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Jose Luis Sampedro: una lección de vida, de dignidad y de compromiso

14 abril, 2013

2Tenía noventa y seis años, había vivido todas las vidas y perdido muchas batallas, pero había ganado la guerra, esa difícil guerra que tan pocos ganan, esa guerra constante que es llegar a ser uno mismo frente a todos y frente a todo. Seguía siendo joven, nunca dejó de serlo, porque era un hombre sabio. Puede que en sus ojos no estuvieran todas las respuestas, aunque había muchas, pero lo que siempre veías en ellos eran todas las preguntas, esas preguntas que nos hacen avanzar, que nos hacen crecer para alcanzar a ser seres humanos. Son muchas las palabras que podrían definirle: humildad, sencillez, valentía, lucidez, generosidad, compromiso, voluntad, ilusión, alegría, coherencia, talento,… aunque quizá una lo haga por encima de todas: dignidad, porque eso es lo que fue ante todo Jose Luis Sampedro: un hombre que jamás perdió su dignidad. Su vida, como la de tantos, no fue fácil. Le tocó vivir en el tiempo de la incomprensión, de la censura, de la represión de una dictadura asfixiante para todo aquel que no claudicara, para todo el que se atreviera a pensar diferente. Y él sobrevivió sin renunciar jamás a ser él mismo. Y también le tocó vivir, como a todos ahora, en este injusto y cruel mundo que agoniza, en este sistema podrido y moribundo que se nos está llevando a todos por delante en su inevitable caída. Y lo hizo luchando contra él, denunciando lo que estaba pasando. Por eso su figura sobrevivirá como un faro que ilumina en la niebla de la estulticia de estos tiempos para guiarnos en el camino que nos lleva a ser libres, ese camino, duro a veces y largo siempre, que solo podemos recorrer si en nuestra mochila llevamos las provisiones que verdaderamente alimentan nuestra alma: generosidad, altruismo, bondad, amor, solidaridad, sencillez, humildad, valentía… y dignidad.

Había nacido en 1917 en el seno de una familia conservadora. Cuando tenía un año la familia se trasladó a Tánger, donde viviría hasta cumplir los trece 3años. De esta época son sus recuerdos más felices, unos recuerdos en los que sus amigos pertenecían a tres religiones diferentes que convivían en paz y armonía, eran de mundos aparte entre los que ellos, con sus juegos de infancia, creaban puentes, esos puentes de diálogo y comprensión que ya nunca le abandonarían: “Aquel Tánger de los años veinte, donde transcurrió mi infancia, era ciudad internacional, en la que convivían en igualdad todos los países. Los chicos llegábamos al colegio con diversas lenguas maternas, comprábamos golosinas con monedas diferentes, celebrábamos varias fiestas nacionales e incluso nuestro descanso semanal se repartía entre los días sagrados de tres religiones. Ahora bien, en medio de aquella cosmópolis se alzaba una isla rodeada de muro y puertas: el recinto donde los moros del campo vendían hortalizas y otros productos frescos, bajo cañizos con ramajes frecuentemente mojados para resguardarse del sol. Se vendía y gritaba en árabe y sólo se admitía moneda hassani del Imperio marroquí. Mi madre la obtenía, antes de entrar en el zoco, de los cambistas judíos sentados a la puerta, cada uno detrás de su cajón-mostrador, con una pizarra anunciando las cotizaciones del día. Así, en el corazón de la ciudad moderna e internacional se pasaba de pronto a casi la Edad Media y a lo que luego aprendí a llamar el Tercer Mundo. Entonces, claro está, yo no era consciente de ello, pero atravesar la puerta me impresionaba siempre y aún recuerdo el rostro de un viejo cambista, de barba blanca y cubierto con un negro sombrero, instalado a la puerta como guardián de aquel mundo antiguo”

13A Tánger le sigue una breve estancia en el que, sin duda, fue para él un paraíso: Aranjuez: “Poco más tarde ya viví conscientemente otras fronteras cuando un cambio de residencia familiar me llevó, en edad todavía adolescente, a habitar en Aranjuez. El Real Sitio fue decisivo para orientar mi vida y por eso ha permanecido siempre en mi corazón, a pesar de alejamientos geográficos. Allí, a mis catorce años, empecé a sentir doblemente la magia de lo fronterizo, porque en Aranjuez existe una frontera temporal, entre el siglo XVIII de los palacios y el siglo XX de la villa, a la vez que otra frontera espacial separando el mundo mítico del cotidiano. En este último transitan las gentes por calles y plazas, mientras que en aquél habitan los dioses de mármol, franqueando las avenidas o alzándose sobre fuentes o pedestales en las glorietas. La frontera entre ambos espacios era y es muy visible, formada por las grandes puertas cortesanas, entre jambas de piedra de Colmenar, o las larguísimas verjas de los jardines. En uno de éstos, el del Rey, la mitología se hacía aún más patente por el foso circundante, cuyas aguas tomadas del caudaloso Tajo venían a reproducir aquel río Océano que, según los griegos, envolvía el orbe.

Algunos muchachos teníamos el privilegio de poder penetrar bajo las frondas de los árboles centenarios y de quedarnos a solas frente a los dioses, 12viendo cruzar el sendero a un faisán macho con el arco iris de su larga cola, sintiendo la presencia de invisibles sombras y escuchando inaudibles voces que aún me siguen acompañando. La última de mis viviendas en Aranjuez tenía ventanas al Jardín del Príncipe, del que sólo me separaba la arbolada calle de la Reina, y de noche, en el verano, me gustaba acercarme a la alta verja y permanecer largo rato con la cara entre dos barrotes que mis manos aferraban. El mundo mítico se me mostraba entonces más verdadero que nunca, con sus fragancias, rumores, voces de aves, crujidos de hojas caídas como rumor de pasos furtivos y ecos de misteriosas profundidades, A veces la claridad lunar encendía aquel mundo del tal manera, haciéndolo a la vez cristalino y fantasmal, que cuando regresaba a mi casa me llevaba a mis sueños un tesoro de fantasías. Fue en mis últimos tiempos de Aranjuez cuando ya empecé a imaginarme escritor, sin duda al impulso de tales vivencias y, para acabar expresando lo que aquella doble frontera significó para mí, me limitaré a decir que ya hacia 1950 empecé a situar en el Real Sitio una novela, aunque sólo hace un año he podido decidirme, venciendo mi respeto por aquel lugar mágico, a trabajar definitivamente en ella. Entonces ignoraba que me estaba empezando a poseer ya la adicción a lo fronterizo. Lo barrunté poco después, cuando mi primer destino en una aduana me convirtió en habitante de una frontera. Y poco más tarde, ¡qué horrenda frontera, en el tiempo y el espacio, en las ideas y en la conducta, fue la mal llamada guerra civil! Salimos de ella con el país erizado de muros con cristales rotos en lo alto. Desde entonces he detectado fronteras por todas partes, aunque muchas no reciban ese nombre”

