Consultorio: Atrapando la esencia

El compañero Andrés nos enviaba este mail:

"Hola, antes que nada me gustaría felicitaros por tan estupendo blog. Os sigo desde hace años y he aprendido cosas muy útiles con vuestros posts, seguid así.

Bueno voy al grano me llamo Andrés, estudié Comunicación Audiovisual en la universidad de Murcia y he hecho varios cortometrajes. Creo que ha llegado el momento de saltar al largometraje y quiero adaptar al cine una obra que curiosamente nadie ha llevado aún a la pantalla: La Ley General Tributaria 58/2003

Pero claro, me surgen muchas dudas. ¿Necesito los derechos o el consentimiento del autor original? ¿El lenguaje de un texto jurídico se puede traspasar tal cuál al formato guión o hay que hacer muchos cambios? Cualquier duda que me podáis solucionar será bienvenida, estoy un poco desesperado, jejeje.

Muchas gracias, cracks."

Hola Andrés. En primer lugar, gracias por tus palabras y por confiar en nosotros.

En lo que se refiere a temas legales me vas a disculpar, pero no es mi fuerte. Imagino que necesitarás pedir permiso o pagar derechos en la medida en que te ciñas o no al texto de manera literal. De todos modos, si eres de ALMA te recomiendo aprovechar su magnífico servicio jurídico. Ellos sabrán resolver tus dudas en estos temas mucho mejor que yo.

Con respecto al proceso de adaptación, el primer consejo que me nace es el habitual en estos casos: Localiza la esencia, atrápala… y trabaja a partir de ella. Tu historia está llena de conceptos interesantes, pero tiene el problema de que se puede abordar desde muchas perspectivas distintas. Puedes contar la Ley General Tributaria con un enfoque social, con tintes revolucionarios utópicos… o puedes tirar por un enfoque más kafkiano, con el sistema oprimiendo al individuo y arrastrándolo hacia la trastienda absurda de lo presuntamente razonado, etc. En esa decisión no podemos ayudarte ni yo ni nadie. Depende de lo que vibre con más fuerza en tu corazoncito. ¡Es tu película!

Otra decisión interesante que deberías contemplar es si vas a ambientar la historia en el contexto en que se escribió la ley (año 2003) o si prefieres adaptarlo a la época actual. Lo bueno de un material como la Ley General Tributaria 58/2003 es que su mensaje es universal. Su trasfondo y sus implicaciones nos afectan a todos. En 2003 o en 2015. En España o en China.

Evidentemente, tendrás que hacer algunos cambios por razones estrictamente cinematográficas. A veces lo que funciona en lenguaje jurídico no funciona necesariamente en lenguaje cinematográfico. El artículo 42, por ejemplo: En un juzgado cumple su cometido perfectamente, pero en una peli resultaría antinatural y (peor todavía) el ritmo se resentiría. El lector de códigos civiles y penales no tiene la misma percepción del ritmo ni la misma paciencia que el espectador de cine.

Por otra parte, estoy seguro de que cualquier productor te dirá que, por razones de presupuesto, lo suyo es fusionar el artículo 26 y el segundo epígrafe del artículo 30. Legislar es muy barato, pero en cine cada minuto cuesta dinero. Por eso todo el mundo se siente con derecho a opinar sobre cada puta cosa. Cuando otros invierten su capital en la primera comunión de tu hija, todos quieren decidir cómo va a ser el vestido, y todos la manosean para colocarle el susodicho vestido como ellos creen que le sienta mejor, y todos se mean en ella para marcar el territorio y terminan violándola por su propio bien porque hay demasiado dinero en juego para confiar en tus virtudes como padre, por muy sensatos que sean tus argumentos sobre que “no se debe violar a alguien en su primera comunión”.

Así está el patio, Andrés… Estamos jodidos. ¿Cómo quieres que te resuelva las dudas, si cuanto más avanzo yo, más dudas tengo sobre mí mismo y sobre esta profesión incierta? Lo más probable es que tu decisión de adaptar la Ley General Tributaria sea, con perdón, una decisión de mierda. Me baso en la jurisprudencia, en decisiones tuyas anteriores: Estudiaste Comunicación Audiovisual. ¿Pa qué? Cuando te contratan nunca te piden el título, y lo más probable es que mientras asistías a las clases no te enterabas de nada. Conozco a gente que viene emocionada porque en un máster le han explicado no sé qué movida crucial, importantísima. “Eso te lo explicaron en cuarto de carrera, y más barato”, pienso yo. “Lo que pasa es que no estabas atendiendo, porque nos obligan a estudiar cuando aún no estamos preparados. El mundo va con prisas. El mundo tiene gastroenteritis y sólo quiere llegar a tiempo al cagadero más cercano.”

Y es probable que tampoco estés preparado para escribir un largo. Sólo has hecho un puñado de cortos de mierda, Andrés. No estás preparado. Ninguno de nosotros lo está. ¿Cómo vamos a estar preparados, si olvidamos diez cosas por cada una que aprendemos? Escribir es el arte de cometer continuamente errores de novato. Y para colmo, el mundo cambia más deprisa de lo que aprendemos nosotros. Lo que ahora es trending topic mañana está “super out”. Y las tecnologías se reinventan a sí mismas tres veces por segundo.

