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Memorias de África

29 abril, 2012

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong… con estas palabras empieza una de las historias de amor más bellas que se han escrito jamás: la de Karen Blixen y Denys Finch-Hatton, llevada al cine por Sydney Pollack en la inolvidable película “Memorias de África”, protagonizada por Meryl Streep y Robert Redford. A través de ese amor asistimos a la desaparición de un mundo, el del colonialismo británico, un mundo en el que convivían la más atroz explotación de la riqueza natural y de las gentes de África, con seres capaces de hacer de su vida una maravillosa aventura donde el amor a la vida, a la libertad y a los espacios abiertos alcanzaba su más alta expresión. Ese fue el mundo de Karen Blixen y Finch-Hatton, un mundo con el que todos, de una u otra forma, hemos soñado.

Aquí tienes el trailer de la película.

Nada mejor que cualquiera de los temas de la espléndida banda sonora de “Memorias de África”, de John Barry, para acompañarnos en este viaje…

Karen Blixen fue una mujer valiente e independiente que amaba la libertad, el amor y la belleza. Nacida en una familia aristocrática danesa, cuando tenía diez años tuvo que pasar por la terrible experienciaa del suicidio de su padre, que no pudo soportar las consecuencias de padecer la sífilis. Educada en los mejores colegios privados suizos, en 1914, con 28 años, se casó con un primo lejano suyo, el Barón Bror Blixen-Fineke, y se fue a vivir a Kenia (entonces Bristish East Africa). Compraron la granja a los pies de las colinas de Ngong con la idea de iniciar una explotación ganadera que ni siquiera llegaron a crear ya que finalmente optaron por dedicarse al cultivo del café, que comercializaron bajo su propia marca (The Karen´s Coffe Company). Las oscilaciones en el precio del café y la sequía continuada de varios años, unido a que sus tierras no eran las más propicias para la plantación de cafetales, acabaron por arruinarles. El Barón Blixen no se caracterizó por la fidelidad matrimonial y, al año de casados, le contagió la sífilis a Karen. Los médicos le aconsejaron volver a Dinamarca a cuidarse durante algún tiempo. A su regreso a Kenia, se divorció de su marido.

Karen amaba África. Era un mundo totalmente distinto al que ella había conocido. Las férreas costumbres burguesas del Norte de Europa y su arraigada tradición calvinista no iban con ella. Necesitaba vivir en libertad, ser ella misma, tener su propia vida. Y eso es lo que encontró en África. Se integró en la cultura africana aprendiendo su lengua (suahili), y conociendo las costumbres y las tradiciones de la tribu kikuyu que poblaba sus tierras. Siempre defendió sus derechos y trató de ayudarles enseñándoles a leer, acercándoles la medicina occidental, y defendiendo entre los responsables de la colonia inglesa el derecho que los kikuyu tenían a poseer sus propias tierras. La escena de la película en la que, tras haberlo perdido todo, va a ver al nuevo gobernador para pedirle públicamente, incluso de rodillas, que conceda el derecho a los kikuyu a tener su propia tierra es de las que te ponen la piel de gallina.

Fue en Kenia cuando conoció a Denys Finch-Hatton, el aventurero inglés que sería el gran amor de su vida. Hijo menor del Conde de Winchilsea, había sido educado en Eton y Oxford. Destacó por su innata facilidad para el deporte y, sobre todo, por su pasión por la música y la poesía. Lo que más le gustaba era que le contaran historias. El también era un consumado cuenta cuentos.

Las palabras con las que Karen le define en su novela (en la que se basó Pollack para hacer la película) le definen perfectamente:

 ”Denis Finch-Hatton no tenía otro hogar en África que la granja. Vivía en mi casa entre safaris y allí tenía sus libros y su gramófono. Cuando él volvía a la granja, esta se ponía a hablar; hablaba como pueden hablar las plantaciones de café, cuando con los primeros aguaceros de la estación de las lluvias florecía, chorreando humedad, una nube de tiza. Cuando esperaba que Denis volviera y escuchaba su automóvil subiendo por el camino, escuchaba, al mismo tiempo, a las cosas de la granja; venía solo cuando quería venir, y ella percibía en él una cualidad que el resto del mundo no conocía, humildad. Siempre hizo lo que quiso, nunca hubo engaño en su boca.

Había un rasgo en el carácter de Denys que para mí lo hacía especialmente precioso, y era que le gustaba que le contaran historias. …

Denys, que vivía principalmente a través del oído, prefería escuchar un cuento que leerlo; cuando llegaba a la granja me preguntaba:

-¿Tienes algún cuento?

Durante su ausencia yo preparaba muchos. Por las noches se ponía cómodo tendiendo cojines hasta formar como un sofá junto al fuego y yo me sentaba en el suelo, las piernas cruzadas como la propia Scherezade, y él escuchaba, atento, un largo cuento desde el principio hasta el fin.”

Una de las amigas de Finch-Hatton fue la aviadora Beryl Markham, la primera mujer que sobrevoló el Atlántico en solitario. En su libro “Al Oeste con la noche”, le describe así:

“La mayor parte de los que vivían en Kenia en aquellos tiempos o viven todavía allí recuerdan a Denys Finch-Hatton. Sobre Denys ya se ha escrito antes y se escribirá de nuevo. Si no se ha dicho ya, alguien dirá que era un gran hombre que nunca alcanzó la grandeza, y esto no sólo será trivial, sino falso: era un gran hombre que nunca alcanzó la arrogancia.

