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Egon Schiele, el erotismo de la melancolía…

21 abril, 2013

Mujer sentada (1917)Sus cuadros reflejan melancolía, erotismo, soledad, el silencio de los placeres íntimos, el callado grito de los abrazos no dados… No hablan de amor, pero sí de la sensualidad de las amistades amorosas o del onanismo solitario y siempre fiel. Sus modelos son figuras desgarbadas, sueños rotos, delgadas formas que se buscan a sí mismas en posturas que evocan el placer que vendrá, el añorado placer perdido, el maravilloso placer vivido o quizá, simplemente, ese delicioso placer tan solo soñado o imaginado que nunca se hará realidad. Muchas veces están abstraídas en su búsqueda del placer, en la caricia tanto tiempo deseada, en ese amor ausente o quizá tan solo imaginado; otras, las más, se sienten descubiertas y miran al espectador que ha interrumpido su amoroso placer, pero lo hacen desde la naturalidad, sin esconderse de nada ni de nadie, porque nada hay de malo en hacer el amor aunque sea con uno mismo. En sus cuadros nunca hay culpa, tan solo sorpresa, incitación o invitación. La mayoría de sus modelos son mujeres jóvenes, extremadamente delgadas. Una de ellas, Wally, fue su gran amor. Ella tenía diecisiete años, él tan solo unos pocos más. La corta vida de Egon Schiele fue una constante búsqueda de su yo interior, de nuestro yo interior, ese que habla en soledad, que ama en soledad, que vive en soledad… Murió con 28 años. Nos dejó más de trescientos cuadros y casi tres mil dibujos y acuarelas, unos cuadros, dibujos y acuarelas donde es imposible no reconocerle, no sentirle, no amarle.

Había nacido en 1890 en Tulln an der Donau, Austria. Su padre era un funcionario de ferrocarriles, una profesión que marcó profundamente al niño y al boceto de desnudojoven Schiele, como recuerda el crítico Arthur Roessler al describir la tarde que pasó en su casa: “Schiele estaba sentado en el suelo en medio de la habitación, era fantástico verle jugar y escuchar el virtuosismo con el que reproducía todos los sonidos: el silbido del vapor, los pitidos de las señales, el traqueteo de las ruedas, los golpes de los raíles, el rechinar de los ejes, el chirrido del acero al frenar… resultaba asombroso todo lo que podía hacer. Con aquello podría haberse ganado la vida en cualquier escenario de variedades…”

Cuando Schiele tenía quince años, murió su padre. Le enviaron a vivir a Viena con un tío suyo que no tuvo más remedio que desistir de obligarle a estudiar para ferroviario y dejarle estudiar Bellas Artes, su verdadera pasión. Sin embargo, la rigidez de la Academia de Bellas Artes no iba con su carácter independiente e inquieto y, en 1909, abandonó la Academia para formar la Neukunstgruppe (grupo del nuevo arte) con algunos compañeros. Unos años antes había conocido a Gustav Klimt, que tendría una influencia enorme en la vida y en la pintura de los primeros años de Schiele. Fue Klimt quien le ayudó a introducirse en el mundo artístico vienés, un mundo artístico en plena N-S0014-0194-woman-with-green-turbanebullición al amparo de la llamada Secesión, un movimiento artístico que, con el lema de “A cada época su arte, al arte su libertad”, rompió todos los moldes de la anquilosada sociedad del imperio austrohúngaro y alcanzó unas metas a las que la historia de la humanidad solo había llegado en contados momentos: pintura, arquitectura, música, literatura… la belleza floreció en todas las ramas artísticas de la mano de artistas como Klimt, el propio Schiele, Kokoschka, Mahler, Moser, Olbrich, Otto Wagner…al tiempo que Freud cambió nuestra concepción del mundo al introducir el psicoanálisis.

La efervescencia de la vida en Viena le agobiaba. Necesitaba vivir en la tranquilidad y el silencio que solo podía encontrar lejos de la gran ciudad. Por eso alquiló una casa de campo en Krumau con el escenógrafo Erwin Olsen. Una carta escrita a su cuñado, Anton Peschka, describe perfectamente el agobio que Schiele sentía en Viena: “Quiero Desnuda  (1917)salir muy pronto de Viena. Qué espantosa es la vida aquí. Toda la gente me envidia y conspira contra mí, antiguos colegas me miran mal. En Viena reinan las sombras, la ciudad es negra y todo son prescripciones…tengo que ver algo nuevo y quiero investigarlo, quiero paladear aguas oscuras y árboles que se quiebran, ver vientos salvajes; quiero mirar asombrado verjas mohosas, escuchar bosques jóvenes de abedules y las hojas tiritando, quiero ver luz y sol, y disfrutar al atardecer de Dos mujeres jóvenes (1915)los húmedos valles de color azul verdoso. Sentir cómo brillan los peces dorados, ver cómo se forman las nubes blancas, quiero hablar con las flores. Ver con cariño los prados y las gentes sonrosadas, conocer iglesias antiguas y dignas, y pequeñas catedrales, quiero correr sin parar por redondeadas colinas y amplias llanuras, quiero besar la tierra y oler las suaves y cálidas flores del musgo; después crearé tanta hermosura: campos de colores…”

Wally con blusa roja (1913)A Krumau se fue con Valeria (Wally), la que fue su gran amor. Su modo de vida escandalizó a los vecinos del lugar. Hartos de tanta habladuría y beatería dejaron Krumau para irse a vivir a Neulengbach, pensando que allí la mentalidad sería más abierta, pero no fue así. Su costumbre de usar como modelos a niñas y niños de la vecindad a los que pintaba desnudos, y la edad de Wally (18 años frente a los 22 de él) le valieron más de una denuncia que acabó con sus huesos en la cárcel durante algunas semanas y que quemaran uno de sus dibujos de una joven vestida de medio cuerpo para arriba. Solo faltaba aquello para que su particular estilo fuese calificado por muchos como pornográfico.

