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Searching for Sugar man, la inmensa grandeza de la humildad.

12 mayo, 2013

searching-for-sugar-man-poster 1“Porque he perdido mi trabajo dos semanas antes de Navidad…” así empieza la canción que compuso el protagonista de esta historia magistralmente llevada al cine en la película “Searchig for Sugar Man”. Si vas a ver la película, espera a leer esta entrada cuando la hayas visto. Si no vas a ir a verla o no crees que vayas a hacerlo, sigue leyendo. Con esas duras palabras empezaba la última canción que el protagonista de esta historia compuso para la discográfica para la que trabajaba. Paradojas de la vida, la discográfica le despidió poco después, dos semanas antes de Navidad. Su historia es una de esas miles de historias anónimas de sueños rotos que viven a nuestro alrededor y que no vemos porque hemos perdido la capacidad de interesarnos por los demás, de querer conocer al otro, de querer vivir la vida… Su nombre es Jesús Rodríguez; Sixto Rodríguez le llamaban en su familia porque era el sexto hijo; Rodríguez es el nombre artístico que eligió siguiendo la senda de la humildad y la sencillez con la que vivió desde que era un niño. Hijo de inmigrantes mejicanos llegados a los EEUU, tuvo que empezar a trabajar desde muy joven para ayudar a su familia. Lo hizo en lo que tenía más a mano: la construcción. A lo largo de su vida conoció la dureza de todos los oficios de la construcción. La música era un espacio común en su familia. Todos cantaban o tocaban algún instrumento. Él descubrió la guitarra 3cuando cumplió los dieciséis. Nadie le enseñó a tocarla. Nunca le hizo falta. No tardó en empezar a simultanear su trabajo de albañil con conciertos nocturnos en bares y clubes de los suburbios de Detroit, esos suburbios fríos y duros en los que la vida o la felicidad parecen haber pasado de largo. Eran los años sesenta, los años en los que los jóvenes querían cambiar el mundo. El movimiento Hippie y la guerra de Vietnam, eran las imágenes de aquella película; Elvis y los Beatles su banda sonora. Rodríguez era un poeta, un soñador, un ser libre e independiente que cantaba lo que veía, lo que sufría, era un trovador de la calle. El azar, conocido por muchos como destino, quiso que dos productores fuesen a 2oírle tocar una noche. El impacto fue brutal. La música de Rodríguez, la desgarrada y profunda letra de sus canciones, hacían de él un músico formidable. Bob Dylan, que entonces empezaba a dar sus primeros pasos, era absolutamente light comparado con él. No dudaron en ofrecerle un contrato para grabar su primer disco. Las expectativas creadas eran enormes. Rodríguez estaba llamado a convertirse en un icono mundial de la música, en un ídolo de su generación. La realidad fue muy distinta. Solo vendió un puñado de discos. Puede que llamarse Rodríguez contribuyese a ello ya que en aquellos años la sociedad norteamericana despreciaba todo lo que fuese o sonase a latino. El rotundo fracaso no pudo con él y un par de años después grabó su segundo disco. El fracaso todavía fue mayor. Nadie lo compró. Faltaban dos semanas para la Navidad y la discográfica le despidió. La letra de su canción no había sido más que una triste premonición de lo que le esperaba en la vida. Pero él tampoco se desanimó. Siguió trabajando en la construcción con el mismo ahínco y dignidad con la que lo había hecho hasta entonces y siguió tocando la guitarra en su casa por las noches. Lo hacía para los suyos, solo para los suyos. Así pasaron los siguientes cuarenta años.

El destino, mal llamado azar por muchos, quiso que a principios de los setenta una joven norteamericana se enamorase de un joven sudafricano y se Searching_for_Sugar_Man 1fuese a vivir a Sudáfrica. Su ajuar doméstico era escaso, pero en su maleta no faltó una de las escasas copias vendidas del primer disco de Rodríguez. Era la Sudáfrica del apartheid, de la segregación racial, de la necesidad de rebelarse contra la injusticia que sentían muchos jóvenes blancos sudafricanos. El disco empezó a correr de casa en casa y de barrio en barrio. Aquellas canciones hablaban de lo que los jóvenes sudafricanos sentían, hablaban de sueños, de libertad, de ganas de vivir… Toda rebelión necesita un himno y las canciones de Rodríguez no tardaron en convertirse en el himno de todos los que luchaban por la justicia y la libertad en Sudáfrica. Las discográficas sudafricanas compraron los derechos de aquel cantante norteamericano del que solo conocían el nombre y vendieron millones de discos. Rodríguez fue para aquella generación de sudafricanos más popular que Elvis, los Beatles o los Rollings. Todo el mundo conocía las sugar-man-searching-for-sugar-man-26-12-2012-1-gcanciones de Rodríguez, cantaba sus letras y se sentía absolutamente identificado con lo que significaban. Sin embargo, el misterio en torno a la figura de Rodríguez era total. Nadie sabía quién era, qué hacía o dónde cantaba aquel ídolo de masas que todos los sudafricanos querían ver. No tardó en conocerse la noticia de su trágica muerte. Corrió como la pólvora: se había suicidado. Unos decían que se había pegado un tiro en el escenario durante un concierto, otros que sabían de buena tinta que se había quemado vivo delante de su público, otros que habían podido comprobar sin lugar a dudas que, como tantos, había muerto de una sobredosis… Lo cierto es que mientras en Sudáfrica millones de personas cantaban y veneraban las canciones del icono del rock que para ellos era el enigmático Rodríguez, en los suburbios de Detroit el auténtico Rodríguez seguía trabajando en un andamio durante el día y tocando la guitarra en su casa por las noches. Las discográficas sudafricanas enviaban los royalties a las norteamericanas. Jamás dejaron de pagarlos. Fueron millones de dólares los que pagaron por aquellas canciones. Rodríguez nunca recibió un duro. Nunca supo que era un mito en Sudáfrica, un ídolo de masas.

