La placenta del Universo

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Matthieu Ricard, solo me queda lo que di…y por eso soy feliz

16 diciembre, 2012

El budismo, como la parte espiritual y mística de la mayoría de religiones, lleva siglos recomendándonos practicar el arte de la meditación. No se trata solo de obtener la calma mental, sino de profundizar en la contemplación de lo que se esconde tras lo aparente. Vivimos en un mundo en el que es prácticamente imposible ver la verdadera realidad, esa que se esconde tras las apariencias y muy difícil, por no decir imposible, alcanzar la paz mental. Todo son prisas, impulsos, continuos estímulos que impiden que nuestra mente descanse, que podamos escuchar el silencio. Nuestro instinto nos lleva a poner miedos y esperanzas fuera de nosotros impidiéndonos mirar en nuestro interior. Tenemos una visión individualista del mundo, una visión egoísta y egocentrista de un mundo que hemos fragmentado olvidándonos de que todo está relacionado, de que pertenecemos a ese todo, de que no somos más que una parte de ese todo. Nuestra mente se halla presa de los pensamientos, de los miedos, de los anhelos, de las preocupaciones y eso nos hace creer que la realidad son esos pensamientos, esos miedos, esos anhelos y esas preocupaciones. Pero no es así. Todas esas emociones no son más que las circunstancias a través de las que percibimos la realidad, las gafas con las que vemos la realidad. La realidad es lo que pasa, es el hecho en sí. Pero nosotros, a través de nuestra mente contaminada por todas esas circunstancias subjetivas, no vemos ese hecho tal y como es: lo que vemos es el efecto que causa en nosotros. Si una persona te pisa un pie te dolerá el pie; si además crees que te lo ha pisado intencionadamente, sentirás ira y rabia. El pisotón será el mismo, el dolor físico el mismo, pero a ti te afectará de manera diferente: puede que el dolor haya pasado y tú sigas todo el día irritado acordándote del cretino que se divirtió pisándote el pie. Esa visión egocentrista y egoísta del mundo nos hace presuponer intenciones en los actos de los demás. Y son esas intenciones las que más daño nos hacen, porque nos afectan directamente en nuestro plano emocional. La práctica de la meditación, dedicar veinte minutos al día a relajar tu mente para que pueda aprender a ver la realidad, la verdadera realidad, es lo que te permitirá conocer tus emociones y, por tanto, controlarlas. No podemos cambiar la realidad, pero sí la forma en que nos afecta. Esa es la clave de la meditación.

La neurociencia lleva años estudiando el efecto que la práctica de la meditación tiene en nuestra mente y en nuestro cuerpo. Mediante electroencefalogramas y escáneres han podido identificar las partes del cerebro que se ven afectadas por la actividad de meditar. Indudablemente los meditadores expertos producían efectos mucho más impresionantes que los meditadores novatos con apenas experiencia, pero incluso en estos sus efectos se empezaban a notar rápidamente. Entre esos efectos se aprecia una reducción de la ansiedad, de la ira, de la violencia, un fortalecimiento del sistema inmunológico, una disminución en la presión sanguínea… Todos estos efectos permiten que el meditador pueda concentrarse en las cosas y mantener su concentración mucho más que los no meditadores y, sobre todo, que experimente la felicidad, entendida como un estado mental saludable que irradia a todas nuestras emociones. Este es un campo nuevo para la neurociencia que está descubriendo un universo de posibilidades realmente fascinante y cuyas consecuencias podrían cambiar el mundo.

Una de las aplicaciones prácticas con la que ya se está trabajando es introducir la meditación en la educación. Y esto supone una verdadera revolución en el modelo educativo porque lleva a relegar los actuales planes de estudio que se limitan a llenar nuestro cerebro de conocimientos para prepararnos para llegar a ser buenos trabajadores, y a sustituirlos por unos nuevos planes en los que el objetivo fundamental no sea convertir al niño en un buen trabajador, sino en una persona que pueda ser feliz. Esta revolución individual es la que hará cambiar la sociedad, porque los estudios neurológicos actuales están demostrando lo que el budismo lleva milenios practicando: que, a diferencia de lo que pensamos en Occidente, cuanto más das más tienes, que el altruismo, el darse a los demás, el darse incondicionalmente a los demás, es el camino de la felicidad.