Decidió regresar a Viena, donde su amigo Klimt volvió a abrirle de nuevo todas las puertas de la sociedad vienesa y de los círculos artísticos Desnuda ante el espejo (1910)centroeuropeos. Agobiado por su situación económica, decide casarse por conveniencia con Edith Harms, una joven burguesa de buena familia. Wally sigue muy enamorada de él y por eso rechaza su propuesta de hacer un viaje de recreo con ella cada verano. Se casa en 1915, cuando ya ha estallado la Primera Guerra Mundial. Wally no quiere volver a verle y se alista en la Cruz Roja. Schiele pinta el cuadro “La muchacha y la muerte”, en el que fácilmente se reconocen él y Wally para expresar la ruptura. Es un cuadro tremendo en el que ella trata de abrazarle y él, con la mano, parece rechazarla. Wally no volvió a ver jamás a Schiele. Murió en 1917. Solo un año después también moriría Edith, su mujer, embarazada de seis meses a causa de la llamada gripe española, una gripe que mató a más de veinte millones de personas en Europa. Tres días después de la muerte de Edith murió Schiele, también a causa de la gripe. Klimt había muerto pocos meses antes. La gripe española, la guerra mundial y una sociedad caduca que no sabía adónde iba, acabaron con el imperio austrohúngaro y con la secesión vienesa.

Son muchas las cosas que llaman la atención de la pintura de Schiele: el trazo firme con el que dibuja las figuras (un trazo continuo, hecho sin levantar el 1lápiz), la soledad que reflejan las atmósferas que pinta, la ausencia de fondos en los retratos resaltando con ello la importancia de las figuras, el fuerte contenido erótico de su obra, la utilización puntual de prendas de marcado carácter erótico, como las medias, unas medias que suele resaltar a través de colores muy vivos… pero hay una que destaca sobre todas las demás: el particular ángulo desde el que suele pintar la mayor parte de sus cuadros, tanto sean desnudos como paisajes. Schiele suele pintar “a vista de pájaro”, desde arriba, a sus modelos (en ocasiones llegaba a subirse a una escalera para poder pintarlas). Ese particular punto de vista nos ofrece a los espectadores del siglo XXI, acostumbrados al lenguaje cinematográfico, un efecto que aumenta la sensación de aislamiento y soledad de sus cuadros. En cine se utilizan este tipo de planos, llamados picados, para expresar que el personaje al que vemos lo está pasando mal o es un perdedor. En la época de Schiele los espectadores no tenían tan arraigado como ahora este lenguaje audiovisual, desde luego, pero no me cabe duda de que él era consciente de que ese “encuadre” de sus figuras producía ese efecto, y por eso lo utilizaba.

amantesTodo en Schiele es soledad, desolación, no hay alegría en sus personajes, aunque tampoco tristeza, son simples seres que pasan por la vida intentando entenderla, conocerla para conocerse, disfrutarse para disfrutarla. En sus cuadros hay belleza, mucha belleza, la belleza que habita en nuestros sueños, en nuestra incomprensión de lo que nos rodea, en todo lo que quisiéramos vivir más allá de las rígidas fronteras de lo correcto y lo apropiado, en todo aquello que nos atrevemos a ser y a vivir, en todo lo que querríamos compartir con esas almas gemelas que, perdidas como nosotros, también deambulan por este mundo en busca de un encuentro, de una caricia, de un amor… Schiele supo expresar el erotismo de la melancolía, el callado placer de lo no vivido, el silencioso encuentro con nuestras emociones y sentimientos más profundos, la desgarrada soledad del alma humana en un mundo, como el de hoy, que cada vez sabe menos de sensualidad, pasión, ternura, placer, sexo o amor.

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Jack Vettriano, el erótico y nada discreto encanto de la melancolía…

8 abril, 2012

Su pintura, como el jazz, huele a tabaco, a derrota, a lujuria y a alcohol. Sus personajes, perdedores solitarios que inútilmente buscan algo de calor humano, parecen escapados de un tango. Sus paisajes, desoladas playas abandonadas por las mareas, lloran al tiempo que nunca fue o al que no ha de volver… En sus paisajes exteriores sopla el viento, en los interiores siempre arde el fuego. Humphrey Bogart y Lauren Bacall parecen reencontrarse en las noches de Jack Vettriano, porque así es la pintura de Vettriano, una pintura que habla de ti, de mí y de todo lo que habríamos podido ser. Escocés atípico donde los haya, tras abandonar la escuela a los dieciséis y trabajar en la mina, descubrió la pintura cuando, a los veintiuno, su novia le regaló una caja de acuarelas. Pintor autodidacta, empezó copiando cuadros impresionistas y, como no tenía dinero para pagar a una modelo, aprendió a pintar inspirándose en un manual para ilustradores. Los críticos y los “puristas” del arte jamás se lo han perdonado. Le han puesto a parir, como también pusieron a los primeros impresionistas franceses en su tiempo, pero eso a él, a mí y a todos los millones de personas que amamos su pintura poco o nada nos importa. Vettriano pinta nuestros sueños, nuestra melancolía, nuestro silencio… iconos de nuestra vida secreta.

