La placenta del Universo

blogs clandestinodeactores.com
  • Inicio

Matthieu Ricard, solo me queda lo que di…y por eso soy feliz

16 diciembre, 2012

El budismo, como la parte espiritual y mística de la mayoría de religiones, lleva siglos recomendándonos practicar el arte de la meditación. No se trata solo de obtener la calma mental, sino de profundizar en la contemplación de lo que se esconde tras lo aparente. Vivimos en un mundo en el que es prácticamente imposible ver la verdadera realidad, esa que se esconde tras las apariencias y muy difícil, por no decir imposible, alcanzar la paz mental. Todo son prisas, impulsos, continuos estímulos que impiden que nuestra mente descanse, que podamos escuchar el silencio. Nuestro instinto nos lleva a poner miedos y esperanzas fuera de nosotros impidiéndonos mirar en nuestro interior. Tenemos una visión individualista del mundo, una visión egoísta y egocentrista de un mundo que hemos fragmentado olvidándonos de que todo está relacionado, de que pertenecemos a ese todo, de que no somos más que una parte de ese todo. Nuestra mente se halla presa de los pensamientos, de los miedos, de los anhelos, de las preocupaciones y eso nos hace creer que la realidad son esos pensamientos, esos miedos, esos anhelos y esas preocupaciones. Pero no es así. Todas esas emociones no son más que las circunstancias a través de las que percibimos la realidad, las gafas con las que vemos la realidad. La realidad es lo que pasa, es el hecho en sí. Pero nosotros, a través de nuestra mente contaminada por todas esas circunstancias subjetivas, no vemos ese hecho tal y como es: lo que vemos es el efecto que causa en nosotros. Si una persona te pisa un pie te dolerá el pie; si además crees que te lo ha pisado intencionadamente, sentirás ira y rabia. El pisotón será el mismo, el dolor físico el mismo, pero a ti te afectará de manera diferente: puede que el dolor haya pasado y tú sigas todo el día irritado acordándote del cretino que se divirtió pisándote el pie. Esa visión egocentrista y egoísta del mundo nos hace presuponer intenciones en los actos de los demás. Y son esas intenciones las que más daño nos hacen, porque nos afectan directamente en nuestro plano emocional. La práctica de la meditación, dedicar veinte minutos al día a relajar tu mente para que pueda aprender a ver la realidad, la verdadera realidad, es lo que te permitirá conocer tus emociones y, por tanto, controlarlas. No podemos cambiar la realidad, pero sí la forma en que nos afecta. Esa es la clave de la meditación.

La neurociencia lleva años estudiando el efecto que la práctica de la meditación tiene en nuestra mente y en nuestro cuerpo. Mediante electroencefalogramas y escáneres han podido identificar las partes del cerebro que se ven afectadas por la actividad de meditar. Indudablemente los meditadores expertos producían efectos mucho más impresionantes que los meditadores novatos con apenas experiencia, pero incluso en estos sus efectos se empezaban a notar rápidamente. Entre esos efectos se aprecia una reducción de la ansiedad, de la ira, de la violencia, un fortalecimiento del sistema inmunológico, una disminución en la presión sanguínea… Todos estos efectos permiten que el meditador pueda concentrarse en las cosas y mantener su concentración mucho más que los no meditadores y, sobre todo, que experimente la felicidad, entendida como un estado mental saludable que irradia a todas nuestras emociones. Este es un campo nuevo para la neurociencia que está descubriendo un universo de posibilidades realmente fascinante y cuyas consecuencias podrían cambiar el mundo.

Una de las aplicaciones prácticas con la que ya se está trabajando es introducir la meditación en la educación. Y esto supone una verdadera revolución en el modelo educativo porque lleva a relegar los actuales planes de estudio que se limitan a llenar nuestro cerebro de conocimientos para prepararnos para llegar a ser buenos trabajadores, y a sustituirlos por unos nuevos planes en los que el objetivo fundamental no sea convertir al niño en un buen trabajador, sino en una persona que pueda ser feliz. Esta revolución individual es la que hará cambiar la sociedad, porque los estudios neurológicos actuales están demostrando lo que el budismo lleva milenios practicando: que, a diferencia de lo que pensamos en Occidente, cuanto más das más tienes, que el altruismo, el darse a los demás, el darse incondicionalmente a los demás, es el camino de la felicidad.

La práctica meditativa budista tiene dos fases: la primera, alcanzar la calma mental, la shiné, que se logra a través de la concentración en algo que nos permita olvidarnos de los pensamientos que, continuamente, invaden nuestra mente. Recomiendan, por ejemplo, concentrarse únicamente en el hecho de respirar, en cómo el aire entra, fresco, por nuestra nariz y en cómo luego, más caliente, sale. Concentrados solo en esto serán muchos los pensamientos que nos asaltarán impidiéndonos alcanzar la calma mental, ese no pensar en nada que es la puerta de la segunda fase de la meditación: la de la contemplación. Si vienen esos pensamientos es normal, no pasa nada, no debemos intentar apartarlos de nuestra mente, de hecho cuanto más lo intentemos más permanecerán en ella, simplemente debemos dejarlos pasar y olvidarnos de ellos concentrándonos en nuestra respiración.

La fase de la contemplación en la meditación budista se centra en la compasión y en otra serie de cuestiones filosóficas que nos permiten avanzar en nuestro camino (el vacío, la impermanencia…) Para quienes no estén familiarizados con el budismo quizá cabe recordar que no es una religión teísta en la que un dios, llámese como se quiera, dicta desde arriba unas normas y dogmas que sus fieles deben creer y practicar, sino que es una forma de vida, un camino espiritual que parte de la propia persona que únicamente pretende alcanzar la iluminación. El budismo no tiene normas, es un camino individual en el que cada uno busca y elije su propia senda, no tiene dogmas, de hecho se puede ser cristiano y budista al mismo tiempo. El budismo parte de la propia persona, de su opción voluntaria de entender y de vivir vida para crecer, para avanzar, a través de la compasión. La mayoría de las lenguas occidentales han tergiversado el significado de la palabra compasión haciéndonos creer que es sentir pena de alguien. La compasión no es sentir pena de alguien, sino sentir pena con alguien, es querer aliviar su pena, es impulsarnos a ayudarle para que no sufra. Tener compasión es amar, es darse a los demás, es el altruismo llevado a las últimas consecuencias en nuestra forma de pensar y, con ello, en nuestra forma de vivir.
Matthieu Ricard es un renombrado científico francés que un día, hace ya cuarenta años, se sintió atraído por la palabra y la forma de vida de los monjes budistas. Intuía que, aunque su vida era satisfactoria y se dedicaba a lo que realmente le gustaba, la biología, le faltaba algo, le faltaba un sentido. Eso es lo que le llevó a acercarse hasta esos monjes de India. Allí descubrió otra forma de ver el mundo. Tras pasar unos años escapándose para estar con ellos cuando su trabajo se lo permitía, decidió abandonarlo todo para irse a vivir con ellos. Se hizo monje budista. Desde entonces vive en Nepal. Escribe libros, da conferencias por todo el mundo, es el traductor al francés del Dalai Lama, gestiona infinidad de proyectos solidarios, una quincena de colegios y jamás deja de practicar la meditación. Es esa doble faceta de hombre y científico occidental al mismo tiempo que monje budista y meditador experto la que ha hecho que su caso sea mejor entendido y estudiado en Occidente. Los escáneres, electros y demás pruebas que le hicieron en la universidad de Wisconsin demostraron que su cerebro ha desarrollado, muy por encima de la media, aquellas partes que proporcionan felicidad, y ha reducido considerablemente aquellas en las que se concentran el miedo, la ansiedad o la ira. Por eso han llegado a la conclusión de que es el hombre más feliz del mundo. No deja de ser sorprendente para nuestra mentalidad egoísta y egocentrista que el hombre más feliz del mundo dedique su vida a ayudar a los demás y que sus únicas posesiones sean dos pares de zapatos (uno para dentro del templo y otro para cuando sale a la calle). En estos videos entenderás por qué.

Si quieres conocer directamente lo que está haciendo Matthieu Ricard y el alcance de sus proyectos solidarios, no dejes de visitar la web de Karuna, su fundación: www.karuna-shechen.org o su web personal, donde podrás encontrar su propio blog: www.matthieuricard.org/en/index.php/index

Hace ya tres años que empecé con La placenta del Universo. Hasta hoy nunca le había dedicado personalmente una entrada a alguien. Hoy quiero dedicársela a una persona muy especial que, a través de la meditación y de la compasión, está luchando contra su enfermedad, una enfermedad que le dificulta mucho poder mover su mano, y una compasión que hace que, cada día, pese a la dificultad y el dolor, pese al sufrimiento, ella tienda su mano abierta a quien la pueda necesitar. A Merche Uranga. De corazón, gracias. Tashi Delek.

Comments
10 Comentarios »
Categorias
General, Otros temas
Tags
Budismo, compasión, Contemplación, espiritualidad, Matthieu Ricard, Meditación, Neurología, Shiné
Comentarios RSS Comentarios RSS

El fin es mi principio, Tiziano Terzani

23 septiembre, 2012

Eligió ser libre en un mundo que no lo era. Vivió a contra corriente para no renunciar a ser él mismo. Su vida fue un viaje y su carácter el de un aventurero. Pasó más de 30 años como corresponsal de prensa en Asia cubriendo guerras y revoluciones. Fue periodista, escritor y, por encima de todo, un buscador de lo que se esconde en el misterio de la vida. Siempre intentó conocer los dos lados de la verdad, conocer lo que pensaba el “otro” y respetar la diferencia, el derecho a ser diferente. Jamás dejó de apostarlo todo por la no violencia. Tras los atentados del 11-S se fue a Afganistán para intentar conocer de primera mano lo que pensaba y sentía el “enemigo” de Occidente. Cuando le diagnosticaron un cáncer se fue a vivir en soledad en el Himalaya, en un retiro que le marcó profundamente y le preparó para afrontar su último viaje: el de la muerte. Cuando supo que esta estaba ya cerca volvió a su pequeña casa en la Toscana junto a su mujer y sus hijos para morir en paz, para “dejar este cuerpo” como le gustaba decir a él. En aquellos últimos meses le dijo a su hijo Folco que quería hablar con él. Fueron unas conversaciones profundas e intensas entre un hombre viejo y sabio que sabe que se acerca su fin y uno joven e inquieto que quiere descubrir, que quiere entender. Fue el rencuentro entre un padre y uno hijo, un rencuentro para el que se quitaron todas las máscaras para hablar cara a cara de lo que es la vida, el mundo, la muerte… La grabación de aquellas conversaciones fue su último libro: “El fin es mi principio”, magistralmente llevado al cine por Jo Baier con Elio Germano en el papel del hijo y un impresionante Bruno Ganz dando vida al padre, a ese Tiziano Terzani que dedicó su vida a hacer de este mundo algo mejor.

