La placenta del Universo

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De jardines y paraísos…

5 diciembre, 2010

Visitar la maravillosa exposición sobre los jardines impresionistas que han organizado el Museo Thyssen- Bornemisza y la Fundación Caja Madrid es una invitación a perdernos, o encontrarnos que viene a ser lo mismo, en el paraíso de la belleza. El color, la luz, la sensibilidad exquisita del trazo y la composición de los cuadros nos abren un universo de infinita belleza, un paraíso quizá olvidado, pero nunca perdido, porque siempre ha vivido en nuestra imaginación. Es en nuestra imaginación donde habitan y viven realmente los jardines, todos los jardines, los de nuestra memoria, los de nuestros sueños y los de nuestra realidad. Es en ese mundo interior donde podemos escuchar, nítidas y claras, todas las voces del jardín, esas que, desde lo más hondo, nos acompañan siempre.

Antes de adentrarnos por este paseo entre jardines, si quieres, podemos invitar a George Winston para que nos acompañe con su “Walking in the air”.

Todos llevamos impresa la indeleble huella del paraíso perdido, aquel “paradeisos” griego quefue el jardín del Edén. “Paradeisos” quiere decir parque cerrado, clausura, recogimiento interior. Y a eso es precisamente a lo que nos invita la contemplación de los jardines, a que crezcan y den sus mejores flores en lo más hondo de nosotros. Pocos placeres como el de deambular solitario por un frondoso jardín en un íntimo encuentro con el susurro de la naturaleza. Mirar, oler, tocar, escuchar y hasta degustar todos sus frutos. Pocas experiencias pueden ser tan sensoriales como la de perderse en un jardín dejando que sean nuestros sentidos, todos nuestros sentidos, los que guíen nuestro pausado caminar hacia ninguna parte.

Son muchos y muy diferentes los jardines que ha creado el ser humano: el islámico, donde se escucha al agua en su eterno fluir de magia y de vida; el francés, linealmente diseñado para su contemplación desde la planta superior de cualquier palacio; el japonés, que gira alrededor de un lago donde nace la vida que nos invita a la calma y a la contemplación silenciosa; el zen, el único jardín sin plantas ni flores, donde unas rocas aisladas representan las islas que habitan en la blanca arena rastrillada que es la inmensidad del océano, esa inmensidad donde se intuye y se siente lo que significa el vacío. Pero todos, absolutamente todos los jardines, tienen un denominador común: acercarnos a nuestra realidad interior a través de esa llave del alma que es la belleza.

Paseando por cualquier jardín podemos sentir cómo la vida pasa a nuestro alrededor. La suave ternura de una flor al abrirse para dar lo mejor de sí deja paso luego, inexorablemente, al imparable tiempo, que todo lo marchita. El esplendor de su belleza se va apagando poco a poco, su fragancia ya no huele como olía, su color se oscurece día a día en esa travesía hacia la muerte que es la vida y, cuando al fin muerta cae al suelo, se funde en un abrazo cósmico con la tierra para ayudar a que la vida renazca de nuevo en esa interminable sucesión de vidas sobre vidas que es la Vida. Las propias etapas de nuestra vida están reflejadas en la huella que deja el paso de las estaciones en los árboles que, silenciosos, nos invitan a entender que todo es peremne, que todo, como nosotros, pasa… ¡Qué gran maestro del desapego es el paso del tiempo! Al fulgurante verde de la juventud que nace a la vida en primavera le sigue el máximo esplendor de color, esa inmensa paleta donde habitan todos los ocres, los rojos y amarillos, que son las hojas en otoño, cuando alcanzan toda su belleza justo antes de morir… para volver a renacer de nuevo.

Decía en 1899 un gran sabio humanista, ecologísta y, sobre todo, un hombre adelantado a su tiempo, el archiduque Luis Salvador de Habsburgo Lorena, S´Arxiduc, que los árboles tienen su canción, que todos los árboles cantan su propia canción y que tenemos que aprender a escucharla: “Todo el mundo ha oído el susurro del viento entre la copa de los árboles. Sin embargo, no todos han llegado a escuchar sus voces, tan diversas según del árbol de que se trate; no todos han regalado el oído con sus canciones, tan dulces como un beso tras otro, aunque poco después sean como lágrimas. Hay que escuchar atentamente el sonido de las hojas y procurar descifrarlo. También su modo de hablar es distinto según sea la fuerza del viento y la edad de los árboles; pues difieren tanto entre sí como la risa de un niño y el lamento de un anciano. A mediodía, cuando la brisa se desliza susurrante entre las ramas, es el mejor momento para detenerse a escuchar sus voces… Si el árbol está solo, es entonces cuando susurra sus melodías más dulces y, en cierto modo, vierte su propia alma… Por encima de todo destaca la sinfonía de arbustos de bambú. A veces, susurran algo parecido a las palabras de amor, que parecen carícias prolongadas, sin fin. Pero otras veces gimen, llorando de miedo, deshaciéndose en lágrimas hasta gritar de desesperación, sobre todo en las horas nocturnas, cuando constituyen el ruido dominante del huracán…”

