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Jose Luis Sampedro: una lección de vida, de dignidad y de compromiso

14 abril, 2013

2Tenía noventa y seis años, había vivido todas las vidas y perdido muchas batallas, pero había ganado la guerra, esa difícil guerra que tan pocos ganan, esa guerra constante que es llegar a ser uno mismo frente a todos y frente a todo. Seguía siendo joven, nunca dejó de serlo, porque era un hombre sabio. Puede que en sus ojos no estuvieran todas las respuestas, aunque había muchas, pero lo que siempre veías en ellos eran todas las preguntas, esas preguntas que nos hacen avanzar, que nos hacen crecer para alcanzar a ser seres humanos. Son muchas las palabras que podrían definirle: humildad, sencillez, valentía, lucidez, generosidad, compromiso, voluntad, ilusión, alegría, coherencia, talento,… aunque quizá una lo haga por encima de todas: dignidad, porque eso es lo que fue ante todo Jose Luis Sampedro: un hombre que jamás perdió su dignidad. Su vida, como la de tantos, no fue fácil. Le tocó vivir en el tiempo de la incomprensión, de la censura, de la represión de una dictadura asfixiante para todo aquel que no claudicara, para todo el que se atreviera a pensar diferente. Y él sobrevivió sin renunciar jamás a ser él mismo. Y también le tocó vivir, como a todos ahora, en este injusto y cruel mundo que agoniza, en este sistema podrido y moribundo que se nos está llevando a todos por delante en su inevitable caída. Y lo hizo luchando contra él, denunciando lo que estaba pasando. Por eso su figura sobrevivirá como un faro que ilumina en la niebla de la estulticia de estos tiempos para guiarnos en el camino que nos lleva a ser libres, ese camino, duro a veces y largo siempre, que solo podemos recorrer si en nuestra mochila llevamos las provisiones que verdaderamente alimentan nuestra alma: generosidad, altruismo, bondad, amor, solidaridad, sencillez, humildad, valentía… y dignidad.

Había nacido en 1917 en el seno de una familia conservadora. Cuando tenía un año la familia se trasladó a Tánger, donde viviría hasta cumplir los trece 3años. De esta época son sus recuerdos más felices, unos recuerdos en los que sus amigos pertenecían a tres religiones diferentes que convivían en paz y armonía, eran de mundos aparte entre los que ellos, con sus juegos de infancia, creaban puentes, esos puentes de diálogo y comprensión que ya nunca le abandonarían: “Aquel Tánger de los años veinte, donde transcurrió mi infancia, era ciudad internacional, en la que convivían en igualdad todos los países. Los chicos llegábamos al colegio con diversas lenguas maternas, comprábamos golosinas con monedas diferentes, celebrábamos varias fiestas nacionales e incluso nuestro descanso semanal se repartía entre los días sagrados de tres religiones. Ahora bien, en medio de aquella cosmópolis se alzaba una isla rodeada de muro y puertas: el recinto donde los moros del campo vendían hortalizas y otros productos frescos, bajo cañizos con ramajes frecuentemente mojados para resguardarse del sol. Se vendía y gritaba en árabe y sólo se admitía moneda hassani del Imperio marroquí. Mi madre la obtenía, antes de entrar en el zoco, de los cambistas judíos sentados a la puerta, cada uno detrás de su cajón-mostrador, con una pizarra anunciando las cotizaciones del día. Así, en el corazón de la ciudad moderna e internacional se pasaba de pronto a casi la Edad Media y a lo que luego aprendí a llamar el Tercer Mundo. Entonces, claro está, yo no era consciente de ello, pero atravesar la puerta me impresionaba siempre y aún recuerdo el rostro de un viejo cambista, de barba blanca y cubierto con un negro sombrero, instalado a la puerta como guardián de aquel mundo antiguo”

13A Tánger le sigue una breve estancia en el que, sin duda, fue para él un paraíso: Aranjuez: “Poco más tarde ya viví conscientemente otras fronteras cuando un cambio de residencia familiar me llevó, en edad todavía adolescente, a habitar en Aranjuez. El Real Sitio fue decisivo para orientar mi vida y por eso ha permanecido siempre en mi corazón, a pesar de alejamientos geográficos. Allí, a mis catorce años, empecé a sentir doblemente la magia de lo fronterizo, porque en Aranjuez existe una frontera temporal, entre el siglo XVIII de los palacios y el siglo XX de la villa, a la vez que otra frontera espacial separando el mundo mítico del cotidiano. En este último transitan las gentes por calles y plazas, mientras que en aquél habitan los dioses de mármol, franqueando las avenidas o alzándose sobre fuentes o pedestales en las glorietas. La frontera entre ambos espacios era y es muy visible, formada por las grandes puertas cortesanas, entre jambas de piedra de Colmenar, o las larguísimas verjas de los jardines. En uno de éstos, el del Rey, la mitología se hacía aún más patente por el foso circundante, cuyas aguas tomadas del caudaloso Tajo venían a reproducir aquel río Océano que, según los griegos, envolvía el orbe.

Algunos muchachos teníamos el privilegio de poder penetrar bajo las frondas de los árboles centenarios y de quedarnos a solas frente a los dioses, 12viendo cruzar el sendero a un faisán macho con el arco iris de su larga cola, sintiendo la presencia de invisibles sombras y escuchando inaudibles voces que aún me siguen acompañando. La última de mis viviendas en Aranjuez tenía ventanas al Jardín del Príncipe, del que sólo me separaba la arbolada calle de la Reina, y de noche, en el verano, me gustaba acercarme a la alta verja y permanecer largo rato con la cara entre dos barrotes que mis manos aferraban. El mundo mítico se me mostraba entonces más verdadero que nunca, con sus fragancias, rumores, voces de aves, crujidos de hojas caídas como rumor de pasos furtivos y ecos de misteriosas profundidades, A veces la claridad lunar encendía aquel mundo del tal manera, haciéndolo a la vez cristalino y fantasmal, que cuando regresaba a mi casa me llevaba a mis sueños un tesoro de fantasías. Fue en mis últimos tiempos de Aranjuez cuando ya empecé a imaginarme escritor, sin duda al impulso de tales vivencias y, para acabar expresando lo que aquella doble frontera significó para mí, me limitaré a decir que ya hacia 1950 empecé a situar en el Real Sitio una novela, aunque sólo hace un año he podido decidirme, venciendo mi respeto por aquel lugar mágico, a trabajar definitivamente en ella. Entonces ignoraba que me estaba empezando a poseer ya la adicción a lo fronterizo. Lo barrunté poco después, cuando mi primer destino en una aduana me convirtió en habitante de una frontera. Y poco más tarde, ¡qué horrenda frontera, en el tiempo y el espacio, en las ideas y en la conducta, fue la mal llamada guerra civil! Salimos de ella con el país erizado de muros con cristales rotos en lo alto. Desde entonces he detectado fronteras por todas partes, aunque muchas no reciban ese nombre”