Nacido en Florencia en 1938 en una familia de origen muy humilde, gracias a las becas y al esfuerzo de sus padres, llegó a licenciarse en derecho y a realizar un master antes de empezar a trabajar en Olivetti como ejecutivo de recursos humanos. El destino quiso que la empresa le enviase a impartir unos cursos de formación a Japón y a Sudáfrica. Allí conoció lo que era el apartheid y decidió combatirlo con lo que sabía hacer: escribiendo. Fue su primer trabajo como periodista. Poco después le surgió la oportunidad de obtener una beca para estudiar en la Columbia University de Nueva York. Mandó a paseo su prometedor trabajo en Olivetti y decidió dejarlo todo para irse a estudiar allí lengua, cultura e historia china. Estaba tan ilusionado con la revolución de Mao que quería conocer la realidad China viviendo allí. En aquel entonces no fue posible, pero consiguió que la revista alemana Der Spiegel le contratase como corresponsal de guerra en el continente asiático. Casado con Angela, la que fue la mujer de su vida, y ya con dos hijos pequeños se trasladó a vivir a Singapur. Desde allí cubrió las guerras de Vietnam y Camboya, pero no lo hizo como la mayoría de los periodistas occidentales, desde el lado norteamericano, sino que se entrevistó con oficiales del ejército norvietnamita cruzando para ello la línea de fuego. Esa forma de vivir y hacer periodismo, y el profundo amor que sentía por Oriente hicieron que aquel primer destino que iba a ser temporal se prolongase durante treinta años. Terzani era un hombre comprometido con su tiempo que también respetaba lo que no encajaba con la ciencia y el llamado progreso. La profecía que le hizo un adivino de que tuviese cuidado con los aviones pues podría sufrir un accidente hizo que pasase todo 1976 recorriendo Asia de parte a parte sin coger un solo avión. Aquella fue una oportunidad inmejorable para conocer en profundidad la realidad de aquel continente que él tanto amaba. Al final pudo convertir en realidad su sueño de vivir en Pekín, pero sufrió un gran desengaño al ver que la revolución maoísta en la que él tanto había creído no era lo que pensaba, un desengaño que trasladó a sus escritos, lo que hizo que le arrestasen, le intentasen “reducar” durante un mes, y finalmente le expulsaran del país. “He visto muchas revoluciones. He pasado treinta años viviéndolas y estudiándolas, pero no he visto que ninguna triunfase, que realmente cambiase la sociedad haciéndola más libre y más justa. Por eso, cumplidos ya los sesenta, creo que la única revolución que cambiará el mundo no será como las que hemos visto, venidas de fuera, sino que surgirá de dentro de nosotros mismos, de lo más hondo de nuestro corazón…”

Fueron muchos los libros que publicó contando sus experiencias a lo largo de todos aquellos años. Por desgracia solo tres han sido traducidos al español (“Un adivino me dijo”, “Cartas contra la guerra” y “El fin es mi principio”). Todos han sido auténticos fenómenos de ventas en Italia, Alemania, etc., pero, por desgracia, no en nuestro país. Su ideas, su compromiso, su forma de vivir, de entender el mundo y la vida hacen de él uno de los imprescindibles.

He entresacado algunas frases de varios de sus libros y entrevistas que he encontrado por ahí: “Nací pobrísimo hace 64 años en Florencia. Durante treinta años he sido corresponsal de guerra. He hecho lo que amaba. Ahora vivo retirado en el Himalaya y la guerra de Afganistán me ha convertido en un loco kamikaze por la paz… Uno comienza a ser corresponsal de guerra porque es joven, impetuoso e idealista…a los 63 años, a pesar de haber pasado treinta años informando sobre guerras, me he dado cuenta de que no, de que esta última guerra en Afganistán me ha revuelto… Toda la vida oyendo a esos ministros, presidentes y capitostes relativizando, justificando la barbarie… ¡Basta!. Tras 30 años en Asia he aprendido a pararme y respirar, a meditar. Es necesario detenerse y reflexionar, tomar conciencia del mundo que tenemos y del que queremos… Basamos todas nuestras decisiones en lo que nos es útil, en lo que nos conviene. Debemos reinventar la moralidad, los principios y la ética de nuestra vida cotidiana…. Por eso debemos fomentar el ayuno de consumo, de exceso, porque el consumismo nos consumirá. Hemos de controlar nuestros deseos y recuperar el silencio. La comunicación nace del silencio… En la vida hay un camino, y lo gracioso es que no te das cuenta hasta que se ha acabado… El futuro es una caja vacía en la que metes todas tus ilusiones, y el pasado solo es memoria, una caja cerrada en la que has metido lo que te gusta y de la que has sacado lo que no quieres. Hay días en la vida en que no sucede nada, días que pasan sin nada que recordar, sin dejar rastro, como si no fueran vividos. Pensándolo bien, la mayor parte de los días son así, y solo cuando el número de los que nos quedan se hace claramente más limitado, nos preguntamos cómo ha sido posible que dejáramos pasar, distraídamente, tantísimos. Pero estamos hechos así: solo después se aprecia el antes y solo cuando algo está en el pasado nos damos mejor cuenta de cómo sería tenerlo en el presente. Pero ya no está… Lo bello de envejecer es que en la vida tienes la sensación de que todo ocurre por un hilo que da sentido a tu vida. En las guerras siempre he ido a hablar con el otro. En la guerra del Vietnam con el Vietcong, en la de Sri Lanka con los tamiles, en la de Afganistán con Al Qaeda… Hay que remplazar la lógica de la competitividad por la ética de la coexistencia. Nadie tiene el monopolio de nada. La idea de una civilización superior a otra es solo fruto de la ignorancia. La armonía, como la belleza, está en el equilibrio de los opuestos, y la idea de eliminar a uno de ellos es sencillamente sacrílega. El bellísimo signo taoísta, el yin y el yang, simboliza que en el interior de las tinieblas hay un punto de luz y en el interior de la luz un punto de tiniebla… Me fui a vivir en una cabaña en el Himalaya cuando sentí que había dado lo mejor de mí. Si en la vida se te presenta una ocasión de no repetirte, tómala. Me he pasado la vida viajando hacia fuera y ahora viajo hacia dentro…A veces intuyes que la vida es algo más, y si lo has sentido alguna vez tienes esperanza… No hagas planes, recuerda el viejo proverbio hindú: “¿Quieres hacer reír a Dios? ¡Cuéntale tus planes!”… El mundo de hoy es terrible, solo lo cambiaremos si cada uno de nosotros toma conciencia de que las causas de la guerra están dentro de nosotros: el deseo, el miedo, la inseguridad, la vanidad, la ignorancia, el orgullo… Hoy la razón se ha vuelto loca, se ha vuelto loca por la economía. La economía se ha convertido en el criterio principal de todo, no hay otros valores…En el fondo me resulta difícil definirme. He llegado a mi edad sin haber querido pertenecer nunca a nada, ni a una iglesia, ni a una religión, no he tenido carnet de ningún partido, nunca me he inscrito en ninguna asociación. Cualquier organización me queda estrecha. Necesito sentirme libre. Y esta libertad es fatigosa porque cada vez, delante de una situación, cuando es preciso decidir qué pensar, qué hacer, solo se puede recurrir a la propia cabeza, al propio corazón y no a la fácil táctica, lista para usar, de un partido o a las palabras de un texto sagrado… Así se ha vuelto el mundo: la publicidad ha ocupado el puesto de la literatura, los eslóganes nos impactan más que la poesía y los versos. La única manera de resistir es obstinarse en pensar con la propia cabeza y sobre todo en sentir con el propio corazón…Si queremos entender el mundo debemos contemplarlo en su conjunto, y no solo desde nuestro punto de vista. Solo si conseguimos ver el universo como un todo en el que cada parte refleja la totalidad y en el que la gran belleza está en su diversidad, comenzaremos a entender quiénes somos y dónde estamos…Lo que está sucediendo es nuevo. El mundo está cambiando a nuestro alrededor. Cambiemos entonces nuestro modo de pensar, nuestro modo de estar en el mundo. Es una gran ocasión. No la perdamos: volvamos a ponerlo todo en discusión, imaginémonos un futuro distinto del que nos hacíamos la ilusión de tener antes del 11 de septiembre y sobre todo no nos rindamos a la inevitabilidad de nada, aún menos a la inevitabilidad de la guerra como instrumento de justicia o sencillamente de venganza…El teatro ha tenido una función determinante en la formación del pensamiento occidental porque al poner en escena a todos los protagonistas de un conflicto, cada uno con sus puntos de vista, sus consideraciones y sus posibles alternativas de acción, ha servido para hacer reflexionar sobre el sentido de las pasiones y la inutilidad de la violencia, que nunca alcanza su fin. Por desgracia, hoy, en el escenario del mundo, nosotros, los occidentales, somos los únicos protagonistas y los únicos espectadores, y así, a través de nuestras televisiones y de nuestros periódicos, no escuchamos más que nuestras razones, no sentimos más que nuestro dolor. El mundo de los demás nunca es representado…En Afganistán visité las aldeas. Es un mundo cuya distancia del nuestro no es mesurable en kilómetros, sino en siglos; un mundo que debemos entender a fondo si queremos evitar la catástrofe que tenemos delante…¿No es el fanatismo de los fundamentalistas similar a nuestra arrogante creencia de que tenemos una solución para todo? ¿No es su fe ciega en Alá equivalente a nuestra fe en la ciencia, en la técnica y en la habilidad de poner la naturaleza a nuestro servicio? Aquella es una sociedad cargada de odio, pero ¿lo es menos la nuestra que ahora, por venganza o para apoderarse de las reservas naturales del Asia Central, bombardea un país al que veinte años de guerra han reducido a una inmensa ruina? ¿Es posible que para proteger nuestro modo de vida se deban generar millones de refugiados, se deba causar la muerte de mujeres y niños? Por favor, ¿algún experto en definiciones quiere explicarme qué diferencia hay entre la inocencia de un niño muerto en el World Trade Center y la de uno muerto bajo nuestras bombas en Kabul?… Afganistán nos perseguirá porque es el papel tornasol de nuestra inmoralidad, de nuestras pretensiones de civilización, de nuestra incapacidad de entender que la violencia solo genera violencia y que solo una fuerza de paz resolverá el problema que tenemos delante… Puede parecernos extraño, pero hoy en el mundo hay un creciente número de personas que no aspira a ser como nosotros, que no persigue nuestros sueños, que no tiene nuestras expectativas ni nuestros deseos, que no quiere ver nuestra televisión, nuestro cine, que no quiere nuestra libertad…El nuevo tipo de hombre occidental, cínico e insensible, egoísta y políticamente correcto (cualquiera que sea la política), producto de nuestra sociedad de desarrollo y riqueza me da hoy tanto miedo como ese hombre con kalashnikov y aires de gran degollador que ahora se encuentra en cada esquina de Kabul. Los dos son equivalentes, son ejemplos del mismo fenómeno: el del hombre que olvida que tiene una conciencia, que no tiene claro su papel en el universo y se convierte en el más destructivo de todos los seres vivos…Toda mi vida he corrido tras los hechos, convencido de que allí (en los hechos verificados y seguros) encontraría la verdad. Ahora, a los 63 años, ante esta guerra apenas comenzada y con el inquietante presentimiento de lo que seguirá, me parece que los hechos solo son una apariencia y que la verdad, en su interior, a lo sumo es como una muñeca rusa: en cuanto se la abre se encuentra una más pequeña y otra más pequeña, y otra más pequeña hasta que nos quedamos con una minúscula semilla… Vivo en India, un país pobre pero que aún tiene (y quizá sea el último en el mundo) una fuerte y profunda cultura de corte espiritual capaz de resistir la oleada materialista de la globalización que uniforma cualquier identidad y genera por doquier un sofocante conformismo. Un país como India nos recuerda que, aún más importante que una coalición contra el terrorismo, el mundo necesita una coalición contra la pobreza, una coalición contra la explotación, contra la intolerancia…Solo en India aún hoy millones y millones de hombres y mujeres, después de una existencia normal como padres o madres, empleados o profesionales, renuncian a todo aquello que es de esta vida (posesiones, afectos, deseos, su propio nombre…) para convertirse en sanyasin, renunciatarios, y, vestidos de anaranjado, a la edad en la que nosotros nos jubilamos, se ponen en peregrinación y, de templo en templo, de ashram en ashram, van por el país viviendo de limosna. Mientras esto suceda y la población siga alimentando y respetando a los sanyasin, India representará una alternativa existencial y filosófica al materialismo que hay en el resto del mundo. Por eso India sigue siendo, en el fondo, un frente de resistencia contra la globalización y en defensa de la diversidad. Con su sola existencia India nos recuerda a nosotros, los occidentales, que no todo el mundo desea lo que nosotros deseamos, que no todo el mundo quiere ser como nosotros somos… Me gusta estar en un cuerpo que envejece. Puedo mirar las montañas sin el deseo de escalarlas. Cuando era joven habría querido conquistarlas; ahora puedo dejarme conquistar por ellas. Las montañas, como el mar, recuerdan una grandeza por la cual el hombre se siente inspirado, elevado. Esa misma grandeza está también en cada uno de nosotros, pero allí nos es difícil reconocerla. Por eso nos atraen las montañas. Por eso, a través de los siglos, tantísimos hombres y mujeres han venido aquí arriba, al Himalaya, esperando encontrar en estas alturas las respuestas que se les escapaban permaneciendo en las llanuras. Siguen viniendo… Aquí la existencia es sencillísima. A veces me pregunto si el sentimiento de frustración, de impotencia que muchos, en especial entre los jóvenes, tienen ante el mundo moderno se debe al hecho de que éste les parece tan complicado, tan difícil de entender que la única reacción posible es creerlo un mundo ajeno: un mundo en el que no se puede poner las manos, un mundo que no se puede cambiar. Pero no es así: el mundo es de todos. Cada uno de nosotros puede hacer algo. Todos juntos podemos hacer miles de cosas. Es el momento de salir al descubierto, es el momento de comprometerse con los valores en los que uno cree. Hagamos más aquello que es justo, en vez de lo que nos conviene. Eduquemos a nuestros hijos para ser honestos, no astutos… Dejé todo atrás: mis amigos, mi profesión, mi familia, y me fui a un Ashram. Tres meses estuve en el Ashram sin hablar en ningún momento de mi pasado, sin contar a nadie quién había sido o qué había hecho. Es que tu identidad es algo que te limita, te priva de la posibilidad de poder ser otra cosa, porque, incluso ya jubilado, sigues siendo el jefe de correos que habías sido durante muchos años. Al final deja de interesarte todo eso y avanzas para convertirte en Anam, el sin nombre. ¡Qué gran descubrimiento! He sido mil cosas, algunas verdaderas, otras solo imaginadas ¿Cuántos roles desempeñamos en la vida, cuántas máscaras llevas? Hasta que llega un día en que te deshaces de todas, y te sientes ligero: ya no soy este cuerpo ni el resultado de todos mis recuerdos. Como ya no soy nada en particular puedo pensar que soy Todo… La verdad es una tierra sin caminos, ahora puedo entenderlo… Cuando has percibido que formas parte del Todo ya no necesitas nada más… Ese es el principio”