Yo tenía unos dieciocho años cuando le conocí, pero él llevaba ya varios años en África – al menos de forma intermitente – y se había labrado una reputación como uno de los cazadores blancos más capacitados. En los círculos atléticos británicos todavía se recuerda su constitución física. Como jugador de cricket era el primero. Era un erudito de profundidad casi clásica, pero con menos pedantería que un muchacho sin instrucción. Había veces que Denys, como todos los hombres cuyas mentes han abarcado entre otras cosas las debilidades de su especie, experimentaba momentos de misantropía; podía desesperarse con los hombres, pero encontrar poesía en un campo de rocas.

Con respecto al atractivo, sospecho que Denys lo inventó, pero con un significado un tanto diferente, incluso en su primer día. Era un atractivo de intelecto y fuerza, de intuición rápida y humor volteriano. Su forma de recibir el día del juicio habría sido con un guiño y creo que así lo hizo.

La historia de su muerte es muy simple, pero demuestra para mi satisfacción personal la verdad de unas palabras dedicadas a su memoria que aparecieron en el Times de Londres: “Algo más debe salir de una persona tan fuerte y entregada; y, en cierto modo, salió…”

Lo que salía de él, si emanar no es mejor palabra, era una fuerza que comportaba inspiración, desplegaba confianza en la dignidad de la vida e incluso a veces daba personalidad al silencio.”

Finch-Hatton había llegado a África en 1911, con 24 años. Era dos años más joven que Karen. Aunque había comprado unas tierras de cultivo, jamás llegó a explotarlas, nunca fue un granjero. Su pasión por la caza fue la que dirigió sus pasos en África. Era un gran cazador y no dudó en vivir de ello acompañando en sus safaris a aristócratas británicos o millonarios norteamericanos sedientos de aventura. No conoció a Karen hasta 1918, en el Muthalga Club. Todos los colonos se conocían y vivían en su particular guetho en sus clubes privados, donde celebraban sus recepciones y actos sociales. Ese era el único lugar en el que coincidían ya que la mayoría de ellos pasaba la mayor parte de su tiempo en sus granjas o de safari. Finch-Hatton tenía una habitación en el club, donde residía cuando no estaba de safari o en Inglaterra (pasaba el otoño y el invierno en África y la primavera y el verano en Inglaterra). En 1920 tuvo que irse a vivir a Inglaterra y vender sus tierras en África por problemas económicos. Regresó dos años después para quedarse definitivamente. Karen ya se había separado de su marido (el divorcio no lo obtuvo hasta 1925), e inició entonces su historia de amor con Finch-Hatton. No fue un amor fácil. Los de verdad nunca lo son. Ella era muy independiente y él amaba su libertad por encima de todo. Eran dos seres enamorados de la vida y de la belleza en los estertores de un mundo que agonizaba, dos seres que se ahogaban en el naufragio de una sociedad a la que sentían no pertenecer. Karen seguía al frente de su explotación de café. Finch-Hatton no tardó en ir a vivir a su granja, aunque las temporadas que pasaba de safari eran muy largas. Él le pedía que le contase historias. Ella se las contaba. La imaginación de Karen era maravillosa y disfrutaba mucho creando aquellas historias para su amor. Ella le pedía que le mostrase África. Él se la mostraba. La sabana africana era el mundo de Finch-Hatton y era feliz al compartirlo con ella.

Fue un amor loco, como deben ser los amores, con sus turbulencias y sus paraísos. Uno de los diálogos de la película, el que tiene lugar una noche en la playa, refleja perfectamente esa relación, cuando, tras plantearle ella la posibilidad de casarse, él le responde: “Karen, estoy contigo porque he elegido estar contigo. No quiero vivir la idea que otros tengan de cómo hay que vivir. No me pidas que haga eso. No quiero darme cuenta un día que estoy al final de la vida de otra persona. Estoy dispuesto a pagar por la mía, a estar solo a veces e incluso a morir solo si tengo que hacerlo…”

Poco después es él, ese acérrimo defensor a ultranza de su espacio, de su libertad y de su soledad, quien le dice que la ama de una de las maneras más hermosas que he visto jamás: “Has roto mi soledad…”

La pasión por la aventura llevó a Finch-Hatton a aprender a volar. La realidad no es la que aparece en la película (cuando invita a Karen a su primer vuelo él le dice a ella que aprendió a volar ayer), sino que venía de muy atrás. Durante su estancia en Egipto y Mesopotamia durante la Primera Guerra Mundial, intentó aprender a pilotar un avión, pero una inoportuna lesión en el pie se lo impidió. Acabada la guerra, en una de sus estancias en Inglaterra, es cuando aprendió a volar. Sus inicios no fueron fáciles (tuvo más de un accidente con las copas de los árboles de la finca de su hermano donde hacía sus prácticas). Finalmente compró una avioneta y la envió por barco a Kenia. Allí la utilizaba para su trabajo y, sobre todo, para compartir con las personas a las que quería el espectáculo de aquella nueva forma de ver el mundo, su mundo. Las escenas de la película en las que le enseña el paisaje africano desde al aire a Karen son de lo mejor que se ha rodado jamás.

