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Diego El Cigala, porque hay que aprender a querer y a reír

24 febrero, 2013

Diego-el-Cigala2En su voz resuenan los nostálgicos ecos de la vida, el eterno susurro del amor y el desgarrado silencio de la muerte. Vida, amor y muerte están en él, porque todo en él es quejío, duende y quejío, porque él es alma, alma y silencio. Todos los palos flamencos son habitados por este cantaor de sueños y quimeras, como lo son también aquellos ritmos que le llegan, que le emocionan y le hacen vivir. Tiene alma de tango y corazón de bolero. Su canto es un canto libre capaz de atravesar océanos para unirse a la cuna de la música cubana o a las raíces del tango argentino, pero lo hace sin jamás dejar de ser él, sin abandonar jamás el flamenco que lleva dentro, tan dentro. Escuchar la desgarrada voz de Diego el Cigala acompañada del piano de Bebo Valdés, la trompeta de Jerry González, la guitarra de Paco de Lucía o la de Juanjo Domínguez, el bandoneón de Marconi, o por tantos y tantos otros genios de la música, es atravesar todos los mundos que nos separan para intuir que, más allá de razas, religiones, épocas o culturas, todos somos iguales, todos sabemos lo que de verdad es amar, hemos sufrido el duro manotazo del desamor, hemos perdido sueños, muchos sueños, hemos visto a la muerte cara a cara y todos, absolutamente todos, escribimos en nuestra piel el libro de nuestras vidas.

Gitano madrileño, criado en El Rastro, sobrino del gran Rafael Farina, lleva el cante en sus venas. Ya con doce años ganó un concurso de Diego-El-Cigala-Corren-Tiempos-De-Alegria-Del-2001-Delanteraflamenco. No fue hasta cumplir los treinta cuando, en 1998, publicó su primer disco (Undebel), acompañado por las guitarras de monstruos del flamenco como Tomatito, David Amaya o Paquete. Un año después publica su segundo disco (Entre vareta y canasta), que contó con el apoyo publicitario de personas como El Gran Wyoming, Santiago Segura, Pablo Carbonell y Javier Krahe, que ha puesto letra a varios de los temas que El Cigala ha cantado. Fue Fernando Trueba quien dirigió el videoclip de ese álbum. Los hermanos Trueba han marcado profundamente el camino de el Cigala. Recuerdo haber leído en alguna entrevista que David coincidió con el Cigala en un estudio de grabación cuando buscaba la música para su película Soldados de Salamina y que le preguntó que qué le parecía el tema de “Suspiros de España”. El Cigala lo escuchó y, sin dudarlo, le dijo: “Tragedia, a esto le falta tragedia”, esa tragedia que se palpa en la versión definitiva de este tema que grabó para la película.

Y si David Trueba incluyó ese formidable “Suspiros de España” en su película, fue su hermano Fernando quien impulsó el mágico encuentro entre el Cigala y normal_bebo&diegouna de las leyendas de la música cubana, Bebo Valdés en una de las colaboraciones musicales más extraordinarias que se han producido jamás. Fue un encuentro maravilloso. Bebo era ya un hombre octogenario que había pasado gran parte de su vida tocando el piano en hoteles y clubes de Estocolmo, donde se había ido a vivir hacía muchos años. Pero el frío del norte nunca apagó el fuego latino de su forma de tocar y de sentir la música. Por eso el encuentro de esas dos almas fue impresionante. El propio Bebo dijo, al poco de tocar con el Cigala, que ya no se podía saber quién era el cubano y quien el gitano. Ese encuentro les ha llevado a vender miles de discos, a ganar Grammys e infinidad de premios y a dar giras por todo el mundo durante varios años.

Las raíces flamencas de el Cigala son muy profundas, vienen de muy lejos y están muy arraigadas en él, eso es lo que le permite adentrarse diego-el-cigala-concert-studio-2012en otros universos musicales sin perder su esencia flamenca, sin dejar de ser él mismo: “Yo no hago incursiones, yo intento encontrarme con el otro, pero sin dejar de ser flamenco” Es capaz de abordar todos los palos hasta, como él reconoce, los más difíciles, como la soleá. La influencia de Camarón fue enorme para él. Posiblemente su carrera musical habría sido muy diferente si Camarón no hubiese abierto las puertas que abrió al introducir bajo, teclado y batería en “La leyenda del tiempo” , un disco que cuando apareció era devuelto por los puristas y considerado casi como un sacrilegio y que hoy, para todos, es antología pura del flamenco. El Cigala siempre ha reconocido que la libertad de Camarón fue su escuela, y a los puristas les dice: “Súbanse ustedes a un escenario y canten. Cuando puedan sentir de verdad, entonces hablen”

Para el Cigala lo importante es la emoción, la verdad y la emoción: “Si una música me emociona sé que emocionará a quien la escuche, si me Diego El Cigala Foto Fernando Aceves 5hace llorar sé que hará llorar a la gente. Solo canto aquello que me emociona. En mi arte y en mi hambre mando yo” Su creatividad no se limita al campo de la interpretación, sino que le lleva a traspasar todas las fronteras para buscar nuevos temas y mundos a los que cantar. Así, tras “Lágrimas negras”, su primera colaboración con Bebo Valdés, se planteó qué nuevo universo visitar. Tenía una cosa muy clara, quería que fuese un disco donde hablasen las guitarras, pero le faltaba el concepto del disco, esa idea básica en torno a la que todo gira. Tras darle vueltas y vueltas, un nombre apareció de pronto: Pablo Picasso. “Los músicos solemos cantar a los poetas, pero no a los pintores” Picasso, con sus tauromaquias y sus guitarras, era, sin duda, el más flamenco de los pintores: “como buen malagueño, le gustaban los toros, el cante por malagueñas, amanecer por la mañana… Invité a poetas como Javier Krahe, Ruibal y a Juanjo, el autor de Camarón. Las guitarras de Paco de Lucía fueron los pinceles de Picasso” De hecho el Cigala admira tanto a Picasso, entre otras cosas, porque él mismo se considera un cubista del cante.

Grabando “Guernika”, en su particular homenaje a Picasso, el Cigala recuerda que se puso a llorar: “Me saltaron las lágrimas un par de veces _diego_el_cigala_efb81f6ey tuve que para la grabación, echar un cigarrito y una partida a la play para que se me pasara” Su forma de grabar los discos es única: necesita que los músicos se sientan cómodos, como en su casa, lejos de las rigideces del estudio, de la esclavitud de plazos o del sinsentido de los horarios. Por eso ha grabado más de un disco en su propia casa. Suelen encerrarse a las cuatro de la tarde y tocar hasta las siete de la mañana. Lo importante para él es que los músicos no traigan su música hecha, sino que la música nazca cuando están allí, juntos, compartiendo y viviendo esa experiencia.

