La placenta del Universo

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Iluminando estrellas…

13 enero, 2013

1Conducir en la noche. Viajar. Hacerlo solo. Coger un coche sin un adónde ni un porqué para adentrarse en la soledad de la noche simplemente para estar en compañía de nuestros sueños o de nuestros recuerdos. Y hacerlo antes de que raye el alba, antes de que los demás despierten, antes de volver a sumirte en el sinsentido de la vida. Esa es la hora. El lugar no importa para nuestra cita con la soledad. Hay cientos, miles de carreteras solitarias por donde corren nuestros sueños rotos y todos los que aún podemos vivir. Solo las estrellas nos contemplan. Quizá la luna también haya salido a navegar esa cieloestrellado1noche y nos acompañe. Frente a nosotros la luz de los faros ilumina una línea blanca que señala un camino sin destino. Detrás tan solo el resplandor rojo de lo que dejamos para siempre. Es entonces cuando podemos escuchar la voz de nuestros recuerdos, cuando podemos sentir la fuerza de nuestros sueños en las voces de esas canciones que nos han acompañado siempre y que forman nuestra propia banda sonora, una banda sonora que para nadie puede significar lo que significa para nosotros porque está compuesta por retazos de nuestra propia vida.

Nada mejor para acompañarnos en este viaje que la desgarrada voz de uno de los que saben lo que es viajar en la noche: Tom Waits

¿Qué puede importar adónde nos dirigimos cuando de lo que se trata es de sentir el placer de revivir un salvapantallas_noche_estrellada1beso, un abrazo, o cualquier noche de amor loco lejana ya en el tiempo pero siempre cercana, viva y presente? ¿A quién le importa dónde vamos cuando vivimos el placer de soñar nuestros sueños más íntimos y secretos? Los kilómetros nunca tuvieron mil metros para los sueños, ni las horas sesenta minutos en el mundo de nuestros recuerdos. ¿Qué son espacio o tiempo cuando realmente estamos con nosotros mismos? ¿Acaso hay fronteras que no seamos capaces de cruzar? ¿Existe estrellasalgún mapa que nos pueda encerrar, algún océano que no podamos cruzar? Es en nuestra soledad, en nuestra elegida y libre soledad, donde intuimos que conceptos como espacio o tiempo no son reales, porque sabemos que hay algo más, presentimos que pertenecemos a ese todo que nos rodea desde antes de que el hombre fuera hombre. Por nuestras células corren la vida y los sueños de nuestros antepasados. El hombre de la edad de piedra es quien está al volante de nuestro coche esta noche. Y seremos nosotros, tú y yo, quienes corramos por las venas de ese hombre del siglo 58 que seguirá preguntándose qué hace aquí, quién es, o por qué ama.

Coges ese coche en la noche sin saber por qué. Hay algo que te llama y tú te dejas llevar. Te metes, cierras la puerta, saboreas el silencio, giras lentamente la llave, pones tu canción de esa noche, miras al frente, pisas el acelerador y emprendes el viaje, tu viaje. No tardas en alejarte de la ciudad, todas las luces quedan atrás y solo la música te acompaña. Es entonces cuando, en lo más hondo, sientes que algo empieza a moverse en tu interior, algo que te hace volar alto, muy alto, allí donde no llegan las nieblas, donde no duermen los sueños… Y dejas que te lleve con él. Nada te retiene. Vuelas. Eres libre porque has elegido ser libre. Suena la música. La reconoces. Te reconoces. Hacía tiempo, demasiado tiempo, que no te oías. Los susurros de 1Tom Waits te recuerdan aquella lejana noche en la que, en otra carretera solitaria, hiciste una y mil veces el amor con quien más amabas. Puede que también te recuerden otras muchas noches en las que lo hiciste con personas a las que simplemente conocías o a las que acababas de conocer. Y te preguntas dónde estarán ahora, qué habrá sido de ellas, qué ha sido de ti… Son tantas las noches que vienen a tu encuentro, tantos los momentos vividos, los soñados, los que dormían olvidados, tantas las silenciadas voces que te hablan,… entonces sientes que cuando la Nada nace a la vida, cuando muere la muerte, cuando alcanzas a ser viaje y soledad, cuando ya solo importa la mirada, es cuando susurra el Silencio y se escucha el latido del cosmos…

La noche huele a nostalgia, el azul de la melancolía tiñe su piel desnuda… pero no hay tristeza ni lugar milky_waypara el dolor o la pena, porque son el calor de los recuerdos y el fuego del deseo los que abanan enérgicamente tu alma. Te sientes vivo, intensamente vivo y feliz, sabes que amas, que todavía puedes amar. Ya no sigues el camino, es él quien te lleva. La oscuridad de la noche te ha invitado a vagabundear más allá de las nieblas del olvido y te ha llevado hasta lo más hondo de tí mismo. Y es allí, en lo más hondo de tu ser, donde escuchas el silencio de las galaxias y el suave susurro de las estrellas… El universo está en tí, todo el universo está en tí… por fin lo entiendes.