Aquí tienes la película completa en versión española. Tómate tu tiempo, relájate, deja que te entre bien dentro y disfrútala…

Comments
7 Comentarios »
Categorias
General, Literatura, Otros temas
Tags
"Cartas contra la guerra", "El fin es mi principio", "Un adivino me dijo", Afganistán, Bruno Ganz, espiritualidad, Himalayas, Periodismo, Tiziano Terzani, Vietnam
Comentarios RSS Comentarios RSS

Atravesando espejos, o la necesidad de vivir contra la corriente

26 febrero, 2012

¿Estamos viviendo la vida que de verdad queríamos vivir? ¿Somos felices? ¿Qué es la felicidad? ¿Existe? ¿Qué hay que hacer: cambiar la realidad o cambiar nuestra percepción de la realidad? ¿Qué debemos cambiar para encontrar la felicidad? ¿Podemos hacer algo para no ahogarnos en el terrible vacío existencial tan extendido hoy en nuestra sociedad? ¿Realmente depende de nosotros lo que nos sucede en la vida? ¿Podemos vivir contra la corriente? Preguntas como éstas no tienen fácil respuesta, aunque tienen tantas respuestas como seres humanos existen. Todos, cada uno de nosotros, tiene las suyas. “El sinsentido común”, un clarificador libro de Borja Vilaseca que acaba de llegar a nuestras librerías, es una herramienta valiosísima para ayudarnos a encontrar nuestras propias respuestas a todas estas preguntas que, tarde o temprano, todos nos hacemos en algún momento de nuestra vida, una vida que hemos de vivir en el sinsentido de un mundo que, como decía Erich Fromm, está produciendo seres humanos enfermos para obtener una economía sana. Hemos antepuesto la economía a todo lo demás, incluso a nosotros mismos. Hoy todo gira alrededor de la economía, y los seres humanos han pasado a ser un recurso más, un recurso prescindible, manipulable y desechable. Esperar que tu felicidad, como un regalo, venga de esa sociedad, de sus falsas promesas o de sus criminales realidades, es, sin duda, uno de los mayores errores que puedes cometer en y con tu vida. Solo hay un camino, y es el que lleva al fondo de tu corazón; y solo hay una manera de recorrerlo: estando dispuesto a hacer caso del sabio consejo que nos dejó Mark Twain: “Cada vez que te encuentres del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”

Pocas canciones como Dust in the wind (Polvo en el viento), de Kansas, pueden reflejar mejor el espíritu de esta entrada. Si quieres, deja que ahora nos acompañe:

En esta sociedad basada en el crecimiento, el mensaje que nos venden a diario es que cuanto más tengamos más felices seremos. Así de sencillo. Todo se basa en la promesa de placer, de confort, de seguridad y de felicidad que nos dará poseer esta cosa o aquella otra. La publicidad más agresiva no se conforma con prometernos esa felicidad futura que podremos llegar a tener, sino que llega incluso a sugerirnos que somos infelices porque no tenemos todas esas cosas. Es decir que nos venden la idea de que la felicidad es algo externo a nosotros, algo que no podremos conseguir si no compramos tal o cual cosa, si no hacemos esto o lo otro. Da igual que estén vendiendo un coche, un perfume o un rollo de papel higiénico: el mensaje siempre es el mismo, que tú no puedes ser feliz porque la felicidad no está en ti, sino en el producto que te están vendiendo. Si eres “afortunado” y puedes comprar ese coche, ese perfume o ese rollo de papel no tardas en darte cuenta de que aquella promesa era una mentira, que sigues siendo un infeliz y que la felicidad no estaba allí. No te preocupes, pronto acudirán de nuevo a ti para que compres un coche más grande, un perfume más caro o un rollo de papel más acolchado, prometiéndote que es allí donde está la verdadera felicidad, no la que ya habías comprado. Y si, por el contrario, no eres de los “afortunados” que pueden comprarse el puñetero coche, el perfumito de marras o el papel de water de colores, resulta que eres un pringao, un ser socialmente despreciable, un don nadie, un pobre desgraciado…

Y si la felicidad es algo que nos venden como si estuviera fuera de nosotros, qué decir de otro de los paradigmas de nuestra sociedad: la seguridad. Basta con analizar las consecuencias que han tenido los atentados del 11-S a nivel mundial para darnos cuenta de que el mensaje que nos llega día sí y día también es que el mundo está lleno de terroríficos enemigos y terroristas a los que solo nuestros sabios y aguerridos gobernantes pueden hacer frente. De nuevo la seguridad, como antes la felicidad, no es vendida como algo externo a nosotros. Necesitamos a otro, o a otros, para poder estar seguros; nosotros solos no podemos alcanzar la seguridad, ese es el mensaje universal, el nuevo dogma que debemos seguir sin siquiera cuestionarlo. Y en aras de esa hipotética y falsa seguridad, admitimos que recorten nuestros derechos, nuestra libertad, nuestra intimidad y nuestra dignidad con cosas como los absurdos controles de seguridad en los aeropuertos, con más controles y prohibiciones, con mayor gasto militar y hasta con nuevas guerras contra pueblos que no nos han hecho nada. Vayamos por partes: ¿sirven de algo esos exhaustivos controles en los aeropuertos? Para muchos sí, y se sienten más seguros gracias a ellos, hasta el punto de que están encantados de renunciar a su libertad a cambio de esa sensación de seguridad. Yo no lo creo, y no lo creo porque por la misma razón de seguridad esos exhaustivos controles tendrían que haberse impuesto en otros medios de transporte como el tren o el metro. En España hemos sufrido atentados, pero no en aviones como en Estados Unidos, sino en trenes de cercanías. ¿Por qué implantar los controles solo para los aviones y no para los trenes? Además, si un iluminado quisiese atentar contra un avión, con coger a una de las azafatas del cuello con sus manos y amenazar al piloto con matarla podría hacerse con el control del avión. Si eso llegara a pasar qué harían entonces nuestros gobernantes, ¿obligarnos a volar con las manos esposadas a la espalda para evitar nuevos atentados? Es absurdo, un terrible e inmenso absurdo.