De hecho la figura del propio Rodríguez, un hombre reservado que detesta hablar de sí mismo, era absolutamente desconocida incluso para sus 1_Rodriguez_Searching_for_Sugar_Mancompañeros de trabajo en Detroit. Le querían, era un buen compañero que defendía el trabajo como algo que dignificaba al ser humano, siempre estaba dispuesto a echar una mano, a ayudar a quien lo necesitase, pero por no saber, no sabían ni dónde vivía. Muchos pensaban que era un sin techo, un vagabundo soñador que tenía una mirada mística y poética de la vida al que le gustaba tocar la guitarra, pero al que nunca habían escuchado tocarla. Mientras Rodríguez seguía viviendo su anónima vida en la blanca y helada Detroit viviendo en una humilde casa de los suburbios y trabajando a la intemperie de sol a sol para sacar adelante a su familia, sus discos seguían vendiéndose en Sudáfrica por millones consiguiendo que su música pasase de generación en generación. Era un icono del rock que no sabía que lo era.

Dos jóvenes musicólogos sudafricanos quisieron saber más acerca de su ídolo. Necesitaban saber qué había sido de él, cómo había muerto, cuánto 21había de verdad y de mentira en la historia de su suicidio. Pero la búsqueda era tremendamente difícil. La única pista a seguir era la de las discográficas. Tras meses de duro trabajo y pesquisas, consiguieron saber quién recibía el dinero de los royalties en Estados Unidos. Y allí fueron. Se encontraron con una puerta cerrada. La discográfica norteamericana había quebrado hacía años y su editor aseguraba no conocer nada de aquella historia, y menos del dinero que habían estado enviando durante años desde Sudáfrica.

Los dos investigadores no se amilanaron y, espoleados por el amor a su ídolo y por la curiosidad y la necesidad de saber, se dedicaron a analizar las Searching_for_Sugar_Man_2012_BRRIP_rmvb_002706247letras de las canciones de Rodríguez en busca de pistas. Parecía no haber referencias a lugares concretos, todas las historias eran universales y podían haber pasado en cualquier lugar. Hasta que una de ellas les dio una pista que seguir. Eran finales de los noventa y la tecnología hizo posible el milagro. A través de internet contactaron con una persona que decía conocer a Rodríguez. Era una de sus hijas. La alegría de los jóvenes sudafricanos fue inmensa. Al fin, después de tantos años de búsqueda, habían encontrado a alguien que les podía contar cómo había muerto Rodríguez. Su sorpresa y su alegría fueron todavía mayores cuando la hija les confirmó que su padre no había muerto sino que seguía vivo y trabajando. No se lo podían creer. Pidieron hablar con él pero no era posible porque Rodríguez vivía sin teléfono ni ordenador en un aislamiento casi absoluto. Solo sus hijas y sus compañeros de trabajo tenían contacto con él. Al día siguiente los investigadores sudafricanos recibieron una llamada desde Detroit. Era Rodríguez.