El Cigala también es muy perfeccionista en todo lo que hace, y las grabaciones no son una excepción. Tras haber grabado el disco “Dos Diego-el-Cigalalágrimas” entero, no se quedó contento y, una noche le dijo a Álvaro, su técnico: “¿A ti te gusta? Pues a mí no” y aquella noche volvió a grabar el disco entero: “Cuando conoces una obra y la reinterpretas es cuando le sacas el jugo. Cuando escuché el disco, sabía lo que le hacía falta y lo que no le hacía falta. Yo sabía dónde meterle el pellizco y dónde lo iba a dejar caer, que fue lo que hice. Eché a todo el mundo del estudio, me quedé solo con Álvaro y lo canté en una sola noche. Estaba muy bien de voz, y como ya lo que tenía que hacer era cantar, ya estaba todo hecho, era disfrutar. Y si uno disfruta…”

El Cigala nunca ha temido adentrarse en los mundos del sufrimiento y del dolor, son mundos que conoce bien porque son los mundos a los 1que canta el flamenco. Por eso ha podido cantar boleros y tangos como lo ha hecho: “El tango es hondo de verdad. Es como cantar soleá con la guitarra, cantar de soledad, de desengaño. Ahí está toda la tragedia, todo lo que es el tango. Yo conozco muy bien eso, por eso me atreví a cantarlo. Podía hacerlo sin perder un ápice de lo que es el tango, pero sin faltarle el respeto al flamenco…” Esa es la magia de el Cigala, poder adentrarse en universos tan distintos como el tango, el bolero o el son cubano integrándose en ellos pero sin dejar de ser él mismo. Y puede hacerlo porque va a la esencia de cada universo, esa esencia donde músicos, poetas y musas hablan de esos temas eternos que nos hacen ser seres humanos.

DOCU_GRUPO DIEGO "EL CIGALA"El cante de el Cigala viene cargado de amor, de desamor, de soledad y dolor, pero también de sueños, de esperanzas y quimeras. Su cante es un cante que, más allá del dolor, nos recuerda que lo verdaderamente importante en la vida es amar, amar por encima de todo, y que hay que aprender a amar, a amar… y a reír. Quiero acabar esta entrada con una verdadera joya. El homenaje que el Cigala hace, junto a Andrés Calamaro y a Juanjo Domínguez, a un ser maravilloso e irrepetible: el gran Atahualpa Yupanqui.

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Zenet, el crooner de las diez mil y una noches…

19 agosto, 2012

Podría ser el barman del último bar, ese amigo de la última copa que aguanta tus penas y tus desamores, o el infatigable compañero de sueños con el que cada mañana ves salir el sol, aunque no amanezca nunca. Es el Peter Lorre que convierte a Bogart y a todos nosotros en el Rick de Casablanca, el que tiene los salvoconductos que nos salvarán y nos sacarán de esta ciudad de perdedores, de hermosos perdedores sin remedio… Su música suena a bolero y a tango, a ranchera salpicada de jazz, a flamenco y bossa nova… Canta con entonación de mujer desgarradas letras de hombre. Nos habla de besos, de sueños, de caricias, de amores prohibidos y amores perdidos, de todo lo que somos, de lo que fuimos, de lo que podríamos haber sido y de lo que aún podemos ser. Escuchándole cantar escuchas a París, a Nueva York, a Buenos Aires, a Málaga, a Madrid… Todos los mundos están en él, en su particular forma de cantar y de vivir las canciones y las historias que cuenta. Es un crooner atípico donde los haya, un crooner que no tiene la voz grave, pero que te llega a lo más hondo. Observador callejero de ese mundo que pasa a nuestro alrededor sin que lo veamos, pone toda su alma para hablarnos de la vida, de nuestra vida. Todo en él rezuma verdad, porque todo en él es verdad, la verdad de quien ama la vida y la devora a cada instante. Él podría ser todas esas cosas y muchas más, porque todo cabe en eso tan enorme que es Zenet, un hombre que reconoce que hay un mensaje secreto en su música, ese que nos dice que vida no hay más que una y que hay que disfrutarla.

No lo tuvo fácil este malagueño nacido a los diecinueve años en Madrid cuando, tras estudiar arte dramático y ganarse la vida como mimo, cantante de Music Hall y Cabaret, bailarín, actor, vendedor de enciclopedias ó descargador de contenedores, conoce a Juan Antonio Bardem, que le brinda la oportunidad de su vida: encarnar al joven Picasso en la serie para televisión que iba a empezar a grabar: “Cuando Juan Antonio Bardem te coloca en el Café d´Orsay de París donde estuvo Picasso y dijo la frase “Je suis bien”, y tú tienes a sesenta personas alrededor que hacen de figuración, que van vestidas de época y a un equipo de cine y tú dices “Je suis bien”, se te saltan las lágrimas”. Recordando lo que ha pasado hasta llegar hasta aquí, sus pinitos como actor y sus devaneos oficeriles para llegar a fin de mes, dice “Lo de “Nadie es profeta en su tierra es cierto”. Cuando vuelves después de triunfar lo haces como si fueras el César, pero has tenido que pasar hambre fuera, vivir solo fuera, joderte fuera. No descarto la idea de que mis últimos días sean mirando al mar. Pero mis últimos días. La ciudad que me ha dado lo que soy es Madrid. Es mi ciudad… Mi vida está ahí. Al borde de esta acera. Conozco a los taxistas, a los porteros de las discotecas, al aparcacoches, y me gusta estar a bien con ellos. Conozco su nombre y no el del director de la productora con el que he hablado esta mañana.” Sus canciones, desgarradas a veces y sufridas las más, suelen tener un final feliz, una puerta abierta a la esperanza porque, como él dice: “La vida está llena de Gene Kellys. No seamos pesimistas. También hay muchos Fred Astaire y muchos Frank Sinatra. Únicamente tenemos que observar.” Observar y devorar la vida, eso es lo que hace, y nos invita a hacer, Zenet.