10La guerra civil le pilla con diecinueve años. Es movilizado por el ejército republicano y combate en un batallón anarquista. Allí se da cuenta de que los anarquistas no eran los fundamentalistas analfabetos y violentos de los que su familia le había hablado. Los avatares de la guerra hacen que también tenga que combatir en el bando de los sublevados. Tampoco tarda en darse cuenta de que aquellos no son los suyos.
Acabada la guerra obtiene la plaza de funcionario de aduanas. Tras un breve paso por Melilla pide plaza en Madrid, adonde se traslada. En 1944 se casa con Isabel Pellicer. Son tiempos en los que trabaja mientras estudia la carrera de económicas, de la que se licencia con Premio extraordinario, en 1947. Es nombrado profesor encargado en la Universidad. Un año después entra a trabajar en el Banco Exterior y escribe su primera obra de teatro: “La paloma de cartón”

En 1955 se convierte en catedrático de Estructura Económica por la Complutense de Madrid. Compagina las clases, donde se siente feliz en contacto 20con los jóvenes, con el trabajo en el banco, del que llegará a ser Subdirector General. No debió ser fácil para un hombre de su sensibilidad, creatividad y talento, trabajar en un banco donde no son esas, precisamente, las virtudes que más se valoran. Quizá por eso cada día se levanta de madrugada para escribir novelas, unas novelas que no verían la luz hasta décadas después. Cuando le alcanzó la fama como escritor Sampedro llevaba más de cuarenta años escribiendo cada día en el silencio de su casa. Y siempre lo hizo igual: sentado en un sillón escribiendo a mano sobre una tabla que apoyaba en sus rodillas. Esa imagen es la viva imagen de un náufrago apegado a su tabla de salvación en el proceloso mar de la monotonía del mundo bancario.

Sé, por experiencia, que ser escritor no es algo que esté muy bien visto en los 4ambientes bancarios y empresariales. Recuerdo con horror la época en la que trabajaba en la banca. En las interminables comidas de “negocios” con clientes los temas de conversación eran, inevitablemente, siempre los mismos: política, si eras políticamente correcto; economía, para echar la culpa de la falta de competitividad a los trabajadores y sindicatos y a la falta de decisión de los políticos para liberalizar el mercado; deportes, del Barça si estabas en Barcelona, o del Madrid si estabas en Madrid; y cine, tan solo para elogiar la última de James Bond o de la guerra de las galaxias. Una vez se me ocurrió sacar el tema de la literatura. Jamás debí hacerlo. Se hizo un silencio absoluto, y mencionar que soy un amante de la poesía y que he publicado algún pequeño poemario hizo que todos, colegas y clientes, me mirasen espantados y escandalizados. Tiempo después me despidieron de aquel banco sin darme ningún motivo. Eso es algo natural ya que para los bancos los empleados no son personas, sino “recursos”, recursos de usar y tirar. Aun así siempre he sospechado que mi afición por la poesía pudo tener algo que ver con aquella decisión que acabó con mis huesos en el paro. La única forma que encontré para sobrevivir en aquel entorno tan ajeno y hostil a mí fue la literatura. La mayor parte de las novelas que he escrito pertenecen a esa época. Por eso entiendo perfectamente que Sampedro se aferrase durante cuarenta años a esa tabla de salvación que es escribir, algo que para él, realmente era vivir.

18El mundo universitario sí era el mundo en el que se sentía más a gusto. El contacto con el saber, con la docencia y con los jóvenes siempre le apasionaron. Cuando el régimen franquista destituyó a catedráticos como Aranguren o Tierno Galván, Sampedro se hizo profesor visitante de algunas universidades europeas y norteamericanas. Es en esos años cuando, con otros profesores, crea el Centro de Estudios e Investigaciones (CEISA), que sería cerrado por el Gobierno tres años después de su creación.

El éxito literario le llega a mediados de los ochenta, cuando él tiene ya setenta años, con novelas como “Octubre, Octubre” o “La sonrisa etrusca”, y la reedición de novelas escritas décadas antes (“El río que nos lleva”, “Congreso de Estocolmo”, etc.) La vida a veces es cruel y hace coincidir ese éxito con la muerte de Isabel, su mujer. Jubilado ya del banco, puede dedicarse por entero a la literatura en los que serán años muy prolíficos para él.
19Sampedro fue un humanista, un ser preocupado por su entorno y ocupado en intentar mejorarlo. Siempre se consideró como parte del mundo que le había tocado vivir, y jamás dejó de luchar para intentar mejorarlo. Fue una de las conciencias más lúcidas de su tiempo, una conciencia desde la que nos alertaba de los peligros que nos acechan, como la manipulación de las masas, la inutilidad de la libertad de expresión si no existe libertad de pensamiento, una libertad de pensamiento imposible sin acceso a la educación y a la cultura, una libertad de pensamiento que nos permite tener opinión propia frente a lo que ocurre a nuestro alrededor, que nos da la posibilidad de ser verdaderamente libres. Su carácter abierto junto a su vocación y formación humanista hicieron de él un hombre profundamente espiritual, que no religioso, y un hombre libre, por encima de todo libre.

Su formación de economista le permitió vislumbrar con total claridad que el sistema capitalista que rige nuestro mundo había entrado en una decadencia irreversible porque había antepuesto el egoísmo, la especulación y el afán de beneficio a todo lo demás. Un proceso que ha llevado a las consecuencias que todos estamos padeciendo hoy. Así, ya en el célebre discurso “En la frontera” que leyó cuando ingresó en la Academia Española de la Lengua, en 1991, decía:

“Lo esencial del capitalismo no está en que utilice el mercado mucho más que el plan. Lo fundamental es su creencia de que, gracias a la competencia 9privada, cuanto más egoístamente se comporte cada individuo, tanto más contribuirá al progreso colectivo. Por tanto, es deseable que cada uno aumente al máximo su beneficio a costa de quien sea y a partir de esa creencia se pasa insensiblemente a pensar también que en la vida sólo importa lo que produce ganancia monetaria. Así se desprestigian todas las actitudes cuyos móviles no sean los económicos; es decir, lo que no se cotiza en el mercado no tiene valor. «Cualquier necio», escribió Machado, «confunde valor y precio». Hablando en general, nuestra civilización padece esa necedad. Y si en el siglo XVIII, en que nació esa doctrina, la práctica religiosa podía paliar los excesos del sistema, en estos tiempos secularizados los valores no económicos pasan a segundo plano y el texto sagrado es el Evangelio según San Lucro. En el altar mayor son adorados el Becerro de Oro y su pareja la Técnica, santa madre de la productividad multiplicadora de los beneficios, de la que se espera la solución de todos los problemas. Los capitalistas y sus técnicos cuidan de ese altar, controlando los medios de producción y repitiéndonos a los fieles —reducidos a meros productores/consumidores— que lo que no vale dinero no merece la pena”

Para él los economistas se dividían en dos grupos: los que querían hacer más ricos a los ricos y los que querían hacer menos pobres a los pobres. 5Siempre tomó partido por los perdedores, por los ninguneados, por los nadies de la historia: “No es propio de esta ocasión intentar una respuesta y paso por ello al segundo ejemplo de frontera mundial, menos definida pero más real y profunda. Me refiero a la existente entre el norte y el sur; es decir, entre el «centro» y la «periferia», denominaciones éstas popularizadas desde hace tres o cuatro décadas para designar, entre economistas, a los países ricos y pobres respectivamente. Es una frontera cruel, es el permanente foso entre los que derrochan y los que no tienen, entre los dueños del poder y los sometidos a él. Un foso que además se ahonda cada año, pues pese a las ayudas organizadas y los sucesivos Decenios para el Desarrollo de las Naciones Unidas, en la pasada década muchos países han retrocedido en vez de progresar.