Así es como él se enteró de que había sido y seguía siendo un ídolo en Sudáfrica, de que había vendido y seguía vendiendo millones de discos durante Stephen Sugar Sergemanlos cuarenta años que hacía que no había vuelto a tocar en público o a grabar un disco. Los investigadores no podían creérselo. Dudaban de que en realidad aquel hombre que les hablaba desde Detroit fuera el Rodríguez que había compuesto e interpretado la banda sonora de sus vidas. Le invitaron a visitar Sudáfrica. Organizaron una serie de cuatro conciertos. Rodríguez fue con sus hijas. Al bajar del avión en Ciudad del Cabo vieron unas cuantas limusinas en la pista. Pensaron que debían ser para alguien importante. No les cabía en la cabeza que pudiesen ser para ellos. Las habitaciones del hotel donde les hospedaron eran más grandes que su casa en Detroit. Rodríguez, acostumbrado a dormir en un pequeño catre durmió en el sofá en lugar de en la enorme cama que tenía en la habitación. Había venido con su guitarra pero sin músicos, nunca los había tenido. Varios de los músicos sudafricanos que habían crecido con su música le acompañaron. En cuanto empezaron a ensayar se dieron Primer concierto en Sudáfricacuenta de que estaban frente al gran Rodríguez al que tanto habían idolatrado. No tuvieron ninguna duda. Llegó el día del concierto. Rodríguez y sus hijas pensaban que actuaría frente a 20 o 30 nostálgicos. El pabellón, sin embargo, estaba lleno. Más de cinco mil sudafricanos de todas las edades le recibieron con un aplauso que duró diez minutos. Cuando empezó a cantar todos cantaron con él. Jóvenes y viejos sabían las letras de todas sus canciones de memoria. Llenó los cuatro conciertos. Fue una experiencia inolvidable llena de amor y de belleza. Aquel humilde y sencillo albañil de Detroit se dio cuenta de que estaba frente a miles de personas para las que había sido y era su ídolo. A aquella serie de conciertos le siguieron varias más con el 6mismo éxito que en la primera. A pesar de que le invitaron a quedarse a vivir en Sudáfrica, donde una de sus hijas se quedó por amor al haberse casado con uno de los guardaespaldas que les acompañaron en su primer viaje, Rodríguez nunca renunció a vivir en su pequeña y destartalada casa de los suburbios de Detroit. Siguió trabajando en la obra, poniendo ladrillos, y donó la mayor parte del dinero de aquellos conciertos a fines benéficos. Años después Malik Bendjelloul, un joven director de cine sueco que solo había hecho documentales para la televisión hasta entonces, conoció esta historia y decidió llevarla al cine. No encontró ningún apoyo para hacerlo pero, con el mismo ímpetu y la misma ilusión que pusieron los investigadores en su búsqueda, él rodó la película con su teléfono móvil y la montó. Tardó cinco años en encontrar productores que le ayudasen a distribuirla. Muchos a los que les habló de su proyecto le dijeron que la historia no merecía la pena, que no había tema para una película. Pero él no se desanimó. Luchó por convertir su sueño en realidad y grabó “Searching for Sugarman”. La película ha sido galardonada en Festivales como Sundance o Tribeka y ha ganado el Bafta y el Oscar al mejor documental de este año.

Sus palabras reflejan perfectamente lo que esta película representa para él y las dificultades a las que tuvo que enfrentarse para llevarla a cabo: “En Bendjelloul2006, después de cinco años realizando documentales en Suecia, me pasé seis meses viajando por África y Sudamérica buscando buenas historias. En Ciudad del Cabo me encontré con Stephen “Sugar” Sergeman (uno de los dos investigadores) y él me habló sobre Rodríguez. Me quedé totalmente atónito, no había escuchado una historia mejor en mi vida. Esto fue hace cinco años y he estado trabajando en esta película prácticamente todos los días desde entonces… Nunca había oído nada de Rodríguez antes de que Stephen Sergeman me hablara de él por primera vez. Me quedé tan enamorado de su historia que casi me daba miedo escuchar su música, pensaba que había muy pocas posibilidades de que fuera tan buena como la historia, que me desilusionaría y perdería el impulso. Empecé a escuchar su música cuando regresé a Europa y literalmente no podía creer lo que escuchaba. Pensé que mis sentimientos acerca de la historia podían haber influido en mi opinión y necesitaba que otra gente la escuchara para ver si estaban de acuerdo. Sus reacciones me convencieron, realmente eran unas canciones del nivel de las mejores de Dylan o incluso de las de los Beatles… Lo más duro fue encontrar a la gente adecuada que Malik Bendjelloul con el móvil don el que grabó la películacreyera en el proyecto. En mi opinión era evidente que la historia era buena, si la hubiese inventado un guionista habría parecido demasiado increíble para tener sentido. Pensaba que el hecho de que esto hubiera pasado y la forma en que había pasado bastarían para encontrar inversores. Finalmente la historia atraía a todo el mundo menos a los inversores. Quizá fuera porque era mi primera película como director. Aún tengo en la bandeja de entrada el email de un conocido productor de cine a quien le envié la película cuando estaba preparada al 90%. Me dijo que no veía un largometraje en el material, que como mucho podía servir para un documental televisivo de media hora y que por tanto no podía financiarme. Me quedé hecho polvo, pensé que sin ese dinero estaba perdido y que tendría que abandonar la película. Llevaba tres años sin cobrar un sueldo y necesitaba encontrar un trabajo adecuado en lugar de continuar. Al mismo tiempo sentía que sería un desperdicio no completar la película. Aún me faltaba encontrar la forma de pagar a un encargado del montaje online, a un compositor para la música y a un animador para las ilustraciones. Eran unos elementos caros necesarios para acabar la película y sabía que no podía pagarlos.

Así que decidí ver qué podía hacer por mi cuenta. Empecé a dibujar la animación yo mismo. Me pasé un mes sentado en la mesa de mi cocina Malik Bendjellouldibujando con tiza. No había dibujado en mi vida, pero pensé que mis esfuerzos servirían al menos como bosquejos y reduciría el trabajo de un animador real más tarde. Luego intenté lo mismo con la música. Usé un software midi de 400 euros y compuse una música ficticia para la música original. Y monté la película tan bien como pude en Final Cut. Y entonces mi suerte cambió. Me puse en contacto con los productores Simon Chinn y John Battsek, ganadores del Oscar por “Man on wire”, y les mostré en lo que había estado trabajando. Les encantó la película. Me ayudaron muchísimo y tenían un montón de ideas creativas. Cuando les pregunté quién debía completar el montaje, la animación y la música, me sorprendieron diciéndome que todo eso ya estaba en la película. De repente, sin que yo supiera cómo había ocurrido, la película estaba acabada. Por fin estaba hecha.

