores sudan. No es tanto una cuestión de método como metereológica. La humedad y el calor del final de verano impide que el maquillaje se quede en su sitio. No hay posibilidad de tapar nada. Por más que uno se empeñe, sólo se alcanza a ver la piel, la piel desnuda y húmeda. Pero en todo hay grados. Y Philip Seymour Hofffman (Nueva York, 1967) más que transpirar, se deshacía. Recuerdo que presentaba 'Los idus de marzo', la película de George Clooney en la que interpreta a un asesor político. La definición se queda corta. En la cinta, mano a mano con Paul Giamatti (qué pareja, dios), el actor pelirrojo de mirada oblicua daba vida a la mismísima sombra de Maquiavelo.

Pues bien, ahí estaba delante de uno, en pijama (¿o era un chándal?) y licuándose. Cada respuesta salía de su boca con la contundencia de un goterón de sudor. Cada respuesta se antojaba una provocación. Irónico, escurridizo y perfectamente metido en su papel de actor que suda. Impresionaba en su brutal humanidad, en la falta de protocolo y distancia que provoca un hombre que, simplemente, suda. Y claro uno no puede por menos que pensar que, en su caso, no era tanto por culpa de la temperatura exterior como de, precisamente, la vocación interior.

Quizá era eso, la más simple de las secreciones corporales, lo que hacía que cada uno de sus personajes se pegara a su cuerpo contundente como una segunda piel. Y así hasta conseguir transformarse en todos ellos.

El suyo siempre fue un trabajo de precisión empeñado en rescatar de cada personaje lo que le hace débil y por ello humano, profundamente humano. Todo director americano que en los últimos años ha querido aspirar a algo no ha tenido más remedio que contar con él. Su forma de trabajar, desde dentro, desde el sudor, hacía de él más que un simple actor, un modelo a seguir. El único actor posible.

Y así, la filmografía entera de Paul Thomas Anderson, quizá el más dotado de los directores americanos hoy, aparece indefectiblemente perseguida por la figura de este actor. Se le vio en 'Sydney', 'Boogie Nights', 'Magnolia' y 'Punch-Drunk Love'. Hasta que finalmente 'The master' hizo de él algo así como el último y más grande de los iconos. Su papel de Lancaster Dodd es a la vez una extraña exhibición de fuerza, contundencia, magnetismo y, finalmente, humanidad. El maestro, el mesías inventor de una religión extraña y alucinada, es simplemente un hombre que suda. Y es ahí, en el momento de íntima identificación con el personaje (todos sudamos), donde Seymour Hoffman adquiere la dimensión totémica de lo extraordinario. Extraordinario es su simplicidad.

El Oscar le llegó con su papel de Truman Capote. Las reglas del espectáculo son así. Tienden a dar por bueno lo espectacular, lo histriónico. Quiénes sólo le recuerden en este papel quizá se lleven una idea equivocada. Aquí, se exhibía excesivo dentro de un hombre excesivo. Demasiado evidente para ser verdad.

Donde, sin embargo, lucía en todo su esplendor este actor era precisamente en los gestos pequeños, cercanos. Si se quiere, su especialidad consistía en pasar desapercibido, en hacer desaparecer el actor detrás del personaje; en fundirse con él. Y por ello, ningún otro secundario de la historia del cine reciente se antoja tan furiosamente primario.

Su nombre pasea al lado de los nombre de los hermanos Coen ('El gran Lebowski'), Spike Lee ('La última noche'), Sidney Lumet ('Antes que el diablo sepa que has muerto') o Todd Solondz ('Happiness'), y en todos los casos los suyos son personajes extremos, raros o perversos convertidos con toda naturalidad en vulgares, humanos, demasiado humanos. El sudor.

Quizá su empeño más descomunal y titánico en una pantalla fue (a un lado 'The master') al que Charlie Kaufman le obligó en 'Synecdoche, New York'. Allí daba vida a un director de teatro; un hombre que un buen día decide montar la obra de teatro definitiva: la vida, así en toda su extensión, sobre el escenario.

Lo que se dispone a montar el personaje interpretado por Hoffman es su propia vida al modo y manera como lo haría Fellini en 'Ocho y medio', por ejemplo. Pero un paso más allá. Necesita reconstruir cada centímetro cuadrado de su existencia, desde su apartamento a su lugar de vacaciones pasando por todos y cada uno de sus familiares, amigos y conocidos. La red se extiende. Lo que pretende es reproducir Nueva York entera dentro de Nueva York. Y sigue. Dentro del Manhattan 'teatral' tendrá que aparecer por fuerza el propio protagonista que monta una obra sobre su propia vida mientras monta otra obra a vueltas con su vida mientras... Su vida dentro de su vida.

Y de alguna manera, en el medio del remolino o sinécdoque, se encontraba Seymour Hoffman empeñado en anular en cada uno de sus trabajos la distancia que media entre el actor y el propio personaje; empeñado en apropiarse de cada palabra de guión. Y claro, el trabajo es tan fatigoso que no queda más que sudar. La vida, en efecto, agota.