La placenta del Universo

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Norma Jean, Princesa rota

5 agosto, 2012

Su madre supo que la esperaba a ella cuando se acababa de separar de su padre. Nunca le conoció. Las dificultades económicas y emocionales hicieron que su madre la dejase viviendo con unos familiares hasta que cumplió los cinco. Cuando pudo tener una casa se la llevó a vivir con ella. Pero duró poco. Meses después su madre fue ingresada en un psiquiátrico aquejada de esquizofrenia paranoide. Pasó su infancia entre orfanatos y familias de amigos de su madre que la adoptaban temporalmente. Uno de ellos abusó sexualmente de ella cuando tenía ocho años. El hijo de otro hizo lo mismo cuando solo tenía doce. Para no ir a otro orfanato aceptó casarse con dieciséis años con un joven de veintiuno que trabajaba en la fábrica donde lo hacía ella. Aquel matrimonio duró cuatro años. Más tarde volvería a casarse dos veces más, con una estrella del baseball y con un dramaturgo. Ninguno de sus matrimonios fue feliz. Siempre se sintió insegura, sola, vacía, necesitando sentirse querida, ser amada. Hoy hace cincuenta años que murió. Tenía treinta y seis años. Nunca se sabrá si su muerte fue un accidente, un suicidio o un asesinato. Se llamaba Norma Jean. Todo el mundo la conoce por Marilyn Monroe.

La vida fue muy dura con ella. Esa carencia de amor, ese no sentirse querida ni siquiera desde pequeña, la marcó para siempre. Pero amaba intensamente la vida y luchó por conseguir algo que nuca le dejaron: ser feliz. Abusaron sexualmente de ella, y sin embargo llegó a convertirse en el icono sexual más importante de la historia del cine. La encasillaron en papeles de rubia tonta, pero tenía un talento formidable y un ansia por saber que le ayudó a superar el fuerte complejo de inculta que tuvo por haber tenido que dejar los estudios cuando era una adolescente.

Trabajando en la fábrica de aeronáutica un fotógrafo que hacía un reportaje descubrió su irresistible encanto con la cámara. El amor que le negaban  las personas lo encontró en la cámara. Sus primeros pasos como modelo publicitaria fueron espectaculares y pronto se convirtió en una de las modelos más importantes del país. El mismísimo Howard Hughes, dueño de la RKO, le ofreció hacerle unas pruebas de cámara para un papel en una película, pero ella prefirió un contrato con la Fox para hacer algunos papeles pequeños en varias películas. Fue allí cuando le aconsejaron que cambiase su pelo castaño por la melena rubia y que adoptase el nombre artístico de Marilyn Monroe. Sus primeras películas (“The shocking Miss Pilgrim” y “Dangerous years” pasaron sin pena ni gloria. De aquella época ella recordaba que uno de sus primeros papeles era de figurante entre una multitud que tenía que acercarse a la protagonista para saludarla. En el montaje final cortaron su plano: “Una parte de mi espalda es visible en un plano, pero nadie lo supo aparte de mí y de algunos amigos íntimos” La Fox no le renovó el contrato y en 1948 firmó otro parecido con la Columbia. A esta etapa pertenece su trabajo en la que sería la penúltima película de los hermanos Marx al completo: “Love Happy” (Amor en conserva). Ella estaba empeñada en llegar a ser una actriz, sabía que tenía talento para conseguirlo y no dejó de luchar por ello. Se matriculó en  arte dramático en el Actor´s Lab de Hollywood e hizo varios cursos de literatura en la Universidad de Los Ángeles (UCLA)

En 1949 unas fotos suyas totalmente desnuda aparecieron en un calendario y más tarde, en 1953, en la portada del primer número de la revista Playboy. Esas fotos tumbada sobre un cubrecamas rojo han pasado a formar parte de la historia de la fotografía y se han convertido en un icono de la época.

Sin embargo, su futuro como actriz parecía realmente muy lejano hasta que, en 1950, consiguió un papel breve pero muy importante para su carrera en “La jungla de asfalto”, de John Huston. A ese papel le siguió otro también pequeño pero muy atractivo en la película de Joseph L. Mankiewicz “Eva al desnudo”.

Fue en su papel de niñera perturbada en “Niebla en el alma” donde dio claras muestras de su capacidad para afrontar papeles dramáticos. Aunque el que le hizo famosa fue el de secretaria rubia tonta en “Monkey Business” (Me siento rejuvenecer). A partir de ahí sus dotes como cantante y actriz de comedia hicieron que los productores la encasillaran en el papel de rubia tonta e ingenua que ella interpretó a la perfección, a pesar de pedir inútilmente una y otra vez que le diesen otro tipo de registros interpretativos. A esa época pertenecen títulos como “Niágara”, “Los caballeros las prefieren rubias” y “Cómo casarse con un millonario”, por la que consiguió el Globo de Oro a la mejor actriz.