Unos números iluminados por luces de colores te dicen que todo va luces salpicaderobien. Esos colores iluminan tu cara. La ves cuando, de vez en vez, miras por el retrovisor. Te reconoces en esos ojos que te miran como miraron antes a todas esas personas con las que compartiste algo y que forman parte de ti. Todas están aquí, en tu soledad, en tu ahora. No se han ido. Siguen viviendo en ti. Recuerdas la pasión de aquel beso, la infinita ternura de aquella caricia, aquellos dedos suaves que te enseñaron lo que es el placer, la fogosa pasión de aquel orgasmo que jamás has olvidado…

A veces recorres quinientos kilómetros para dar un beso, o simplemente para soprender a la Noche-de-brumas-1920x1200-extrafondos-com_persona a la que amas. ¡Qué importante es la sorpresa para los que aman! Otras veces emprendes el viaje tan solo para sentirte cerca de esa persona a la que amas, aunque ella no sepa que la amas ni jamás llegará a saber que esa noche estabas allí… Vale la pena recorrer esos quinientos kilómetros y mil más para saborear la dulzura de aquel beso que jamás te abandonará. Es un beso de la noche. Un beso de la vida. Y también vale la pena recorrer todos los kilómetros para acercarte a la persona a la que amas, para sentirte cerca de ella, para regalarle tu sueño, un sueño que nada sabe de edades, colores, religiones o razas. Esa es la grandeza de los sueños: romper la distancia y las barreras que nos separan de las personas a las que amamos y de las historias que jamás viviremos. Los sueños nos acercan a los que amamos y nos empujan a vivir todo lo que aún podemos ser…

Una sonrisa se dibuja en tu cara cuando revives tus recuerdos, los amores que nacían, los que nunca MONTAA~1murieron, los que todavía no han nacido… Y sonríes porque sabes que estás vivo, que no te has secado, que todavía puedes amar con la misma fuerza e intensidad que cuando descubriste lo que significa amar… Frente a ti está ese paisaje hacia el que te diriges, un paisaje iluminado por la luna. La carretera serpentea en lo más hondo del valle. A tu alrededor están las montañas, todas las montañas… En las noches de invierno, el blanco de la nieve recorta su silueta en el azul, las hace brillar, las vuelve resplandecientes, las hace cómplices. Sobre esos callados tapices blancos se dibuja la oscura sombra de las rocas, de los bosques y los árboles que duermen tranquilos 5esperando a que el sol despierte. Miles de estrellas te observan desde lo más alto. Son tus sueños y esa inmensa alegría que sientes en tu interior los que las han iluminado esta noche ¿Cuánto hacía que no las mirabas?, ¿Cuánto que no hablabas con ellas?, ¿Cuánto que no las escuchabas? El paisaje va quedando atrás, desaparece cuando los faros de tu coche lo sobrepasan, se oscurece, se va quizá para no volver, calla, se convierte en silencio. Pero eso a ti no te importa porque el paisaje que de verdad ves esta noche es tu paisaje interior, ese paisaje de sensaciones y sentimientos a veces olvidados, iluminados ahora por la música, esa música que calienta tu ser más íntimo y secreto. Hace rato que no te has cruzado con ni un solo coche. La sensación de que nadie más está viviendo lo que tú vives te invade. Todos duermen mientras tú estás vivo. Tú sueñas mientras ellos duermen, vives mientras ellos duermen, amas mientras ellos duermen…

Fuera hace frío. Dentro, en el coche, te sientes a salvo de todo y de todos. Te sientes a gusto porque ese es tu mundo, el mundo que tú has creado y en el que solo habitan sueños, poetas, amores y paisaje-nevado-japonamantes. Piensas en las personas a las que quieres. Te visitan las que has querido. A algunas hace años que no las ves, con otras compartes tus horas o tus días, otras murieron hace siglos o ni siquiera han nacido todavía… Todas están allí, en tu soledad. Las ves porque forman parte de ti. Son tú. Por eso sabes que jamás estarás solo. No tienes más que esperar a que nazca la noche, meterte en el coche, saborear el silencio, girar lentamente la llave, poner tu canción de esa noche, mirar al frente, pisar el acelerador… y alejarte de las luces de la ciudad donde los demás duermen.

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Jack Vettriano, el erótico y nada discreto encanto de la melancolía…

8 abril, 2012

Su pintura, como el jazz, huele a tabaco, a derrota, a lujuria y a alcohol. Sus personajes, perdedores solitarios que inútilmente buscan algo de calor humano, parecen escapados de un tango. Sus paisajes, desoladas playas abandonadas por las mareas, lloran al tiempo que nunca fue o al que no ha de volver… En sus paisajes exteriores sopla el viento, en los interiores siempre arde el fuego. Humphrey Bogart y Lauren Bacall parecen reencontrarse en las noches de Jack Vettriano, porque así es la pintura de Vettriano, una pintura que habla de ti, de mí y de todo lo que habríamos podido ser. Escocés atípico donde los haya, tras abandonar la escuela a los dieciséis y trabajar en la mina, descubrió la pintura cuando, a los veintiuno, su novia le regaló una caja de acuarelas. Pintor autodidacta, empezó copiando cuadros impresionistas y, como no tenía dinero para pagar a una modelo, aprendió a pintar inspirándose en un manual para ilustradores. Los críticos y los “puristas” del arte jamás se lo han perdonado. Le han puesto a parir, como también pusieron a los primeros impresionistas franceses en su tiempo, pero eso a él, a mí y a todos los millones de personas que amamos su pintura poco o nada nos importa. Vettriano pinta nuestros sueños, nuestra melancolía, nuestro silencio… iconos de nuestra vida secreta.