Cuando, hace casi treinta años, se convocó una magna conferencia internacional para tratar el problema del subdesarrollo en el sur, los economistas de 16la periferia pusieron en evidencia que la actual situación del escenario mundial, enteramente dominado en los mercados y en las finanzas por los países ricos, impedía al sur progresar siguiendo la mismas vías trazadas por las grandes potencias europeas en el siglo XIX, cuando colonizaban el planeta sin ningún rival de su talla. Sordos al argumento, aunque esa situación esté a la vista, los expertos del norte y los organismos internacionales siguen recomendando las recetas de antaño, recordándoselas a sus interlocutores del sur con la misma sonrisa de superioridad, entre el desdén y la tolerancia, con que se habla a los niños o a los ignorantes. Incluso prometieron al sur un Nuevo Orden Económico Internacional que no llegó a nacer ni hubiera podido ser nuevo, porque tales promesas quedan sin cumplir cuando han de llevarlas a cabo quienes se están aprovechando del viejo orden, como le ocurre al norte. Visto desde mi frontera, el resultado es hoy un mundo con medios técnicos suficientes para alimentar a todos, pero en cuya mitad sur persiste injustamente el hambre. Es decir, un mundo viciado en el que presumir de racionalidad económica es un sarcasmo, porque las recetas económicas impuestas desde el norte están desfasadas respecto del mundo actual y perjudican a la periferia en beneficio del centro”

En cuanto a su percepción del mundo y del tiempo que le tocó vivir, la lucidez y sencillez de su análisis y la facilidad con la que expone lo que piensa, 21hacen de él un ser irrepetible: “Muy colmado de ciencia está Occidente, pero muy pobre de sabiduría. Es decir, del arte de vivir, más abarcante que la ciencia porque, contando con ella, incluye además el misterio. Ahora no se procura alcanzar la iluminación, sino sentir el latigazo del deslumbramiento. Se busca el estrépito, lo aparatoso, los focos publicitarios; no el silencio, lo auténtico, ni el resplandor tranquilo de la lámpara. Un símbolo de nuestro tiempo es preferir la ducha, rápida, ruidosa y acribillante, en vez de envolverse voluptuosamente en la líquida seda del baño, lento y sosegado. Los países de la periferia conservan, aun en su atraso técnico, más sabiduría y eso es una esperanza para todos, porque cada día es más urgente compensar el desajuste esencial de esta civilización: el de tener muchos medios sin saber ponerlos al servicio de la vida”

Consideraba que la banalización del mundo, la superficialidad con la que vivimos nuestras vidas, había desacralizado los valores que realmente 14importan, como el amor. Y si el amor ha sido desacralizado en nuestra sociedad, “¿cómo no se va a desacralizar la muerte?” solía repetir una y otra vez. Para él la muerte formaba parte de la vida. No porque creyera en otra vida más allá de esta, eso no le preocupaba lo más mínimo, sino porque es la presencia de la muerte la que nos hace sentirnos vivos, es la posibilidad de la muerte la que hace que cada instante, que cada segundo, merezca ser vivido intensamente. La vida, para él, siempre fue ese río que nos lleva, somos esos gancheros que magistralmente describía bajando los pesados troncos por el Tajo, ocupados en nuestras penas, en nuestros sueños, en nuestros amores y desamores mientras, irremisiblemente, vamos bajando corriente abajo, dejando atrás paisajes, pueblos, querencias o familias. Y la muerte, para Sampedro, era ese inmenso, bello y libre mar al que todos los ríos, suave e inexorablemente, van a dar: “A primera vista parece no haber frontera más evidente sobre el planeta, pues en las aguas el hombre perece, sin aire para su vida. Finis terrae se ha llamado más de una vez a esa frontera, como si fuera un límite. Pero a mí, frente al océano, los ojos y el pensamiento se iban a la lejanía, sobrepasando la orilla. El mar es como la dulce llama de la chimenea: nos lleva a un más allá, nos sorbe la imaginación, se disfraza de figuras y sugerencias. Como en nuestra divisa columnaria, un Plus Ultra planeaba sobre mis contemplaciones y así como la brisa marina penetraba en la tierra adentro, así también mi ánimo trascendía la bien recortada línea de la orilla, frontera pero no límite. El mar no era confín ni barrera sino la más ancha de las aperturas a la libertad”

No había tristeza o miedo en Sampedro cuando hablaba de una muerte que sentía tan próxima. Sabía que pronto dejaría de ser río para convertirse en mar, y también sabía que jamás dejaría de ser agua.

Fueron su sencillez, su humildad, la libertad y profundidad de su pensamiento, su coherencia, su inquebrantable compromiso las que hicieron que fuera 25un referente para todos. Eso es lo que hizo que los jóvenes creyeran en él cuando, con su voz cálida y pausada, les decía ¡Indignaos! Movimientos como el 15M fueron para él un símbolo de esperanza, esperanza en ese nuevo mundo regido por valores como libertad, igualdad y fraternidad que vendrá, y él fue para el 15M y todos los movimientos que luchan por la justicia social un estandarte capaz de unir la disparidad, de acercar a los opuestos y de hacerlos caminar a todos juntos en el camino que nos lleva a ser seres humanos. Nunca fue amigo del boato y los oropeles. Huyó de protagonismos y homenajes, aunque muchas veces no pudiera evitarlos. Recuerdo como si fuera hoy cuando, hace unos años, en un concierto en el Liceo de Barcelona, el público le reconoció sentado en un palco y se puso en pie para aplaudirle en una ovación que se prolongó durante minutos. El, fatigado y emocionado, se puso en pie para agradecer aquella muestra espontánea de cariño pidiendo que dejasen de aplaudirle. No lo consiguió. Todos seguimos aplaudiendo porque necesitábamos agradecerle todo lo que había hecho por nosotros y demostrarle lo mucho que le necesitábamos. El domingo pasado se fue, su río llegó al mar. Nos enteramos dos días después. Había pedido a Olga, la que fue su mujer e inseparable compañera durante sus últimos años, que su muerte no se hiciera pública hasta que hubieran incinerado su cuerpo. Se fue en silencio, sin homenajes, como había vivido. Nos ha dejado la palabra, la palabra y la mejor lección que un maestro puede dar a un alumno: enseñarnos a ser libres.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/esta-es-mi-tierra/esta-tierra-rio-lleva-jose-luis-sampedro/1756731/

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15M, amor, Compromiso, dignidad, economía, fin del capitalismo, Jose Luis Sampedro, Libertad, literatura, Muerte, Pensamiento
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Kavafis, el susurro de Ítaca

