La forja de un actor

"Llegaron malos tiempos... Para ser exactos, llegaron peores tiempos". La melancolía se apoderaba de Carlos Galván mientras el resto de actores de una compañía de cómicos itinerante -los Galvanes- vagaba, maleta en mano, por los intempestivos caminos de la España de los años 50. En su cabeza, la esperanza de encontrar una plaza o un bar de pueblo en el que representar su función para poder acallar los gritos de un estómago vacío. En su corazón, el deseo ardiente de vivir bajo el prisma único de un actor. Esta es la certera estampa que dibuja 'El viaje a ninguna parte', preciosa película escrita y dirigida por un grande de la escena, Fernando Fernán Gómez. Hoy, décadas después, siguen existiendo los soñadores que anhelan convertir el oficio la interpretación en su manera particular de transitar por la vida. Son los Galvanes del siglo XXI.

"Ayer pasaba con mi prima por delante del Teatro Español y le dije: este es un gran teatro. Estuvimos viendo los carteles y, si me preguntas por un sueño dentro de 10 años, te diría que sería ver mi nombre ahí. El decir 'me voy al Teatro Español que me toca función esta tarde'. Ese sería mi sueño". Raquel Pardos (24 años) comparte este pequeño secreto con una sonrisa de esperanza sobre el escenario de una de las salas de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD). Durante los últimos cuatro años ha convertido este centro en su casa, en su lugar de trabajo, en el rincón de sus ilusiones y también en el cajón de sus decepciones. Todo esto ha sido para ella la RESAD. Ahora, concluida su formación como actriz, deberá abandonarla.

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En estos cuatro años, Raquel ha aprendido a que, como el hierro, el actor también se forja a base de esfuerzo y martillazos. "Tienes una imagen preconcebida de lo que es la profesión y sólo ves la parte bonita: al actor ahí iluminado por los focos. Pero durante 4 años te vas dando cuenta de que hay toda una preparación detrás, de que no sólo es aprender un texto y decirlo. Toda esa tontería se va y te das cuenta de que es un oficio como otro que necesita formación, preparación, constancia...". Raquel probó el veneno de la interpretación en un curso de verano mientras en su tierra, Zaragoza, estudiaba Magisterio Infantil. Comenta que cuando hablaba de hacer de esto su modo de vida sus padres "lo veían como el sueño de la niña". Así que acabó la carrera de Magisterio con altas calificaciones, hizo la maleta y llegó a la RESAD con la aprobación en casa. No siempre es así: "Hay muchísima gente que está aquí a malas con su familia, que no entiende que quieran ser actores", apunta Paloma Rodríguez (23 años), compañera de Raquel en la RESAD y en la obra que, como alumnas de último curso, están preparando junto a otros estudiantes bajo la atención y dirección de docentes del centro.

Paloma es tímida, habla susurrando y cuenta que llegó a esta fragua de actores que es la RESAD porque "siempre quise ser actriz. Cuando acabé el instituto, sabía que esto existía, pero me echó para atrás la grandeza de la RESAD y empecé a hacer Filología. Cuando, después de un año, solo pisaba la facultad para ir al grupo de teatro, mis padres me animaron a empezar esto".

Las dos, Paloma y Raquel, evalúan su paso por la RESAD como la etapa inicial de una persona que ha decidido consagrar su vida al oficio de la interpretación. Y tras eso ¿qué? Ahora que se asoman al universo laboral del actor - con el 73% de los intérpretes está en el paro según un informe de AISGE- ¿se puede llegar a algo saliendo con una titulación oficial de la RESAD, pero sin contactos?

"Es difícil entrar en ciertos mundos sin esa ayuda. En televisión y cine debes tener un representante. Para montajes teatrales hay mucha gente que apuesta por montar su propia compañía y llega muy lejos.", responde Paloma. Para actrices no famosas como ellas conseguir ser representadas por una agencia importante puede resultar más complicado que lograr trabajo en una serie de televisión o en una película.

Del mundo laboral del cómico, en el que más de la mitad de los actores -según el mismo informe- aseguran que sus ingresos están por debajo del salario mínimo (645¤/mes), a Raquel le molesta que en los castings exista "la manía de pedir un perfil sin que te dejen mostrar un personaje. Me da rabia porque estás estudiando cuatro años, preparando tu cuerpo, preparando una voz para que si no les gustas porque no eres lo suficiente alto o guapo, no permiten ni siquiera que dejes el currículum: ven la foto y ya no ven nada más". Paloma asiente. Las dos matizan que esto ocurre con mayor frecuencia en proyectos relacionados con televisión y cine. En este punto, sacar en la conversación el tema del intrusismo laboral podría resultar peliagudo. Sin embargo, ellas lo abordan con aire de resignación: "Hay ciertos oficios en los cuales el haber estudiado no te garantiza trabajar y alguien que no se ha formado en ello, puede hacerlo. Pero eso nos va a perseguir siempre", comenta Paloma; Raquel es más dura: "Para mí el culpable es el que contrata. No entiendo el criterio que usa el que contrata a la vez a un modelo y a un actor profesional para su peli o serie".