Y si esto es lo que sucede con la seguridad “nacional”, ¿qué podemos decir de la seguridad “individual”? Hoy, o por lo menos hasta la aprobación de la última reforma laboral, la mayor parte de la sociedad asociaba seguridad a un contrato fijo, a una nómina, a trabajar en una gran empresa, etc. Es decir, de nuevo es un concepto que se asocia a algo externo, a algo que no depende de nosotros. En el mundo en el que trabajo, el de la interpretación, eso no es así. Todos, tanto el equipo artístico como el técnico, somos conscientes de que nuestro trabajo durará lo que dure la serie, la película o el montaje que estamos haciendo, y que cuando acabe lo más seguro es que nos iremos derechitos al paro. Y, sin embargo, seguimos trabajando en esto, porque es lo que nos gusta, y porque creemos que cuando este trabajo acabe seremos capaces de encontrar otro. Esta es la gran diferencia: que no consideramos la seguridad como algo externo a nosotros, sino como algo que depende de nosotros. Esta es la verdadera seguridad: creer en nosotros mismos, en nuestra capacidad para seguir adelante. No es un tema de inconsciencia, de egoísmo o de prepotencia, sino de autoestima y de amar lo que hacemos.

Y con la felicidad pasa exactamente lo mismo: es algo inherente a nosotros, no algo externo, algo que depende de otras personas o de otras cosas. Venimos al mundo con unas cartas, buenas o malas, con las que jugar la partida, pero quienes jugamos esa partida somos nosotros. Nuestras decisiones de hoy, por pequeñas que sean, son las que determinarán nuestro futuro. Podrán aparecer nuevas situaciones, problemas, dificultades o cambios, pero han sido nuestras decisiones las que han hecho que vayamos precisamente por el camino donde todas esas cosas aparecerán. Y les haremos frente de una u otra forma, y el resultado de esas nuevas decisiones es el que marcará los siguientes pasos que demos y el camino que sigamos. Atreverse a ser libre, y la responsabilidad que eso conlleva, es la decisión más importante que todo ser humano debe hacerse en algún momento de su vida.

De nada sirve achacar a las situaciones, problemas, dificultades o cambios externos nuestra felicidad o nuestra infelicidad. Nada de lo que nos pasa, absolutamente nada, es bueno o malo, simplemente es. Y lo que hace que sea bueno o malo es nuestra forma de percibirlo. Todo depende de cómo percibimos las cosas, de cómo reaccionamos ante ellas. Un viejo y sabio amigo me contó el otro día una hermosa historia: dos amigos salen a pasear en una preciosa mañana soleada y se detienen en un puesto de periódicos. “Buenos días, Juan – le dice uno de ellos al quiosquero- ¿cómo te trata la vida? Tienes buen aspecto, anda, por favor, dame el periódico.” A lo que el quiosquero, áspero donde los haya, contesta con un gruñido y de malos modos. “Muchísimas gracias, Juan, que pases un buen día, hasta luego” respondió de nuevo el amigo con la mejor de sus sonrisas. “No te entiendo- le dijo su amigo al alejarse del kiosko- ¿por qué eres tan amable y atento con un cretino como ése que no merece ni las gracias” “Porque él no es el dueño de mi alegría”

“Porque él no es el dueño de mi alegría”, ésa es la clave. No dejar que nuestro estado dependa de lo que sucede a nuestro alrededor. No dejarnos dominar por lo que nos provoca lo que sucede, porque, de hacerlo, nuestra vida se convierte en un interminable juego de acción/reacción en el que perdemos la iniciativa, la libertad de elegir, de ser nosotros. Ser libre significa poder decidir lo que vamos a hacer o a no hacer. Si nuestra reacción ante algo que pasa nos domina, habrá sido eso que ha pasado el que haya decidico por nosotros, no nuestra libertad. Podemos estar frente a situaciones duras, injustas, terribles, como la muerte por hambruna de los niños de Somalia, pero la clave está en cómo reaccionemos, en cómo respondamos a esas situaciones. Indudablemente no podemos evitar el dolor que vemos frente a nosotros, pero sí el sufrimiento que nos produce. Y esto no es egoísmo, sino todo lo contrario. Si frente a la muerte de esos niños reaccionamos hundiéndonos, dejándonos dominar por nuestro sufrimiento, no tendremos fuerzas para abrazar a su madre, para consolarla, para ayudarla a conseguir la leche que necesitan sus otros hijos… Hay que apender a distinguir entre dolor y sufrimiento. Un mismo hecho nos puede afectar de formas totalmente diferentes en función de cómo lo interpretemos. Si, por ejemplo, estamos en un andén de la estación del metro esperando y pasa un ciego y nos pisa, reaccionaremos al dolor del pisotón, pero no contra el ciego porque considereamos que no tenía intención alguna de pisarnos. Si, por el contrario, quien nos pisa es un energúmeno maleducado que ni siquiera nos pide perdón, nos dolerá el pisotón y además sentiremos rabia por la mala leche del cretino que nos ha pisado. El dolor,en este caso, sería el del pisotón, y el sufrimiento, lo que verdaderamente hará que reaccionemos de una u otra manera, el de las intenciones que atribuyamos al que nos ha pisado (no hace ni falta que el interfecto haya mostrado sus intenciones, nosotros ya las presuponemos de antemano y le juzgamos, y seguramente condenamos, sin darle siquiera derecho a defenderse)

No se trata de ser insensible, de no dejar que lo que pasa a nuestro alrededor (el dolor) nos afecte, sino de reaccionar positivamente frente a cualquier adversidad. Y eso es algo que depende única y exclusivamente de nosotros. Preguntarnos ¿por qué pasan las cosas?, ¿ por qué esta persona ha hecho esto o lo otro?, son preguntas sin respuesta que no nos llevan a ningún sitio y que bloquean nuestra respuesta. Para poder reaccionar, para poder hacer frente a esas situaciones, por duras que sean, lo que debemos hacer es aceptarlas, aceptarlas como son. No podemos cambiarlas ni podremos jamás llegar a entenderlas porque, seguramente, nosotros nunca las habríamos hecho. Aceptarlas es el primer paso para evitar que nos domine el sufrimiento, la rabia o la desesperación. No habremos podido evitar el dolor, pero sí el sufrimiento.

Del mismo modo debemos aprender a distinguir entre la realidad como es, la que nosotros vemos y la que nos gustaría que fuese. Los seguidores de dos equipos de fútbol, cegados por el amor a sus colores, verán una misma jugada del partido de formas totalmente opuestas: para unos será penalti y para otros ni siquiera falta. El hecho es el mismo, nuestra percepción es la que cambia, y lo hace movida por todos los fundamentos que tenemos en nuestra forma de ser: genéticos, educacionales, culturales, sociales, religiosos, económicos, etc. Obsesionarnos con querer tener la razón es uno de los mayores absurdos que podemos cometer. Cada uno tiene su razón, como cada uno ve la realidad a su manera, pero ni la razón ni la realidad son como las vemos. Pero eso no debe preocuparnos, porque hay otro factor que puede ayudarnos a manejar nuestras emociones, nuestra respuesta a lo que pasa a nuestro alrededor: su transitoriedad. Todo pasa, todo queda atrás, todo evoluciona… ¿qué seguidor de esos dos equipos recordará esa jugada dentro de quince años?, ¿a quién le importará…?

Una de las herramientas que Vilaseca propone en su libro es la de cambiar la pregunta que nos hacemos cuando nos sucede algo: sustituir ¿por qué ha sucedido? por ¿para qué ha sucedido?. Al hacerlo, estaremos cambiando radicalmente nuestro punto de vista sobre esa situación. En lugar de afrontarlo como algo que nos ha sucedido a nosotros y mortificarnos como víctimas, estaremos viéndolo como una oportunidad de aprender a conocernos a nosotros mismos. Los tibetanos, un pueblo que ha sufrido el genocidio por parte de las autoridades chinas y que sufre el dolor, la injusticia y la barbarie desde hace décadas, no ve a los chinos como enemigos, sino como oportunidades para practicar su paciencia. Por eso no hay odio en ellos, sino compasión, y resistencia, su lucha, es no violenta. El victimismo es la enfermedad más extendida en nuestra sociedad. Es lógico, nos han educado en él desde que somos pequeños: cuando un niño tropieza con una mesa, se cae y llora, no es extraño ver a su padre o a su madre pegando a la mesa delante del niño y diciéndole a la mesa, mientras le dan unos cuantos azotes, “Tonta, mala, has hecho daño al niño”. Es una reacción absurda, pero no inocua: la mesa estaba quieta, no tenía ninguna “culpa”, ha sido el niño el que ha cometido un error y ha chocado contra la mesa, pero con esa reacción, los padres, en lugar de ayudarle, están haciendo de él una víctima, una pobre víctima que ha sido atacada por una cruel y bárbara  mesa. El victimismo hace que siempre culpemos a otro de nuestro dolor, de nuestra insatisfacción o de nuestro sufrimiento. Y eso lo único que hace es que, al depender de otro, no podamos hacer nada para solucionarlo. Nos bloquea. Es una verdadera fábrica de frustrados que se pasan la vida quejándose y culpando a los demás de sus penas en lugar de analizar qué han hecho ellos mal y qué pueden hacer para mejorarlo o para que lo que ha pasado no vuelva a suceder.

