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Jose Luis Sampedro: una lección de vida, de dignidad y de compromiso

14 abril, 2013

2Tenía noventa y seis años, había vivido todas las vidas y perdido muchas batallas, pero había ganado la guerra, esa difícil guerra que tan pocos ganan, esa guerra constante que es llegar a ser uno mismo frente a todos y frente a todo. Seguía siendo joven, nunca dejó de serlo, porque era un hombre sabio. Puede que en sus ojos no estuvieran todas las respuestas, aunque había muchas, pero lo que siempre veías en ellos eran todas las preguntas, esas preguntas que nos hacen avanzar, que nos hacen crecer para alcanzar a ser seres humanos. Son muchas las palabras que podrían definirle: humildad, sencillez, valentía, lucidez, generosidad, compromiso, voluntad, ilusión, alegría, coherencia, talento,… aunque quizá una lo haga por encima de todas: dignidad, porque eso es lo que fue ante todo Jose Luis Sampedro: un hombre que jamás perdió su dignidad. Su vida, como la de tantos, no fue fácil. Le tocó vivir en el tiempo de la incomprensión, de la censura, de la represión de una dictadura asfixiante para todo aquel que no claudicara, para todo el que se atreviera a pensar diferente. Y él sobrevivió sin renunciar jamás a ser él mismo. Y también le tocó vivir, como a todos ahora, en este injusto y cruel mundo que agoniza, en este sistema podrido y moribundo que se nos está llevando a todos por delante en su inevitable caída. Y lo hizo luchando contra él, denunciando lo que estaba pasando. Por eso su figura sobrevivirá como un faro que ilumina en la niebla de la estulticia de estos tiempos para guiarnos en el camino que nos lleva a ser libres, ese camino, duro a veces y largo siempre, que solo podemos recorrer si en nuestra mochila llevamos las provisiones que verdaderamente alimentan nuestra alma: generosidad, altruismo, bondad, amor, solidaridad, sencillez, humildad, valentía… y dignidad.

Había nacido en 1917 en el seno de una familia conservadora. Cuando tenía un año la familia se trasladó a Tánger, donde viviría hasta cumplir los trece 3años. De esta época son sus recuerdos más felices, unos recuerdos en los que sus amigos pertenecían a tres religiones diferentes que convivían en paz y armonía, eran de mundos aparte entre los que ellos, con sus juegos de infancia, creaban puentes, esos puentes de diálogo y comprensión que ya nunca le abandonarían: “Aquel Tánger de los años veinte, donde transcurrió mi infancia, era ciudad internacional, en la que convivían en igualdad todos los países. Los chicos llegábamos al colegio con diversas lenguas maternas, comprábamos golosinas con monedas diferentes, celebrábamos varias fiestas nacionales e incluso nuestro descanso semanal se repartía entre los días sagrados de tres religiones. Ahora bien, en medio de aquella cosmópolis se alzaba una isla rodeada de muro y puertas: el recinto donde los moros del campo vendían hortalizas y otros productos frescos, bajo cañizos con ramajes frecuentemente mojados para resguardarse del sol. Se vendía y gritaba en árabe y sólo se admitía moneda hassani del Imperio marroquí. Mi madre la obtenía, antes de entrar en el zoco, de los cambistas judíos sentados a la puerta, cada uno detrás de su cajón-mostrador, con una pizarra anunciando las cotizaciones del día. Así, en el corazón de la ciudad moderna e internacional se pasaba de pronto a casi la Edad Media y a lo que luego aprendí a llamar el Tercer Mundo. Entonces, claro está, yo no era consciente de ello, pero atravesar la puerta me impresionaba siempre y aún recuerdo el rostro de un viejo cambista, de barba blanca y cubierto con un negro sombrero, instalado a la puerta como guardián de aquel mundo antiguo”

13A Tánger le sigue una breve estancia en el que, sin duda, fue para él un paraíso: Aranjuez: “Poco más tarde ya viví conscientemente otras fronteras cuando un cambio de residencia familiar me llevó, en edad todavía adolescente, a habitar en Aranjuez. El Real Sitio fue decisivo para orientar mi vida y por eso ha permanecido siempre en mi corazón, a pesar de alejamientos geográficos. Allí, a mis catorce años, empecé a sentir doblemente la magia de lo fronterizo, porque en Aranjuez existe una frontera temporal, entre el siglo XVIII de los palacios y el siglo XX de la villa, a la vez que otra frontera espacial separando el mundo mítico del cotidiano. En este último transitan las gentes por calles y plazas, mientras que en aquél habitan los dioses de mármol, franqueando las avenidas o alzándose sobre fuentes o pedestales en las glorietas. La frontera entre ambos espacios era y es muy visible, formada por las grandes puertas cortesanas, entre jambas de piedra de Colmenar, o las larguísimas verjas de los jardines. En uno de éstos, el del Rey, la mitología se hacía aún más patente por el foso circundante, cuyas aguas tomadas del caudaloso Tajo venían a reproducir aquel río Océano que, según los griegos, envolvía el orbe.

Algunos muchachos teníamos el privilegio de poder penetrar bajo las frondas de los árboles centenarios y de quedarnos a solas frente a los dioses, 12viendo cruzar el sendero a un faisán macho con el arco iris de su larga cola, sintiendo la presencia de invisibles sombras y escuchando inaudibles voces que aún me siguen acompañando. La última de mis viviendas en Aranjuez tenía ventanas al Jardín del Príncipe, del que sólo me separaba la arbolada calle de la Reina, y de noche, en el verano, me gustaba acercarme a la alta verja y permanecer largo rato con la cara entre dos barrotes que mis manos aferraban. El mundo mítico se me mostraba entonces más verdadero que nunca, con sus fragancias, rumores, voces de aves, crujidos de hojas caídas como rumor de pasos furtivos y ecos de misteriosas profundidades, A veces la claridad lunar encendía aquel mundo del tal manera, haciéndolo a la vez cristalino y fantasmal, que cuando regresaba a mi casa me llevaba a mis sueños un tesoro de fantasías. Fue en mis últimos tiempos de Aranjuez cuando ya empecé a imaginarme escritor, sin duda al impulso de tales vivencias y, para acabar expresando lo que aquella doble frontera significó para mí, me limitaré a decir que ya hacia 1950 empecé a situar en el Real Sitio una novela, aunque sólo hace un año he podido decidirme, venciendo mi respeto por aquel lugar mágico, a trabajar definitivamente en ella. Entonces ignoraba que me estaba empezando a poseer ya la adicción a lo fronterizo. Lo barrunté poco después, cuando mi primer destino en una aduana me convirtió en habitante de una frontera. Y poco más tarde, ¡qué horrenda frontera, en el tiempo y el espacio, en las ideas y en la conducta, fue la mal llamada guerra civil! Salimos de ella con el país erizado de muros con cristales rotos en lo alto. Desde entonces he detectado fronteras por todas partes, aunque muchas no reciban ese nombre”