Cuando me embarqué en el proyecto asumí que sería un documental de media hora para televisión, pero me enamoré totalmente de la historia y  11no podía dejar de trabajar en ella. Tras los primeros seis meses tenía hecho el 80% de la película. Los últimos tres años los he pasado completando el último 20% restante. La participación de Simon Chinn y John Battsek equivale a un año extra de aportación a la película. Es difícil para un director primerizo convencer a la gente adecuada sobre el poder de su historia. La primera vez que llamé a Simon solo llegué hasta la recepcionista. Le pedí que me diera tres minutos al teléfono con Simon y le prometí que le iba a contar una historia que era tan buena como la de Man On Wire… con esta película he aprendido que si creas cualquier cosa, sea un cuadro, una película, un guión, está allí para siempre y no sabes lo que va a pasar. Quizá en algún momento o en algún lugar a alguien le parezca maravilloso”

La historia de “Searching for Sugar man” es de las que te hacen recobrar la esperanza en el ser humano. Son tantos los valores que encierra: la forsalehumildad y sencillez con la que vive Rodríguez; su visión espiritual y poética de la vida; su grandeza al compartir entre los más necesitados los resultados de su éxito; el control de sí mismo para no permitir que un éxito como ese se le subiese a la cabeza; la mezquindad de las discográficas que le robaron millones durante años; el tesón de dos fans que les lleva a buscar a su ídolo durante años venciendo todas las dificultades; el amor de un público, el sudafricano, por la música que ha sido la banda sonora de su vida; la fuerza con la que Malik Bendjelloul persigue su sueño hasta hacer que la película sea una realidad; la supina estupidez de la mayor parte de los productores incapaces de reconocer una historia tan maravillosa como ésta; la valentía de dos productores al llevar adelante el proyecto de un director novel y totalmente desconocido… Gracias a esta película, a este sueño, la figura de Rodríguez es hoy conocida en todo el mundo. Ahora no para de dar conciertos en Estados Unidos, Europa, África, Asia, y sus discos se venden por millones. Se ha hecho justicia. La ha hecho la ilusión y el amor de personas capaces de perseguir sus sueños cueste lo que cueste, de no rendirse y decir no puedo más, de no apartarse del camino por mucho que les empujen a hacerlo… Este mundo necesita soñadores como estos, personas capaces de sacrificarse y de luchar por convertir sus sueños en realidad. Así que no te desanimes, busca tu sueño, persíguelo y lucha por él con todas tus fuerzas. Solo tú puedes vencer a tus miedos. No renuncies a lo que llevas dentro. No te dejes vencer. Son, somos, muchos los que te necesitamos.

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La leyenda del pianista en el océano

17 marzo, 2013

La_Leyenda_Del_Pianista_En_El_Oceano_1Nació en un barco que iba rumbo a América, cuando América era un sueño. Nadie supo jamás quiénes fueron sus padres. Le abandonaron en una cesta sobre un piano. Quizá quisieron que alguien de primera clase lo adoptara y le diera una vida mejor. Lo encontró un fogonero. Negro. Pobre. Libre. Y lo adoptó. Fue él quien le enseñó los secretos de la vida. Jamás llegó a bajar de aquel barco. No tenía papeles. No existía. Pero eso a él no le importó. Supo hallar su camino entre la proa y la popa de aquel barco. Conoció el mundo, todo el mundo porque, como él decía, en cada viaje dos mil personas vienen a contarme sus sueños y sus penas. Y su camino fue la música. Tenía un talento prodigioso frente al piano. No se sentaba frente a las 88 teclas, sino que las 88 teclas le llevaban a viajar por paraísos perdidos, por esas islas que todavía no han nacido y que jamás existirán en eso que llamamos mapas. Su forma de tocar era su forma de vivir. Mientras sus manos acariciaban el piano sus ojos se posaban en todos los que había a su alrededor y él imaginaba cómo eran sus vidas, sus amores, sus desengaños… y dejaba que surgiera, desde lo más profundo de su alma, la canción de cada uno de los que compartían la travesía con él. Esta es la historia de Novecento, la leyenda del pianista sobre el océano, la bella historia escrita por Alessandro Baricco maravillosamente llevada al cine Giussepe Tornatore.