Algunas  de sus escenas recuerdan a las de los cabarets de Tolouse Lautrec y la soledad de sus cuadros recuerda mucho a la de los de Hopper. Sin embargo, la incomunicación de los personajes de Hopper se transforma aquí en un torbellino de pasiones, de erotismo, de sensualidad sin límite. Es como si los solitarios personajes de Hopper hubieran tomado vida para desatar sus más escondidas pasiones en los cuadros de Vettriano. Decía que su pintura es como el jazz. Hoy no voy a invitarte a escuchar una música para leer esta entrada, sino a que veas videos de sus cuadros acompañados por  desgarradas voces como la de Nina Simone, Helen Grayco y de Joss Stone o por la infinita melancolía de un tango. Contempla sus cuadros, relájate, escucha la música y entra, como ese voyeur que pugna porque le dejes mirar, en el sensual y secreto universo de Vettriano:

La carrera artística de Vettriano fue meteórica. La primera vez que expuso en la Royal Scottish Academy, los dos cuadros que había presentado se vendieron el primer día. Lo mismo pasó con los tres que envió meses después a la Summer Exhibition de la Royal Academy en Londres. A partir de ahí muchos galeristas pugnaban por sus cuadros. Los veintiún óleos que envió a su primera exposición en solitario en Nueva York, en 1999, fueron vendidos el mismo día de la inauguración a coleccionistas británicos. Entre sus coleccionistas más famosos hoy se encuentran personalidades como Jack Nicholson, Sir Alex Fergusson o Robbie Coltrane. Becas universitarias, hospitales oncológicos infantiles y otros muchos proyectos son los principales beneficiarios de su faceta filantrópica y solidaria, una faceta que le ha hecho donar varios de sus cuadros más importantes a instituciones de este tipo. Su pintura es, actualmente, una de las más reproducidas en postales, posters, portadas de libros, puzzles, etc.  porque ha sabido conectar con públicos muy diversos de todo el mundo. Desde el año 2009 Vettriano dirige la gestión de su obra a través de sus propias empresas: Hearthbreak Gallery y Heartbreak Publishment. Déjate llevar ahora por los pasionales acordes de estos cuadros y el sensual trazo de este tango:

Si la carrera de Vettriano ha sido del todo atípica, lo mismo puede decirse de su vida. En 1987 se divorcia de su mujer, regala todos sus trajes al vecino y se va a vivir a Edimburgo. A partir de entonces cambia de nombre (hasta ese momento había vivido con su verdadero nombre, Jack Hoggan), adoptando el apellido de su madre añadiéndole la “a”, y vistiendo y adoptando un look de perfecto caballero eduardiano, con zapatos de charol y frac, aunque sin bastón. Es un hombre que se hizo a sí mismo, que se reinventó, que se parió a sí mismo para seguir sus sueños, unos sueños que le llevaron a navegar siempre contra la corriente… Deja que sea ahora la exquisita ternura de la voz de Helen Grayco quien nos acompañe en esta etapa de nuestro viaje a través de la pintura de Vettriano:

Pero la historia de Vettriano con los críticos y los académicos fue precisamente todo lo contrario, muy tumultuosa. Al llegar a Edimburgo intentó matricularse en Bellas Artes en la Universidad, pero le rechazaron. Años después, en 1992, el que más tarde llegaría a ser su cuadro más famoso, “ The singing butler” (“El mayordomo cantante”, que fue vendido en 2004 en una subasta por 750.000 libras esterlinas), fue rechazado cuando lo presentó para una exposición de la Royal Academy de Londres. No cabe duda de que críticos y académicos suelen ver cosas que el resto de los mortales no vemos o, mucho me temo, no alcanzan si quiera a ver las que los demás sí vemos. ¿Qué tal si dejas que sea la desgarrada pasionalidad de la voz de Joss Stone la que te arrastre ahora a contemplar los cuadros de Vettriano desde la barra del último bar que queda abierto?

Los cuadros de Vettriano evocan un mundo perdido, un mundo soñado donde todo es posible, donde, como en las películas del mejor cine negro, habitan hombres duros y mujeres fatales en ese tierno abrazo de los que viven más allá de todo límite, de quienes, cada noche, forjan su destino, un destino donde no amanece nunca, porque la luz del día nada sabe de amores furtivos, ni de encuentros prohibidos… Son tan potentes las imágenes de Vettriano que hasta se han hecho coreografías de baile de sus cuadros. El espectáculo de ver bailar un tango sobre el escenario a los cuatro personajes sin pasado ni futuro de “The singing butler” no se puede olvidar jamás. Pero su obra no solo ha inspirado a coreógrafos, también a grupos musicales, como Saint Jude´s Infirmay, que compuso un tema dedicado a Vettriano. Aquí lo tienes. Se llama “Good by Jack Vettriano”. El propio Vettriano hace un cameo en este videoclip. Es que el aparece sentado en la tumbona.

Cada uno asocia las imágenes de Vettriano a su mundo particular, a sus sueños, confesos o prohibidos, a su anhelo por vivir la vida, todas las vidas, a su forma de pensar, de vivir y de amar. Por eso su pintura gusta a tanta gente, llega a tanta gente, porque evoca en nosotros los paraísos, vividos o soñados, que perdimos y que ya nunca podremos vivir. Contemplando sus escenas de playa uno se siente Robert Redford en “El Gran Gatsby”, ese ser misterioso que, más allá del bien o del mal, solo vive para amar en un mundo que agoniza, un mundo donde ya no cabe el amor, un mundo condenado a desaparecer, a hundirse, un mundo que baila y baila alegremente dando vueltas sobre sí mismo aferrado a su pasado que, como una cadena, nunca le dejará avanzar, un mundo que ríe y canta ignorando que hace ya tiempo que embarcó en un nuevo Titanic que jamás llegará a puerto… Y si eso es lo que nos evocan sus paisajes exteriores, los interiores, esos espacios cargados de derrotas, de soledad y misterio, espacios cerrados donde los claroscuros huyen de la luz buscando el último resquicio de la noche que muere, donde siempre arden el sexo y la lujuria de los amores clandestinos y de los encuentros robados, son espacios donde no puedes evitar sentirte viviendo la gran pasión que vivieron Ralph Fiennes y Kristin Scott Thomas en “El paciente inglés”