En menos de un año se había convertido en una superestrella de Hollywood. Sin embargo, cuanto más Marilyn se hacía, más se alejaba de la Norma Jean original. En 1954 se casó con una megaestrella del deporte, Joe DiMaggio, en el que fue uno de los acontecimientos sociales más importantes de la época. Pero el matrimonio duró solo unos meses. Los celos de DiMaggio resultaron insuperables. No fueron estos unos años buenos para ella. Al sufrimiento en su vida personal con el divorcio le acompañó una serie de trabajos que no le aportaron nada a su carrera. Agobiada por los estudios, que querían hacer de ella el mito de la rubia tonta sexualmente explosiva, y por su inestabilidad emocional provocada por la rapidez y contundencia con que la fama había cambiado su vida, decidió dejarlo todo y esconderse. Para hacerlo se fue a vivir a Nueva York y, aconsejada por Truman Capote, se matriculó en el Actor´s Studio. Lee Strasberg la acogió como si fuese una hija. Allí se la podía ver como una alumna más rodeada por jóvenes estudiantes que querían llegar a ser actores.  Ben Gazzara nunca olvidó su magistral forma de interpretar Anna Christie de Eugene O´Neill y Un tranvía llamado deseo, de Tenessee Williams, que hizo como ejercicios de clase. El propio Strasberg decía que por su escuela habían pasado miles de estudiantes, pero que por encima de todos destacaban dos: Una era Marilyn. El otro, Marlon Brando.

Cansada de las presiones de los estudios de Hollywood decidió saltarse las reglas y crear su propia productora: Marilyn Monroe Productions, con la que rodó su primera película en Londres, dirigida e interpretada por Lawrence Olivier (El príncipe y la corista). Los estudios claudican a sus exigencias y le permiten firmar un contrato en el que ella tiene la última palabra en la elección del director y el resto del reparto. De regreso a Hollywood rueda “Con faldas y a lo loco”,  la deliciosa comedia de Billy Wilder coprotagonizada por Marilyn, Jack Lemmon y Tony Curtis. A nivel personal parece haber encontrado la estabilidad emocional al lado del dramaturgo Arthur Miller. Para casarse con él ella se convierte al judaísmo. Miller, intelectual de izquierdas profundamente comprometido, parece la persona ideal para cubrir la necesidad de saber de Marilyn. Sin embargo, el círculo de Miller jamás acepta a una mujer a la que consideran superficial y vacía. Poco importó que en realidad ella fuera precisamente todo lo contrario. En 1957, rodando en Londres “El príncipe y la corista”, Marilyn tuvo su primer aborto espontáneo. Tendría otro dos años después, rodando “Con faldas y a lo loco”. Miller y Marilyn estuvieron casados cinco años, aunque más por retrasar el divorcio que por verdadero amor conyugal. Esta situación, su absoluta incapacidad para soportar la tremenda presión a la que la sometían los estudios y su propia inseguridad personal, hicieron que empezase a tener problemas con los barbitúricos (siempre había tenido insomnio) y el alcohol, unos problemas que afectaron a su vida personal y a la profesional. Es en esta época cuando las depresiones que sufre la llevan a internarse en más de una ocasión en un sanatorio. Billy Wilder recordó en más de una ocasión que el rodaje de “Con faldas y a lo loco” había sido uno de los más difíciles de su carrera porque Marilyn tenía serios problemas para memorizar los textos (tuvo que repetir 65 veces una toma en la que ella solo tenía una frase) y llegaba regularmente tarde al set de rodaje.

Marilyn había apostado fuerte por Miller, imponiéndolo en varias de las películas en las que ella iba a trabajar. El rodaje de “Let´s make love”, dirigida por George Cukor, se retrasó porque los cambios de guion que hizo Miller hicieron que Gregory Peck, Cary Grant, Charlton Heston, Yul Brynner y Rock Hudson rechazaran interpretar el papel que finalmente hizo Yves Montand.

A nivel profesional estaba en la cúspide de su carrera porque el público la adoraba. Sin embargo, los estudios eran muy reticentes a contratarla por los problemas que su situación personal provocaba en los rodajes. En 1960, poco antes de divorciarse, Miller escribió para ella el guion de “The Misfits” (Vidas Rebeldes), que dirigiría John Huston y en la que Marilyn trabajaría al lado de Clark Gable y Montgomery Clift en una historia de perdedores en la que ella hizo uno de los mejores papeles de su carrera. Huston dijo de este rodaje que “Marilyn excavó dentro de sus propias experiencias personales para sacar a la superficie algo único y extraordinario. No tenía técnica de actuación. Era todo verdad, era sólo ella”

Acabado el rodaje regresa a Nueva York separada ya de Miller. Se refugia en la casa de su viejo amigo Lee Strasberg.  Tras el divorcio de Miller ingresa voluntariamente en una clínica psiquiátrica en una experiencia que fue muy traumática para ella. Fue DiMaggio quien la sacó de allí para trasladarla a un hospital normal. No trabajó más durante aquel año. En 1962 empieza a rodar “Something´s Got to Give” junto a Dean Martin. Sus continuos retrasos y ausencias del rodaje hicieron que la Fox la despidiera, pero Dean Martin se negó a acabar la película si no era con ella, por lo que tuvieron que readmitirla. El 9 de mayo, en la gala por el cumpleaños del Presidente John F. Kennedy, ella interrumpe el rodaje y canta el que sin duda es el “Cumpleaños feliz” más famoso de la historia. Su relación con el Presidente parece que es más que de amistad y eso hace que se enciendan todas las alarmas del Pentágono y de la CIA. Marilyn supone una amenaza para la estabilidad presidencial del país. La relación de este hecho con su muerte tres meses después nunca ha podido ser confirmada ni desmentida.