11 marzo, 2012

Ignorado por los más en vida, Konstantinos Kavafis es considerado hoy uno de los poetas más importantes del siglo XX. Nacido en 1863 en Alejandría (Egipto), de familia griega, vivió marcado por su, no solo no escondida sino, manifiesta homosexualidad y por su profundo amor a la belleza. Su poesía ha influido en poetas como Cernuda y Gil de Biedma, y en novelistas como Lawrence Durrell o J.M. Coetzee. Cinco son los pilares sobre los que se asienta su obra: el viaje, como metáfora de la vida, el paso del tiempo, el erotismo, la Historia y la ciudad, una Alejandría que, como personaje omnipresente en su poesía, jamás abandonó. Hijo de un comerciante griego acaudalado, que vio la oportunidad de negocio que la apertura del canal de Suez presentaba, y de una noble griega de fuerte carácter, que se casó con él a los catorce años, Kavafis pasó su infancia en su Alejandría natal. Su padre murió cuando él tenía solo siete años. Los problemas económicos que empezaron a acechar a la familia les obligaron a emigrar a Inglaterra, donde Kavafis pasó su adolescencia aprendiendo inglés y conociendo a fondo la cultura británica. Volvieron a Alejandría estando ya arruinados, una ruina que acompañaría al poeta durante toda su vida. En 1882, las revueltas políticas que propiciaron la presencia inglesa en Egipto durante treinta años hicieron que huyeran a Estambul, donde vivieron durante tres años, tras los que Kavafis regresó a Alejandría para no abandonarla ya nunca más.

Uno de los poemas más conocidos de Kavafis, es, sin duda, Ítaca. Inspirado en el viaje de regreso a casa de Ulises, es una invitación al viaje, una metáfora de la vida en la que, paso a paso, vamos recorriendo las diferentes etapas de nuestro caminar rumbo a esa Ítaca que nos espera al final del viaje. Como en la vida, lo importante no es adónde nos dirigimos, sino lo que vivimos en nuestro viaje, en nuestro aquí y nuestro ahora. Como en la vida, los peligros que encontraremos en ese viaje no son más que los que nosotros mismos llevamos dentro y, como en la vida, la belleza de lo que veamos y vivamos no será más que lo que nosotros nos hayamos atrevido a dar, a compartir. Es uno de los poemas más bellos que se han escrito jamás. Refleja una profunda sabiduría, la sabiduría de un poeta que, sin necesidad de abandonar su ciudad natal, ha sido capaz de realizar todos los viajes. Son muchos los que han cantado este poema, muchos los que lo han recitado, y muchos más los que hemos aprendido a vivirlo. Es un océano de belleza sea cual sea la lengua en que se escuche. He optado por elegir, en el siguiente video, una versión en el griego original que es capaz de hacernos sentir el suave fluir de las olas del mar, el olor a sal y a vida, el inconfundible sabor de la aventura de saberse vivo… Aquí tienes su traducción:
“Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca
ruega que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
A los Lestrigones, a los Cíclopes
o al fiero Poseidón, nunca temas.
No encontrarás trabas en el camino
si se mantiene elevado tu pensamiento y es exquisita
la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los Lestrigones, ni a los Cíclopes,
ni al feroz Poseidón has de encontrar,
si no los llevas dentro del corazón,
si no los pone ante ti tu corazón.
Ruega que sea largo el camino.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que – ¡con qué placer! ¡con qué alegría! -
entres en puertos nunca antes vistos.
Detente en los mercados fenicios
para comprar finas mercancías,
madreperla y coral, ámbar y ébano,
y voluptuosos perfumes de todo tipo,
tantos perfumes voluptuosos como puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
para que aprendas y aprendas de los sabios.
Siempre en la mente has de tener a Ítaca.
Llegar allá es tu destino.
Pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que ya viejo llegues a la isla,
rico de todo lo que hayas guardado en el camino
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.
Ítaca te ha dado el bello viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
No tiene otra cosa que darte ya.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado,
sabio como te has vuelto con tantas experiencias,
habrás comprendido lo que significan las Ítacas”

La Historia, real y documentada a veces, imaginada o soñada las más, es otro de los temas recurrentes en la poesía de Kavafis. No dejó mucha obra, solo ciento cincuenta y cuatro poemas breves, ya que era un perfeccionista exquisito que podía corregir un poema durante diez años antes de darlo por finalizado. De hecho jamás publicó un libro con sus poemas, sino que él mismo editaba pequeñas selecciones de los poemas que prefería para regalárselos a sus amigos. Hombre de profundas nostalgias y añoranzas de los tiempos que ya fueron, supo aprender a ver siempre la parte positiva de las cosas. Para él no ser un autor de éxito, un poeta reconocido, y estar siempre sin un duro, le permitía ser libre, no ser esclavo de sus lectores: “Pero al lado de todo lo desagradable y hostil de la situación, cada día peor, déjeme anotar – como una muestra de alivio de nuestras miserias- una ventaja. La ventaja es la independencia intelectual que se garantiza. Cuando un escritor sabe bien que unos pocos ejemplares serán vendidos, gana en independencia para su trabajo creador. El escritor que tiene la seguridad, o al menos la posibilidad, de vender toda su edición, y quizás futuras ediciones, no pocas veces es influenciado por las futuras ventas. Casi sin saberlo, sin pensarlo, habrá circunstancias cuando, conociendo lo que el público piensa, lo que le gusta y compraría, hará algunos pequeños sacrificios, escribirá esta frase un poco diferente, dejará fuera aquello. Y no hay nada más destructivo para el arte, tiemblo sólo con pensarlo, que una frase debe ser cambiada, que haya que omitir algo…”
Como decía, la Historia es uno de sus temas preferidos. Pero tratándose de Kavafis no podíamos esperar que los personajes que eligiera de la Historia fuesen los grandes, los universalmente conocidos, ni sus momentos más gloriosos. Sin poderlo, o quererlo evitar, su poesía siempre trata de los pequeños momentos, de los personajes poco documentados que solo tienen unas pocas líneas en los libros de Historia. Son personajes y situaciones con los que Kavafis se siente más identificado, más cercano, más comprendido. Son personajes que le permiten crearlos a su imagen, soñarlos e imaginarlos como fueron, o como a él le hubiera gustado que hubiesen sido. Uno de sus poemas “históricos” más conocidos es “Esperando a los bárbaros”, una joya que nos habla de la decadencia, de nuestra decadencia, de esa decadencia que escondemos culpabilizando a los demás de nuestra inacción, de nuestro desencanto, de nuestra parálisis, de nuestra muerte en vida. He tenido la fortuna de encontrar el audio de la versión recitada por uno de los más grandes contadores de historias de la humanidad: el inigualable Vittorio Gassman:

“-¿Qué esperamos reunidos en el ágora?
Es que los bárbaros van a llegar hoy.
-¿Por qué en el Senado tal inactividad?
¿Por qué los Senadores están sin legislar?
Porque los bárbaros llegarán hoy.
¿Qué leyes van a hacer ya los Senadores?
Los bárbaros cuando lleguen legislarán.
– ¿Por qué nuestro emperador se levantó tan de mañana, y está
sentado en la puerta mayor de la ciudad sobre el trono, solemne,
portando la corona?
Porque los bárbaros llegarán hoy.
Y el emperador espera recibir
a su jefe. Y más aún ha preparado
un pergamino para dárselo. Allí
le escribió muchos títulos y nombres.
-¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores salieron
hoy con sus togas púrpuras, bordadas;
por qué se pusieron brazaletes con tantas amatistas,
y anillos con magnificas, brillantes esmeraldas;
por qué toman hoy día valiosísimos bastones
en plata y oro espléndidamente labrados?
Porque los bárbaros llegarán hoy
y tales cosas deslumbran a los bárbaros.
-¿Por qué tampoco los valiosos oradores acuden como siempre
a pronunciar sus discursos, a decir sus cosas?
Porque los bárbaros llegarán hoy,
y los aburren las elocuencias y las arengas.
-¿Por qué comenzó de improviso esta inquietud
y confusión? (Los rostros qué serios que se han puesto.)
¿Por qué rápidamente se vacían las calles y las plazas
y todos regresan a sus casas pensativos?
Porque anocheció y los bárbaros no llegaron.
Y unos vinieron desde las fronteras
y dijeron que bárbaros ya no existen.
Y ahora qué será de nosotros sin bárbaros.
Esos hombres eran una cierta solución”

Kavafis se sabía incomprendido y se sentía extraño en una sociedad que no entendía, y que no le entendía. A sus pinitos como periodista le siguió un aburrido trabajo administrativo durante más de treinta años en el Ministerio de Riego egipcio. Un trabajo tan frustrante y anodino como aquel no podía saciar su ansia de vida y de libertad, pero le permitía sobrevivir a duras penas y, sobre todo, le dejaba libres las tardes y las noches para perderse intentando encontrarse a sí mismo, algo que hizo durante toda su vida. De carácter profundamente tímido y reservado, no contaba con muchos amigos. Hasta la muerte de su madre, solía utilizar a alguno de ellos como vigilante para que le avisara si su madre venía a buscarle cuando, entrada ya la noche, se dejaba caer por los burdeles bisexuales donde, a falta de amor, se extasiaba gozando del sexo y la belleza. Pero Kavafis, lejos de ser la Catherine Deneuve de “Belle de jour” (aquella burguesa “felizmente” casada con un médico que saciaba su apetito sexual ejerciendo como prostituta por las tardes), aunque vivía diferentes vidas por la mañana y durante el resto del día, no escondía su condición de homosexual ni su pasión por la belleza, explícitamente reflejados en muchos de sus poemas. En esos poemas, Kavafis recrea, más que recuerdos, la ardiente nostalgia de las pasiones y los deseos no vividos.

Esa terrible sensación de saberse un extraño, de no pertenecer a nada ni a nadie, queda patente en muchos de sus poemas, como en este maravilloso “Lo oculto”, de 1908

“Por cuanto hice y por cuanto dije
que no traten de encontrar quién era yo.
Un obstáculo se alzaba y transformaba
mis acciones y mi modo de vivir.
Un obstáculo se alzaba y me detenía
muchas veces cuando iba a hablar.
Mis acciones más inobservadas
y mis escritos más ocultos
-sólo por allí me entenderán.
Mas acaso no vale la pena gastar
tanta atención y tanto esfuerzo para conocerme.
Más tarde -en la sociedad más perfecta-
algún otro, hecho como yo,
ciertamente surgirá y actuará libremente”

O en este desgarrado poema, “Murallas”, que expresa como pocos la sensación del aislamiento y la soledad existencial de nuestra sociedad:

“Sin consideración, sin piedad, sin recato
grandes y altas murallas en torno mío construyeron.
Y ahora estoy aquí y me desespero.
Otra cosa no pienso: mi espíritu devora este destino;
porque afuera muchas cosas tenía yo que hacer.
Ah cuando los muros construían cómo no estuve atento.
Pero nunca escuché ruido ni rumor de constructores.
Imperceptiblemente fuera del mundo me encerraron”

Como ese profundo erotismo que irradia toda su poesía, presente en muchos de sus poemas, como en este “Una noche”

“El cuarto era pobre y vulgar,
oculto en los altos de una taberna equívoca.
Desde la ventana se veía la calleja,
sucia y estrecha. Desde abajo
llegaban las voces de algunos obreros
que jugaban a las cartas y que se divertían.
Y allí en la cama humilde, ordinaria,
poseí el cuerpo del amor, poseí los labios
voluptuosos y rojos de la embriaguez -
rojos de tal embriaguez, que también ahora
cuando escribo, ¡después de tantos años!,
en mi casa solitaria, me embriago nuevamente”

Quizá uno de sus poemas eróticos más famosos sea “Vuelve”. Aquí lo tienes, en italiano, en la impresionante voz y forma de decir de Marcello Sacerdote:

“Vuelve otra vez y tómame,
amada sensación retorna y tómame -
cuando la memoria del cuerpo se despierta,
y un antiguo deseo atraviesa la sangre;
cuando los labios y la piel recuerdan,
cuando las manos sienten que aún te tocan.
Vuelve otra vez y tómame en la noche,
cuando los labios y la piel recuerdan….”

Pocos como Kavafis han sabido reflejar el inexorable paso del tiempo. Son muchos los poemas que ahondan en esta visión tan cavafiana (el de “Un anciano” que puedes escuchar versionado por Lluís Llach en la entrada que le dediqué recientemente es uno de los más bellos que se han escrito). En este “Muy raramente” podemos intuir, casi ver, al Kavafis mayor regresando a casa ya de madrugada a vivir de nuevo en sus escritos:

“Es un anciano. Agotado y giboso,
estragado por los años, y por intemperancias,
con paso lento atraviesa la calleja.
Y sin embargo, cuando entra a su casa para ocultar
su ruina y su vejez, considera
la parte que él aún posee en la juventud.
Adolescentes ahora los versos suyos recitan.
Por los vivaces ojos de éstos pasan las visiones suyas.
Sus espíritus sanos, voluptuosos,
sus cuerpos armoniosos, firmes,
se conmueven con su propia expresión de la Belleza”

O en esta verdadera joya que es “Voces”

“Voces ideales y amadas
de aquellos que murieron, o de aquellos que han
desaparecido para nosotros como los muertos.
A veces hablan en nuestros sueños;
a veces las escucha nuestro espíritu en el pensamiento.
Y con su rumor por un instante retornan
ecos de la primera poesía de la vida nuestra -
como una música, en la noche, lejana, que se apaga”

He dejado para el final el tema de la ciudad, esa ciudad que tanto marcó a Kavafis y a su poesía. Su ciudad es Alejandría, esa Al-Iskandariyah que llegó a tener la mayor biblioteca del mundo, cuatro mil palacios, cuatro mil baños, doce mil comerciantes en aceite, doce mil jardineros, cuatrocientos teatros y sitios de diversión… y que, cuando nació Kavafis, no era más que una decadente ciudad de veraneo para los cairotas poblada por apenas ciento cincuenta mil personas. A esta ciudad, a su decadencia, al crimen que el paso del tiempo cometió con sus piedras y sus gentes, es a la que Kavafis dedica la mayor parte de su obra. A veces, pocas, nos habla con nostalgia de su glorioso tiempo pasado, de su grandeza perdida. Casi siempre nos trae esa otra Alejandría, esa Alejandría de sucios callejones, de cafés y burdeles, de chaperos y de adolescentes anónimos que creen que su belleza durará siempre… Alejandría es el destino, el inexorable destino que nos espera a todos al final del camino, o agazapado tras cualquier recodo dispuesto a terminar con nuestro viaje. Refiriéndose al barrio de mala muerte de Alejandría en el que vivía, Kavafis solía decir que ese barrio era el espíritu y que fuera estaba el cuerpo.