10La guerra civil le pilla con diecinueve años. Es movilizado por el ejército republicano y combate en un batallón anarquista. Allí se da cuenta de que los anarquistas no eran los fundamentalistas analfabetos y violentos de los que su familia le había hablado. Los avatares de la guerra hacen que también tenga que combatir en el bando de los sublevados. Tampoco tarda en darse cuenta de que aquellos no son los suyos.
Acabada la guerra obtiene la plaza de funcionario de aduanas. Tras un breve paso por Melilla pide plaza en Madrid, adonde se traslada. En 1944 se casa con Isabel Pellicer. Son tiempos en los que trabaja mientras estudia la carrera de económicas, de la que se licencia con Premio extraordinario, en 1947. Es nombrado profesor encargado en la Universidad. Un año después entra a trabajar en el Banco Exterior y escribe su primera obra de teatro: “La paloma de cartón”

En 1955 se convierte en catedrático de Estructura Económica por la Complutense de Madrid. Compagina las clases, donde se siente feliz en contacto 20con los jóvenes, con el trabajo en el banco, del que llegará a ser Subdirector General. No debió ser fácil para un hombre de su sensibilidad, creatividad y talento, trabajar en un banco donde no son esas, precisamente, las virtudes que más se valoran. Quizá por eso cada día se levanta de madrugada para escribir novelas, unas novelas que no verían la luz hasta décadas después. Cuando le alcanzó la fama como escritor Sampedro llevaba más de cuarenta años escribiendo cada día en el silencio de su casa. Y siempre lo hizo igual: sentado en un sillón escribiendo a mano sobre una tabla que apoyaba en sus rodillas. Esa imagen es la viva imagen de un náufrago apegado a su tabla de salvación en el proceloso mar de la monotonía del mundo bancario.

Sé, por experiencia, que ser escritor no es algo que esté muy bien visto en los 4ambientes bancarios y empresariales. Recuerdo con horror la época en la que trabajaba en la banca. En las interminables comidas de “negocios” con clientes los temas de conversación eran, inevitablemente, siempre los mismos: política, si eras políticamente correcto; economía, para echar la culpa de la falta de competitividad a los trabajadores y sindicatos y a la falta de decisión de los políticos para liberalizar el mercado; deportes, del Barça si estabas en Barcelona, o del Madrid si estabas en Madrid; y cine, tan solo para elogiar la última de James Bond o de la guerra de las galaxias. Una vez se me ocurrió sacar el tema de la literatura. Jamás debí hacerlo. Se hizo un silencio absoluto, y mencionar que soy un amante de la poesía y que he publicado algún pequeño poemario hizo que todos, colegas y clientes, me mirasen espantados y escandalizados. Tiempo después me despidieron de aquel banco sin darme ningún motivo. Eso es algo natural ya que para los bancos los empleados no son personas, sino “recursos”, recursos de usar y tirar. Aun así siempre he sospechado que mi afición por la poesía pudo tener algo que ver con aquella decisión que acabó con mis huesos en el paro. La única forma que encontré para sobrevivir en aquel entorno tan ajeno y hostil a mí fue la literatura. La mayor parte de las novelas que he escrito pertenecen a esa época. Por eso entiendo perfectamente que Sampedro se aferrase durante cuarenta años a esa tabla de salvación que es escribir, algo que para él, realmente era vivir.

18El mundo universitario sí era el mundo en el que se sentía más a gusto. El contacto con el saber, con la docencia y con los jóvenes siempre le apasionaron. Cuando el régimen franquista destituyó a catedráticos como Aranguren o Tierno Galván, Sampedro se hizo profesor visitante de algunas universidades europeas y norteamericanas. Es en esos años cuando, con otros profesores, crea el Centro de Estudios e Investigaciones (CEISA), que sería cerrado por el Gobierno tres años después de su creación.

El éxito literario le llega a mediados de los ochenta, cuando él tiene ya setenta años, con novelas como “Octubre, Octubre” o “La sonrisa etrusca”, y la reedición de novelas escritas décadas antes (“El río que nos lleva”, “Congreso de Estocolmo”, etc.) La vida a veces es cruel y hace coincidir ese éxito con la muerte de Isabel, su mujer. Jubilado ya del banco, puede dedicarse por entero a la literatura en los que serán años muy prolíficos para él.
19Sampedro fue un humanista, un ser preocupado por su entorno y ocupado en intentar mejorarlo. Siempre se consideró como parte del mundo que le había tocado vivir, y jamás dejó de luchar para intentar mejorarlo. Fue una de las conciencias más lúcidas de su tiempo, una conciencia desde la que nos alertaba de los peligros que nos acechan, como la manipulación de las masas, la inutilidad de la libertad de expresión si no existe libertad de pensamiento, una libertad de pensamiento imposible sin acceso a la educación y a la cultura, una libertad de pensamiento que nos permite tener opinión propia frente a lo que ocurre a nuestro alrededor, que nos da la posibilidad de ser verdaderamente libres. Su carácter abierto junto a su vocación y formación humanista hicieron de él un hombre profundamente espiritual, que no religioso, y un hombre libre, por encima de todo libre.

Su formación de economista le permitió vislumbrar con total claridad que el sistema capitalista que rige nuestro mundo había entrado en una decadencia irreversible porque había antepuesto el egoísmo, la especulación y el afán de beneficio a todo lo demás. Un proceso que ha llevado a las consecuencias que todos estamos padeciendo hoy. Así, ya en el célebre discurso “En la frontera” que leyó cuando ingresó en la Academia Española de la Lengua, en 1991, decía:

“Lo esencial del capitalismo no está en que utilice el mercado mucho más que el plan. Lo fundamental es su creencia de que, gracias a la competencia 9privada, cuanto más egoístamente se comporte cada individuo, tanto más contribuirá al progreso colectivo. Por tanto, es deseable que cada uno aumente al máximo su beneficio a costa de quien sea y a partir de esa creencia se pasa insensiblemente a pensar también que en la vida sólo importa lo que produce ganancia monetaria. Así se desprestigian todas las actitudes cuyos móviles no sean los económicos; es decir, lo que no se cotiza en el mercado no tiene valor. «Cualquier necio», escribió Machado, «confunde valor y precio». Hablando en general, nuestra civilización padece esa necedad. Y si en el siglo XVIII, en que nació esa doctrina, la práctica religiosa podía paliar los excesos del sistema, en estos tiempos secularizados los valores no económicos pasan a segundo plano y el texto sagrado es el Evangelio según San Lucro. En el altar mayor son adorados el Becerro de Oro y su pareja la Técnica, santa madre de la productividad multiplicadora de los beneficios, de la que se espera la solución de todos los problemas. Los capitalistas y sus técnicos cuidan de ese altar, controlando los medios de producción y repitiéndonos a los fieles —reducidos a meros productores/consumidores— que lo que no vale dinero no merece la pena”

Para él los economistas se dividían en dos grupos: los que querían hacer más ricos a los ricos y los que querían hacer menos pobres a los pobres. 5Siempre tomó partido por los perdedores, por los ninguneados, por los nadies de la historia: “No es propio de esta ocasión intentar una respuesta y paso por ello al segundo ejemplo de frontera mundial, menos definida pero más real y profunda. Me refiero a la existente entre el norte y el sur; es decir, entre el «centro» y la «periferia», denominaciones éstas popularizadas desde hace tres o cuatro décadas para designar, entre economistas, a los países ricos y pobres respectivamente. Es una frontera cruel, es el permanente foso entre los que derrochan y los que no tienen, entre los dueños del poder y los sometidos a él. Un foso que además se ahonda cada año, pues pese a las ayudas organizadas y los sucesivos Decenios para el Desarrollo de las Naciones Unidas, en la pasada década muchos países han retrocedido en vez de progresar.