Dejemos que sea la voz de otro sabio, de otro dios de los perdedores, quien despida esta entrada acompañando las pinturas de Vettriano. Tiende tu mano a Tom Waits y su Waltzing Matilda, y que nos lleven allí donde nacen los sueños y viven los poetas…

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Eleni Karaindrou, la voz de la vida…

1 mayo, 2011

Esta entrada está dedicada a una compositora excepcional: Eleni Karaindrou. Su música es un suave fluir hacia la belleza que siempre hay más allá del dolor y del sufrimiento. Es un río de aguas tranquilas y transparentes que nos lleva, de remanso en remanso, a lo largo de ese viaje sin retorno que es la vida. Sumergirse en ese río, dejarse llevar por esas tranquilas aguas, es una experiencia sensual y mística. Todo en la música de Eleni Karaindrou es belleza, armonía, poesía… y silencio.

Uno de sus temas, “By the sea”, es el que escogí como la que habría sido la sintonía de “La placenta del Universo” cuando, antes de ser este blog, era un proyecto de programa de radio que jamás llegó a emitirse, ese proyecto cuyo programa piloto tenéis en la primera entrada de este blog (Unas palabras de bienvenida). “By the sea” pertenece a la Banda Sonora Original de la película “La eternidad y un día”, de Theo Angelopoulos.

El nombre de Eleni Karaindrou ha estado siempre ligado al de Theo Angelopoulos, ya que ha compuesto la Banda Sonora Original de una decena de sus películas. Pocas veces se da una comunión tan perfecta entre la sensibilidad de un compositor y la de un director a lo largo de casi treinta años. Sin duda una de las más conocidas es la de “La mirada de Ulises”. Un violín repite suavemente ese bello canto del alma que, más allá de la nostalgia, la melancolía o la tristeza, atraviesa el aire para llegar a lo mas hondo de nosotros. Son muchos los sueños y los recuerdos que nos trae  ese desgarrado susurro de libertad. El diálogo entre el violín y el acordeón parece esconder un universo donde pueden habitar todos los secretos…


Nacida en Teichio, una pequeña aldea montañosa griega, en 1939, tras haber estudiado arqueología, historia y composición musical en Atenas, se trasladó a París para estudiar etnomusicología y orquestación. Su trabajo se ha centrado, casi siempre, en la creación musical para el cine y el teatro, campo en el que ha colaborado con genios de la talla de Harold Pinter. Músicos como Jan Garbareck suelen acompañarla en sus interpretaciones. El mundo de la ópera también la ha atraído con fuerza, habiendo compuesto una sobre el mundo de la tragedia griega: Las troyanas . En 1984 conoce a Angelopoulos e inicia esa fabulosa carrera musical que la ha llevado a crear algunas de las Bandas Sonoras Originales más bellas de la historia del cine. Su música y las imágenes de Angelopoulos forman un uno indisoluble, un uno donde viven la luz del crepúsculo y la del amanecer, la de la niebla, la de la noche y, sobre todo, esa luz atávica que nace en nuestro interior y que ilumina nuestro eterno viaje entre el nacer y el morir.

 ”Refugiado”, uno de los temas principales de la Banda Sonora Original de la película “El paso suspendido de la cigüeña” resume perfectamente la simbiosis entre la música de Eleni Karaindrou y las imágenes de las películas de Theo Angelopoulos. Dejarse llevar por el hipnóptico movimiento de la música y el suave fluir de la imágenes es aceptar la invitación a recorrer los poblados paisajes de nuestra memoria más lejana.

Escuchar los acordes de la B.S.O. de “The weeping meadow” es abrir los brazos y estirarlos con fuerza al despertar, es querer volar, es sentirse pájaro, es saber que somos un pájaro alzando silenciosamente el vuelo sobre la escarcha de la mañana, recorrer desde el aire el paisaje con la mirada limpia y clara, extender las alas para dejarse llevar por el viento hacia esas cumbres desde las que nos llega el olor de la hierba recién cortada, los aromas del jazmín, del cedro y del incienso, esos aromas que acompañan el viaje hacia el origen, hacia las raíces, ese bello regreso a lo que somos…

Los temas que Eleni Karaindrou compuso para “El viaje a Cythera”, su primera colaboración con Angelopoulos, reflejan perfectamente lo que para ella es la música que recuerda de su infancia: ” La música del viento, la que hacía la lluvia sobre los cristales, sobre los techos de teja y el agua corriendo. El canto del ruiseñor y el silencio de la nieve. Recuerdo las voces polifónicas de las mujeres de mi pueblo que cantaban mientras recogían el maíz con sus hijos a sus espaldas contando estrellas. Todavía puedo recordar las melodías bizantinas que se tocaban en la iglesia y las voces de los hombres que las cantaban…”


Para despedirnos ahora de Eleni Karaindrou nada mejor que escuchar uno de sus temas más bellos: “Adagio”. Su suave tempo y su dulce compás nos transportan, a través de la soledad y de la profundidad mística del silencio, a un lugar oculto a veces por la niebla del olvido, o por el infranqueable y negro muro de las urgencias y las prisas. Es un lugar que vive en lo mas hondo de nosotros, un lugar donde el agua corre lentamente; donde los bosques crecen verdes y libres; donde se escucha la levedad de la nieve al caer; donde un suave viento acaricia las hojas de los árboles y les hace cantar; donde vemos pasar los rayos del sol en linea recta; donde el aire huele a tomillo y a flores; donde el mar susurra su eterna cancion, esa que habla de tí y de mí, y de todo lo que habríamos podido y aún podemos ser; donde duermen los misterios sin tiempo del mundo, y donde, si aprendemos a escuchar,  se puede escuchar una única voz: la voz de la vida, que grita nuestro nombre.