Acabada la gala regresó al rodaje. La película nunca se acabó. Solo se conserva una veintena de minutos que incluyen el famoso baño de Marilyn desnuda en la piscina. Marilyn apareció muerta en su dormitorio en la madrugada del 5 de agosto de 1962. Su mano estaba aferrada al teléfono. Junto a ella, un tubo vacío de barbitúricos. Nunca se ha revelado con quién habló aquella noche, ni mucho menos el contenido de la conversación. Su muerte, cincuenta años después, sigue siendo un misterio.

Norma Jean fue una princesa rota, una niña de la que abusaron y a la que maltrataron robándole el cariño y el amor al que toda niña tiene derecho. Marilyn fue una reina rota, una mujer de la que abusaron y a la que maltrataron robándole el cariño y el amor al que toda mujer tiene derecho. Ella vivió su vida con las cartas que le habían tocado. Siempre supo que aquella era una partida que jamás podría ganar, pero no por ello dejó de intentarlo.  Solo la dejaron vivir 36 años, 36 años que dedicó a buscar el cariño y el amor que casi todos le negaron. DiMaggio, quizá el que mejor la comprendió, dijo en su funeral: “No puedo decirle adiós a Marilyn, nunca le gustaba decir adiós. Pero, adoptando su particular manera de cambiar las cosas para así poder enfrentarse a la realidad, diré “hasta la vista”. Porque todos visitaremos algún día el país hacia donde ella ha partido”

Marilyn, Norma Jean, sigue viva en todos los que amamos el cine, en todos los que soñamos, en todos los que hubiésemos querido estar allí para tenderle esa mano amiga que tantas veces le negaron. La canción que Elton John le dedicó es la mejor manera que he encontrado de expresar lo que muchos sentimos hoy por ella. ¡Va por ti, Marilyn, dondequiera que estés!

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Yves Montand, el compromiso de la verdad

22 julio, 2012

La historia de Yves Montand es la de un hombre hecho a sí mismo que amó la vida por encima de todo. Actor, cantante, empedernido seductor o comprometido activista político son algunas de las facetas por las que se recuerda a una persona cuya extrema generosidad le hizo vencer su profunda timidez. Como decía Machado, amó cuanto ellas puedan tener de hospitalario y recibió la flecha que le asignó Cupido. Esa flecha se llamaba Simone Signoret, una de las actrices más célebres y respetadas del cine francés con la que se casó poco después de conocerla y con quien vivió hasta su muerte. Las apasionadas historias de amor que tuvo con diversas mujeres, entre las que la de Marilyn Monroe es una de las más conocidas, no le impidieron seguir unido a la que fue el amor de su vida. La audacia y la coherencia con las que Montand vivió su vida han hecho que, más de veinte años después de su muerte, siga siendo uno de los personajes más admirados, respetados y queridos por el pueblo francés. Había nacido en 1921 en la toscana italiana como tercer hijo de una familia humilde, campesina y comunista, que tuvo que exiliarse a Francia para huir del fascismo cuando él todavía era un bebé. Su nombre era Ivo Livi. A los once años dejó la escuela y, falsificando sus papeles, empezó a trabajar en los muelles de Marsella. A aquel trabajo le siguieron muchos más. En la peluquería donde trabajaba su hermana aprendió a ser peluquero. Fascinado por el cine y por la figura de Fred Astaire, empezó a cantar en los clubes nocturnos de Marsella. A la hora de elegir su nombre artístico no dudó en homenajear, a su manera, a su madre. Recordando que, de niño, cuando jugaba en la calle, para que volviera a casa su madre siempre le gritaba por la ventana Ivo, Monta! (“¡Ivo, sube!”), adoptó el nombre de Yves Montand con el que se haría mundialmente famoso.