En contra de lo que pensaba su familia, desde pequeño se empeñó en ser actor y en no abandonar nunca a su mejor compañera: la música. Como actor ha pasado por series como “Hospital Central”, “El comisario”, “De repente los Gómez”, “La casa de los líos”, y en películas como “El camino de los ingleses”, “La mula”, “Camarón”… y como cantante ha pasado la mayor parte de su vida buscando cualquier momento perdido para acercarse a alguien que tuviera una guitarra a mano y lanzarse a cantar. Asiduo del Café Central, esa joya de la música en directo que acaba de cumplir sus primeros treinta años de vida y sus más de diez mil noches de conciertos, fueron muchas las noches que pasó escuchando a los verdaderos monstruos de la música que pasaban por allí. En una de esas noches conoció a los que, con él, serían ya un trío inseparable: Javier Laguna, el poeta que escribe sus letras, y José Taboada, el trovador de sueños que hace llorar a su guitarra. Con ellos hubo una química muy especial desde el principio. El mundo de la música se abría ante ellos y ese es un mundo demasiado grande como para encasillarlo en un estilo o en un ritmo determinado. Recuerda que una noche apareció Laguna con la letra de “Soñar contigo”: “Yo voy y la leo y digo: “Hostia, por favor, cómo hacemos esto” Y Taboada me dice: “Tú tíralo, que yo te sigo”. Y canté y Taboada me siguió con la guitarra. Salió a la primera. Esto cumple una ley que dice : “Los grandes temas no se inventan, se descubren.” Es verdad. Hay cosas que están por el aire. Lo que hay que tener es la humildad de decir que las hemos cazado, que estaban ahí, que no nos pertenecen”

De esa unión salió un primer disco: “Los mares de China”, que colocaron a Zenet en el lugar que le corresponde: el del crooner latino por excelencia. Es un disco en el que las músicas te suenan porque te son conocidas, parecen antiguas, pero las letras de Laguna hacen que sean rabiosamente actuales. Es una comunión perfecta entre lo clásico y lo actual. Escuchar esa música te hace viajar mucho más allá de los Mares de China, más allá de los límites en los que has encerrado tu vida, y por eso te hace sentir libre, dispuesto a amar sin contemplaciones y a vivir cada instante como si fuera el último. Tras ese disco que parecía insuperable, renunciando a quedarse repitiendo una y otra vez la fórmula que le ha llevado al éxito, da un salto mortal sin red y lanza “Todas las calles”, un auténtico regalo de diez joyas que todavía te llevan más lejos, allí donde nacen los poetas y reviven los amores. Acompañado por músicos a los que había escuchado en el Central forman un grupo que, por su calidad y química, es irrepetible: Toni Zenet, voz; José Taboada, guitarra; Lucho Aguilar, contrabajo; Jimmy Castro, batería; Pepe Rivero, piano; Manuel Machado, trompeta y Ove Larsson, trombón.

He tenido la fortuna de poder escucharles la semana pasada en el Café Central recorriendo temas de sus dos discos anteriores y regalándonos primicias del nuevo que lanzarán en Octubre y que aún no tiene nombre. Alguna de las nuevas canciones, como “Eres”, te pone la piel de gallina. Es un disco que habla de los sueños, de todos los sueños, de los posibles, esos que hacemos realidad y de los imposibles, esos que simplemente nos empujan a seguir viviendo. Ese podría ser un buen título para el disco: “Los sueños imposibles”. Había oído hablar de los directos de Zenet, pero es algo que no se puede contar, es algo que hay que vivir y volver a vivir. Escucharle en un marco como el Central es una experiencia que nadie debería dejar de vivir. Llegaban cansados de haber estado grabando el nuevo disco toda la mañana, y de grabarlo como se deben grabar los discos: en directo, todos juntos, sin claqueta, trampa, ni cartón. “Ensayar es de cobardes”, dice Zenet. No cabía un alfiler. Corrían las cervezas y volaban los mojitos y el whisky. No dejaban fumar, pero daba igual, todo allí olía a humo, a ese humo azul donde viven los sueños… El Central se transformó en el café de Rick. Empezaron a sonar los primeros compases, esos que te transportan a lo más hondo de ti mismo, y de repente, salió Zenet, el crooner de las diez mil y una noches, chaleco ajustado, corbata desatada, sombrero calado, nos miró, sonrió… y nos convirtió a todos en Bogart.

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Antonio Gades, un viento de libertad

20 febrero, 2011

Hoy me gustaría recordar a uno de los más grandes bailarines y coreógrafos de todos los tiempos: Antonio Gades. No era gitano, ni siquiera andaluz, pero revolucionó el flamenco como muy pocos han sido capaces de hacerlo. Vivió una vida de película, como le corresponde a un hombre que, por encima de todo, quiso ser libre. Su vida fue eso: un apasionado grito de libertad. Hombre comprometido, luchador y generoso, hombre solidario hecho a sí mismo, al que nadie regaló nada pero que lo dio todo. Gades era un ser enamorado del amor, de la vida, de la danza y, sobre todo, de su gran pasión: el mar, un mar al que volvía una y otra vez siempre que podía. Con su velero no dudó en cruzar el Atlántico en un viaje que le llevó desde Altea hasta Cuba, su adorada Cuba, donde tenía grandes amigos y camaradas, como el propio Fidel, que junto a Alicia Alonso, fue el padrino de su boda civil con Pepa Flores.

Nacido en una familia humilde en Elda (Alicante) en 1936, era hijo de un albañil que se alistó como voluntario para defender la república en la guerra civil. A los cinco años se trasladó a vivir con su familia a Madrid. Con solo once  tiene que empezar a trabajar y deja los estudios. Lo hace en el laboratorio fotográfico de Gynes y como mozo en el diario ABC. En aquella época ser hijo de obrero significaba tener que ser obrero también. Eran días de tristeza, de hambre y  de penas. Era una chaval sensible y con inquietudes al que le encantaba estudiar, pero no pudo. Su sueño, un sueño alimentado por el hambre que le empujaba a forjarse su propio destino, era ser torero, boxeador, ciclista o bailarín: “Del boxeo me quite a la primera hostia que me dieron; y aunque de ciclista me iba bien, enseguida me puse a bailar. A dar saltitos”. Con apenas trece años se inscribe en una academia de baile. El toreo le sigue tirando, pero al poco de cumplir los dieciseis Pilar López le descubre en un festival en el circo Price y le incorpora a su compañía:” Mire -le dijo Pilar- yo no discuto que pueda llegar a ser un gran torero, pero estoy segura de que va a ser un gran bailarín. Y si sigue toreando y un toro le da un golpe, adiós al bailarín y adiós al torero”.