La práctica meditativa budista tiene dos fases: la primera, alcanzar la calma mental, la shiné, que se logra a través de la concentración en algo que nos permita olvidarnos de los pensamientos que, continuamente, invaden nuestra mente. Recomiendan, por ejemplo, concentrarse únicamente en el hecho de respirar, en cómo el aire entra, fresco, por nuestra nariz y en cómo luego, más caliente, sale. Concentrados solo en esto serán muchos los pensamientos que nos asaltarán impidiéndonos alcanzar la calma mental, ese no pensar en nada que es la puerta de la segunda fase de la meditación: la de la contemplación. Si vienen esos pensamientos es normal, no pasa nada, no debemos intentar apartarlos de nuestra mente, de hecho cuanto más lo intentemos más permanecerán en ella, simplemente debemos dejarlos pasar y olvidarnos de ellos concentrándonos en nuestra respiración.

La fase de la contemplación en la meditación budista se centra en la compasión y en otra serie de cuestiones filosóficas que nos permiten avanzar en nuestro camino (el vacío, la impermanencia…) Para quienes no estén familiarizados con el budismo quizá cabe recordar que no es una religión teísta en la que un dios, llámese como se quiera, dicta desde arriba unas normas y dogmas que sus fieles deben creer y practicar, sino que es una forma de vida, un camino espiritual que parte de la propia persona que únicamente pretende alcanzar la iluminación. El budismo no tiene normas, es un camino individual en el que cada uno busca y elije su propia senda, no tiene dogmas, de hecho se puede ser cristiano y budista al mismo tiempo. El budismo parte de la propia persona, de su opción voluntaria de entender y de vivir vida para crecer, para avanzar, a través de la compasión. La mayoría de las lenguas occidentales han tergiversado el significado de la palabra compasión haciéndonos creer que es sentir pena de alguien. La compasión no es sentir pena de alguien, sino sentir pena con alguien, es querer aliviar su pena, es impulsarnos a ayudarle para que no sufra. Tener compasión es amar, es darse a los demás, es el altruismo llevado a las últimas consecuencias en nuestra forma de pensar y, con ello, en nuestra forma de vivir.
Matthieu Ricard es un renombrado científico francés que un día, hace ya cuarenta años, se sintió atraído por la palabra y la forma de vida de los monjes budistas. Intuía que, aunque su vida era satisfactoria y se dedicaba a lo que realmente le gustaba, la biología, le faltaba algo, le faltaba un sentido. Eso es lo que le llevó a acercarse hasta esos monjes de India. Allí descubrió otra forma de ver el mundo. Tras pasar unos años escapándose para estar con ellos cuando su trabajo se lo permitía, decidió abandonarlo todo para irse a vivir con ellos. Se hizo monje budista. Desde entonces vive en Nepal. Escribe libros, da conferencias por todo el mundo, es el traductor al francés del Dalai Lama, gestiona infinidad de proyectos solidarios, una quincena de colegios y jamás deja de practicar la meditación. Es esa doble faceta de hombre y científico occidental al mismo tiempo que monje budista y meditador experto la que ha hecho que su caso sea mejor entendido y estudiado en Occidente. Los escáneres, electros y demás pruebas que le hicieron en la universidad de Wisconsin demostraron que su cerebro ha desarrollado, muy por encima de la media, aquellas partes que proporcionan felicidad, y ha reducido considerablemente aquellas en las que se concentran el miedo, la ansiedad o la ira. Por eso han llegado a la conclusión de que es el hombre más feliz del mundo. No deja de ser sorprendente para nuestra mentalidad egoísta y egocentrista que el hombre más feliz del mundo dedique su vida a ayudar a los demás y que sus únicas posesiones sean dos pares de zapatos (uno para dentro del templo y otro para cuando sale a la calle). En estos videos entenderás por qué.

Si quieres conocer directamente lo que está haciendo Matthieu Ricard y el alcance de sus proyectos solidarios, no dejes de visitar la web de Karuna, su fundación: www.karuna-shechen.org o su web personal, donde podrás encontrar su propio blog: www.matthieuricard.org/en/index.php/index

Hace ya tres años que empecé con La placenta del Universo. Hasta hoy nunca le había dedicado personalmente una entrada a alguien. Hoy quiero dedicársela a una persona muy especial que, a través de la meditación y de la compasión, está luchando contra su enfermedad, una enfermedad que le dificulta mucho poder mover su mano, y una compasión que hace que, cada día, pese a la dificultad y el dolor, pese al sufrimiento, ella tienda su mano abierta a quien la pueda necesitar. A Merche Uranga. De corazón, gracias. Tashi Delek.

