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El paciente inglés

16 enero, 2011

“El paciente inglés” es una de mis películas favoritas, sin duda. Dirigida por el fallecido Anthony Minghella sobre la novela del mismo título de Michel Ondaatje, cuenta la historia de cuatro seres que huyen de sí mismos sin importar adónde, que coinciden en las ruinas de un  viejo monasterio abandonado en la Toscana durante la segunda guerra mundial. Es una película que habla sobre la vida, sobre el amor y sobre la muerte, y lo hace sin trucos, rodeos ni ambages, porque no se puede hablar de verdad de esos temas sin hacerlo cara a cara, frente a frente. Es tanta la poesía, la belleza, el amor y la pasión que hay en “El paciente inglés” que hace que sea una película que merezca ser vista no una sino diez veces o más. Son tantos los detalles, tanta la sensibilidad… es una de esas contadas películas que te fascina desde el primer fotograma y que jamás olvidas.

Si quieres podemos dejar que nos acompañe ahora uno de los temas que se incluyen en la Banda sonora de la película. Es el aria da capo de las variaciones Goldberg, de J.S.Bach.

 

En ese monasterio abandonado se refugia una enfermera (una Juliette Binoche brillante, como siempre, que ganó el Oscar por esta interpretación) atormentada por la terrible sensación de destruir todo lo que ama, de que todos a los que ama, involuntaria pero irremediablemente, son conducidos a la muerte. Se ha refugiado allí para atender los últimos días de vida de un extraño ser  sin rostro, sin nombre y sin pasado, con el cuerpo totalmente quemado, que es el paciente que da título a la película. Un Ralph Fiennes soberbio da vida a ese personaje que, en realidad, no es otro que el Conde Laszlo Almasy, un personaje basado en la vida real del propio Almasy, un aventurero húngaro que exploró los desiertos del norte de África durante la primera mitad del siglo XX. Caravaggio, un vagabundo que llega poco después al monasterio, encarnado por un Willem Dafoe en estado de gracia, cree tener cuentas pendientes con ese paciente quemado al que no puede reconocer físicamente, pero que está convencido de que es el traidor por cuya culpa le torturaron los alemanes amputándole los dos pulgares. Y finalmente Kip, un artificiero sij, intepretado por Naaven Andrews al que todos hemos visto después en Lost, llega también al monasterio para desactivar las minas que los alemanes han dejado en su desesperada huída. A través del diario del paciente iremos viendo y viviendo mediante una serie de flash backs impresionantes, la apasionada historia de amor clandestino que el Conde Almasy vivió con Katherine Clifton, la mujer de otro explorador inglés, también miembro del equipo con el que trabajan en el desierto.  Es Kristin Scott Thomas quien da vida a esa maravillosa Katherine con la que todos hemos soñado alguna vez.
La química en la pantalla entre Ralph Fiennes y Kristin Scott Thomas es explosiva. Bajo el aparente cuidado de las formas de Almasy vemos como progresivamente sus esfuerzos por negar la realidad de su amor y controlar la situación están abocados, irremisiblemente, al fracaso. La sensualidad y el erotismo de Katherine desbordan la pantalla. En todos los planos de Kristin Scott Thomas podemos ver cómo la pasión arde en su interior. Pocas actrices como ella para transmitir esas sensaciones con tanta intensidad. Mujer de mirada melancólica y soñadora, de una belleza sin límite que, tras una aparente frialdad, deja traslucir la mayor sensualidad y pasión. Nacida en el Reino Unido, su infancia estuvo marcada por la tragedia. Su padre, piloto de caza, se mató en un accidente aéreo cuando ella tenía cuatro años. Su madre se volvió a casar tiempo después con otro piloto que, cuando Kristin tenía once años, también se mató en accidente de aviación. Empeñada en estudiar interpretación para seguir su vocación de actriz, se matriculó en una escuela de arte dramático donde le dijeron que se dedicara a otra cosa porque aquello de interpetar no era lo suyo. Con diecinueve años dejó su pasado atrás y se fue a vivir a París, donde vive desde entonces. Allí, trabajando de au-pair, se matriculó en otra escuela de interpretación y empezó a trabajar en teatro, pequeñas series y como modelo. Prince la vio y se quedó tan fascinado con ella que le ofreció protagonizar “Under the cherry moon”, la primera película que dirigía y que resultó ser un estrepitoso fracaso. Desde finales de los 80 trabajó en diversas series de tv y algunas películas hasta que, en 1992, aprovechó su gran oportunidad: su papel en “Lunas de hiel”, de Polanski, con una escena lésbica con Emmanuelle Seigner difícil de olvidar. A partir de ahí vinieron ya “Cuatro bodas y un funeral” y su maravillosa Katherine Clifton de “El paciente inglés”. Estos días se ha estrenado su última película, “La llave de Sarah”, una fantástica adaptación de la novela de Tatiana de Rosnay que no hay que perderse.
