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Atravesando espejos, o la necesidad de vivir contra la corriente

26 febrero, 2012

¿Estamos viviendo la vida que de verdad queríamos vivir? ¿Somos felices? ¿Qué es la felicidad? ¿Existe? ¿Qué hay que hacer: cambiar la realidad o cambiar nuestra percepción de la realidad? ¿Qué debemos cambiar para encontrar la felicidad? ¿Podemos hacer algo para no ahogarnos en el terrible vacío existencial tan extendido hoy en nuestra sociedad? ¿Realmente depende de nosotros lo que nos sucede en la vida? ¿Podemos vivir contra la corriente? Preguntas como éstas no tienen fácil respuesta, aunque tienen tantas respuestas como seres humanos existen. Todos, cada uno de nosotros, tiene las suyas. “El sinsentido común”, un clarificador libro de Borja Vilaseca que acaba de llegar a nuestras librerías, es una herramienta valiosísima para ayudarnos a encontrar nuestras propias respuestas a todas estas preguntas que, tarde o temprano, todos nos hacemos en algún momento de nuestra vida, una vida que hemos de vivir en el sinsentido de un mundo que, como decía Erich Fromm, está produciendo seres humanos enfermos para obtener una economía sana. Hemos antepuesto la economía a todo lo demás, incluso a nosotros mismos. Hoy todo gira alrededor de la economía, y los seres humanos han pasado a ser un recurso más, un recurso prescindible, manipulable y desechable. Esperar que tu felicidad, como un regalo, venga de esa sociedad, de sus falsas promesas o de sus criminales realidades, es, sin duda, uno de los mayores errores que puedes cometer en y con tu vida. Solo hay un camino, y es el que lleva al fondo de tu corazón; y solo hay una manera de recorrerlo: estando dispuesto a hacer caso del sabio consejo que nos dejó Mark Twain: “Cada vez que te encuentres del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”

Pocas canciones como Dust in the wind (Polvo en el viento), de Kansas, pueden reflejar mejor el espíritu de esta entrada. Si quieres, deja que ahora nos acompañe:

En esta sociedad basada en el crecimiento, el mensaje que nos venden a diario es que cuanto más tengamos más felices seremos. Así de sencillo. Todo se basa en la promesa de placer, de confort, de seguridad y de felicidad que nos dará poseer esta cosa o aquella otra. La publicidad más agresiva no se conforma con prometernos esa felicidad futura que podremos llegar a tener, sino que llega incluso a sugerirnos que somos infelices porque no tenemos todas esas cosas. Es decir que nos venden la idea de que la felicidad es algo externo a nosotros, algo que no podremos conseguir si no compramos tal o cual cosa, si no hacemos esto o lo otro. Da igual que estén vendiendo un coche, un perfume o un rollo de papel higiénico: el mensaje siempre es el mismo, que tú no puedes ser feliz porque la felicidad no está en ti, sino en el producto que te están vendiendo. Si eres “afortunado” y puedes comprar ese coche, ese perfume o ese rollo de papel no tardas en darte cuenta de que aquella promesa era una mentira, que sigues siendo un infeliz y que la felicidad no estaba allí. No te preocupes, pronto acudirán de nuevo a ti para que compres un coche más grande, un perfume más caro o un rollo de papel más acolchado, prometiéndote que es allí donde está la verdadera felicidad, no la que ya habías comprado. Y si, por el contrario, no eres de los “afortunados” que pueden comprarse el puñetero coche, el perfumito de marras o el papel de water de colores, resulta que eres un pringao, un ser socialmente despreciable, un don nadie, un pobre desgraciado…

Y si la felicidad es algo que nos venden como si estuviera fuera de nosotros, qué decir de otro de los paradigmas de nuestra sociedad: la seguridad. Basta con analizar las consecuencias que han tenido los atentados del 11-S a nivel mundial para darnos cuenta de que el mensaje que nos llega día sí y día también es que el mundo está lleno de terroríficos enemigos y terroristas a los que solo nuestros sabios y aguerridos gobernantes pueden hacer frente. De nuevo la seguridad, como antes la felicidad, no es vendida como algo externo a nosotros. Necesitamos a otro, o a otros, para poder estar seguros; nosotros solos no podemos alcanzar la seguridad, ese es el mensaje universal, el nuevo dogma que debemos seguir sin siquiera cuestionarlo. Y en aras de esa hipotética y falsa seguridad, admitimos que recorten nuestros derechos, nuestra libertad, nuestra intimidad y nuestra dignidad con cosas como los absurdos controles de seguridad en los aeropuertos, con más controles y prohibiciones, con mayor gasto militar y hasta con nuevas guerras contra pueblos que no nos han hecho nada. Vayamos por partes: ¿sirven de algo esos exhaustivos controles en los aeropuertos? Para muchos sí, y se sienten más seguros gracias a ellos, hasta el punto de que están encantados de renunciar a su libertad a cambio de esa sensación de seguridad. Yo no lo creo, y no lo creo porque por la misma razón de seguridad esos exhaustivos controles tendrían que haberse impuesto en otros medios de transporte como el tren o el metro. En España hemos sufrido atentados, pero no en aviones como en Estados Unidos, sino en trenes de cercanías. ¿Por qué implantar los controles solo para los aviones y no para los trenes? Además, si un iluminado quisiese atentar contra un avión, con coger a una de las azafatas del cuello con sus manos y amenazar al piloto con matarla podría hacerse con el control del avión. Si eso llegara a pasar qué harían entonces nuestros gobernantes, ¿obligarnos a volar con las manos esposadas a la espalda para evitar nuevos atentados? Es absurdo, un terrible e inmenso absurdo.