Cuando, hace casi treinta años, se convocó una magna conferencia internacional para tratar el problema del subdesarrollo en el sur, los economistas de 16la periferia pusieron en evidencia que la actual situación del escenario mundial, enteramente dominado en los mercados y en las finanzas por los países ricos, impedía al sur progresar siguiendo la mismas vías trazadas por las grandes potencias europeas en el siglo XIX, cuando colonizaban el planeta sin ningún rival de su talla. Sordos al argumento, aunque esa situación esté a la vista, los expertos del norte y los organismos internacionales siguen recomendando las recetas de antaño, recordándoselas a sus interlocutores del sur con la misma sonrisa de superioridad, entre el desdén y la tolerancia, con que se habla a los niños o a los ignorantes. Incluso prometieron al sur un Nuevo Orden Económico Internacional que no llegó a nacer ni hubiera podido ser nuevo, porque tales promesas quedan sin cumplir cuando han de llevarlas a cabo quienes se están aprovechando del viejo orden, como le ocurre al norte. Visto desde mi frontera, el resultado es hoy un mundo con medios técnicos suficientes para alimentar a todos, pero en cuya mitad sur persiste injustamente el hambre. Es decir, un mundo viciado en el que presumir de racionalidad económica es un sarcasmo, porque las recetas económicas impuestas desde el norte están desfasadas respecto del mundo actual y perjudican a la periferia en beneficio del centro”

En cuanto a su percepción del mundo y del tiempo que le tocó vivir, la lucidez y sencillez de su análisis y la facilidad con la que expone lo que piensa, 21hacen de él un ser irrepetible: “Muy colmado de ciencia está Occidente, pero muy pobre de sabiduría. Es decir, del arte de vivir, más abarcante que la ciencia porque, contando con ella, incluye además el misterio. Ahora no se procura alcanzar la iluminación, sino sentir el latigazo del deslumbramiento. Se busca el estrépito, lo aparatoso, los focos publicitarios; no el silencio, lo auténtico, ni el resplandor tranquilo de la lámpara. Un símbolo de nuestro tiempo es preferir la ducha, rápida, ruidosa y acribillante, en vez de envolverse voluptuosamente en la líquida seda del baño, lento y sosegado. Los países de la periferia conservan, aun en su atraso técnico, más sabiduría y eso es una esperanza para todos, porque cada día es más urgente compensar el desajuste esencial de esta civilización: el de tener muchos medios sin saber ponerlos al servicio de la vida”

Consideraba que la banalización del mundo, la superficialidad con la que vivimos nuestras vidas, había desacralizado los valores que realmente 14importan, como el amor. Y si el amor ha sido desacralizado en nuestra sociedad, “¿cómo no se va a desacralizar la muerte?” solía repetir una y otra vez. Para él la muerte formaba parte de la vida. No porque creyera en otra vida más allá de esta, eso no le preocupaba lo más mínimo, sino porque es la presencia de la muerte la que nos hace sentirnos vivos, es la posibilidad de la muerte la que hace que cada instante, que cada segundo, merezca ser vivido intensamente. La vida, para él, siempre fue ese río que nos lleva, somos esos gancheros que magistralmente describía bajando los pesados troncos por el Tajo, ocupados en nuestras penas, en nuestros sueños, en nuestros amores y desamores mientras, irremisiblemente, vamos bajando corriente abajo, dejando atrás paisajes, pueblos, querencias o familias. Y la muerte, para Sampedro, era ese inmenso, bello y libre mar al que todos los ríos, suave e inexorablemente, van a dar: “A primera vista parece no haber frontera más evidente sobre el planeta, pues en las aguas el hombre perece, sin aire para su vida. Finis terrae se ha llamado más de una vez a esa frontera, como si fuera un límite. Pero a mí, frente al océano, los ojos y el pensamiento se iban a la lejanía, sobrepasando la orilla. El mar es como la dulce llama de la chimenea: nos lleva a un más allá, nos sorbe la imaginación, se disfraza de figuras y sugerencias. Como en nuestra divisa columnaria, un Plus Ultra planeaba sobre mis contemplaciones y así como la brisa marina penetraba en la tierra adentro, así también mi ánimo trascendía la bien recortada línea de la orilla, frontera pero no límite. El mar no era confín ni barrera sino la más ancha de las aperturas a la libertad”

No había tristeza o miedo en Sampedro cuando hablaba de una muerte que sentía tan próxima. Sabía que pronto dejaría de ser río para convertirse en mar, y también sabía que jamás dejaría de ser agua.

Fueron su sencillez, su humildad, la libertad y profundidad de su pensamiento, su coherencia, su inquebrantable compromiso las que hicieron que fuera 25un referente para todos. Eso es lo que hizo que los jóvenes creyeran en él cuando, con su voz cálida y pausada, les decía ¡Indignaos! Movimientos como el 15M fueron para él un símbolo de esperanza, esperanza en ese nuevo mundo regido por valores como libertad, igualdad y fraternidad que vendrá, y él fue para el 15M y todos los movimientos que luchan por la justicia social un estandarte capaz de unir la disparidad, de acercar a los opuestos y de hacerlos caminar a todos juntos en el camino que nos lleva a ser seres humanos. Nunca fue amigo del boato y los oropeles. Huyó de protagonismos y homenajes, aunque muchas veces no pudiera evitarlos. Recuerdo como si fuera hoy cuando, hace unos años, en un concierto en el Liceo de Barcelona, el público le reconoció sentado en un palco y se puso en pie para aplaudirle en una ovación que se prolongó durante minutos. El, fatigado y emocionado, se puso en pie para agradecer aquella muestra espontánea de cariño pidiendo que dejasen de aplaudirle. No lo consiguió. Todos seguimos aplaudiendo porque necesitábamos agradecerle todo lo que había hecho por nosotros y demostrarle lo mucho que le necesitábamos. El domingo pasado se fue, su río llegó al mar. Nos enteramos dos días después. Había pedido a Olga, la que fue su mujer e inseparable compañera durante sus últimos años, que su muerte no se hiciera pública hasta que hubieran incinerado su cuerpo. Se fue en silencio, sin homenajes, como había vivido. Nos ha dejado la palabra, la palabra y la mejor lección que un maestro puede dar a un alumno: enseñarnos a ser libres.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/esta-es-mi-tierra/esta-tierra-rio-lleva-jose-luis-sampedro/1756731/

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Jordi Dauder, porque existir es pensar y pensar es comprometerse

