Atravesando espejos, o la necesidad de vivir contra la corriente
26 febrero, 2012
¿Estamos viviendo la vida que de verdad queríamos vivir? ¿Somos felices? ¿Qué es la felicidad? ¿Existe? ¿Qué hay que hacer: cambiar la realidad o cambiar nuestra percepción de la realidad? ¿Qué debemos cambiar para encontrar la felicidad? ¿Podemos hacer algo para no ahogarnos en el terrible vacío existencial tan extendido hoy en nuestra sociedad? ¿Realmente depende de nosotros lo que nos sucede en la vida? ¿Podemos vivir contra la corriente? Preguntas como éstas no tienen fácil respuesta, aunque tienen tantas respuestas como seres humanos existen. Todos, cada uno de nosotros, tiene las suyas. “El sinsentido común”, un clarificador libro de Borja Vilaseca que acaba de llegar a nuestras librerías, es una herramienta valiosísima para ayudarnos a encontrar nuestras propias respuestas a todas estas preguntas que, tarde o temprano, todos nos hacemos en algún momento de nuestra vida, una vida que hemos de vivir en el sinsentido de un mundo que, como decía Erich Fromm, está produciendo seres humanos enfermos para obtener una economía sana. Hemos antepuesto la economía a todo lo demás, incluso a nosotros mismos. Hoy todo gira alrededor de la economía, y los seres humanos han pasado a ser un recurso más, un recurso prescindible, manipulable y desechable. Esperar que tu felicidad, como un regalo, venga de esa sociedad, de sus falsas promesas o de sus criminales realidades, es, sin duda, uno de los mayores errores que puedes cometer en y con tu vida. Solo hay un camino, y es el que lleva al fondo de tu corazón; y solo hay una manera de recorrerlo: estando dispuesto a hacer caso del sabio consejo que nos dejó Mark Twain: “Cada vez que te encuentres del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”
Pocas canciones como Dust in the wind (Polvo en el viento), de Kansas, pueden reflejar mejor el espíritu de esta entrada. Si quieres, deja que ahora nos acompañe:
En esta sociedad basada en el crecimiento, el mensaje que nos venden a diario es que cuanto más tengamos más felices seremos. Así de sencillo. Todo se basa en la promesa de placer, de confort, de seguridad y de felicidad que nos dará poseer esta cosa o aquella otra. La publicidad más agresiva no se conforma con prometernos esa felicidad futura que podremos llegar a tener, sino que llega incluso a sugerirnos que somos infelices porque no tenemos todas esas cosas. Es decir que nos venden la idea de que la felicidad es algo externo a nosotros, algo que no podremos conseguir si no compramos tal o cual cosa, si no hacemos esto o lo otro. Da igual
que estén vendiendo un coche, un perfume o un rollo de papel higiénico: el mensaje siempre es el mismo, que tú no puedes ser feliz porque la felicidad no está en ti, sino en el producto que te están vendiendo. Si eres “afortunado” y puedes comprar ese coche, ese perfume o ese rollo de papel no tardas en darte cuenta de que aquella promesa era una mentira, que sigues siendo un infeliz y que la felicidad no estaba allí. No te preocupes, pronto acudirán de nuevo a ti para que compres un coche más grande, un perfume más caro o un rollo de papel más acolchado, prometiéndote que es allí donde está la verdadera felicidad, no la que ya habías comprado. Y si, por el contrario, no eres de los “afortunados” que pueden comprarse el puñetero coche, el perfumito de marras o el papel de water de colores, resulta que eres un pringao, un ser socialmente despreciable, un don nadie, un pobre desgraciado…
Y si la felicidad es algo que nos venden como si estuviera fuera de nosotros, qué decir de otro de los paradigmas de nuestra sociedad: la seguridad. Basta con analizar las consecuencias que han tenido los atentados del 11-S a nivel mundial para darnos cuenta de que el mensaje que nos llega día sí y día también es que el mundo está lleno de terroríficos enemigos y terroristas a los que solo nuestros sabios y aguerridos gobernantes pueden hacer frente. De nuevo la seguridad, como antes la felicidad, no es vendida como algo externo a nosotros. Necesitamos a otro, o a otros, para poder estar seguros; nosotros solos no podemos alcanzar la
seguridad, ese es el mensaje universal, el nuevo dogma que debemos seguir sin siquiera cuestionarlo. Y en aras de esa hipotética y falsa seguridad, admitimos que recorten nuestros derechos, nuestra libertad, nuestra intimidad y nuestra dignidad con cosas como los absurdos controles de seguridad en los aeropuertos, con más controles y prohibiciones, con mayor gasto militar y hasta con nuevas guerras contra pueblos que no nos han hecho nada. Vayamos por partes: ¿sirven de algo esos exhaustivos controles en los aeropuertos? Para muchos sí, y se sienten más seguros gracias a ellos, hasta el
punto de que están encantados de renunciar a su libertad a cambio de esa sensación de seguridad. Yo no lo creo, y no lo creo porque por la misma razón de seguridad esos exhaustivos controles tendrían que haberse impuesto en otros medios de transporte como el tren o el metro. En España hemos sufrido atentados, pero no en aviones como en Estados Unidos, sino en trenes de cercanías. ¿Por qué implantar los controles solo para los aviones y no para los trenes? Además, si un iluminado quisiese atentar contra un avión, con coger a una de las azafatas del cuello con sus manos y amenazar al piloto con matarla podría hacerse con el control del avión. Si eso llegara a pasar qué harían entonces nuestros gobernantes, ¿obligarnos a volar con las manos esposadas a la espalda para evitar nuevos atentados? Es absurdo, un terrible e inmenso absurdo.