A partir de 1951 Pilar López y el primer bailarín de la compañía, Manolo Vargas, le descubren el mundo del folclore español. Con la compañía viaja por todo el mundo sin dejar jamás de aprender: “Aquél tiempo de aprender no lo he perdido jamás”. Al tiempo que profundiza en el folclore, se forma también en danza clásica y descubre un mundo nuevo de la mano de la obra de Federico García Lorca, un mundo que le marcó profundamente y que no le abandonará jamás. “Yo no soy un folclorista, pero estudié folclore como un poeta estudia la gramática. Un poeta busca la palabra, y si no existe, la crea. Pero no hace diccionarios. Mi idea es hacer algo más con ese folclore, no trincarlo del pueblo y prostituirlo, sino coger la esencia y hacer otra cosa, contar una historia con el movimiento. En el fondo, lo primero es el movimiento. Y a partir de ahí, con la literatura, la música, las costumbres, los trajes, las luces, vamos a ver cómo contamos historias. Un novelista primero tiene una historia y unos personajes, y luego pone las palabras. En la danza es igual. Primero es la lógica, la música viene después.”

En 1962, tras casi doce años de estar en la de Pilar López, funda su primera compañía.  En una entrevista en El País en el año 2002 recordaba aquella etapa y la comparaba con amargura con lo que estaba viendo que pasaba entonces en España: “Hoy hay mucha dispersión de talentos. En cuanto uno tiene el mínimo éxito, forma su compañía. Jamás he visto tantas compañías independientes. Un bailaor destaca un poco y a los diez minutos se hace coreógrafo. Eso no puede ser. Dicen que han evolucionado los bailes. La farruca, por ejemplo. ¿Cómo la van a evolucionar si no saben bailarla? Para cambiar algo tienes que conocerlo muy bien. ¿De dónde vienes? Ese es el miedo que me da. Y luego, ¿Se puede hacer un ballet genial en menos de un mes?. Antes veíamos quién era el mejor y nos íbamos con él a aprender. Ahora aprenden tres cosas y salen corriendo a montar su propio ballet. Y lo peor es que hay un sinfín de seguidoras y seguidores de ese movimiento.” Realmente pocos han sabido bailar la farruca como él:

 

En 1962 ya es un bailarín muy reconocido internacionalmente. En una España como la de Franco y con una ideología de izquierda como la de Gades no era fácil abrirse paso. Por eso, para evitar la censura y las zancadillas de los acólitos del régimen, Gades opta por estrenar sus obras fuera de España pensando que si tenían allí buena acogida y repercusión, no le pondrían tantas trabas para traerlas a España. En Italia es considerado como una de las figuras más grandes de la danza. Allí debuta en el cine en un pequeño papel en una película junto al inolvidable Vittorio Gassman. En 1963 Alfredo Mañas escribe para él “La historia de los tarantos”, llevada al cine por Francisco Rovira Beleta con la irrepetible Carmen Amaya. Son muchas las escenas de aquella película que han pasado a formar parte de la historia del cine. En la entrada que escribí sobre Carmen Amaya podéis ver una de ellas, pero hay otra que forma parte de la memoria del cine español, que es aquella en la que Gades baila solo de madrugada por las Ramblas barcelonesas mientras riegan la calle:

Gades nunca se consideró un actor. “Siempre que he hecho cine ha sido porque los que lo hacían eran amigos y las historias me gustaban. Nunca prentendí ser artista de cine. No soy actor. De hecho, casi siempre he hecho de Antonio Esteve Ródenas (su nombre real). Incluso en el teatro. Llegaba como Esteve, me tenía que creer que era Gades y luego que era el soldado de Carmen. Bailar, y luego volver para atrás. Un coñazo, porque siempre me ha sido difícil creerme que era Gades. Siempre he estado en la tierra, nunca me he creído del Olimpo, como muchos artistas.”

En aquella época Gades vivía en Barcelona, en un piso en la calle Trafalgar con otros bailaores y guitarristas flamencos que actuaban en “Los Tarantos”, el histórico tablao de la Plaza Real. Mis padres le conocieron por aquel entonces. Fascinados por su forma de bailar, rara era la noche en la que no se acercaban a verle actuar. A veces, bien entrada ya la madrugada, Gades y toda la troupe de Los Tarantos seguían la fiesta en mi casa. Mi madre siempre ha recordado que, al despuntar el día, solían desayunar cualquier cosa que hubiera en la nevera: casi siempre albóndigas. Y nunca olvidó una cosa que le dijo Antonio: “El Ne me quite pas de Brel es mi canción favorita, nunca se ha escrito nada como eso. Me encantaría bailarla algún día”. Las anécdotas de aquellas fiestas eran muchas y muy variadas. Una vez, en casa de una familia de oligarcas barceloneses en la que acabó toda la troupe, el anfitrión, cansado ya de tanta juerga y viendo que no había forma de acabar la fiesta, no tuvo mejor idea que poner un disco con los discursos de Benito Mussolini. Gades, comunista en aquella España clandestina, se rebeló contra aquel canto fascista de la mejor forma que sabía hacerlo: zapateando aquel discurso con toda su rabia.

Gades fue un hombre que se hizo a sí mismo. Poco a poco se fue haciendo amigo de los artistas que le descubrieron mundos nuevos: “Pepe Bergamín, Alberti, Caballero Bonald y el doctor Barros me enseñaron a leer. Miró, Tàpies, Brossa y Picasso me enseñaron a ver la pintura. Veía el abstracto y me reía, pero cuando ví que a aquella gente tan interesante le gustaba, pensé: “Antonio, tienes que meterte, que son más listos que tú” Y al final me gustó más la línea de Malevich que el barquito en el horizonte. “En las noches de Bocaccio (la célebre discoteca barcelonesa donde se reunía la gauche divine por aquel entonces) se aprendía mucho escuchando”