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Edward Hopper, ¿de qué color es la soledad…?

10 abril, 2011

La pintura de Edward Hopper siempre me ha fascinado, especialmente desde que tuve la suerte de ver la impresionante exposición que organizó en Madrid la Fundación March a finales de 1989. Son tantas las cosas que me atraen de su pintura: la tremenda sensación de soledad y aislamiento que transmiten todos sus cuadros, la utilización del color, de la luz, de la estructura, del trazo y de la forma para transportanos a ese universo personal y mágico en el que habitan todos los personajes que pasan por sus cuadros, porque esa es la imagen que transmiten sus figuras, la de ser gentes de paso, los Willy Lomans de la vida. Todo en la pintura de Hopper está orientado a invitarnos a entrar en ese paraíso de los sueños rotos que fue el despertar del sueño americano. Bajo el aparente realismo de sus cuadros subyace un simbolismo casi cinematográfico que va calando en el alma del espectador, un espectador que se siente profundamente impactado por la terrible experiencia de la soledad que ve reflejada ante él y que él conoce tan bien…

Si quieres, la voz de Leonard Cohen y Suzanne, su inolvidable himno a los solitarios, puede ser una buena compañía a partir de ahora…

Nacido a finales del siglo XIX en una familia acomodada que nunca se opuso a su vocación de artista, Hopper estudió pintura y artes plásticas en la New York School of Art, donde acabó impartiendo clases. Su primer viaje a Europa, a París concretamente, le marcará para siempre: “La realidad americana me pareció muy dura y terriblemente cruda; me llevó diez años sobreponerme a mi regreso de Europa”. Manet, Pisarro, Monet o Tolouse-Lautrec son algunos de los pintores que marcan su pintura, aunque, por encima de todos, quien más le influye es Goya, de quien aprende que los paisajes y los personajes que pinta representan también la propia realidad interior del pintor, una realidad que, para vivir, necesita ser compartida.

Todos sus cuadros suelen tener estructuras muy lineales, con una cuidada composición geométrica y un nihilismo latente muy adelantado a su época. A través de grandes áreas de color o de elementos arquitectónicos introduce las líneas verticales, horizontales y diagonales que marcan todos sus cuadros. Sus paisajes interiores están habitados por el vacío, por la soledad, por el frío y, sobre todo, por el silencio, ese silencio que ahoga las voces y los desgarrados gritos de un mundo que desaparece irremisiblemente. Ante nosotros aparece reflejado el estado de ánimo de un mundo agonizante, de una sociedad destruida por el aislamiento del egoísmo y la falta de comunicación. Nadie habla con nadie. Sus personajes no se dicen nada, porque nada tienen ya que decirse, si es que lo tuvieron alguna vez. Eso es lo aterrador, encontrar a seres humanos que habitan este mundo sin tener nada que decir, nada que compartir.  Son naúfragos, seres desterrados, seres sin universo, sin rumbo y sin hogar. Les vemos en la habitación de un hotel, pensativos, cabizbajos, sumidos en ese terrible silencio que es su único lenguaje. No hay felicidad en sus rostros. No la puede haber. Ni alegría. Ni sonrisas. Su vida no es más que una espera, una terrible, solitaria y sempiterna espera.

Hopper conoce bien a todos los Willy Loman de este mundo, por eso los elije para pintarlos. Sabe que pueden ser hombres, y también mujeres, porque para él el universo de la mujer puede estar tan seco y vacío como el de los hombres, víctimas, como ellas, del sinsentido de una sociedad que renunció al sueño de la  libertad por la pesadilla de la seguridad. Los paisajes urbanos de Hopper son los paisajes del desierto en que hemos convertido el mundo en que vivimos. Calles solitarias, bares solitarios, hoteles solitarios, corazones solitarios…

La utilización de la luz y del color, siempre fríos, para resaltar esa sensación de vacío y soledad es uno de los recursos más recurrentes en la pintura de Hopper. Su universo está poblado de negros, grises y azules. Sus personajes también. Sólo en sus paisajes marinos la luz del sol y la intensidad  azul del mar parecen empeñarse en dar vida a unos seres que siguen aislados en su descarriado viaje por el mundo. Hopper es consciente de que el mundo interior del artista aparece ya en sus primeras obras y que luego su arte y su tecnica pueden ir perfeccionándose, pero no hará más que crear variaciones sobre un mismo tema:” En el desarrollo de todo artista siempre se encuentra el plan de la obra futura ya en la obra primeriza. El núcleo en torno al cual el artista levanta su obra es él mismo; es el yo central, la personalidad o como se la quiera llamar, y esto apenas cambia desde el nacimiento hasta la muerte. Lo que una vez fue el artista , lo es siempre con leves variaciones. Los vaivenes de las modas en relación con los métodos o los temas le cambian poco o nada.”