¿Qué puede empujar a un hombre a no bajar jamás del barco en el que nació, a no caer en la tentación de bajar a tierra para realizar las promesas que todos le FLIX_V~1hacen, para seguir incluso a la mujer que ama? Dejemos que sean las palabras del propio Novecento contando a su amigo Max, el trompetista, porqué desistió de hacerlo cuando, a solo tres escalones del muelle, decidió darse la vuelta y volver a subir la pasarela que le aislaba del mundo: “Toda aquella ciudad. No se veía el final. Todo iba muy bien en la escalerilla. Y yo estaba impecable, con mi abrigo. Iba a bajar. Te lo prometo. No fue lo que vi lo que me detuvo. Fue lo que no vi. ¿Puedes entenderlo? Lo que no vi. En toda aquella inmensa ciudad había de todo menos un final. El final del mundo. Fíjate en un piano. Fíjate en un piano, las teclas empiezan, las teclas acaban. Sabes que hay 88, nadie puede discutírtelo. No son infinitas. Tú eres infinito. Y en esas teclas, la música que puedes hacer es infinita. Eso me gusta. Así, sí puedo vivir. Pero si bajo por esa escalerilla me pones delante de un teclado con millones de teclas, millones y millones de teclas que no tienen fin, y ésa es la verdad, Max, no tienen fin. Ese teclado es infinito. Y si ese teclado es infinito no hay 02música alguna que puedas tocar en él. Te has equivocado de taburete. Ese es el piano de Dios. Cielo santo, ¿viste aquellas calles? Sólo las calles. Había miles de calles. ¿Cómo lo hacéis allá abajo? ¿Cómo escogéis una sola? Una mujer, una casa, una parcela de tierra que sea tuya, un paisaje que contemplar, una forma de morir. Todo ese mundo pesa demasiado y ni siquiera sabes dónde acaba. Es decir, ¿no te asusta? ¿Nunca te has hundido sólo de pensarlo, de pensar la enormidad de vivir en él? Max, yo nací en este barco. Y el mundo ha pasado ante mí. Con 2.000 personas cada vez. Y aquí había deseos, pero no más de los que cabían entre proa y popa. Yo interpretaba mi felicidad, pero en un piano que no era infinito. Aprendí a vivir de esa forma. ¿La Tierra? La Tierra es un barco demasiado grande. Una mujer demasiado hermosa. Un viaje demasiado largo. Un perfume demasiado fuerte. Es una música que no sé tocar. Nunca podría bajarme de este barco. Como mucho, podría bajarme de mi vida. Al fin y al cabo, yo no existo para nadie. Tú eres la excepción, Max. Tú eres el único que sabe que estoy aquí. Eres una minoría. Y más vale que te acostumbres…”

La leyenda del pianista sobre el océano es una historia que nos habla de amor, de amor y de amistad. En el viejo fogonero vemos el amor de un padre hacia su hijo, 7en Novecento su descubrimiento del amor más puro en esa chica a la que descubre en un viaje y que, aunque jamás la vuelva a ver, siempre vivirá en él. Y, sobre todo, esta bella historia es un profundo canto a la amistad, esa amistad entre Novecento y Max, el trompetista, que nos recuerda que no hay nada más intenso que una amistad, porque, como decía el inolvidable y cada día más añorado Jordi Dauder, son más fuertes los vínculos de sangre que nos unen a nuestros amigos que los de verdad.

Ambientada en 1900 (de ahí el nombre con el que el fogonero le bautiza), época del nacimiento del Jazz y de la gran emigración europea a América, a bordo del Virginian viajan miles de seres anónimos con maletas únicamente llenas de sueños. Es un canto poético a quienes deciden tomar las riendas de su vida, a quienes 6son capaces de dejarlo todo atrás para emprender un nuevo camino, a quienes están dispuestos a empezar de nuevo. Y también es un bello canto a la vida en el mar, a ese quedarse a bordo de los tripulantes cuando los pasajeros se van para no volver, a ese convivir compartiendo lo único que se tiene: un mendrugo de pan y un puñado de sueños. Y también es un canto a la música, un profundo canto a esa música que hace que Novecento encuentre la felicidad al compartirla con los demás. Es feliz tocando. Es feliz haciendo felices a los demás. ¿Qué más puede desear? ¿Para qué bajar de ese barco, de ese único mundo que él conoce, en busca de una felicidad que ya tiene? ¿Por qué hay que ir siempre detrás de una promesa o de una zanahoria? La rutina de los viajes de ida y vuelta a lo largo del Atlántico le ha enseñado a Novecento que lo importante no es el destino, sino el viaje, y que solo el presente, nuestro aquí y nuestro ahora, es lo que existe.

Pocas escenas tan bellas en la historia del cine como la de Novecento improvisando la música que siente al ver, por el ojo de buey del compartimento donde está tocando el piano, a una joven que, distraída, pasea soñadora por cubierta. Todo está ahí, en sus dedos acariciando las teclas, en la exquisitez de la música que brota 12de su alma, en esa mirada limpia que acaricia y abraza a esa muchacha que, ajena a todo eso, vive su vida como un ave en libertad. Novecento canta al amor, sí, pero también a la libertad de un ave a la que no podría amar si viviese encerrada en una jaula. Ella necesita volar. Él lo sabe. Por eso, cuando ella baja la pasarela, él la sigue con una mirada en la que no hay tristeza. A su manera ha vivido la más bella historia de amor, esa que da sentido a una vida y que no le abandonará jamás.