10La guerra civil le pilla con diecinueve años. Es movilizado por el ejército republicano y combate en un batallón anarquista. Allí se da cuenta de que los anarquistas no eran los fundamentalistas analfabetos y violentos de los que su familia le había hablado. Los avatares de la guerra hacen que también tenga que combatir en el bando de los sublevados. Tampoco tarda en darse cuenta de que aquellos no son los suyos.
Acabada la guerra obtiene la plaza de funcionario de aduanas. Tras un breve paso por Melilla pide plaza en Madrid, adonde se traslada. En 1944 se casa con Isabel Pellicer. Son tiempos en los que trabaja mientras estudia la carrera de económicas, de la que se licencia con Premio extraordinario, en 1947. Es nombrado profesor encargado en la Universidad. Un año después entra a trabajar en el Banco Exterior y escribe su primera obra de teatro: “La paloma de cartón”

En 1955 se convierte en catedrático de Estructura Económica por la Complutense de Madrid. Compagina las clases, donde se siente feliz en contacto 20con los jóvenes, con el trabajo en el banco, del que llegará a ser Subdirector General. No debió ser fácil para un hombre de su sensibilidad, creatividad y talento, trabajar en un banco donde no son esas, precisamente, las virtudes que más se valoran. Quizá por eso cada día se levanta de madrugada para escribir novelas, unas novelas que no verían la luz hasta décadas después. Cuando le alcanzó la fama como escritor Sampedro llevaba más de cuarenta años escribiendo cada día en el silencio de su casa. Y siempre lo hizo igual: sentado en un sillón escribiendo a mano sobre una tabla que apoyaba en sus rodillas. Esa imagen es la viva imagen de un náufrago apegado a su tabla de salvación en el proceloso mar de la monotonía del mundo bancario.

Sé, por experiencia, que ser escritor no es algo que esté muy bien visto en los 4ambientes bancarios y empresariales. Recuerdo con horror la época en la que trabajaba en la banca. En las interminables comidas de “negocios” con clientes los temas de conversación eran, inevitablemente, siempre los mismos: política, si eras políticamente correcto; economía, para echar la culpa de la falta de competitividad a los trabajadores y sindicatos y a la falta de decisión de los políticos para liberalizar el mercado; deportes, del Barça si estabas en Barcelona, o del Madrid si estabas en Madrid; y cine, tan solo para elogiar la última de James Bond o de la guerra de las galaxias. Una vez se me ocurrió sacar el tema de la literatura. Jamás debí hacerlo. Se hizo un silencio absoluto, y mencionar que soy un amante de la poesía y que he publicado algún pequeño poemario hizo que todos, colegas y clientes, me mirasen espantados y escandalizados. Tiempo después me despidieron de aquel banco sin darme ningún motivo. Eso es algo natural ya que para los bancos los empleados no son personas, sino “recursos”, recursos de usar y tirar. Aun así siempre he sospechado que mi afición por la poesía pudo tener algo que ver con aquella decisión que acabó con mis huesos en el paro. La única forma que encontré para sobrevivir en aquel entorno tan ajeno y hostil a mí fue la literatura. La mayor parte de las novelas que he escrito pertenecen a esa época. Por eso entiendo perfectamente que Sampedro se aferrase durante cuarenta años a esa tabla de salvación que es escribir, algo que para él, realmente era vivir.

18El mundo universitario sí era el mundo en el que se sentía más a gusto. El contacto con el saber, con la docencia y con los jóvenes siempre le apasionaron. Cuando el régimen franquista destituyó a catedráticos como Aranguren o Tierno Galván, Sampedro se hizo profesor visitante de algunas universidades europeas y norteamericanas. Es en esos años cuando, con otros profesores, crea el Centro de Estudios e Investigaciones (CEISA), que sería cerrado por el Gobierno tres años después de su creación.

El éxito literario le llega a mediados de los ochenta, cuando él tiene ya setenta años, con novelas como “Octubre, Octubre” o “La sonrisa etrusca”, y la reedición de novelas escritas décadas antes (“El río que nos lleva”, “Congreso de Estocolmo”, etc.) La vida a veces es cruel y hace coincidir ese éxito con la muerte de Isabel, su mujer. Jubilado ya del banco, puede dedicarse por entero a la literatura en los que serán años muy prolíficos para él.
19Sampedro fue un humanista, un ser preocupado por su entorno y ocupado en intentar mejorarlo. Siempre se consideró como parte del mundo que le había tocado vivir, y jamás dejó de luchar para intentar mejorarlo. Fue una de las conciencias más lúcidas de su tiempo, una conciencia desde la que nos alertaba de los peligros que nos acechan, como la manipulación de las masas, la inutilidad de la libertad de expresión si no existe libertad de pensamiento, una libertad de pensamiento imposible sin acceso a la educación y a la cultura, una libertad de pensamiento que nos permite tener opinión propia frente a lo que ocurre a nuestro alrededor, que nos da la posibilidad de ser verdaderamente libres. Su carácter abierto junto a su vocación y formación humanista hicieron de él un hombre profundamente espiritual, que no religioso, y un hombre libre, por encima de todo libre.

Su formación de economista le permitió vislumbrar con total claridad que el sistema capitalista que rige nuestro mundo había entrado en una decadencia irreversible porque había antepuesto el egoísmo, la especulación y el afán de beneficio a todo lo demás. Un proceso que ha llevado a las consecuencias que todos estamos padeciendo hoy. Así, ya en el célebre discurso “En la frontera” que leyó cuando ingresó en la Academia Española de la Lengua, en 1991, decía:

“Lo esencial del capitalismo no está en que utilice el mercado mucho más que el plan. Lo fundamental es su creencia de que, gracias a la competencia 9privada, cuanto más egoístamente se comporte cada individuo, tanto más contribuirá al progreso colectivo. Por tanto, es deseable que cada uno aumente al máximo su beneficio a costa de quien sea y a partir de esa creencia se pasa insensiblemente a pensar también que en la vida sólo importa lo que produce ganancia monetaria. Así se desprestigian todas las actitudes cuyos móviles no sean los económicos; es decir, lo que no se cotiza en el mercado no tiene valor. «Cualquier necio», escribió Machado, «confunde valor y precio». Hablando en general, nuestra civilización padece esa necedad. Y si en el siglo XVIII, en que nació esa doctrina, la práctica religiosa podía paliar los excesos del sistema, en estos tiempos secularizados los valores no económicos pasan a segundo plano y el texto sagrado es el Evangelio según San Lucro. En el altar mayor son adorados el Becerro de Oro y su pareja la Técnica, santa madre de la productividad multiplicadora de los beneficios, de la que se espera la solución de todos los problemas. Los capitalistas y sus técnicos cuidan de ese altar, controlando los medios de producción y repitiéndonos a los fieles —reducidos a meros productores/consumidores— que lo que no vale dinero no merece la pena”