En la mañana del 14 de mayo de 1931 cuando, tras pasar varios días en Mombasa, Finch-Hatton despegaba de la planicie de lo que hoy es el parque nacional de Tsavo, donde había aterrizado la tarde anterior para seguir a unos elefantes, su avión explotó en el aire. Su cuerpo y el del guía kikuyu que le acompañaba aparecieron carbonizados. Karen le enterró, como él le había manifestado en más de una ocasión que quería: en las colinas de Ngong. En su tumba escribió algunos versos de uno de sus poemas favoritos, “La canción del viejo marinero”, de Samuel T. Coleridge:

“Solo, solo, completamente, solo, solo,
¡Solo en un ancho, ancho mar!
Y nunca un santo tuvo piedad de
mi alma en agonía…

“Como alguien en una ruta solitaria
camina con miedo y terror
y habiendo mirado atrás una vez, camina
y su cabeza no vuelve a girar más.
Porque sabe que un temible demonio
va cerca detrás de él…

“Paso, como la noche, de tierra en tierra;
Tengo un extraño poder para hablar;
En el momento en que veo su cara,
conozco al hombre que debe oírme:
a él mi historia le enseño…

Se fue como alguien que ha sido turbado,
y es de una sensación desesperada:
un hombre más triste y más sabio
se levantó a la mañana siguiente…”

Tras su muerte, y arruinada tras haber tenido que mal vender su granja y cerrar la explotación de café, Karen regresó definitivamente a Dinamarca. Su intención era regresar algún día a África, pero ya nunca pudo hacerlo. Fue allí donde empezó a escribir. Su primer libro, “Siete cuentos góticos”, fue rechazazo por las editoriales danesas y británicas. Mujer que no se amilanaba ante las dificultades, adoptó un pseudónimo masculino (Isak Dinesen), y decidió enviarlo a editores norteamericanos. Allí lo editaron y fue elegido “Libro del año del Club Americano del libro”. Memorias de África (Out of Africa) fue su segundo libro, el libro donde recogió su vida en África y la historia de su amor con Finch-Hatton. También fue elegido como libro del año. Tras ellos vinieron otros libros de cuentos, una novela y su autobiografía. Varios de sus relatos han sido llevados al cine (El festin de Babette, etc.) Su obra siempre se caracterizó por reflejar el mundo en el que vivía y por defender los derechos de los más desfavorecidos, entre los que siempre encontró los de la mujer. Murió en 1962. Había vivido intensamente su vida, todas sus vidas… y gran parte de nuestros sueños.

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El gran Redford

6 noviembre, 2011

Conocido principalmente por su faceta de actor y por haber sido considerado como uno de los grandes sex symbols de Hollywood, la vida de Robert Redford encierra muchas cosas más. Es una de esas personas que ha vivido su vida intensamente a contra corriente, uno de esos botes, como diría F. Scott Fitzgerald, que avanzan hacia delante a pesar de que son, somos, incesantemente arrastrados hacia abajo. Su infinita curiosidad por las cosas y su profundo amor al arte y a la naturaleza son dos de las coordenadas que más han marcado su vida. Nunca le ha temblado el pulso a la hora de defender aquello en lo que cree: la defensa de la naturaleza, los derechos humanos, la justicia social y todas aquellas causas con las que se identifica. Además de actor, su relación con el mundo del cine se ha centrado en la dirección y, sobre todo, en la creación de Sundance, el festival de cine independiente más importante del mundo.

Nacido en 1936 en Santa Mónica (California), en el seno de una familia humilde (su padre trabajaba de lechero y su madre como ama de llaves), se crió en el barrio hispano de la ciudad. A pesar de ser buen estudiante y tener gran facilidad para el deporte, lo que haría que le concediesen una beca para ir a la universidad, su carácter rebelde nunca dejó de aflorar en su juventud, una juventud marcada por la bebida y las pandillas callejeras. Siguiendo los trabajos de su padre (había entrado a trabajar para la Standard Oil), se trasladó a vivir al valle de San Fernando. La prematura muerte de su madre a causa del cáncer, cuando Redford tenía 18 años, y las dificultades de comunicación con su padre, le llevaron a abandonar los estudios y a trabajar en una plataforma petrolífera para ahorrar lo suficiente para comprar un billete a Europa, adonde vino para probar su suerte como pintor, reflejo de una vocación artística que guiaba su búsqueda de su lugar en el mundo. Tras un año de vida bohemia por las calles de Florencia y de París regresó a Estados Unidos con una idea muy clara en la cabeza: quería dedicarse a la escenografía. Alguien le recomendó que estudiase interpretación para poder comprender mejor el mundo escénico. El jamás había pensado ser actor, pero en cuanto lo probó ya no lo pudo abandonar. Allí encontró la forma de expresar todo aquello que llevaba dentro y que pugnaba por salir.

En la American Academy Of Dramatic Arts de Nueva York conoció a Lola, una estudiante con la que se casó y a la que estuvo unido durante casi treinta años. Fue ella la que le ayudó a dejar la bebida. Al año de casados tuvieron su primer hijo, un hijo que moriría en la cuna poco después de muerte súbita. Fueron años de mucho dolor y sufrimiento, años de inseguridad y de pobreza. Redford centró toda su atención en su carrera como actor para salir adelante. Sus principios no fueron fáciles. A las dificultades de todo actor que empieza, la belleza de su rostro infantil condicionaba enormemente el tipo de papeles que le llegaban. De hecho jamás, que yo recuerde, ha hecho de villano o de malo en el cine. Gangster o forajido del Oeste, todos sus papeles tenían ese lado humano que hacía que el espectador siempre le considerase como el bueno y no como el malo de la película. Empezó a tener algunas apariciones esporádicas en series de televisión como “Alfred Hitchcock presenta” o “Perry Mason”, y su primer papel para el cine le llegó en 1962, con “Matar por placer”, una película de guerra en la que conoció al que inmediatamente se convirtió en gran amigo Sidney Pollack, con quien llegaría a trabajar en seis películas a lo largo de su carrera. El alejamiento de su padre en aquella época era ya manifiesto. Su padre jamás aceptó que su hijo se dedicase a la interpretación, algo que nunca consideró como un trabajo serio.