LAS ILUSIONES Y MIEDOS DE QUIENES DECIDEN SER ACTORES

Los pasillos de la RESAD ofrecen una frenética actividad. Frenética y variada. Cualquier visitante que se acerque a este centro público de enseñanza superior experimentará una sensación similar a la de moverse por los bastidores de un gran teatro. Como centro, dista muy poco de cualquier instituto: largos pasillos con aulas a cada lado, luz artificial, ventanas interiores, tablones de anuncios, conserjería, cantina... Lo que diferencia a esta fragua de actores de un instituto o de una facultad es su alma: los más de 300 alumnos que, formándose como intérpretes, directores, dramaturgos (guionistas) o escenógrafos, impregnan de cultura, arte e ilusión aquel edificio.

Saliendo de un aula, jóvenes de no más de 20 años caminan presurosos, descalzos y en mallas; en la clase de al lado se distinguen grandes mesas de dibujo con maniquíes al fondo para esbozar sobre papel lo que después será el decorado en un escenario. Cerca del hall central, un pasillo abarrotado de attrezzo: desde mesillas hasta pistolas o zapatos dorados. Enfrente, camerinos.

En una fragua, cada golpe del martillo sobre el metal incandescente lanza al aire una chispa de luz. En la RESAD esa chispa corresponde a la ilusión de quienes se forman cada día durante horas. Una jornada habitual de un alumno de la RESAD consiste en llegar sobre las 9 de la mañana para acudir a las clases y seguir allí bien entrada la tarde preparando trabajos o ensayos. Igual estudian sobre los grandes autores del Siglo de Oro que se enfundan un traje de esgrima. Las materias de estudio en la RESAD son de lo más variopinto.

valleinclan3Los alumnos de primero poseen sensaciones encontradas. Deben tomar la temperatura a lo que ellos han decidido que será su vida. Las dudas y los sueños se entremezclan con fuerza en los rostros y las palabras de un grupo de chavales recién salidos del instituto que interrumpen su clase de 'interpretación del teatro del gesto' para arremolinarse delante del micrófono de este periodista. Cuando se les pregunta qué les pareció a sus padres su decisión de ser actores, entre risas, la mayoría responden que el consejo paterno fue "estudia otra cosa primero".

Lidia es granadina. Ha llegado este curso a Madrid; superó las pruebas de acceso a la RESAD y explica cómo encontró su vocación: "Mi madre fue la que me animó a apuntarme a clases de teatro en Granada. Y desde ahí toda la evolución. Ella siempre me anima a seguir y creo que ella está mucho más segura de mí que yo misma". En un momento de la charla, Lidia habla de momentos de bajón: "Estamos en una edad en la que, aunque pienses que tienes todo claro, muchas veces te cuestionas si dentro de dos años descubrirás si esto es lo tuyo o no. En Primero estamos haciendo una pequeña parte de lo que vamos a llegar a ser y algunas veces te preguntas ¿y si cuando llegue a cuarto no me siento feliz con lo que hago? ¿qué pasa si hago todo esto y luego no consigo nada?". Las dudas. Y los miedos.

Paula Miguélez, su joven profesora, escucha atenta las respuestas de los alumnos. La clase de hoy consiste en un ejercicio en el que uno de ellos debe caminar sobre el cuerpo y las manos del resto. Trabajar la confianza. Como dice África, una de las alumnas, para explicar el porqué del ejercicio: "El teatro es compartir con los demás y abrirte a los demás y yo sé que en el momento en el que me caiga, vas a estar tú para sostenerme".

Paula aclara que al dar clase a chicos y chicas de Primero hace hincapié con ellos en que "aquí vienen a aprender, pero aquí se les van a generar más dudas sobre el trabajo y sobre ellos mismos que las que creen que van a resolver. Ellos deben ir haciendo su propio camino como actores..."

Comprende y conoce las dificultades con las que se van a encontrar estos chicos cuando dentro de unos años deban abandonar la RESAD para lanzarse al mercado laboral: "Siempre te dicen que saben que es complicado, pero uno nunca lo sabe hasta que no se encuentra fuera. Ellos están en una burbuja de mucho trabajo y muchas actividades... Cuando salen y ya no hay ese ritmo de actividades es cuando toman conciencia", explica. "Normalmente, los de Primero no tienen esa preocupación. Sí que hay esa inquietud por ver dónde les lleva esto. Al final, luego acaban muchos trabajando en las mismas cosas... o poniendo los mismos cafés", bromea.