La guerra truncó su esperanzadora carrera musical y se refugió de nuevo en trabajos de lo más variopinto hasta que se fue a probar suerte en París como cantante de music-hall. En 1944 la gran Edith Piaf le descubrió y lo incorporó inmediatamente a su compañía. Su historia de amor con la Piaf fue una de las primeras que tendría a lo largo de su vida. Fue la propia Piaf la que le empujó a adentrarse en el mundo de la interpretación cinematográfica. “Etoile sans lumière”, en 1946, fue su primera película. Su carrera como cantante tenía mucho más éxito que su carrera como actor hasta que, en 1953, protagonizó “El salario del miedo”, que ganó la Palma de Oro en Cannes.
En 1949 había conocido a una actriz que empezaba a despuntar y tenía una carrera muy prometedora: Simone Signoret. Era una mujer tremendamente atractiva y culta, cuyo matrimonio con el director Yves Allegret se tambaleaba. El encuentro entre Montand y Signoret fue un auténtico flechazo y pocos meses después se casaron. Su historia es una historia legendaria. Juntos protagonizaron varias de las películas más importantes del cine francés y compartieron su vida hasta la muerte de Simone, en 1985. Yves, autodidacta, descubrió con ella mundos hasta entonces no imaginados. Juntos protagonizaron en el escenario, y más tarde en el cine, una inolvidable versión de “Las brujas de Salem”, de Arthur Miller, a quien conocerían personalmente más tarde cuando Montand fue llamado por Hollywood para protagonizar la película “Let´s make love” (El millonario), junto a la por entonces esposa de Miller, Marilyn Monroe.
Tras su divorcio de Joe Di Maggio, el matrimonio de Marilyn con Miller estaba en horas bajas. Ella recuerda que eran muchos los momentos de soledad que pasaba cuando él estaba de viaje y que odiaba la soledad. Quizá por eso su encuentro con Montand acabó en la bella historia de amor que Montand reconoce en su autobiografía: “un día que ella estaba resfriada me acerqué a su bungalow para ayudarla. Me incliné para darle un beso de buenas noches, pero súbitamente fue un beso desenfrenado, un fuego, un huracán que no pude contener”

El compromiso político de Montand fue otra de las constantes de su vida. Afiliado al Partido Comunista Francés, participa activamente en la vida política de su país. “Aunque no te ocupes de la política, ella se ocupará de ti”, solía decir a cuantos rechazaban el compromiso político como opción de vida. Para él no era tan importante el color de las ideas que defendieras, como el hecho de que realmente defendieras unas ideas: “Lo que se necesitan son gentes de buena voluntad, sea cual fuere su opinión política, para, todos juntos, asegurar una supervivencia, nuestra supervivencia, porque de eso es de lo que se trata”. No perdonaba a quienes pretendían quedarse al margen de la realidad huyendo de tomar partido, de comprometerse: “La peor cobardía es saber qué es lo justo, y no hacerlo”. Los “buenistas” o los “pacifistas”, tampoco escapaban a sus afilados comentarios: “Los pacifistas son como ovejas que creen que el lobo es vegetariano”. Creía profundamente en el ser humano y en ese otro mundo nuevo que aún es posible y al que solo podemos llegar a través de la verdad, porque como él siempre decía: “Sólo la verdad es revolucionaria”. Nunca antepuso su carrera profesional o su vida personal a la defensa de sus ideas y de su compromiso político. Las giras que hizo por la Unión Soviética y diversos países del Este en 1956 y 1957 le granjearon una fuerte oposición en su país y muchas dificultades para poder ir de gira a los Estados Unidos. Aún así era considerado una estrella internacional y por eso fue llamado por Hollywood en 1960 para protagonizar El millonario con Marilyn.

Su faceta de cantante estaba consolidada y llenaba teatros de todo el mundo. Su carrera como actor también estaba en el momento más álgido, pero, a  pesar de eso, él no estaba satisfecho con su trabajo en el mundo del cine. Concebía el arte como algo más que mero entretenimiento (“Ni un libro ni un filme pueden transformar la sociedad. Es suficiente con que abran sus ojos”). Por eso no dudó en protagonizar la trilogía de cine político más célebre de la década de los sesenta: la del cineasta Costa Gavras: “Z”, dando vida a un político griego de izquierdas asesinado por la policía y los militares fascistas; “Estado de sitio”, encarnando a un policía estadounidense especializado en preparar golpes de estado antidemocráticos y en formar a las policías  y cuerpos paramilitares de países latinoamericanos adiestrándoles en las técnicas más duras de represión y tortura secuestrado por los Tupamaros, movimiento revolucionario uruguayo que se enfrentó a la dictadura por las armas, y “La confesión”, una dura crítica al régimen estalinista y a la traición que la política estalinista hizo a los ideales de la revolución rusa. Aquí le tienes en una de las secuencias de los interrogatorios a los que es sometido durante su secuestro por los tupamaros en “Estado de sitio”. El personaje que interpreta, como el del político griego asesinado de “Z”, está basado en un personaje real y la historia que cuenta la película narra hechos reales.