No deja de ser curioso que, quizá porque en la novela esa historia de amor no es el eje principal, sino que lo es la que mantienen la enfermera y el artificiero sij, el propio Minghella no fuese consciente, mientras rodaba la película (tras haber estado trabajando cuatro años en el guión con el propio Ondaatje), de la inolvidable historia de amor que estaba creando: “Me sorprende la atención del público sobre la historia de amor, porque yo no era tan consciente de ello cuando hacía la película. Si me hubiera entrevistado durante el rodaje habría hablado de Hana, la enfermera, de la guerra, del internacionalismo, de una historia de espionaje. En un principio no era tan consciente  del influjo de esa relacion de amor sobre el conjunto de la película, ni de que su carga erótica llegaría de forma tan directa a la gente. Creo en la idea de que el corazón es un horno de fuego, y la película nos recuerda que, a veces, en nombre del amor nos volvemos ciegos, sordos, estúpidos, traidores, inmorales, y con esto no quiero decir que eso esté mal o bien. No hay juicio en la película sino descripción de motivos. Algunos críticos han sugerido que yo asumía un comportamiento determinado, y no es así. Como director no juzgo, porque creo que si se hace así la audiencia se vuelve pasiva. Almasy no es un héroe. Una de las imágenes que tengo de él procede de Dante, porque durante todo el metraje se está quemando. esa es su sentencia, arder por fuera y también interiormente a causa de la culpa, la pérdida del amor y la terrible ironía de las situaciones de la guerra. Para mí es muy humano. Una de las cosas que he tratado de contar en la película es que la gente, en la guerra, desconoce las consecuencias de sus actos. Y también he intentado reflejar el daño que la gente hace en nombre del amor, a sí mismos y a otros, ya que hay muchos que ingenuamente piensan en el amor únicamente como bendición, nunca como maldición. Y en el amor coexisten los dos rasgos.”
Puede que Minghella tenga razón, pero yo prefiero quedarme en el campo de esos ingenuos de los que habla y que sueñan con poder vivir una historia de amor como esta o como la de Lara y Zhivago, historias que, más allá del dolor, dan sentido a una vida. Decididamente prefiero ser un ingenuo sin remedio. No me gustan las historias de amores cuerdos y sensatos, de amores sin pasión ni locura. Esas historias no van a ningún sitio, no nos transforman, no nos dan vida, ni nos hacen sentir vivos y, como dice el gran Silvio Rodríguez, son historias a las que ni el recuerdo puede salvar…

Y si todos los actores están realmente fantásticos, la producción de Saul Zaentz es magnífica y la dirección de Minghella solo cabe calificarse de excepcional. Tiene una forma muy personal de contarnos la historia. Desde el primer fotograma te das cuenta de que él ama esta película y que tú también la vas a amar. La conexión que establece entre la historia y el espectador es impresionante. A lo largo de la cinta vamos viendo como todos los personajes, en un momento u otro, viven sensaciones tremendamente intensas que nosotros, desde nuestra butaca, también vivimos con la máxima intensidad. Nos identificamos con lo que sienten, con lo que piensan y con lo que hacen, porque en escena solo vemos verdad.

Otro de los grandes aciertos de Minghella  fue el de trabajar desde la misma confección del guión con Michael Ondaatje, el autor de la novela, consiguiendo que en pantalla podamos ver todo lo que está escrito e insinuado en el libro. Ondaatje hizo muy buenas migas en el rodaje con Walter Murch, el montador de la película, Fruto de esa amistad ha aparecido años después un libro de conversaciones sobre cine entre ellos que es de los imprescindibles: El arte del montaje. La fotografía de John Seale es sencillamene magnífica, de las mejores que he visto en mi vida. La escenografía, el vestuario, todo gira en una noria perfectamente engrasada que nos lleva a ese universo de sensaciones y pasiones donde todo puede, todo nos puede, pasar.