24 marzo, 2013

Cartel documentalNo es fácil encontrar en el mundo de hoy a personas que mantengan sus convicciones, su compromiso y sus creencias contra viento y marea, sin importarles los perjuicios que hacerlo les pueda ocasionar. No es fácil encontrar a personas coherentes con su compromiso y dispuestas a llevarlo a la práctica con todas sus consecuencias. No es fácil encontrar hoy a personas que tengan opinión propia sobre todo lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, que sean libres e independientes para dar un paso al frente en la defensa de las causas que consideran justas aunque al hacerlo se encuentren solos, sin el respaldo de un partido o el paraguas de unas siglas. No es fácil encontrar aquí y ahora a personas capaces de analizar en profundidad lo que de verdad está ocurriendo y que no se dejen manipular por las permanentes cortinas de humo y tergiversaciones informativas a las que todos nos vemos continuamente sometidos. No es fácil encontrar a personas dispuestas a dialogar, a entender al goyas-impunidad2-gigque piensa diferente, a respetar la diversidad y la discrepancia sin renunciar por ello a defender siempre lo que creen justo. No es fácil encontrar hoy a personas que anteponen la generosidad, el compromiso y el altruismo a todo lo demás. Realmente no es fácil encontrar a personas dispuestas a compartir todo lo que tienen con los demás, a darse a los demás, a tender siempre esa mano abierta a quien la pueda necesitar. Por eso la muerte de cualquiera de estas personas es un daño irreparable para todos nosotros, para la sociedad, para la libertad, para la justicia, para la verdadera democracia y, sobre todo, para la dignidad. La muerte de Jordi Dauder nos dejó sin una de esas personas, sin uno de los imprescindibles.

Acaba de estrenarse el documental “Jordi Dauder, la revoluciò pendent”, del que Con Antoni Verdaguer en una pausa del rodajefue su gran amigo Antoni Verdaguer. Es un testimonio imprescindible sobre la vida de un hombre humilde y sencillo que antepuso la defensa de la ética, la justicia, la dignidad y la libertad a todo lo demás. Son pocos, escasísimos, los ejemplos que tenemos de seres así, que son los que, como escribiera José Bergamín, saben que existir es pensar y pensar es comprometerse. Incluso parece mentira que puedan vivir en un mundo como este. Pero existen, son reales y, como Jordi Dauder, están ahí junto a nosotros, codo con codo, empujándonos a seguir adelante en esa revolución permanente que es la vida, en esa revolución pendiente que, a todos, nos toca hacer.

Había nacido en Badalona en 1938, en plena guerra civil, una guerra que le marcó para toda su vida, una guerra que, con su agudo sentido del humor y 7su profunda capacidad de análisis, decía que habría que volver a hacer, pero esta vez para ganarla, “porque siempre da la sensación de que seguimos perdiéndola, aunque estemos en democracia” Con cinco años vio como el régimen franquista encarcelaba a su padre, dramaturgo de izquierdas que le enseñó a amar el teatro y a tener la valentía de no renunciar jamás a ser uno mismo. Su padre había cometido un grave delito contra la dictadura: pensar diferente. Los recuerdos de esa época eran muy duros para él: “Yo conocí a mi padre en la cárcel. La primera imagen que tengo es ir con mi madre a la cárcel de Valencia, un portalón enorme, una sala enorme, mi padre: un señor sentado allí, en el suelo”

La influencia de su padre determinó que renunciase a estudiar medicina para dedicarse por entero al mundo del teatro: “Mi infancia son obras de teatro que mi padre leía en casa, con actores que venían a casa a escuchar la lectura y decían “teatro social, no puede ser, esto el régimen no lo va a permitir…” Aquellas veladas me marcaron profundamente… Me llevaba constantemente al teatro, me explicaba cómo eran los actores, las obras… y ese gusanillo me quedó hasta que un día pude recuperarlo y seguir adelante con esta historia”

Acercarse a los movimientos sociales de barrio fue, junto a sus orígenes familiares republicanos y de izquierda, lo que le impulsó a comprometerse por entero en la lucha contra el franquismo. Se licenció en Bellas Artes en la Universidad de Barcelona, pero tuvo que exiliarse a París para no sufrir la represión franquista (a lo largo de su vida fue condenado a diversas penas de cárcel en varios juicios). En París, donde vivió sus quince años de exilio, se licenció en Historia Contemporánea y es allí donde empezó a dar sus primeros pasos como actor. El mayo del 68 francés, que vivió muy activamente, le hizo pensar en que la revolución en aquella triste España de la dictadura también era posible. Llegó a hacer un curso de falsificador y a punto estuvo de echarse al monte con un grupo de jóvenes revolucionarios que finalmente desistieron de su idea. Fue su fuerte compromiso político el que le impulsaría a regresar a España años después y también fue ese compromiso el que le empujó a participar en la creación de la 9Liga Comunista Revolucionaria (LCR), de ideología trotskista que, aunque minoritaria, desempeñó un papel muy activo durante los últimos años del franquismo y los primeros de la transición, una transición con la que él nunca se identificó: “La transición fue una cesión muy importante a la derecha, todavía estamos pagando parte de esas consecuencias… La propia existencia de la monarquía es anacrónica porque es anacrónico que existan todavía en el siglo XXI monarquías de sangre azul cuando la guillotina demostró que no era azul, sino bien roja, como la de todo ciudadano”. Como tampoco se identificó con una mal llamada democracia que tenemos en este país (para él la verdadera democracia, esa por la que luchó durante toda su vida, debía ser participativa y no representativa, una democracia donde los ciudadanos tuvieran voz y voto en todo lo que les atañe y no una vez cada cuatro años para votar una lista cerrada u otra), una democracia en la que el partido gobernante ni siquiera ha condenado los crímenes del franquismo: “Toda la gente que luchó y dio su vida por la República ha sido, desde cierto punto de vista, abandonada: no se toca este tema…Y espero que la Justicia con mayúscula se haga algún día en relación con todos estos compañeros y compañeras que, tal vez, ya no podrán verla porque son muy mayores…”

En Barcelona, todavía en la clandestinidad, no podía trabajar como actor por lo que entró a trabajar en la librería Leviatán, de ideología trotskista, como XXIII EDICIÓN DE LOS PREMIOS GOYAvendedor. Aquello le permitió conocer a muchos artistas e intelectuales que iban a aquel refugio de libertad a buscar en los libros y el contacto humano lo que la dictadura les negaba: el sueño de un mundo nuevo. Su carácter abierto y su profundo e inquebrantable sentido del humor hicieron de él un personaje popular entre los intelectuales de aquella época. De hecho fue el dramaturgo Sanchís Sinisterra quien, al escuchar su profunda y maravillosa voz, le ofreció la posibilidad de subirse a un escenario. Lo hizo en la sala Beckett con su teatro fronterizo. A partir de ahí su carrera le llevó a consolidarse como uno de los grandes actores de la escena catalana. No es fácil iniciar una carrera de actor cumplidos los cuarenta, pero en su caso tenía la ventaja de que su propia experiencia vital había sido la mejor escuela de interpretación, por lo que llegó a los escenarios ya formado. Posteriormente le vendría la fama al protagonizar a mediados de los noventa varias series de la televisión catalana. Aunque llegó a protagonizar varias películas, fue uno de los eternos secundarios del cine español. No fue hasta 2009 cuando recibió el Goya a la mejor interpretación de reparto por su inolvidable papel del sacerdote del Opus Dei en la película Camino, de Javier Fesser. Otra de las facetas en las que destacó poderosamente fue la de actor de doblaje, prestando su voz a actores como Gregory Peck, Nick Nolte o Richard Harris.