Y si esto es lo que sucede con la seguridad “nacional”, ¿qué podemos decir de la seguridad “individual”? Hoy, o por lo menos hasta la aprobación de la última reforma laboral, la mayor parte de la sociedad asociaba seguridad a un contrato
fijo, a una nómina, a trabajar en una gran empresa, etc. Es decir, de nuevo es un concepto que se asocia a algo externo, a algo que no depende de nosotros. En el mundo en el que trabajo, el de la interpretación, eso no es así. Todos, tanto el equipo artístico como el técnico, somos conscientes de que nuestro trabajo durará lo que dure la serie, la película o el montaje que estamos haciendo, y que cuando acabe lo más seguro es que nos iremos derechitos al paro. Y, sin embargo, seguimos trabajando en esto, porque es lo que nos gusta, y porque creemos que cuando este trabajo acabe seremos capaces de encontrar otro. Esta es la gran diferencia: que no consideramos la seguridad como algo externo a nosotros, sino como algo que depende de nosotros. Esta es la verdadera seguridad: creer en nosotros mismos, en nuestra capacidad para seguir adelante. No es un tema de inconsciencia, de egoísmo o de prepotencia, sino de autoestima y de amar lo que hacemos.
Y con la felicidad pasa exactamente lo mismo: es algo inherente a nosotros, no algo externo, algo que depende de otras personas o de otras cosas. Venimos al mundo con unas cartas, buenas o malas, con las que jugar la partida, pero quienes jugamos
esa partida somos nosotros. Nuestras decisiones de hoy, por pequeñas que sean, son las que determinarán nuestro futuro. Podrán aparecer nuevas situaciones, problemas, dificultades o cambios, pero han sido nuestras decisiones las que han hecho que vayamos precisamente por el camino donde todas esas cosas aparecerán. Y les haremos frente de una u otra forma, y el resultado de esas nuevas decisiones es el que marcará los siguientes pasos que demos y el camino que sigamos. Atreverse a ser libre, y la responsabilidad que eso conlleva, es la decisión más importante que todo ser humano debe hacerse en algún momento de su vida.