Los árboles cantan sus canciones no sólo como la orquesta que son, sino que se dejan acompañar por uno de los mejores coros que existen en el mundo: el de los pájaros que habitan en ellos. Por eso, al amanecer y al anochecer, justo antes del crepúsculo, siempre nos ofrecen todas las maravillas sinfónicas que, cada día, crea la naturaleza. Firmemente arraigados en el suelo a través de sus fuertes y poderosas raíces, los árboles nos invitan a soñar, a vivir nuestros sueños, a dejarnos llevar por esa indescifrable obra maestra que es la vida. A través de sus raíces, de lo que no vemos, los árboles viven, se nutren y crecen. Como ellos, a través de nuestro mundo interior, ese que permanece ajeno a los ojos del mundo, también nosotros vivimos, nos nutrimos y crecemos. Es mucho lo que les debemos a los árboles, sin ellos no existiría la vida o, cuando menos, sería totalmente diferente. Por eso, para mostrarles mi agradecimiento y para sentirme profundamente hermanado con ellos, durante mis solitarios paseos suelo acercarme a algún árbol de tronco alto y grueso para abrazarme y pegar mi cara a él en una ancestral simbiosis que me ayuda a entender por qué estoy vivo.

El jardín es un ser vivo, un ser que, como nosotros, amanece cada mañana, se desepereza, se lava la cara de rocío, se perfuma y sale a la calle para ofrecer sus mejores galas. Poco le importa no poder moverse, estar condenado a permanecer toda su vida en el mismo sitio. Para los árboles debemos ser nosotros los pobres desgraciados que, para beber o comer, tenemos que andar siempre de un sitio a otro, sin poder estar quietos, siempre con prisas y absurdas urgencias. Ellos lo tienen todo a su alrededor, no necesitan más, ¿para qué querer más?. Como me contaba el otro día un  buen amigo, un viejo lama tibetano le dijo un día que “la prisa es algo que habéis inventado los occidentales para perder el tiempo…” Cuando paso junto a cualquier árbol tengo la seguridad de que está vivo y una muy fundada sospecha de que, además, es completamente feliz….

Otra de las más extraordinarias sensaciones de entrañamiento con la tierra que podemos vivir en cualquier jardín la da el tumbarse tranquilamente sobre la hierba a ver pasar las nubes y ver cómo bailan las copas de los árboles. Allí, notando la caricia de la hierba en nuestra espalda, sientiéndola y oyéndola casi crecer, puedes experimentar como todo tu ser, tu yo más íntimo, se funde con la naturaleza en un abrazo que, como la verdadera realidad, nada sabe de espacio y tiempo. La vida se detiene en ese instante sin tiempo en el que intuyes que perteneces al Todo, que formas parte de Él, que siempre has formado parte de Él y que seguirás haciéndolo incluso cuando ya no estés aquí.

Y si el jardín es la naturaleza humanizada, la comunión entre el hombre y la naturaleza, el claustro monacal en el que nos recogemos para escuchar el silencio que nos ayuda a madurar y a crecer, ese precioso lugar donde habitan la paz y la armonía, fuera de él está la selva que nada sabe de líneas y  formas, esa naturaleza virgen y salvaje donde habitan la vida y el ruido, donde las reglas del juego son diferentes, donde impera la ley del más fuerte… Y ambos, selva y jardín, forman parte de esa naturaleza, son naturaleza, igual que nuestro mundo, que se compone del mundo exterior que nos rodea y en el que habitamos y el mundo interior, nuestro mundo, en el que de verdad vivimos.

