Carta a Janis Joplin
10 marzo, 2013
Querida Janis; Ya han pasado unos cuantos, demasiados, años desde que te fuiste. Siento decirte que el mundo no ha ido a mejor, como esperabas. Más bien lo contrario. Tus amigos, tu gente, querían cambiar el mundo y estaban dispuestos a jugarse la vida por ello. Hoy la mayoría simplemente se contenta con llegar a fin de mes, aunque nunca pierdo la esperanza y, de vez en cuando, en los ojos de la gente que sale a protestar, a defender sus derechos y su dignidad, veo aquel rayo de luz que iluminaba tu mirada: la luz de la libertad. Así que, ya ves, muchos seguimos estando en las batallas, en todas las batallas, pero es
que hay tantas… De vez en cuando, de lejos, me llega tu canción, esa forma tan única y tan tuya de cantar el blues, de vivir el blues, porque, cuando cantabas vivías tus canciones, no podías hacerlo de otra manera. Eras un grito de libertad, un grito que no se ha apagado jamás. Tu vida fue breve, te fuiste con 27, como Jim, como Jimi, como James, Kurt, Amy y tantos y tantos otros…pero no te fuiste sin haber
vivido, porque tú viviste todas las vidas. Y fueron muchas. Cada encuentro, cada mirada, cada abrazo es una invitación a vivir una nueva vida, y tú no dejaste escapar ninguna. Siempre viviste todo intensa, muy intensamente: la amistad, el amor, la música… Mucha gente no te entendió. Les diste miedo, asustaste sus férreas y tradicionales conciencias. La libertad asusta. Recuerdo cuando se escandalizaban hablando de tu bisexualidad que, para ti, no era otra cosa que la sexualidad. Nunca escondiste que entre tus amantes hubo más mujeres que hombres, porque esa era tu forma de amar. Lo compartías todo con ellos y con ellas, te entregabas por completo, les dabas un trozo de tu corazón. Solo les ponías una condición: que al amanecer no lo estropearan y te dejaran seguir tu camino. Amabas el amor como pocos los han hecho, pero todavía era más fuerte tu necesidad de libertad.
El tuyo fue el tiempo de la revolución de las flores, de la reivindicación del amor y de la vuelta a las raíces. Vosotros, los
hippies, con vuestras flores y vuestros colores, lo inundasteis todo. Fuisteis un soplo de esperanza en un mundo triste, aburrido, y gris. Vietnam os despertó y os empujó a buscar nuevos caminos. Vuestras melenas, vuestras flores y vuestras músicas salieron a la carretera, a todas las carreteras. Grecia, India, Marruecos o Turquía se llenaron del color de vuestra bandera sin bandera. Atrás quedaron las barras y las estrellas, las cruces y los mástiles, vosotros fuisteis vuestra propia bandera, una bandera de todos los colores que ondeó a todos los vientos.
Te preguntarás qué queda hoy de todo aquello. La verdad es que no mucho, Janis: solo unas imágenes que todavía nos
hacen soñar en que otro mundo, un mundo basado en el amor, la justicia y libertad, aún es posible. Y también nos queda vuestra música, esa música con la que rompisteis todas las fronteras. Siempre me llamó la atención que precisamente vosotros, que propugnabais la vuelta a la naturaleza, fuerais la generación que incorporó la guitarra eléctrica llevándola a alcanzar unas cotas jamás superadas. Quizá lo hicisteis porque entendíais que los adelantos del progreso no tenían que ser necesariamente enemigos de aquella nueva espiritualidad que trajisteis.
La semilla de espiritualidad que plantasteis ha sido, quizá, la mejor herencia que nos habéis dejado. Nos acercasteis al budismo, al hinduismo, a esas otras formas de entender y de vivir la vida que se apartan del comprar y el consumir que todo y a
todos nos domina. Nos ayudasteis a llenar el vacío que impera en nuestra sociedad. Sí, esa, junto a vuestra música y vuestra imagen tan libre, ha sido vuestra herencia. Buscasteis la felicidad. Algunos, como tú, lo hicisteis por un camino duro y peligroso. El caballo, ese siniestro viaje a ninguna parte, se os llevó a muchos por delante. Demasiados. No se lo perdono. ¿Quién te dio aquella última dosis tan pura que no pudiste resistir? Fuisteis muchos los que caísteis aquella semana. Nadie pagó por ello. Solo vosotros, con vuestras vidas y nosotros, todos nosotros, con el terrible vacío de vuestra ausencia.