La  influencia que Hopper ha ejercido sobre la cultura occidental ha sido extraordinaria. Uno de sus cuadros más conocidos, ” Los halcones de la noche”, ha sido utilizado una y mil veces sustituyendo incluso a sus solitarios personajes por iconos cinematográficos como Humphrey Bogart o James Dean, televisivos como los personajes de los Simpsons, o cinematográficos como los de “La guerra de las galaxias”. Otro de sus cuadros más famosos, “Casa junto a las vías del tren”,  fue utilizado por el mismísimo Alfred Hitchcok para diseñar el tétrico hotel de Norman Bates en “Psicosis”. Viendo el cuadro de Hopper y la terrible sensación de soledad y desasosiego que sugiere esa casa se entiende perfectamente que Hitchcok la escogiera como modelo. La estructura del cuadro es sorprendente ya que Hopper interpone entre el espectador y la casa una vía de ferrocarril que separa ambos mundos. Frente a la solidez de esa casa, Hopper antepone la idea de la ligereza del viaje, de que todo es pasajero… porque nosotros mismos estamos de paso. El estilo arquitectónico de la casa y su propia ubicación, en medio de la nada y con una entrada principal que da a la vía del tren, sugieren que es anterior a la construcción del ferrocarril, lo que le da al cuadro ese aire de fantasma solitario empeñado en vivir anclado en un tiempo que ya no ha de volver… Algunas de las ventanas todavía están abiertas, la mayoría ya cerradas. Otras peliculas, como “Matar a un ruiseñor”, también han diseñado sus decorados tomando como referencia los cuadros de Hopper. El propio estilo de Hopper, su particular forma de utilizar la luz y su manjeo del ángulo de visión son, muchas veces, un lenguaje que es muy próximo al cinematográfico y al teatral.

La soledad de la mujer que comentaba antes es algo de la pintura de Hopper que me ha impactado profundamente. Uno de sus cuadros más famosos, “Cine de Nueva York”, refleja perfectamente la soledad del mundo en el que vivimos. En la semioscuridad de una sala de cine vemos la solitaria figura de una acomodadora apoyada en la pared bajo la luz de un pequeño aplique. Está totalmente absorta en sus pensamientos ajena a todo lo que ocurre a su alrededor. El tono amarillento de las paredes hace destacar el intenso azul del uniforme que lleva. También vemos sus ribetes rojos y sus altos zapatos de tacón. Ella parece estar en otro mundo mientras los espectadores, a los que vemos de espaldas mirando la pantalla, permanecen aislados y absortos ante lo que pasa en ella. La luz en blanco y negro de la película que proyectan ilumina la sala. Ella no mira la película. Es la única que no lo hace. Quizá porque ya la ha visto, o quizá porque sabe que, como en la caverna de Platón, lo que esos espectadores están viendo no es la vida real, sino su sombra. Son muchas las referencias a Platón que podemos encontrar en los cuadros de Hopper, como el libro abierto que tiene junto a él el solitario personaje que está sentado en la cama junto a una mujer dormida en “Excursión a la filosofía”. El propio Hopper dijo en alguna ocasión que el ser humano ha estado releyendo a Platón, pero que lo ha hecho tarde en su vida, demasiado tarde. ¿Qué hace ese hombre vestido y calzado sentado con el libro junto a él dando la espalda a la mujer semidesnuda que está tendida en la cama?, ¿Por qué está ella casi desnuda y él vestido?, ¿Por qué tienen la ventana abierta?, ¿Por que no hablan?, ¿ Por qué ni se miran?, ¿Dónde está la ropa de ella?, ¿Qué queda del desnudo de él?, ¿Son amantes?, ¿Lo habrán sido alguna vez?, ¿Dónde han ido todos sus sueños…?

Los personajes de Hopper viven perdidos en medio de ninguna parte, una ninguna parte que nos resulta muy cotidiana y familiar y a la que, precisamente por eso, raramente hacemos caso. Todos parecen estar esperando que pase algo ¿El qué? Eso poco importa. Son muchos los que han convertido su vida en espera, en solitaria, triste y callada espera. Nunca les pasa nada. Poco les importa. Ellos siguen esperando, hasta que llega un día en que mueren… La vida es viaje, no es espera, eso es lo que nos grita Hopper desde sus cuadros: “Lo más importante para mí es la sensación de estar de paso. Descubriendo la intensa belleza de todas las cosas cuando estás viajando, cuando tu vida se transforma en una especie de película”. Para Hopper lo importante no es pintar lo que ve, sino la imagen que él tiene de lo que ve: “Es muy bueno representar lo que se ve. Es muchísimo mejor representar lo que uno tiene guardado en la memoria. Es una transformación en la que trabajan juntas la capacidad imaginativa y la  memoria. Solo se reproduce lo que es apremiante, es decir, lo necesario. Así que el recuerdo propio no es otra cosa que el hallazgo liberado de la tiranía que ejerce la naturaleza.”