Todas las cosas que afectan a nuesro yo más profundo nos son presentadas día y noche como algo externo a nosotros, algo que no podemos cambiar: la felicidad, la seguridad, la libertad, la responsabilidad… Por eso la vida, nuestra vida, está orientada a que no tengamos ni un solo momento para estar en soledad, en silencio, sin hacer nada más que estar con nosotros mismos, escuchando el silencio, aprendiendo a conocernos, a amarnos. Nuestras vidas son una huída de nosotros mismos. Nos tememos porque nos desconocemos. Y nuestro drama es que es imposible amar lo que no se conoce. Ese es el origen de la mayor parte de nuestras frustraciones y de nuestro sufrimiento. El miedo, el terror, a conocernos a nosotros mismos y, con ello, a tomar las riendas de nuestras vidas, a navegar contra la corriente.

Otro de los puntos interesantes que Vilaseca toca en su libro es el de nuestro egocentrismo y el del miedo a vivir nuestro aquí y nuestro ahora. Todo lo que pasa en esta sociedad es analizado desde nuestra perspectiva personal como algo que gira en torno nuestro. Somos el centro del mundo, los demás no importan. Cada uno debe defender sus intereses porque los demás no lo harán por él. En lugar de plantearnos qué puedo hacer yo para mejorar este mundo, lo que hacemos es preguntarnos qué puedo conseguir de este mundo para mejorar mi situación. Y así nos va. Llevamos unas gafas de grueso “yo-mi-me-conmigo” que nos impiden ver la realidad. Y sobre esos cristales tan opacos, encima solemos poner otros que nos hablan de un pasado idealizado que jamás existió o de un futuro maravilloso que no existe y que nos impiden ver lo único que verdaderamente existe: el presente, impidiéndonos vivirlo plenamente. Y cuesta tanto quitarnos los cristales de esas gafas…

Otro libro maravilloso, “Spoon River”, de Edgar Lee Masters publicado en 1915, narra la vida de un pueblo imaginario a partir de las historias que Masters escribe desde los epitafios de las tumbas de su pequeño cementerio, contándonos la vida de cada uno de sus habitantes. Spoon River está repleto de historias preciosas, y tiene una que, precisamente, habla de todo esto. Es la de Ernest Hyden:

“Mi mente era un espejo: veía lo que veía, sabía lo que sabía. En la juventud mi mente sólo era un espejo en un coche que iba a toda velocidad, atrapando y perdiendo fragmentos del paisaje. A través del tiempo, el espejo sufrió grandes arañazos, el mundo de afuera entró y mi ser interior pudo mirar hacia fuera. Éste es el nacimiento del alma en el dolor, un nacimiento en el que se gana y se pierde. La mente ve al mundo como una cosa aparte, el alma lo ase, y el mundo, con ella, es una sola cosa. Un espejo rayado no refleja imagen alguna—Este es el silencio de la sabiduría”

La mente, nuestra mente, es ese espejo, un espejo al que la vida va desgastando a base de arañazos. Pasamos, así, de reflejar todo lo que vemos, de ser absolutamente vacíos, de no tener ni ser nada y limitarnos a reflejar lo que pasa frente a nosotros, a permitir que todo eso vaya pasando a través del cristal, a través de los arañazos que nos ha ido haciendo la vida, para que entre en nosotros y podamos, al fin, dejar que nuestro ser interior, nuestra alma, nuestro verdadero yo, empiece a mirar hacia fuera. Un espejo es algo muerto, sin vida, algo que no es nada si no tiene algo frente a él. Y cuando lo tiene no es más que su reflejo, algo totalmente externo, frío, vacío y yermo. Y nosotros vivimos agazapados detrás de ese espejo, creyéndonos protegidos por nuestras convicciones y certezas que impiden que la realidad, que la vida, nos alcance. Hay quien a lo largo de su vida no sufre ni un solo rasguño, y hay quien antes de llegar a la adolescencia tiene su espejo completamente rayado. Hay quien cuida y limpia ese espejo cada día intentando reparar las rayadas y quien apura el primer rasguño para mirar hacia fuera a través de él. Hay espejos que, a la primera rayada, se rompen en mil pedazos, y los hay que llegan a ser, rasguño a rasguño, cristales limpios, puros y transparentes… Todo depende de nosotros, de lo que de verdad queramos hacer con nuestro espejo, con nuestra vida.

Comments
12 Comentarios »
Categorias
General, Otros temas
Tags
Borja Vilaseca, Dust in the wind, Edgar Lee Masters, El sinsentido común, Erich Fromm, espiritualidad, Felicidad, Kansas, Libertad, Mark Twain, Seguridad, Spoon River
Comentarios RSS Comentarios RSS

Raimon Panikkar, la eternidad que vive en cada instante…

25 diciembre, 2011

Hizo de su vida un viaje de encuentro, de diálogo y de sabiduría, un viaje del que “salí cristiano, me he descubierto hindú y regreso budista, sin dejar por ello de ser lo primero”. Científico, filósofo y teólogo, siempre tuvo conciencia de que cualquier conocimiento basado en la especialización, en dividir en partes la realidad, era inútil porque pertenecemos, formamos parte de un Todo. Para él, “aquello que llamamos progreso científico no es otra cosa que la proliferación de disciplinas especializadas que se escinden cada vez más para iluminarnos cada vez menos.” Entendía que “la sabiduría es armonía personal con la realidad, unión con el ser, Tao, Dios, nada…” y que para encontrarla lo que hay que hacer es no buscarla, sino dejar que nos encuentre, no ponerle obstáculos, o más aún, “comportarnos de tal manera que simplemente dejemos que la sabiduría sea, que sea ella misma, tanto si nos busca como si no.” En esa visión integral e integradora de la vida, Raimon Panikkar entendía que la filosofía era tanto sabiduría del amor como amor de la sabiduría, porque el amor verdadero es espontáneo, no tiene un porqué, ya que en el momento en que podemos explicar el amor, dar una razón del amor, deja de ser auténtico amor. Firme defensor de la meditación, la lectura, el silencio y el diálogo, vivió la mayor parte de su vida sin leer un periódico, escuchar la radio o ver la televisión, para poder escuchar la voz de los sin voz, el pulso mismo de la realidad. Tras haber pasado gran parte de su vida en India y como profesor universitario en EEUU, se retiró a vivir a un pequeño pueblo del prepirineo de Gerona llamado Tavertet, donde murió el año pasado.

Si quieres, la versión del Gayatri Mantra de Deval Primal puede ser una buena compañera para este viaje:

Tuve la fortuna de conocerle, aunque por desgracia muy brevemente, en Tavertet. Todo en él irradiaba paz, alegría, amor y serenidad. Cuando hablabas con él te hacía sentir que, en aquel momento, para él, tú eras lo más importante del mundo. Nunca tenía prisa, siempre encontraba tiempo para todo y para todos,  y vivía permanentemente dispuesto a dejarse sorprender por la realidad de cada instante. Le encantaba jugar con la etimología de las palabras, consciente como era de la enorme importancia de la palabra. Hablaba perfectamente casi una decena de lenguas y había profundizado mucho en el conocimiento de sus raíces y sus tradiciones. De padre indio y madre catalana, en él se conjugaba el equilibrio entre Oriente y Occidente, entre la visión lineal de la vida  y la circular. Por eso pocos tan adecuados como él para propiciar el diálogo intercultural e interreligioso, del que era un firme defensor: “Cuanto más nos atrevemos a caminar por nuevos senderos, más necesitamos estar enraizados en la propia tradición y abiertos a las demás, que nos advierten que no estamos solos y que nos permiten alcanzar una visión más amplia de la realidad”

Oírle hablar, escucharle, era un privilegio. Ameno como pocos, y erudito como el que más, sin embargo sabía adaptar su lenguaje a cada nivel de interlocutor que tenía frente a él. Ser consecuente consigo mismo y con sus creencias era su seña de identidad, una seña que él definía muy bien cuando decía “mi aspiración no consiste tanto en defender mi verdad como en vivirla” . Una vez alguien le preguntó dónde encontraba su identidad y él contestó: “Perdiéndola, no buscándola, no queriéndome aferrar a una identidad que aún no está realizada y que no se puede encontrar, desde luego, en el pasado, porque sería la copia de algo viejo. La vida es riesgo;  la aventura es novedad radical; la creación se produce todos los días, algo absolutamente nuevo e imprevisible…”

Jamás le olvidaré respondiendo a uno de sus alumnos que le había preguntado por lo que tenía que hacer para encontrar la iluminación, esa luz de la que Panikkar tanto hablaba: “No buscándola. Si estuvieras en el espacio, a medio camino del Sol y de la Tierra, no verías los rayos del Sol. ¿Significaría eso que los rayos del Sol no existen? No, sabes perfectamente que llegan a la Tierra, aunque desde esa posición tú no puedas verlos. Con la iluminación pasa exactamente lo mismo. Por mucho que la busques no la verás, pero no porque no la veas ha dejado de existir. Prepárate para dejarte iluminar, no te escondas tras ningún obstáculo…”

He querido que sea la palabra del propio Panikkar la que hable en esta entrada. Por eso he seleccionado algunas de sus respuestas en varias entrevistas que le hicieron (dos del periódico La Vanguardia y otra que le hizo Cristina Carrillo de Albornoz) en las que se refleja perfectamente su manera de ver y de vivir la vida:

Hoy es el último día del milenio. Esta noche mucha gente estará triste.

Pues no debería: el nuevo milenio. El nuevo año, el nuevo día. Es una nueva oportunidad.

¿Para tener buenos propósitos?

No, para darse cuenta de que, quien no vive el asombro y el milagro de cada día, no vive.