De nada sirve achacar a las situaciones, problemas, dificultades o cambios externos nuestra felicidad o nuestra infelicidad. Nada de lo que nos pasa, absolutamente nada, es bueno o malo, simplemente es. Y lo que hace que sea bueno o malo es
nuestra forma de percibirlo. Todo depende de cómo percibimos las cosas, de cómo reaccionamos ante ellas. Un viejo y sabio amigo me contó el otro día una hermosa historia: dos amigos salen a pasear en una preciosa mañana soleada y se detienen en un puesto de periódicos. “Buenos días, Juan – le dice uno de ellos al quiosquero- ¿cómo te trata la vida? Tienes buen aspecto, anda, por favor, dame el periódico.” A lo que el quiosquero, áspero donde los haya, contesta con un gruñido y de malos modos. “Muchísimas gracias, Juan, que pases un buen día, hasta luego” respondió de nuevo el amigo con la mejor de sus sonrisas. “No te entiendo- le dijo su amigo al alejarse del kiosko- ¿por qué eres tan amable y atento con un cretino como ése que no merece ni las gracias” “Porque él no es el dueño de mi alegría”
“Porque él no es el dueño de mi alegría”, ésa es la clave. No dejar que nuestro estado dependa de lo que sucede a nuestro alrededor. No dejarnos dominar por lo que nos provoca lo que sucede, porque, de hacerlo, nuestra vida se convierte en un interminable juego de acción/reacción en el que perdemos la iniciativa, la libertad de elegir, de ser nosotros. Ser libre significa poder decidir lo que vamos a hacer o a no hacer. Si nuestra reacción ante algo que pasa nos domina, habrá sido eso que ha pasado el que haya decidico por nosotros, no nuestra libertad. Podemos estar frente a situaciones duras, injustas, terribles, como la muerte por hambruna de los niños de Somalia, pero la clave está en cómo reaccionemos, en cómo respondamos a esas situaciones. Indudablemente no podemos evitar el dolor que vemos frente a nosotros, pero sí el sufrimiento que nos produce. Y esto no es egoísmo, sino todo lo contrario. Si frente a la muerte de esos niños reaccionamos hundiéndonos, dejándonos dominar por nuestro sufrimiento, no tendremos fuerzas para abrazar a su madre, para consolarla, para ayudarla a conseguir la leche que necesitan sus otros hijos… Hay que apender a distinguir entre dolor y sufrimiento. Un mismo hecho nos puede afectar de formas totalmente diferentes en función de cómo lo interpretemos. Si, por ejemplo, estamos en un andén de la estación del metro esperando y pasa un ciego y nos pisa, reaccionaremos al dolor del pisotón, pero no contra el ciego porque considereamos que no tenía intención alguna de pisarnos. Si, por el contrario, quien nos pisa es un energúmeno maleducado que ni siquiera nos pide perdón, nos dolerá el pisotón y además sentiremos rabia por la mala leche del cretino que nos ha pisado. El dolor,en este caso, sería el del pisotón, y el sufrimiento, lo que verdaderamente hará que reaccionemos de una u otra manera, el de las intenciones que atribuyamos al que nos ha pisado (no hace ni falta que el interfecto haya mostrado sus intenciones, nosotros ya las presuponemos de antemano y le juzgamos, y seguramente condenamos, sin darle siquiera derecho a defenderse)
No se trata de ser insensible, de no dejar que lo que pasa a nuestro alrededor (el dolor) nos afecte, sino de reaccionar positivamente frente a cualquier adversidad. Y eso es
algo que depende única y exclusivamente de nosotros. Preguntarnos ¿por qué pasan las cosas?, ¿ por qué esta persona ha hecho esto o lo otro?, son preguntas sin respuesta que no nos llevan a ningún sitio y que bloquean nuestra respuesta. Para poder reaccionar, para poder hacer frente a esas situaciones, por duras que sean, lo que debemos hacer es aceptarlas, aceptarlas como son. No podemos cambiarlas ni podremos jamás llegar a entenderlas porque, seguramente, nosotros nunca las habríamos hecho. Aceptarlas es el primer paso para evitar que nos domine el sufrimiento, la rabia o la desesperación. No habremos podido evitar el dolor, pero sí el sufrimiento.
Del mismo modo debemos aprender a distinguir entre la realidad como es, la que nosotros vemos y la que nos gustaría que fuese. Los seguidores de dos equipos de fútbol, cegados por el amor a sus colores, verán una misma jugada del partido de
formas totalmente opuestas: para unos será penalti y para otros ni siquiera falta. El hecho es el mismo, nuestra percepción es la que cambia, y lo hace movida por todos los fundamentos que tenemos en nuestra forma de ser: genéticos, educacionales, culturales, sociales, religiosos, económicos, etc. Obsesionarnos con querer tener la razón es uno de los mayores absurdos que podemos cometer. Cada uno tiene su razón, como cada uno ve la realidad a su manera, pero ni la razón ni la realidad son como las vemos. Pero eso no debe preocuparnos, porque hay otro factor que puede ayudarnos a manejar nuestras emociones, nuestra respuesta a lo que pasa a nuestro alrededor: su transitoriedad. Todo pasa, todo queda atrás, todo evoluciona… ¿qué seguidor de esos dos equipos recordará esa jugada dentro de quince años?, ¿a quién le importará…?