La vida a bordo no es siempre fácil. Novecento divide su tiempo tocando en los lujosos salones para los pasajeros de primera y en los sencillos compartimentos de los de tercera. Adapta su música a lo que cada uno de ellos quiere, pero siempre sin dejar de ser él mismo, sin renunciar a su manera de ser, de vivir y de tocar. Y no todas las travesías cuentan con la complicidad de un mar apacible. La escena en la que Novecento le cura el mareo a Max en una noche de furiosa tempestad es, sencillamente, inolvidable.

Una de las escenas más célebres de esta película es la del duelo a piano entre Novecento y el pianista de Jazz Jelly Roll Morton. La sobriedad y la humildad de Novecento parecen quedar apabulladas por la prepotencia y la superioridad de Roll Norton, el hombre que inventó el Jazz. Pero en esta película, como en la vida, nada es lo que parece y lo grande, lo verdaderamente grande, vive siempre en lo más pequeño.

Quizá el Virginian, el barco de Novecento, es también el barco en el que navegamos todos, porque todos tenemos un Virginian. Unos lo utilizan para viajar hasta the legend 9América, a su América, otros, como Novecento, eligen quedarse en él saboreando una forma de vivir contra la corriente, una manera de devorar la vida que muy pocos entienden. No es fácil renunciar, como hace Novecento, a las promesas de seguridad, éxito o dinero que nos hacen a cambio de renunciar a ser nosotros mismos, a cambio de nuestra dignidad y de nuestra propia vida. Novecento es un ser que elige ser libre, que se contenta con lo poco que tiene y que no se deja engañar por los cantos de sirena y las falsas promesas de felicidad que a lo único que le llevarán es a dejar de ser feliz, porque él ha aprendido, y esa es su grandeza, a ser feliz. Para muchos, quizá los más, es un perdedor. Pero para él, y para todos los Novecentos que navegamos en este mundo, son ellos los perdedores. De nosotros, solo de nosotros, depende lo que significan los Virginians, todos los Virginians.

Las palabras de Max con las que empieza la película nos hablan de nuestra vida, de nuestra propia historia, de esa difícil decisión que todos, tarde o temprano, debemos tomar: “Aún me pregunto si hice lo que debía al 8abandonar esta ciudad flotante, y no lo digo sólo por el trabajo. El caso es que un amigo así, un amigo de verdad, sólo se encuentra una vez en la vida. Si decides abandonar el bamboleo del mar, si quieres sentir algo más sólido bajo los pies, entonces dejas de escuchar la música de los dioses a tu alrededor. Pero, como solía decir él, nunca estás realmente acabado mientras tengas una buena historia y alguien a quien contársela. Lo malo es que nadie se creería ni una palabra de la mía…”

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Carta a Janis Joplin

10 marzo, 2013

Janis_Joplin-Joplin_In_Concert-FrontalQuerida Janis; Ya han pasado unos cuantos, demasiados, años desde que te fuiste. Siento decirte que el mundo no ha ido a mejor, como esperabas. Más bien lo contrario. Tus amigos, tu gente, querían cambiar el mundo y estaban dispuestos a jugarse la vida por ello. Hoy la mayoría simplemente se contenta con llegar a fin de mes, aunque nunca pierdo la esperanza y, de vez en cuando, en los ojos de la gente que sale a protestar, a defender sus derechos y su dignidad, veo aquel rayo de luz que iluminaba tu mirada: la luz de la libertad. Así que, ya ves, muchos seguimos estando en las batallas, en todas las batallas, pero es Janis-with-Jimi-Hendrixque hay tantas… De vez en cuando, de lejos, me llega tu canción, esa forma tan única y tan tuya de cantar el blues, de vivir el blues, porque, cuando cantabas vivías tus canciones, no podías hacerlo de otra manera. Eras un grito de libertad, un grito que no se ha apagado jamás. Tu vida fue breve, te fuiste con 27, como Jim, como Jimi, como James, Kurt, Amy y tantos y tantos otros…pero no te fuiste sin haber 622JanisJoplinvivido, porque tú viviste todas las vidas. Y fueron muchas. Cada encuentro, cada mirada, cada abrazo es una invitación a vivir una nueva vida, y tú no dejaste escapar ninguna. Siempre viviste todo intensa, muy intensamente: la amistad, el amor, la música… Mucha gente no te entendió. Les diste miedo, asustaste sus férreas y tradicionales conciencias. La libertad asusta. Recuerdo cuando se escandalizaban hablando de tu bisexualidad que, para ti, no era otra cosa que la sexualidad. Nunca escondiste que entre tus amantes hubo más mujeres que hombres, porque esa era tu forma de amar. Lo compartías todo con ellos y con ellas, te entregabas por completo, les dabas un trozo de tu corazón. Solo les ponías una condición: que al amanecer no lo estropearan y te dejaran seguir tu camino. Amabas el amor como pocos los han hecho, pero todavía era más fuerte tu necesidad de libertad.

El tuyo fue el tiempo de la revolución de las flores, de la reivindicación del amor y de la vuelta a las raíces. Vosotros, los 090606-janis-joplin-porschehippies, con vuestras flores y vuestros colores, lo inundasteis todo. Fuisteis un soplo de esperanza en un mundo triste, aburrido, y gris. Vietnam os despertó y os empujó a buscar nuevos caminos. Vuestras melenas, vuestras flores y vuestras músicas salieron a la carretera, a todas las carreteras. Grecia, India, Marruecos o Turquía se llenaron del color de vuestra bandera sin bandera. Atrás quedaron las barras y las estrellas, las cruces y los mástiles, vosotros fuisteis vuestra propia bandera, una bandera de todos los colores que ondeó a todos los vientos.