Y si esto es lo que sucede con la seguridad “nacional”, ¿qué podemos decir de la seguridad “individual”? Hoy, o por lo menos hasta la aprobación de la última reforma laboral, la mayor parte de la sociedad asociaba seguridad a un contrato fijo, a una nómina, a trabajar en una gran empresa, etc. Es decir, de nuevo es un concepto que se asocia a algo externo, a algo que no depende de nosotros. En el mundo en el que trabajo, el de la interpretación, eso no es así. Todos, tanto el equipo artístico como el técnico, somos conscientes de que nuestro trabajo durará lo que dure la serie, la película o el montaje que estamos haciendo, y que cuando acabe lo más seguro es que nos iremos derechitos al paro. Y, sin embargo, seguimos trabajando en esto, porque es lo que nos gusta, y porque creemos que cuando este trabajo acabe seremos capaces de encontrar otro. Esta es la gran diferencia: que no consideramos la seguridad como algo externo a nosotros, sino como algo que depende de nosotros. Esta es la verdadera seguridad: creer en nosotros mismos, en nuestra capacidad para seguir adelante. No es un tema de inconsciencia, de egoísmo o de prepotencia, sino de autoestima y de amar lo que hacemos.

Y con la felicidad pasa exactamente lo mismo: es algo inherente a nosotros, no algo externo, algo que depende de otras personas o de otras cosas. Venimos al mundo con unas cartas, buenas o malas, con las que jugar la partida, pero quienes jugamos esa partida somos nosotros. Nuestras decisiones de hoy, por pequeñas que sean, son las que determinarán nuestro futuro. Podrán aparecer nuevas situaciones, problemas, dificultades o cambios, pero han sido nuestras decisiones las que han hecho que vayamos precisamente por el camino donde todas esas cosas aparecerán. Y les haremos frente de una u otra forma, y el resultado de esas nuevas decisiones es el que marcará los siguientes pasos que demos y el camino que sigamos. Atreverse a ser libre, y la responsabilidad que eso conlleva, es la decisión más importante que todo ser humano debe hacerse en algún momento de su vida.

De nada sirve achacar a las situaciones, problemas, dificultades o cambios externos nuestra felicidad o nuestra infelicidad. Nada de lo que nos pasa, absolutamente nada, es bueno o malo, simplemente es. Y lo que hace que sea bueno o malo es nuestra forma de percibirlo. Todo depende de cómo percibimos las cosas, de cómo reaccionamos ante ellas. Un viejo y sabio amigo me contó el otro día una hermosa historia: dos amigos salen a pasear en una preciosa mañana soleada y se detienen en un puesto de periódicos. “Buenos días, Juan – le dice uno de ellos al quiosquero- ¿cómo te trata la vida? Tienes buen aspecto, anda, por favor, dame el periódico.” A lo que el quiosquero, áspero donde los haya, contesta con un gruñido y de malos modos. “Muchísimas gracias, Juan, que pases un buen día, hasta luego” respondió de nuevo el amigo con la mejor de sus sonrisas. “No te entiendo- le dijo su amigo al alejarse del kiosko- ¿por qué eres tan amable y atento con un cretino como ése que no merece ni las gracias” “Porque él no es el dueño de mi alegría”

“Porque él no es el dueño de mi alegría”, ésa es la clave. No dejar que nuestro estado dependa de lo que sucede a nuestro alrededor. No dejarnos dominar por lo que nos provoca lo que sucede, porque, de hacerlo, nuestra vida se convierte en un interminable juego de acción/reacción en el que perdemos la iniciativa, la libertad de elegir, de ser nosotros. Ser libre significa poder decidir lo que vamos a hacer o a no hacer. Si nuestra reacción ante algo que pasa nos domina, habrá sido eso que ha pasado el que haya decidico por nosotros, no nuestra libertad. Podemos estar frente a situaciones duras, injustas, terribles, como la muerte por hambruna de los niños de Somalia, pero la clave está en cómo reaccionemos, en cómo respondamos a esas situaciones. Indudablemente no podemos evitar el dolor que vemos frente a nosotros, pero sí el sufrimiento que nos produce. Y esto no es egoísmo, sino todo lo contrario. Si frente a la muerte de esos niños reaccionamos hundiéndonos, dejándonos dominar por nuestro sufrimiento, no tendremos fuerzas para abrazar a su madre, para consolarla, para ayudarla a conseguir la leche que necesitan sus otros hijos… Hay que apender a distinguir entre dolor y sufrimiento. Un mismo hecho nos puede afectar de formas totalmente diferentes en función de cómo lo interpretemos. Si, por ejemplo, estamos en un andén de la estación del metro esperando y pasa un ciego y nos pisa, reaccionaremos al dolor del pisotón, pero no contra el ciego porque considereamos que no tenía intención alguna de pisarnos. Si, por el contrario, quien nos pisa es un energúmeno maleducado que ni siquiera nos pide perdón, nos dolerá el pisotón y además sentiremos rabia por la mala leche del cretino que nos ha pisado. El dolor,en este caso, sería el del pisotón, y el sufrimiento, lo que verdaderamente hará que reaccionemos de una u otra manera, el de las intenciones que atribuyamos al que nos ha pisado (no hace ni falta que el interfecto haya mostrado sus intenciones, nosotros ya las presuponemos de antemano y le juzgamos, y seguramente condenamos, sin darle siquiera derecho a defenderse)

No se trata de ser insensible, de no dejar que lo que pasa a nuestro alrededor (el dolor) nos afecte, sino de reaccionar positivamente frente a cualquier adversidad. Y eso es algo que depende única y exclusivamente de nosotros. Preguntarnos ¿por qué pasan las cosas?, ¿ por qué esta persona ha hecho esto o lo otro?, son preguntas sin respuesta que no nos llevan a ningún sitio y que bloquean nuestra respuesta. Para poder reaccionar, para poder hacer frente a esas situaciones, por duras que sean, lo que debemos hacer es aceptarlas, aceptarlas como son. No podemos cambiarlas ni podremos jamás llegar a entenderlas porque, seguramente, nosotros nunca las habríamos hecho. Aceptarlas es el primer paso para evitar que nos domine el sufrimiento, la rabia o la desesperación. No habremos podido evitar el dolor, pero sí el sufrimiento.