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Raimon Panikkar, la eternidad que vive en cada instante…

25 diciembre, 2011

Hizo de su vida un viaje de encuentro, de diálogo y de sabiduría, un viaje del que “salí cristiano, me he descubierto hindú y regreso budista, sin dejar por ello de ser lo primero”. Científico, filósofo y teólogo, siempre tuvo conciencia de que cualquier conocimiento basado en la especialización, en dividir en partes la realidad, era inútil porque pertenecemos, formamos parte de un Todo. Para él, “aquello que llamamos progreso científico no es otra cosa que la proliferación de disciplinas especializadas que se escinden cada vez más para iluminarnos cada vez menos.” Entendía que “la sabiduría es armonía personal con la realidad, unión con el ser, Tao, Dios, nada…” y que para encontrarla lo que hay que hacer es no buscarla, sino dejar que nos encuentre, no ponerle obstáculos, o más aún, “comportarnos de tal manera que simplemente dejemos que la sabiduría sea, que sea ella misma, tanto si nos busca como si no.” En esa visión integral e integradora de la vida, Raimon Panikkar entendía que la filosofía era tanto sabiduría del amor como amor de la sabiduría, porque el amor verdadero es espontáneo, no tiene un porqué, ya que en el momento en que podemos explicar el amor, dar una razón del amor, deja de ser auténtico amor. Firme defensor de la meditación, la lectura, el silencio y el diálogo, vivió la mayor parte de su vida sin leer un periódico, escuchar la radio o ver la televisión, para poder escuchar la voz de los sin voz, el pulso mismo de la realidad. Tras haber pasado gran parte de su vida en India y como profesor universitario en EEUU, se retiró a vivir a un pequeño pueblo del prepirineo de Gerona llamado Tavertet, donde murió el año pasado.

Si quieres, la versión del Gayatri Mantra de Deval Primal puede ser una buena compañera para este viaje:

Tuve la fortuna de conocerle, aunque por desgracia muy brevemente, en Tavertet. Todo en él irradiaba paz, alegría, amor y serenidad. Cuando hablabas con él te hacía sentir que, en aquel momento, para él, tú eras lo más importante del mundo. Nunca tenía prisa, siempre encontraba tiempo para todo y para todos,  y vivía permanentemente dispuesto a dejarse sorprender por la realidad de cada instante. Le encantaba jugar con la etimología de las palabras, consciente como era de la enorme importancia de la palabra. Hablaba perfectamente casi una decena de lenguas y había profundizado mucho en el conocimiento de sus raíces y sus tradiciones. De padre indio y madre catalana, en él se conjugaba el equilibrio entre Oriente y Occidente, entre la visión lineal de la vida  y la circular. Por eso pocos tan adecuados como él para propiciar el diálogo intercultural e interreligioso, del que era un firme defensor: “Cuanto más nos atrevemos a caminar por nuevos senderos, más necesitamos estar enraizados en la propia tradición y abiertos a las demás, que nos advierten que no estamos solos y que nos permiten alcanzar una visión más amplia de la realidad”

Oírle hablar, escucharle, era un privilegio. Ameno como pocos, y erudito como el que más, sin embargo sabía adaptar su lenguaje a cada nivel de interlocutor que tenía frente a él. Ser consecuente consigo mismo y con sus creencias era su seña de identidad, una seña que él definía muy bien cuando decía “mi aspiración no consiste tanto en defender mi verdad como en vivirla” . Una vez alguien le preguntó dónde encontraba su identidad y él contestó: “Perdiéndola, no buscándola, no queriéndome aferrar a una identidad que aún no está realizada y que no se puede encontrar, desde luego, en el pasado, porque sería la copia de algo viejo. La vida es riesgo;  la aventura es novedad radical; la creación se produce todos los días, algo absolutamente nuevo e imprevisible…”