Las casas que aparecen en los cuadros de Hopper siempre están llenas de ventanas, ventanas a través de las que pasa la vida,  por las que entra el aire y por donde se cuela la luz que ilumina el desolado mundo de los personajes que habitan en ellas. Son ventanas que siempre están abiertas. Son personajes que siempre están cerrados. Es a través de esas ventanas por donde los personajes de Hopper viven su vida y donde Hopper aprovecha para romper los trazos rectilíneos que les encierran, dejando que unos visillos, casi siempre blancos, sean aireados por el viento para hacer sentir al espectadoresa bocanada de aire fresco que es la vida.  La pintura de Hopper es una terrible metáfora del mundo que hemos construído, un mundo  de silencio y de soledad que Hopper conoce bien y contra el que se rebela,  porque para Hopper,  ”el arte importante es la expresión exterior de la vida interior del artista, y esta vida interior tendrá como resultado su visión personal del mundo…” Viendo los cuadros de Hopper nos transformamos en voyeurs de ese para siempre roto sueño americano.

A lo largo de toda su vida Hopper utilizó siempre un único modelo femenino:  su mujer, Jo. Pintora como él, existía entre ellos una complicidad absoluta al tiempo que una sana rivalidad en la tranquila vida que, sin sobresaltos de ningún tipo, viveron en el Village de Nueva York. A lo largo de toda su obra vamos viendo el paso del tiempo en esa mujer que le ha acompañado siempre. Lo irónico del caso, además, es que el último cuadro que pintó Hopper, en 1965, muestra a dos cómicos saliendo a saludar desde el proscenio despidiéndose de los espectadores, y que esos dos cómicos que parecen reirse del mundo al que le están diciendo adiós no son otros que el propio Hopper y su  mujer.

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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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Todas las entradas