Esta visión de Alejandría como algo eterno que nos verá pasar a unos y a otros, y que seguirá viva cuando hayamos muerto, es abordada en el poema “Que el dios abandonaba a Antonio” que le dedica a la muerte sin gloria de Marco Antonio, un hombre que todo lo tuvo… y que todo lo perdió:

”Cuando de repente, a medianoche, se escuche
pasar una comparsa invisible
con músicas maravillosas, con vocerío -
tu suerte que ya declina, tus obras
que fracasaron, los planes de tu vida
que resultaron todos ilusiones, no llores inútilmente.
Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
di adiós a Alejandría que se aleja.
Sobre todo no te engañes, no digas que fue un
sueño, que se engañó tu oído:
no aceptes tales vanas esperanzas.
Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
como te corresponde a ti que de tal ciudad fuiste digno,
acércate resueltamente a la ventana,
y escucha con emoción, mas no
con los ruegos y lamentos de los cobardes,
como último placer los sones,
los maravillosos instrumentos del cortejo misterioso,
y dile adiós, a la Alejandría que pierdes”

Kavafis no idealiza Alejandría, simplemente la admite y la ama como es, con sus virtudes y con sus defectos, unos defectos que eran graves para una persona como él: “Ya me he acostumbrado a Alejandría, y es verdad que, aunque fuese rico, aquí me quedaría. A pesar de esto, cómo me disgusta esta ciudad. Qué problemática, qué carga son las ciudades pequeñas, cuánta falta de libertad. Aquí me quedaré (otra vez no estoy tan seguro de lo que quiero) porque es como mi país natal, porque está ligada a mis recuerdos. Pero cómo un hombre como yo – tan distinto- necesita una gran ciudad. Londres, digamos. Cuando llegan las frías horas de la noche, pasa continuamente por mi mente…”

Pero, hombre sensible y sabio como era, Kavafis sabe que somos nosotros quienes marcamos el destino que elegimos para nuestras vidas, que vivamos donde vivamos, será lo que llevemos dentro lo que nos empujará hacia la felicidad o nos someterá al más terrible de los sufrimientos: la anodina y vacía existencia de quienes viven sus vidas como una simple espera de la muerte. Eso es lo que nos plantea en otro de sus más célebres poemas, La ciudad, recitado aquí en el griego original, un despiadado alegato contra todos los que no se han atrevido a vivir sus vidas, todas sus vidas, hecho por un hombre que, por encima de todo, amó la belleza: “Contemplé tanto la belleza, que mi vista le pertenece”

 

“Dices “Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí”.
No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques
-no hay-,
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra”

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“Libertad”

13 noviembre, 2011

¿Somos realmente libres?, ¿Qué entendemos por libertad?, ¿Qué es la libertad? Eso de poder hacer lo que quieras mientras no molestes a otro suena muy bien, pero ¿somos realmente libres para poder hacer lo que queremos? ¿Hasta qué punto el no querer defraudar, hacer daño o simplemente querer epatar a los demás condiciona nuestras decisiones? ¿Hasta qué punto la genética, la educación recibida, la religión, el entorno familiar, el social, el cultural, el político, el económico o el laboral condicionan nuestra libertad? ¿Somos realmente libres en un mundo en el que a diario nos bombardean con mensajes, amenazas y consignas que pretenden impedirnos pensar y con ello condicionar nuestras decisiones? ¿Es libre nuestro pensamiento, un pensamiento estructurado y desarrollado desde nuestra infancia conforme a unas reglas establecidas que no hemos elegido nosotros? ¿Es la libertad un concepto individual o social? ¿Podemos ser libres viviendo en una sociedad que no lo es, o es la sociedad la que debe ser libre para que podamos vivir felizmente en ella? ¿Podemos ser libres mientras los que nos rodean no lo son? ¿Qué es libertad de expresión en un mundo dominado por unos medios de comunicación concentrados en pocas manos a los que la inmensa mayoría no tenemos acceso para expresar lo que sentimos? ¿Qué clase de libertad es aquella que nos dicen que tenemos en un sistema donde todo está absolutamente controlado, legislado y decidido de antemano por otros? ¿De verdad creemos que somos libres en un mundo regido por bancos y grandes corporaciones multinacionales donde los políticos no son más que tristes títeres a los que nos dejan elegir (y a duras penas) una vez cada cuatro años para que pongan la cara y puedan esconderse tras ellos los que de verdad mueven los hilos que condicionan nuestras vidas? ¿Pueden coexistir libertad y propiedad privada, libertad y Estado? ¿Somos más libres ahora que en cualquier momento pasado de nuestra historia? ¿Cómo ha afectado a nuestra libertad el 11S?

Si quieres, Paradise de Bruce Springsteen puede ser una buena opción para acompañarnos en esta entrada

Estas, y otras muchas, son las preguntas que me he hecho leyendo el libro “Libertad”, de Jonathan Franzen, cuya traducción acaba de aparecer en España. Franzen compagina su labor de escritor con su compromiso con la defensa del medio ambiente y el cuidado de las aves en peligro de extinción. Considera que la relación entre el autor, el texto y el lector debe ser erótica, porque si uno no ama lo que escribe es mejor no escribir. Declara que han sido las escritoras las que le han enseñado a escribir, a meterse a fondo en los temas y las pasiones, a llevar a sus personajes corrientes a situaciones límite. También aborrece la televisión: “Vivimos en una época que margina de modo fulminante a quien se niega a participar en los rituales de la cultura de masas. Si en lugar de pasarse ocho horas pegado al televisor decide uno invertirlas en leer a Joseph Conrad, se tiene la sensación de que nos hemos quedado peligrosamente aislados. La posibilidad de sentirse aislado, verdaderamente abandonado por el resto del mundo, es hoy día mayor que nunca. Las cosas funcionan de tal modo que lo llevan a uno a sentirse así. Pero hay que saber estar solo. Una de las razones por las que muchas veces apago la televisión y cojo un libro es porque la televisión me hace sentirme solo y alienado, mientras que si leo un buen libro me siento acompañado. Me acerca a otra gente que ve y siente el mundo de manera parecida a mí. El hecho de que hoy día la lectura esté amenazada por la cultura de masas hace que me plantee si verdaderamente llevamos una vida que podamos considerar nuestra. Se trata de ser individuos con identidad propia, con una historia que es la nuestra y no una historia producida desde fuera. Ésa es una de las funciones primordiales de la literatura: nos permite no ser masa, sino individuos realizados, en posesión de una historia verdadera, auténtica, decidida por nosotros mismos… Somos las historias que somos capaces de contar y de encarnar” Franzen está considerado como uno de los novelistas más importantes de la narrativa norteamericana actual. No les falta razón a quienes así le consideran.