La banda sonora de Gabriel Yared es de las que se recuerdan toda la vida. Los temas originales son maravillosos, y maravillosa es también la utilización que hace de temas clásicos, como las variaciones Goldberg de J.S. Bach, o la balada tradicional húngara Zerelem, cantada por Marta Sebestyen que entronca a la perfección con los paisajes del desierto.

Las escenas de África se rodaron durante nueve semanas en Chott el Gharsa, en el sur de Túnez, en la misma localización donde, 20 años antes, George Lucas había rodado “La guerra de las galaxias” y donde poco después rodó “La amenaza fantasma”. Minghella eligió aquel desierto porque “la arena del desierto de Marruecos es de un color rojizo que me recuerda al de la tierra de Estados Unidos, pero el Sahara tunecino es perfecto, como el de Lawrence de Arabia”. Agradecido, Minghella le ofreció un pequeño papel (asistente de Almasy) al chófer que le llevó a aquella localización. Todavía hoy quedan restos de argamasa en las rocas de aquel paraje con la que construyeron la entrada de la cueva de los nadadores que aparece en la película.

El que para mí es, sin duda, uno de los puntos más fuertes de la película es el del montaje, realizado a cuatro manos por Minghella y, sobre todo, por Walter Murch, uno de los mejores editores de la historia del cine con películas inolvidables a sus espaldas, como la mayoría de las de F.Ford Coppola y tantas otras. Minghella recordaba que pasó diez meses trabajando en la mesa del montaje. Era un puzzle que debía encajar a la perfección, tanto en imagen como en sonido. El sonido del desierto, por ejemplo, no es el que se grabó en directo, sino que es una mezcla de sonidos diversos y de zumbidos de diferentes insectos creada por Murch. Puede que “El paciente ingles” sea una de las películas con más flash backs que he visto en mi vida. La forma en que están ensamblados es asombrosa. Minghella estaba obsesionado con contar la historia desde la perspectiuva de un presente continuo: que la urgencia del pasado fuera mayor que la del presente. “La película me parece que está siempre al borde del abismo, la escribí y la dirigí con esa sensación amenazante, y pienso que si hubiera perdido el pulso todo el conjunto se habría caído a pedazos. Los colores, la iluminación, las miradas, todo tiene un propósito. A veces funciona y otras no. Trato de establecer paralelismos que sirven para precipitar la historia a modo de puzzle. Por ejemplo, hay inevitablemente una transferencia emocional entre el paciente y la enfermera, y en realidad es el paciente el que está curando a la enfermera y no al contrario. Parece la historia de una enfermera curando a un paciente, pero la enfermera atraviesa una crisis mayor que la de su paciente, y al final descubre que está curada. Creo que el montaje de la película se sale de lo convencional por su transprencia, es un montaje líquido, en el que intentamos que las transiciones fueran necesarias más que nostálgicas. Quería tambien recuperar, pese a que se trata de una historia de cinco o seis personajes, un cierto sentido épico, recogiendo el impulso del cine de hace treinta o cuarenta años, donde ese sentido era una obligación. Hoy en día la obligación es crear acontecimientos técnicos a través de los efectos especiales, una búsqueda bien distinta a la épica.”

“El paciente inglés” es una de esas películas que nadie olvida porque forman parte de nosotros y de nuestro imaginario. El único pero que le pongo, por ponerle alguno, es que me habría encantado ver más desarrollada en la película la preciosa historia de amor entre Hana, la enfermera, y Kip, el artificiero sij, que es el eje principal de la novela. Ver esa historia en las manos de Minghella habría sido, sin duda, toda una delicia…

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Cine/Teatro, General
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Anthony Minghella, arte, A¡Walter Murch, cine, Gabriel Yared, John Seale, Juliette Binoche, Kristin Scott Thomas, Michael Ondaatje, MKarta Sebastiaye, Ralpf Fiennes, Saul Zaentz, Willem Dafoe
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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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