El jardín nos enseña a amar la belleza de lo cotidiano, de lo pequeño y sencillo. En él habitan flores y plantas, seres diferentes a nosotros pero también vivos, inmensamente vivos. Son muchas las voces que viven en el jardín: las de los árboles, las de los pájaros, el zumbido de las abejas, el zureo de las palomas, el cansado ruido de nuestros pasos, nuestro silencio, ese silencio que nos habla con la voz de los ausentes, de los que ya partieron, de los que no están aquí, y, una a una, esas voces nos susurran al oído nuestros recuerdos más secretos, aquellos que no sólo forman parte de nosotros, sino que nos han dado forma. Los jardines, como la vida, están siempre ahí, a nuestro alcance, invitándonos a adentrarnos y a disfrutar siempre de ellos. Con los jardines podemos establecer una relación muy especial y muy íntima. A diferencia de lo que ocurre con muchas parejas que creen que su historia fue bonita mientras duró cuando en realidad sólo duró mientras fue bonita, con los jardines nuestra historia siempre es bonita y no acaba jamás. ¿Nunca os habéis preguntado qué es lo que sienten esos viejos solitarios a los que, de vez en cuando, vemos sentados en algún banco de cualquier jardín dejándose acariciar por el sol, por la fragancia y las voces del jardín…? En el otoño de sus vidas reviven sus amores, todos sus amores, los vividos, los soñados y los perdidos, las amistades ya desaparecidas, los besos dados, los abrazos que no dieron, las caricias que recibieron…esas son las flores de su jardín, las que han plantado, regado y cuidado durante toda su vida, una vida que saben que se acaba… pero no están tristes, porque saben que tienen una cita con la tierra de la que todo vuelve a renacer de nuevo. Como me contó hace ya algún tiempo un monje tibetano, los seres humanos somos como velas cuyo cuerpo, la cera, se va consumiendo lenta e inexorablemente, y eso nos entristece y nos deprime porque no somos conscientes de que en realidad lo que somos es la llama de la vela, no la cera, una llama que, antes de apagarse, enciende a otra, y ésa a otra y a otra más, que tendrán también su cuerpo de cera, distinto al que nosotros teníamos, pero cuya llama será la misma, porque esa llama que no se extingue jamás…

En el jardín sólo habitan las cosas bellas, todas las que, con la paciencia del jardinero, hemos ido plantando a lo largo de nuestra vida: amor, calma, silencio, tranquilidad, armonía, belleza, ternura, fragancia, luz, agua, color, perfume, música, poesía… quizá el jardín es una metáfora del paraíso que perdimos o simplemente, como significa en chino, la “añoranza de montañas y aguas”. Pero cuando paseas por él, cuando no pasas por él sino que paseas de verdad por él, cuando te sientes inmerso en él, intuyes que realmente el jardín es más, es mucho, muchísimo más…

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“Me voy, ahí os quedáis…”

14 febrero, 2010

Son muchos los que, hartos ya de todo esto, se han decidido a dejarlo todo para emprender un viaje al fondo de sí mismos. Algunos han buscado su lugar en la naturaleza, como H.D. Thoreau o Christopher McCandless; otros, en pequeños pueblos alejados del mundo al que pertenecían, como Robert Graves, pero todos, absolutamente todos  los que dieron ese paso en sus vidas, lo hicieron siguiendo el impulso interior que nos lleva a encontrarnos a nosotros mismos. Algunos se despidieron de ese mundo que no entendían y al que aborrecían profundamente publicando su autobiografía bajo títulos tan sugerentes como “Good by to all that” (el “Adios a todo eso” de Robert Graves); otros, como Thoreau con su “Walden”,  escribieron la historia de su viaje interior; otros se fueron sencillamente en silencio, sin siquiera despedirse y otros dejaron un escrito del estilo del que el actor George Sanders dejó en su nota de suicidio: “Me voy, ahí os quedáis…”

Para hablar de todo esto creo que no hay mejor música que la de la banda sonora de “Hacia rutas salvajes”, la película que dirigió Sean Penn basada en el libro que cuenta la historia de Christopher McCandless. Son temas compuestos e interpretados por Eddie Vedder, el cantante de Pearl Jam que ha colaborado en otras bandas sonoras, como la de la película “Dead man walking”. Si quieres, puedes escuchar ahora uno de sus temas: “Society”, una preciosa balada cuya letra, entre otras cosas, dice “sociedad, estás realmente loca, espero que no te sientas sola sin mí… sociedad, estás loca de remate, perdóname,  no te enfades si no estoy de acuerdo contigo, espero que no te sientas sola sin mí…”