Siempre fue muy exigente consigo mismo y con los demás porque para él era un deber dar lo mejor que llevamos dentro: “Yo simplemente buscaba decir otras cosas. Pero era una cosa sana, ahora veo que la gente quiere ser genial enseguida, a los diez minutos de empezar. Antes era una necesidad espiritual. Hoy, los pintores sufren porque no venden. Antes sufrían porque no lograban plasmar los sentimientos en la tela, ¡y se suicidaban si hacía falta!.Yo pertenecí a ese grupo: buscar, elaborar mucho, encontrar algo por si acaso, pero sobre todo quedarte contento con tu cuerpo, jamás he echado más horas de ensayo por ser mejor que aquel. Lo hacía para ser mejor que yo. Me he fijado mucho en la actitud ante la vida, en el talento, en la ética… Lo demás daba igual… En la vida hay que equivocarse, si no te equivocas estás jodido. ¿Cuántas veces se equivocaría Einstein hasta que hizo la teoría de la relatividad?. Si no buscas, no te equivocas. Todo lo que sea investigación me parece bien, cada creador es muy libre. Pero ahora hablan de fusión y ahí hay que tener cuidado. Coges el español y el inglés, los fusionas y qué queda: un espantajo. En el foro romano hay una tumba de una bailarina de Gades, la antigua Cádiz, que dice: “Que la tierra sea tan leve sobre ti, como tú lo fuiste sobre la tierra”. Si la pisoteamos, la tierra no da nada. Ni trigo, ni sonidos. La tierra hay que acariciarla. Dependes del estado anímico para sacar a la tierra el sonido que necesitas. Hoy se percute demasiado. Y el zapateado no es percusión. Es la continuación de un sentimiento. Y con los brazos pasa igual. A veces parece que se los han cortado. Hay que estudiar la Comedia del Arte. Las manos son un gesto, quieren decir algo. Tienen un lenguaje para pedir, otro para rechazar… Soy muy duro porque no concibo que una persona se reserve. Si te dedicas a algo, tienes que joderte y dedicarte profundamente. Si uno tiene algo y se lo guarda, mejor poner a otro. Si no lo puede dar, por lo menos que pruebe. Si tienes miedo, deja de torear. Puedes no tener más arte, pero lo que no puedes es dejar de arrimarte.”

Tras varios años de cosechar triunfos en el mundo entero y de ser reconocido como uno de los bailarines más importantes de todos los tiempos (el propio Nureyev iba a verle bailar cada noche cuando coincidieron en Roma), en el momento álgido de su carrera, decidió dejar de bailar para siempre. Fue en 1975. Estaba actuando en Italia cuando, el 27 de septiembre, fusilaron en España a los cinco últimos condenados a muerte por el franquismo. Aquella noche dejó de bailar y disolvió su compañía. Comprometido políticamente como pocos, en las elecciones municipales del 79 se presenta encabezando la candidatura en Alicante del Bloc d´Esquerra d´Alliberament Nacional (BEAN), formación a la que estuvo vinculado durante los ochenta para pasar posteriormente a militar y ser miembro hasta su muerte del Comité Central del Partido Comunista de los Pueblos de España. Esta militancia y su firme compromiso siempre público hicieron que su nombre fuera el segundo que aparecía en la lista de Tejero de las personas que iba a fusilar a la mañana siguiente del golpe de Estado del 23-F. En 1978 fue nombrado director del Ballet Nacional de España, con el que cosechó grandes éxitos. Sin embargo, dos años después, junto a un grupo de bailarines del Ballet, renuncia a su puesto para crear una nueva compañía en régimen de cooperativa, el GIAG, Grupo Independiente de Artistas de la danza. En aquella época es cuando colabora con Carlos Saura rodando Bodas de sangre, El amor brujo y Carmen. Su última producción como coreógrafo fue Fuenteovejuna, sobre una adaptación del texto de Lope realizada por su gran amigo Caballero Bonald, que se estrenó en la Ópera de Génova en 1994. Solo subió una vez más a los escenarios como bailarín, y fue a petición de su gran amiga Alicia Alonso, con la que bailó ballet clásico en una breve gira por Cuba y Estados Unidos.

Gades dedicó los últimos años de su vida a una de sus más grandes pasiones: navegar. Le gustaba salir al mar siempre que podía porque, como él decía, “yo necesito largar velas e irme por ahí”. Siempre quiso volver a repetir su travesía del Atlántico, encontrarse frente a esa inmensidad de viento y silencio que es el mar. No tuvo tiempo de hacerlo. Murió en Madrid el 20 de julio de 2004 y sus cenizas están enterradas en el Mausoleo de los Héroes de la Revolución Cubana. Fue un hombre sensible, humilde y sabio que vivió la vida como él entendía que había que vivirla: de forma valiente y comprometida, porque Gades siempre fue, por encima de todo, un hombre libre: “Vine como el viento y me iré como el viento, y no me pasará nada cuando me vaya, porque tampoco pasó nada cuando llegué. Cualquier gesto viene de millones de muertos que han creado ese gesto. Un día lo cogí yo y le añadí otras células más, pero seguirá su marcha detrás de mí…”

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Carmen Amaya: El mar me enseñó a bailar…

28 noviembre, 2010

Carmen Amaya ha sido, sin duda, una de las figuras más importantes de la mitología del flamenco. Fuerza, arte, furia, pasión y embrujo en estado puro. Siempre fiel a sus orígenes y a los suyos, en la vida lo hizo todo de la única forma que ella sabía: con toda su alma, esa alma gitana que la llevó por todo el mundo enseñándonos lo que es amar el baile y la vida. Porque si su forma de bailar era impresionante, su forma de vivir la vida lo fue aún más. Orson Welles, Marlon Brando, Fred Astaire,Charles Chaplin, Greta Garbo o Jean Cocteau fueron sus más fervientes admiradores. Nació en Barcelona, en una de las míseras barracas de madera que bordeaban la zona norte de la extensa playa del popular barrio marinero de la Barceloneta, una zona arrabalera conocida como el Somorrostro, donde se habían instalado nuemerosas familias gitanas que vivían como podían. Allí, oyendo el murmulo del mar y el continuo paso de los trenes creció Carmen, una niña que llevaba el flamenco, ese “quejío” del alma gitana, en la sangre.

 

José Amaya, “El Chino”, padre de Carmen, era un esquilador de borregos mallorquín que, llegado a Barcelona, intentaba ganarse la vida y la de los suyos con lo que mejor hacía: tocar la guitarra. Al anochecer salía a recorrer bares y “colmaos” gitanos en la zona de Atarazanas acompañando a cantaores y bailaores con la esperanza de que la noche no acabara jamás. Cuando la suerte quería acompañarle regresaba al alba con un puñado de monedas en el bolsillo.

Cerca de su casa, al otro lado de la vía del tren, había una escuela. Carmen no fue: la llevaron, pero allí sólo duró dos semanas. Una maestra la había castigado por alborotar en clase y la obligó a ponerse de rodillas con un libro bajo el brazo. El carácter y aquella personalidad tan fuerte no tardaron en aparecer y el libro acabó en la cabeza de la maestra. Carmen nunca más volvió a la escuela.