Del mismo modo debemos aprender a distinguir entre la realidad como es, la que nosotros vemos y la que nos gustaría que fuese. Los seguidores de dos equipos de fútbol, cegados por el amor a sus colores, verán una misma jugada del partido de formas totalmente opuestas: para unos será penalti y para otros ni siquiera falta. El hecho es el mismo, nuestra percepción es la que cambia, y lo hace movida por todos los fundamentos que tenemos en nuestra forma de ser: genéticos, educacionales, culturales, sociales, religiosos, económicos, etc. Obsesionarnos con querer tener la razón es uno de los mayores absurdos que podemos cometer. Cada uno tiene su razón, como cada uno ve la realidad a su manera, pero ni la razón ni la realidad son como las vemos. Pero eso no debe preocuparnos, porque hay otro factor que puede ayudarnos a manejar nuestras emociones, nuestra respuesta a lo que pasa a nuestro alrededor: su transitoriedad. Todo pasa, todo queda atrás, todo evoluciona… ¿qué seguidor de esos dos equipos recordará esa jugada dentro de quince años?, ¿a quién le importará…?

Una de las herramientas que Vilaseca propone en su libro es la de cambiar la pregunta que nos hacemos cuando nos sucede algo: sustituir ¿por qué ha sucedido? por ¿para qué ha sucedido?. Al hacerlo, estaremos cambiando radicalmente nuestro punto de vista sobre esa situación. En lugar de afrontarlo como algo que nos ha sucedido a nosotros y mortificarnos como víctimas, estaremos viéndolo como una oportunidad de aprender a conocernos a nosotros mismos. Los tibetanos, un pueblo que ha sufrido el genocidio por parte de las autoridades chinas y que sufre el dolor, la injusticia y la barbarie desde hace décadas, no ve a los chinos como enemigos, sino como oportunidades para practicar su paciencia. Por eso no hay odio en ellos, sino compasión, y resistencia, su lucha, es no violenta. El victimismo es la enfermedad más extendida en nuestra sociedad. Es lógico, nos han educado en él desde que somos pequeños: cuando un niño tropieza con una mesa, se cae y llora, no es extraño ver a su padre o a su madre pegando a la mesa delante del niño y diciéndole a la mesa, mientras le dan unos cuantos azotes, “Tonta, mala, has hecho daño al niño”. Es una reacción absurda, pero no inocua: la mesa estaba quieta, no tenía ninguna “culpa”, ha sido el niño el que ha cometido un error y ha chocado contra la mesa, pero con esa reacción, los padres, en lugar de ayudarle, están haciendo de él una víctima, una pobre víctima que ha sido atacada por una cruel y bárbara  mesa. El victimismo hace que siempre culpemos a otro de nuestro dolor, de nuestra insatisfacción o de nuestro sufrimiento. Y eso lo único que hace es que, al depender de otro, no podamos hacer nada para solucionarlo. Nos bloquea. Es una verdadera fábrica de frustrados que se pasan la vida quejándose y culpando a los demás de sus penas en lugar de analizar qué han hecho ellos mal y qué pueden hacer para mejorarlo o para que lo que ha pasado no vuelva a suceder.

Todas las cosas que afectan a nuesro yo más profundo nos son presentadas día y noche como algo externo a nosotros, algo que no podemos cambiar: la felicidad, la seguridad, la libertad, la responsabilidad… Por eso la vida, nuestra vida, está orientada a que no tengamos ni un solo momento para estar en soledad, en silencio, sin hacer nada más que estar con nosotros mismos, escuchando el silencio, aprendiendo a conocernos, a amarnos. Nuestras vidas son una huída de nosotros mismos. Nos tememos porque nos desconocemos. Y nuestro drama es que es imposible amar lo que no se conoce. Ese es el origen de la mayor parte de nuestras frustraciones y de nuestro sufrimiento. El miedo, el terror, a conocernos a nosotros mismos y, con ello, a tomar las riendas de nuestras vidas, a navegar contra la corriente.

Otro de los puntos interesantes que Vilaseca toca en su libro es el de nuestro egocentrismo y el del miedo a vivir nuestro aquí y nuestro ahora. Todo lo que pasa en esta sociedad es analizado desde nuestra perspectiva personal como algo que gira en torno nuestro. Somos el centro del mundo, los demás no importan. Cada uno debe defender sus intereses porque los demás no lo harán por él. En lugar de plantearnos qué puedo hacer yo para mejorar este mundo, lo que hacemos es preguntarnos qué puedo conseguir de este mundo para mejorar mi situación. Y así nos va. Llevamos unas gafas de grueso “yo-mi-me-conmigo” que nos impiden ver la realidad. Y sobre esos cristales tan opacos, encima solemos poner otros que nos hablan de un pasado idealizado que jamás existió o de un futuro maravilloso que no existe y que nos impiden ver lo único que verdaderamente existe: el presente, impidiéndonos vivirlo plenamente. Y cuesta tanto quitarnos los cristales de esas gafas…

Otro libro maravilloso, “Spoon River”, de Edgar Lee Masters publicado en 1915, narra la vida de un pueblo imaginario a partir de las historias que Masters escribe desde los epitafios de las tumbas de su pequeño cementerio, contándonos la vida de cada uno de sus habitantes. Spoon River está repleto de historias preciosas, y tiene una que, precisamente, habla de todo esto. Es la de Ernest Hyden:

“Mi mente era un espejo: veía lo que veía, sabía lo que sabía. En la juventud mi mente sólo era un espejo en un coche que iba a toda velocidad, atrapando y perdiendo fragmentos del paisaje. A través del tiempo, el espejo sufrió grandes arañazos, el mundo de afuera entró y mi ser interior pudo mirar hacia fuera. Éste es el nacimiento del alma en el dolor, un nacimiento en el que se gana y se pierde. La mente ve al mundo como una cosa aparte, el alma lo ase, y el mundo, con ella, es una sola cosa. Un espejo rayado no refleja imagen alguna—Este es el silencio de la sabiduría”

La mente, nuestra mente, es ese espejo, un espejo al que la vida va desgastando a base de arañazos. Pasamos, así, de reflejar todo lo que vemos, de ser absolutamente vacíos, de no tener ni ser nada y limitarnos a reflejar lo que pasa frente a nosotros, a permitir que todo eso vaya pasando a través del cristal, a través de los arañazos que nos ha ido haciendo la vida, para que entre en nosotros y podamos, al fin, dejar que nuestro ser interior, nuestra alma, nuestro verdadero yo, empiece a mirar hacia fuera. Un espejo es algo muerto, sin vida, algo que no es nada si no tiene algo frente a él. Y cuando lo tiene no es más que su reflejo, algo totalmente externo, frío, vacío y yermo. Y nosotros vivimos agazapados detrás de ese espejo, creyéndonos protegidos por nuestras convicciones y certezas que impiden que la realidad, que la vida, nos alcance. Hay quien a lo largo de su vida no sufre ni un solo rasguño, y hay quien antes de llegar a la adolescencia tiene su espejo completamente rayado. Hay quien cuida y limpia ese espejo cada día intentando reparar las rayadas y quien apura el primer rasguño para mirar hacia fuera a través de él. Hay espejos que, a la primera rayada, se rompen en mil pedazos, y los hay que llegan a ser, rasguño a rasguño, cristales limpios, puros y transparentes… Todo depende de nosotros, de lo que de verdad queramos hacer con nuestro espejo, con nuestra vida.