Pero llegar ahí no le fue nada fácil. Trabajando en la librería se enteró de que la revista “El viejo topo”, un icono de la resistencia intelectual contra la 12dictadura, necesitaba un contable. Fue a la entrevista y le contrataron. Poco importó que no tuviera idea de contabilidad. Su maravillosa personalidad y su compromiso le hicieron imprescindible en la revista, como también lo fue en otras en las que colaboró o que ayudó a crear: Quimera, Coyoacán, Sin permiso, etc. Porque esa fue otra de las facetas en las que Jordi destaco: la literatura. Publicó una novela, “El estupor”, en la que se planteaba el dilema de si el motor del cambio político debía ser la violencia o el cambio de mentalidad de la sociedad, y ganó el premio Miquel Martí i Pol de poesía.

El trabajo y su inquietud por cambiar este mundo le trajeron a vivir definitivamente a Madrid, aunque jamás renunció a sus orígenes catalanes. Aquí se integró en la vida cultural e intelectual y participó activamente en todas las causas que consideraba justas. Su imagen encabezando el movimiento del NO A LA GUERRA no se puede olvidar.

Su idea del compromiso político del actor con la sociedad en la que vive es más actual y necesaria que nunca: “Mantengo y siempre mantendré mi compromiso, lucharé hasta el final por todo lo que considere justo… El gremio de los actores es muy peculiar porque somos muy individualistas,pero hay momentos que reivindican la dignidad de nuestro colectivo,  como la primera huelga de actores en Madrid, la ocupación, en Barcelona en 1976, de los espacios a través de la puesta en funcionamiento de obras de teatro por los actores en lucha contra el régimen franquista o el NO A LA GUERRA. En esos tres momentos la profesión ha recuperado su dignidad, porque cuando surgen momentos así, en los cuales hay que decidir y tomar posición, yo creo que lo mejor de la profesión se revela como algo muy digno”

Recogiendo el premio de la Unión de ActoresTambién su idea sobre lo que es y lo que debe ser la cultura se hace hoy, cuando está siendo atacada y criminalizada desde el poder, más imprescindible que nunca: “La cultura es la cantidad de conocimientos acumulados que permiten transformar la sociedad, por eso la cultura debe conocer la sociedad para transformarla, si no, es un consumo pasivo de las cosas… La cultura no es solamente que haya bibliotecas en todos los barrios (que también es cultura), no es montar exposiciones de pintura (que también es cultura) o que se programen en los pueblos y las ciudades diversos espectáculos (que también es cultura). Eso es una cultura pasiva. Hay que sacar la cultura y llevarla a los lugares donde vive la gente. Mezclarla con la ciudadanía, que ésta se encuentre con el hecho cultural por la calle, que los edificios, que la arquitectura de los barrios pueda ser un hecho ciudadano en el cual la ciudadanía participa: no solamente consume pasivamente, sino que es parte de la creación del hecho cultural”

Son muchas, demasiadas, las voces que se oyen, gritando normalmente, en contra de que los actores tomen postura y participen activamente en la defensa de lo que creen justo. Son muchos, demasiados, los actores que han sido y están siendo criminalizados por ello. La situación actual, esa criminal política de recortes de nuestros derechos y libertades, esa política que con la excusa de la crisis que no es más que la lucha de clases de una clase, la privilegiada contra las demás, está poniendo en evidencia que en el mundo de hoy todo es política y que callar o pretender mirar a otro lado es apoyar el atropello que están haciendo de nuestros derechos. Comprar una camiseta jordidaudergen El Corte Inglés o en la tienda de la esquina es política, porque defiendes un modelo de producción y consumo u otro; comprarla en Zara o en la fábrica más próxima también es política porque apoyas un modelo de deslocalización empresarial y posible esclavitud infantil o la industria local; comprar esa camiseta por tres euros también es política porque estás favoreciendo un modelo productivo que convierte al trabajador en el esclavo del siglo XXI, y vanagloriarte de ello, como tantos y tantos hacen mostrando que han sido tan 5listos al encontrar el “chollo”, no es más que un signo de absoluta estupidez porque no es más que salir a la calle mostrando tu felicidad por haber contribuido a que muchos hombres, mujeres y niños sean esclavizados en esa nueva esclavitud sin cadenas que, entre todos, hemos creado.

Y si todo es política ¿Por qué los ciudadanos tienen que callarse y mirar a otro lado? ¿Por qué se criminaliza al que disiente y protesta contra la injusticia, al que defiende sus derechos y los de todos, al que es capaz de poner en riesgo su propio trabajo por ayudar a resolver los problemas de los 6demás? A quien se debería criticar y condenar es precisamente al que se queda en su casa pensando que eso no va con él, al que no sale a la calle a defender sus derechos, al que no se atreve a enfrentarse al poder para defender el pan, la educación y la salud de sus hijos, al que se beneficiará de la lucha que otros están haciendo por él. Son todos los ciudadanos quienes pueden y deben defender lo que es suyo, quienes pueden y deben dar un paso al frente para impedir que la especulación y la economía arrasen con valores como solidaridad, generosidad, altruismo, fraternidad, justicia o libertad. Y tienen que hacerlo con su compromiso más firme, con todas las armas que tengan a su alcance. Carpinteros, barrenderos, panaderos, administrativos, policías, abogados, médicos, maestros, bomberos… todos tienen la obligación, como ciudadanos, de enfrentarse al poder que está acabando con todo eso por lo que tantos y tantos han peleado y hasta han dado sus vidas. Y los actores, antes de ser actores, son ciudadanos. Por eso no concibo que se nos criminalice por hacer lo que todo ciudadano podría y debería hacer.

Jordi Dauder fue un ejemplo de lucha y compromiso por lo que él consideró justo, por sus derechos y por los derechos de los demás, por su libertad y la libertad de los demás, por su dignidad y la dignidad de los demás. Fue un hombre, un ciudadano que tomó partido y lo hizo hasta el final: “Lucharemos y, si hace falta, saldremos a las barricadas”

Nada mejor para acabar esta entrada que dejar que sea su propia voz quien lo haga. Siento no haber encontrado un link directo, pero si copias y pegas este link podrás escuchar esa voz grave y cálida que tantos momentos maravillosos nos ha dado, que tantos sueños nos ha hecho vivir…

www.jordidauder.com/multimedia/audio.php?audio=4

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Mario Benedetti, candil del alma

17 febrero, 2013

MarioBenedettiHabía nacido en el seno de una familia humilde. Las cosas, como siempre en estos casos, no fueron bien y él tuvo que dejar los estudios para ponerse a trabajar a los catorce años. Trabajó de todo: vendedor, cajero, taquígrafo, contable… hasta que un día descubrió algo que hizo de aquel ser pequeño y frágil algo grande, muy grande: la poesía. En sus versos supo dar forma a lo que sentimos tú y yo, los hombres y mujeres sencillos con los que te cruzas por la calle, con los que compartes el metro, el autobús o la cola para comprar el pan. Todo lo que sentimos, lo que soñamos, lo que anhelamos está en sus versos, en esos versos sencillos y diáfanos escritos con la sabiduría de quien sabe llegar al corazón de los demás. Esa es su grandeza: ser humilde y sencillo y haber hecho de su vida un compromiso en forma de poema. Es, sin duda, uno de los imprescindibles. Su nombre es Mario Benedetti. A lo largo de su vida luchó por todas las causas que consideró justas, siempre estuvo al lado de los débiles, los nadies, los ninguneados de nuestra sociedad. Y tan solo pidió una cosa, que en su entierro no olvidaran llevarle un bolígrafo.