Una de las herramientas que Vilaseca propone en su libro es la de cambiar la pregunta que nos hacemos cuando nos sucede algo: sustituir ¿por qué ha sucedido? por ¿para qué ha sucedido?. Al hacerlo, estaremos cambiando radicalmente nuestro punto de vista sobre esa situación. En lugar de afrontarlo como algo que nos ha sucedido a nosotros y mortificarnos como víctimas, estaremos viéndolo como una oportunidad de aprender a conocernos a nosotros mismos. Los tibetanos, un pueblo que ha sufrido el genocidio por parte de las autoridades chinas y que sufre el dolor, la injusticia y la barbarie desde hace décadas, no ve a los chinos como enemigos, sino como
oportunidades para practicar su paciencia. Por eso no hay odio en ellos, sino compasión, y resistencia, su lucha, es no violenta. El victimismo es la enfermedad más extendida en nuestra sociedad. Es lógico, nos han educado en él desde que somos pequeños: cuando un niño tropieza con una mesa, se cae y llora, no es extraño ver a su padre o a su madre pegando a la mesa delante del niño y diciéndole a la mesa, mientras le dan unos cuantos azotes, “Tonta, mala, has hecho daño al niño”. Es una reacción absurda, pero no inocua: la mesa estaba quieta, no tenía ninguna “culpa”, ha sido el niño el que ha cometido un error y ha chocado contra la mesa, pero con esa reacción, los padres, en lugar de ayudarle, están haciendo de él una víctima, una pobre víctima que ha sido atacada por una cruel y bárbara mesa. El victimismo hace que siempre culpemos a otro de nuestro dolor, de nuestra insatisfacción o de nuestro sufrimiento. Y eso lo único que hace es que, al depender de otro, no podamos hacer nada para solucionarlo. Nos bloquea. Es una verdadera fábrica de frustrados que se pasan la vida quejándose y culpando a los demás de sus penas en lugar de analizar qué han hecho ellos mal y qué pueden hacer para mejorarlo o para que lo que ha pasado no vuelva a suceder.
Todas las cosas que afectan a nuesro yo más profundo nos son presentadas día y noche como algo externo a nosotros, algo que no podemos cambiar: la felicidad, la seguridad, la libertad, la responsabilidad… Por eso la vida, nuestra vida, está orientada a que no tengamos ni un solo momento para estar en soledad, en silencio, sin hacer nada más que estar con nosotros mismos, escuchando el silencio, aprendiendo a conocernos, a amarnos. Nuestras vidas son una huída de nosotros mismos. Nos tememos porque nos desconocemos. Y nuestro drama es que es imposible amar lo que no se conoce. Ese es el origen de la mayor parte de nuestras frustraciones y de nuestro sufrimiento. El miedo, el terror, a conocernos a nosotros mismos y, con ello, a tomar las riendas de nuestras vidas, a navegar contra la corriente.
Otro de los puntos interesantes que Vilaseca toca en su libro es el de nuestro egocentrismo y el del miedo a vivir nuestro aquí y nuestro ahora. Todo lo que pasa en esta sociedad es analizado desde nuestra perspectiva personal como algo que gira en torno nuestro. Somos el centro del mundo, los demás no importan. Cada uno debe defender sus intereses porque los demás no lo harán por él. En lugar de plantearnos qué puedo hacer yo para mejorar este mundo, lo que hacemos es preguntarnos qué puedo conseguir de este mundo para mejorar mi situación. Y así nos va. Llevamos unas gafas de grueso “yo-mi-me-conmigo” que nos impiden ver la realidad. Y sobre esos cristales tan opacos, encima solemos poner otros que nos hablan de un pasado idealizado que jamás existió o de un futuro maravilloso que no existe y que nos impiden ver lo único que verdaderamente existe: el presente, impidiéndonos vivirlo plenamente. Y cuesta tanto quitarnos los cristales de esas gafas…
Otro libro maravilloso, “Spoon River”, de Edgar Lee Masters publicado en 1915, narra la vida de un pueblo imaginario a partir de las historias que Masters escribe desde los epitafios de las tumbas de su pequeño cementerio, contándonos la vida de cada uno de sus habitantes. Spoon River está repleto de historias preciosas, y tiene una que, precisamente, habla de todo esto. Es la de Ernest Hyden:
“Mi mente era un espejo: veía lo que veía, sabía lo que sabía. En la juventud mi mente sólo era un espejo en un coche que iba a toda velocidad, atrapando y perdiendo fragmentos del paisaje. A través del tiempo, el espejo sufrió grandes arañazos, el mundo de afuera entró y mi ser interior pudo mirar hacia fuera. Éste es el nacimiento del alma en el dolor, un nacimiento en el que se gana y se pierde. La mente ve al mundo como una cosa aparte, el alma lo ase, y el mundo, con ella, es una sola cosa. Un espejo rayado no refleja imagen alguna—Este es el silencio de la sabiduría”
La mente, nuestra mente, es ese espejo, un espejo al que la vida va desgastando a base de arañazos. Pasamos, así, de reflejar todo lo que vemos, de ser
absolutamente vacíos, de no tener ni ser nada y limitarnos a reflejar lo que pasa frente a nosotros, a permitir que todo eso vaya pasando a través del cristal, a través de los arañazos que nos ha ido haciendo la vida, para que entre en nosotros y podamos, al fin, dejar que nuestro ser interior, nuestra alma, nuestro verdadero yo, empiece a mirar hacia fuera. Un espejo es algo muerto, sin vida, algo que no es nada si no tiene algo frente a él. Y cuando lo tiene no es más que su reflejo, algo totalmente externo, frío, vacío y yermo. Y nosotros vivimos agazapados detrás de ese espejo, creyéndonos protegidos por nuestras convicciones y certezas que impiden que la realidad, que la vida, nos alcance. Hay quien a lo largo de su vida no sufre ni un solo rasguño, y hay quien antes de llegar a la adolescencia tiene su espejo completamente rayado. Hay quien cuida y limpia ese espejo cada día intentando reparar las rayadas y quien apura el primer rasguño para mirar hacia fuera a través de él. Hay espejos que, a la primera rayada, se rompen en mil pedazos, y los hay que llegan a ser, rasguño a rasguño, cristales limpios, puros y transparentes… Todo depende de nosotros, de lo que de verdad queramos hacer con nuestro espejo, con nuestra vida.

![summerhill_play_project[1]](http://clandestinodeactores.com/laplacenta/wp-content/uploads/2012/02/summerhill_play_project1.jpg)










Hoy me gustaría hablaros de la felicidad, algo que, muchas veces, creemos que debe existir; que algunas veces, intuímos que existe; y que muy pocas veces, somos plenamente conscientes de que verdaderamente existe, porque en esos momentos somos felices… casi sin darnos cuenta.
En la entrada de este blog que dediqué hace unos meses a Fernando Fernán-Gómez decía que él escribió en una ocasión que “la diferencia entre los hombres de la realidad y los personajes teatrales es que los hombres de la realidad siempre son protagonistas, todos son protagonistas, aún cuando al mismo tiempo sean personajes secundarios en las peripecias ajenas…”
Cuánta sabiduría se esconde en esas palabras o ¿acaso hemos conocido a alguien que se limite de verdad a ser un personaje secundario de nuestras vidas…? o, lo que todavía es peor, ¿cuándo hemos admitido nosotros ser un simple comparsa en la vida de los demás? Siempre nos creemos el centro del mundo, tenemos muy claro que todo debe girar a nuestro alrededor, que nuestras opiniones deben prevalecer sobre las de los demás, simplemente porque son nuestras… ¡ay de aquel que ose llevarnos la contraria en los temas que verdaderamente nos importan!
Tenemos tanto ego que nos cegamos a nosotros mismos, empeñándonos en sentirnos infelices. Vivimos prisioneros de nuestros deseos, somos esclavos de nuestros anhelos, sin saber, o sin querer saber, que un deseo hecho realidad no supone alcanzar la felicidad. Y, sin embargo, nos empeñamos en creerlo. Siempre pensamos que la felicidad es algo futuro que, tarde o temprano, vendrá desde no sabemos dónde ni por qué, a dar sentido al sinsentido de nuestra vida. Creemos que la felicidad es una especie de zanahoria tras la que nos pasamos la vida corriendo… sin saber que jamás llegaremos a alcanzarla, porque la felicidad nunca ha sido, ni será, una zanahoria.