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¿Educar?

19 febrero, 2012

¿Queremos que nuestros hijos estén preparados únicamente para trabajar, o queremos prepararlos para que puedan ser felices?, ¿tiene que ser el trabajo lo único importante en sus vidas, o queremos que alcancen su plenitud como seres humanos libres y felices? No me cabe duda de que todos los padres desean que sus hijos puedan ser felices. Pero ¿está nuestro sistema educativo, la educación que les estamos dando, preparando a nuestros hijos para serlo? ¡NO! Nuestro modelo educativo, creado para dar respuesta a las necesidades laborales que impuso la revolución industrial, relega a un segundo, tercer o último plano aquellas disciplinas que no sean las estrictamente necesarias para favorecer la producción. En cualquier lugar del mundo se priorizan asignaturas como lengua o matemáticas. Tras ellas van las demás asignaturas y, finalmente en último lugar, las relacionadas con el mundo del arte. La reciente decisión de dejar de considerar las carreras artísticas como licenciaturas universitarias es una muestra más del estado de la educación.

Father and son de Cat Stevens puede ser una buena elección para que, si quieres, nos acompañe en este viaje:

Nuestro sistema educativo tiene un diseño deliberadamente orientado a cercenar la creatividad, la imaginación, la capacidad de desarrollar nuestra faceta más creativa, una faceta poco productiva según el canon de la productividad al uso. Asociamos trabajo con dinero, y dinero con felicidad. Ese es nuestro gran error. Primero, porque en los tiempos que corren el trabajo ya no es sinónimo de dinero, ni garantía de seguridad; y segundo porque el dinero nunca ha dado la felicidad. Basta con repasar las estadísticas de suicidios a nivel mundial para comprobar que a mayor renta per cápita mayor tasa de suicidios, o simplemente recordar que en España, por ejemplo, la cifra de enfermos de depresión en 2010 superaba los seis millones y que el consumo de antidepresivos y ansiolíticos se ha multuplicado por cinco en los últimos quince años. En un momento como el actual donde trabajar para otro es un riesgo, ya que podemos ser despedidos si no hay trabajo, si cae la rentabilidad de la empresa para la que trabajamos o simplemente si la deslocalizan buscando costes más bajos, educar para producir, para integrarnos en estas estructuras empresariales sacrificando todo lo demás, es un gran error. Hoy todo fluye, todo es relativo e inseguro. Y en un entorno así las capacidades creativas e imaginativas son las que mejor pueden adaptarse. Educamos a nuestros hijos para ser eficientes (para hacer bien lo que otro les dice que hagan), pero no para ser eficaces (hacer bien lo que se tiene que hacer sin que nadie les tenga que decir cómo hacerlo). Estamos aniquilando su iniciativa, su imaginación y su capacidad creativa, las mejores armas que tienen para defenderse de este entorno tan hostil y competitivo.

¿Por qué en los colegios se destinan infinidad de horas diarias a las matemáticas y solo alguna aislada a la semana a la danza, a la pintura, o a la música? Tienen más horas dedicadas al deporte que al arte. Educamos más sus cuerpos que sus almas. No se trata de que todos sean artistas, sino de que todos puedan llegar a ser felices, y la creatividad, la libertad creativa, es uno de los mejores caminos para llegar a la felicidad. No conozco a ningún matemático que haya alcanzado la felicidad resolviendo ecuaciones, pero sí a muchos niños siendo felices mientras dibujan con un lápiz. ¿Por qué les quitamos entonces el lápiz para darles una calculadora? ¿De qué me sirve recordar hoy la lista de los reyes godos o cómo se hace una raíz cuadrada, si soy incapaz de crear y de sentir?

La única forma de crear es atreviéndose a equivocarse, a fracasar, pero ¿no es precisamente lo contrario lo que hacen nuestros planes de estudio, castigar el error? Si no nos equivocamos, haremos las cosas bien, sí, pero serán las pocas cosas que sabemos hacer, y jamás llegaremos a conocer lo que habríamos sido capaces de hacer. Cada uno de nuestros hijos tiene sus límites. Dejémosles descubrirlos por ellos mismos sin añadir los que les ponemos nosotros. Su libertad está en poder alcanzar sus propios límites, y no los que les impongamos. Nuestro sistema educativo, fiel reflejo de los valores imperantes en nuestra sociedad, no está orientado a crear hombres y mujeres libres, creativos, imaginativos, con capacidad de analizar y de pensar por sí mismos, de tener opiniones propias, no está preparado para educar en valores como generosidad, solidaridad, compromiso o altruismo. Está creando individuos en los que la vertiente egoísta y egocéntrica es superior, muy superior, a la social. Un repaso a los referentes sociales a lo largo de los últimos decenios es un fiel reflejo de lo que está pasando: del Che Guevara de los sesenta se pasó al Mario Conde de los ochenta, y del Mario Conde de los ochenta a la Belén Esteban del siglo XXI, que podrá representar muchas cosas, pero no los ideales altruistas, solidarios, comprometidos y generosos que representaba el Che. Hoy no se quiere ser un buen actor, se quiere ser famoso; no se quiere ser un buen cirujano, se quiere ganar dinero con la cirugía plástica, no se quiere ser feliz, se quiere tener dinero. Y, por encima de todo, se quiere ser todo eso pero con el mínimo esfuerzo, o incluso sin él. Decenas de jóvenes a los y a las que no conozco de nada chatean a veces conmigo a través de facebook para pedirme que les presente a alguien porque quieren protagonizar una serie de televisión, o que les presente a algún productor porque “soy músico y me quiero forrar”. Son jóvenes que no han estudiado nada de interpretación ni han actuado jamás, que ni siquiera han leído un libro sobre interpretación, cine o teatro, son jóvenes que lo único que quieren es ser “famosos”. Cuando les digo que ser actriz o actor no es tan fácil, que hay que formarse, comprometerse con lo que uno quiere hacer, sacrificarse, estudiar, ensayar, pasar castings y más castings, esperar a que te llamen o aprender a buscarte la vida por ti mismo cuando nadie te llama, creen que les hablo en chino, que no tengo idea de qué va la película o, simplemente, que no les quiero ayudar. Tienen una visión totalmente distorsionada de la realidad. En su mentalidad, producto de los valores y referentes con los que les hemos educado, solo ven la alfombra roja, son incapaces de ver más allá. Sé que estoy generalizando y que eso es muy injusto con todos esos miles de jóvenes que sí son solidarios y están concienciados con los problemas de nuestra sociedad, pero por desgracia los otros son tantos, tantos…