A veces acompañaba a su padre para bailar y ganar algunas monedas para ir tirando. Poco a poco todos los entendidos se fijaron en aquella niña que llevaba la pasión y el arte en el cuerpo. Después de bailar, Carmen solía vender billetes para alguna rifa o pasar el platillo. Al amancer, los gitanos del Somorrostro se despertaban y salían corriendo a saludar al “Chino” y a su hija que, cansados, volvían a casa repartiendo entre todos el pan que llevaban bajo el brazo. Son muchos los recuerdos que Carmen guardó del lugar donde nació: “Aprendí a bailar con las olas del Somorrostro, a mí me enseñó a bailar el mar…” solía decir. Y también guardó en su memoria muchas escenas de su niñez: ” Siempre me han gustado los dulces con delirio y me he pasado muchas horas de chiquilla con las narices pegadas en los escaparates de las pastelerías”.

En 1929, con motivo de la Exposición Universal de Barcelona, el Rey Alfonzo XIII visitó la ciudad. El día de la inauguración las gitanas iban a bailar para él. Carmen fue la elegida para hacer la presentación. De nada sirvieron las clases de protocolo que le dieron para que aprendiera a tratar al Rey de “Majestad”. En cuanto Alfonso XIII apareció por allí, Carmen dio un paso al frente y le dijo: “Va por usté, señor rey”.

Muchos extranjeros vieron a Carmen en la Exposición y pronto empezó a correr la voz por Europa de que en una tablao barcelonés había un auténtico fenómeno del flamenco. No tardó en llegar un agente del “Palace” de París para contratarla. Raquel Meyer la incorporó de inmediato a su espectáculo parisino, la revista “París- Madrid”. El triunfo fue absoluto y su contrato se prorrogó por un año. De vuelta a Barcelona, Carmen y su padre siguieron actuando en los bares y “colmaos” del distrito V. En aquellos años la fuerza y el carácter de la pequeña Carmen hicieron que pronto se la conociera como “La Capitana”. Su fama empieza a extenderse y todo el mundo quiere ver bailar a Carmen, que triunfa en Madrid, en Sevilla, en San Sebastián…

Ya en 1935 actúa en el madrileño teatro de La Zarzuela con Concha Piquer, Miguel de Molina y otros destacados artistas. A esa época pertenece también su primera incursión en el mundo del cine: “La hija de Juan Simón”, de Jósé Luis Sáenz de Heredia, en la que colaboró Luis Buñuel. En 1936 protagonizar “María de la O”, de José López Rubio, la sitúa en la cúspide artística de la época. Carmen emprende una gira por provincias. La guerra civil española la sorprendió actuando en Valladolid, desde donde huyó a Lisboa. Su llegada fue esperpéntica ya que la policía confundió a la troupe gitana con los sospechosos del asesinato de Onésimo Redondo, y los encarceló a todos. No tardaron en darse cuenta del error y les dejaron salir, ofreciéndoles alojamiento en el mejor hotel de Lisboa para compensarles. En agosto de 1936 deciden cruzar el Atlántico y se embarcan hacia Buenos Aires, donde el Teatro Maravillas les ofrece un contrato por seis meses. Cuentan las crónicas de entonces que el segundo día de actuación era tal el gentío que la quería ver que tuvieron que intervenir las fuerzas de orden público e incluso los bomberos pra mantener el orden en las taquillas. El éxtio fue tan arrollador que aquellos seis meses se prorrogaron hasta doce, y lo que no era más que un contrato para actuar en un teatro acabó convirtiéndose en una gira por toda América que duró once años. Los éxtios de Carmen no pasaron desapercibidos al empresario Sol Hukor, que la contrata a ella y a sus ocho gitanos por cinco años para actuar en tierras norteamericanas.

A principios de 1941 se presenta en Nueva York donde debuta en el cabaret Beachcomber, para pasar, poco después, al Carnegie Hall. Le acompañan Sabicas, Antonio de la Torre y, cómo no, toda su familia. Más tarde pasa a actuar en el Radio City, donde da nueve representaciones diarias. Es tal el éxito de Carmen en Estados Unidos que el Presidente Roosevelt la invita a una velada en la Casa Blanca. Viajaron de Nueva York a Washington en el avión privado del Presidente. Fue su primer vuelo en avión. Antes de embarcar, los gitanos tocaban la chapa del fuselaje una y otra vez. Parecía muy blanda y pasaron tanto miedo que estuvieron a punto de darles cloroformo para que subiesen. La revista Life la saca en portada y todas las estrellas del mundo del cine se deshacen en elogios hacia Carmen. En los meses de junio y julio de 1942 obtiene un gran éxtio en el Alvin Theatre de Broadway y meses después, convertida ya en una de las principales atracciones de Hollywood con sus “Gipsy Dancers”, interpreta una personal versión de”El amor brujo” en el Hollywood Bowl Auditorium ante veinte mil personas.  También a la primera mitad de la década de los cuarenta pertenecen la mayor parte de sus películas americanas.

Carmen guardaba muchos recuerdos de aquella época y, entre ellos, uno muy curioso: que, a pesar de ser una artista reconocida, para poder entrar en aquel país que luego la vería triunfar, tuvo que aprender a leer y a escribir porque a los analfabetos les tenían prohibida la entrada. Tras realizar varias giras por EEUU y una vez finalizado su contrato, Carmen, harta de escuchar tanto inglés, abandona su residencia de Hollywood y, tras una breve estancia en Méjico, regresa a Buenos Aires, donde muere su padre. En 1946, acabada la segunda guerra mundial, regresa a Europa y se presenta en el Teatro Des Champs Elysées de París. Son años de innumerables viajes por toda Europa y América que la llevaron , incluso, a actuar en Sudáfrica y Oriente Medio.

En diciembre de 1947 se produce su ansiado regreso a España. El 18 de diciembre se presenta en el Teatro Tívoli de Barcelona con su espectáculo “Embrujo español”, en el momento de mayor esplendor de su carrera. El éxito fue apoteósico. La acompañaban cuarenta gitanos unidos a la familia Amaya por vínculos de sangre más o menos cercanos. Carmen nunca se alejó de los suyos.

Por aquel entonces un caballero de Santander, verdadero soñador y devorador de la vida, había decidido unir su existencia a lo que más quería: el flamenco. Engañando a su padre diciendo que se iba a Madrid a estudiar arquitectura, aquel personaje se pasó cinco años estudiando guitarra con Andrés Segovia, uno de los mejores maestros de la época. Su nombre era Juan Antonio Agüero. Pasados cinco años, le explicó a su padre lo que había hecho, que quería dedicarse profesionalmente al flamenco y que se iba a Sevilla para incorporarse como guitarrista en el Ballet de Antonio. No es difícil imaginar la cara que debió poner el padre.