La audacia con la que Montand vivió su vida, la firmeza con la que defendió sus compromisos políticos y su irresistible atracción por las historias de amor, por vivir constantemente enamorado, junto a su extrema generosidad e inquebrantable lealtad a la amistad fueron los pilares de su vida, unos pilares que siempre fueron muy controvertidos. Pocos años después de la muerte de Simone Signoret inició una nueva historia de amor con una de sus secretarias, Carole Amiel, con la que tuvo su único hijo, Valentin (anteriormente había adoptado a Chatherine, la hija que Simone había tenido con Allegret). Carole fue su último amor. Montand murió de un infarto en 1991, el último día de rodaje de la película “IP5: la isla de los paquidermos”. Su fama de conquistador le había creado más de un problema, como la reclamación de paternidad que interpuso judicialmente una mujer que exigió que se le hicieran las pruebas de paternidad, pruebas a las que él siempre se negó. La insistencia de aquella mujer hizo que el juez autorizase la exhumación de su cadáver para extraerle las muestras de ADN necesarias para realizar las pruebas. Se hicieron las pruebas. El resultado fue negativo. Montand jamás mintió. porque la verdad era lo único en lo que creía.

Su muerte conmocionó a toda Francia. Está enterrado, junto a Simone Signoret, en el cementerio parisino de “Père Lachaise”. El día de su entierro se formaron colas inmensas a la puerta del cementerio. Poco importaba que lloviera. Muchos de sus amigos estaban allí: Gerard Depardieu, Alain Delon, Michelle Piccoli… Todos ellos depositaron rosas rojas sobre su tumba. Cuando se fueron, el pueblo de París se acercó para dejar hojas muertas, aquellas hojas muertas a las que él cantó como nadie:

“Me gustaría que recordaras
esos días felices de cuando éramos amigos.
Entonces la vida era más bella
y el sol brillaba más que ahora.
Las hojas caídas se arremolinan bajo el rastrillo.
Ya ves: yo no me olvido.
Las hojas caídas se arremolinan bajo el rastrillo
lo mismo que recuerdos o que remordimientos,
y el viento del norte se las lleva
hasta la fría noche del olvido.
Ya ves: yo aún me acuerdo
de la canción que me cantabas.
Una canción que nos vuelve a unir.
Te quería. Me querías.
Vivíamos los dos juntos.
Te quería. Me querías.
Pero la vida separa a los que se quieren,
lentamente, sin apenas hacer ruido;
y el mar borra en la arena
las huellas de amantes distanciados.
Las hojas caídas se arremolinan bajo el rastrillo
lo mismo que recuerdos o que remordimientos;
pero mi amor, sigiloso y fiel,
sonríe siempre y da las gracias a la vida.
Te quise tanto. Eras tan guapa.
¿Cómo quieres que te olvide?
En aquel entonces la vida era más bella
y el sol brillaba más que ahora:
eras mi amiga más dulce,
pero yo no he hecho más que arrepentirme
y, la canción que cantabas,
no dejaré de escucharla. Nunca”

Hace unos años, de visita en París, quise acercarme a ver su tumba. Tras visitar las de los republicanos españoles muertos en el exilio y las de Chopin, María Callas, Oscar Wilde, Proust, Piaf, Jim Morrison y tantos y tantos otros, me senté en un banco a descansar. El silencio era maravilloso en aquella mañana soleada de otoño. La soledad invitaba a mantener ese profundo diálogo con los que se han ido aunque siguen formando parte de nosotros que, a veces, nos invitan a mantener. Volaban las hojas muertas cuando, de lejos, vi acercarse a un viejo. Era la única figura que había en aquella parte del cementerio. Me acerqué a él para preguntarle por la tumba de Montand. Jamás olvidaré el brillo cómplice de sus ojos y su pícara sonrisa cuando, señalándome una pequeña vereda cercana, me dijo: “Sí, está allí, como siempre… hablando con Simone”

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Audrey Hepburn

4 septiembre, 2011

Nadie como ella ha sabido reflejar en la pantalla y en la vida real valores como bondad, sencillez, felicidad, alegría o solidaridad. Audrey Hepburn rompió todos los cánones y las modas de su tiempo para convertirse, sin quererlo, en un referente indiscutible de la elegancia, la distinción y la belleza. No hizo muchas películas, pocas más de una veintena, pero con ellas se convirtió en un icono de la historia del cine. Siempre antepuso su vida personal y sus ideales a su profesión. Se retiró en la cúspide de su carrera para poder estar con sus hijos y dedicó los últimos años de su vida a la lucha contra el hambre en el mundo a través de UNICEF, siendo una de las personalidades públicas más activas y pioneras en la defensa de los niños y de los derechos humanos. Como ella decía, “el amor no tiene nada que ver con lo que esperas conseguir, solo con lo que esperas dar, es decir, todo… Nací con una necesidad enorme de afecto y una necesidad terrible de darlo”

Nacida en 1929 Ixelles/Elsene (Bélgica), hija de una banquero inglés y de una aristócrata holandesa, pasó su infancia entre Bélgica, los Países Bajos e Inglaterra, donde estudió en un internado entre 1935 y 1938, tras el divorcio de sus padres. Su padre era simpatizante nazi, además de pertenecer a la unión británica de fascistas en la etapa que Audrey recordaría más tarde como “el momento más traumático de mi vida”. En 1939, estando con su madre y sus dos hermanastros en casa de su abuelo materno en Arnhem (Holanda), les sorprendió la invasión del ejército alemán y la ocupación nazi. Ante la imposibilidad de salir de allí, Audrey prosiguió sus estudios compaginándolos con clases de piano y ballet clásico, su verdadera pasión. Para evitar que sus orígenes ingleses pudiesen meterles en problemas, la madre optó por llamar a Audrey, Edda Van Heemstra, como ella, y la obligó a hablar siempre en holandés (llegó a hablar perfectamente inglés, holandés, francés, italiano y a defenderse con el alemán y el español).  Las penurias económicas y el hambre que pasó durante aquellos años de guerra le provocaron una fuerte anemia que marcó su débil constitución de por vida.