¿Por qué cree que tropezamos continuamente? ¿Hay algo que no entendemos?

¿Por qué queremos entenderlo todo?

Buena pregunta.

El amor no se entiende, no tiene porqués. Debernos vivir en lugar de controlar. Hace falta una mutación radical, pero para transformar nuestra vida necesitamos un coraje que no tenemos, por eso sufrimos.

¿Cómo empezar esa transmutación?

Entendiendo que lo más extraordinario es lo ordinario.

¿Nos falta esperanza?

Proyectamos la esperanza en el futuro y está en el presente. La esperanza es descubrir esa dimensión invisible, misteriosa y bella, de cada momento. Hay que profundizar.

Y usted, ¿cómo la descubrió?

No fue ningún tipo de revelación. Poco a poco la vida se te muestra tal como es. Hay que detenerse para descubrir que en cada momento está escondida la eternidad.

El miedo a detenerse, ¿es miedo al vacío?

Sí, y hay que comprender que el vacío es lo que nos permite llenarnos a cada instante. Esta es la gran lección del budismo: vacío y plenitud son facetas de la misma realidad.

¿Somos demasiado débiles?

¿Por qué queremos ser más fuertes de lo que somos? Yo soy débil, pero si tú me tiendes la mano, si confío en ti, seré fuerte. No debemos hacer del otro una entelequia.

Nos creemos autosuficientes.

Sí, y no queremos confesar nuestro miedo, y el miedo paralizante sólo desaparece cuando estamos vacíos. Vacíos de miedo a hacer el ridículo, a que nos traicionen…

A que nadie nos ame de verdad.

Todos los miedos son a la muerte, y cuando uno lo supera empieza a gozar de la vida. Pero no se consigue con voluntad.

¿Hay que convencer al corazón?

“Convencer”, sí; no hay que vencer nada. Cuando un corazón es puro entiende.

¡Pero nuestros corazones no son puros!

Están llenos de ambición y egoísmo. Reconocer nuestra debilidad nos hará fuertes. La hipocresía es el peor de los males

¿Existe la buena y la mala suerte?

Sólo cuando comparamos; es una proyección de la mente.

Nacer hoy en el Tercer mundo, ¿no es tener mala suerte?

Es la injusticia creada por la cultura occidental. Ellos nos mantienen con su deuda. Nos dan 1.000 millones de dólares cada día.

En lo individual podemos hacer algo…

Decídete: camina. ¿Por dónde? no lo sé. Descubre tus pasos. Pero si no confiamos en nosotros mismos, ¿cómo vamos a confiar en el otro? Las ideas deben ser la encarnación intelectual de nuestra vida. Si la palabra no causa aquello que menciona, entonces es que somos unos hipócritas. Ya lo dice la Biblia: “Toda palabra es un sacramento”

Somos muy poca cosa.

Cada uno de nosotros somos únicos, y encontrar la unicidad de cada cosa y de cada persona es la sabiduría. Y si cada uno es único, no es miembro de una serie: católico, rubio, blanco. director general, obrero…

Los roles nos dan seguridad.

Pero no nos dan alegría. Yo prefiero estar alegre y ser libre.

Si busco la alegría no la encontraré.

¿Sabe por qué? Porque la alegría, como la vida, es una gracia, un don. Nos viene dado. Debemos arriesgarnos a vivir, a lo desconocido, a lo vulnerable y, en consecuencia lo bello. “Hago nuevas todas las cosas en cada instante”, dice la tradición budista.

Hay que huir de la rutina.

Sí. Hay que recordar que cada instante es irrepetible. La felicidad es una gracia que se nos otorga, por eso yo llamo religiosidad a la alegría de vivir. Y la alegría es la plenitud.

¿Somos dueños de nuestro destino?

Somos coautores. Hay un factor que depende de cada uno de nosotros, y es el de hacer de nosotros una obra de arte.

¿A fuerza de voluntad?

No. Esa es una de las fijaciones de Occidente. Nos hacemos a fuer de aceptar, de fecundar. Es una actitud, no una voluntad. Hay que tener los ojos abiertos y hacer las cosas porque quieres. no porque debes

Porque me da la gana.

Si no es un capricho, sí. Hay que distinguir entre aspiración y deseo. El deseo es lo externo, lo que nos hace sentirnos frustrados cuando no lo conseguimos. La aspiración es hacer aquello para lo que me siento inspirado, seguir el latido de la vida.

La mayoría trabaja por dinero.

Pues eso es ser un esclavo. Por eso no son felices, el trabajo es antinatura.

Pero tenerlo nos reconforta.

Ese es el gran desafío del milenio: una mutación espiritual. Si no, vamos al desastre. Todos lo sabemos, todos nos preguntamos: ¿qué sentido tiene mi vida?

¿No faltan respuestas?

No, nos falta coraje. No podernos vivir sin amor y sin conocimiento. El conocimiento, sin amor, engendra odio, y el amor, sin conocimiento, sentimentalismo. Pero, aun así, los hemos divorciado.

¿Debemos volver a unirlos?

Si. Conocimiento y amor es el dinamismo principal del ser humano. No busques más y ábrete. Con sentido crítico, pero ábrete. Escucha y danza al ritmo de la vida. Saboréala.

Sé que más que escribir, rescribe…

Hasta 27 veces rescribí De la mística…

…Y que jamás lee en público.

No hay que preparar el discurso, sino al orador. Yo no preparo los textos para leerlos en público, sino que me preparo a mí mismo en cada momento de mi vida para ser capaz de hablar.

Y sus silencios también se escuchan.

El silencio forja el sentido. Y lo estamos abandonando a cambio de una superficialidad banal e insulsa. Ruido a todas horas en todas partes para no tener que pensar.

No todos podemos ser monjes…

¡Todos estamos llamados a la meditación! ¡Todos la necesitamos! También todos necesitamos la soledad y el silencio tanto como la sociedad y las palabras.

…Ni políticos.

Ese es el grave error de nuestro tiempo: dejar la mística y la política a los profesionales. La vida espiritual y la vida política no son oficios, son dimensiones irrenunciables de cada uno de nosotros.

Que exigen esfuerzo: más cómodo delegarlas y luego quejarse de los delegados.

Todos estamos llamados a realizarnos en ellas. Sólo si somos todos políticos y monjes podremos realizarnos plenamente como personas. Si no, somos incompletos.

Vida completa: ¿otra contradicción?

Sobre lo que usted pregunta, la duración y el fin de la vida, me he inventado una palabrita, tempiternitat, que no es un tiempo ni largo ni corto, sino único…

No podemos decidir la duración, pero sí la intensidad de nuestras vidas.

La intensidad es parte de la singularidad. Somos singulares. Somos únicos… Miserere Domine, apiádete, Señor, porque ego sum pauper, soy un pobre… ¡Et unicuus! Y único, dice el salmo latino.

¡Unicuus! Esta singularidad… ¡Cada uno de nosotros es único!

Si alguien le dice que usted le gusta porque le recuerda a alguien, es que no le ama: cada uno de nosotros es único e irrepetible. Pero esa singularidad sólo podemos vivirla si renunciamos al pasado, que es sólo un recuerdo, y al futuro, que es sólo una ilusión, y vivimos en el presente tempiterno.

Y ha vivido ¿cuántos años…?

Seis mil años al menos. Yo no soy individualista: deploro el individualismo egoísta que nos impele a encerrarnos a nosotros mismos y nuestras circunstancias; yo he vivido también en esos hombres que vivieron seis mil años antes que nosotros y me siento igualmente responsable de sus vidas…

… ¿Y de sus crímenes?

Sí, también soy responsable de sus crímenes y culpas y sé que puedo lavarlos viviendo rectamente. Vivo cada momento convencido de que la vida es un don único como yo… ¡Qué alegría ser consciente de eso!

¿Usted lo es desde niño?

Mi padre era hindú y mi madre catalana.

Hoy ya no es una mezcla tan exótica.

La inmigración tiene un peligro, el de banalizar su cultura y la nuestra en una amalgama insulsa; de nuevo la superficialidad nos amenaza, pero la mezcla es también una oportunidad de profunda comunión; la de asimilarlos a ellos… ¡Y asimilarnos a ellos!

Sin mezcla, no hay fecundidad.

Por eso necesitamos asimilarlos a ellos y asimilarnos a ellos: ninguna cultura que se encierra en sí misma sobrevive.

¿Sigue siendo usted sacerdote?

Sí, celebro misa. Dependo de la diócesis de Varnasi (Benarés). Soy sacerdote pero no un funcionario vaticano, aunque en comunión con Roma. Y, en la cadena del saber que formaron mis maestros hasta mí, distingo a Jesús de Cristo.

¿Por qué volvió de América?

Hubo un momento en que era feliz allí en el campus, en una casa magnífica, profesor, todo cuanto se pueda desear, unas bibliotecas inacabables y mucho cariño… Pero sentí que mi sitio estaba aquí, Tavertet, entre estos muros y montañas… ¿Escucha qué silencio?

Regálenos algún pensamiento de los Veda que tradujo del sánscrito

La muerte no muere y por lo tanto en la muerte misma está la inmortalidad.

Su padre era hindú y su madre, católica. ¿Qué educación recibió usted?

Mi madre tenía sentido de la libertad; el hecho de que ya en 1916 se casase con un indio casi expulsado de Inglaterra por sus actividades nacionalistas dice mucho. Y mi padre me educó ‘a la india’, que es como decir ‘dejando hacer’. Yo nunca he dirigido mis pasos, ha sido el azar, acabé en la India (en la diócesis de Varanasi) y descubrí mi otra mitad.

¿Se sintió hindú?

Yo me he sentido siempre indio y español. Soy occidental y oriental. Por nacimiento y educación vivo experiencias de la tradición occidental tanto cristiana como secular (porque no pertenezco a ninguna orden) y de la india, tanto hindú como budista. He necesitado tres cuartas partes de mi vida para decir esto.

¿No se ha sentido…

… esquizofrénico? Lo he evitado yendo a las raíces de ambas culturas. Lo principal es ser consciente de que no hay una religión autosuficiente. Unos debemos aprender de los otros.

