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Marlene Dietrich, una mujer condenada a ser libre

29 julio, 2012

Con ella nació un mito inmortal, el de esa mujer fatal aparentemente fría y distante, pero tremendamente sensual y ardiente en realidad. Así era la Marlene Dietrich que Josef Von Sternberg convirtió en el primer mito del cine sonoro, un mito universal que ha hecho soñar a hombres y mujeres de todo el mundo demostrando que espacio o tiempo nada significan cuando entramos en el territorio de los sueños y las emociones. Fue una gran actriz, aunque el papel en el que la encasillaron no le dio muchas oportunidades para demostrarlo. Nunca tuvo una gran voz, pero su forma de cantar estremece como pocas. Su impresionante presencia escénica, su inimitable caída de ojos, la deliberada androginia de su imagen y la encarecida defensa que siempre hizo de su libertad y de su modo de vivir la marcaron para siempre. En Marlene Dietrich se da la terrible paradoja de que fue una mujer libre a la que encadenó su propia imagen de mujer libre. Nunca quiso renunciar a la imagen que había creado de sí misma, esa imagen de mujer libre e independiente que, sin quererlo, acabó encarcelándola a ella misma. Adelgazó quince quilos, se arrancó las muelas del juicio para estilizar su rostro y su figura y siempre eligió cuidadosamente el vestuario que más convenía a cada momento de la vida del mito. Conoció como pocos los juegos y las posibilidades de la luz cuidando siempre una imagen propia de la fotografía en blanco y negro. Revolucionó el mundo con su imagen andrógina, su nunca negada bisexualidad y la provocación de su forma de ser y de vivir en un mundo que no estaba preparado para entenderla.

Nacida en Alemania en 1901, nunca tuvo una vida fácil. Cuando tenía seis años, su padre, un funcionario de prisiones, murió. Cuando ella era adolescente también murió su padrastro a causa de las heridas que sufrió en combate durante la Primera Guerra Mundial. Esta situación hizo que viviera en un mundo femenino, el que formaba junto a su madre y a su hermana mayor. El Berlín de los años veinte era el Berlín de la libertad, de la pasión y el desenfreno, el Berlín del cabaret y el Music Hall. Allí todo estaba permitido. Como ella decía cuando la gente se escandalizaba de su confesada bisexualidad: “En Berlín importa poco si se es hombre o mujer. Hacemos el amor con cualquiera que nos parezca atractivo” Marlene creció en aquel ambiente libre hasta que el nacismo y la Segunda Guerra Mundial lo arrasaron para siempre.

Desde pequeña había demostrado tener talento para la música y una clara inclinación por el mundo del espectáculo. Estudió varios años violín en la que parecía ser una prometedora carrera hasta que, alegando una más que dudosa lesión de muñeca, lo abandonó contra la voluntad de su madre, para estudiar interpretación en la escuela de teatro de Max Reinhardt. Ninguno de sus compañeros de escuela pudo olvidar jamás las entradas que Marlene solía hacer con boas de plumón, llamativos sombreros o hasta perros que pedía prestados para la ocasión. Más movida por defender a ultranza su libertad que por provocar, frecuentaba asiduamente los clubes nocturnos de la ciudad. En los clubes de mujeres se la solía ver con esmoquin de caballero y nadie que lo vio pudo olvidar jamás el tango tan ardiente y sensual que bailó con la actriz Carola Noher en el baile de gala de Eugen Robert, el director del teatro Tribune. Es ahí, en el mundo de los cabarets y el Music Hall, un mundo donde se desenvolvía a la perfección, donde inicia su carrera, una carrera que no duda en complementar con algunas intervenciones en las películas alemanas de la época. Precisamente rodando “Tragedias del amor” conoció a uno de los ayudantes de dirección, Rudolf Sieber, con quien se casó poco después, en 1923. Con él tuvo a María, su única hija. No fue un matrimonio convencional, desde luego, ya que ella no tardó en serle infiel, algo que nunca le escondió. Ante la desairada reacción de él, Marlene le dijo que lo que él debía hacer era lo mismo, que mantuviese relaciones con quien quisiese. Él lo hizo de la misma manera en que lo hacía ella, sin dramas ni mentiras, viviéndolo como lo más natural del mundo. Nunca se separaron, su matrimonio fue más una relación de profunda amistad que de amor, y solían viajar juntos con las parejas que cada uno tuviera en el momento.