El contrato de Sevilla no resultó ser lo que prometía y abandonó la compañía. Juan Antonio no era gitano, era payo, pero conocía y amaba como pocos el duende y el alma gitana. En una de las giras europeas de Carmen se incorporó a su cuadro flamenco.No había pasado ni una semana cuando una tarde, en Montpellier, le dijo: “¡A que no se casa usted conmigo!”. ¡”A que sí!” respondió Carmen sin dudarlo. Quince días después, el 19 de octubre de 1951, mientras actuaban en Barcelona, se casaban en la iglesia de Santa Mónica, en las Ramblas… a las siete y media de la mañana y rodeados solamente por una docena de familiares y amigos. Carmen no se vistió de novia y llegó a la iglesia en taxi: quería casarse de “incórnito”, como ella decía. Por no avisar no avisaron ni a la familia del novio. La celebración también fue muy sencilla: unas copas de cazalla. Ni siquiera aquella noche suspendieron su actuación. Pocas historias de amor tan auténticas e intensas como las de aquellos dos seres unidos por lo que más amaban: el flamenco.  Tiempo después, cuando un periodista le preguntó a Carmen por su relación con su marido, ella le contestó: “Verás, como a él yo le corro por las venas, se lía con la guitarra y me sacude. A los otros tengo que levantarlos yo, a él no, porque sale como una bala. Yo bailo primero para él, y como a él le gusta el baile más que a nadie, me sale sin esfuerzo. ¿Tó lo comprendes?. Me sonsaca y, tenga ganas o no, él me hace bailar.” “¿Significa eso que le quieres?” preguntó le periodista, “¿Que si le quiero? No lo sabes tú bien. ¡Dónde pondré yo a este Dios para que no le dé el aire!”.

A Carmen y Juan Antonio nunca les importó el dinero. Hacían lo que les gustaba hacer, porque les gustaba. Llegaron a renunciar a muchos contratos multimillonarios en teatros de todo el mundo para llevar su arte a los pueblos más recónditos de América Latina, su gran pasión. No era extraño verles llegar a uno de esos pequeños pueblos con toda su troupe, montar un escenario y bailar gratuitamente para todas aquellas gentes. Simultaneaban esas actuaciones con las que realizaban en los locales más famosos de la época.

En este video la podéis ver bailar acompañada por Juan Antonio (es el guitarrista que, al principio del video, está en pie)

Carmen amaba la vida y el baile con locura. No podía disociarlos. “Yo, cuando llevo unos días sin bailar, me siento como un león enjauldao”. Para ella el flamenco lo era todo: “El flamenco es una cosa indescriptible, es el baile de hace siglos, lo bueno. En el flamenco hay tres cosas: colocación, zapateo y brazos; y que todo eso, cuando se haga, obligue al público a decir ¡Olé!. En el flamenco, más que movimiento lo que hay es una cadencia, no sé cómo explicarlo, una cosa que sale porque sí; en fin, es hacer una cosa razonable dentro del arte y, eso sí, echar los hígados. Cuando bailo aprieto las mandíbulas y no me doy cuenta del público; si en la primera fila hubiera un tipo con un revolver, yo no me enteraría.” “¿Que cómo sé yo si una bailaora es buena? Si se coloca como Dios manda, zapatea, sube los brazos y da vuletas como tiene que ser, yo digo: muy requetebién, es un fenómeno. Pero mover sin ton ni son las manos, vapulear el vestido como si tuviera polvo y enseñar lo que una enseña, además del movimiento de aquí – señalando las caderas- eso no es flamenco.”

La personalidad de Carmen estuvo marcada por muchas cosas: su profunda raíz gitana del Somorrostro barcelonés, su origen humilde y pobre, el mar, ese mar que ella tanto amaba, una generosidad sin límite fruto de su extraordinaria sensibilidad, y una insuficiencia renal que la acompañó siempre. El baile le daba la vida. Cada zapateao de Carmen la empujaba a seguir viviendo como ella sabía, intensamente, y le ayudaba a eliminar las toxinas en una función que sus riñones no podían hacer. El baile la salvó desde niña pues su enfermedad debía haberla matado muy joven.

La solidaridad de Carmen con los suyos y con todos aquellos que la pudieran necesitar fue otra de las constantes de su vida. Su cuadro flamenco siempre estuvo formado por miembros de su familia y por amigos que sentían y entendían el baile y la vida como ella. Estuviese donde estuviese, siempre accedía a todas las peticiones de ayuda que le llegaban, fuesen de donde fuesen. Ella, que sabía sin duda lo que verdaderamente era pasar hambre, no quería que nadie sufriera lo que ella había tenido que sufrir. Siempre estuvo atenta a ayudar a los demás, a estar junto a los que la querían y la necesitaban. Cuentan que una vez, cuando actuaba en Barcelona, muchos gitanos se quedaron a las puertas del teatro sin poder entrar. No tenían dinero para comprar la entrada. Al acabar la función, ya en su camerino, alguien le contó lo que había ocurrido. Salió corriendo del teatro con todos sus músicos y se fue al barrio donde sabía que vivían aquellos gitanos. Bailó para ellos toda la noche.

Carmen y Juan Antonio estaban en EEUU cuando decidieron comprar una casa en la que poder retirarse a  descansar. Vieron una foto de una antigua casa medio en ruinas que había en un pequeño pueblo de la Costa Brava, Begur, y no lo dudaron ni un instante: sin siquiera verla la compraron. Carmen solía retirarse allí a descansar cuando el frenético ritmo de sus viajes y actuaciones se lo permitía. El inicio de la década de los sesenta mantuvo la intensidad de años anteriores y Carmen era reclamada para actuar por todo el mundo. Ella siguió llevando su arte y su baile allí donde la reclamaban o donde alguien la pudiera necesitar. De nada sirvieron los repetidos avisos que su afección renal le lanzaba, ni los sabios consejos que todos los médicos y especialistas le daban. Ella continuó bailando hasta el final de sus días.