Nuestros centros escolares, la universidad y todo lo que compone el sistema educativo, incluyendo en ello por supuesto la imprescindible función de los padres, no están hechos para fomentar la sensibilidad, para crear seres libres, y los valores imperantes en nuestra sociedad, esos valores que hablan de productividad, beneficio, especulación y demás, son los asesinos de la creación y de la libertad, los asesinos de la felicidad de nuestros hijos. Si castramos la sensibilidad y la creatividad de nuestros hijos, si les imbuimos el terror al fracaso, podremos hacer de ellos grandes productores y fantásticos consumidores, que en el mejor de los casos llegarán a tener grandes casas, barcos, coches o incluso aviones, pero nunca serán seres humanos felices.

¿Existe una escuela que anteponga la felicidad de los niños a todo lo demás?, ¿que considere más importante la felicidad del niño que su rendimiento académico?, ¿que eduque a los niños para ser libres y vivir en sociedad? Sí, hay muchas en todo el mundo y cada día son más las que aparecen para intentar paliar el grave problema que es la educación tradicional. Desde la Escuela Moderna de Ferrer Guardia, que, hace más de cien años, propugnaba la libertad como valor fundamental de la educación, han sido muchas, muchísimas, las experiencias educativas que han seguido esa línea. Hablaré de una escuela que sigue esta propuesta educativa desde 1927 y que sigue dando ejemplo a decenas de proyectos alternativos a la educación “tradicional” en todo el mundo: SUMMERHILL

Creada por Alexander Sutherland Neill, y actualmente dirigida por su hija Zoe, se fundamenta en estos cuatro principios: “Permitir libertad a los niños para crecer emocionalmente, darles poder sobre sus propias vidas y tiempo para desarrollarse naturalmente y crear una infancia feliz eliminando el miedo y la coerción por parte de los adultos”. Estos principios, inspirados en las teorías de Rousseau y de Wilhem Reich, que consideran que el desarrollo psicológico y emocional debe tener prioridad sobre el intelectual, hacen que Summerhill se diferencie del sistema educativo tradicional por:

- Creer en la bondad de los seres humanos (el egoísmo del niño no es malo en sí y, al crecer y socializarse, acaba por desaparecer y es sustituido de forma natural por valores altruistas y solidarios)
- Su objetivo principal es que los niños sean felices.
- Basa la convivencia en el amor y el respeto
- Prioriza el expresar las emociones y aprender a través de los sentimientos
- No hay exámenes, calificaciones, premios ni castigos
- La asistencia a clase es voluntaria, ningún niño es obligado a ir a clase
- El órgano rector de Summerhill es la asamblea semanal en la que participan con igual derecho a voto los profesores, los niños y el personal no docente. Cada persona, con independencia de su edad, de si es niño o adulto, o de cualquier otra clase de diferencia, tiene un voto, un voto igual al de todos los demás.
- El aprendizaje se da en la convivencia, el autogobierno y la asunción de la propia responsabilidad (es un internado mixto que también tiene alumnos externos, y que actualmente cuenta con un centenar de alumnos y una decena de profesores)
- Se da prioridad al juego y a las artes (teatro, danza, artes plásticas, etc.) sobre los libros de estudio
- Las normas de la escuela son construidas entre todos, y todos se sienten responsables de su gobierno

Las palabras de Neill sobre su concepto de lo que debe ser la verdadera educación son muy iluminadoras: “El único cuidado que habría necesidad de practicar en la escuela es la cura de la infelicidad. El niño difícil es el niño infeliz. Está en guerra consigo mismo y, por tanto, está en guerra con el mundo… Todos los crímenes, todas las guerras, todos los odios, se pueden reducir a una sola palabra: infelicidad. No tenemos nuevos sistemas de enseñanza, porque no consideramos que la enseñanza sea muy importante en sí misma…”

A nivel de enseñanza Summerhill parte de la base de que obligar a un niño a aprender algo en contra de su voluntad no tiene ningún sentido, porque, en el mejor de los casos, lo que pueda aprender será pronto olvidado. ¿Cómo pueden evaluarse entonces los niveles académicos de niños que se han formado sin exámenes y a los que no se les ha obligado a ir a clase? Neill parte de su propia experiencia como pedagogo durante más de sesenta años para afirmar que conforme el niño se desarrolla en muchos casos surge la necesidad o el impulso de querer aprender. A veces el impuso es directo, y a veces indirecto (quiero conocer esto para conseguir aquello). Es entonces cuando esos niños deciden ir a clase, donde aprenden lo que han aprendido los demás niños, pero lo hacen desde su propio convencimiento y motivación. La obtención de títulos tampoco representa ningún problema porque se presentan a los exámenes oficiales del ministerio para cada titulación.

