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Al oeste del ocaso: Muerte en Venecia

14 marzo, 2010

Hoy quiero hablaros de “Muerte en Venecia“, la inolvidable adaptación que Visconti hizo de la novela homónima que Thomas Mann había escrito en 1912 inspirándose en Gustav Mahler para crear a Gustav Von Aschenbach, su protagonista, aunque en la novela aparece como un escritor. Visconti, consciente de ello, hizo que su Aschenbach fuera un músico y eligió su música para la banda sonora de la película. Mahler había muerto pocos meses antes y Mann estaba muy impresionado por lo dura que había sido la vida con él ya que, a la muerte de su hija mayor cuando solo tenía cinco años, le siguió la separación traumática de su mujer, de la que estaba profundamente enamorado, y la fuerte controversia y el rechazo que su música despertaron en Viena llegando a ser considerado como un compositor y un director maldito debido a su elevadísimo nivel de exigencia tanto con los músicos como con el público, a su condición de judío y, sobre todo, a las innovaciones musicales que planteaban sus composiciones, plagadas de armonías disonantes que no fueron entendidas sino hasta mucho tiempo después.

Para esta entrada, si queréis, qué mejor que escuchar la música que el propio Visconti eligió para su película: el adagio de la 5ª sinfonía de Mahler.

La película empieza con estos acordes acompañando el lento navegar de un pequeño barco de vapor que llega a Venecia con las primeras luces del día. En su cubierta, sentado en un solitario sillón de paja muy ajado vemos a Aschenbach, en una soberbia interpretación, una más, de Dirk Bogarde. La sensación que nos transmite inmediatamente es de una gran humanidad pero, al mismo tiempo, de una infinita soledad y cansancio. Pasan más de ocho minutos de película hasta que escuchamos la primera frase. Ocho minutos le bastan a Visconti para trasladarnos la atmósfera crepuscular de una Venecia que bosteza mientras se hunde majestuosa e irremediablemente, como el mundo que la rodea. Enfermo del corazón, cansado de una vida que no ha tenido la más mínima compasión con él, Aschenbach/Mahler se adentra en el misterio y la magia de la ciudad que ilumina los sueños buscando, quizá, su último encuentro con lo que ha estado buscando durante toda su vida: la belleza. Consciente de que sus días llegan a su fin, hastiado de la mediocridad y el sinsentido de su mundo, se refugia en la soledad de una ciudad que, desde siempre, ha acunado la fantasía de los artistas. ¿Puede crearse la belleza?, ¿Es la creación de la belleza producto del espíritu, o de los sentidos?, ¿Pueden los sentidos llegar al espíritu…? Aschenbach, acompañado únicamente por su soledad y por los recuerdos de un tiempo que no ha de volver, se entrega a ese “dolce fare niente” de la vida de los balnearios veraniegos de principios del siglo pasado. Allí deja que pasen las horas como ha dejado que pase su vida, como el lento y casi imperceptible fluir de un reloj de arena que, poco a poco, segundo a segundo, va dejando escapar la ilusión del tiempo, el polvo de nuestra vida… Solo cuando ya casi no queda arena somos conscientes de que hemos desperdiciado muchos momentos irrecuperables esperando que pasase aquello que nunca llegó a ocurrir, o huyendo de algo que sí pasó y que no pudimos evitar. La arena, como el tiempo, poco sabe de sentimientos…

La Venecia de Visconti, como la de Mann, es una Venecia solitaria, bulliciosa unas veces, silenciosa las más, una Venecia por cuyas callejas escapa la vida y tras cuyos palacios solo habita el vacío. Venecia es un mundo, un mundo condenado a muerte, a hundirse sin remedio, pero jamás a ser olvidado, porque ese mundo siempre seguirá viviendo en el particular universo que le hemos creado: el del recuerdo de lo que un día fuímos o el de la imaginación de lo que podíamos haber sido… Visconti tenía 65 años cuando rodó Muerte en Venecia y sabía que no le quedaba mucho tiempo. Murió cinco años después. Es, en cierta medida, su testamento, el testamento de un hombre que reflexiona sobre el arte y el paso del tiempo, sobre la vida y la muerte,  sobre la imparable decadencia de una burguesía que agoniza…