Algunas  de sus escenas recuerdan a las de los cabarets de Tolouse Lautrec y la soledad de sus cuadros recuerda mucho a la de los de Hopper. Sin embargo, la incomunicación de los personajes de Hopper se transforma aquí en un torbellino de pasiones, de erotismo, de sensualidad sin límite. Es como si los solitarios personajes de Hopper hubieran tomado vida para desatar sus más escondidas pasiones en los cuadros de Vettriano. Decía que su pintura es como el jazz. Hoy no voy a invitarte a escuchar una música para leer esta entrada, sino a que veas videos de sus cuadros acompañados por  desgarradas voces como la de Nina Simone, Helen Grayco y de Joss Stone o por la infinita melancolía de un tango. Contempla sus cuadros, relájate, escucha la música y entra, como ese voyeur que pugna porque le dejes mirar, en el sensual y secreto universo de Vettriano:

La carrera artística de Vettriano fue meteórica. La primera vez que expuso en la Royal Scottish Academy, los dos cuadros que había presentado se vendieron el primer día. Lo mismo pasó con los tres que envió meses después a la Summer Exhibition de la Royal Academy en Londres. A partir de ahí muchos galeristas pugnaban por sus cuadros. Los veintiún óleos que envió a su primera exposición en solitario en Nueva York, en 1999, fueron vendidos el mismo día de la inauguración a coleccionistas británicos. Entre sus coleccionistas más famosos hoy se encuentran personalidades como Jack Nicholson, Sir Alex Fergusson o Robbie Coltrane. Becas universitarias, hospitales oncológicos infantiles y otros muchos proyectos son los principales beneficiarios de su faceta filantrópica y solidaria, una faceta que le ha hecho donar varios de sus cuadros más importantes a instituciones de este tipo. Su pintura es, actualmente, una de las más reproducidas en postales, posters, portadas de libros, puzzles, etc.  porque ha sabido conectar con públicos muy diversos de todo el mundo. Desde el año 2009 Vettriano dirige la gestión de su obra a través de sus propias empresas: Hearthbreak Gallery y Heartbreak Publishment. Déjate llevar ahora por los pasionales acordes de estos cuadros y el sensual trazo de este tango:

Si la carrera de Vettriano ha sido del todo atípica, lo mismo puede decirse de su vida. En 1987 se divorcia de su mujer, regala todos sus trajes al vecino y se va a vivir a Edimburgo. A partir de entonces cambia de nombre (hasta ese momento había vivido con su verdadero nombre, Jack Hoggan), adoptando el apellido de su madre añadiéndole la “a”, y vistiendo y adoptando un look de perfecto caballero eduardiano, con zapatos de charol y frac, aunque sin bastón. Es un hombre que se hizo a sí mismo, que se reinventó, que se parió a sí mismo para seguir sus sueños, unos sueños que le llevaron a navegar siempre contra la corriente… Deja que sea ahora la exquisita ternura de la voz de Helen Grayco quien nos acompañe en esta etapa de nuestro viaje a través de la pintura de Vettriano:

Pero la historia de Vettriano con los críticos y los académicos fue precisamente todo lo contrario, muy tumultuosa. Al llegar a Edimburgo intentó matricularse en Bellas Artes en la Universidad, pero le rechazaron. Años después, en 1992, el que más tarde llegaría a ser su cuadro más famoso, “ The singing butler” (“El mayordomo cantante”, que fue vendido en 2004 en una subasta por 750.000 libras esterlinas), fue rechazado cuando lo presentó para una exposición de la Royal Academy de Londres. No cabe duda de que críticos y académicos suelen ver cosas que el resto de los mortales no vemos o, mucho me temo, no alcanzan si quiera a ver las que los demás sí vemos. ¿Qué tal si dejas que sea la desgarrada pasionalidad de la voz de Joss Stone la que te arrastre ahora a contemplar los cuadros de Vettriano desde la barra del último bar que queda abierto?

Los cuadros de Vettriano evocan un mundo perdido, un mundo soñado donde todo es posible, donde, como en las películas del mejor cine negro, habitan hombres duros y mujeres fatales en ese tierno abrazo de los que viven más allá de todo límite, de quienes, cada noche, forjan su destino, un destino donde no amanece nunca, porque la luz del día nada sabe de amores furtivos, ni de encuentros prohibidos… Son tan potentes las imágenes de Vettriano que hasta se han hecho coreografías de baile de sus cuadros. El espectáculo de ver bailar un tango sobre el escenario a los cuatro personajes sin pasado ni futuro de “The singing butler” no se puede olvidar jamás. Pero su obra no solo ha inspirado a coreógrafos, también a grupos musicales, como Saint Jude´s Infirmay, que compuso un tema dedicado a Vettriano. Aquí lo tienes. Se llama “Good by Jack Vettriano”. El propio Vettriano hace un cameo en este videoclip. Es que el aparece sentado en la tumbona.