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Pocos como Benedetti han sabido acercarse a los secretos del alma humana, y menos aún hacerlo con la sencillez con la que él lo hizo. Leer sus poemas, o mejor aún, escucharlos, es aceptar una invitación a volar, a ser amigo, amante, corazón o árbol porque sus versos nos transforman en eso, sacan todo eso que somos y que, a veces, hemos dejado olvidado en lo más hondo de nuestra memoria. Su poesía nos hace vivir el amor adolescente, aquel primer amor que siempre nos acompaña, y también el último, el que nos impulsa a seguir viviendo pero, por encima de todos, nos hace vivir intensa, muy intensamente, el amor que siempre hemos anhelado vivir, ese amor que nada sabe de yoes, sino de nosotros, que trasciende el mío para convertirlo en el nuestro, que nada sabe de edades o distancias porque vive más allá de conceptos tan absurdos como espacio o tiempo…

Sus poemas, junto a los de Juan Gelman y Oliverio Girondo, son la base de una joya de película que es “El lado oscuro del corazón”, de Eliseo Subiela. 4Oliverio, un ser soñador y libre, caso tremendamente atípico en los tiempos que corren, magistralmente interpretado por Darío Grandinetti, dedica su vida a buscar a la mujer con la que siempre ha soñado: una mujer a la que le permite tener todos los defectos a condición de que tenga lo más importante para él, que sepa volar. Comparte su búsqueda con dos amigos también absolutamente libres y atípicos, un escultor y su marchante. Los tres tienen claro que su prioridad en la vida es amar y encontrar la felicidad. Lo que suele ser prioritario para el resto de los mortales, como el dinero, la seguridad, el confort o el lujo, para ellos no vale nada, no cuenta en absoluto. Son felices escribiendo un poema que poder cambiar por un plato de comida. El lado oscuro del corazón es una película maravillosa, un poema en imágenes que nos permite saborear la poesía de tres genios de la literatura al escuchar sus poemas como si fueran simples diálogos en la voz de alguien que dice tan bien la poesía como Darío Grandinetti. Una verdadera gozada.

mario_benedetti1En la película hay también otro regalo precioso: el cameo del propio Benedetti interpretando a un marino alemán que, en el burdel donde se cruzan los caminos de los protagonistas de la historia, se dedica a recitar poemas en alemán a las prostitutas. No es casualidad que el poema elegido sea uno de los más bellos que escribió Benedetti: Corazón Coraza.

Los versos de Benedetti son universales, llegan a lo más hondo del corazón de quien los escucha, nada saben de sexo, raza, religión o clase social. 2Ponen en palabras lo que todos, de una u otra forma, sentimos y no sabemos, no podemos o no nos atrevemos a expresar. Son versos cortos, directos, cargados de imágenes y sentimientos, evocadores, capaces de hacernos volar para recordarnos que la vida puede ser maravillosa si nos atrevemos a vivirla intensamente. Todos tenemos muchas vidas, tantas como queramos. Lo que hace falta es el valor de querer vivirlas, de devorarlas, de amarlas y disfrutarlas en cada instante, en cada segundo… A veces son versos cargados de melancolía, pero nunca de tristeza. Benedetti jamás perdió la esperanza de hacer de este mundo algo mejor y supo encontrar la belleza en todo cuanto le rodeaba. Era un hombre que amaba la vida, y lo hacía de la forma en que la que él hacía las cosas, apostándolo todo, entregándose por completo, como se entregó a Luz, su mujer, con la que vivió una apasionada historia de amor que duró sesenta años. Solo la muerte de ella les separó. Ni siquiera los trece largos años de exilio de él en los que ella no pudo acompañarle porque tuvo que quedarse a cuidar de su madre en Uruguay pudieron separarles. Siempre estuvieron juntos, amándose, disfrutándose, compartiéndose. Ella murió en 2006. Él apenas tres años después.

Benedetti sigue vivo en todos los que amamos la vida, el amor, la belleza y la poesía, en todos los que creemos en otro mundo mejor, en todos lo que mario-benedettiseguimos soñando, en todos los que no nos rendimos, en todos los que sabemos lo que puede ayudar una mano tendida, en todos los que tendemos esa mano, en todos los que vivimos ese gran amor o anhelamos vivirlo para dar sentido a nuestra vida, en todos los que no tememos caernos sino no tener fuerzas o ganas ya para volvernos a levantar, en todos los que sabemos que somos insignificantes seres compuestos de insignificantes células perdidos en la inmensidad de un universo al que no entendemos pero amamos, en todos los que sentimos la profunda emoción del amor al calor de una mirada, de una suave caricia o del susurro de un jadeo, en todos los que amamos sin preguntarnos cómo o por qué, en todos los que jamás perdemos la inocencia y la alegría de ser niños, en todos los que hallamos belleza en una puesta de sol, poesía en un abrazo, amor en un silencio…

Con Daniel VigliettiLa poesía de Benedetti no está hecha para dormir en los libros, sino para vivir en las calles. Sus versos no suenan altaneros o engolados porque son simples palabras, las palabras con las que habla nuestra alma. Sus versos son nuestros versos, sus palabras nuestras palabras. Ese es el regalo que Benedetti nos hace en cada línea, en cada palabra, en cada silencio. La voz de José Sacristán nos trae ahora un breve fragmento de Corazón coraza en esa auténtica obra maestra que es el cortometraje “Paseo”, de Arturo Ruiz.

Hace unos días, en el Centro de Estudios Iberoamericanos de la Universidad de Alicante, han aparecido dos poemas suyos inéditos. Están escritos a 3mano de su puño y letra. Habían quedado traspapelados en uno de los libros de su biblioteca personal que él legó a ese centro. Si quieres visitar la web de la Fundación Mario Benedetti, entre cuyos vocales están los que fueron sus grandes amigos Daniel Viglietti y Eduardo Galeano, dedicada a preservar su legado y a defender los derechos humanos y especialmente la causa de los desaparecidos, su dirección es http://www.fundacionmariobenedetti.org/fundacion/ Me gustaría acabar esta entrada de la única manera en que se puede hacer justicia con él: cediéndole la palabra. Por eso te dejo, si quieres, con la película “El lado oscuro del corazón”, ese lado oscuro que personas como Benedetti, candil del alma, nos han iluminado.