Qué duda cabe que el concepto y la propia existencia de Summerhill han supuesto a lo largo de sus más de ochenta años de historia una amenaza para el sistema educativo tradicional y para los valores imperantes. Ha sido atacado acusado de crear analfabetos, seres inadaptados para integrarse en la sociedad regida por horarios y jerarquías, de ser “buenista”, de hacer vivir a los niños en una “burbuja” que nada tiene que ver con la vida real, etc. etc. etc. Estos ataques alcanzaron su clímax en 1999 cuando el gobierno de Tony Blair intentó cerrar la escuela por “la errática asistencia a las clases, porque el curriculo que sigue la mayoría de ellos afectará negativamente a sus opciones futuras, porque muchos niños presentan niveles bajos de lectura, escritura y matemáticas y porque se permite que los chicos y las chicas compartan los servicios y usen un lenguaje soez”. La respuesta de Zoe, la hija de Neill, fue contundente: defendió su caso en los tribunales y ganó. En 2008 la BBC hizo una serie de tv de 4 capítulos cuya trama fue precisamente esta desigual lucha de David contra Goliat que representó este conflicto con el gobierno británico. Muy en la línea de su padre, Zoe manifestó que “enviar inspectores del ministerio a Summerhill  es como enviar a los ateos a que inspeccionen las iglesias”. Y sobre el primer ministro Blair y los ataques menospreciando la propuesta educativa de Summerhill, afirmó que prefería que “Summerhill formase un barrendero feliz, a un primer ministro neurótico” Antiguos alumnos, como la actriz Rebeca de Mornay, acudieron a la prensa para manifestar su apoyo incondicional a Summerhill, porque consideraban un crimen que el gobierno pretendiese cerrarla.

Puede que Summerhill tenga sus fallos y que no sea la escuela perfecta, pero sigue ahí, viva después de más de 80 años de ataques y dificultades, demostrando que otra educación, una educación que anteponga la felicidad y la libertad del niño a todo lo demás, es posible en el mundo de hoy y en nuestro entorno. Medir la educación de los niños por sus resultados académicos, es como medir la felicidad de un país por su Producto Interior Bruto (PIB). La felicidad de un país debería medirse, en todo caso, por un Índice de Felicidad Interior Bruta (en el que países como Bután estarían a la cabeza, a pesar de estar en la cola del PIB). En cualquier caso, viendo los resultados de la educación tradicional en el mundo desarrollado, cada vez se ve más clara la necesidad de implantar métodos educativos alternativos que preparen al niño para poder ser un ser humano libre y feliz, y no un simple consumidor y aborregado votante más.

Y si esta lamentable y dramática situación de la educación es la que nos encontramos en nuestro primer mundo, la que padecen los niños de los países del tercer mundo es criminal. Poder estudiar, aprender a leer y a escribir, es la única forma que esos niños tienen de no estar condenados a trabajar en los trabajos más duros e inmundos. La educación es la llave que les puede abrir la puerta de un nuevo mundo que sea más benévolo, o cuando menos no tan malévolo, con ellos. Pero el mundo en el que viven no les permite alcanzar esa llave. Están condenados, desde que nacen, a realizar los peores trabajos para alimentar a los suyos, a sufrir la violencia del hambre y la injusticia. La educación les puede hacer libres, pero a nadie interesa que sean libres. La educación les puede ayudar a salir de la miseria, pero a nadie interesa que salgan de la miseria. La educación les puede convertir en seres humanos, pero a nadie interesa que sean seres humanos.

Una película española que acaba de estrenarse, y que recomiendo encarecidamente, Katmandú, de Icíar Bollaín, plantea este tema con toda su crudeza. A través de la figura de Laia (soberbiamente interpretada por esa maravilla de actriz que es Verónica Echegui), una maestra catalana que va a Katmandú a dar clases y descubre otra realidad que le enseña que ese es su lugar en el mundo, su espejo en el cielo, asistimos a la extrema dificultad que para esos niños y niñas es, simplemente, poder ir a la escuela. No se trata de que sea gratuita, que lo es, sino de que por el simple hecho de asistir a la escuela no pueden trabajar y llevar dinero a casa, un dinero que su familia necesita para no morir de hambre. Solo la determinación, el compromiso, el sacrificio, la imaginación y la capacidad de adaptación de esa maestra logran romper ese círculo vicioso que condena a esos niños a la muerte y al olvido. Podemos cambiar nuestras vidas, ella misma lo ha hecho, y ese es un valor inestimable que podemos y debemos transmitir a todos los niños, a los del tercer mundo y a los del primero, porque todos tienen derecho a ser libres y, sobre todo, a ser felices.

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Porque la felicidad no es una zanahoria…

15 noviembre, 2009

felicidad 11Hoy me gustaría hablaros de la felicidad, algo que, muchas veces, creemos que debe existir; que algunas veces,  intuímos que existe; y que muy pocas veces, somos plenamente conscientes de que verdaderamente existe,  porque en esos momentos somos felices… casi sin darnos cuenta.

Y para este viaje que hoy os propongo, me gustaría que una joven cantante estadounidense nos acompañara: Melody Gardot.

ffg3En la entrada de este blog que dediqué  hace unos meses a Fernando Fernán-Gómez decía que él escribió en una ocasión que “la diferencia entre los hombres de la realidad y los personajes teatrales es que los hombres de la realidad siempre son protagonistas, todos son protagonistas, aún cuando al mismo tiempo sean personajes secundarios en las peripecias ajenas…”

felicidad 22Cuánta sabiduría se esconde en esas palabras o ¿acaso hemos conocido a alguien que se limite de verdad a ser un personaje secundario de nuestras vidas…? o, lo que todavía es peor, ¿cuándo hemos admitido nosotros ser un simple comparsa en la vida de los demás? Siempre nos creemos el centro del mundo, tenemos muy claro que todo debe girar a nuestro alrededor, que nuestras opiniones deben prevalecer sobre las de los demás, simplemente porque son nuestras… ¡ay de aquel que ose llevarnos la contraria en los temas que verdaderamente nos importan!

