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Toni Bestard, “El perfecto desconocido”

1 abril, 2012

¿Puede aparecer, de repente, un desconocido que cambie nuestras vidas por completo?, ¿alguien de quien no conocemos nada y a quien le contamos todo?, ¿alguien que, sin siquiera decir una palabra, haga que nos sintamos cómodos y confiados con él sabiendo que nos entiende mejor que nadie?, ¿puede algo o alguien apartarnos de nuestras rutinas, de nuestras costumbres, y de nuestros miedos?, ¿puede ese desconocido devolvernos la esperanza y la alegría?, ¿es posible encontrarnos con alguien así? Todas estas preguntas son las que nos hace el mallorquín Toni Bestard con su primer largometraje, “El perfecto desconocido”, una verdadera obra maestra capaz de hacernos encontrar la respuesta a todas esas preguntas en el fondo de nuestro corazón: sí, es posible, pero sólo si estamos verdaderamente abiertos, preparados para escucharle, para escucharnos a nosotros mismos, porque ese desconocido capaz de cambiar de un plumazo nuestras vidas no es más que un espejo, un espejo limpio y puro que Bestard sabiamente pone frente a nosotros. “El perfecto desconocido” es una película de hondo calado poético, de largos silencios que hablan, de paisajes llenos de magia y de profunda belleza y, sobre todo, es un esperanzador canto de amor a la vida, al inmenso placer que es estar vivo, y una invitación a que seamos nosotros mismos quienes llevemos las riendas de nuestra vida, a que seamos libres y nos atrevamos a vivir con todas sus consecuencias.

Para ir haciendo boca, aquí tienes uno de los temas de la banda sonora de la película:

Mark O’Reilly, un misterioso viajero, llega a un pequeño pueblo mallorquín y se instala discretamente en un viejo comercio abandonado. Los vecinos pronto se entusiasmarán creyendo que Mark pretende reabrir el local y ello reanimará el pueblo. Pero un detalle pasa desapercibido para todos: Mark no tiene intención alguna de abrir la tienda. Ni siquiera habla castellano. Las verdaderas intenciones del viajero en la isla se ocultan detrás de una vieja fotografía polaroid, que le ha llevado hasta allí en busca de respuestas. Es un ser atípico, extraño, solitario, misterioso, un ser muy especial que, como bien dice el cartel promocional de “El perfecto desconocido”, no entiende a nadie, pero los comprende a todos.

Las palabras de Toni Bestard comentando su película reflejan perfectamente lo que, al verla, sentimos frente a la pantalla: “La incomunicación era uno de los temas principales que quería tratar en la película. Y de cómo un individuo, al entrar en una sociedad pequeña, hermética e incomunicada (no solo con el exterior, sino también entre ellos mismos), consigue que la comunicación fluya de nuevo, incluso sin necesidad de hablar el mismo idioma. De cómo se convierte en un referente inesperado para unos personajes desarraigados que exteriorizan por primera vez sus sentimientos, sus dudas, sus miedos y también sus alegrías, canalizándolas a través de alguien que llega en forma de esperanza hacia un pueblo condenado a su extinción”

“Era muy importante que el personaje principal fuera extranjero. El idioma jugaba un papel vital en la historia, y era fundamental que Mark, el recién llegado, no entendiera al resto de personajes que aparecen por la tienda en la que acababa de instalarse. En cambio esos personajes creen que Mark si les entiende, y para ellos el extranjero es algo así como alguien a quién uno puede contarle su vida, sin temor a que el resto del pueblo se entere. Es alguien que sabe escuchar. Hay tres idiomas que coexisten en la película (castellano, inglés y catalán), siendo el reflejo de la multiculturalidad que se vive en Mallorca desde hace años”

“Tratando de combinar el humor , drama y misterio, “El perfecto desconocido” es una película donde he intentado reflejar un mundo personal y cercano; un universo único y peculiar que aún pervive en estos pequeños pueblos de montaña, donde un hecho sin demasiada trascendencia (como la llegada de un nuevo habitante) se convierte en un acontecimiento que puede cambiar la vida de muchos de ellos.”

El guión de la película, de Arturo Ruiz Serrano, habitual colaborador de Bestard y autor de “Paseo”, uno de los mejores cortos que se han hecho en este país, mezcla sabiamente las historias de varios personajes de ese diminuto e insignificante pueblo perdido en la montaña que solo parece existir para sus habitantes y que vive aislado del mundo. Son historias sencillas, profundamente humanas, llenas de anhelos y de sueños, llenas de vida, de amor y de ilusiones que parecían estar dormidas hasta la llegada de Mark, de ese extraño que todos, de una u otra manera, deberíamos encontrar en nuestras vidas.

La dirección de Bestard conduce la película por un cauce que fluye lenta y suavemente mostrándonos la vida de todos esos seres que habitan en un mundo que no está en el nuestro, un mundo donde la naturaleza habla, que tiene el protagonismo que nunca debería haber perdido, donde las montañas, los bosques, los árboles y el agua nos recuerdan que están vivos, que todavía están vivos…

Los sutiles movimientos de cámara, la originalidad de sus planos (el cenital en el bosque es antológico), y la exquisita fotografía que deja que la luz nos muestre la infinita belleza de los más pequeños detalles en su eterno juego con las sombras, esas sombras sin las que la luz no existiría, son los que, imperceptiblemente, nos adentran en ese mundo mágico donde aparentemente, como en la vida, nunca pasa nada…

La interpretación de todos los actores es soberbia, con una dirección muy cuidada y una profundidad de personajes maravillosa. A pesar de que estamos frente a una película muy coral, las pocas secuencias, las pocas líneas de texto de cada uno de ellos, sus silencios, su composición gestual y sus expresiones, nos permiten identificarles y conocerles en profundidad. Los excelentes trabajos de Vicky Peña, Ana Wagener, Guillem Juaneda, Natalia Rodríguez, Biel Durán, Carlos Santos y de todos los demás son fundamentales para trasladarnos a esa atmósfera llena de magia y poesía que tan bien conoce Bestard y que ha querido compartir con nosotros.

Pero por encima de todo está la interpretación de un coloso Colm Meany, el actor irlandés que ha trabajado a las órdenes de Stephen Frears o del mismo Robert Redford en su última película. Comprometido en cuerpo y alma con “El perfecto desconocido”, de la que es también uno de sus productores ejecutivos, Meany nos ofrece una interpretación antológica que, desde el silencio (no tiene más que un puñado de frases en toda la película a pesar de que está presente en la inmensa mayoría de los planos), desde la escucha más activa, nos permite no ya ver, sino sentir todo lo que ese inolvidable Mark que ha creado está sintiendo. Uno a uno vamos viendo cómo los personajes del pueblo van habando con Mark, contándole su cuitas y sus penas, compartiendo con él sus sueños y sus alegrías, y cómo Mark les escucha pacientemente, sabiamente. Ninguno de ellos se da cuenta de que Mark no entiende nada, de que no habla ni una palabra de español… Hasta nosotros mismos, como espectadores, llegamos a olvidarlo y nos convencemos de que realmente está entendiendo todo lo que le dicen, lo que le decimos. Es una de las mejores interpretaciones que he visto en años. Puro placer.

He reservado para el final el trailer de la película, para dejarte con el néctar en los labios… ¡Disfrútalo y, sobre todo, no te pierdas esta película!

 

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"El perfecto desconocido", Ana Wagener, Arturo Ruiz serrano, Biel Durán, Carlos Santos, cine, Colm Meaney, Guillem Juaneda, Mallorca, Natalia Rodríguez, Toni Bestard, Vicky Peña
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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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