Uno de los primeros en decidirse a dar este paso fue H. D. Thoreau, intelectual norteamericano que, en 1845, se fue a vivir en soledad durante dos años en una cabaña que él mismo construyó en el lago Walden. Buscaba vivir en armonía con la naturaleza, volver a la naturaleza, a sus bosques y a sus ríos, a vivir la vida al aire libre, lejos de todo y de todos, fiel a esa llamada interior que le empujaba a buscarse a sí mismo en esos bosques y en esos ríos.  En Walden demostró que se puede vivir con lo mínimo: sólo se llevó unos clavos para construir su propia cabaña y pidió prestada un hacha. Thoreau estaba harto de una sociedad que no entendía, de un gobierno y un estado que consideraba superfluos, innecesarios y aniquiladores de la libertad del individuo (de hecho su negativa a pagar impuestos por estar en contra de la guerra provocó que le arrestaran y la posterior publicación de otro de sus escritos más famosos: “La desobediencia civil”, que fue seguido con devoción un siglo más tarde por activistas y defensores de la no violencia como Gandhi o Martin Luther King).

Adelantándose a su tiempo, Thoreau cuestionó el progreso, la contaminación ambiental y la idiocia de la sociedad que le tocó vivir. Muy influenciado por la filosofía oriental, y por el Bhagavad Gita en particular, hace ciento cincuenta años, ya decía cosas como éstas: “El hombre trabaja bajo engaño, y pronto abona la tierra con lo mejor de su persona. Por falaz destino, comunmente llamado necesidad, se ocupa de acumular tesoros que la polilla y la herrumbre echarán a perder y los ladrones saquearán. Que una vida así es de necios lo comprenderá llegado a su final, si no antes… No es sino lo que piensa el hombre de sí mismo lo que fragua su destino… Eso de dedicar la mejor parte de la vida a ganar dinero con objeto de disfrutar de una libertad cuestionable durante la peor parte de aquella me recuerda a aquel inglés que se fue a la India a hacer fortuna para luego poder regresar a Inglaterra y vivir una vida de poeta. Debería haber subido a la buhardilla en primer lugar… Como había cosas que me gustaban más que otras, en especial  mi libertad, y dado que era capaz de vivir ardua y frugalmente, aunque con desahogo, no quise malgastar mi tiempo en procurarme ricas alfombras, ni una cocina delicada, ni una casa de estilo griego o gótico… El hombre es rico según el número de cosas de que puede prescindir… La mayoría de los lujos y muchas de las llamadas comodidades de la vida no sólo no son indispensables, sino que son un obstáculo cierto para la elevación de la humanidad… Quien se come una fruta debería, como mínimo, plantar la semilla; y, si es posible, una semilla mejor que la de la fruta que ha saboreado… No es hasta que nos hemos perdido; en otras palabras, hasta que hemos perdido el mundo de vista, que empezamos a encontrarnos a nosotros mismos, a darnos cuenta de dónde estamos… A medida que uno simplifique su vida, las leyes del universo se le revelarán menos complejas; la soledad dejará de ser soledad; la pobreza, pobreza; la debilidad, debilidad. Si has construido castillos en el aire, tu esfuerzo no tiene por qué caer en saco roto. Ese es su sitio, ahora ponles los cimientos… Si un hombre se pasa la mitad del día caminando por los bosques porque los ama, corre el peligro de ser considerado un gandul, pero si se pasa el día entero allí como un especulador, talando árboles, será considerado un ciudadano industrioso y emprendedor… Tengo mucho que aprender del indio; nada del misionero… Una ley jamás hará libre a un hombre; son los hombres quienes tienen que hacer libres a las leyes… ¿No es posible que un individuo pueda tener razón y un gobierno estar equivocado? ¿Deben respetarse las leyes simplemente porque fueron dictadas? ¿O dadas por buenas por todos los ciudadanos si no lo son…? Creo en el bosque, en la pradera y en la noche en la que crece el maíz…. Existen dos tipos de simplicidad: una relacionada con la imbecilidad, la otra con la sabiduría… No busquéis con tanta ansiedad vuestro progreso, ni os sometáis a las múltiples influencias que se ejercen sobre vosotros; todo eso produce disipación. La humildad, como la oscuridad, permite ver las luces del firmamento…”

Las palabras con las que Henry Miller prologó Walden nada menos que en una edición de 1946 son impresionantes y, desde luego, desgraciadamente premonitorias: ” El estado se ha convertido en una especie de Frankenstein. Nunca, como hoy, nos hizo menos falta el estado, así como nunca nos han tiranizado tanto. En todas partes el ciudadano tiene un código moral muy superior al del gobierno al que debe fidelidad. La falsa idea de que el estado existe para protegernos se ha desintegrado miles de veces. Sin embargo, mientras el hombre carezca de seguridad y confianza en sí mismo, el estado prosperará; él puede existir gracias al miedo y a la incertidumbre de cada uno de sus  miembros… Basta que un hombre crea en sí mismo y encontrará el camino de la existencia, a pesar de las barreras y las tradiciones que lo aprisionan… Thoreau vivió, mientras nosotros, se puede decir, que sólo existimos…Thoreau encontró Walden, pero Walden está en cada lugar donde hay un hombre…”