Te preguntarás qué queda hoy de todo aquello. La verdad es que no mucho, Janis: solo unas imágenes que todavía nos Janis-Joplin-Little-Girl-Bluehacen soñar en que otro mundo, un mundo basado en el amor, la justicia y libertad, aún es posible. Y también nos queda vuestra música, esa música con la que rompisteis todas las fronteras. Siempre me llamó la atención que precisamente vosotros, que propugnabais la vuelta a la naturaleza, fuerais la generación que incorporó la guitarra eléctrica llevándola a alcanzar unas cotas jamás superadas. Quizá lo hicisteis porque entendíais que los adelantos del progreso no tenían que ser necesariamente enemigos de aquella nueva espiritualidad que trajisteis.

La semilla de espiritualidad que plantasteis ha sido, quizá, la mejor herencia que nos habéis dejado. Nos acercasteis al budismo, al hinduismo, a esas otras formas de entender y de vivir la vida que se apartan del comprar y el consumir que todo y a janisjoplintodos nos domina. Nos ayudasteis a llenar el vacío que impera en nuestra sociedad. Sí, esa, junto a vuestra música y vuestra imagen tan libre, ha sido vuestra herencia. Buscasteis la felicidad. Algunos, como tú, lo hicisteis por un camino duro y peligroso. El caballo, ese siniestro viaje a ninguna parte, se os llevó a muchos por delante. Demasiados. No se lo perdono. ¿Quién te dio aquella última dosis tan pura que no pudiste resistir? Fuisteis muchos los que caísteis aquella semana. Nadie pagó por ello. Solo vosotros, con vuestras vidas y nosotros, todos nosotros, con el terrible vacío de vuestra ausencia.

janis_joplin_chelseaEl amigo Leonard fue uno de tus amantes, como, en cierta medida, lo fuimos todos. Poco después de que te fueras te escribió una canción. Es una canción que habla de aquella noche de amor intenso que pasasteis en el Chelsea Hotel de Nueva York. Durante muchos años empezó todos sus conciertos con tu canción. Aún hoy muchas veces lo sigue haciendo. La vida os unió aquella noche y esa canción es el hijo que no tuvisteis, ese precioso hijo que nos recuerda que nacemos para amar y que vivimos para amar, porque nada hay más importante que el amor.

Tu desgarrada voz me habla de los mundos que pudieron ser, de esos mundos de paz, de amor y libertad que perdimos Janis+Joplinpor miedo, por cobardía o quizá simplemente porque nunca nos atrevimos a buscarlos. Puede que no lo creas, pero cuando te escucho cantar son muchas las veces que no puedo evitar que las lágrimas empiecen a caer por mis mejillas. Son lágrimas de pena, de rabia infinita porque la muerte se enamorara de ti cuando apenas habías cumplido los 27, pero también son lágrimas de alegría, de la inmensa alegría que me da recordar que hubo personas dispuestas a vivir intensamente la búsqueda de la felicidad y de la libertad. Y son de alegría porque también hoy las veo caminando codo a codo por las calles, en las manifestaciones, en los barrios, en las asambleas, tendiendo su mano abierta a quienes más la necesitan. Otro mundo es posible y ahora, más que nunca, es necesario encontrarlo, y también ahora, más que nunca, lo tenemos muy cerca, al alcance de la mano. Todos los velos han caído, todas las mentiras han quedado al descubierto. Solo falta que nos levantemos y echemos a andar con la cabeza alta y la mirada al frente, con el corazón lleno para compartirlo con el amigo, con la mano vacía para tenderla al enemigo. Esa es mi esperanza, Janis. Ya ves que no cambiamos, que seguimos creyendo en la utopía, que seguimos luchando por lo imposible. Nos han machacado, nos han pisoteado, se han meado encima de nosotros, pero no hemos dejado que nos roben nuestros sueños, esos sueños que pronto harán amanecer el nuevo día.

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Las llaves del alma…

2 febrero, 2013

1Pocos sonidos como el de un violín solitario para trasportarnos a ese mundo donde habitan la belleza y los sueños. Su voz es la melancólica voz del alma susurrándonos todos sus secretos. Es el sonido de la belleza en toda su inmensidad. Capaz de evocarnos todos los sentimientos, estados y sentidos, el sonido solitario de un violín atraviesa suave, lentamente, todas las fronteras. Flota en el aire, vibrando en lo más profundo de nosotros, atravesando espacio y tiempo para darle su voz al pasado, paraíso de nuestros recuerdos, y también al futuro, insondable universo de nuestros sueños. Dejar que su sonido penetre en ti, en lo más hondo de ti, es uno de los mayores placeres que se pueden experimentar. Sexo, amor, caricia, gemido, latido, silencio… todo está en ese sonido que tiernamente te invade para llenar todas tus venas, todas tus células, todos los poros de tu piel de poesía, de luz, de misterio y belleza. Hoy te invito a ese viaje, te invito a que cierres tus ojos, a que abras tu alma y te dejes llevar a ese viaje hacia el placer infinito que es permitir que las notas del Stradivarius de Joshua Bell acaricien tu alma, recorran suave, lenta, eróticamente todos los recovecos y los secretos de tu cuerpo en una danza sin fin con esa lágrima de felicidad que no tardará en resbalar por tu mejilla. Vívela, saboréala, disfrútala, fluye con ella hasta ese no lugar que habita en ti, ese no lugar donde nace el amor que nos hace ser.