Abordar el intrusismo profesional con alumnos de Primero de interpretación es una actividad más enmarañada que en el caso de los alumnos de cuarto. La sangre parece hervir por sus venas. Jesús, toma la palabra: "Hay gente que tiene talento y no necesita formarse [para ser actor], pero sí es cierto que a otra gente, por tener una cara bonita, la meten en películas, en series... y desprestigian la carrera. Por eso luego se dice ¿es que hay que estudiar para ser actor?. Después los ves y compruebas que no lo hacen como deberían. La gente pagan por verlos en montajes o proyectos por los que yo no pagaría".

valleinclan4EL PRECIO DE SER ACTOR

"El intrusismo profesional en el arte del actor es tradicional. Viene sucediendo desde siempre y ocurre porque la sociedad lo comparte: no entiende por qué un actor debe tener un título y, sin embargo, entiende que un cirujano deba de tenerlo. La profesión del actor necesita una formación y una técnica como otros oficios", es la opinión de Rafael Ruiz, director de la RESAD.

Rafael pone en valor aquello que sí ofrece la RESAD como centro formador y que no lo hacen otros privados con más presencia en medios que prestigio: "Aquí la formación es muy completa. Hay un número de profesores cualificados muy importante y hay unos recursos económicos para poder hacer frente de estas enseñanzas que son muy caras: se necesitan instalaciones, vestuarios, aulas... Todo esto no se da en esas academias [privadas], ni tampoco un periodo de formación largo. Si salen peores o mejores actores... eso que lo decida quien sea. Aquí garantizamos una enseñanza de calidad con una verificación oficial. Las otras lo que tienen son una serie de contactos con directores de casting y agencias de representantes. Nosotros estamos también trabajando en este sentido".

No quiere entrar demasiado -por el cargo que ostenta- en el mercantilismo de ilusiones que llevan a cabo determinadas escuelas privadas junto con agencias de representación y management. Vender humo en este campo también es un arte y Rafael, sobre esto, se limita a comentar: "Lo de las agencias de representación está muy ligado a la formación: Cuando el actor está solo puede ser manipulado por todo aquel que pueda usar su mano de obra. Pero cuando el actor tiene un conocimiento técnico, literario, filosófico, cuando ha concluido sus estudios superiores, entonces es un alumno con criterio y es más difícil manipularle". Rafael incide en que la formación en el actor sirve, no sólo para moldear y mejorar su técnica; sino también para enseñarle a transitar por el camino que ha elegido.

- ¿Qué mitos les derribáis a los alumnos cuando llegan a la RESAD?

- "Hay que quitar los mitos de que esto es una carrera brillante en la que tú vas a ganar millones, que el talento y tus condiciones son impresionantes... Aquí enseñamos las reglas y condiciones de una profesión. Para ello hay que trabajar mucho y quitarse mucho ego porque se sufre bastante trabajando. Ese es el perfil: estar dispuesto a trabajar y aprender durante cuatro años. El que no, que recurra a otro tipo de vía", responde Rafael.

Entrar en la RESAD, además de superar unas pruebas de acceso, supone -como en el caso de una enseñanza universitaria- pagar una matrícula anual que oscila entre los 600 y 900 euros.

- ¿Qué debe tener un chaval que quiera ingresar en la RESAD? ¿Qué no debe tener?

- "Ganas de aprender. Debe tener humildad en el sentido de que no sabe nada y estar dispuesto a emplear un esfuerzo enorme durante muchos años. Y tener tantas expectativas para el éxito como para el esfuerzo. No debe tener exceso de orgullo ni ego, no debe ser vago y no debe esperar que las cosas surjan espontáneamente. Las cosas siempre surgen del método, de la técnica y del esfuerzo".

LA LUZ DE LA FAMA Y LA TELEVISIÓN

"Para mí, ser actor es mi forma de entender la vida. Me levanto y a las 8 de la mañana ya estoy en el teatro calentando para la obra. Y me levanto con muchas ganas. Después me paso todo el día aquí y llego a casa tarde, pero es mi ambiente, mi casa, mi estilo de vida". Samy Khalil (24 años) toma una Coca Cola sin hielo -para cuidar la voz- en un bar cercano al Centro Cultural Conde Duque, en Madrid. Termina una representación matinal de la obra 'El señor de las moscas'. Pocos días antes, aparecía dando vida al personaje central (Abdú) del último episodio de la serie 'El Príncipe'. Capítulo con una audiencia superior a 6,2 millones de telespectadores. "Mucha de la gente que viene a ver 'El señor de las moscas' es para ver qué hace el Abdu de 'El Príncipe'", reconoce.