Cada uno asocia las imágenes de Vettriano a su mundo particular, a sus sueños, confesos o prohibidos, a su anhelo por vivir la vida, todas las vidas, a su forma de pensar, de vivir y de amar. Por eso su pintura gusta a tanta gente, llega a tanta gente, porque evoca en nosotros los paraísos, vividos o soñados, que perdimos y que ya nunca podremos vivir. Contemplando sus escenas de playa uno se siente Robert Redford en “El Gran Gatsby”, ese ser misterioso que, más allá del bien o del mal, solo vive para amar en un mundo que agoniza, un mundo donde ya no cabe el amor, un mundo condenado a desaparecer, a hundirse, un mundo que baila y baila alegremente dando vueltas sobre sí mismo aferrado a su pasado que, como una cadena, nunca le dejará avanzar, un mundo que ríe y canta ignorando que hace ya tiempo que embarcó en un nuevo Titanic que jamás llegará a puerto… Y si eso es lo que nos evocan sus paisajes exteriores, los interiores, esos espacios cargados de derrotas, de soledad y misterio, espacios cerrados donde los claroscuros huyen de la luz buscando el último resquicio de la noche que muere, donde siempre arden el sexo y la lujuria de los amores clandestinos y de los encuentros robados, son espacios donde no puedes evitar sentirte viviendo la gran pasión que vivieron Ralph Fiennes y Kristin Scott Thomas en “El paciente inglés”

Dejemos que sea la voz de otro sabio, de otro dios de los perdedores, quien despida esta entrada acompañando las pinturas de Vettriano. Tiende tu mano a Tom Waits y su Waltzing Matilda, y que nos lleven allí donde nacen los sueños y viven los poetas…

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Kavafis, el susurro de Ítaca

11 marzo, 2012

Ignorado por los más en vida, Konstantinos Kavafis es considerado hoy uno de los poetas más importantes del siglo XX. Nacido en 1863 en Alejandría (Egipto), de familia griega, vivió marcado por su, no solo no escondida sino, manifiesta homosexualidad y por su profundo amor a la belleza. Su poesía ha influido en poetas como Cernuda y Gil de Biedma, y en novelistas como Lawrence Durrell o J.M. Coetzee. Cinco son los pilares sobre los que se asienta su obra: el viaje, como metáfora de la vida, el paso del tiempo, el erotismo, la Historia y la ciudad, una Alejandría que, como personaje omnipresente en su poesía, jamás abandonó. Hijo de un comerciante griego acaudalado, que vio la oportunidad de negocio que la apertura del canal de Suez presentaba, y de una noble griega de fuerte carácter, que se casó con él a los catorce años, Kavafis pasó su infancia en su Alejandría natal. Su padre murió cuando él tenía solo siete años. Los problemas económicos que empezaron a acechar a la familia les obligaron a emigrar a Inglaterra, donde Kavafis pasó su adolescencia aprendiendo inglés y conociendo a fondo la cultura británica. Volvieron a Alejandría estando ya arruinados, una ruina que acompañaría al poeta durante toda su vida. En 1882, las revueltas políticas que propiciaron la presencia inglesa en Egipto durante treinta años hicieron que huyeran a Estambul, donde vivieron durante tres años, tras los que Kavafis regresó a Alejandría para no abandonarla ya nunca más.

Uno de los poemas más conocidos de Kavafis, es, sin duda, Ítaca. Inspirado en el viaje de regreso a casa de Ulises, es una invitación al viaje, una metáfora de la vida en la que, paso a paso, vamos recorriendo las diferentes etapas de nuestro caminar rumbo a esa Ítaca que nos espera al final del viaje. Como en la vida, lo importante no es adónde nos dirigimos, sino lo que vivimos en nuestro viaje, en nuestro aquí y nuestro ahora. Como en la vida, los peligros que encontraremos en ese viaje no son más que los que nosotros mismos llevamos dentro y, como en la vida, la belleza de lo que veamos y vivamos no será más que lo que nosotros nos hayamos atrevido a dar, a compartir. Es uno de los poemas más bellos que se han escrito jamás. Refleja una profunda sabiduría, la sabiduría de un poeta que, sin necesidad de abandonar su ciudad natal, ha sido capaz de realizar todos los viajes. Son muchos los que han cantado este poema, muchos los que lo han recitado, y muchos más los que hemos aprendido a vivirlo. Es un océano de belleza sea cual sea la lengua en que se escuche. He optado por elegir, en el siguiente video, una versión en el griego original que es capaz de hacernos sentir el suave fluir de las olas del mar, el olor a sal y a vida, el inconfundible sabor de la aventura de saberse vivo… Aquí tienes su traducción:
“Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca
ruega que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
A los Lestrigones, a los Cíclopes
o al fiero Poseidón, nunca temas.
No encontrarás trabas en el camino
si se mantiene elevado tu pensamiento y es exquisita
la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los Lestrigones, ni a los Cíclopes,
ni al feroz Poseidón has de encontrar,
si no los llevas dentro del corazón,
si no los pone ante ti tu corazón.
Ruega que sea largo el camino.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que – ¡con qué placer! ¡con qué alegría! -
entres en puertos nunca antes vistos.
Detente en los mercados fenicios
para comprar finas mercancías,
madreperla y coral, ámbar y ébano,
y voluptuosos perfumes de todo tipo,
tantos perfumes voluptuosos como puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
para que aprendas y aprendas de los sabios.
Siempre en la mente has de tener a Ítaca.
Llegar allá es tu destino.
Pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que ya viejo llegues a la isla,
rico de todo lo que hayas guardado en el camino
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.
Ítaca te ha dado el bello viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
No tiene otra cosa que darte ya.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado,
sabio como te has vuelto con tantas experiencias,
habrás comprendido lo que significan las Ítacas”