Ahora que, cerrando los ojos, has entrado en tu yo, en esa parte de ti tantas veces dormida u olvidada, regálate el tiempo de saborearte, de sentirte, de 4ser consciente de todo lo que llevas dentro, de todo eso que las prisas y los problemas del día a día te impiden disfrutar. Siéntete, disfrútate, ámate y aprende a vivir esa vida no día a día, problema a problema, sino instante a instante, placer a placer. Este es tu aquí y tu ahora. Esa inmensa sensación de felicidad y belleza que ahora experimentas no existe fuera de ti. Eres tú quien la crea, solo tú. Eres tú. Has detenido el tiempo para escucharte, para sentirte, para abrazarte, para amarte. Hazlo. Hazlo suave, lentamente, deja que las yemas de tus dedos recorran tu piel, acaríciate, siéntete, disfrútate… Deja que esas dulces notas entren por tus oídos, por tu rostro, por tu pecho, deja que lo invadan todo, absolutamente todo, son savia de vida, elixir de amor…

A veces tenemos que cerrar los ojos para poder ver. Son muchas, demasiadas, las distracciones que nos apartan de lo que verdaderamente importa, de 2todo eso que somos y que nos hace ser, de todo eso que, olvidado, vive en nosotros y que, agradecido, como ahora, te recibe emocionado cuando te atreves a visitarlo, a sentirlo, a amarlo… No es el violín quien te habla, esa voz que escuchas es la tuya, ese idioma que ahora escuchas es tu idioma, un idioma que no necesita palabras para hablar todas las lenguas. Todo está en ti, porque la vida está en ti… El violín no es más que una llave, una maravillosa llave que te permite abrir la puerta de ti mismo. Ese que te esperaba dentro, ese que te abraza con todas sus fuerzas, que te ilumina con su amor, que te hace sentir tan feliz y tan vivo, no es otro que tu verdadero yo, un yo al que has hecho cuando te entregabas a los demás, cuando compartías, cuando ayudabas, cuando sonreías, cuando amabas…

Las prisas, nuestras preocupaciones, nuestras absurdas urgencias son las que no nos dejan encontrarnos con la belleza que habita en el fondo de 6nosotros mismos. Corremos de un lado para otro como pollos sin cabeza para hacer cosas que carecen de la más mínima importancia. Corremos tras el dinero pensando que él es el amo de nuestra felicidad. Nos pasamos la vida corriendo tras él. Renunciamos a nuestro presente en aras de un futuro que jamás llegará y, lo que es peor, esa sempiterna loca carrera sin sentido nos deja tan agotados que ni siquiera encontramos cinco minutos al día para estar con nosotros mismos, con ese yo que te acaba de dar tanto placer, que te acaba de hacer tan feliz. Joshua Bell es uno de los mejores violinistas del mundo. Fue un niño prodigio que dio su primer concierto como solista a los catorce años con la Orquesta de Filadelfia dirigida nada más y nada menos que por Riccardo Muti. Está de gira permanente dando conciertos por todo el mundo. Hace unos años cumplió uno de sus sueños al comprar el Stradivarius con el que toca, un Stradivarius conocido como el Gibson ex Huberman por el que pagó cuatro millones de dólares y que tiene una historia llena de magia y misterio. Fue robado a su anterior propietario, el violinista Bronislaw Huberman. Desapareció durante joshua-bell-metrodécadas hasta que un músico reconoció, poco antes de morir, que lo había robado en 1936. Se había ganado la vida tocando en cafés durante cincuenta años con aquel violín sin decir jamás a nadie que era un Stradivarius. Pues bien, esa pareja perfecta que forman Joshua Bell y su Gibson hicieron un experimento hace unos años: ponerse a tocar en una estación de metro. Fue en Washington. Tocó durante más de una hora. Frente a él pasaron miles de personas. Casi nadie se paró a escucharle. Recogió poco más de 40 dólares. Solo una mujer le reconoció porque le acababa de ver en un concierto por el que había pagado una entrada de más de cien dólares. Aquí tienes las imágenes de lo que pasó. Procura recordarlas cada vez que pases junto a un músico callejero. Seguramente no será Joshua Bell. No tocará como él. No lo hará con un Stradivarius… pero tendrá la llave de tu alma, esa que hoy te ha permitido volar tan alto.

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alma, belleza, Bizet, Joshua Bell, los pescadores de perlasa, Manuel de Falla, música, nana, una furtiva lacrima, violín
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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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