Su fuerte espíritu independiente le lleva ya a crear por aquel entonces su propia productora, Wilwood Enterprises, que produciría su primera película años más tarde, en 1969. El papel que le abrió todas las puertas le llegó en Broadway en 1963, en el montaje teatral “Descalzos por el parque”, para el que su director Mike Nichols, se empeñó en Redford, al que había visto en televisión. Hollywood le contrató para varios papeles secundarios en películas como “La rebelde”, con Natalie Word o “La jauría humana”, con Marlon Brando. La adaptación al cine de “Descalzos por el parque” (1967) fue su primer papel protagonista en el cine, un papel al que inmediatamente le siguieron otros que le consolidaron como lo que es: uno de los más grandes de Hollywood. Entre los papeles más recordados de su carrera, sin duda está el que hizo en “Dos hombres y un destino” (Butch Cassidy and The Sundance Kid), en 1969, formando junto a Paul Newman una de las parejas más famosas de la historia del cine, con el que volvería a trabajar y de nuevo dirigidos por George Roy Hill en “El golpe”.

Sus interpretaciones en “Tal como éramos”, “El gran Gatsby”, “Los tres días del Cóndor” o “Todos los hombres del Presidente” destacaron en su filmografía de la década de los 70. Sin embargo, su claro compromiso con la defensa de la naturaleza ya empezó a reflejarse entonces en la selección de los papeles que elegía y en su propia forma de vida, en una granja en el Estado de Utah, totalmente alejado del mundo del cine y del artisteo. Una de las películas que interpreta entonces, “Las aventuras de Jeremiah Jonson”, cuenta la historia de un hombre que lo deja todo para irse a vivir en la naturaleza salvaje. En “El jinete eléctrico”, otra cinta que rodaría años después, da vida a una vieja gloria del mundo del rodeo que, alcoholizado y desengañado de un mundo falso y vacío, secuestra a la gran estrella del show, un caballo pura sangre al que no puede soportar ver encerrado y tratado así por más tiempo, para soltarlo y que viva en libertad junto a los caballos salvajes. Ese amor por los caballos llevaría a Redford a dirigir e interpretar la adaptación al cine que hizo de la novela “El hombre que susurraba al oído de los caballos”, junto a Kristin Scott Thomas, y a una jovencísima Scarlett Johansson, que mintió a Redford sobre su edad para que le diera el papel.

Uno de los papeles que más se recuerdan de Redford y que mejor reflejan la imagen que tenemos de él, sin duda, es su soberbia interpretación del aventurero inglés Denys Finch Hatton en “Memorias de África”, una de las más bellas historias del amor llevadas al cine, basada en la propia vida de la autora de los libros en los que se basa: Isak Dinnesen, la condesa Von Blixen. Allí Redford muestra todas sus dotes de seductor para encarnar a un hombre solitario, aventurero y libre que no tarda en aprender el poco valor que tiene la libertad cuando se uno enamora. La constante lucha entre mantener nuestra independencia, nuestro espacio vital propio, y la necesidad de compartirlo todo con la persona amada, le lleva a decir en un momento de la película una de las más bellas definiciones que he escuchado sobre lo que es el amor, el estar enamorado, para un hombre que ama la libertad y la soledad por encima de todo. Simplemente dice: “Has roto mi soledad”

Unos años antes de rodar “Memorias de África, en 1980, Redford dio por primera vez el paso de ponerse al otro lado de la cámara para dirigir “Gente corriente” (Ordinary People), una verdadera obra maestra por la que Redford recibiría el Oscar al mejor director. En todas las películas que ha dirigido siempre ha plasmado sus más profundas inquietudes. “Un lugar llamado milagro” era un bucólico canto a la naturaleza y la vida en el campo; “El río de la vida” refleja otra de sus máximas obsesiones, la incomunicación entre padres e hijos, y la última que ha dirigido “Leones por corderos”, se plantea cual debe ser el posicionamiento de la sociedad estadounidense ante la guerra.

1980 fue un año de profundos cambios en la carrera cinematográfica de Redford. A su pérdida de la virginidad como director le siguió la creación de un instituto, el Instituto Sundance, donde ayudar a los jóvenes que empezaban a dar sus primeros pasos en el mundo del cine. Lo hizo sin contar con apoyo alguno de la administración, y lo hizo en el estado de Utah, donde reside. Allí proporciona gratuitamente estancia y docencia  a cargo de grandes profesores y profesionales para jóvenes promesas de la industria del cine.  Al comprobar la calidad de los trabajos de los alumnos del instituto decidió crear un festival donde pudiesen ser exhibidos. Ese es el origen del Festival de Sundance, el más importante actualmente de cine independiente del mundo. De él han salido películas como “Reservoir dogs” y directores como los hermanos Cohen. En un guiño a su carrera como actor, carrera que desde entonces cada vez fue espaciando más y más, Redford bautizó al instituto y al Festival con el nombre de Sundance, su inolvidable personaje de The Sundance Kid en “Dos hombres y un destino”

Redford posee una extraordinaria sensibilidad y un profundo conocimiento técnico que le llevan a ser capaz de poder plasmar tras la cámara, intercalando planos cortos con primeros planos y planos generales, una maravillosa historia de amor en una simple escena de un baile. Aquí vemos a Redford y Scott Thomas en “El hombre que susurraba a los caballos” diciéndoselo todo sin necesidad de utilizar ni una sola palabra, dejando que la cámara capte todo lo que puede decir una mirada, una caricia o un silencio…