A finales de la década de los veinte el prestigioso director austríaco de cine Josef Von Sternberg estaba buscando una actriz cantante para “El ángel azul”, la primera película sonora del cine alemán. Llevaba meses buscándola cuando descubrió a Marlene en el Berliner Theater. No dudó en hacerle la prueba y contratarla para el papel de Lola, la cabaretera que seduce y pervierte al profesor Rath. Ella le provocó diciendo: “Eres un gran director, conozco tu cine, me gusta porque diriges bien a los actores. Lo que no sé es si serás capaz de dirigir a una actriz” Entre Marlene y Sternberg se creó una relación que iba mucho más allá de lo profesional. Fue él quien orientó su radical cambio de imagen y le enseñó todos los trucos del cine y de la luz. “No le di nada que ella no tuviera. Lo único que hice fue potenciar sus atributos, hacerlos más visibles para que todos los notaran”. Además de adelgazar y de quitarse las muelas del juicio, Sternberg le enseñó a ponerse bajo un foco, a depilarse las cejas como Greta Garbo y a iluminar su nariz para reducir su anchura que le daba un aspecto demasiado eslavo para el público americano en el que él pensaba.

Tras el éxito de “El ángel azul”, Hollywood, que vivía el fenómeno Garbo en plena efervescencia, llamó al tándem Dietrich-Von Sternberg para rodar una película. Si la MGM tenía a la Garbo, la Paramount no podía quedarse atrás y buscaba ansiosamente un nuevo mito de mujer fatal europea. Marlene encajaba a la perfección. La que iba a ser una estancia de seis meses para rodar una película (dejó en Europa a su marido y a su hija), se convirtió en un paso que no tenía vuelta atrás en su carrera y en su vida. En solo cinco años (desde 1930 a 1935), Marlene y Von Sternberg rodaron, además de “El ángel azul”, “Morocco”, “Fatalidad”, “El expreso de Shanghai”, “La venus rubia”, “Capricho imperial” y “El diablo es mujer”. El mito Dietrich había nacido y ya fue imparable. A lo largo de su carrera en el cine trabajó con directores como Billy Wilder, Orson Welles, George Marshall, Ernst Lubitsch, Alfred Hitchcok o René Clair.

Además de sus célebres caídas de ojos y su imagen andrógina de mujer fatal, a Marlene se la recuerda por sus piernas perfectas (llegaron a estar aseguradas en un millón de dólares de la época) y los vestuarios elegantes, sofisticados y provocativos que siempre usó. La lista de los romances de Marlene es realmente larga y en ella aparecen nombres de hombres y mujeres muy conocidos: Gary Cooper, Maurice Chevalier, Greta Garbo, John Gilbert, Douglas Fairbanks Jr., John Wayne, Richard Burton, Noël Coward, Orson Welles, Burt Bacharach, Edith Piaff, Giacometti, Kennedy, Hemingway… Su concepción de la fidelidad la resumía en esta frase: “A cualquier mujer le gustaría ser fiel. Lo difícil es hallar el hombre al que serle fiel”
Su fuerte personalidad y su irreductible espíritu libre hicieron que no encajara bien en el ambiente hollywoodiense, que siempre la consideró como una extranjera. La década de los treinta vivió en Europa la subida y el apogeo del nacismo. Marlene, afincada ya definitivamente en Estados Unidos, solía refugiarse en Europa para descansar durante largas temporadas. Por su familia conocía lo que estaba pasando en Alemania con Hitler y lo que les estaba pasando a los judíos. No dudó en tomar partido enfrentándose al nacismo y pidió la nacionalidad norteamericana. La rígida moral nazi y aquel desplante hicieron que fuese considerada como una depravada, una traidora y una enemiga de su patria. Sin embargo, su fama era tan internacional que el propio Göebels le ofreció lavar su vilipendiada imagen y colocarla en la cúspide del cine alemán si aceptaba regresar a su país y manifestar su apoyo al régimen nazi. Marlene lo rechazó públicamente.