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Arte y compromiso

7 agosto, 2011

Soy de los que creen que la verdad del artista está en su compromiso personal con lo que hace, en el vivir y el hacer de forma consecuente con lo que piensa, en considerar la interpretación como un trabajo, pero no como un trabajo simple, vacío y rutinario, sino como un trabajo que exige en todo momento que le dedique el cien por cien de su capacidad. Interpretar es algo que solo se puede hacer desde la necesidad de hacerlo, de vivirlo. Y para ello creo que el artista debe mantener la mirada limpia del niño, una mirada generosa y altruista, una mirada pura, sincera, esa mirada que todo lo muestra porque todo lo ve. Estoy convencido de que el artista debe tener ilusión y amor por lo que hace, esa es su principal motivación y su principal fuerza, su razón de ser; no concibo dedicarse a la interpretación si no te gusta interpretar o si lo haces sin poner en ello todo lo que hay en ti, todo lo que llevas dentro. Interpretar es un acto de amor y de pasión, de generosidad absoluta y por ello de sacrificio, es un arte tan absorbente que exige que lo antepongas a todo lo demás, porque, pase lo que pase, “the show must go on”, el espectáculo debe continuar. Podrás hacerlo mejor o peor, pero siempre debes hacerlo con verdad, honestidad y dignidad.

Si quieres podemos invitar ahora a que Diego El Cigala nos recuerde algo que todo artista y toda persona nunca debe olvidar: que se vive solo una vez y que hay que aprender a querer y a reir…

Haber trabajado en el mundo de la empresa durante 25 años y haber llegado al de la interpretación casi a los 50 me permite tener una visión mucho más amplia de esta profesión que la que puedan tener los que han dedicado toda su vida solo a ella, y también hace que tenga tanta ilusión por ella que, a veces, no vea ni dificultades donde otros ven los serios problemas que padece nuestro sector, tan plagado de precariedad laboral, horarios abusivos, condiciones ilegales e inhumanas, tratos vejatorios, etc. No seré yo quien renuncie a defender los derechos del actor, desde luego, ya que es una reivindicación que comparto y hago mía como el que más, pero desde que llegué a esta profesión veo una serie de actitudes, exigencias y maneras que ni puedo ni quiero entender que, además, no se dan en los grandes monstruos de la interpretación o los artistas ya consagrados como podría suponerse, sino en muchos jóvenes que están empezando a dar sus primeros pasos e incluso en algunos que ni siquiera han llegado a eso. Estas actitudes negativas las he podido ver en jóvenes actores y actrices de gran talento aunque con poca o nula experiencia teatral que, tras hacer magníficamente bien una prueba para el papel protagonista, pretenden imponer sus caprichosas condiciones a todos los demás miembros del proyecto, sin importarles lo más mínimo la calidad o la viabilidad del proyecto, haciendo que su única preocupación sea que el montaje no afecte a sus planes personales preconcebidos de antemano o a cualquier “oportunidad” profesional que pueda surgir: que si “yo me voy de vacaciones a tal sitio pase lo que pase”, que si “mis vacaciones son inamovibles”, pues “que retrasen el inicio de los ensayos, porque yo me tengo que ir a la Conchinchina porque tengo comprado el billete por internet”, “pues lo siento mucho, pero yo no cambio mis planes, que los cambien los demás”, etc. etc. etc. Y también los he visto en actores y actrices que, tras llevar semanas de ensayos, de repente dan la espantada con los motivos más peregrinos: “me voy a estudiar al extranjero”, “me voy de vacaciones con mi pareja…”, o bien ” lo siento, dejo el proyecto porque me han propuesto un papel en una serie, o en un teatro público” o peor aún, ” te dejo porque voy a rodar con fulanito de tal y ya me entiendes, es una oportunidad a la que no puedo renunciar, de verdad lo siento”, y te dejan plantado a quince días del estreno.

Puedo entender, muy a mi pesar, que antepongan trabajos más rentables como el cine o la televisión al teatro independiente. Es muy difícil, por no decir imposible, poder vivir del teatro en este país. Los afortunados que suben a un escenario muchas veces tienen que compaginarlo con otros trabajos (apariciones capitulares en series, rodajes de anuncios, etc.). Es una pena, pero hay que entenderlo y respetarlo. Por eso entiendo y respeto que un actor o una actriz ponga reparos a comprometerse con un montaje teatral que le exija una exclusividad laboral que le impediría trabajar en otra cosa, pero que ponga pegas y problemas insolubles por querer irse de vacaciones me parece de una falta absoluta de profesionalidad, madurez, generosidad y humanidad. En esta profesión hay que tener claro lo que de verdad quiere uno ser, porque ser actor no es salir por la tele, ganar dinero y ser famoso, ser actor es un modelo de vida, de compromiso con lo que uno hace. Desde fuera de la profesión se tiene la impresión de que esto es coser y cantar, que no es más que ponerse delante de una cámara o en un escenario, soltar el texto y ya está, y que de ahí a los Goya, los Max o la alfombra roja no hay más que un paso. hay una imagen muy extendida de que los actores somos noctámbulos, juerguistas, irresponsables y vagos por naturaleza y que lo nuestro es un chollo porque trabajamos un ratito y nos pagan un montón, generalmente de subvenciones. Desde fuera se valora como dificultad el que nos aprendamos un texto o que lloremos en el momento justo en el que tenemos que hacerlo. Los que estamos dentro sin embargo sabemos que no hay nada más alejado de la realidad que esa imagen que venden irresponsablemente de nosotros. Ser actor es tener la humildad de aceptar un papel pequeño y hacerlo grande, es darse por entero a los demás, es renunciar a muchas cosas, es atreverse a fracasar cada día, es saber aprender de los fracasos, es no dejar de ser tú mismo si te llega el éxito, es saber que todo en esta profesión es efímero y que igual que hoy puedes estar en lo más alto mañana nadie se acordará de tí, es pasar verdaderos apuros económicos, es tener que esperar a que te llamen sabiendo que nunca lo harán cuando más lo necesitas, es ensayar y ensayar, es estudiar y estudiar, es reciclarte continuamente, es trabajar y cuidar siempre la única herramienta que tienes, tú mismo, para tenerla preparada cuando surja la oportunidad, es estar informado de lo que pasa en el mundo en el que vives y tomar partido, es no desanimarte cuando pierdes un casting tras otro, es subirte al escenario aunque ese día se haya muerto una persona a la que adoras, es madrugar cada día que ruedas y repasar hasta la madrugada las secuencias que tienes el día siguiente, es estar siempre preparado para dar lo mejor de tí mismo, es pensar en los demás antes que en tí, es estar acostumbrado a no rodar jamás cronologicamente, es estar preparado para que te cambien el plan de rodaje o incluso el texto de la secuencia que vas a rodar sin apenas tiempo para estudiar el nuevo texto, es saber aceptar que den por buena una secuencia que tú sabes que puedes hacer mucho mejor, es esperar, esperar y esperar, siempre esperar… Y sentir que,aún así, es la profesión más bella del mundo. A todos esos que se llaman actores y que anteponen sus caprichos a su trabajo, su egoísmo a darse a los demás, quiero contarles y dedicarles lo que me pasó el año pasado cuando sustituí a un actor para un par de bolos en la obra “El secuestro”, de Paloma Pedrero, la versión reducida de “Caídos del cielo”, en un montaje de su compañía, “Teatro del Alma”, formada por actores profesionales y por personas sin hogar. Mi personaje era Amadeo lanza, un indigente sabio y filósofo que contaba su historia al público en un precioso monólogo desde proscenio. No tenía que dar ninguna réplica, ni nadie tenía que dármela, por lo que podía ensayar perfectamente solo. Lo hice cada mañana durante un mes en un Centro Cultural.  Durante aquel mes, una de aquellas personas sin hogar estuvo cada mañana conmigo en el escenario. De nada me sirvió decirle que no era necesario que estuviese allí ya que no tenía que darme ninguna réplica y que yo podía ensayar solo. El se limitó a mirarme fijamente a los ojos, sonreir y decirme: “Ya lo sé, pero yo quiero estar aquí para que no te sientas solo…”