Jamás le olvidaré respondiendo a uno de sus alumnos que le había preguntado por lo que tenía que hacer para encontrar la iluminación, esa luz de la que Panikkar tanto hablaba: “No buscándola. Si estuvieras en el espacio, a medio camino del Sol y de la Tierra, no verías los rayos del Sol. ¿Significaría eso que los rayos del Sol no existen? No, sabes perfectamente que llegan a la Tierra, aunque desde esa posición tú no puedas verlos. Con la iluminación pasa exactamente lo mismo. Por mucho que la busques no la verás, pero no porque no la veas ha dejado de existir. Prepárate para dejarte iluminar, no te escondas tras ningún obstáculo…”

He querido que sea la palabra del propio Panikkar la que hable en esta entrada. Por eso he seleccionado algunas de sus respuestas en varias entrevistas que le hicieron (dos del periódico La Vanguardia y otra que le hizo Cristina Carrillo de Albornoz) en las que se refleja perfectamente su manera de ver y de vivir la vida:

Hoy es el último día del milenio. Esta noche mucha gente estará triste.

Pues no debería: el nuevo milenio. El nuevo año, el nuevo día. Es una nueva oportunidad.

¿Para tener buenos propósitos?

No, para darse cuenta de que, quien no vive el asombro y el milagro de cada día, no vive.

¿Por qué cree que tropezamos continuamente? ¿Hay algo que no entendemos?

¿Por qué queremos entenderlo todo?

Buena pregunta.

El amor no se entiende, no tiene porqués. Debernos vivir en lugar de controlar. Hace falta una mutación radical, pero para transformar nuestra vida necesitamos un coraje que no tenemos, por eso sufrimos.

¿Cómo empezar esa transmutación?

Entendiendo que lo más extraordinario es lo ordinario.

¿Nos falta esperanza?

Proyectamos la esperanza en el futuro y está en el presente. La esperanza es descubrir esa dimensión invisible, misteriosa y bella, de cada momento. Hay que profundizar.

Y usted, ¿cómo la descubrió?

No fue ningún tipo de revelación. Poco a poco la vida se te muestra tal como es. Hay que detenerse para descubrir que en cada momento está escondida la eternidad.

El miedo a detenerse, ¿es miedo al vacío?

Sí, y hay que comprender que el vacío es lo que nos permite llenarnos a cada instante. Esta es la gran lección del budismo: vacío y plenitud son facetas de la misma realidad.

¿Somos demasiado débiles?

¿Por qué queremos ser más fuertes de lo que somos? Yo soy débil, pero si tú me tiendes la mano, si confío en ti, seré fuerte. No debemos hacer del otro una entelequia.

Nos creemos autosuficientes.

Sí, y no queremos confesar nuestro miedo, y el miedo paralizante sólo desaparece cuando estamos vacíos. Vacíos de miedo a hacer el ridículo, a que nos traicionen…

A que nadie nos ame de verdad.

Todos los miedos son a la muerte, y cuando uno lo supera empieza a gozar de la vida. Pero no se consigue con voluntad.

¿Hay que convencer al corazón?

“Convencer”, sí; no hay que vencer nada. Cuando un corazón es puro entiende.

¡Pero nuestros corazones no son puros!

Están llenos de ambición y egoísmo. Reconocer nuestra debilidad nos hará fuertes. La hipocresía es el peor de los males

¿Existe la buena y la mala suerte?

Sólo cuando comparamos; es una proyección de la mente.

Nacer hoy en el Tercer mundo, ¿no es tener mala suerte?

Es la injusticia creada por la cultura occidental. Ellos nos mantienen con su deuda. Nos dan 1.000 millones de dólares cada día.

En lo individual podemos hacer algo…

Decídete: camina. ¿Por dónde? no lo sé. Descubre tus pasos. Pero si no confiamos en nosotros mismos, ¿cómo vamos a confiar en el otro? Las ideas deben ser la encarnación intelectual de nuestra vida. Si la palabra no causa aquello que menciona, entonces es que somos unos hipócritas. Ya lo dice la Biblia: “Toda palabra es un sacramento”

Somos muy poca cosa.

Cada uno de nosotros somos únicos, y encontrar la unicidad de cada cosa y de cada persona es la sabiduría. Y si cada uno es único, no es miembro de una serie: católico, rubio, blanco. director general, obrero…

Los roles nos dan seguridad.

Pero no nos dan alegría. Yo prefiero estar alegre y ser libre.

Si busco la alegría no la encontraré.