La Historia, real y documentada a veces, imaginada o soñada las más, es otro de los temas recurrentes en la poesía de Kavafis. No dejó mucha obra, solo ciento cincuenta y cuatro poemas breves, ya que era un perfeccionista exquisito que podía corregir un poema durante diez años antes de darlo por finalizado. De hecho jamás publicó un libro con sus poemas, sino que él mismo editaba pequeñas selecciones de los poemas que prefería para regalárselos a sus amigos. Hombre de profundas nostalgias y añoranzas de los tiempos que ya fueron, supo aprender a ver siempre la parte positiva de las cosas. Para él no ser un autor de éxito, un poeta reconocido, y estar siempre sin un duro, le permitía ser libre, no ser esclavo de sus lectores: “Pero al lado de todo lo desagradable y hostil de la situación, cada día peor, déjeme anotar – como una muestra de alivio de nuestras miserias- una ventaja. La ventaja es la independencia intelectual que se garantiza. Cuando un escritor sabe bien que unos pocos ejemplares serán vendidos, gana en independencia para su trabajo creador. El escritor que tiene la seguridad, o al menos la posibilidad, de vender toda su edición, y quizás futuras ediciones, no pocas veces es influenciado por las futuras ventas. Casi sin saberlo, sin pensarlo, habrá circunstancias cuando, conociendo lo que el público piensa, lo que le gusta y compraría, hará algunos pequeños sacrificios, escribirá esta frase un poco diferente, dejará fuera aquello. Y no hay nada más destructivo para el arte, tiemblo sólo con pensarlo, que una frase debe ser cambiada, que haya que omitir algo…”
Como decía, la Historia es uno de sus temas preferidos. Pero tratándose de Kavafis no podíamos esperar que los personajes que eligiera de la Historia fuesen los grandes, los universalmente conocidos, ni sus momentos más gloriosos. Sin poderlo, o quererlo evitar, su poesía siempre trata de los pequeños momentos, de los personajes poco documentados que solo tienen unas pocas líneas en los libros de Historia. Son personajes y situaciones con los que Kavafis se siente más identificado, más cercano, más comprendido. Son personajes que le permiten crearlos a su imagen, soñarlos e imaginarlos como fueron, o como a él le hubiera gustado que hubiesen sido. Uno de sus poemas “históricos” más conocidos es “Esperando a los bárbaros”, una joya que nos habla de la decadencia, de nuestra decadencia, de esa decadencia que escondemos culpabilizando a los demás de nuestra inacción, de nuestro desencanto, de nuestra parálisis, de nuestra muerte en vida. He tenido la fortuna de encontrar el audio de la versión recitada por uno de los más grandes contadores de historias de la humanidad: el inigualable Vittorio Gassman:

“-¿Qué esperamos reunidos en el ágora?
Es que los bárbaros van a llegar hoy.
-¿Por qué en el Senado tal inactividad?
¿Por qué los Senadores están sin legislar?
Porque los bárbaros llegarán hoy.
¿Qué leyes van a hacer ya los Senadores?
Los bárbaros cuando lleguen legislarán.
– ¿Por qué nuestro emperador se levantó tan de mañana, y está
sentado en la puerta mayor de la ciudad sobre el trono, solemne,
portando la corona?
Porque los bárbaros llegarán hoy.
Y el emperador espera recibir
a su jefe. Y más aún ha preparado
un pergamino para dárselo. Allí
le escribió muchos títulos y nombres.
-¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores salieron
hoy con sus togas púrpuras, bordadas;
por qué se pusieron brazaletes con tantas amatistas,
y anillos con magnificas, brillantes esmeraldas;
por qué toman hoy día valiosísimos bastones
en plata y oro espléndidamente labrados?
Porque los bárbaros llegarán hoy
y tales cosas deslumbran a los bárbaros.
-¿Por qué tampoco los valiosos oradores acuden como siempre
a pronunciar sus discursos, a decir sus cosas?
Porque los bárbaros llegarán hoy,
y los aburren las elocuencias y las arengas.
-¿Por qué comenzó de improviso esta inquietud
y confusión? (Los rostros qué serios que se han puesto.)
¿Por qué rápidamente se vacían las calles y las plazas
y todos regresan a sus casas pensativos?
Porque anocheció y los bárbaros no llegaron.
Y unos vinieron desde las fronteras
y dijeron que bárbaros ya no existen.
Y ahora qué será de nosotros sin bárbaros.
Esos hombres eran una cierta solución”

Kavafis se sabía incomprendido y se sentía extraño en una sociedad que no entendía, y que no le entendía. A sus pinitos como periodista le siguió un aburrido trabajo administrativo durante más de treinta años en el Ministerio de Riego egipcio. Un trabajo tan frustrante y anodino como aquel no podía saciar su ansia de vida y de libertad, pero le permitía sobrevivir a duras penas y, sobre todo, le dejaba libres las tardes y las noches para perderse intentando encontrarse a sí mismo, algo que hizo durante toda su vida. De carácter profundamente tímido y reservado, no contaba con muchos amigos. Hasta la muerte de su madre, solía utilizar a alguno de ellos como vigilante para que le avisara si su madre venía a buscarle cuando, entrada ya la noche, se dejaba caer por los burdeles bisexuales donde, a falta de amor, se extasiaba gozando del sexo y la belleza. Pero Kavafis, lejos de ser la Catherine Deneuve de “Belle de jour” (aquella burguesa “felizmente” casada con un médico que saciaba su apetito sexual ejerciendo como prostituta por las tardes), aunque vivía diferentes vidas por la mañana y durante el resto del día, no escondía su condición de homosexual ni su pasión por la belleza, explícitamente reflejados en muchos de sus poemas. En esos poemas, Kavafis recrea, más que recuerdos, la ardiente nostalgia de las pasiones y los deseos no vividos.