En su Fundación Vivarium habla de interculturalidad…

Lo que intento no es que todos seamos cristianos ni todos hindúes. Buscamos un diálogo que nos fecunde mutuamente. Ello no implica un totum revolutum, sino recibir y aprender sin imponer. No se debe tener miedo de la diversidad. En Occidente se teme a los musulmanes, pero en la India tienen miedo de los cristianos. La paz no será nunca posible sin conocimiento del otro.

Usted se dice un hombre de paz…

Sí, pero ésta no se puede imponer, se recibe. Porque tengo una idea de paz te impongo mi democracia. Es algo peligroso.

Usted siempre evitó la guerra.

Cuando estalló la guerra civil, me fui a Alemania porque nos perseguían y estudié tres años en Bonn. Luego, la Segunda Guerra Mundial me cogió en España. La vida es irse liberando poco a poco; al final uno adquiere su propia libertad, también en el terreno intelectual. Por ello, me he dedicado a la filosofía para profundizar. He inventado la palabra ‘microdoxia’. Los microdóxicos son los que empequeñecen la doctrina, la reducen. Es lo que le sucede a una parte de los cristianos. La tradición profunda cristiana no es microdóxica. Cuando la Iglesia se convirtió a Constantino y no Constantino a la Iglesia, arrinconamos el misterio trinitario y nos convertimos en monoteístas, lo que es muy útil para justificar un imperio, un emperador, un Papa, una realidad piramidal. El cristianismo debe volver a sus bases.

Dios es amor.

Yo intento remozar el título: el amor es Dios y donde hay auténtico amor, allí está la divinidad.

¿Le ha costado mucho a usted mirar sin juzgar?

Años, pero pienso que lo he conseguido. Y a descubrir que lo que llamamos ‘error’ es una verdad de la cual se abusa.

Usted defiende vivir cada momento, ¿en qué sentido?

En el de vivir cada momento como algo único y, por tanto, divino. Ese don de vivir el presente lo estamos perdiendo. Vivir con intensidad no es vivir con aceleración, sino con contemplación. Estamos demasiado angustiados proyectándonos constantemente hacia un futuro incierto. Hemos destruido la espontaneidad. Hemos convertido la vida en algo aburridísimo. La gente que vive sin futuro es feliz. Si vives, intenta estrujar la vida al máximo, pero con lo que tienes; sin querer convertir la existencia en sueños que luego se frustran porque no tengo dinero o talento, sin que por ello defienda la pasividad.

Pero es a lo que invita la sociedad de hoy, a soñar.

Sin meditación, sin silencio, sin interioridad, no se puede vivir. Una cosa es la esperanza y otra, la espera. Hay que volver a experimentar la importancia de lo cualitativo frente a la cuantitativo. Es el inicio de la paz.

La sabiduría védica también tiene un concepto de sacrificio profundo. Se dice que en India se vive la pobreza de otra forma, casi de una forma resignadamente bella.

Una cosa es la pobreza y otra, la miseria. La miseria es desdichada; la pobreza puede ser una bendición. Es no estar atado a nada, ni siquiera a la vida. No tener miedo ni a la muerte.

Parece que usted es pobre. ¿A qué le ha costado más trabajo renunciar?

A mí mismo, pero cuando lo consigues, eres feliz. No deseo nada. Aspiro a vivir con plenitud. La causa final es la primera de las causas. Hacer todas las cosas para un fin es perder la inocencia, ser utilitarista. Si uno puede contestar racionalmente a quien ama cuando te pregunta: «¿Por qué me amas?», es que ya no lo amas. Las cosas reales (verdaderas) no tienen por qué.

¿Es como la globalización?

A la Torre de Babel moderna la llaman ‘globalización’. Es la versión laica del paraíso que queremos crear en la Tierra: una democracia mundial, un capitalismo mundial, una banca mundial. La globalización no funcionará. Ya decía Pericles: «La democracia es sólo posible donde el estratego, el jefe, conoce el nombre de todos los ciudadanos». El paraíso está entre nosotros, en el amor de unos a otros. Donde reina el ordenador no hay faz humana.

 Y ¿qué hay del diálogo entre Oriente y Occidente?

Son dos mundos que se acercan y que se alejan. Permítame un inciso: el 50 por ciento de la población mundial vive con menos de dos euros al día. Esta visión monocentrista elitista es la realidad que discuto. Estados Unidos tenía hace un siglo una población del 75 por ciento de agricultores; hoy son el dos por ciento, pero ello bastaría para alimentar a toda la humanidad; sin embargo, no es rentable. La espiritualidad no es optar por los pobres, sino por los derechos sociales. Un día escuché al presidente de las Cámaras de Comercio de Estados Unidos decir que «la humanidad había vivido en las cavernas hasta que ellos descubrieron la democracia, la libertad y el mercado mundial». Es aberrante, pero quienes creen esto dominan por lo menos un cierto mundo.

Pero el Primer Mundo se está acercando al Tercero…

Este Primer Mundo está sufriendo una crisis muy positiva y la esperanza vendrá de esa crisis porque se ha tocado fondo. En la India se ve Occidente como un paraíso donde toda mujer es guapa, todo hombre es rico. Es cierto que existe un entusiasmo claro de Occidente por Oriente, pero el de Oriente hacia Occidente es mil veces mayor, roza con la adoración.

Justamente la superficialidad puede ser ese impulso que nos lleva a vivir una vida acelerada.

El mundo moderno, desde que se inició la ciencia de Galileo, es una carrera cada vez más vertiginosa hacia la aceleración. Se ha conseguido acelerar todo: las máquinas, los transportes… pero el hombre no se puede acelerar. Nos falta el espíritu contemplativo que permite que las cosas se sedimenten naturalmente por su propio peso e importancia. La sociedad actual está en crisis porque confunde lo urgente con lo importante. La sabiduría es la que compagina ambas. En esto no hay recetas.

Gran parte de nuestros males llegan con Descartes, dice usted. ¿A qué se refiere concretamente?

Todo empezó porque en la escuela de Descartes los dominicos le decían una cosa y los jesuitas, otra. Como los dos tenían autoridad, no se fió de nadie. Se metió en sí mismo y buscaba la certeza, concluyendo con el cogito ergo sum famoso. Sólo las ideas claras y distintas le dan certeza confundiéndola con la verdad. Y eso influenció la intelectualidad del mundo: de la preocupación por la certeza hemos pasado a la obsesión por la seguridad.

¿Se refiere a Bush?

Evidentemente, o quien sea. Y con esa obsesión hacemos guerras preventivas. En la tradición musulmana se decía: «Si encuentro un desconocido, puede que sea un ángel», ahora lo hemos sustituido por un terrorista. Hemos progresado, ¿verdad?

Usted dice que los islamistas son más tolerantes. ¿Qué quiere decir con esto?

Yo no defiendo a nadie, pero constato que el fundamentalismo cristiano es mucho más peligroso, sutil e inteligente que el islámico. Es un hecho histórico que el islam ha sido más tolerante. Ahora hay pequeños grupos extremistas que la prensa engrandece. Hay que tener muy claro que una fe fanática no es fe. Es solamente fanatismo, pero esto es muy limitado. Indonesia, Tailandia, India, Irán y Sudán son los países con mayor número de musulmanes y no hay ni una gota de sangre árabe.

Usted ha tenido momentos de crisis que llegó a compartir con el entonces cardenal Ratzinger. ¿Ha llegado a perder su fuerza?

Todos tenemos momentos bajos pero nunca me he dejado dominar por ellos; nunca me he obsesionado pensando: «He perdido el equilibrio o mi cuerpo no puede más». Somos muy responsables de nuestra salud, también demasiado machistas, tanto hombres como mujeres.

¿En qué sentido?

Somos una civilización masculina. Hemos perdido la gran capacidad de transformar lo que recibimos adaptándonos a ello. Estamos siempre en guardia.

Usted también dice que estamos aterrorizados y obsesionados con el trabajo.

La palabra ‘trabajo’ viene de tripalium, instrumento de tortura. En castellano tenemos una bellísima palabra que nos hemos dejado robar: ‘faena’ es decir, hacer, crear, construir. Crear una sociedad, eso debería ser el trabajo.

¿Ha llegado usted a sentir el nirvana, la meta?

Quien dice que ha llegado es que no lo ha hecho. El nirvana no es una reflexión. Yo tengo otra palabra más connatural a la cultura cristiana: me siento resucitado porque vivo. Uno llega a esta resurrección cuando permite la muerte, muerte a su ego, a su egoísmo. La vida, como decían los Vedas, no muere…

 

 

En este video (solo he encontrado la versión inglesa subtitulada al italiano, lo siento), Panikkar nos habla de la forma que, para él, tenemos de ver el mundo: a través de la ventana que cada uno de nosotros tenemos delante nuestro. Cuanto más la limpiemos, mejor veremos lo que hay fuera, más allá, la vida, aunque siempre tendremos esa ventana delante nuestro. También nos dice lo importante que es amar al vecino para poder escucharle de verdad cuando nos habla de lo que él ve a través de su ventana, porque eso nos recuerda que nuestra visión no es la única, que no vemos la totalidad de lo que hay más allá, del mundo, y también que no estamos solos y que compartiendo, dialogando con los demás podremos ver más…

En este otro video, en italiano y sin subtítulos, nuevamente pido disculpas, nos habla de su experiencia en India y de la lección de amor que recibe de una mujer india que, sin tener nada, es capaz de darlo todo. Sin duda, Raimon Panikkar practicó en vida lo que un sabio dijo alguna vez: “Todo cuanto retuve lo perdí; solo me queda lo que di…” Cuando murió, su cuerpo fue incinerado. La mitad de sus cenizas está depositada en una pequeña tumba en Tavertet. La otra mitad fue arrojada al Ganges… Él sigue vivo en todo lo que nos rodea, en ti, en mí… y en la eternidad de este instante.