¿Sabe por qué? Porque la alegría, como la vida, es una gracia, un don. Nos viene dado. Debemos arriesgarnos a vivir, a lo desconocido, a lo vulnerable y, en consecuencia lo bello. “Hago nuevas todas las cosas en cada instante”, dice la tradición budista.

Hay que huir de la rutina.

Sí. Hay que recordar que cada instante es irrepetible. La felicidad es una gracia que se nos otorga, por eso yo llamo religiosidad a la alegría de vivir. Y la alegría es la plenitud.

¿Somos dueños de nuestro destino?

Somos coautores. Hay un factor que depende de cada uno de nosotros, y es el de hacer de nosotros una obra de arte.

¿A fuerza de voluntad?

No. Esa es una de las fijaciones de Occidente. Nos hacemos a fuer de aceptar, de fecundar. Es una actitud, no una voluntad. Hay que tener los ojos abiertos y hacer las cosas porque quieres. no porque debes

Porque me da la gana.

Si no es un capricho, sí. Hay que distinguir entre aspiración y deseo. El deseo es lo externo, lo que nos hace sentirnos frustrados cuando no lo conseguimos. La aspiración es hacer aquello para lo que me siento inspirado, seguir el latido de la vida.

La mayoría trabaja por dinero.

Pues eso es ser un esclavo. Por eso no son felices, el trabajo es antinatura.

Pero tenerlo nos reconforta.

Ese es el gran desafío del milenio: una mutación espiritual. Si no, vamos al desastre. Todos lo sabemos, todos nos preguntamos: ¿qué sentido tiene mi vida?

¿No faltan respuestas?

No, nos falta coraje. No podernos vivir sin amor y sin conocimiento. El conocimiento, sin amor, engendra odio, y el amor, sin conocimiento, sentimentalismo. Pero, aun así, los hemos divorciado.

¿Debemos volver a unirlos?

Si. Conocimiento y amor es el dinamismo principal del ser humano. No busques más y ábrete. Con sentido crítico, pero ábrete. Escucha y danza al ritmo de la vida. Saboréala.

Sé que más que escribir, rescribe…

Hasta 27 veces rescribí De la mística…

…Y que jamás lee en público.

No hay que preparar el discurso, sino al orador. Yo no preparo los textos para leerlos en público, sino que me preparo a mí mismo en cada momento de mi vida para ser capaz de hablar.

Y sus silencios también se escuchan.

El silencio forja el sentido. Y lo estamos abandonando a cambio de una superficialidad banal e insulsa. Ruido a todas horas en todas partes para no tener que pensar.

No todos podemos ser monjes…

¡Todos estamos llamados a la meditación! ¡Todos la necesitamos! También todos necesitamos la soledad y el silencio tanto como la sociedad y las palabras.

…Ni políticos.

Ese es el grave error de nuestro tiempo: dejar la mística y la política a los profesionales. La vida espiritual y la vida política no son oficios, son dimensiones irrenunciables de cada uno de nosotros.

Que exigen esfuerzo: más cómodo delegarlas y luego quejarse de los delegados.

Todos estamos llamados a realizarnos en ellas. Sólo si somos todos políticos y monjes podremos realizarnos plenamente como personas. Si no, somos incompletos.

Vida completa: ¿otra contradicción?

Sobre lo que usted pregunta, la duración y el fin de la vida, me he inventado una palabrita, tempiternitat, que no es un tiempo ni largo ni corto, sino único…

No podemos decidir la duración, pero sí la intensidad de nuestras vidas.

La intensidad es parte de la singularidad. Somos singulares. Somos únicos… Miserere Domine, apiádete, Señor, porque ego sum pauper, soy un pobre… ¡Et unicuus! Y único, dice el salmo latino.

¡Unicuus! Esta singularidad… ¡Cada uno de nosotros es único!

Si alguien le dice que usted le gusta porque le recuerda a alguien, es que no le ama: cada uno de nosotros es único e irrepetible. Pero esa singularidad sólo podemos vivirla si renunciamos al pasado, que es sólo un recuerdo, y al futuro, que es sólo una ilusión, y vivimos en el presente tempiterno.

Y ha vivido ¿cuántos años…?