Esa terrible sensación de saberse un extraño, de no pertenecer a nada ni a nadie, queda patente en muchos de sus poemas, como en este maravilloso “Lo oculto”, de 1908

“Por cuanto hice y por cuanto dije
que no traten de encontrar quién era yo.
Un obstáculo se alzaba y transformaba
mis acciones y mi modo de vivir.
Un obstáculo se alzaba y me detenía
muchas veces cuando iba a hablar.
Mis acciones más inobservadas
y mis escritos más ocultos
-sólo por allí me entenderán.
Mas acaso no vale la pena gastar
tanta atención y tanto esfuerzo para conocerme.
Más tarde -en la sociedad más perfecta-
algún otro, hecho como yo,
ciertamente surgirá y actuará libremente”

O en este desgarrado poema, “Murallas”, que expresa como pocos la sensación del aislamiento y la soledad existencial de nuestra sociedad:

“Sin consideración, sin piedad, sin recato
grandes y altas murallas en torno mío construyeron.
Y ahora estoy aquí y me desespero.
Otra cosa no pienso: mi espíritu devora este destino;
porque afuera muchas cosas tenía yo que hacer.
Ah cuando los muros construían cómo no estuve atento.
Pero nunca escuché ruido ni rumor de constructores.
Imperceptiblemente fuera del mundo me encerraron”

Como ese profundo erotismo que irradia toda su poesía, presente en muchos de sus poemas, como en este “Una noche”

“El cuarto era pobre y vulgar,
oculto en los altos de una taberna equívoca.
Desde la ventana se veía la calleja,
sucia y estrecha. Desde abajo
llegaban las voces de algunos obreros
que jugaban a las cartas y que se divertían.
Y allí en la cama humilde, ordinaria,
poseí el cuerpo del amor, poseí los labios
voluptuosos y rojos de la embriaguez -
rojos de tal embriaguez, que también ahora
cuando escribo, ¡después de tantos años!,
en mi casa solitaria, me embriago nuevamente”

Quizá uno de sus poemas eróticos más famosos sea “Vuelve”. Aquí lo tienes, en italiano, en la impresionante voz y forma de decir de Marcello Sacerdote:

“Vuelve otra vez y tómame,
amada sensación retorna y tómame -
cuando la memoria del cuerpo se despierta,
y un antiguo deseo atraviesa la sangre;
cuando los labios y la piel recuerdan,
cuando las manos sienten que aún te tocan.
Vuelve otra vez y tómame en la noche,
cuando los labios y la piel recuerdan….”

Pocos como Kavafis han sabido reflejar el inexorable paso del tiempo. Son muchos los poemas que ahondan en esta visión tan cavafiana (el de “Un anciano” que puedes escuchar versionado por Lluís Llach en la entrada que le dediqué recientemente es uno de los más bellos que se han escrito). En este “Muy raramente” podemos intuir, casi ver, al Kavafis mayor regresando a casa ya de madrugada a vivir de nuevo en sus escritos:

“Es un anciano. Agotado y giboso,
estragado por los años, y por intemperancias,
con paso lento atraviesa la calleja.
Y sin embargo, cuando entra a su casa para ocultar
su ruina y su vejez, considera
la parte que él aún posee en la juventud.
Adolescentes ahora los versos suyos recitan.
Por los vivaces ojos de éstos pasan las visiones suyas.
Sus espíritus sanos, voluptuosos,
sus cuerpos armoniosos, firmes,
se conmueven con su propia expresión de la Belleza”

O en esta verdadera joya que es “Voces”

“Voces ideales y amadas
de aquellos que murieron, o de aquellos que han
desaparecido para nosotros como los muertos.
A veces hablan en nuestros sueños;
a veces las escucha nuestro espíritu en el pensamiento.
Y con su rumor por un instante retornan
ecos de la primera poesía de la vida nuestra -
como una música, en la noche, lejana, que se apaga”

He dejado para el final el tema de la ciudad, esa ciudad que tanto marcó a Kavafis y a su poesía. Su ciudad es Alejandría, esa Al-Iskandariyah que llegó a tener la mayor biblioteca del mundo, cuatro mil palacios, cuatro mil baños, doce mil comerciantes en aceite, doce mil jardineros, cuatrocientos teatros y sitios de diversión… y que, cuando nació Kavafis, no era más que una decadente ciudad de veraneo para los cairotas poblada por apenas ciento cincuenta mil personas. A esta ciudad, a su decadencia, al crimen que el paso del tiempo cometió con sus piedras y sus gentes, es a la que Kavafis dedica la mayor parte de su obra. A veces, pocas, nos habla con nostalgia de su glorioso tiempo pasado, de su grandeza perdida. Casi siempre nos trae esa otra Alejandría, esa Alejandría de sucios callejones, de cafés y burdeles, de chaperos y de adolescentes anónimos que creen que su belleza durará siempre… Alejandría es el destino, el inexorable destino que nos espera a todos al final del camino, o agazapado tras cualquier recodo dispuesto a terminar con nuestro viaje. Refiriéndose al barrio de mala muerte de Alejandría en el que vivía, Kavafis solía decir que ese barrio era el espíritu y que fuera estaba el cuerpo.