Otros, en cambio, se quedan anclados en la idealización de un pasado que nunca les dio, ni les dará, la felicidad, proclamando una y mil veces que algún día fueron felices…cuando, en realidad nunca lo fueron y, lo que es peor, ese haberse quedado viviendo del recuerdo les aleja más y más de la verdadera felicidad que habita en el único mundo que verdaderamente existe: el del aquí y el ahora. ¿Tanto cuesta limitarnos a vivir este aquí y este ahora?, ¿tan difícil es aceptar que no somos el centro del universo, que cada una de las personas con las que nos cruzamos a diario tiene su propia vida en la que nosotros no somos más que un personaje secundario o un figurante? Infaliblemente, cuando conocemos a alguien pensamos en lo que nos podría llegar a dar o, en el mejor de los casos, nos limitamos a ignorarle porque no nos interesa lo más mínimo. ¿Cuándo ha sido la última vez que, al conocer a alguien, lo primero que hemos pensado, de verdad, ha sido “en qué puedo ayudarle yo”?
La vocecita de nuestra conciencia, esa voz que nos habla desde nuestro interior, es un dictador insaciable que nos habla continuamente para impedirnos escuchar el silencio. Pero esa voz no es nuestra voz, es la voz de nuestro ego, y está siempre hablando para no dejarnos pensar, para impedir que nuestra mente se calme y se serene. Su vida depende de ello, por eso habla todo el rato. Es un continuo yo, yo, yo… Los demás no existen para esa voz más que como compañeros u obstáculos de nuestro caminar, porque para nuestro ego los demás carecen de vida propia. Si cada vez que habla esa voz aprendemos a observarla, nos daremos cuenta de que, en realidad, nosotros somos el observador, no esa voz, y ese será el primer paso del largo camino que nos llevará a silenciarla.
Nosotros, como actores, sabemos muy bien que, para empezar a vivir cualquier personaje, lo primero que debemos hacer es acallar la vocecita de ese juez inclemente y pesadísimo que siempre nos acompaña cuando nos sentimos inseguros o tenemos miedo a arriesgarnos de verdad a ser libres. No es fácil, desde luego, acallar esa voz, pero tenemos la ventaja de que sabemos que esa voz no sólo no nos ayuda en absoluto, sino que dificulta muchísimo nuestra labor. Acallar esa voz es el primer paso de nuestro camino creativo, y esa es una de las ventajas que tenemos los actores, ya que tenemos muchas más oportunidades de aprender a acallarla que el resto de los mortales.
neurocirujano, al saber que le gustaba tanto la música, le pidió que, como parte de la terapia para recuperar la memoria, dedicase muchas horas a cantar y a componer canciones. Y ella, tumbada en la cama, empezó a componer unas canciones preciosas. Su maravillosa voz le permitió grabarlas en la que fue la primera maqueta que hizo y que alguien llevó a un productor musical. Esa chica se llama Melody Gardot, es esa maravillosa voz que acabáis de escuchar, hoy tiene veinticuatro años y, aunque todavía tiene que subir a los escenarios ayudada por un bastón y con gafas de sol para protegerse de la fotofobia que le causó aquel accidente, es una de las promesas más firmes y con mayor proyección internacional del jazz. Si le preguntas por su discapacidad, te mira directamente a los ojos, te contesta: “¿Acaso, de alguna manera, no tenemos todos alguna?” y te sonríe.
El Lama, muy sabio, consciente de que los occidentales no estamos muy acostumbrados a este tipo de música, suele decir que los mantras son la aspirina que cura nuestros males, y la música del piano de Rykiel el agua para que podamos tragarla. He tenido la fortuna de escucharles varias veces en directo. Jamás olvidaré la primera vez que les oí. Fue hace algunos años en la Basílica de Santa María del Mar, en Barcelona. Un precioso juego de luces azules y anaranjadas iluminaba sus impresionantes columnas manteniendo el resto del templo en la oscuridad. También había muchas flores adornando el altar, desde donde ambos músicos daban aquel concierto. Tras ellos había varios thangkas tibetanos enormes y de los colores más vivos representando el mandala del Kalachakra y varios Bodhisattvas. Era un marco incomparable para un concierto como aquel. Os aseguro que, viendo tanta belleza, lloré de emoción. Imaginé lo que debían sentir los dos músicos viendo todo aquello, cuando me dí cuenta de que Jean Philipe Rykiel es ciego. En aquel momento sentí una inmensa pena por él. Hoy sé que me equivocaba, y que él también veía la belleza de aquella noche inolvidable, porque la belleza está dentro de nosotros, fuera simplemente está la luz que, iluminándola, puede ayudarnos a contemplarla, pero nunca la veríamos si no supiéramos sacarla de nuestro propio interior donde, al cerrar los ojos, si miramos el silencio de nuestro yo más profundo, jamás dejamos de verla.