Para él los economistas se dividían en dos grupos: los que querían hacer más ricos a los ricos y los que querían hacer menos pobres a los pobres. 5Siempre tomó partido por los perdedores, por los ninguneados, por los nadies de la historia: “No es propio de esta ocasión intentar una respuesta y paso por ello al segundo ejemplo de frontera mundial, menos definida pero más real y profunda. Me refiero a la existente entre el norte y el sur; es decir, entre el «centro» y la «periferia», denominaciones éstas popularizadas desde hace tres o cuatro décadas para designar, entre economistas, a los países ricos y pobres respectivamente. Es una frontera cruel, es el permanente foso entre los que derrochan y los que no tienen, entre los dueños del poder y los sometidos a él. Un foso que además se ahonda cada año, pues pese a las ayudas organizadas y los sucesivos Decenios para el Desarrollo de las Naciones Unidas, en la pasada década muchos países han retrocedido en vez de progresar.

Cuando, hace casi treinta años, se convocó una magna conferencia internacional para tratar el problema del subdesarrollo en el sur, los economistas de 16la periferia pusieron en evidencia que la actual situación del escenario mundial, enteramente dominado en los mercados y en las finanzas por los países ricos, impedía al sur progresar siguiendo la mismas vías trazadas por las grandes potencias europeas en el siglo XIX, cuando colonizaban el planeta sin ningún rival de su talla. Sordos al argumento, aunque esa situación esté a la vista, los expertos del norte y los organismos internacionales siguen recomendando las recetas de antaño, recordándoselas a sus interlocutores del sur con la misma sonrisa de superioridad, entre el desdén y la tolerancia, con que se habla a los niños o a los ignorantes. Incluso prometieron al sur un Nuevo Orden Económico Internacional que no llegó a nacer ni hubiera podido ser nuevo, porque tales promesas quedan sin cumplir cuando han de llevarlas a cabo quienes se están aprovechando del viejo orden, como le ocurre al norte. Visto desde mi frontera, el resultado es hoy un mundo con medios técnicos suficientes para alimentar a todos, pero en cuya mitad sur persiste injustamente el hambre. Es decir, un mundo viciado en el que presumir de racionalidad económica es un sarcasmo, porque las recetas económicas impuestas desde el norte están desfasadas respecto del mundo actual y perjudican a la periferia en beneficio del centro”

En cuanto a su percepción del mundo y del tiempo que le tocó vivir, la lucidez y sencillez de su análisis y la facilidad con la que expone lo que piensa, 21hacen de él un ser irrepetible: “Muy colmado de ciencia está Occidente, pero muy pobre de sabiduría. Es decir, del arte de vivir, más abarcante que la ciencia porque, contando con ella, incluye además el misterio. Ahora no se procura alcanzar la iluminación, sino sentir el latigazo del deslumbramiento. Se busca el estrépito, lo aparatoso, los focos publicitarios; no el silencio, lo auténtico, ni el resplandor tranquilo de la lámpara. Un símbolo de nuestro tiempo es preferir la ducha, rápida, ruidosa y acribillante, en vez de envolverse voluptuosamente en la líquida seda del baño, lento y sosegado. Los países de la periferia conservan, aun en su atraso técnico, más sabiduría y eso es una esperanza para todos, porque cada día es más urgente compensar el desajuste esencial de esta civilización: el de tener muchos medios sin saber ponerlos al servicio de la vida”

Consideraba que la banalización del mundo, la superficialidad con la que vivimos nuestras vidas, había desacralizado los valores que realmente 14importan, como el amor. Y si el amor ha sido desacralizado en nuestra sociedad, “¿cómo no se va a desacralizar la muerte?” solía repetir una y otra vez. Para él la muerte formaba parte de la vida. No porque creyera en otra vida más allá de esta, eso no le preocupaba lo más mínimo, sino porque es la presencia de la muerte la que nos hace sentirnos vivos, es la posibilidad de la muerte la que hace que cada instante, que cada segundo, merezca ser vivido intensamente. La vida, para él, siempre fue ese río que nos lleva, somos esos gancheros que magistralmente describía bajando los pesados troncos por el Tajo, ocupados en nuestras penas, en nuestros sueños, en nuestros amores y desamores mientras, irremisiblemente, vamos bajando corriente abajo, dejando atrás paisajes, pueblos, querencias o familias. Y la muerte, para Sampedro, era ese inmenso, bello y libre mar al que todos los ríos, suave e inexorablemente, van a dar: “A primera vista parece no haber frontera más evidente sobre el planeta, pues en las aguas el hombre perece, sin aire para su vida. Finis terrae se ha llamado más de una vez a esa frontera, como si fuera un límite. Pero a mí, frente al océano, los ojos y el pensamiento se iban a la lejanía, sobrepasando la orilla. El mar es como la dulce llama de la chimenea: nos lleva a un más allá, nos sorbe la imaginación, se disfraza de figuras y sugerencias. Como en nuestra divisa columnaria, un Plus Ultra planeaba sobre mis contemplaciones y así como la brisa marina penetraba en la tierra adentro, así también mi ánimo trascendía la bien recortada línea de la orilla, frontera pero no límite. El mar no era confín ni barrera sino la más ancha de las aperturas a la libertad”

No había tristeza o miedo en Sampedro cuando hablaba de una muerte que sentía tan próxima. Sabía que pronto dejaría de ser río para convertirse en mar, y también sabía que jamás dejaría de ser agua.