Llegó a ser una gran bailarina con un espléndido futuro. Durante aquellos años actuaba clandestinamente en Arnhem y daba el dinero que cobraba a la resistencia contra los nazis. En 1944 el desembarco de las tropas aliadas en Normandía hizo que las condiciones de vida en la zona ocupada por los alemanes empeorasen drásticamente, con más restricciones y racionamientos. La ciudad de Arnhem fue devastada por un bombardeo aliado. Su tío y un primo fueron fusilados por los alemanes por haber trabajado para la resistencia y uno de sus hermanastros fue detenido e internado en un campo de concentración. Poco antes de morir, Audrey comentó “Tengo recuerdos. Recuerdo estar en la estación de tren, veía cómo se llevaban a los judíos, y recuerdo a un niño en particular, iban con sus padres, era rubio y muy pálido, llevaba un abrigo que le quedaba muy grande. Entraron en el tren. Yo era una niña, observando a un niño…”

Años después de aquellos sucesos, cuando Audrey ya era una estrella del cine, le propusieron trabajar en una película sobre Ana Frank, pero tuvo que rechazar aquel proyecto porque le era demasiado cercano a su experiencia personal:”Tenía exactamente la misma edad que Ana Frank. Ambas teníamos diez años cuando empezó la guerra y 15 cuando acabó. Un amigo me dio el libro de Ana en holandés en 1947. Lo leí y me destruyó. Lo leí sin saber lo que iba a encontrar en él. En aquellas páginas impresas estaba mi vida. No he vuelto a ser la misma, me afectó profundamente: Vimos fusilamientos. Vimos a hombres jóvenes ponerse contra la pared y ser tiroteados. Cerraban la calle y después la volvían a abrir y podías pasar por ese mismo lugar. Tengo marcado un lugar en el diario de Ana en el que dice que han fusilado a cinco rehenes. Ese fue el día que fusilaron a mi tío. En las palabras de esa niña yo leía lo que aún sentía en mi interior. Esa niña que había vivido entre cuatro paredes había hecho un reportaje completo de todo lo que yo había vivido y sentido…” Esas experiencias contribuyeron a que Audrey estuviera especialmente sensibilizada con la causa de los niños y las guerras durante toda su vida.

Durante aquellos años trabajó como enfermera voluntaria en un hospital holandés en el que atendió a un joven soldado británico herido, Terence Young.  Dos décadas después Young la dirigiría en “Sola en la oscuridad”. Acabada la guerra se trasladó con su madre a Ámsterdam, donde prosiguió sus estudios de ballet. Su situación económica era precaria y necesitaba empezar a trabajar para traer dinero a casa. Eso fue lo que la empujó a dejar su vocación de bailarina y a empezar a trabajar en el mundo de la interpretación en una película educativa (Holandés en siete lecciones). Para abrirse paso en el mundo de la interpretación se fue a vivir a Londres, donde empezó a trabajar en algunos musicales (High Button Shoes). Su primer papel en una película británica fue como recepcionista de un hotel en One Wild Oat. Tras trabajar en otras producciones con pequeños papeles, la suerte llamó a su puerta mientras rodaba Monte Carlo Baby, ya que fue elegida para protagonizar el musical de Broadway, Gigi. Audrey ganó el Theatre World Award por ese papel y siguió actuando durante varios meses. Allí se fijó en ella William Wyler, que estaba buscando una joven actriz para coprotagonizar la película Vacaciones en Roma, junto a Gregory Peck. Aunque los estudios querían que el papel fuese para Elizabeth Taylor, Wyler se enamoró de la espontaneidad y la frescura que Audrey mostró en la prueba que le hizo, prueba en la que la engañó diciéndole que no la estaba grabando para que ella se sintiera más relajada. Wyler no lo dudó ni un instante: “Tiene todas las cosas que busco: encanto, inocencia y talento. Además es muy divertida. Es absolutamente encantadora. No dudamos en decir que es nuestra chica.”

Gregory Peck era una estrella consagrada y su nombre aparecía en el poster original de la película mucho más resaltado que el de la joven Audrey desconocida. Cuando murió Peck, su representante desveló que antes del estreno de Vacaciones en Roma el actor le había llamado para exigir que cambiasen el poster y que resaltasen el nombre de Audrey tanto como el suyo. Peck jamás lo mencionó. Por aquel papel Audrey ganó el Oscar a la mejor interpretación.