valleinclan1Junto a Samy -y con otra Coca Cola- está Álvaro Fontalba (20 años). Ambos pertenecen a La Joven Compañía, un proyecto formativo que entiende que aprender sin subirse al escenario es imposible. "Aquí en España debe haber más maestros que escuelas. La escuela real es el oficio, estar en las tablas. Álvaro y yo tenemos la suerte de estar en La Joven Compañía porque es un proyecto formativo desde las tablas, es decir, haciendo teatro. Es lo más interesante y donde más se aprende", comenta Samy.

Tanto Álvaro como Samy llevan años peleando por abrirse hueco en el mundo del actor. Ellos no han pasado por la RESAD, sus caminos formativos han seguido otros derroteros, pero de igual modo han empezados desde abajo. Han subido un peldaño más, ellos ya saben lo que es probar -a nivel muy incipiente- las mieles de la popularidad televisiva. Con 17 años, Álvaro formaba parte del reparto de la serie de Antena 3 'Los Quién', protagonizada por Javier Cámara, Julián López y María Pujalte: "La popularidad es algo momentáneo. Cuando sales en la serie, sí que te piden fotos... pero a los dos meses, nadie se acuerda", cuenta Álvaro que hace unas semanas participó también en la serie 'Aída' y en 'Con el culo al aire'. "Cuando sales en la tele con 17 años te crees que todo está hecho. Luego ves que estás empezando y queda un largo camino de seguir formándote y aprendiendo".

Samy sabe que tiene ante sí una gran oportunidad para impulsar su carrera aprovechando los momentos de popularidad que le ha otorgado salir en 'El Príncipe' y sus azules ojos: "La televisión es un medio muy mediático tanto para el público como para tu oficio. Lo ven muchos directores, productores... y piensas que si haces un buen trabajo ¿por qué no puedo seguir trabajando en televisión? Los actores deberíamos hacer de todo, no aferrarnos solo al cine o a la tele o al teatro".

Sea por que los dos han empezado su andadura en grupos amateur de teatro o porque aún no han sido deslumbrados por el foco cegador de la fama, el caso es que el discurso de estos chicos es realista, humilde y, en absoluto, pretencioso: "La profesión en sí me gusta. Luego hay un ambiente alrededor de la profesión que no tiene nada que ver con ella y es dañino. Parece que si no eres actor de televisión y famoso, no eres actor. El actor no es sólo alguien que sale en las revistas de cotilleos", opina Samy.

En este discurso, es posible que hayan tenido peso los consejos que recibieron al dar su salto a la televisión, al verse cada semana ante millones de espectadores. Álvaro recuerda muy bien uno de esos consejos que le marcaron: "Al ser 'Los Quién' mi primera experiencia en televisión, todos me cuidaban... y recuerdo que Javier Cámara me dijo muy serio que como se me subiese a la cabeza me metía dos hostias. Me lo dijo tan serio que me lo creí", dice riendo. Apunta además que "la educación que te dan en las escuelas de teatro es siempre desde la humildad del teatro y la cultura".

"Para ser actor es muy importante no tener una visión equivocada de lo que es la profesión. Si quieres ser actor por el tema de la fama, el dinero y tal... no te metas a esto porque no tiene ningún sentido en esta profesión. Cada uno es libre de hacer lo que quiera y darle su propio sentido y su propia visión a esta profesión. Yo no la veo como que somos los que tenemos que estar en photocalls, en fiestas... yo le doy un sentido más mío y más personal al mundo de la interpretación", concluye Samy que, al ser preguntado qué espera de esta profesión dentro de 30 años, responde "me conformo con que mañana pueda seguir trabajando. Me conformo con eso".

Las palabras de Álvaro ante la cuestión van en la misma línea: "Me gustaría mirar atrás y ver que he conseguido hacer cosas de las que me pueda sentir orgulloso y satisfecho". Él no sabe muy bien explicar la sensación que le recorre por dentro cada vez que sube a un escenario o entra en un plató. Al final, acierta a dejar una frase que, posiblemente, sea el motivo por el que un joven de hoy en día aún está dispuesto a sufrir, luchar y sacrificarse por conseguir ese sueño de ser actor: "Cuando tienes la oportunidad de hacer lo que te gusta, no te cuesta nada hacerlo para llegar. Ser actor me llena. Después de vivirlo, sé que eso me hace feliz". Esfuerzo, sudor, lágrimas, decepciones... y satisfacción. Martillazo, tras martillazo. Así es la forja un actor.