Todos sabemos que llevamos un Walden dentro. En un momento u otro de nuestras vidas sentimos su llamada. Walden es un espacio físico, pero también es mucho más: es la necesidad que tenemos de adentrarnos en el camino que nos ayuda a encontrarnos a nosotros mismos, a saber quiénes y cómo somos; el camino que nos lleva a conocernos y a aceptarnos tal y como somos. Walden también es una utopía, esa utopía necesaria que nos empuja a levantarnos cada mañana para seguir adelante. Walden está vivo, intensamente vivo en nuestro aquí y en nuestro ahora. A veces basta la suave caricia del aire en la cara, el vuelo de un pájaro, el susurro del agua en el arroyo o el del viento entre los árboles para recordarnos que Walden está vivo… porque nosotros estamos vivos.

¿Qué pensaría Thoreau de un mundo como el que hemos construido o, simplemente, permitido que construyan?, ¿Qué diría del modelo de vida de nuestras ciudades?, ¿Y del nuestro, del de cada uno de nosotros?, ¿Cómo reaccionaría al ver que, conscientemente, estamos destruyendo todos los Waldens del mundo en una alocada carrera hacia el seguro suicidio de la humanidad y el asesinato del planeta?, ¿Cómo reaccionaría ante el cada día más absoluto y férreo control de nuestras vidas por el estado en ese cotidiano renunciar a nuestra dignidad y a nuestra libertad a cambio de falsas promesas de seguridad?, ¿Cómo nos vería él, que luchó hasta la extenuación contra la esclavitud, al ver que voluntariamente nos esclavizamos por tener una casa más grande o un coche más moderno…?

Si queréis podemos escuchar ahora otra canción de la misma banda sonora. Su título es “Guaranteed”, y, entre otras cosas, dice “… con el viento en mi cabeza me siento parte de todo, bajo mis rodillas hay un camino que desaparece, por las noches escucho el canto de los árboles, cantan con los muertos, sobre todos nosotros…”

“Into the wild”, la película de Sean Penn sobre la vida de Chris McCandless nos muestra que no es fácil seguir el camino que inició Thoreau y que,abotargados y aburguesados como estamos por nuestra sociedad y nuestro modelo de vida, cada vez estamos más alejados de la naturaleza y menos adaptados para regresar a ella. Son muchas las películas que han tratado el tema del volver a la naturaleza. Una de mis favoritas es “Dersu Uzala”, de Akira Kurosawa. Ganadora del Oscar a la mejor película extranjera de 1975, esta auténtica joya del cine nos cuenta la historia real de la inolvidable amistad entre Vladimir Arseniev, un joven explorador capitán del ejército ruso,  y Dersu Uzala, un cazador mongol que, tras perder a toda su familia por culpa de la viruela, vive solo en la taiga siberiana.

Profundamente integrado en la vida salvaje, Dersu Uzala enseña al capitán los secretos del bosque y de sus “gentes”, pues para Dersu los animales, los árboles, los ríos, el sol. la luna, el fuego y el viento también son “gente”, gente con la que habla y a quien respeta, gente con la que vive en una armonía total con la naturaleza. La ingenuidad, la limpieza de mirada y de espíritu de Dersu, hacen que el capitán sienta una profunda admiración por el viejo cazador. Entre ambos surge una amistad que, más allá del espacio y del tiempo, les unirá durante toda la vida. A lo largo de los diferentes viajes que el capitán Arseniev va realizando a esa región de la taiga vemos cómo esa amistad permanece inalterable, al tiempo que vemos que las facultades físicas de Dersu empiezan a flaquear. La vista, imprescindible para un cazador y más si ha de vivir en esas condiciones tan extremas, le empieza a fallar y no tiene más remedio que aceptar la invitación del capitán a que deje la vida en los bosques y se vaya a vivir con él a la ciudad. Una vez allí Dersu no puede entender el sinsentido de la vida en la ciudad y, a pesar de ser consciente de su pérdida de visión, decide regresar a su vida en el bosque. Pocas veces la amistad y el amor a la naturaleza se han tratado con tanta sensibilidad como en esta película. Os dejo con un par de secuencias para que os animéis a verla los que todavía no la hayáis visto, o a deleitaros volviendo a verla los que ya la visteis en su día…

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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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