Por el lado norteamericano, sin embargo, no todo eran parabienes para ella. Su origen alemán y su poca adaptación a las costumbres y tradiciones norteamericanas la convertían en sospechosa de ser espía o colaboradora de los nazis. Harta de ser rechazada por ambos bandos, en cuanto estalló la guerra abandonó su carrera cinematográfica para acompañar al ejército norteamericano en campaña cantando para los soldados. Esa colaboración no fue simplemente testimonial ni para “hacerse la foto”. Convivió durante tres años con las tropas incluso en primera línea de fuego. Allí tuvo también varias historias de amor con, entre otros, los generales Patton y Gavin. Vivió bombardeos, cogió una pulmonía y convivió con los soldados en las condiciones más duras. Cuando le preguntaron que por qué lo había hecho ella respondió: “Por decencia”. Curiosamente, la canción que les cantaba a los soldados americanos, Lili Marleen, se hizo popular en el ejército aliado y en el alemán. Ha sido la única canción de la historia que en una guerra han cantado ambos bandos.

Su melancólica versión del “Where have all the flowers gone”, el himno pacifista de Pete Seeger que siempre cantaba en sus conciertos, puede ser ahora un buen compañero de viaje.

Durante los últimos años de la guerra su casa en Los Ángeles se convirtió en el refugio de los exiliados europeos que huían del nacismo. Allí encontraban una isla de ambiente europeo en Estados Unidos. Entre ellos estaba el que, quizá, fue el amor más importante en la vida de Marlene: el actor Jean Gavin.

Acabada la guerra decidió quedarse a vivir en París y centrar su carrera como cantante. Recorrió los principales escenarios de todo el mundo llenando todos los teatros. Sus incursiones en el mundo del cine se hicieron cada vez más esporádicas. El público seguía llenando los teatros y a ella le gustaba el contacto directo con la gente: “Las mujeres tienen una edad en la que necesitan ser bellas para ser amadas y otra en que necesitan ser amadas para ser bellas”

El paso del tiempo, analfabeto en mitos, no quiso perdonarla. Durante uno de sus conciertos, con 74 años cumplidos, se cayó y se rompió una pierna. Jamás volvió a subir a un escenario. Un cameo en la película “Just a Gigoló” con el cantante David Bowie fue su última película. Pasó los últimos años de su vida recluida en su apartamento de París con las persianas bajadas. No quiso que volvieran a verla. No lo hizo por Marlene como mujer, sino por no asesinar a la leyenda. Su único contacto con el mundo exterior lo tenía a través del teléfono, al que dedicaba horas. Quién sabe si por eso o por la compañía de los recuerdos de todo lo que había vivido, en aquellos años dijo: “Nunca estoy sola” Maximilian Schell quiso que participase en un documental que estaba haciendo sobre ella. Marlene aceptó encantada, pero a condición de que nunca apareciese en pantalla y que solo se escuchase su voz.

Vivió su vida intensamente. Devoró la vida. Fue una mujer condenada a ser libre. Y fue una mujer valiente que no tuvo miedo a nada: “¿Miedo a la muerte? Uno debe temerle a la vida, no a la muerte” Cumplidos ya los 90 sentía que todavía tenía muchas vidas por vivir: “Si pudieras marcharte ahora, y volver hace diez años…”

Su cuerpo está enterrado en el cementerio de Berlín-Schöneberg porque, tras ver la caída del muro y la reunificación alemana, decidió perdonar a su país. Poco antes de morir le dijo a un amigo: “Lo quisimos todo, y lo conseguimos, ¿no es verdad?” Ella no ha muerto porque, como le escribió una vez Hemingway: “La muerte es algo que a ti no te concierne, Marlene. Tú eres inmortal”

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Alfred Hitchcock, Berlin, Billy Wilder, bisexualidad, Burt Bacharach, Cabaret, cine, Douglas Fairbanks Jr., Edith Piaff, El ángel azul, Ernerst Hemingway, Ernst Lubistch, Gary Cooper, George Marshall, Giacometti, Greta Garbo, Jean Gavin, Jhon Wayne, John Gilbert, Josef Von Setrnberg, Marlene Dietrich, Maurice Chevalier, Morocco, mujer fatal, Music Hall, Pete Seeger, Rudolf Sieber
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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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