En 1963 rodó la que sería su última película: “Los Tarantos”, de Francisco Rovira Beleta, esa auténtica joya de la historia del cine basada en la obra teatral de Alfredo Mañas que recrea los amores de Romeo y Julieta en la barriada del Somorrostro gitano. Montescos y Capuletos pasan a ser Zorongos y Tarantos en esa historia de amor universal que habla de amores, odios y pasiones. Una navaja asesina es la que mata aquí a Juana y Rafael, esos Romeo y Julieta gitanos que nos enseñaron lo que es amar. Son muchas las escenas memorables de esa película que a punto estuvo de ganar el Oscar a la mejor película extranjera, como la del solitario baile de Antonio Gades bajo las mangueras de la limpieza de madrugada en Las Ramblas, o como esta que podéis ver ahora con Carmen en el papel de Angustias, la madre de Rafael cuando, consciente de que el amor que siente su hijo es mucho más grande que el odio que separa a las familias, se lanza a bailar en medio del barrio de chabolas como sólo ella podía hacerlo, en un intenso duelo entre su furioso zapateao y los cadenciosos golpes de sus nudillos y  de sus dedos sobre una mesa de madera con los que, sentada, sigue el ritmo de las guitarras.

La salud de Carmen se había deteriorado muy rápidamente. El Dr. Puigvert, primer espada mundial en el campo de la urología, la atendía desde hacía algún tiempo. Su diagnóstico fue muy claro: debía dejar inmediatamente de bailar. Carmen no tenía curación posible, en aquella época no se conocían los trasplantes, pero podía alargar su vida. No le hizo caso, no podía hacérselo porque el baile era su vida. De hecho rodó “Los Tarantos” en contra del consejo del Dr. Puigvert y tuvieron que interrumpir el rodaje durante una semana debido a su precario estado de salud.

En el verano de 1963 Carmen se retiró a descansar en Begur. Allí le pidieron que bailara una vez más en una actuación benéfica para recaudar fondos para la iluminación del viejo castillo del pueblo. Ella, que nunca tuvo un no, bailó, y lo hizo como siempre: con toda su alma. No pudo acabar la actuación. Aquella vez fue la última que se la vio bailar. A las nueve de la mañana del 19 de noviembre su corazón dejó de latir. Juan Antonio, su marido, acariciaba su mano con ternura. La noticia de su muerte corrió por todo el mundo, llenando de tristeza y desolación a todos los que la conocieron. Aquel día los teatros cerraron en señal de luto, los cines donde se proyectaba “Los Tarantos” hicieron lo mismo, y los gitanos del Somorrostro, fieles a esa tradición que les hace bailar en los bautizos, en las bodas y en los entierros, lloraron, cantaron y bailaron toda la noche. Al amanecer, mirando al mar, dejaron en el suelo las guitarras y las castañuelas orladas de negro.

Acabado el entierro, Juan Antonio se encerró en el sótano de la casa. Sólo le acompañaban su vieja guitarra y una caja de whisky. Se pasó una semana entera sin salir de allí. Nunca más volvió a tocar en público. Se fue al Pirineo donde estuvo viviendo en una cabaña de pastor durante años. Sólo se llevó su guitarra y dos enormes maletas llenas de fotos de su historia con Carmen. Siempre vestía de negro y una vez al año, con la luna llena, bajaba andando hasta el cercano Begur para ir al cementerio. Bien entrada la noche saltaba la tapia y, tras limpiar la tumba de Carmen, se ponía a tocarle la guitarra…

Fueron muchos los homenajes que Carmen recibió. Algunos los recibió durante los últimos años de su vida, aunque ella sabía que no eran más que anticipados homenajes póstumos, porque un país como el nuestro sólo homenajea a los suyos cuando están muertos. Uno de los homenajes populares que más le gustaron fue que le dedicaran una fuente en el barrio del Somorrostro, hoy ya desparecido. Su fuerte personalidad, la intensidad y valentía con la que vivió su vida y esa forma tan desgarradoramente brutal de entender el flamenco y el baile hicieron que fueran muchos los que se quedaron impresionados al verla. Aquí tenéis lo que algunos de ellos dijeron de ella:

” La danza gitana es la inspiración, el perpetuo rayo de la invención, la poderosa intuición que rompe los límites de la estructura lógica y desborda la forma. Un arte así desarma el razonamiento del crítico, que ha de dejar su lugar al poeta. La danza gitana es un arte independiente que no tolera ninguna tutela. No se somete al acompañamiento musical, sino que prescinde de él. Pone en práctica la teoría de la danza en el silencio, fabrica la música que necesita, no reproduce ritmos, sino que los crea. Y los crea con el repicar de las palmas, el ruido de los dedos y, sobre todo, con la batería desesperada de los tacones. La bailaora es un verdadero instrumento de percusión, un timbal que genera ritmos sonoros elementales que corresponden a los movimientos del cuerpo. Y ahora, destacadas estas características, hablaré de las bailaoras… Y empezaré por Carmen Amaya. Esta niña es un producto bruto de la naturaleza. Como todas las gitanas ya debió nacer bailando. Indescriptible. Alma, alma pura. Es la anti-escuela, la anti-academia. Todo lo que sabe ya lo sabía cuando nació…”  (Sebastiá Gasch)

“En Carmen Amaya puede verse la asombrosa convicción con la que baila. Gitanilla desgarbada, flaca, menuda, casi incorpórea, morena, con cara de ídolo trágico y remoto, pómulos asiáticos, de ojos largos cargados depresagios…” (Vicente Marrero)

“Carmen Amaya es el granizo sobre el vidrio de una ventana, el grito de la golondrina, un cigarro fumado por una mujer soñadora, una tempestad de aplausos…” (Jean Cocteau)

“Ante Carmen, ante su baile, los gitanos quedan en silencio respetuoso que, rápidamente, se convierte en una catarata de alabanzas desorbitadas, sin medida. Y las alabanzas dejan paso al orgullo que justifica y exalta la raza…” (Alfredo Mañas)

“De Carmen hay mucho que ver, mucho que admirar… y mucho que aprender” (Fred Astaire)

“Es un volcán alumbrado por soberbios resplandores de música española” (Charles Chaplin)

“Es una artista, y si parece poco, una artista única, porque es inimitable” (Greta Garbo)

“Es la más artista de las bailarinas, y la más genial de las artistas” (Orson Welles)

Aunque puede que nada mejor que recordar las palabras de la propia Carmen Amaya para llegar a entender su gran dimensión artística y, sobre todo, su inmensa calidad humana: “No me importaría nada cambiar: yo que lo he tenido todo, brillantes, pieles, dinero, lo mismo me daría volver a vivir en una chabola y dormir en un saco y para comer una papa y un cacho de tomate…”

Nota: Muchas partes de esta entrada son extractos del libro “Carmen Amaya: el mar me enseñó a bailar”, que escribí junto a Jordi Pujol Baulenas, en 2003, con notivo del 40 aniversario de la muerte de Carmen.

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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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