Fueron su sencillez, su humildad, la libertad y profundidad de su pensamiento, su coherencia, su inquebrantable compromiso las que hicieron que fuera 25un referente para todos. Eso es lo que hizo que los jóvenes creyeran en él cuando, con su voz cálida y pausada, les decía ¡Indignaos! Movimientos como el 15M fueron para él un símbolo de esperanza, esperanza en ese nuevo mundo regido por valores como libertad, igualdad y fraternidad que vendrá, y él fue para el 15M y todos los movimientos que luchan por la justicia social un estandarte capaz de unir la disparidad, de acercar a los opuestos y de hacerlos caminar a todos juntos en el camino que nos lleva a ser seres humanos. Nunca fue amigo del boato y los oropeles. Huyó de protagonismos y homenajes, aunque muchas veces no pudiera evitarlos. Recuerdo como si fuera hoy cuando, hace unos años, en un concierto en el Liceo de Barcelona, el público le reconoció sentado en un palco y se puso en pie para aplaudirle en una ovación que se prolongó durante minutos. El, fatigado y emocionado, se puso en pie para agradecer aquella muestra espontánea de cariño pidiendo que dejasen de aplaudirle. No lo consiguió. Todos seguimos aplaudiendo porque necesitábamos agradecerle todo lo que había hecho por nosotros y demostrarle lo mucho que le necesitábamos. El domingo pasado se fue, su río llegó al mar. Nos enteramos dos días después. Había pedido a Olga, la que fue su mujer e inseparable compañera durante sus últimos años, que su muerte no se hiciera pública hasta que hubieran incinerado su cuerpo. Se fue en silencio, sin homenajes, como había vivido. Nos ha dejado la palabra, la palabra y la mejor lección que un maestro puede dar a un alumno: enseñarnos a ser libres.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/esta-es-mi-tierra/esta-tierra-rio-lleva-jose-luis-sampedro/1756731/

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Michael Haneke, porque vivir no es más que amar…

20 enero, 2013

amour¿Tiene límites el amor?, ¿Se acaba alguna vez nuestra capacidad de amar?, ¿Hay alguna fuerza superior a él?, ¿Se puede amar más allá de la muerte?, ¿De verdad puede la muerte vencer al  amor? Quizá vivir no sea más que amar. Se vive porque se ama, y se ama porque se vive. Ni siquiera el paso de ese cruel verdugo que es el tiempo puede con el amor. No se deja de amar al envejecer, ¡se envejece al dejar de amar!. Solo quienes no aman, quienes no han amado, mueren sin siquiera haber nacido. ¿Amar la vida? ¡No, vivir el amor! “Amour”, la última película de ese genio que es Michael Haneke, nos plantea todas estas preguntas. Y no da ni una sola respuesta. Es un hombre sabio. Como él dice, desde su preciosa atalaya de setenta años, “Se habla de lo que se conoce y me inspiré en lo que sabía. Las personas de treinta años hablan del amor que nace. Yo del amor que se acaba”

Haneke ama el cine y todas aquellas manifestaciones de la vida que nos hacen ser seres humanos: la música, por ejemplo, es una de sus grandes AMOUR (2012)pasiones. De hecho estos días se encuentra en Madrid dirigiendo en el Teatro Real la ópera “Cosi fan tutte” de Mozart. Intenté entrar en ese montaje como figurante. Verle trabajar debe ser una auténtica gozada y toda una lección de dirección de actores. Como tantas otras veces, no me escogieron, pero tengo la suerte de tener a personas muy próximas que sí están trabajando en él. Lo que me cuentan de los ensayos, de la particular forma de trabajar de Haneke, es formidable: está en todo, atento a todos y sin dejar de prestar atención a los más mínimos detalles. Trabaja con los solistas, con el coro y con los actores. Es él quien da personalmente las instrucciones a cada uno, y lo hace desde una calidez y bonhomía absolutas a pesar de ser una persona extremadamente exigente y puntillosa con lo que quiere: “Adoro a los actores, mis padres fueron actores, y el trabajo con los actores es la parte más agradable de mi trabajo. Es importante que se sientan protegidos por ti y que tengan la confianza de que no les vas a traicionar. Cuando creas una atmósfera de confianza, los actores harán lo que sea para satisfacerte. Puedes ser muy dictatorial en tu trato con ellos, pero entonces su manera de trabajar reflejará esa relación. Es verdad que puedo ser terco para exigir lo que deseo, pero trato de guiarlos con delicadeza hacia mi opinión, hasta que todo cuanto hacen proviene de su propia convicción…”

Es esa forma tan íntima y personal de Haneke la que hace que, como en “Amour”, los actores den todo lo que llevan dentro. Dos auténticos amour-di-Michael-Hanekemonstruos de la pantalla francesa: Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva dan vida a dos ancianos que llevan toda la vida juntos y se aman con locura. Juntos han creado su propio mundo, un universo particular donde solo habitan el cariño, el sentido del humor, la amistad, el respeto, la admiración mutua y ese amor inquebrantable capaz de traspasar cualquier barrera. Hace tiempo que el mundo les ha dejado atrás, más tiempo aún que ellos eligieron prescindir de un mundo incapaz de entender a los que aman la belleza. Ambos son profesores de música jubilados. La música ha sido y es su gran pasión. Una pasión que ha hecho que su amor crezca cada día en ese dar y compartirlo todo que es amar. Pero,tarde o temprano,la vida se empeña en decirnos basta. Y puede hacerlo como ella quiera: de un brutal golpe cuando empiezas a vivir o lenta, inexorable, previsible y cruelmente cuando tus días llegan al final. Esta es la situación que ha elegido Haneke para plantearnos el tema, ese tema al que todos, tarde o temprano, tendremos que enfrentarnos. En la película, como en la vida, porque las Amour-Haneke_0películas de Haneke no son más que pura vida, aparecen los achaques, las enfermedades, el dolor, el sufrimiento, la proximidad de la muerte… Eso es lo que nos invita a reflexionar la película de Haneke: cómo convivir con el sufrimiento de ver el inevitable deterioro de la persona a la que amas, cómo reaccionar, como enfrentarte a esa situación en la que te sientes impotente, a esa cruel batalla en la que sabes que jamás podrás ganar, pero que tampoco podrá vencer a los que han aprendido que vivir es mantener el amor y la dignidad. A lo largo de la película asistimos, como si compartiéramos la intimidad del hogar de ese par de locos enamorados, al progresivo deterioro del enfermo que decae día a día y, al mismo tiempo, al terrible desgaste anímico de su cuidador, un desgaste paralelo y también inexorable producido por una entrega total al ser amado, una entrega tan absoluta e incondicional que ni su propia hija puede llegar a entender.