El amigo Leonard fue uno de tus amantes, como, en cierta medida, lo fuimos todos. Poco después de que te fueras te escribió una canción. Es una canción que habla de aquella noche de amor intenso que pasasteis en el Chelsea Hotel de Nueva York. Durante muchos años empezó todos sus conciertos con tu canción. Aún hoy muchas veces lo sigue haciendo. La vida os unió aquella noche y esa canción es el hijo que no tuvisteis, ese precioso hijo que nos recuerda que nacemos para amar y que vivimos para amar, porque nada hay más importante que el amor.
Tu desgarrada voz me habla de los mundos que pudieron ser, de esos mundos de paz, de amor y libertad que perdimos
por miedo, por cobardía o quizá simplemente porque nunca nos atrevimos a buscarlos. Puede que no lo creas, pero cuando te escucho cantar son muchas las veces que no puedo evitar que las lágrimas empiecen a caer por mis mejillas. Son lágrimas de pena, de rabia infinita porque la muerte se enamorara de ti cuando apenas habías cumplido los 27, pero también son lágrimas de alegría, de la inmensa alegría que me da recordar que hubo personas dispuestas a vivir intensamente la búsqueda de la felicidad y de la libertad. Y son de alegría porque también hoy las veo caminando codo a codo por las calles, en las manifestaciones, en los barrios, en las asambleas, tendiendo su mano abierta a quienes más la necesitan. Otro mundo es posible y ahora, más que nunca, es necesario encontrarlo, y también ahora, más que nunca, lo tenemos muy cerca, al alcance de la mano. Todos los velos han caído, todas las mentiras han quedado al descubierto. Solo falta que nos levantemos y echemos a andar con la cabeza alta y la mirada al frente, con el corazón lleno para compartirlo con el amigo, con la mano vacía para tenderla al enemigo. Esa es mi esperanza, Janis. Ya ves que no cambiamos, que seguimos creyendo en la utopía, que seguimos luchando por lo imposible. Nos han machacado, nos han pisoteado, se han meado encima de nosotros, pero no hemos dejado que nos roben nuestros sueños, esos sueños que pronto harán amanecer el nuevo día.













Releyendo “Un acorde secreto, canciones y poemas”, de Leonard Cohen, he encontrado un escrito maravilloso en el que el propio Cohen nos cuenta cómo debe decirse un poema. Maestro entre todos los maestros, estoy convencido de que sus palabras hallarán un profundo eco en uno de los últimos mundos donde aún vive la poesía: el de la interpretación.
¿Qué quieres transmitir, que amas a las mariposas con más perfección que nadie o que entiendes realmente su naturaleza? La palabra mariposa no es más que un dato. No te da pie a revolotear, elevarte, proteger las flores, simbolizar la belleza y la fragilidad o interpretar de alguna forma a una mariposa. No representes las palabras. No intentes nunca despegar del suelo cuando hables de volar, ni gires la cabeza y cierres los ojos cuando hables de la muerte. No me mires con ojos ardientes cuando hables del amor. Si quieres impresionarme al hablar del amor, métete la mano en el bolsillo o debajo del vestido y acaríciate. Si tu ambición y tu hambre de aplausos te han llevado a hablar del amor, debes aprender a hacerlo sin desacreditarte a ti mismo ni lo que dices…
Deja que el público sienta tu amor por la intimidad, aunque ésta no exista. El poema no es un eslogan. No puede promocionarte. No puede fomentar tu reputación de sensible. No eres un semental. No eres un ladrón de corazones. Tanto gánster del amor y tanta tontería. Eres un estudiante de disciplina. No representes las palabras. Las palabras mueren cuando las representas, se marchitan, y no nos queda más que tu ambición… Si declamas el poema y lo hinchas con nobles intenciones, no eres mejor que esos políticos que tanto desprecias. No haces más que agitar una bandera y llamar patéticamente a la patriotería emocional…
¡Qué mejor que escuchar ahora, cómo dice Cohen, un poema!. Aquí podéis escucharle recitar la letra de una de sus canciones más recientes: “A thousand kisses deep”, que viene a decir:
Te amé cuando te abriste/ como un lirio al calor,/ ya ves, yo sólo soy otro muñeco de nieve,/ bajo el aguanieve y la lluvia,/ que te amó con su amor congelado,/ con su físico de segunda mano,/ con todo lo que es y todo lo que fue/ a mil besos de profundidad.