Estamos bien mediada ya la estación veraniega, con un calor insoportable y un bochorno que tiñen los días, y las vidas, de gris. Aschenbach, contagiado de ese ambiente, se limita a observar cómo pasa la vida frente a él. De repente, como surgida de la nada, sacudiéndole con una fuerza indescriptible, aparece ante él la belleza que siempre ha estado buscando. Toda la belleza del mundo está allí: en un adolescente cuya presencia lo ilumina todo. De él sólo sabe que le llaman Tadzio. Fascinado por aquella belleza Aschenbach no puede evitar mirarle una y otra vez. Aquel feliz encuentro no tarda en convertirse en obsesión. Cada vez son menos las molestias que se toma en disimular su atracción por ese muchacho que, inconscientemente, juega a coquetear con ese hombre maduro del que siempre encuentra su mirada. Puede que Nabokov nos hubiese pintado a Tadzio como un “Lolito“, pero no Thomas Mann. Para Mann, en la atracción y la incitación hacia el misterio de lo desconocido que parece sentir hacia ese hombre que siempre está cerca de él, no hay el más mínimo atisbo de crueldad o de provocación, sino la necesidad de conocer, de sentir, de seducir, la necesidad, quizá, de amar y de sentirse amado. No es casual que en la familia de Tadzio esté ausente la figura del padre. Sólo le acompañan su madre, una magistral, como siempre, Silvana Mangano que crea un personaje lleno de matices sin necesidad de decir ni una sola frase en toda la película; y junto a ella, las hermanas pequeñas  de Tadzio y varias institutrices a las que Aschenbach, desde su profundo silencio contemplativo, oye hablar en una lengua que desconoce: el polaco.

Persiguiendo la belleza que por fin ha encontrado, poco a poco Aschenbach va viendo que algo extraño sucede a su alrededor. Sucesos sospechosos y no aislados que requerirían una explicación van adueñándose de las callejuelas de la ciudad. Sin embargo, nadie habla ni quiere hablar de ello, un muro de silencio separa a los lugareños de los turistas, nadie osa contestar cuando, una y otra vez, él les pregunta por lo que está pasando: unos pasquines municipales recomendando medidas higiénicas, gente desinfectando las calles, enfermos que mueren en las esquinas… pero nadie, absolutamente nadie les dice nada. Una conspiración de silencio rodea a los turistas que, ajenos en su mayoría a todo aquello, siguen disfrutando tranquila y estúpidamente de sus vacaciones. Nadie les avisa de que una epidemia de cólera ha invadido Venecia. Nadie quiere perder los ingresos que, cada año, dejan los turistas.

La temporada va avanzando y cada vez son menos los turistas que quedan en el Gran Hotel. Los días de Aschenbach se limitan a los momentos en los que puede disfrutar de la presencia de Tadzio, los únicos momentos en los que se siente realmente vivo: viéndole jugar en la playa desde su tumbona, siguiéndole de lejos por las calles, o buscando un furtivo encuentro con su mirada en el comedor. Su pasión se limita a verle, a sentirle cerca, simplemente a saber que existe y a disfrutar con la contemplación de su existencia. Con eso le basta. Son tantas las cosas que esa visión le hace sentir… Los recuerdos de sus amores pasados, el anhelo por las pasiones no vividas, y, por encima de todo ello, el cruel e inexorable paso del tiempo. Su cuerpo alberga una vida que se apaga, que se va; el de Tadzio una que empieza y que lucha por salir a conquistar el mundo. “Sólo tenemos la edad que sentimos, ni un año más…”, se repite una y otra vez, aunque, cuando está frente al espejo, no puede dejar de pensar que no hay impureza más impura que la de la vejez. En el rostro de Aschenbah/Mahler, de ese Dirk Bogarde inconmensaurable, vemos todo lo que pasa a su alrededor, todo lo que pasa en su yo más profundo. Bogarde no necesita ni una sola frase para mostrarnos su dolor, sus ilusiones, su pasión o su profundo desencanto: los largos planos secuencia de su rostro nos muestran todo lo que está pasando, absolutamente todo…