 

 

El éxito fue inmediato y Audrey se convirtió en la joven revelación con la que todos querían trabajar. Billy Wilder la contrató para protagonizar Sabrina, junto a Humphrey Bogart y William Holden. Fue en el momento de hacer las pruebas de vestuario de esta película cuando Audrey conoció al modisto Givenchy, encargado del vestuario. Givenchy esperaba a Miss Herpburn para las pruebas pensando que se trataba de Katharine Hepburn, y se llevó una gran decepción cuando le dijeron que la Hepburn que protagonizaría la película era la casi desconocida Audrey. Sin embargo, Givenchy se quedó fascinado por la elegancia natural de Audrey, tanto que fue el modisto que la vistió durante toda su vida. Aquí la tienes cantando La vie en rose en Sabrina:

Tras haber compaginado el rodaje de Vacaciones en Roma con las representaciones de Gigi, en 1954, protagonizó otra obra de teatro (Ondine), con el que poco después se convertiría en su marido: Mel Ferrer. Por su papel en Ondine recibió el premio Tony. Aclamada por el público y la crítica, pronto se convirtió en una de las actrices más taquilleras de Hollywood. Durante esa época trabajó con todas las primeras figuras de la industria del cine. Una de las películas que protagonizó entonces, Arianne (Love in the afternoon), le permitió trabajar con Gary Cooper en la que sería una de sus última películas y el gran Maurice Chevallier. Dirigida nuevamente por Billy Wylder, Audrey interpreta en esta comedia romántica a Arianne, la ingenua y humilde hija de un viejo detective privado (Maurice Chevallier) especializado en casos de infidelidades conyugales y divorcios, que tiene un archivo con las historias de amor más inverosímiles entre las que destacan las de un maduro millonario solterón norteamericano (Gary Cooper), que ha seducido a la mitad de las mujeres de París y por ello es odiado por la mitad de los hombres de París. Una indiscreción permite que Ariane se entere de que uno de esos maridos despechados va a asesinar al galán y parte rauda en su ayuda. Tras muchas peripecias consigue salvarle sin desvelar su identidad. Enamorada perdidamente de Gary Cooper, con quien empieza a verse a menudo, no tiene mejor idea que inventarse un pasado amoroso equiparable al de él. Para ello no duda en utilizar toda la información que hay en los archivos de su padre… La estrategia da resultado ya que Cooper se siente tremendamente atraído por la misteriosa Ariane y le encarga al detective una investigación para saber quién es aquella joven que le ha sorbido el seso. El viejo detective no tarda en darse cuenta del engaño, pone sobre aviso a Cooper, le cuenta la verdad, que su hija jamás ha tenido una sola historia de amor, y le pide por favor que no le haga daño…

Un par de años después, en 1959, Audrey protagonizaría una de las películas con la que ella se sintió siempre más identificada: Historia de una monja, por la que nuevamente estaría nominada al Oscar, aunque en esta ocasión ganó el premio Bafta. El hecho de que se tratase de una historia basada en hechos reales, de que conociera a la monja, de que fuese belga como ella, y que, como ella, hubiese sufrido una guerra, marcó profundamente a Audrey.

En 1961 realizó una de las películas por las que siempre será recordada: Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany´s) dirigida por Blake Edwards. Su imagen comiendo un croissant frente al escaparate de la joyería o cantando Moon River sentada en el alfeizar de una ventana  forman parte no solo de la historia del cine, sino de la cultura universal del siglo XX. El guión estaba escrito por Truman Capote y originalmente se había pensado en Marilyn Monroe para ese papel. Capote no recibió de buen grado el cambio de actriz, cuya imagen se apartaba mucho del personaje que él había escrito (en el guión original se trataba de una prostituta de lujo bisexual). Rehizo el guión (pasó a ser heterosexual y lo de su trabajo como meretriz quedó tan en el aire que pasa casi desapercibido), y la película se convirtió en uno de los filmes más importantes de la historia del cine. Audrey siempre reconoció que fue uno de los papeles que más le costó interpretar: “Soy introvertida. Actuar para ser una chica extrovertida es la cosa más difícil que he hecho en mi vida”.

Otra de las películas míticas de Audrey es, sin duda, My fair lady, junto a Rex Harrison, que llevaba dos años interpretando esta obra en los escenarios junto a una desconocida Julie Andrews. Harrison se molestó mucho cuando supo que el papel no iba a ser para Andrews. Audrey había rechazado el papel y había pedido que se lo dieran a Andrews, pero cuando supo que los estudios iban a dárselo a Elizabeth Taylor, lo aceptó. Al enterarse Harrison dijo: “Se supone que la protagonista debe sentirse incómoda en los bailes europeos. La maldita Audrey jamás ha vivido fuera de los bailes europeos, para ella es sentirse como un pez en el agua”. Poco después de acabar el rodaje Harrison reconoció su error y siempre que le preguntaron quién era la mejor actriz con la que había trabajado a lo largo de su carrera decía que había sido Audrey Hepburn en My fair lady.  Todas las canciones de Audrey que aparecen en la película fueron dobladas por la cantante Marni Nixon. Sin embargo Audrey cantó todos los temas con su voz, aunque no se incluyeran en la versión final de la película (pueden escucharse en los extras del dvd). Años después Audrey manifestó que, de haber sabido que la iban a doblar en los números musicales, jamás habría aceptado rodar la película. Las paradojas de la vida hicieron que el Oscar de aquel año se lo llevase Julie Andrews por su papel en Mary Poppins.