Seis mil años al menos. Yo no soy individualista: deploro el individualismo egoísta que nos impele a encerrarnos a nosotros mismos y nuestras circunstancias; yo he vivido también en esos hombres que vivieron seis mil años antes que nosotros y me siento igualmente responsable de sus vidas…

… ¿Y de sus crímenes?

Sí, también soy responsable de sus crímenes y culpas y sé que puedo lavarlos viviendo rectamente. Vivo cada momento convencido de que la vida es un don único como yo… ¡Qué alegría ser consciente de eso!

¿Usted lo es desde niño?

Mi padre era hindú y mi madre catalana.

Hoy ya no es una mezcla tan exótica.

La inmigración tiene un peligro, el de banalizar su cultura y la nuestra en una amalgama insulsa; de nuevo la superficialidad nos amenaza, pero la mezcla es también una oportunidad de profunda comunión; la de asimilarlos a ellos… ¡Y asimilarnos a ellos!

Sin mezcla, no hay fecundidad.

Por eso necesitamos asimilarlos a ellos y asimilarnos a ellos: ninguna cultura que se encierra en sí misma sobrevive.

¿Sigue siendo usted sacerdote?

Sí, celebro misa. Dependo de la diócesis de Varnasi (Benarés). Soy sacerdote pero no un funcionario vaticano, aunque en comunión con Roma. Y, en la cadena del saber que formaron mis maestros hasta mí, distingo a Jesús de Cristo.

¿Por qué volvió de América?

Hubo un momento en que era feliz allí en el campus, en una casa magnífica, profesor, todo cuanto se pueda desear, unas bibliotecas inacabables y mucho cariño… Pero sentí que mi sitio estaba aquí, Tavertet, entre estos muros y montañas… ¿Escucha qué silencio?

Regálenos algún pensamiento de los Veda que tradujo del sánscrito

La muerte no muere y por lo tanto en la muerte misma está la inmortalidad.

Su padre era hindú y su madre, católica. ¿Qué educación recibió usted?

Mi madre tenía sentido de la libertad; el hecho de que ya en 1916 se casase con un indio casi expulsado de Inglaterra por sus actividades nacionalistas dice mucho. Y mi padre me educó ‘a la india’, que es como decir ‘dejando hacer’. Yo nunca he dirigido mis pasos, ha sido el azar, acabé en la India (en la diócesis de Varanasi) y descubrí mi otra mitad.

¿Se sintió hindú?

Yo me he sentido siempre indio y español. Soy occidental y oriental. Por nacimiento y educación vivo experiencias de la tradición occidental tanto cristiana como secular (porque no pertenezco a ninguna orden) y de la india, tanto hindú como budista. He necesitado tres cuartas partes de mi vida para decir esto.

¿No se ha sentido…

… esquizofrénico? Lo he evitado yendo a las raíces de ambas culturas. Lo principal es ser consciente de que no hay una religión autosuficiente. Unos debemos aprender de los otros.

En su Fundación Vivarium habla de interculturalidad…

Lo que intento no es que todos seamos cristianos ni todos hindúes. Buscamos un diálogo que nos fecunde mutuamente. Ello no implica un totum revolutum, sino recibir y aprender sin imponer. No se debe tener miedo de la diversidad. En Occidente se teme a los musulmanes, pero en la India tienen miedo de los cristianos. La paz no será nunca posible sin conocimiento del otro.

Usted se dice un hombre de paz…

Sí, pero ésta no se puede imponer, se recibe. Porque tengo una idea de paz te impongo mi democracia. Es algo peligroso.

Usted siempre evitó la guerra.

Cuando estalló la guerra civil, me fui a Alemania porque nos perseguían y estudié tres años en Bonn. Luego, la Segunda Guerra Mundial me cogió en España. La vida es irse liberando poco a poco; al final uno adquiere su propia libertad, también en el terreno intelectual. Por ello, me he dedicado a la filosofía para profundizar. He inventado la palabra ‘microdoxia’. Los microdóxicos son los que empequeñecen la doctrina, la reducen. Es lo que le sucede a una parte de los cristianos. La tradición profunda cristiana no es microdóxica. Cuando la Iglesia se convirtió a Constantino y no Constantino a la Iglesia, arrinconamos el misterio trinitario y nos convertimos en monoteístas, lo que es muy útil para justificar un imperio, un emperador, un Papa, una realidad piramidal. El cristianismo debe volver a sus bases.

Dios es amor.