El origen de “Amour” era la idea que Haneke tenía de hablar del enfrentamiento del amor a la Michael-Hanekeadversidad, a la fatalidad. Es un canto al amor, un hermoso canto a ese milagro que es amar. Como él dice, “hubiera sido posible hacer el filme sobre una pareja cuyo hijo de treinta años muere de cáncer, pero hubiera sido diferente, porque el cáncer es el destino individual y es especialmente trágico cuando se trata de alguien que muere muy joven, pero no es algo global, un hecho universal al que todos tendremos que enfrentarnos en algún momento de la vida” Para Haneke la forma de enfrentarse al sufrimiento de alguien a quien queremos profundamente no está determinada por la edad: “No hay algo más hondo que ser forzado a mirar al sufrimiento de alguien a quien amas sin poder ayudarle”

Cada uno tiene su propia forma de enfrentarse al sufrimiento y a la muerte. Hay quien pretende ignorar durante toda su vida que algún día morirá, hay quien vive su vida entendiendo que la muerte forma parte de la vida misma y la asume como lo más natural del mundo, y hay quienes optan por vivir su propia vida, renunciando incluso a ella, como una mera preparación de una hipotética vida en el más allá. Cada forma de vivir, amour-michael-haneke-cada actitud ante la vida, determinará nuestra manera de enfrentarnos a la muerte. A unos les aterra la sensación de que todo acaba, de que no hay nada más tras la muerte, a otros les reconforta creer que hay una vida eterna más allá de la muerte y otros simplemente asumen que es algo natural e inevitable y aprenden a aceptarla sin miedo. Pero una cosa es la muerte en sí y otra muy distinta el sufrimiento que muchas veces lleva aparejada. Es ese sufrimiento el que provoca la sensación de miedo y de profundo rechazo. Por otro lado, la muerte es algo que nos toca afrontar en solitario. Si tenemos suerte, nuestros seres queridos pueden estar a nuestro alrededor cuando llega el momento, pero cruzar esa frontera es algo que todos hacemos solos. Sin embargo, el sufrimiento que antecede a la muerte sí puede ser compartido por los que aman. Sentir que la persona amada está a nuestro lado en esos momentos es el mayor consuelo y estímulo que podemos tener. Sufrir es terrible, pero hacerlo en soledad es monstruoso. Y eso es precisamente lo que Haneke plantea en “Amour”: la importancia de amar hasta en el dolor, hasta en el sufrimiento más profundo, la necesidad de darse por completo al ser amado para que no se sienta solo, para que se sienta querido y amado, sabiendo que eso es lo único que podemos hacer por él.

El cine de Haneke es un cine duro porque es un cine realista. Por prescindir prescinde hasta de la música en sus películas porque, como él dice: “en la amour-hanekevida real no hay música” Solo la emplea cuando sus personajes la escuchan porque tocan un tema al piano, asisten a un concierto o ponen un disco. Todo es tan real como la vida. Su fotografía también es siempre fría y sus encuadres suelen retratar la ausencia. No es inusual que deje la cámara fija, que los actores salgan de cuadro o incluso de la misma habitación y sigamos escuchándoles mientras en pantalla solo vemos la habitación vacía. Haneke prescinde del tiempo, lo detiene, porque sabe que el tiempo, para los que aman, no existe, solo existe el instante, el momento, ese presente que todo lo ilumina. Su puesta en escena busca la sobriedad, la sencillez, la esencia de lo que narra. Los planos secuencia son habituales en su cine, como lo es también, en ocasiones, hacer que lo que impulsa la escena transcurra en la parte izquierda de la pantalla. No busca el equilibrio, prescinde de él, quizá porque el equilibrio, como objetivo, no es más que una barrera que nos impide vivir. La secuencia de la pausa en el rodajeconversación entre Trintignant y su hija (soberbiamente interpretada por una de las actrices fetiche de Haneke, Isabelle Huppert) rodada en plano secuencia con la cámara fija sobre el plano de Isabelle y el escorzo de Trintignant es antológica, es pura vida, convierte al espectador en un familiar más, en un intruso invisible que presencia toda la conversación. Haneke no oculta que esta es su película más personal: el piso donde se rueda tiene una distribución y decoración similares a los de la casa donde él vivió en Viena, los cuadros que aparecen en la película son los de su padre, y la historia en la que se basa es la de una tía suya. “A mí lo que me inspira son experiencias personales o individuos que me interesan. Quería hacer una película más sencilla, más modesta, sin dejar de ser compleja. Creo que es el equilibrio al que todos aspiramos, al menos en lo que al arte se refiere, pero también es el más difícil de encontrar”

Su visión del cine y de la sociedad es muy crítica: “El arte debe hacer preguntas y no avanzar respuestas, que siempre me parecen sospechosas, incluso peligrosas…Nosotros no percibimos ya la realidad, sino, en su lugar, la representación televisiva de la realidad. Nuestro dirigiendohorizonte de experiencias es muy limitado. Lo que sabemos del mundo es poco más que el mundo mediático, la imagen. No tenemos realidad, sino un derivado de la realidad…Las películas de hoy en día son cada vez más planas, más banales y al espectador le tratan como si fuera tonto. Yo quiero que me tomen en serio como espectador y cuando hago una película intento pensar en mi espectador como una persona inteligente… El cine más interesante de hoy día viene del tercer mundo, porque esa gente tiene algo por lo que luchar. Nosotros no hacemos más que describir permanentemente el asco que sentimos de nosotros mismos…” No les vendría mal a esos asesinos de la cultura que tenemos por ministros acercarse al mundo de Haneke para entender que la cultura no es un mero entretenimiento: “La labor del arte es enfrentarnos a cosas que la industria del entretenimiento a menudo mantiene ocultas” No es casualidad que en la casa de los viejos amantes de “Amour” no haya televisión.

haneke-awardEl cine de Haneke ha recibido multitud de premios: varias Palmas de Oro en Cannes, Premios del Cine Europeo, Globos de Oro, nominaciones en los Oscar… No deja de ser curioso que haya sido precisamente con su película más personal, con ese canto a la esencia del amor que es “Amour”, con la que haya conseguido los mayores galardones de su vida y esté nominado a cinco Oscars entre los que están el de mejor director, mejor película y mejor película en habla no inglesa.

Sumergirse en el universo de Haneke es dejarse llevar a la esencia del ser humano, a todo lo que amour-michael-haneke-2012es, a lo que muestra y a lo que esconde, a lo que dice y a lo que calla, a lo que ama, a lo que odia y a todo eso que nos hace ser quien somos. En su cine no busques respuestas, solo hallarás preguntas, todas esas preguntas que no podrás dejar de hacerte si de verdad vives, si de verdad estás vivo y no eres un muerto viviente que transforma su vida en una simple espera de la muerte.