  • Ayer no termina nunca…
  • Searching for Sugar man, la inmensa grandeza de la humildad.
  • A quien hay que desahuciar es a los políticos y a los banqueros
  • Álbum Letras & Artes, sobrevivir en tiempos de barbarie
  • Egon Schiele, el erotismo de la melancolía…
  • Jose Luis Sampedro: una lección de vida, de dignidad y de compromiso
  • Madiba Mandela, ¡Ubuntu!
  • Parroquia de Entrevías (Vallecas), una opción por los pobres, por la justicia y por la libertad
  • Jordi Dauder, porque existir es pensar y pensar es comprometerse
  • La leyenda del pianista en el océano
  • Carta a Janis Joplin
  • Francesc Ferrer i Guàrdia, pasión por la vida y por la libertad
  • Diego El Cigala, porque hay que aprender a querer y a reír
  • Mario Benedetti, candil del alma
  • Danzad, danzad, malditos
  • Las llaves del alma…
  • Te recuerdo Víctor…
  • Michael Haneke, porque vivir no es más que amar…
  • Iluminando estrellas…
  • Frida Kahlo, bella hasta en el dolor
  • Paco Ibáñez, porque la poesía vive en la calle
  • ¿Democracia? En España se tortura
  • Matthieu Ricard, solo me queda lo que di…y por eso soy feliz
  • Pablo Neruda: el cartero de Isla Negra
  • Luis Eduardo Aute, ese niño que miraba el mar…
  • Paul Gauguin, la infinita belleza de la utopía…
  • “Yepeto”, ¿edades para amar?
  • ¡Basta! Una democracia diferente, un orden mundial distinto
  • ¡¡NO SIN CULTURA!!
  • La esperanza vive en las montañas
  • Sau, 25 años
  • “Before the rain” (Antes de la lluvia)
  • Marcello Mastroianni, la seducción de la humildad
  • Lhasa de Sela, la voz de la carretera
  • El fin es mi principio, Tiziano Terzani
  • El festín de Babette, o el arte de darse a los demás
  • Actuando para cámara, una lección magistral de Michael Caine
  • Piranesi, o las cárceles del alma…
  • Daniel Barenboim, un canto por la paz
  • Zenet, el crooner de las diez mil y una noches…
  • ¿Y si vivimos todos juntos?
  • Norma Jean, Princesa rota
  • Marlene Dietrich, una mujer condenada a ser libre
  • Yves Montand, el compromiso de la verdad
  • Todos somos mineros
  • La placenta sube al escenario
  • Traficantes de tierras
  • Mikis Theodorakis, la leyenda de un hombre indomable
  • Trumbo cogió su fusil
  • Por los ojos de Raquel Meller
  • ¡Vamos a contar verdades!
  • Ramón Casas, días de bohemia y de ilusión…
  • Abel Korzeniowski y Shigeru Ubemayashi, las voces del alma
  • ¡A la calle, que ya es hora!
  • Roque Baños, la música de los sueños…
  • Memorias de África
  • Crónica de un asesinato anunciado
  • “El maestro de música”
  • Jack Vettriano, el erótico y nada discreto encanto de la melancolía…
  • Toni Bestard, “El perfecto desconocido”
  • GRUPO 7, ¿quién vigila al vigilante?
  • Solo en la vida, el síndrome de Asperger
  • Kavafis, el susurro de Ítaca
  • Aprender a escuchar
  • Atravesando espejos, o la necesidad de vivir contra la corriente
  • ¿Educar?
  • Lluís Llach, cuando habla el silencio
  • Aki Kaurismäki, porque los perdedores no son los que pierden…
  • Djivan Gasparyan, la melancólica voz de la libertad
  • Garaje Lumière, convirtiendo la utopía en realidad…
  • Steve McQueen, porque la vida es más, mucho más, que una huida
  • Salvador Puig Antich, anatomía de un asesinato “legal”
  • Marcos Ana, cuando hasta el dolor es poesía…
  • Raimon Panikkar, la eternidad que vive en cada instante…
  • Teatro Tribueñe, sueño, utopía y realidad
  • Momix, báilame un sueño…
  • ¿Quién teme a Virginia Woolf?
  • María del Mar Bonet
  • Cowboy Junkies o la belleza de las baladas tristes
  • “Libertad”
  • El gran Redford
  • León Felipe, el alma silenciada de Rocinante…
  • Georges Brassens, la cálida voz de la anarquía
  • De lápices, hadas y sueños: Marie Brozova
  • Wangari Maathai, la mujer árbol
  • La voz del viento
  • El maestro
  • Elegía a un príncipe nómada…
  • Orson Welles
  • Audrey Hepburn
  • Marlon Brando
  • Sexismo en el cine y la televisión
  • ¡Adiós a la Iglesia!
  • Arte y compromiso
  • Sean Penn
  • Tempo
  • “Uno es lo que ama”: Facundo Cabral
  • Antonio López, o la ardiente paciencia…
  • ¡Autor, Autora!
  • El viaje
  • El Gatopardo
  • Atahualpa Yupanqui, la voz del alma de la tierra
  • Contra la crisis, ACTÚA
  • Jacques Leonard, pasión por la vida…
  • 15-M, un necesario grito de esperanza
  • La Singularidad: más allá de la última frontera
  • ¿Existe la muerte?
  • Eleni Karaindrou, la voz de la vida…
  • José María Rodero
  • Brel, ne me quitte pas…
  • Edward Hopper, ¿de qué color es la soledad…?
  • Elecciones en la Unión
  • Padres…
  • ¡NO A LA GUERRA!
  • Constructores de sueños…
  • Simplemente, Katharine Hepburn…
  • Charles Laughton, un grande entre los más grandes
  • Spike Lee, 25th hour, el coraje de vivir…
  • Antonio Gades, un viento de libertad
  • Menos es más…
  • Soplan vientos de revolución…
  • El Bosco y Patinir, Eros y Tánatos…
  • Sacco & Vanzetti, porque la anarquía no ha muerto…
  • El paciente inglés
  • Tom Waits
  • El jardinero fiel
  • Éramos tan felices sin darnos cuenta…
  • ISPANSI…
  • Que no paguen los de siempre…
  • De jardines y paraísos…
  • Carmen Amaya: El mar me enseñó a bailar…
  • Bruce Springsteen, juglar de sueños…
  • Will Keen: la palabra hecha acción
  • “Z”
  • Paul Newman
  • Armas de anglosajonización masiva
  • Matar a un ruiseñor…
  • El filo de la navaja
  • Los indios, la sombra de una nube sobre la pradera…
  • Criminalizar al diferente
  • Se envejece al dejar de amar…
  • De gemidos y silencios: los dibujos de Klimt y de Matisse
  • Rafael Álvarez, “El Brujo”, o la melancolía de la sombra
  • The soul of a man
  • “No somos de donde nacemos, sino de donde nos necesitan”, Abraham Verghese
  • La vida secreta de las palabras
  • La soledad creativa
  • Premios Buero de Teatro Joven
  • Cine: Arte y reflexión
  • “Bajo el fuego”, corresponsales de nuestra propia guerra
  • Castings, castings, castings…
  • De abrazos, miradas, caricias y ronroneos…
  • “Caídos del cielo”, el teatro puede.
  • Ramón Gaya, el cuenco vacío de la creación
  • Haris Alexiou: un himno a la libertad
  • Macbeth, Declan Donnellan
  • Vinicius de Moraes, porque vivir es devorar la vida…
  • Edward Steichen, elegía a un peregrino de la belleza
  • La crisis… y la madre que la parió
  • The Bridge Project: Porque estamos hechos de la materia de los sueños…
  • Nos queda la memoria
  • Mercedes Gómez-Pablos, la mirada azul del silencio…
  • Dejemos hablar al silencio…
  • Me encontraréis a bordo ligero de equipaje…
  • “El viento se llevó lo que”
  • “La bañera de Ulises”, saltimbanquis y marineros en una travesía por la paz
  • “El concierto”
  • Al oeste del ocaso: Muerte en Venecia
  • La luz del silencio: tibetanos en el exilio, una opción por la no-violencia en el mundo de hoy
  • Sándor Márai, memoria del olvido
  • Siddhartha
  • “Me voy, ahí os quedáis…”
  • Kandinsky, o la necesidad de crear
  • Dennis Hopper, un actor de leyenda
  • Mikhail Baryshnikov, poesía de la danza en libertad
  • Siendo nadie, yendo a ninguna parte…
  • ¿Dónde han ido todas las cartas?
  • Al Pacino, la visión de un actor
  • Amor a primera vista
  • Cuento de Navidad
  • El viaje + corto
  • Eduardo Galeano, una luz en la niebla
  • “Desenfocada”
  • Las mujeres que no conocemos
  • Porque la felicidad no es una zanahoria…
  • Stefan Zweig, un mundo de ayer
  • Anthony “Zorba” Quinn
  • Doctor Zhivago: recuerdos, anécdotas, y secretos de un rodaje épico
  • Detener el tiempo…
  • De saltimbanquis, arlequines y payasos…
  • The Actor´s Gang
  • “The visitor”
  • El silencio de la luna
  • Los espejos del alma
  • Amar en tiempos de crisis
  • “El patio de mi cárcel”
  • El equilibrio de la vida
  • John Cassavetes: el valor para ser libre
  • Leonard Cohen, o cómo decir poesía
  • El viaje de Angelopoulos
  • Fernando Fernán-Gómez: Un hombre que se atrevió a ser libre
  • Arthur Miller, una mirada desde el puente
  • Unas palabras de bienvenida

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