felicidad 33Tenemos tanto ego que nos cegamos a nosotros mismos, empeñándonos en sentirnos infelices. Vivimos prisioneros de nuestros deseos, somos esclavos de nuestros anhelos, sin saber, o sin querer saber, que un deseo hecho realidad no supone alcanzar la felicidad. Y, sin embargo, nos empeñamos en creerlo. Siempre pensamos que la felicidad es algo futuro que, tarde o temprano, vendrá desde no sabemos dónde ni por qué, a dar sentido al sinsentido de nuestra vida. Creemos que la felicidad es una especie de zanahoria tras la que nos pasamos la vida corriendo… sin saber que jamás llegaremos a alcanzarla, porque la felicidad nunca ha sido, ni será, una zanahoria.

felicidad 37Otros, en cambio, se quedan anclados en la idealización de un pasado que nunca les dio, ni les dará, la felicidad, proclamando una y mil veces que algún día fueron felices…cuando, en realidad nunca lo fueron y, lo que es peor, ese haberse quedado viviendo del recuerdo les aleja más y más de la verdadera felicidad que habita en el único mundo que verdaderamente existe: el del aquí y el ahora. ¿Tanto cuesta limitarnos a vivir este aquí y este ahora?, ¿tan difícil es aceptar que no somos el centro del universo, que cada una de las personas con las que nos cruzamos a diario tiene su propia vida en la que nosotros no somos más que un personaje secundario o un figurante? Infaliblemente, cuando conocemos a alguien pensamos en lo que nos podría llegar a dar o, en el mejor de los casos, nos limitamos a ignorarle porque no nos interesa lo más mínimo. ¿Cuándo ha sido la última vez que, al conocer a alguien, lo primero que hemos pensado, de verdad, ha sido “en qué puedo ayudarle yo”?

felicidad 38La vocecita de nuestra conciencia, esa voz que nos habla desde nuestro interior, es un dictador insaciable que nos habla continuamente para impedirnos escuchar el silencio. Pero esa voz no es nuestra voz, es la voz de nuestro ego, y está siempre hablando para no dejarnos pensar, para impedir que nuestra mente se calme y se serene. Su vida depende de ello, por eso habla todo el rato. Es un continuo yo, yo, yo… Los demás no existen para esa voz más que como compañeros u obstáculos de nuestro caminar, porque para nuestro ego los demás carecen de vida propia. Si cada vez que habla esa voz aprendemos a observarla, nos daremos cuenta de que, en realidad, nosotros somos el observador, no esa voz, y ese será el primer paso del largo camino que nos llevará a silenciarla.

felicidad 30Nosotros, como actores, sabemos muy bien que, para empezar a vivir cualquier personaje, lo primero que debemos hacer es acallar la vocecita de ese juez inclemente y pesadísimo que siempre nos acompaña cuando nos sentimos inseguros o tenemos miedo a arriesgarnos de verdad a ser libres. No es fácil, desde luego, acallar esa voz, pero tenemos la ventaja de que sabemos que esa voz no sólo no nos ayuda en absoluto, sino que dificulta muchísimo nuestra labor. Acallar esa voz  es el primer paso de nuestro camino creativo, y esa es una de las ventajas que tenemos los actores, ya que tenemos muchas más oportunidades de aprender a acallarla que el resto de los mortales.

Pero volvamos al tema que nos ocupa, el de la felicidad. Siempre hemos creído que la felicidad es algo que vendrá algún día, porque, sin lugar a dudas, está fuera de nosotros, y, en verdad, nada más lejos de la realidad. La felicidad, como todas las cosas que verdaderamente importan, siempre ha estado, y está, dentro de nosotros. Voy a poneros algunos ejemplos de la vida real que pueden ayudarnos a entender mejor todo esto.

Hace cinco años, una chica paseaba en bicicleta por una calle de una pequeña ciudad estadounidense. Tenía diecinueve años y toda una vida por delante. Un coche se cruzó en su camino y la atropelló brutalmente. Amaba la música. Billie Holiday, Ella Fiztgerald y Nina Simone eran sus cantantes favoritas. El jazz era su pasión. Los médicos lucharon desesperadamente por salvar su vida. Entre las secuelas que tenía, sufría de amnesia. Su felicidad 3neurocirujano, al saber que le gustaba tanto la música, le pidió que, como parte de la terapia para recuperar la memoria, dedicase muchas horas a cantar y a componer canciones. Y ella, tumbada en la cama, empezó a componer unas canciones preciosas. Su maravillosa voz le permitió grabarlas en la que fue la primera maqueta que hizo y que alguien llevó a un productor musical. Esa chica se llama Melody Gardot, es esa maravillosa voz que acabáis de escuchar, hoy tiene veinticuatro años y, aunque todavía tiene que subir a los escenarios ayudada por un bastón y con gafas de sol para protegerse de la fotofobia que le causó aquel accidente, es una de las promesas más firmes y con mayor proyección internacional del jazz. Si le preguntas por su discapacidad, te mira directamente a los ojos, te contesta: “¿Acaso, de alguna manera, no tenemos todos alguna?” y te sonríe.

Ahora me gustaría invitaros a escuchar una música que para mí es muy especial. Es un mantra tibetano interpretado por el Lama Gyurme y por un joven músico francés llamado Jean Philippe Rykiel.

 

felicidad 7El Lama, muy sabio, consciente de que los occidentales no estamos muy acostumbrados a este tipo de música, suele decir que los mantras son la aspirina que cura nuestros males, y la música del piano de Rykiel el agua para que podamos tragarla. He tenido la fortuna de escucharles varias veces en directo. Jamás olvidaré la primera vez que les oí. Fue hace algunos años en la Basílica de Santa María del Mar, en Barcelona. Un precioso juego de luces azules y anaranjadas iluminaba sus impresionantes columnas manteniendo el resto del templo en la oscuridad. También había muchas flores adornando el altar, desde donde ambos músicos daban aquel concierto. Tras ellos había varios thangkas tibetanos enormes y de los colores más vivos representando el mandala del Kalachakra y varios Bodhisattvas. Era un marco incomparable para un concierto como aquel. Os aseguro que, viendo tanta belleza, lloré de emoción. Imaginé lo que debían sentir los dos músicos viendo todo aquello, cuando me dí cuenta de que Jean Philipe Rykiel es ciego. En aquel momento sentí una inmensa pena por él. Hoy sé que me equivocaba, y que él también veía la belleza de aquella noche inolvidable, porque la belleza está dentro de nosotros, fuera simplemente está la luz que, iluminándola, puede ayudarnos a contemplarla, pero nunca la veríamos si no supiéramos sacarla de nuestro propio interior donde, al cerrar los ojos, si miramos el silencio de nuestro yo más profundo, jamás dejamos de verla.