Esta visión de Alejandría como algo eterno que nos verá pasar a unos y a otros, y que seguirá viva cuando hayamos muerto, es abordada en el poema “Que el dios abandonaba a Antonio” que le dedica a la muerte sin gloria de Marco Antonio, un hombre que todo lo tuvo… y que todo lo perdió:

”Cuando de repente, a medianoche, se escuche
pasar una comparsa invisible
con músicas maravillosas, con vocerío -
tu suerte que ya declina, tus obras
que fracasaron, los planes de tu vida
que resultaron todos ilusiones, no llores inútilmente.
Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
di adiós a Alejandría que se aleja.
Sobre todo no te engañes, no digas que fue un
sueño, que se engañó tu oído:
no aceptes tales vanas esperanzas.
Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
como te corresponde a ti que de tal ciudad fuiste digno,
acércate resueltamente a la ventana,
y escucha con emoción, mas no
con los ruegos y lamentos de los cobardes,
como último placer los sones,
los maravillosos instrumentos del cortejo misterioso,
y dile adiós, a la Alejandría que pierdes”

Kavafis no idealiza Alejandría, simplemente la admite y la ama como es, con sus virtudes y con sus defectos, unos defectos que eran graves para una persona como él: “Ya me he acostumbrado a Alejandría, y es verdad que, aunque fuese rico, aquí me quedaría. A pesar de esto, cómo me disgusta esta ciudad. Qué problemática, qué carga son las ciudades pequeñas, cuánta falta de libertad. Aquí me quedaré (otra vez no estoy tan seguro de lo que quiero) porque es como mi país natal, porque está ligada a mis recuerdos. Pero cómo un hombre como yo – tan distinto- necesita una gran ciudad. Londres, digamos. Cuando llegan las frías horas de la noche, pasa continuamente por mi mente…”

Pero, hombre sensible y sabio como era, Kavafis sabe que somos nosotros quienes marcamos el destino que elegimos para nuestras vidas, que vivamos donde vivamos, será lo que llevemos dentro lo que nos empujará hacia la felicidad o nos someterá al más terrible de los sufrimientos: la anodina y vacía existencia de quienes viven sus vidas como una simple espera de la muerte. Eso es lo que nos plantea en otro de sus más célebres poemas, La ciudad, recitado aquí en el griego original, un despiadado alegato contra todos los que no se han atrevido a vivir sus vidas, todas sus vidas, hecho por un hombre que, por encima de todo, amó la belleza: “Contemplé tanto la belleza, que mi vista le pertenece”

 

“Dices “Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí”.
No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques
-no hay-,
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra”

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De gemidos y silencios: los dibujos de Klimt y de Matisse

12 septiembre, 2010

La impresionante exposición de grabados de Henry Matisse que se puede ver estos días en la sala de la BBK de Bilbao, me ha traido a la memoria otra que organizó la Fundación Mapfre hace algunos años en Madrid sobre los dibujos de otro monstruo de la pintura: Gustav Klimt. Son dos maestros del trazo, de la insinuación, de la soledad de la esencia, de la sutil ligereza de la belleza, de la poesía que habita la línea, de todo lo vivido, soñado, intuído o imaginado que forma el universo de un creador…

Para acompañar esta entrada te sugiero que, si quieres, invites a María Callas para que nos acompañe con su inolvidable versión de “Casta diva”

El mundo de Matisse está marcado por la austeridad en la línea, la armonía y el perfecto equilibrio en el trazo, y todo ello para trasmitir al espectador un mundo silencioso y tranquilo, el de la serenidad interior, esa sobre la que Matisse centra toda su obra. Si en sus óleos es el color el que, trascendiendo la forma, nos invita a pasear por los paisajes del alma, en sus grabados es la sutileza del trazo, la esencia pura del dibujo, la que, deteniendo el tiempo, hace que escuchemos la armonía del silencio. Matisse supo captar la esencia de la tranquilidad renunciando, a pesar de su declarada atracción por lo arabesco y lo oriental, a la infinita atención por el pequeño detalle. Los detalles nunca fueron importantes para él, consciente, como era, de que lo que verdaderamente importa a través del dibujo es “expresar sentimientos íntimos y describir estados de ánimo: medios simplificados, sin embargo, para dar mayor sencillez y espontaneidad a la expresión que debe trasladarse libremente al espíritu del espectador”.

“Lo que más me interesa no es la naturaleza muerta ni el paisaje, es la figura humana.  Ella es la que mejor me permite expresar el sentimiento religioso, por así decirlo, que tengo de la vida”, solía decir Matisse. Si los dibujos de desnudos femeninos de otro enamorado de la belleza como Klimt  destilan una fuerte carga erótica que consigue escondiendo la mirada de las modelos, haciendo que parezca que están ensimismadas en su propio mundo y convirtiendo al espectador en un voyeur que invade su intimidad, los desnudos de Matisse, lejos de esconder la mirada, suelen mirar directamente a los ojos del espectador, al que hacen sentir como si estuviera dentro de la escena, y no le miran en actitud desafiante o retadora, sino simplemente invitándole a compartir la espera, esa eterna espera en la que parecen haberse convertido sus vidas. Mientras Klimt tiende a representar a sus modelos como si hubiera robado un momento de su intimidad en el que están entregadas a sus juegos y a sus fantasías sexuales, Matisse se centra en ofrecérnoslas como si estuvieran dejando pasar su vida en un tranquilo dolce fare niente donde nada ni nadie puede romper la armonía de sus pensamientos, quizá porque sus mujeres, como el arte o la armonía, están más allá del espacio y del tiempo que les ha tocado vivir.