Yo intento remozar el título: el amor es Dios y donde hay auténtico amor, allí está la divinidad.

¿Le ha costado mucho a usted mirar sin juzgar?

Años, pero pienso que lo he conseguido. Y a descubrir que lo que llamamos ‘error’ es una verdad de la cual se abusa.

Usted defiende vivir cada momento, ¿en qué sentido?

En el de vivir cada momento como algo único y, por tanto, divino. Ese don de vivir el presente lo estamos perdiendo. Vivir con intensidad no es vivir con aceleración, sino con contemplación. Estamos demasiado angustiados proyectándonos constantemente hacia un futuro incierto. Hemos destruido la espontaneidad. Hemos convertido la vida en algo aburridísimo. La gente que vive sin futuro es feliz. Si vives, intenta estrujar la vida al máximo, pero con lo que tienes; sin querer convertir la existencia en sueños que luego se frustran porque no tengo dinero o talento, sin que por ello defienda la pasividad.

Pero es a lo que invita la sociedad de hoy, a soñar.

Sin meditación, sin silencio, sin interioridad, no se puede vivir. Una cosa es la esperanza y otra, la espera. Hay que volver a experimentar la importancia de lo cualitativo frente a la cuantitativo. Es el inicio de la paz.

La sabiduría védica también tiene un concepto de sacrificio profundo. Se dice que en India se vive la pobreza de otra forma, casi de una forma resignadamente bella.

Una cosa es la pobreza y otra, la miseria. La miseria es desdichada; la pobreza puede ser una bendición. Es no estar atado a nada, ni siquiera a la vida. No tener miedo ni a la muerte.

Parece que usted es pobre. ¿A qué le ha costado más trabajo renunciar?

A mí mismo, pero cuando lo consigues, eres feliz. No deseo nada. Aspiro a vivir con plenitud. La causa final es la primera de las causas. Hacer todas las cosas para un fin es perder la inocencia, ser utilitarista. Si uno puede contestar racionalmente a quien ama cuando te pregunta: «¿Por qué me amas?», es que ya no lo amas. Las cosas reales (verdaderas) no tienen por qué.

¿Es como la globalización?

A la Torre de Babel moderna la llaman ‘globalización’. Es la versión laica del paraíso que queremos crear en la Tierra: una democracia mundial, un capitalismo mundial, una banca mundial. La globalización no funcionará. Ya decía Pericles: «La democracia es sólo posible donde el estratego, el jefe, conoce el nombre de todos los ciudadanos». El paraíso está entre nosotros, en el amor de unos a otros. Donde reina el ordenador no hay faz humana.

 Y ¿qué hay del diálogo entre Oriente y Occidente?

Son dos mundos que se acercan y que se alejan. Permítame un inciso: el 50 por ciento de la población mundial vive con menos de dos euros al día. Esta visión monocentrista elitista es la realidad que discuto. Estados Unidos tenía hace un siglo una población del 75 por ciento de agricultores; hoy son el dos por ciento, pero ello bastaría para alimentar a toda la humanidad; sin embargo, no es rentable. La espiritualidad no es optar por los pobres, sino por los derechos sociales. Un día escuché al presidente de las Cámaras de Comercio de Estados Unidos decir que «la humanidad había vivido en las cavernas hasta que ellos descubrieron la democracia, la libertad y el mercado mundial». Es aberrante, pero quienes creen esto dominan por lo menos un cierto mundo.

Pero el Primer Mundo se está acercando al Tercero…

Este Primer Mundo está sufriendo una crisis muy positiva y la esperanza vendrá de esa crisis porque se ha tocado fondo. En la India se ve Occidente como un paraíso donde toda mujer es guapa, todo hombre es rico. Es cierto que existe un entusiasmo claro de Occidente por Oriente, pero el de Oriente hacia Occidente es mil veces mayor, roza con la adoración.

Justamente la superficialidad puede ser ese impulso que nos lleva a vivir una vida acelerada.

El mundo moderno, desde que se inició la ciencia de Galileo, es una carrera cada vez más vertiginosa hacia la aceleración. Se ha conseguido acelerar todo: las máquinas, los transportes… pero el hombre no se puede acelerar. Nos falta el espíritu contemplativo que permite que las cosas se sedimenten naturalmente por su propio peso e importancia. La sociedad actual está en crisis porque confunde lo urgente con lo importante. La sabiduría es la que compagina ambas. En esto no hay recetas.