Dirk Bogarde, considerado por muchos como uno de los mejores intérpretes británicos del siglo XX, nos ha dejado películas e interpretaciones inolvidables: El sirviente, Portero de noche, o este Aschenbach de Muerte en Venecia, posiblemente su mejor papel. Su participación en la segunda guerra mundial le marcó profundamente. Fue de los primeros en liberar el campo de concentración nazi de Bergen-Belsen y  el horror que vio allí le acompañaría, como a Zoran Music, siempre. Fue el primer actor que dio vida a un personaje bisexual en el cine británico (Victim, en 1961) y se especializó en papeles de personajes transgresores o atormentados (no deja de ser curioso que tras el horror vivido al entrar en aquel campo de concentración y haber manifestado en su madurez que odiaba todo lo alemán hasta el extremo de que no podría coincidir en un ascensor con un alemán, varios de los papeles que le encumbraron definitivamente como actor fueran, precisamente, de alemanes y de oficiales de las SS).

Bogarde vivió una gran decepción cuando rodaba Darling, junto a Julie Christie, ya que en aquel rodaje a ella la llamaron para confirmarle que había ganado el casting para ser Lara en Doctor Zhivago. Bogarde estuvo luchando hasta el final para conseguir el papel de Zhivago, pero nadie le llamó. Zhivago fue Omar Shariff. Tres años antes había sufrido otra gran decepción precisamente también con David Lean, el director de Zhivago, al no escogerle finalmente para el papel que más ilusión le hacía, el de Lawrence de Arabia que, finalmente, hizo Peter O´Toole. Sin embargo, para el papel de Aschenbach, Visconti había pensado en un primer momento en Marcelo Mastroianni, pero finalmente se decantó por Bogarde porque creía que podría conferirle al personaje un aire más germánico. Y ya que hablamos de castings, el papel de Tadzio fue uno de los más difíciles de encontrar para un director tan detallista y meticuloso como Visconti. Tuvo que ver a cientos de aspirantes por toda Europa antes de decidirse por el desconocido Bjorn Andresen, y precisamente tuvo que hacerlo porque su primera opción le falló: él quería que Tadzio fuera su ahijado, un jovencísimo Miguel Bosé al que su padre, el torero Luís Miguel Dominguín, no le permitió hacer la película por considerarla una “mariconada”.

Dirk Bogarde, tras triunfar en Hollywood y en el cine europeo y ser considerado como un actor de culto, decidió abandonar su carrera cinematográfica para dedicarse por entero a su otra gran pasión: la literatura. Se retiró a su casa de campo y escribió varias autobiografías y novelas. El título que eligió para una de sus autobiografías, le definía perfectamente: “Un hombre ordenado“; y el que escogió para una de sus novelas, y que yo he tomado prestado para esta entrada, define a la perfección lo que Mann y Visconti quisieron contarnos con su “Muerte en Venecia” y lo que Aschenbach/Mahler/Bogarde encontró en Venecia: lo que hay “Al oeste del ocaso“.

Os dejo con el trailer de la película y con su making of, para que disfrutéis una vez más de su belleza. Para que os hagáis una idea de lo detallista y perfeccionista que era Visconti, la secuencia que está ensayando desde primera hora de la mañana haciendo pasar a Tadzio y a su familia una y otra vez por un puente bajo el que Aschenbach les contempla , en la película se inicia con el reflejo de las figuras en el agua, tal y como Visconti la había concebido. Pero la luz necesaria para poder captar aquel reflejo  desde la posición en la que había planificado  ubicar la cámara no se producía hasta las seis de la tarde. Visconti les tuvo ensayando aquella secuencia durante todo el día para conseguir, en el noveno intento y aprovechando aquel preciso instante de luz, la toma que él quería: la que nos muestra el paso de la vida reflejado en el agua…

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cine, Dirk Bogarde, Mahler, Venecia, Visconti
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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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