La exposición de Klimt de la que hablaba al principio se llamaba “MUJERES”, y era una maravillosa muestra de cien dibujos de la colección Sabarsky de Nueva York que la Fundación Mapfre tuvo el acierto de traer por primera vez a España. Adentrarse en el mundo de la Viena de finales del XIX y principios del XX, en aquel paraíso perdido en el que florecieron todas las artes como nunca antes lo habían hecho, siempre produce una extraña mezcla de placer y nostalgia: el placer por lo que vemos; la nostalgia por lo que perdimos, un mundo ya desaparecido donde el arte encontró la libertad. Y si adentrarse en el mundo de aquella Viena de la Secesión produce placer y nostalgia, hacerlo en el de los dibujos de KLIMT es aceptar una invitación personal para visitar la tierra secreta donde de verdad vive la mujer, ese paraíso intuido por amantes y poetas en el que nacen palabras como caricia, mirada, silencio o ternura, y es visitarlo de la única manera en que se puede hacer: abandonándose por completo a él y dejándose llevar.

Frente a esos dibujos podemos sentir la sensualidad, la exquisita sensualidad que hizo que la mano del artista acariciara con trazo tierno, lento y cadencioso el cuerpo desnudo o semidesnudo de una mujer, eterna puerta abierta al tantas veces prohibido universo de los sueños, los placeres y los sentimientos. Es frente a cualquiera de esos dibujos cuando nos damos cuenta de que el arte, como el amor o el sexo, no hay que entenderlo, sino sentirlo. Klimt ha sabido captar como nadie ese momento lleno de magia y de misterio que llamamos soledad. Las mujeres que viven en sus cuadros están solas,  siempre solas, y si aparece, a veces, alguna figura difuminada junto a ellas, no es más que un compañero o compañera del único viaje que nos lleva a alguna parte, el viaje al fondo de nosotros mismos. Las mujeres de Klimt habitan en el callado océano de su intimidad protegidas tan solo por el silencio de sus sueños, son mujeres etéreas, ingrávidas y, sin embargo, auténticas y reales, porque de ellas es el universo que trasciende al espacio y al tiempo, el único universo que nos pertenece: el de la fantasía. La sensualidad y el infinito erotismo que emana de ellas y que nos hace sentir tan vivos nace de su mirada, de esa mirada callada y sincera al fondo de sí mismas. Por eso las vemos siempre con los ojos cerrados o con la mirada baja. Los ojos no pueden ver lo que ellas ven. Por eso los cierran, los cierran para poder habitar en su mundo interior, ese mundo lleno de sentimientos, de caricias, de gemidos y sensaciones, ese mundo secreto que están dispuestas compartir con aquellos a los que, como a ellas, la vida les ha enseñado lo que significa la palabra dar. La ropa que llevan las mujeres de Klimt no está para abrigarlas o cubrirlas, sino para enmarcar, sugerir y realzar la belleza de su sexo, de su pecho, la suave curva de las caderas que deja entreveer, porque todo en los dibujos de Klimt obedece a ese mismo propósito de destacar el erotismo del universo femenino. Así mientras Matisse nos hace escuchar la armonía, la espiritualidad y el silencio a través de sus mujeres, Klimt nos hace escuchar la erótica sensualidad y el placer de sus suaves y tiernos gemidos. Espiritualidad y erotismo, silencio y gemido puede que no sean más que dos caras de una misma moneda, como bien conoce la sabiduría oriental con su tantrismo o, sin ir tan lejos, la sensualidad de la poesía mística de San Juan de la Cruz y la de Santa Teresa o la de los grandes místicos sufíes.

Frente a las mujeres de Klimt fueron muchas las sensaciones y los sentimientos que experimenté, como también fueron muchos los versos que vinieron a mi memoria, versos cargados de placer y de nostalgia, como los de la “Tierra secreta”, de Robert Graves:

“Toda mujer de verdadera alcurnia posee

una tierra secreta más real para ella

que este pálido mundo exterior.

A medianoche, cuando la casa está silenciosa,

deja a un lado aguja o libro

y la visita invisible.

Cerrando sus ojos, improvisa

un portón de cinco barras entre altos abedules,

salta por encima y toma posesión,

luego corre, o vuela, o monta un caballo,

(un caballo llegará al trote a salvarla)

y viajará donde ella quiera;

Puede hacer crecer la hierba, incitar a los lirios

a mudarse de botón a flor mientras ella mira

dejar que los peces coman de su mano.

Ha fundado ciudades, plantado arboledas

y bendecido valles por arroyos que corren

frescos a una bahía cerrada./

Nunca me atreví a interrogar a mi amada

acerca del gobierno de su reino

o de su geografía,

tampoco la seguí por esos álamos

a horcajadas sobre el portón,

espiando en la niebla.

Sin embargo, me ha prometido, cuando yo muera,

un albergue bajo su palacio personal,

en un claro del bosque

donde crezcan las gencianas y los alhelíes

y podamos, a veces, encontrarnos.”

Recuerdo que, al salir de nuevo a la calle tras visitar la exposición, embriagado por la infinita sensualidad y la belleza de esos cuadros, otros versos vinieron también a mi memoria, los eternos versos de Rubén Darío que siempre me acompañan al caminar:

“En vano busqué a la princesa

que estaba triste de esperar.

La vida es dura, amarga, y pesa,

ya no hay princesa que cantar.

Juventud, divino tesoro

¡Ya te vas para no volver!

A pesar del tiempo terco

mi sed de amor , no tiene fin.

Cabello gris, así me acerco

a los rosales del jardín…”

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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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