Para Audrey “ vivir es como visitar un museo. Solo al final de la visita puedes darte cuenta de la belleza que has contemplado, de lo mucho que has visto y que has sentido, pensar en ello y recordarlo, porque durante la visita no tienes tiempo para hacer todo eso…” Profunda conocedora del alma humana, solía decir que “ puedes conocer mejor a una persona por lo que dice de los demás, que por lo que  los demás dicen de ella.” Su espíritu idealista y su visión altruista de la vida fueron una constante que marcó todas sus decisiones. Siempre supo que había venido a este mundo para ayudar a quien la pudiera necesitar: ” Siempre se necesita una mano que ayude, ellas están en el extremo de tus brazos. Mientras nos vamos haciendo más viejos, ellas nos recuerdan que una mano es para que te ayuden, y la otra para ayudar.” Dedicó su vida a vivir intensamente su aquí y su ahora donde más la pudieran necesitar: ayudando a la resistencia contra los nazis durante la guerra, como enfermera en un hospital, interpertando películas, estando con sus hijos, visitando a enfermos de sida y a niños hambrientos en África, dando ruedas de prensa para concienciar a la gente de la necesidad de acabar con el hambre y la injusticia en el mundo…

Tras My fair lady vinieron tres nuevos éxitos: Cómo robar un millón y…, Dos en la carretera y Sola en la Oscuridad. Poco después Audrey abandonó su carrera de actriz para dedicarse a su hijos. Reapareció en 1976 junto a Sean Connery en Robin y Marian y luego realizó un par de películas más, de las que donó a causas humanitarias todo lo que cobró. La última que rodó fue Para siempre (Always), dirigida por Steven Spielberg, en la que interpretaba a un ángel. Dedicó la última parte de su vida a la labor con la que más identificada se sentía: la defensa de los niños y de los derechos humanos como embajadora de UNICEF, con la que había estado vinculada desde 1955. Tres meses antes de su muerte, ya desahuciada, hizo su último viaje a Somalia para ayudar a los niños que estaban muriendo de hambre. Quiso poner fin a su vida como la había vivido: amando y dándose a los demás. Sus hijos crearon y gestionan una fundación que lleva su nombre para continuar con su labor humanitaria ayudando a los niños. Puedes visitarla (y si quieres hacer un donativo para una de las últimas causas por las que Audrey luchó en vida, la de los niños de Somalia, que por desgracia sigue tan actual como hace 20 años) en :
http://www.audreyhepburn.com/menu/index02.php

 

A su muerte, Gregory Peck, que a lo largo de toda su vida fue uno de sus más íntimos amigos, recitó su poema favorito: Unending love (Amor eterno), de Rabindranath Tagore:

 

Te amé de tantas maneras y de tantas formas,
de vida en vida, de época en época,
Siempre…

Mi corazón hechizado,
hizo una y otra vez un collar de canciones
que tomaste como un regalo
y usaste alrededor de tu cuello,
a tu modo y de tantas formas,
de vida en vida, de época en época,
Siempre…

Donde quiera que escucho
las viejas historias de amor,
su antiguo dolor y ese viejo cuento
de estar juntos o separados,
me detengo y una y otra vez
miro al pasado y al final de todo,
emerges tú
revestida con la luz de una estrella polar,
traspasando la oscuridad del tiempo,
y te conviertes en una imagen
que recordaré por siempre.

Tú y yo flotamos aquí,
en la corriente de un corazón lleno de amor
de uno por el otro.
Jugamos al amor
al lado de millones de amantes,
hemos compartido la tímida dulzura
del primer encuentro,
las mismas lágrimas de angustia
en cada despedida.

El viejo amor,
el que se renueva una y otra vez,
Siempre…

Hoy, este amor está a tus pies,
encontró su morada en tí.

Ese amor,
el amor cotidiano de todos los hombres,
el amor del pasado, el amor de siempre,
el regocijo universal, la pena universal,

la Vida misma,
la memoria de todos los hombres,
las canciones de todos los poetas
del pasado y de siempre,
se funden en este Amor,
que es el Nuestro.

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Cine/Teatro, General
Tags
Ana Frank, Audrey Hepburn, Billy Wilder, Desayuno con diamantes, Elizabeth Taylor, Gary Cooper, Givenchy, Gregory Peck, Humphrey Bogart, Julie Andrews, Marilyn Monroe, Maurice Chevallier, Mel Ferrer, Moon River, Rabindranath Tagore, Rex Harrison, Sabrina, Terence Young, UNICEF, Vacaciones en Roma, William Holden, William Wyler
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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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