Tengo 53 años, llevo ocho en esto, y  por encima de todo sueño con poder llegar a subir un día a un escenario para protagonizar un montaje interesante, porque el teatro es lo que más me gusta, es lo que llevo dentro, porque solo el teatro me permite ser libre y responsable de lo que hago en escena, sin depender de lo que quiera el director de la película o el montador de la serie de turno. Interpretar para cámara es una experiencia maravillosa, pero no puede dar lo que te da el teatro: el contacto directo con el público y el saber que eres libre, que ahí arriba solo estás tú con los demás actores, que eres dueño de ti mismo, que todo puede pasar, que estas al borde de lo más sublime y del más estrepitoso de los fracasos. Estaría dispuesto a un sinfín de sacrificios para conseguir hacer realidad ese sueño. Por eso no entiendo ni puedo entender que haya quien, considerándose a sí mismo actor, anteponga sus vacaciones, el billete de internet o el capricho de turno, a un montaje teatral. Para mí no son actores ni podrán serlo jamás.

Soy de los que creen que el escenario es un espacio sagrado, un espacio mágico donde todo puede pasar, porque es un espacio reservado a la verdad, a la generosidad y a la humildad. Sin esas tres cualidades no existe el teatro. Recomendaría a esas personas que anteponen sus caprichos al interés general del montaje que se replanteasen seriamente lo que quieren hacer en su vida, porque si no están dispuestos a sacrificarse por los demás jamás llegarán a ser actores o actrices, y una vez replanteado, que pasasen una temporada trabajando en todo lo que, más allá de la interpretación, hace posible que una obra suba a un escenario: dirección, producción, escenografía, promoción, distribución, etc. En 1997, la que ahora es mi compañera, Paloma Pedrero, ya anticipaba el triste futuro al que estábamos empujando a nuestro teatro: “Un escenario ha sido y sigue siendo para mí algo sagrado. Un lugar donde los seres humanos dotados de talento para la expresión, desnudan su cuerpo y su alma para hacerse objeto vivo de una comunicación honda y transformadora. El escenario es ese marco, el altar en el que los personajes de un espléndido cuadro comienzan a moverse y a hablar. De allí salen voces, colores, música, gentes cambiantes, paisajes cambiantes. Pero, sobre todo, de allí sale energía vital. Una energía que llega directamente hasta el espectador, que lo mueve y lo conmueve, que lo toma y lo llena, que lo alerta y transforma. Y para que esto, que solo puede ocurrir en el teatro, ocurra de verdad, del interior del escenario tiene que brotar pureza. O dicho de otro modo: una expresión libre, exenta de condición, restricción o plazo. En esta definición está lo que entiendo por espíritu creador. El elemento necesario para traspasar la cuarta pared y llegar al público más allá de los resultados.

Nuestro teatro, las gentes del teatro de hoy, estamos contaminadas de voces extrañas a nuestro arte. No sé bien a qué se debe. Tal vez a una suma de factores desgraciados sobre los que habría que reflexionar sin demora. Pasan por mi pensamiento algunas circunstancias históricas: el materialismo actual, el auge de la supertecnología, el acoso de la información, la tendencia al aislamiento personal o familiar, la apatía hacia la política, el descreimiento en el otro, la relación patológica con la televisión, el alejamiento de los ritos espirituales… Las gentes del teatro necesitamos ejercitar la humildad, nuestros egos están desorbitados y enfermos. Tenemos que dejar de fingirnos triunfadores, aceptando que no reposamos ni en tronos de reyes ni en sillones de poderosos. Porque quizá solo reconociendo la pérdida y la fragilidad de la silla de enea en la que nos sentamos, podremos recuperar la salud y el arte. Somos perdedores, sí. Pero, ¿quién quiere ser un triunfador de los de hoy? De los que se llevan, de diseño. De los que han perdido el mundo del ensueño…”

Soy de los que aun no ha perdido el mundo del ensueño. A mi edad ya no creo que lo pierda. Quizá para muchos soy un perdedor, uno más. Pero no para mí. Puede que lo que se esconde tras esta visión del teatro no sea otra cosa que la propia actitud frente a la vida, la actitud de anteponer la libertad a la seguridad, los ideales y los sueños a la cotidiana y castrante realidad, saber lo que significan todas las Ítacas y que Utopía está más allá y que no impora si existe o no…

Uno de los más grandes genios de la historia de la interpretación y del cine, John Cassavetes, padre del cine independiente, que actuaba en películas comerciales para poder conseguir el dinero con el que financiar sus propias películas, definía todo esto muy claramente. Nadie mejor que él para acabar esta entrada: “Son muchos los que quieren trabajar como yo lo hago, o trabajar conmigo, pero no es cierto. No quieren pasar por lo que hay que pasar para trabajar de esa manera. Quieren protegerse. Tienen miedo. No quieren arriesgarse. Como artista que soy opino que debemos probar cosas diferentes; pero, por encima de todo, tenemos que atrevernos a fracasar. Los que consiguen las cosas no son los que se quedan al margen y piden permiso para todo, sino los que se zambullen de cabeza. No quiero el reconocimiento, la fama es insoportable. ¿Ves esta casa? Cuando la compré pedí prestados 50.000 dólares y hoy, treinta años después, sigo debiendo 50.000 dólares. ¿Qué te dice eso de mi carrera? Llevo más de treinta años haciendo películas, y ninguna de ellas ha hecho de verdad mucho dinero. Pero no hay nadie en el mundo que pueda decirme que no conseguí lo que quería. Y ese es el sentimiento más grande que he tenido en mi vida. El fallo está en que se respeta el negocio, se reverencia el dinero, no el arte. El cine es un arte, un arte hermoso, ¡es magia! Con las herramientas de las que disponemos tratamos de cambiar la vida de la gente. ¡Me encantan mis películas!. Son todo lo que hay en mis hijos, todo lo que hay en mi familia, todo lo que hay en mis amigos. Sí, amo esas películas. Son películas sinceras, directas, que tratan de cosas que quizá no sabemos, pero que nos hacen preguntas, esas preguntas que la gente se hace todo el tiempo. Cuando haces una película no puedes ir a buscar diez centavos y querer regresar con un millón. Hay que ir a por todas. Fracases o no, hay que ir a buscar lo que, cuando terminemos, nos habrá hecho mejores personas. Me gusta trabajar con amigos, y para los amigos, en algo que pueda ayudar a alguien. Algo con humor y tristeza a la vez; cosas sencillas. Lo importante es tomar conciencia de que hay distintas maneras de hacer cine y diferentes aproximaciones, y eso depende de lo que tú eres. ¡Lo que quiero decir es que no quiero que nadie me imite!”.

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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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