Comments
6 Comentarios »
Categorias
General, Otros temas
Tags
Budismo, Cristianismo, espiritualidad, Hinduismo, Meditación, Raimon Panikkar, Tavertet
Comentarios RSS Comentarios RSS

« Entradas antiguas

Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

Todas las entradas

  • Ayer no termina nunca…
  • Searching for Sugar man, la inmensa grandeza de la humildad.
  • A quien hay que desahuciar es a los políticos y a los banqueros
  • Álbum Letras & Artes, sobrevivir en tiempos de barbarie
  • Egon Schiele, el erotismo de la melancolía…
  • Jose Luis Sampedro: una lección de vida, de dignidad y de compromiso
  • Madiba Mandela, ¡Ubuntu!
  • Parroquia de Entrevías (Vallecas), una opción por los pobres, por la justicia y por la libertad
  • Jordi Dauder, porque existir es pensar y pensar es comprometerse
  • La leyenda del pianista en el océano
  • Carta a Janis Joplin
  • Francesc Ferrer i Guàrdia, pasión por la vida y por la libertad
  • Diego El Cigala, porque hay que aprender a querer y a reír
  • Mario Benedetti, candil del alma
  • Danzad, danzad, malditos
  • Las llaves del alma…
  • Te recuerdo Víctor…
  • Michael Haneke, porque vivir no es más que amar…
  • Iluminando estrellas…
  • Frida Kahlo, bella hasta en el dolor
  • Paco Ibáñez, porque la poesía vive en la calle
  • ¿Democracia? En España se tortura
  • Matthieu Ricard, solo me queda lo que di…y por eso soy feliz
  • Pablo Neruda: el cartero de Isla Negra
  • Luis Eduardo Aute, ese niño que miraba el mar…
  • Paul Gauguin, la infinita belleza de la utopía…
  • “Yepeto”, ¿edades para amar?
  • ¡Basta! Una democracia diferente, un orden mundial distinto
  • ¡¡NO SIN CULTURA!!
  • La esperanza vive en las montañas
  • Sau, 25 años
  • “Before the rain” (Antes de la lluvia)
  • Marcello Mastroianni, la seducción de la humildad
  • Lhasa de Sela, la voz de la carretera
  • El fin es mi principio, Tiziano Terzani
  • El festín de Babette, o el arte de darse a los demás
  • Actuando para cámara, una lección magistral de Michael Caine
  • Piranesi, o las cárceles del alma…
  • Daniel Barenboim, un canto por la paz
  • Zenet, el crooner de las diez mil y una noches…
  • ¿Y si vivimos todos juntos?
  • Norma Jean, Princesa rota
  • Marlene Dietrich, una mujer condenada a ser libre
  • Yves Montand, el compromiso de la verdad
  • Todos somos mineros
  • La placenta sube al escenario
  • Traficantes de tierras
  • Mikis Theodorakis, la leyenda de un hombre indomable
  • Trumbo cogió su fusil
  • Por los ojos de Raquel Meller
  • ¡Vamos a contar verdades!
  • Ramón Casas, días de bohemia y de ilusión…
  • Abel Korzeniowski y Shigeru Ubemayashi, las voces del alma
  • ¡A la calle, que ya es hora!
  • Roque Baños, la música de los sueños…
  • Memorias de África
  • Crónica de un asesinato anunciado
  • “El maestro de música”
  • Jack Vettriano, el erótico y nada discreto encanto de la melancolía…
  • Toni Bestard, “El perfecto desconocido”
  • GRUPO 7, ¿quién vigila al vigilante?
  • Solo en la vida, el síndrome de Asperger
  • Kavafis, el susurro de Ítaca
  • Aprender a escuchar
  • Atravesando espejos, o la necesidad de vivir contra la corriente
  • ¿Educar?
  • Lluís Llach, cuando habla el silencio
  • Aki Kaurismäki, porque los perdedores no son los que pierden…
  • Djivan Gasparyan, la melancólica voz de la libertad
  • Garaje Lumière, convirtiendo la utopía en realidad…
  • Steve McQueen, porque la vida es más, mucho más, que una huida
  • Salvador Puig Antich, anatomía de un asesinato “legal”
  • Marcos Ana, cuando hasta el dolor es poesía…
  • Raimon Panikkar, la eternidad que vive en cada instante…
  • Teatro Tribueñe, sueño, utopía y realidad
  • Momix, báilame un sueño…
  • ¿Quién teme a Virginia Woolf?
  • María del Mar Bonet
  • Cowboy Junkies o la belleza de las baladas tristes
  • “Libertad”
  • El gran Redford
  • León Felipe, el alma silenciada de Rocinante…
  • Georges Brassens, la cálida voz de la anarquía
  • De lápices, hadas y sueños: Marie Brozova
  • Wangari Maathai, la mujer árbol
  • La voz del viento
  • El maestro
  • Elegía a un príncipe nómada…
  • Orson Welles
  • Audrey Hepburn
  • Marlon Brando
  • Sexismo en el cine y la televisión
  • ¡Adiós a la Iglesia!
  • Arte y compromiso
  • Sean Penn
  • Tempo
  • “Uno es lo que ama”: Facundo Cabral
  • Antonio López, o la ardiente paciencia…
  • ¡Autor, Autora!
  • El viaje
  • El Gatopardo
  • Atahualpa Yupanqui, la voz del alma de la tierra
  • Contra la crisis, ACTÚA
  • Jacques Leonard, pasión por la vida…
  • 15-M, un necesario grito de esperanza
  • La Singularidad: más allá de la última frontera
  • ¿Existe la muerte?
  • Eleni Karaindrou, la voz de la vida…
  • José María Rodero
  • Brel, ne me quitte pas…
  • Edward Hopper, ¿de qué color es la soledad…?
  • Elecciones en la Unión
  • Padres…
  • ¡NO A LA GUERRA!
  • Constructores de sueños…
  • Simplemente, Katharine Hepburn…
  • Charles Laughton, un grande entre los más grandes
  • Spike Lee, 25th hour, el coraje de vivir…
  • Antonio Gades, un viento de libertad
  • Menos es más…
  • Soplan vientos de revolución…
  • El Bosco y Patinir, Eros y Tánatos…
  • Sacco & Vanzetti, porque la anarquía no ha muerto…
  • El paciente inglés
  • Tom Waits
  • El jardinero fiel
  • Éramos tan felices sin darnos cuenta…
  • ISPANSI…
  • Que no paguen los de siempre…
  • De jardines y paraísos…
  • Carmen Amaya: El mar me enseñó a bailar…
  • Bruce Springsteen, juglar de sueños…
  • Will Keen: la palabra hecha acción
  • “Z”
  • Paul Newman
  • Armas de anglosajonización masiva
  • Matar a un ruiseñor…
  • El filo de la navaja
  • Los indios, la sombra de una nube sobre la pradera…
  • Criminalizar al diferente
  • Se envejece al dejar de amar…
  • De gemidos y silencios: los dibujos de Klimt y de Matisse
  • Rafael Álvarez, “El Brujo”, o la melancolía de la sombra
  • The soul of a man
  • “No somos de donde nacemos, sino de donde nos necesitan”, Abraham Verghese
  • La vida secreta de las palabras
  • La soledad creativa
  • Premios Buero de Teatro Joven
  • Cine: Arte y reflexión
  • “Bajo el fuego”, corresponsales de nuestra propia guerra
  • Castings, castings, castings…
  • De abrazos, miradas, caricias y ronroneos…
  • “Caídos del cielo”, el teatro puede.
  • Ramón Gaya, el cuenco vacío de la creación
  • Haris Alexiou: un himno a la libertad
  • Macbeth, Declan Donnellan
  • Vinicius de Moraes, porque vivir es devorar la vida…
  • Edward Steichen, elegía a un peregrino de la belleza
  • La crisis… y la madre que la parió
  • The Bridge Project: Porque estamos hechos de la materia de los sueños…
  • Nos queda la memoria
  • Mercedes Gómez-Pablos, la mirada azul del silencio…
  • Dejemos hablar al silencio…
  • Me encontraréis a bordo ligero de equipaje…
  • “El viento se llevó lo que”
  • “La bañera de Ulises”, saltimbanquis y marineros en una travesía por la paz
  • “El concierto”
  • Al oeste del ocaso: Muerte en Venecia
  • La luz del silencio: tibetanos en el exilio, una opción por la no-violencia en el mundo de hoy
  • Sándor Márai, memoria del olvido
  • Siddhartha
  • “Me voy, ahí os quedáis…”
  • Kandinsky, o la necesidad de crear
  • Dennis Hopper, un actor de leyenda
  • Mikhail Baryshnikov, poesía de la danza en libertad
  • Siendo nadie, yendo a ninguna parte…
  • ¿Dónde han ido todas las cartas?
  • Al Pacino, la visión de un actor
  • Amor a primera vista
  • Cuento de Navidad
  • El viaje + corto
  • Eduardo Galeano, una luz en la niebla
  • “Desenfocada”
  • Las mujeres que no conocemos
  • Porque la felicidad no es una zanahoria…
  • Stefan Zweig, un mundo de ayer
  • Anthony “Zorba” Quinn
  • Doctor Zhivago: recuerdos, anécdotas, y secretos de un rodaje épico
  • Detener el tiempo…
  • De saltimbanquis, arlequines y payasos…
  • The Actor´s Gang
  • “The visitor”
  • El silencio de la luna
  • Los espejos del alma
  • Amar en tiempos de crisis
  • “El patio de mi cárcel”
  • El equilibrio de la vida
  • John Cassavetes: el valor para ser libre
  • Leonard Cohen, o cómo decir poesía
  • El viaje de Angelopoulos
  • Fernando Fernán-Gómez: Un hombre que se atrevió a ser libre
  • Arthur Miller, una mirada desde el puente
  • Unas palabras de bienvenida

Enlaces

  • Blog Dame perfiles
  • Blog Diario de un guionista perezoso
  • Clandestinodeactores.com
  • Foro Clandestino

Etiquetas

actores amistad amor arte Arthur Miller Atahualpa Yupanqui Billy Wilder Bruce Springsteen Budismo cine Compromiso crisis cultura Danza Derechos humanos ecología erotismo espiritualidad Exilio Flamenco Fotografía Isak Dinesen Leonard Cohen Libertad libros literatura Mahler Marlon Brando María del Mar Bonet Memorias de África Muerte música Paco Ibañez Paloma Pedrero Paz Picasso Pintura poesía Raimon Panikkar Recortes Shakespeare Soledad solidaridad teatro Vinicius de Moraes

WP-Cumulus by Roy Tanck requires Flash Player 9 or better.

Buscar

Acceder

  • Acceder
2009 Clandestinodeactores.com  |  Blogs clandestinodeactores.com  |  Foro Clandestino  |  Aviso Legal