¡Cojones, Andrés! Hagamos algo al respecto, tú y yo. ¡Huyamos juntos! Dejemos esta mierda y montemos un chiringuito en Barbate. Yo cocino, tú tratas con los clientes. No es que yo sea un virtuoso de la cocina, pero relacionarme con gente se me da aún peor. Por eso no medro en el audiovisual. El 80% en este mundillo va de relacionarse y se supone que el 20% restante tiene que ver con entender al público y saber lo que quiere… y darle lo que quiere. Que a fin de cuentas no es más que otra forma de relacionarse. Ahora que lo pienso, tampoco sirvo pa estar en la cocina del chiringuito. Más de la mitad de los clientes pedirán sardinas, y odio las sardinas. Me niego a cocinarlas. El olor me repugna. ¿Sabes qué te digo, Andrés? Que igual lo de la hostelería no es tan buena idea. ¡Hagamos un proyecto audiovisual por nuestra cuenta! Sin teles, sin subvenciones. Algo puro. Algo NUESTRO. Pero tiene que ser transmedia, ¿eh? Ahora lo de deconstruir no sólo está de moda en la cocina. Nos inundan con programas de cocina porque quieren prepararnos para ser un país de hosteleros. Intentan que nuestro mayor orgullo sea cocinar bien las cosas y presentar bien los platos para que puedan disfrutarlos los turistas alemanes. Quieren que nos sintamos orgullosos de ser el balneario de Europa. No me malinterpretes, Andrés: Yo adoro a los camareros y a los cocineros, pero prefiero la amabilidad de Paco, el del bar de mi barrio.

¡Deconstrucción audiovisual, Andrés! ¡Transmedia! ¡Brand content noséqué pollas! Escribamos una peli que cada dos minutos la tengas que interrumpir porque no puedes entender una escena a menos que veas en Youtube quince vídeos de la vida del personaje. Y si quieres pasar al tercer acto primero deberás jugar a un videojuego y compartir tus resultados en Facebook para captar a todos tus contactos. Si no eres spam no estás en la onda. Si tu producto no es viral, no es sano. ¡Ah, se me ocurre otra idea! Para poder avanzar en la trama tienes que ir a bares y pagar una consumición. Entonces el camarero te da el ticket y en él hay un código de barras QR de ésos que lo escaneas con el móvil y accedes al siguiente capítulo. Habría un acuerdo comercial con los bares, por supuesto. ¡Un porcentaje de lo que se pague por cada caña sería pa nosotros!

Ya… a mí tampoco me motiva demasiado contar las historias de ese modo, pero hay que espabilar, Andrés… Si hacemos lo de siempre no nos va a hacer caso ni Dios. Seguro que tu muro del Facebook está igual que el mío: Infestado de invitaciones a microteatros, a presentaciones de novelas, a que les votemos en el Notodo y veamos sus videobooks actualizados con toda esa nueva mierda del año 2014 que no hemos visto porque para ver todo lo que todos quieren que veamos tendríamos que clonarnos varias veces a nosotros mismos.

Y los largometrajes, Andrés… los largometrajes… Ahora todo el mundo puede hacer un largo lowcost. Es como en USA, que cualquier desequilibrado tiene licencia de armas. Si queremos petarlo de verdad tenemos que hacer algo distinto. Aunque ello implique que contemos peor la historia. Lo importante es llamar la atención, Andrés. Si escribes meneando la cadera con el boli metido en el culo nadie se detendrá a juzgar tu caligrafía.

Aunque te contaré otro secreto: Ni siquiera necesitamos petarlo. Nuestra autoestima está ligeramente por encima de la de un actor y ligeramente por debajo de la de un perro. Nos conformamos con que nos quieran un poquito. Si tu amo te da una palmadita en la espalda y te dice “Buen trabajo, Andrés. Buen chico“… con eso tienes combustible para toda la semana. Te conformas con que te acaricie el lomo… aunque ni siquiera te esté pagando… aunque te tenga contratado como falso autónomo… aunque tarde una semana en leerse eso que tú has escrito con tanta ilusión… y con tanta prisa, porque se supone que lo necesitaba “para ayer”.

Los productores son de Marte, los guionistas de Venus.

Un poco de cariño. Los despojos de nuestro amor propio se conforman con eso, porque el propio sistema se encarga de destrozarnos la moral. No sé si ves Juego de Tronos. ¿Conoces a Theon Greyjoy? ¿Conoces a Reek? No voy a entrar en detalles por temor a espoilearte algo más que el patético futuro que te aguarda. Pero los guionistas somos algo así: cerebros lavados en un MK ULTRA involuntario. O quizá no tan involuntario, porque en el fondo interesa que el trabajo del guionista esté tan minusvalorado, Andrés. Los productores no quieren arriesgar su propio dinero y lo único que necesitan para pedir subvenciones es un guión o un dossier. Les interesa que la persona encargada de hacer eso no se valore lo suficiente, para poder aprovecharse de ella. Les interesa que si ellos tiran un palito, nosotros salgamos corriendo a por el dichoso palito y se lo devolvamos impregnado en nuestras propias babas.

Pero qué vamos a hacer nosotros para cambiar el sistema, Andrés… Somos unos putos vagos. Somos dechados de desidia. Yo, sin ir más lejos, no me he documentado para este post. Puse “Ley Tributaria” en Google y ni siquiera me la leí. No sé si esa ley del 2003 sigue vigente, ni sé si tiene artículo 42 ó 26. De hecho, estoy escribiendo este post en un móvil para poder hacerlo desde un bar. Me ha costado tres vermuts. Ése es el valor de este post, y supongo que ése es mi valor como guionista.

Por Juanjo Ramírez Mascaró