Uno de los personajes más fascinantes que Redford ha interpretado es el gran Gatsby, aquel joven solitario de fortuna de origen oscuro creado por F. Scott Fitzgerald, que en medio de la década de los veinte, la maravillosa década del jazz, dedica por completo su vida a recuperar el pasado, un pasado en el que quedó el único amor de su vida que, faltando a la promesa de esperarle, se ha casado con otro. Todo en su vida gira para recuperar aquel gran amor, y todo, absolutamente todo, es posible para él, hasta cambiar el pasado. Si el gran Gatsby vivió para cambiar el pasado, el gran Redford vive para cambiar el presente, nuestro presente…

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"Descalzos por el parque", "El gran Gatsby", "El hombre que susurraba a los caballos", "El río de la vida", arte, cine, F. Scott Fitzgerald, Festival de Cine de Sundance, George Roy Hill, Memorias de África, Paul Newman, Robert Redford, Sidney Pollack
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Marlon Brando

28 agosto, 2011

La entrada de hoy está dedicada al que muchos consideran el mejor actor de todos los tiempos: Marlon Brando. De espíritu rebelde y una personalidad extraordinaria, rompió todos los cánones de la interpretación cinematográfica. Fue el primero en utilizar el que luego sería famoso “Método” basado en las enseñanzas de Stanislavski demostrando que esa forma de interpretar podía servir tanto para el Kowalski de Tennessee Williams como para el Julio César de Shakespeare. Elia Kazan, que le conocía muy bien y que ttambién conocía el Método, decía de él que Brando tenía un método, pero que no era el Método. Maestro indiscutible de todos los que han venido después, ha sido, sin duda, el actor al que todos han querido imitar o seguir. Con una voz muy particular y una forma de decir que casi parecía arrastrar las palabras, era, sin embargo, capaz de decir a Shakespeare con un impecable acento inglés y una dicción perfecta. Polifacético como pocos, camaleónico hasta el extremo, siempre dejaba su impronta en todos los papeles que interpretó. Nunca consideró que ser actor fuese algo excepcional, más bien al contrario, y se preguntaba  si también le aplaudirían si en lugar de ser actor fuese un buen fontanero. Brando era un actor y un ser humano al que podías amar u odiar, pero nunca te dejaba indiferente. Inteligente y comprometido con todas las causas que consideraba justas, jamás renunció a defender todo aquello en lo que creía: luchó por la defensa de los indios norteamericanos, contra el apartheid sudafricano y la discriminación racial en su propio país… Siempre vivió a contra corriente, la única manera de vivir que encontró que no le obligaba a traicionarse a sí mismo, porque como él decía, “hay que vivir de cualquier manera, sin regla alguna”.

Desde muy joven su fuerte carácter marcaría para siempre su vida. Nacido en Omaha, Nebraska, hijo de un representante de comercio muy severo y de una madre actriz alcohólica, nunca tuvo problemas con los estudios aunque sí con su innata rebeldía que le llevaba a enfrentarse siempre con cualquier autoridad que tuviera delante. Expulsado de varios colegios, su padre le obligó a entrar en la academia militar de Shattuck, de la que también fue expulsado. Trabajó como albañil durante tres meses pero, convencido de que aquello no iba con él, convenció a su padre para que le dejara ir a estudiar arte dramático en Nueva York donde vivía una de sus hermanas. Allí, para pagarse sus estudios, simultaneó sus estudios con trabajos de ascensorista, lavaplatos, botones, repartidor, etc. El destino quiso que Stella Addler, una de las fundadoras del Actor´s Studio, fuese quien se encargara de guiarle por el mundo de la interpretación y de pulir a aquel joven recién llegado de provincias que tenía un talento inigualable. Un día, durante la clase de interpretación, propusieron a los alumnos que actuasen como si fuesen gallinas en un gallinero que descubren una bocina. Mientras todos los estudiantes se pusieron a pasear moviendo sus brazos como si fuesen alas y haciendo sonar la bocina sin parar, Brando se encaramó encima de un armario y no hizo ni caso de la bocina. Cuando le preguntaron por qué había hecho eso, él dijo: Soy una gallina y no tengo ni idea de lo que es una bocina.

Prosiguió compaginando los más diversos oficios con su formación actoral pero, impetuoso como era, no tardó en debutar en el teatro, aunque no con el resultado que él deseaba. De su primer papel en un escenario guardaba un amargo recuerdo que jamás olvidó: “Estaba en Nueva York trabajando de ascensorista en un hotel. Ingresé en el cuadro escénico del New York School for Social Research de Piscator y en 1944 trabajé en Long Island, formando parte de una compañía de provincias. Tenía que aparecer en escena en el último acto y dar una mala noticia. La noche del estreno lo hice muy mal. Estaba tan cohibido que me formé un lío con el diálogo. Nadie se enteró de lo que estaba diciendo. Uno de los críticos escribió: El muchacho que hacia el final de la obra apareció en escena para dar la noticia del desastre, estuvo a punto de causar otro…”

Poco después tuvo otra oportunidad en la comedia I remember Mama… y en 1946 llamó la atención por su interpretación naturalista en Truckline Café, dirigido por el que después sería el director que le lanzó a la fama: Elia Kazan. La enorme presencia escénica de Brando que, invariablemente, atraía siempre la atención del espectador, hizo incluso que el propio Kazan tuviera que modificar la escenografía y sus entradas en escena ya que, literalmente, se comía al resto de actores. Kazan quería montar la obra de Tennessee Williams “Un tranvía llamado deseo”, y, aunque el personaje original de Kowalski se alejaba del perfil de Brando ya que era más mayor y grueso, Kazan le recomendó a Brando que fuera a ver personalmente al propio Williams para convencerle de que él tenía que ser Kowalski. En cuanto le vio Willimas no lo dudó ni un momento: “Es exactamente el personaje que me hubiera gustado crear. Tómenselo como una presunción mía o bien como un homenaje, como prefieran, pero es cierto que cada uno de sus gestos, todo lo que hace, responde a las coordenadas del personaje que tengo en mi cabeza y me confirma esta convicción”.