“Libertad” nos cuenta, a través de la vida de una familia de clase media americana, los Berglund, los cambios que ha vivido la sociedad norteamericana en las dos últimas décadas. A través de Walter, el padre de familia, vemos cómo los ideales de juventud, aquellos ideales utópicos de justicia social y defensa de la ecología que impulsaban su forma de pensar, se van marchitando con el paso del tiempo y de la vida. Poco a poco aquellos valores se van diluyendo en esta sociedad donde todo vale. El engaño, el autoengaño es la defensa tras la que se escuda para no enfrentarse a sí mismo. Y ese deterioro de valores, de convicciones, de ideales, le aparta cada día más de la felicidad. Patty, su esposa, es una mujer marcada por su infancia que vive su juventud centrada en la práctica del deporte hasta que una lesión la aparta definitivamente de él y debe buscar de nuevo su lugar en el mundo, una búsqueda que la acompañará durante toda su vida, una vida en la que deberá aprender que no es lo mismo querer que amar, y que sexo, amor, pasión y cariño no son necesariamente sinónimos. Jessica, la hija, intenta sobrevivir como puede aferrándose a los ideales que perdieron sus padres. Huye de los conflictos, aunque su intento por evitarlos resulte inútil. Joey, el hijo, es el más independiente de la familia. Desde muy niño ha mantenido un duro pulso con sus padres, un pulso que le lleva a abandonar el hogar familiar desde muy joven. Parece empeñado en querer encontrar su lugar en el mundo negando el de sus padres. Y, sobrevolando a todos ellos, nos encontramos con la figura de Richard Katz, el íntimo amigo de Walter, el frustrado amor de Patty, un músico bohemio y mujeriego que, harto y desilusionado del mundo que le rodea, intenta vivir el presente sin que nada más le importe. Todos ven en él a un hombre libre aunque, en realidad, él sabe perfectamente que, a pesar de  vivir contra corriente, en el fondo no lo es. Novela poliédrica, muy en la línea de la gran literatura rusa a la que Franzen tanto admira, nos muestra el deterioro de la sociedad norteamericana a través de la mirada de cada uno de estos cinco personajes. En las páginas del libro nos metemos en la piel de todos ellos, los sentimos, los vivimos, sabemos cómo piensan y cómo sienten, lo que dicen y lo que callan…

El matrimonio Berglund es un matrimonio como otro cualquiera. Pasado el tiempo de la pasión, debe enfrentarse a las dificultades de la vida en común, a la rutina de la vida cotidiana, a los problemas de ese día a día que, tozudos, van haciendo mella en su personalidad y en su relación. Son muchas las cosas que aparecen a lo largo de la novela: los abrazos no dados, los sueños rotos, la incomprensión del otro, el inevitable desengaño que sucede a la idealización que hacemos del otro, la falta de comunicación, las diferentes evoluciones de uno y otro a lo largo del tiempo, la infidelidad, el distanciamiento, la relación con la familia política y con los amigos, la búsqueda de la felicidad, la nostalgia de las vidas no vividas, el alejamiento de los hijos, los enfrentamientos con ellos y con su forma de ver y de querer vivir la vida, el peso de las decisiones, a veces aparentemente intrascendentes, que tomamos cada día, qué pasa con la muerte, con el hecho de envejecer, qué pasa con esa terrible sensación de fracaso que tenemos…

¿Debemos renunciar a nuestros sueños, a nuestros más profundos anhelos, porque nuestros hijos o nuestra pareja nos lo exijan? ¿Esa exigencia, es amor o egoísmo? ¿Qué saben ellos de nosotros, de lo que verdaderamente pensamos y sentimos? ¿Qué sabemos nosotros de ellos? ¿Qué queda de la pareja cuando los hijos se van? ¿Debemos renunciar a un nuevo amor, a un volver a empezar, a una nueva posibilidad de vivir nuestra vida de otra manera, cuando sentimos que nuestro amor se ha acabado y que el proyecto que queríamos construir carece ya de sentido? ¿Debemos luchar por él? ¿Hasta cuándo? ¿Qué es amar? ¿Dar es renunciar? ¿De verdad sabemos amar?

En un mundo cambiante, un mundo radical y cruelmente cambiado por los atentados del 11S y las guerras que propiciaron, un mundo donde valores como solidaridad, generosidad, altruismo o dignidad han ido cediendo irremisiblemente el paso a conceptos como egoísmo, seguridad, aislamiento o violencia, ¿cómo sobrevivir sin renunciar a ser uno mismo? ¿adaptarse a él no es negarnos a nosotros mismos? ¿y hacerlo condicionalmente, tratando de justificarnos ante nuestra conciencia, es suficiente o no es más que un bálsamo para nuestro dolor? ¿Qué queda de nuestros ideales de juventud, aquellos por los que estábamos dispuestos a luchar y a dar la vida? ¿Podemos de verdad ser felices habiéndolos cambiado por una hipoteca?

La relación de pareja no es fácil, nunca lo ha sido. Como dice Bruce Springsteen, la relación entre hombre y mujer, amor y sexo, es difícil, es complicada, pero.. necesaria.  Y, ¿cómo crearla y mantenerla en una sociedad orientada a la lucha fraticida del todo vale, a las prisas y la constante falta de tiempo,  a la descarnizada competición por llegar a lo más alto? Mientras sigamos inmersos en esa lucha difícilmente lo podremos conseguir. Y, hasta que llegue el día en que la superemos, se avecinan fríos días de tormenta: ¿qué trabajo es más importante de los de cada miembro de la pareja? ¿El de él? ¿El de ella? En caso de tener que elegir, ¿a cuál de los dos renunciaríamos? ¿Es ético dar prioridad al trabajo de él sobre el de ella, o al de ella sobre el de él? Walter y Patty optan por dar prioridad desde el principio al de uno de los dos y eso marcará las vidas de ambos para siempre.  Y si eso pasa con el trabajo, ¿qué ocurre con aquellas actividades que queremos llevar a cabo para defender nuestros ideales, para intentar hacer de este mundo un mundo mejor? ¿Es justo dedicar nuestro tiempo y nuestra energía a mejorar el mundo robándoselo a nuestra familia? Y, a la inversa, ¿es justo que, pudiendo hacer algo por mejorar este mundo, renunciemos a hacerlo para dedicar nuestra atención a la familia? En una sociedad cambiante, una sociedad en la que todo fluye y lo hace tan rápidamente, esas actividades sociales o solidarias son más necesarias que nunca y no tienen un horario ni un calendario fijo. Sería más fácil decir “dedico tantas horas a la semana a ellas y el resto a la familia”, pero la realidad no es así, ni puede serlo. Y la soledad, la necesidad de estar solos en determinados momentos de nuestras vidas, ¿es un derecho que, acaso, hemos perdido?