He vivido muy de cerca la experiencia de un niño que tenía una enfermedad congénita incurable de riñón. Se la diagnosticaron cuando tenía ocho años: al llegar a la pubertad se le secarían ambos riñones y tendría que acabar en diálisis o en un trasplante. El médico no se equivocó y, al llegar a los doce años, se le secaron los dos riñones. Tuvo la suerte de encontrar un felicidad 28donante y ser trasplantado sin necesidad de pasar por diálisis. Al salir del hospital su peso había pasado de treinta a casi cincuenta kilos por efecto de la medicación. Estaba irreconocible y, cuando pudo empezar a salir a la calle y se cruzaba con sus compañeros de clase, muchas veces no le reconocían. Él se daba cuenta y lo comentaba, pero de su boca nunca salió un lamento ni un reproche. No sé cómo, pero aprendió a considerarlo como algo normal que le estaba pasando y que tenía que asumir. Tuvo que dejar de hacer lo que más le gustaba, jugar al fútbol, y hacer un ejercicio impresionante de autocontrol para no olvidarse de tomar ni una sola de las casi veinte medicinas que tenía que tomar a diario.

Al llegar a la adolescencia su cuerpo empezó a rechazar el riñón trasplantado y a tener serios problemas para evitar las fuertes subidas de su tensión arterial. Se pasó más de tres meses internado en un hospital hasta que, finalmente, tuvieron que extraerle el riñon trasplantado, ya que había dejado de funcionar y había acabado siendo únicamente un foco de infección. Pasó más de felicidad 29un año sometiéndose a sesiones de cuatro y cinco horas de diálisis tres veces por semana. Impresionaba verles a todos en aquella sala charlando animadamente de sus cosas en un mundo y con un lenguaje totalmente ajenos al nuestro. El compañero más joven que tenía en aquella sala pasaba de los treinta años; él no había cumplido aún los diecisiete y ya esperaba su segundo trasplante. Nunca le oí quejarse ni hacerse la pregunta que, seguramente, todos nos habríamos hecho en su situación: “¿Por qué me ha tenido que pasar a mí?”. Al revés, él siempre ha estado de buen humor, alegre, preocupándose por los problemas de los demás, sin quejarse jamás de los suyos.  Durante todo aquel tiempo estuvo en lista de espera para un nuevo trasplante. Un día le llamaron para que fuera urgentemente al hospital porque había un riñon que podía ser compatible para él. Le hicieron el crossmatching, la prueba de compatibilidad entre donante y receptor, pero no dio el resultado esperado y tuvo que volver a casa sin haber sido trasplantado. Meses después volvieron a llamarle. De nuevo falló el crossmatching, y de nuevo volvió a su casa de vacío y a tener que seguir con las sesiones de diálisis. Él nunca se quejó, a pesar de que su cara y sus brazos reflejaban el sufrimiento de su cuerpo. En el colegio decidió hacer su trabajo de investigación precisamente sobre el mundo de los trasplantes. Quería compartir su experiencia con todos los demás y, al hacerlo, ayudar a quien lo pudiera necesitar. Se entrevistó con todos los médicos que le habían tratado, las enfermeras le dieron muchísimo material  y él se documentó a fondo sobre todo aquello. Por aquel trabajo consiguió una matrícula de honor. Hace tres años, apareció, por fin, el riñón que tanto había deseado. El segundo trasplante salió muy bien, ni siquiera engordó gracias a la nueva medicación, y hoy ese chaval es un joven de veintiún años perfectamente normal con el que te puedes cruzar a diario por la calle, que va a la universidad, que tiene novia, que ha vuelto a jugar al fútbol y que, de vez en cuando, se acerca a charlar un rato con sus antiguos compañeros de diálisis que aún no han sido trasplantados.

felicidad 25Las experiencias de este chaval y la de Melody Gardot, no son excepcionales, en todos los hospitales puedes encontrar muchos casos parecidos. Son personas que han intuído, o a las que el dolor les ha enseñado, que la felicidad está dentro de ellos, en su aquí y en su ahora, y que para alcanzarla no hay que esperar recibir nada, sino todo lo contrario, dar todo eso que llevamos dentro y compartirlo con los demás. Ellos han creído en sí mismos, se han atrevido a confiar en ellos, porque se han dado cuenta de que la seguridad también es algo que está dentro de ellos, y que depende de una sóla cosa: la actitud. Esa es la clave: la actitud positiva en todo momento, hacia todos y hacia todo. 

Y esa es otra de las ventajas que tenemos los actores: creemos en nosotros mismos, y estamos en esto sabiendo que cuando se acabe esta obra, esta peli o esta serie, volveremos a estar sin trabajo, pero seguimos aquí, haciendo lo que nos gusta, viviendo nuesto aquí y nuestro ahora, confiando en que, tarde o temprano, encontraremos un nuevo proyecto en el que nos embarcaremos para hacer eso que verdaderamente queremos hacer: actuar. Así que tenemos la ventaja de que el amor a nuestra profesión nos puede ayudar a dar los dos primeros pasos en el camino hacia la felicidad: acallar la voz interior y creer en nosotros mismos viviendo nuestro aquí y nuestro ahora. Mira por dónde, puede que, sin saberlo, no nos falte tanto para encontrar la felicidad…

felicidad 17Dicen los maestros budistas que la felicidad consiste en aprender a superar el sufrimiento. Si la felicidad fuera una mesa, las cuatro patas que tendría, seguramente, serían: superar el deseo, amar a los demás, acallar el ego y vivir el aquí y el ahora. Puede que, algún día, cuando hallamos superado el deseo, perdido el miedo a amar, acallado la voz de nuestro ego y nos atrevamos, de verdad, a vivir nuestro aquí y nuestro ahora, invitemos a todos los que nos rodean a compartir una charla alegre y sincera sentados alrededor de esa mesa en la que ya a nadie le importará no ser el protagonista de la velada.

 

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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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