Tras dos años de representar el Tranvía en Broadway y de rechazar varias propuestas cinematográficas, en 1950 Brando aceptó debutar en el mundo del cine en “Hombres”, una película producida por Stanley Kramer: “Firmé un contrato con él porque me gustó su mirada. Tiene una mirada inteligente y honrada. En seguida le aprecié. Además era el primer productor de cine independiente decidido a luchar contra las grandes compañías. Me alegré de trabajar para él. Nuestra película fue un fracaso comercial, pero el esfuerzo era sincero y eso es lo importante.” Entre otras cosas aceptó ese papel porque le permitía demostrar y demostrarse a sí mismo que era un actor capaz de interpretar registros muy diferentes a los de Kowalski. La película trata de un grupo de excombatientes mutilados. En ella Brando interpreta a un exsoldado paralítico de cintura para abajo. Fiel a su forma de trabajar y de preparar los personajes, pasó un mes en un hospital militar observando a los militares heridos. Ajeno por completo a las convenciones de la industria cinematográfica, actuó según su propio criterio creando una interpretación sensible e introspectiva que rompía con todos los moldes vistos hasta entonces.

No deja de sorprender, y muchos se lo recriminaron, que abandonara definitivamente los escenarios tan pronto para dedicarse por entero al cine. Brando era un monstruo de la escena, en el ambiente teatral se sentía mejor tratado y mucho más integrado que en el del cine y habría podido hacer una carrera teatral fabulosa, pero, sin embargo, en 1949 se bajó del escenario para nunca más volver a subirse a uno.

El propio Kazan, que había apostado fuerte por él para dar vida a Kowalski (inicialmente le ofrecieron el papel a Burt Lancaster, diez años mayor que Brando), dirigió la versión cinematográfica de El tranvía que le catapultó a la fama y que le valió su primera nominación al Oscar al mejor actor. La mezcla de brutalidad salvaje y vulnerabilidad que Brando le dio a su Kowalski han pasado a formar parte de la historia del cine:

La interpretación fue la tabla de salvación para aquel joven rebelde que se abría paso en un mundo que desconocía: “Cuando interpreto me transformo. Me quema dentro una especie de fuego, una especie de delirio. Y me siento fuerte, feroz como un león. Sólo esto. Si soy un buen actor o no, es algo que nunca he sabido. Lo siento.” Tras el rotundo éxito de El tranvía, Brando volvió a repetir con Kazan en “Viva Zapata” y volvió a repetir nominación al Oscar. A continuación aceptó enfrentarse a un nuevo reto en su carrera: interpretar al Marco Antonio de Julio César, dirigido por Joseph L. Mankievicz, que le supuso una nueva nominación al Oscar. Su impresionante monólogo ante el pueblo de Roma con el cuerpo inerte de César, al que acaban de asesinar, a sus pies, es toda una lección de interpretación: 

Un año después, en 1954, haría Salvaje y otra nueva película dirigida por Elia Kazan: La ley del silencio (On the waterfront), que le valió una nueva nominación al Oscar que esta vez sí consiguió. Ambientada en el mundo de los estibadores portuarios y de las mafias que lo controlan, Brando interpreta a un joven exboxeador que se debate entre seguir los consejos de su hermano mayor (un Rod Steiger fabuloso, como siempre), para que renuncie a sus escrúpulos y su visión idealista del mundo y acepte ser corrompido. La escena entre ambos en la parte trasera de un taxi está considerada como una de las más memorables de la historia del cine. Sin embargo Brando nunca le concedió excesiva importancia a esa escena a nivel interpretativo sino que consideraba que el mérito de la escena consistía en que lo que en ella se plantea crea una fuerte empatía con el espectador.

Considerado como uno de los grandes mitos del cine, jamás aceptó integrarse en el mundo del show business de Hollywood: “Cuando decidí ir a Hollywood era un joven lleno de confusiones y presunciones. Muy perezoso, con poca cultura y tan solo un poco sagaz. Por lo tanto era bueno para hacer cine… Aquí las pasiones dominantes son el temor y el dinero. La gente es esclava de su riqueza. El teatro está constituido por grupos compenetrados que trabajan para un fin. El cine, en cambio, está formado por multitud de departamentos, cada uno de los cuales trabaja por su cuenta… Cada mes recibo un par de guiones de vaqueros y varios de películas de gánsters. Los devuelvo sin molestarme en dar una respuesta. No me gusta matarme para ganar dinero. Pero en mi carrera si se quiere ganar algo, uno se ve en la necesidad de vivir en Hollywood para estar a mano cuando el estudio te necesita. No es que considere el dinero como un pecado. Sin embargo creo que es una inmoralidad que sea él quien te gane a ti y no tú a él. Me da náuseas que en América el ser pobre esté considerado peor que ser un criminal… Aborrezco la forma que tiene Hollywood de comprar a un actor con dinero, como si se tratase de una mercancía cualquiera. Todos los productores hacen películas sin alma, únicamente para ganar dinero. Y eso no sería nada si lo admitiesen, pero todos creen ser unos artistas, cuando en realidad no son más que unos simples comerciantes.”