Duele, y mucho, oír a un hijo o a tu pareja decirte que no le has dedicado la atención que necesitaba, el tiempo que quería, que no te ha sentido a su lado en sus momentos más difíciles, que tú no estabas allí. Y eso es algo que tanto Walter como Patty tienen que oir más de una vez. Pero también duele, y mucho, mirarte en un espejo y ser consciente de que no has vivido la vida que tú querías, que las responsabilidades, reales o innecesarias, han acabado con todos tus sueños, o que podías haber hecho algo por los demás, por mejorar sus vidas, por solucionar sus problemas, y que no lo has hecho. ¿Ser padre o tener una pareja implica necesariamente renunciar a ser uno mismo? Cuando la elección es ver un partido de fútbol con los amigos o hacer los deberes con tu hijo, no es difícil ver dónde está el amor y dónde el egoísmo, pero cuando se trata de ayudar, aunque sea indirectamente, a víctimas inocentes que están sufriendo y cuyo sufrimiento puedes aliviar, o ir al cine con el hijo, surge el problema. Para ti está claro que debes ayudar a quien más te necesita en ese momento, pero para él, muchas veces, no, porque tiene una visión diferente a la tuya, porque no vive lo que tú vives, porque no sueña lo que tú sueñas, ni piensa lo que tú piensas. Y con la pareja, muchas veces, ocurre exactamente lo mismo, porque no nos conocemos, aunque hayamos convivido durante años, porque no sabemos lo importante que para el otro puede ser una cosa que para nosotros no lo es. ¡Y es tan difícil ponernos de verdad en el lugar del otro y respetar sus decisiones! Casi tanto como aprender que la culpa de nuestros problemas no la tienen siempre los demás y que somos los únicos responsables de nuestras decisiones. Es muy fácil culpar de todo a los demás. Lo verdaderamente difícil es aceptar las consecuencias de nuestras decisiones, responsabilizarnos de ellas y ser consecuentes con nuestros actos.

“Libertad” es también una invitación a la reflexión sobre el paso de la vida, sobre lo que hacemos con ella. De hecho su propia estructura con un constante crescendo recuerda mucho a la de la vida, un crescendo que siempre deja abierta la puerta a la esperanza. Las últimas páginas del libro están llenas de sensibilidad y de sabiduría. Conforme avanza la vida llega un momento en el que por primera vez tienes una sensación que ya no te abandonará nunca: sabes que es algo que se puede acabar en cualquier momento. A partir de entonces empiezas a mirar atrás y a preguntarte qué has hecho con ella. Y lo haces siendo plenamente consciente de que cada cumpleaños que llega no significa que tienes un año más, sino que te queda un año menos. No te entran urgencias, ni angustias vitales, porque aunque el tiempo pasa cada vez más rápido, tu proceso mental es lento, muy lento. Pero sí tienes la sensación de que cuando llegue el momento de la verdad y mires atrás, habrás dejado muchas, demasiadas, cosas por hacer. Tus prioridades cambian. Ya no pretendes cambiar el mundo. Te contentas con intentar que él no te cambie a ti. Sigues sintiendo con la misma fuerza y la misma pasión con la que sentías a los quince. A veces te sientes incluso como cuando los tenías. Pero la vida está llena de espejos que te devuelven a la realidad. Walter y Patty los conocen todos. Peor sería, sin duda, haber perdido la capacidad de apasionarte, de emocionarte, de entusiasmarte por las personas y las cosas. Eso sería haber muerto en vida. Duele mucho ver ahí, juntos, todos los trenes que has perdido en tu vida. Muchos prometían viajes y destinos apasionantes, otros no llevaban a ninguna parte, pero cuando los ves no puedes dejar de pensar en porqué no los cogiste. Puede que, al final, haya sido la vida la que ha elegido por nosotros, o que todas esas pequeñas y grandes decisiones que tomábamos, a veces casi sin darnos cuenta, sean las que nos han llevado a estar donde estamos y a ser como somos. De nada sirve culpabilizarse o arrepentirse. La vida es como un viaje. Hay quienes llegan a la estación y compran el billete para el primer tren que salga, sin importar adónde va; hay quienes se cuelan sin billete en el tren y saltan de uno a otro hasta llegar a su destino; hay quienes llegan con el tiempo justo para coger el tren que quieren, hay quienes se bajan en la primera parada, o quienes duermen durante todo el viaje,  y hay quienes se pasan años planificando y estudiando ese viaje, qué paradas hará, dónde comerán, qué comerán, que visitarán, qué imprevistos podrían encontrar…  En cualquier caso, lo importante no es el tren que hemos cogido, ni porqué lo hemos cogido, ni cómo lo hemos cogido, lo verdaderamente importante es lo que somos capaces de vivir en él. Hay que aprender a disfrutar el momento, a disfrutar de nuestro viaje cada instante que vivimos, y hacerlo aceptándonos como somos, con nuestros defectos e imperfecciones. Aceptarse no es claudicar ni rendirse, sino concentrarnos en jugar las pocas cartas que nos quedan en la partida de la vida y jugarlas lo mejor posible. Es una partida que todos perdemos, porque en ella nadie puede ganar, así son las reglas. Pero es una partida apasionante en la que, si tenemos la audacia de jugar libremente y sin miedo, de jugar abiertamente, podemos obtener tantas satisfacciones como vidas nos hayamos atrevido a vivir. No se trata de ganar la partida, ni siquiera de alargarla. Se trata de disfrutarla intensamente y de hacérsela disfrutar a los demás mientras dure. El resultado de la partida es algo que dependerá de las cartas que nos han tocado, desde luego, pero también de cómo las hayamos jugado. ¿No es exactamente eso mismo lo que pasa con la libertad?

Franzen sabe muy bien de lo que habla en sus libros. Abandonó la universidad para dedicarse a la literatura. Sus dos primeros libros fueron un auténtico fracaso. Pero él siguió escribiendo, jugando su partida. Estuvo a punto de rendirse, pero no lo hizo y decidió jugar sus cartas:  “El amor me motiva más que nada en este mundo. Pasé gran parte de mi juventud luchando con lo que estaba bien o estaba mal, obsesionado con mis prioridades. Ahora que tengo 52 años y soy consciente de mis limitaciones, me encuentro que ayudando a algo tan adorable como un pequeño gorrión soy capaz de cumplir con una de las numerosas causas que exigen nuestro compromiso en este mundo, y ser feliz gracias a ello. Será la edad…” En sus libros nos plantea cuestiones eternas como quiénes somos, adónde vamos, qué se esconde detrás de nuestros sentimientos más profundos, qué nos frena a seguir nuestros impulsos… Él no juzga, no condena, simplemente nos cuestiona nuestras más profundas convicciones, se pregunta por nuestro lugar en el mundo y nos deja una puerta abierta a la esperanza. En sus libros, como en la gran literatura, no hay respuestas, sólo preguntas. Preguntas y esperanza. Es a nosotros, los lectores, a quienes nos corresponde buscar las respuestas, esas respuestas que viven en el viento, en la caricia de una persona amada o, quizá simplemente, en la  fugaz mirada de una persona desconocida…

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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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