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“El maestro de música”

15 abril, 2012

¿Qué hacer cuando se ve a la muerte cara a cara?, ¿qué hacer cuando nos sentimos solos frente al inmenso vacío que se abre ante nosotros?, ¿qué hacer cuando somos conscientes de que nuestro camino ha llegado a su fin? Cada uno encontrará su respuesta, porque cada uno tiene su propia respuesta. La película “El maestro de música” (“Le maître de musique”) nos cuenta la respuesta que encontró un hombre que había dedicado su vida por entero a la búsqueda de la belleza. La encontró en la música, en el bel canto. Su prodigiosa voz de barítono fue la que marcó el rumbo de su vida, una vida que ahora se dispone a abandonar. Consciente de la grave enfermedad que padece, decide abandonar para siempre los escenarios, retirarse cuando todavía tiene fuerzas para dar lo mejor de sí mismo, para darse por completo. A ese paso le sigue otro no menos doloroso: enfrentarse a su pasado, a lo que ha hecho con su vida, a lo que dejó de hacer, y, lo que es a veces más difícil, a aprender a aceptarlo. Y es desde esa aceptación desde la que encuentra la respuesta a todas esas preguntas que todos, tarde o temprano, nos tendremos que hacer. Y su respuesta es enseñar, compartir todo lo que sabe, todo lo que ha aprendido a lo largo de su vida, transmitírselo a dos jóvenes cantantes para que su arte no muera con él, para dejar huella de su efímero paso por el mundo, para hacer lo único que da sentido a nuestras vidas: dar.

Opera prima de Gérard Corbiau, director de otras verdaderas obras maestras sobre el mundo de la música como “Farinelli” y “Le Roi danse”, “El maestro de música” estuvo nominada al Oscar a la mejor película en habla no inglesa. La pasión por la música de Corbiau le ha llevado a hacer que la propia música sea siempre una de las protagonistas principales de sus películas. “El maestro de música” es un soberbio banquete de belleza, de sutilidad, de armonía y, sobre todo, de amor a la vida. Protagonizada por Jose Van Dam, una de las mejores voces de la lírica mundial, nos lleva a un mundo poético y mágico, ese mundo donde, como diría Julio Llamazares, la lluvia es amarilla, porque es la lluvia de las hojas del otoño, del otoño de la vida, porque es el amarillo de la memoria, de la soledad y del olvido. Cada plano de esta película es un cuadro lleno de poesía, color y belleza, un cuadro donde habita la melancolía y donde la sabiduría del silencio habla con los acordes de Bellini, de Verdi, de Schubert o de Mahler… Es en esta película donde descubrí una de las arias más bellas que se han escrito jamás: “Sorgi o padre”, de la tantas veces injustamente olvidada ópera Bianca e Fernando, de Bellini. Aquí tienes la grabación de esta aria que hizo Claudia Muzio en 1922

“El maestro de música” es ese Joachim Dallayrac fabulosamente interpretado por Van Dam, un ser aparentemente callado y solitario. Y digo aparentemente porque aunque utiliza pocas palabras y solemos verle casi siempre solo, es una persona capaz de hacer hablar al silencio y que jamás está sola, porque siempre está acompañada por todos los seres a los que ha amado a lo largo de su vida, por todas las personas con las que ha compartido la experiencia de la música y de la vida. Eso es lo que en realidad es Joachim Dallayrac, un maestro de la vida que enseña a Sophie y a Jean, sus dos jóvenes pupilos, a saber ver que la felicidad no se halla fuera de nosotros, que no es algo que tengamos que buscar o que perseguir, sino que vive en lo más hondo de nuestro corazón, porque la felicidad no es algo que se pueda buscar, sino que es algo que nos encuentra cuando verdaderamente estamos preparados para que nos encuentre, cuando hemos entendido que, al final, solo nos quedará lo que hayamos sido capaces de dar…

Cuando, al llegar la hora de la última cita, miramos atrás, vemos la futilidad de las cosas perdidas y el nulo valor de los bienes que tanto nos costó adquirir, vemos lo absurdo de los problemas que tanto nos preocuparon, el sinsentido de las angustias y los miedos que nos impidieron vivir, y nos damos cuenta de que hemos dedicado la mayor parte de nuestra vida a hacer cosas que no han sido más que una inútil pérdida de tiempo, un constante apartarnos de lo que verdaderamente importaba, de lo que, conscientemente unas veces e inconscientemente las más, guiaba nuestros pasos… Y también acuden, como si las estuviésemos viviendo en ese preciso instante, todas las ocasiones perdidas, desperdiciadas, de compartir nuestro cariño, nuestro amor y nuestra alegría ayudando a que otros fueran felices y haciéndonos, sin saberlo, también felices a nosotros mismos. Es en ese momento cuando te replanteas lo que has hecho con tu vida, cuando te das cuenta de que tus momentos más felices no los encontraste en las grandes cosas que inútilmente perseguiste, sino en aquellas aparentemente pequeñas y sin importancia que encontraste en tu camino. Es en ese momento cuando desearías poder vivir un día más, unas horas más, unos minutos más, para poder hacer todo aquello que dejaste pendiente, para dar los abrazos que no diste, para cruzar una última mirada con la persona amada, la última sonrisa con los que han sido tus compañeros en la etapa final de tu viaje… Y también es entonces cuando vienen a tu mente, como cuchillos, todas las mañanas desperdiciadas, todas las tardes tiradas, todas las noches no vividas… Es entonces cuando te das cuenta de que solo importa el presente, tu aquí y tu ahora, porque es entonces, y solo entonces, cuando de verdad comprendes que el futuro y el pasado no existen y que nunca han existido.

Atrás quedan los miedos, la muerte no te asusta, tan solo le pides que no sea dolorosa, y una inmensa sensación de paz te invade por completo. Eres consciente de que esto se acaba, de que tu viaje ha llegado a su fin, de que son muchas las cosas que has dejado por hacer, algunas más las que hiciste y, posiblemente, muchas más las que nunca te atreviste a hacer… Pero miras atrás sin ira, ya no tienen sentido sentimientos así, y ves que, a lo largo del camino que recorriste también han crecido flores, esas flores que, a veces sin saberlo, plantaste cuando decidiste compartir algo con los demás, cuando de verdad te diste, cuando amaste. Es entonces cuando, finalmente, entiendes que vivir no era más que dar, que solo era amar…

Y eso es lo que hace que Joachim Dallayrac decida aprovechar el escaso tiempo que le queda para compartir todo lo que sabe con esos dos jóvenes que, ajenos a la posibilidad de la muerte como están todos los jóvenes, reciben como si fueran simples cases de música. Del mejor de los maestros, pero solo clases de música. Solo el tiempo y lo que el sufrimiento les enseñe les permitirá entender que lo que en verdad recibían eran inmensas lecciones de vida, de amor a la vida…

Aquí tienes a Jose Van Dam interpretando en uno de los momentos de la película An Die Musik, de Schubert:

A lo largo de ·El maestro de música” asistimos al proceso de formación de Sophie y de Jean, un proceso que culmina con su presentación en un concurso de canto. Su interpretación del Sempre libera, de La traviata, les hace ganar el primer premio. El papel de Sophie lo interpreta Anne Roussel, a la que da su voz la soprano Dinah Bryant, y el de Jean, interpretado por Philippe Volter, recibe la voz del tenor Jerome Pruett. En la escena podemos ver, sentado en primera fila y tragándose la bilis, al que durante toda su vida intentó inútilmente ser rival de Dallayrac, el Príncipe Scotti, acompañado de su discípulo:

Uno de los momentos más intensos de “El maestro de música” es el del célebre duelo entre Jean, el discípulo de Dallayrac y Arcas, el discípulo del Príncipe Scotti. Un duelo con máscara, para no poder identificar al cantante, que les lleva a intentar dar lo mejor de sí mismos. Haber perdido su duelo de joven con Dallayrac es lo que hace que el Príncipe Scotti le odie tan intensamente. Esta es la oportunidad de su revancha. Lleva toda su vida esperándola. El tema escogido es “A tanto duol”, de Bianca e Fernando. Aquí tienes ese duelo:

Pero sin duda la escena que más me impactó cuando ví esta película (he de confesar que me gustó tanto que, cuando se estrenó en 1988, la ví nueve veces en un mes), es la escena final, la del funeral. Los suaves acordes de Mahler con la impresionante voz de Van Dam acompañando el melancólico y lánguido fluir de las barcas entre la niebla del río, ese río que no es más que la laguna Estigia, con sus percheros vestidos de negro en pie, eternos Carontes, guias de las almas de los muertos,  perdiéndose entre el azul de la niebla y del olvido es una imagen de una belleza que no olvidaré jamás…

Ich Bin der Welt Abhannden Gekommen from seres on Vimeo.

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"El maestro de música", "Le maître de musique", Anne Roussel, Bellini, Caronte, cine, Dinah Bryant, Gérard Corbiau, Jerome Pruett, Jose Van Dam, laguna Estigia, Mahler, Muerte, música, Ópera, Philippe Volter, Schubert, Verdi
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¿Existe la muerte?

8 mayo, 2011

¿Realmente existe la muerte? Nuestra sociedad está empeñada en negarlo, en que no pensemos en ella, en que le demos la espalda y nos pille cómo y cuando quiera, sin que hayamos podido siquiera plantearnos si nos gustaría prepararnos para cuando llegue ese momento, o cómo hacerlo. ¿Por qué nos cuesta tanto hablar de la muerte, nombrarla, afrontarla? Hacemos peliculas de terror sobre ella o comedias de humor negro, pero rara es la vez que hablamos seria y pausadamente sobre ella.  Es un tema tabú. Nuestra sociedad ha construído un muro infranqueable para aislarnos individualmente de la muerte. ¿Os habéis dado cuenta de lo atípico que es que se publique el índice de suicidios de un país, o el de los ancianos que han muerto en sus casas en la más terrible de las soledades sin nadie que les acompañara? En nuestra sociedad la muerte es algo que solo les puede pasar a otros, a personas alejadas de nuestro mundo, a seres que no conocemos y cuya existencia o no existencia no afecta directamente a la nuestra. Son datos, estadísticas, alguna reseña en la crónica de sucesos si la muerte ha sido muy violenta… Cuando muere alguien cercano a nosotros nos consuelan diciendo que ha sido un accidente, que esa muerte es algo contra natura, o, por el contrario, si se trata de alguien muy mayor, que era algo inevitable. Cuando somos jóvenes todas las muertes son contra natura, son accidentales, porque la muerte, sencillamente, no existe. Cuando vamos creciendo y vemos morir a nuestros padres y a nuestros mayores, pensamos que es algo inevitable, que es “Ley de vida”, y nos resignamos a perderles. Y cuando, ya viejos, somos conscientes de que ya no quedan más mayores, de que los próximos somos nosotros, de que ha llegado nuestro turno, hemos tenido tanto tiempo para asimilarlo y son tantas las cosas y las personas que hemos perdido por el camino, que la muerte ya no nos asusta, y la aceptamos con resignación. Nos da miedo el dolor y el sufrimiento, pero no la muerte. Y en ese interín de todo esto que es la vida, hemos pasado por este mundo huyendo de la muerte, huyendo de pensar en ella, de hablar sobre ella, de estudiar sobre ella, de prepararnos para ella, sumergiéndonos, al hacerlo, en una absurda existencia de consumo, ocio e idiocia programada.

Si quieres podemos dejar que nos acompañe ahora una de esas canciones que acarician el alma, el Yesterday de los Beatles, interpretado por esa voz que nunca nos abandonará: la del inolvidable Ray Charles

A veces, simplemente vemos la muerte como una noticia más en los noticiarios. No deja de ser, generalmente, una fría estadística a la que, incluso, le cambian el nombre: 20 personas han “perdido la vida” este fin de semana en nuestras carreteras, suele ser una fórmula mucho más empleada que decir que han “muerto” en nuestras carreteras. No deja de ser curiosa esa expresión, “perder la vida”, como si la vida fuese algo que se pudiese perder o, a la inversa, encontrar. “Perder la vida” evoca, quizá, que nos la hemos jugado y hemos perdido la partida. Puede ser. Lo cierto es que jamás se emplea la expresión “encontrar” la vida, porque nadie encuentra la vida, como mucho intentamos darla, pero no sabemos ni a quién se la vamos a dar, porque simplemente nacemos, no elegimos a nuestros padres, como ellos tampoco pueden elegirnos a nosotros, al menos de momento. Y como nosotros, cuando no somos nada o somos simples espermatozoides, no tenemos consciencia de ser nosotros, aunque nos “encontramos” con la vida, no tenemos ni idea de por qué o cómo la hemos encontrado, y desde luego más tarde no nos acordamos de esa experiencia, así que dificilmente podremos hablar de “encontrar” la vida. Aunque me cuesta mucho entender que haya algo que se pueda perder, pero que no se pueda encontrar.