Apasionado de la percusión (siempre que podía se refugiaba tocando los bongos y los tambores africanos de su colección particular), no dudó en aceptar un papel en la comedia musical Ellos y ellas (Guys and Dolls), donde tenía que bailar y cantar junto a Jean Simmons, a pesar de que ninguno de los dos  lo había hecho nunca. Brando siempre recordó aquel rodaje como uno de los más divertidos de su carrera.

Durante aquellos años se permitió rechazar papeles que han pasado a formar parte de la historia del cine: el de Gary Cooper en Solo ante el peligro, el de Charlton Heston en Ben-Hur, el de Peter O´Toole en Lawrence de Arabia… e incluso el de Robert Redford en Dos hombres y un destino.

Su posicionamiento político de izquierda y la defensa de las causas que consideraba justas eran una de las prioridades más importantes en su vida, más incluso que la interpretación: “No creo que exista en la tierra oficio más estúpido que el del actor. La lucha contra los prejuicios raciales es la única cosa en la que aún creo y por la que aún soy capaz de batirme con cierta convicción. Para mí el mundo es una gran porquería y lo detesto con todas mis fuerzas. Pero con exasperada incoherencia me obstino en pensar que puede ser o llegar a ser mejor. Pero en ese sentido el camino es largo, lleno de necesidades y de locos insensatos que sería necesario extirpar. Extirpar con rabia y violencia… Soy un divo, un personaje del cine. Y mi gesto no pasa inadvertido. Espero que muchos individuos famosos, mimados por la fortuna y la popularidad, decidan imitarme. Señores, el mundo va mal. Aquí todos lo repiten constantemente, pero luego se quedan quietos. Inútiles. Sin iniciativa. Yo me considero un ciudadano del mundo. El día en que me toque reventar, quiero sentirme tranquilo…  Un tipo como yo resulta siempre un fastidio para todos. En mi país te acusan de comunista y pretenden haberte clasificado. ¡Pero qué comunismo! Yo estoy a favor de la justicia, de la paz. Este es mi verdadero partido, mi ideal, mi nuevo trabajo… Lucharé como un condenado contra la terrible injusticia y estupidez de los hombres. Solo a través de una lucha constante y del compromiso de todos se puede avanzar y llegar a la verdadera justicia social.”

Harto de no poder controlar el resultado final de su trabajo, acabó dirigiendo finalmente un western que produjo con su propia productora: El rostro impenetrable (One-Eyed Jacks), que el tiempo se ha encargado de convertir en todo un clásico, a pesar del fracaso comercial que tuvo en su estreno. Atraído constantemente por lo nuevo, por los retos, no dudó en abordar la comedia en Dos seductores (Bedtime Story), junto a David Niven, en la que interpretan a un par de caraduras gigolós que se dedican a vivir de las mujeres en la Costa Azul. El contraste entre la distinción y la elegancia del personaje de Niven y la vulgaridad y la ordinariez del personaje de Brando, le permitió elevar su vis cómica hasta extremos inimaginables. De esta película Brando siempre comentó que era de las pocas en las que cada noche tenía ganas de que llegara la mañana siguiente para rodar con Niven, que le hacía reír a carcajadas.

 

En esta época solía retirarse a vivir largas temporadas en Tetiaroa, una isla que compró en Tahití, y que había descubierto durante el rodaje de Rebelión a bordo. Aquel rodaje también le dio la oportunidad de enamorarse de Tarita Teripaia, actriz de Bora-Bora con la que compartía el cartel y que sería su tercera esposa. De él decía Tarita: “ Conocí a Marlon durante el rodaje de Rebelión a bordo. Al final Marlon estaba enamorado de mí y quería seguirme hasta el fin del mundo. Fue todo muy bello. Pero tenía miedo. Era un extranjero y nuestro amor resultaba difícil. Después, cuando fui conociendo el grado de locura de Marlon, un grado de locura poco habitual en un ciudadano de la civilización tecnocrática, fui convenciéndome de su encanto especialísimo y de lo fácil que iba a resultar nuestro amor…”

Hombre solitario y terriblemente independiente, nunca pudo, ni quiso, integrarse en el mundo del star system hollywoodiense. Consideraba que la televisión era una institución diabólica para ir superando el grado de cretinez de las generaciones, y no soportaba la relación con la prensa: “Estoy harto de palabrería. Incluso los periodistas que me entrevistan falsean mis palabras para sustituirlas por lo que creen más interesante para el público. Me preguntan qué cosa como para el desayuno, cuál es la medida de mi camisa, qué impresión me produjo la canción de Los Tres Cerditos cuando era niño. Y luego, si prefiero las chicas, apostar en las carreras o jugar con un yo-yo. Y claro, ¡no sé qué responder! Incluso si no digo más que sí o no, cuando leo el periódico, me entero de que sólo como yogurt, que pienso convertir Los Tres Cerditos en una ópera y que he creado un nuevo tipo de yo-yo al que he denominado Sellhey Winters, porque estoy secretamente enamorado de ella… Puede incluso que termine en una casa con piscina, paseando en coche descapotable y cenando todas las noches en Ciro´s, o donde sea que suelen cenar los artistas de cine. ¡Puede que así termine, pero no será porque no haya intentado evitarlo!” 