Aún trabajo con el vino,/ aún bailo mejilla con mejilla,/ la banda toca Auld Lang Syne,/ mi corazón nunca ha sabido retirarse,/ toqué con Diz y canté con Danté,/ nunca tuve su talento,/ pero alguna vez me dejaron tocar/ a mil besos de profundidad.
Por eso, tras más de quince años retirado de los escenarios viviendo en un monasterio zen, ha tenido que salir de nuevo a la carretera. Su representante actual le insistió mucho en que lo hiciera, pero él dudaba porque creía que su música ya no le interesaría a nadie. En la gira que está haciendo va a dar más de doscientos conciertos por todo el mundo en 16 meses… con todas las entradas vendidas. No cabe duda de que Cohen es un ser que se renueva constantemente para llegar a darnos su yo más íntimo, su esencia. Basta con escuchar la maravillosa versión que hace ahora de una de sus primeras canciones, “The Gypsy´s wife”, que compuso a finales de los sesenta.
A Javier suelen pasarle estas cosas. Es un tipo muy especial, la bonhomía en estado puro. Recuerdo que, hace algunos años, tras dar una serie de recitales con María del Mar en Grecia, decidió coger un barquito para que le llevara a una pequeña isla alejada del turismo que hay frente a Naxos, donde quería perderse unos días y estar solo. Javier casi no hablaba inglés ni, por supuesto, griego, pero allá fue con su guitarra al hombro. Al desembarcar en el pequeño puerto, se le acercó un niño que, cogiéndole del pantalón, le arrastró hasta su casa en lo que era un ofrecimiento de alojamiento y comida. Allí nadie hablaba otra cosa que el griego; todo eran sonrisas y grandes reverencias, pero nadie se aclaraba. De repente, el dueño de la casa, un viejo alto, delgado, de profundos ojos oscuros, pelo cano y bigote negro, le indicó con las manos que esperase. Se metió en su habitación y salió con un viejo violín entre las manos. Señaló la guitarra de Javier y empezó a tocar. Javier le siguió. Tocaron juntos durante toda la semana. No necesitaron ni una sola palabra para entenderse. Todavía hoy mantienen una estrecha amistad a través de las cartas que otro de los músicos de siempre de María del Mar, Dimitri Psonis, le traduce al griego.
Estos días Leonard Cohen está visitando nuestro país; su presencia es una invitación para el reencuentro con un ser irrepetible, quizá la última si tenemos en cuenta que ya ha cumplido los setenta y cuatro y que ha tardado quince años en volver a salir de gira. En el doble cd que recoge el concierto que dio en Londres en otoño pasado se puede oír su maravillosa voz profunda saludando a un público entregado e incondicional que le ha sido fiel pese a todos estos años de silencio: “La última vez que subí a un escenario en Londres fue hace catorce o quince años, entonces no era más que un crío de sesenta años con un montón de sueños locos en la cabeza…”
Su profunda relación con la inolvidable Janis Joplin se recoge en la letra de una canción con la que Cohen inició todos sus conciertos durante muchísimos años, Chelsea Hotel: “Te recuerdo muy bien en el Chelsea Hotel,/ eras famosa, tu corazón era una leyenda/ me dijiste otra vez que los preferías guapos/ pero que conmigo harías una excepción/ y apretando el puño por los que, como nosotros,/ están oprimidos por las formas de la belleza/ te arreglaste un poco y dijiste: ¿Qué más da?/ Somos feos, pero tenemos la música…”
El profundo sentido del humor de Cohen y su ilimitada pasión por la belleza son legendarios y pueden despistar a quienes, sin conocerle, se acerquen a su música y, escuchando su voz grave y sus melancólicas canciones, crean que es un tipo triste y gris.
En ese mismo libro, tras un autorretrato surrealista, pues Cohen, además, es un gran dibujante, nos da un sabio consejo que jamás debemos dejar de seguir: “Nunca encontré a la chica/ Nunca me hice rico/ Sígueme”
Él es, por eso, quien me susurró el título de este blog, título heredado de un proyecto de programa de radio que escribí hace algunos años y que, aunque quedó finalista en el Open Radio del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, nunca consiguió un patrocinador y, como tantos otros proyectos culturales, se quedó en un cajón. Este blog, entre otras cosas, me permite sacarlo de ese cajón oscuro de los sueños dormidos para compartirlo con todos vosotros.