donante y ser trasplantado sin necesidad de pasar por diálisis. Al salir del hospital su peso había pasado de treinta a casi cincuenta kilos por efecto de la medicación. Estaba irreconocible y, cuando pudo empezar a salir a la calle y se cruzaba con sus compañeros de clase, muchas veces no le reconocían. Él se daba cuenta y lo comentaba, pero de su boca nunca salió un lamento ni un reproche. No sé cómo, pero aprendió a considerarlo como algo normal que le estaba pasando y que tenía que asumir. Tuvo que dejar de hacer lo que más le gustaba, jugar al fútbol, y hacer un ejercicio impresionante de autocontrol para no olvidarse de tomar ni una sola de las casi veinte medicinas que tenía que tomar a diario.
un año sometiéndose a sesiones de cuatro y cinco horas de diálisis tres veces por semana. Impresionaba verles a todos en aquella sala charlando animadamente de sus cosas en un mundo y con un lenguaje totalmente ajenos al nuestro. El compañero más joven que tenía en aquella sala pasaba de los treinta años; él no había cumplido aún los diecisiete y ya esperaba su segundo trasplante. Nunca le oí quejarse ni hacerse la pregunta que, seguramente, todos nos habríamos hecho en su situación: “¿Por qué me ha tenido que pasar a mí?”. Al revés, él siempre ha estado de buen humor, alegre, preocupándose por los problemas de los demás, sin quejarse jamás de los suyos. Durante todo aquel tiempo estuvo en lista de espera para un nuevo trasplante. Un día le llamaron para que fuera urgentemente al hospital porque había un riñon que podía ser compatible para él. Le hicieron el crossmatching, la prueba de compatibilidad entre donante y receptor, pero no dio el resultado esperado y tuvo que volver a casa sin haber sido trasplantado. Meses después volvieron a llamarle. De nuevo falló el crossmatching, y de nuevo volvió a su casa de vacío y a tener que seguir con las sesiones de diálisis. Él nunca se quejó, a pesar de que su cara y sus brazos reflejaban el sufrimiento de su cuerpo. En el colegio decidió hacer su trabajo de investigación precisamente sobre el mundo de los trasplantes. Quería compartir su experiencia con todos los demás y, al hacerlo, ayudar a quien lo pudiera necesitar. Se entrevistó con todos los médicos que le habían tratado, las enfermeras le dieron muchísimo material y él se documentó a fondo sobre todo aquello. Por aquel trabajo consiguió una matrícula de honor. Hace tres años, apareció, por fin, el riñón que tanto había deseado. El segundo trasplante salió muy bien, ni siquiera engordó gracias a la nueva medicación, y hoy ese chaval es un joven de veintiún años perfectamente normal con el que te puedes cruzar a diario por la calle, que va a la universidad, que tiene novia, que ha vuelto a jugar al fútbol y que, de vez en cuando, se acerca a charlar un rato con sus antiguos compañeros de diálisis que aún no han sido trasplantados.
Las experiencias de este chaval y la de Melody Gardot, no son excepcionales, en todos los hospitales puedes encontrar muchos casos parecidos. Son personas que han intuído, o a las que el dolor les ha enseñado, que la felicidad está dentro de ellos, en su aquí y en su ahora, y que para alcanzarla no hay que esperar recibir nada, sino todo lo contrario, dar todo eso que llevamos dentro y compartirlo con los demás. Ellos han creído en sí mismos, se han atrevido a confiar en ellos, porque se han dado cuenta de que la seguridad también es algo que está dentro de ellos, y que depende de una sóla cosa: la actitud. Esa es la clave: la actitud positiva en todo momento, hacia todos y hacia todo.
Dicen los maestros budistas que la felicidad consiste en aprender a superar el sufrimiento. Si la felicidad fuera una mesa, las cuatro patas que tendría, seguramente, serían: superar el deseo, amar a los demás, acallar el ego y vivir el aquí y el ahora. Puede que, algún día, cuando hallamos superado el deseo, perdido el miedo a amar, acallado la voz de nuestro ego y nos atrevamos, de verdad, a vivir nuestro aquí y nuestro ahora, invitemos a todos los que nos rodean a compartir una charla alegre y sincera sentados alrededor de esa mesa en la que ya a nadie le importará no ser el protagonista de la velada.