Quizá ese sentido de la pérdida podría ser el de la ausencia, lo que ya no tenemos… Pero ¿quién deja de tener? ¿el que ha muerto, el que “se ha ido”, o los que nos quedamos aquí lamentando su marcha? Desconocemos lo que hay más allá, no sabemos si hay algo o simplemente la nada más absoluta, así que referirnos a lo que ha perdido el que se ha ido no parece tener demasiado sentido si desconocemos lo que puede haber encontrado. Sólo las religiones hablan abiertamente de la muerte y pretenden no solo entenderla, sino también gestionarla a su manera y a su propia conveniencia. Según la mayoría, lo que hay más allá es un maravilloso paraíso cuya entrada nos la tenemos que ganar en nuestro paso por esta vida cumpliendo las rígidas y a veces ininteligibles normas que ellos proponen. Se convierten así en los porteros de ese paraíso que deciden quién puede y quién no puede entrar. Ni una sola religión nos plantea que el más allá tenga necesariamente que ser algo negativo, porque eso no sería atractivo, desde luego. El infierno, nos dicen, es para los que se lo han buscado durante su vida en la tierra. Jamás he entendido que alguien, persona o institución, pueda tener el control y el dominio del más allá, y menos aún que pueda tenerlo en exclusiva, en un regimen de monopolio absoluto. Nunca me han gustado los porteros que deciden quien entra y quien no, como tampoco me han gustado nunca los que pretenden imponer su concepción del mundo a los demás juzgando lo que está bien y lo que está mal, como si fuesen los únicos poseedores de la Verdad. Por eso no soy religioso, aunque sí me considero profundamente espiritual y me fascina el mundo de la mística, pero no el de la religión, el de ninguna religión. Solo el budismo, que más que una religión es una filosofía de la vida, en la que el único dogma es que no existen dogmas y en la que no se pide al hombre que siga unos preceptos enviados por Dios o por los dioses, sino que busque dentro de sí mismo para, dándose a los demás, superar el sufrimiento, crecer y evolucionar hasta llegar a la iluminación, es el camino que más me convence. Todas las grandes religiones, directa o indirectamente, han causado guerras y masacres a lo largo de la historia, todas excepto el budismo. Por eso puedo identificarme con muchos de los fundamentos de las diferentes religiones, pero no con las personas que las gobiernan y menos aún con quienes son capaces de emplear la violencia, cualquier tipo de violencia, para imponer sus creencias.

Dejando pues a un lado este inciso sobre el mundo de las religiones, donde la muerte sí ocupa un espacio preferente, resulta muy evidente que nuestra sociedad está orientada sistemáticamente a la negación de la muerte. No nos dicen que no moriremos, porque sería absurdo, pero nos distraen y nos alejan permanentemente de la consciencia de la muerte, y eso es suficiente para distraernos y alejarnos también permanentemenre de la experiencia de estar vivos, de la experiencia de la vida.  Basta con fijarse en los ideales que nos propone esta sociedad: juventud, salud, belleza… Justo los más alejados de vejez o enfermedad, que son las situaciones naturales que más nos aproximan a la muerte. Cuando estamos enfermos nos ingresan en hospitales donde se concentra el dolor y se aisla para que el resto de la sociedad no tenga que verlo.  Cuando nos hacemos viejos también corremos el riesgo de que nuestros queridos familiares se “apiaden” de nosotros internándonos en un asilo donde no molestemos y no se nos vea demasiado.  Ni siquiera se llama por su nombre a las enfermedades que tradicionalmente han sido más difíciles de curar: rara es la necrológica en la que nos dicen que fulanito ha muerto de cáncer, sino que siempre es una “larga y penosa” enfermedad la que “se lo ha llevado”.

Papá Noel o los Reyes Magos son los mitos que alimentan la imaginación del mundo infantil, unos mitos que los adultos nos empeñamos en pasar de generación en generación. La sistematica negación y ocultación de la muerte es el mito con el que esta sociedad pretende no ya alimentar nuestra imaginación, sino nuestro borreguismo, un mito que también es trasladado de generación en generación. Sólo cuando nos enfrentamos cara a cara con la muerte podemos replantearnos nuestra forma de vivir, cuestionarnos los fundamentos de la vida que llevamos o que nos obligan a llevar, darnos cuenta del absurdo de la mayoría de nuestras preocupaciones y prioridades, ver claramente que la única escala de prioridades que nos servirá cuando muramos no tiene nada que ver con la que creemos, o nos hacen creer. Ver a la muerte cara a cara y poder seguir viviendo es el mejor regalo que te pueden hacer, porque cambia por completo tu forma de percibir la realidad y de vivir tu vida. La mayoría de los estímulos con los que la sociedad nos aborrega ya no sirven para nada, porque no son más que unas marionetas a las que les hemos visto los hilos, hemos visto que no son reales, que la vida no está en ellas sino dentro de nosotros, y eso nos hace libres, y ser libres es uno de los mayores pecados que se pueden cometer en esta sociedad que solo quiere dóciles súbditos del todopoderoso dios mercado; esta sociedad donde los derechos del consumidor son más importantes que los derechos humanos; esta sociedad donde se confunde justicia con venganza y donde se jalean los asesinatos con banderitas y gritos patrióticos; esta sociedad que ha renunciado a vivir, al haber negado la propia existencia de la muerte.

Yo no sé lo que hay más allá de esta vida, desconozco lo que hay después de la muerte, pero he tenido la fortuna de encontrarme con la muerte cara a cara cuando, hace 3 años, sufrí un infarto agudo de miocardio. Al compartir mi experiencia con otras personas que también se han enfrentado a ella,  he podido constatar que somos muchos los que valoramos como un verdadero regalo la experiencia de esa nueva visión que tenemos de la vida, esa consciencia de saber que no tienes miedo a la muerte y que solo te llevarás de aquí lo que hayas dado… ¿Vida eterna, paraíso, reencarnación…?   No lo sé. Un monje tibetano me explicó la teoría de la reencarnación de una forma en que la entendí muy bien. Me habló de una vela. Nosotros somos la llama, me dijo, el fuego,  esa llama que está encendida, y nuestro cuerpo es la cera, el cuerpo de la vela que va consumiéndose poco a poco hasta extinguirse. Antes de que se acabe la vela y se apague definitivamente la llama, encendemos otra vela con nuestra llama. La nueva llama empieza a arder, a vivir, y sigue siendo la nuestra, la que le ha dado el fuego, esa nueva llama seguimos siendo “nosotros”.  No así la cera, el cuerpo de la vela, nuestro cuerpo, que se ha consumido y ha quedado atrás.  Al ser esa nueva llama ocupamos un nuevo cuerpo… Es una visión muy alentadora eso de que en el momento de nuestra muerte podamos “encender” otra vida, le dije. Sí, me contestó, pero no olvides que Budha dijo que es más fácil que una tortuga que está en medio de la inmensidad del océano saque la cabeza para respirar dentro de un único aro de madera que flote en el agua, que nos volvamos a reencarnar en un ser humano, y me dió un consejo que siempre he tratado de seguir: aprovecha esta vida que tienes, tu aquí y tu ahora, para crecer…

Quizá nada mejor para acabar esta entrada que escuchar las palabras sobre su forma de ver la vida y la muerte de Raimon Panikkar, uno de nuestros más grandes sabios y excelente persona, que murió hace pocos meses. Escucharle es un verdadero privilegio. Todo en él es paz, es bondad y, sobre todo, es sabiduría…

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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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