La llegada de los setenta supuso para Brando un resurgir que pocos esperaban. Queimada (Burn), de Gillo Pontecorvo y su inolvidable creación de Don Vito Corleone en El padrino (The Goodfather), fueron los pilares sobre los que Brando apuntaló su resurrección, una resurrección que consolidó definitivamente con otra de las creaciones más importantes de su carrera, el Paul de El último tango en París, un papel que él consideró como el más personal de todos los que había interpretado, en el que Bertolucci le dejó improvisar hasta el extremo de que el protagonista de la película acabó pareciéndose más al propio Brando que al Paul del guión original.

El destino, y la tozudez y buen hacer de Brando, hicieron que el papel de Don Vito Corleone fuese finalmente para él. Los estudios habían pensado en Lawrence Olivier primero y en Burt Lancaster después, pero Brando pidió que le hiciesen una prueba en la que presentó el personaje que había creado en su casa solo frente a un espejo y más tarde frente a una cámara, maquillándose a sí mismo. De nuevo ser muy joven para un papel determinante en su carrera (tenía 48 años cuando rodó El Padrino) no fue un obstáculo para un actor con la determinación y el carácter de Brando. Esta interpretación le valió su segundo Oscar, un premio que se negó a recibir en solidaridad con los indios norteamericanos, aprovechando la ceremonia para que una actriz india leyese una carta suya denunciando su explotación y el trato que habían recibido de la industria del cine.

Alcanzar la fama tan joven y ser considerado un sex symbol le habían marcado profundamente hasta que, en su madurez, consiguió superarlo: “Me habían impuesto el cliché de guapo a la fuerza, del musculoso a toda costa que debía seguir el juego. Ahora le diré que el hecho de que se me haya caído el pelo, haya engordado unos cuantos kilos y me hayan salido algunas arrugas no me preocupa. Soy un actor, no un sex symbol, ¿no? Este ha sido el equívoco que ha envenenado mi existencia y ha reflejado a Marlon Brando bajo una luz falsa a los ojos del público.”

En los últimos años de su vida Brando, que se había retirado varias veces del mundo de la interpretación, tuvo que volver a ponerse frente a la cámara para conseguir el dinero suficiente para poder sufragar los enormes gastos que tenía fundamentalmente para atender la defensa jurídica de uno de sus hijos acusado de asesinato.  A esta época pertenecen sus intervenciones breves en títulos como Apocalypse Now, de nuevo de Francis Ford Coppola o Superman.  A pesar de ser uno de los actores que dinamitaron los sueldos de la industria del cine llegando a cobrar un millón de dólares por día de rodaje, el dinero no era su principal motivación para seguir trabajando, y, a veces, donaba la totalidad de lo que cobraba a las causas humanitarias que quería apoyar. De estos años Brando siempre comentó que lo mejor que le había pasado fue haber conocido a uno de los mejores actores norteamericanos de la nueva generación con el que mantuvo una estrecha amistad: Johnny Depp. Aquí les tienes compartiendo escena en Don Juan de Marco, el rodaje en el que se conocieron.

La vida le dio muchos golpes ( a la condena de su hijo por asesinato le siguió el suicidio de una de sus hijas) y los últimos años de su vida fueron muy duros para él. Arruinado y solo,  murió el 1 de julio de 2004 en su casa de Mulholland Drive, en Los Ángeles, una casa que tuvo que vender para hacer frente a los gastos de la defensa de su hijo y que compró su buen amigo Jack Nicholson, que le dejó vivirla sin cobrarle ni siquiera un alquiler que jamás habría podido pagar. Sin embargo nunca perdió su dignidad ya que, como él dijo, “he decidido aceptar la muerte y la vejez con serenidad, no puedo estropear estas interpretaciones, que serán las definitivas…”

De él se ha dicho que era un divo, que era muy exigente y que se empeñaba en negarse a aprender sus diálogos. Es cierto, el propio George C. Scott le dijo una vez que ¿por qué no podía decir dos veces igual una frase? A lo que Brando le contestó que lo hacía porque sabía que él sabría reconocer cual era el pie que le daba en cada ocasión. Brando consideraba que memorizar los diálogos restaba espontaneidad y verdad a la interpretación. En muchas de sus películas obligaba a poner carteles fuera de plano para poder leer sus textos y, según se cuenta, en las secuencias que se rodaban plano contra plano, llegó incluso a poner los carteles pegados en la frente del actor o la actriz que le estaba dando la réplica. Más de una vez le criticaron su forma de trabajar improvisando y cambiando sus diálogos permanentemente, a lo que él contestaba que él trabajaba con actores y que un actor que no es capaz de improvisar no es un actor.

A Brando no le gustaba conceder entrevistas (ni firmar autógrafos, que se han convertido en verdaderas piezas de coleccionista), aunque cuando las concedía daba mucho juego, como en esta que puedes ver para acabar esta entrada en la que a la pregunta de ¿qué es la interpretación? seguida por la inolvidable banda sonora de El padrino, Brando contesta haciendo hablar al silencio como solo él sabía hacerlo…

 

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Cine/Teatro, General
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Apocalypse Now, Burt Lancaster, cine, Elia Kazan, Francis Ford Coppola, George C. Scott, Jean Simmons, Johnny Depp, Julio César, Lawrence Olivier, Marlon Brando, Robert Redford, Shakespeare, teatro, Tennessee Williams, Un tranvía llamado Deseo
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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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