Gran parte de nuestros males llegan con Descartes, dice usted. ¿A qué se refiere concretamente?

Todo empezó porque en la escuela de Descartes los dominicos le decían una cosa y los jesuitas, otra. Como los dos tenían autoridad, no se fió de nadie. Se metió en sí mismo y buscaba la certeza, concluyendo con el cogito ergo sum famoso. Sólo las ideas claras y distintas le dan certeza confundiéndola con la verdad. Y eso influenció la intelectualidad del mundo: de la preocupación por la certeza hemos pasado a la obsesión por la seguridad.

¿Se refiere a Bush?

Evidentemente, o quien sea. Y con esa obsesión hacemos guerras preventivas. En la tradición musulmana se decía: «Si encuentro un desconocido, puede que sea un ángel», ahora lo hemos sustituido por un terrorista. Hemos progresado, ¿verdad?

Usted dice que los islamistas son más tolerantes. ¿Qué quiere decir con esto?

Yo no defiendo a nadie, pero constato que el fundamentalismo cristiano es mucho más peligroso, sutil e inteligente que el islámico. Es un hecho histórico que el islam ha sido más tolerante. Ahora hay pequeños grupos extremistas que la prensa engrandece. Hay que tener muy claro que una fe fanática no es fe. Es solamente fanatismo, pero esto es muy limitado. Indonesia, Tailandia, India, Irán y Sudán son los países con mayor número de musulmanes y no hay ni una gota de sangre árabe.

Usted ha tenido momentos de crisis que llegó a compartir con el entonces cardenal Ratzinger. ¿Ha llegado a perder su fuerza?

Todos tenemos momentos bajos pero nunca me he dejado dominar por ellos; nunca me he obsesionado pensando: «He perdido el equilibrio o mi cuerpo no puede más». Somos muy responsables de nuestra salud, también demasiado machistas, tanto hombres como mujeres.

¿En qué sentido?

Somos una civilización masculina. Hemos perdido la gran capacidad de transformar lo que recibimos adaptándonos a ello. Estamos siempre en guardia.

Usted también dice que estamos aterrorizados y obsesionados con el trabajo.

La palabra ‘trabajo’ viene de tripalium, instrumento de tortura. En castellano tenemos una bellísima palabra que nos hemos dejado robar: ‘faena’ es decir, hacer, crear, construir. Crear una sociedad, eso debería ser el trabajo.

¿Ha llegado usted a sentir el nirvana, la meta?

Quien dice que ha llegado es que no lo ha hecho. El nirvana no es una reflexión. Yo tengo otra palabra más connatural a la cultura cristiana: me siento resucitado porque vivo. Uno llega a esta resurrección cuando permite la muerte, muerte a su ego, a su egoísmo. La vida, como decían los Vedas, no muere…

 

 

En este video (solo he encontrado la versión inglesa subtitulada al italiano, lo siento), Panikkar nos habla de la forma que, para él, tenemos de ver el mundo: a través de la ventana que cada uno de nosotros tenemos delante nuestro. Cuanto más la limpiemos, mejor veremos lo que hay fuera, más allá, la vida, aunque siempre tendremos esa ventana delante nuestro. También nos dice lo importante que es amar al vecino para poder escucharle de verdad cuando nos habla de lo que él ve a través de su ventana, porque eso nos recuerda que nuestra visión no es la única, que no vemos la totalidad de lo que hay más allá, del mundo, y también que no estamos solos y que compartiendo, dialogando con los demás podremos ver más…

En este otro video, en italiano y sin subtítulos, nuevamente pido disculpas, nos habla de su experiencia en India y de la lección de amor que recibe de una mujer india que, sin tener nada, es capaz de darlo todo. Sin duda, Raimon Panikkar practicó en vida lo que un sabio dijo alguna vez: “Todo cuanto retuve lo perdí; solo me queda lo que di…” Cuando murió, su cuerpo fue incinerado. La mitad de sus cenizas está depositada en una pequeña tumba en Tavertet. La otra mitad fue arrojada al Ganges… Él sigue vivo en todo lo que nos rodea, en ti, en mí… y en la eternidad de este instante.

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¿Existe la muerte?

8 mayo, 2011

¿Realmente existe la muerte? Nuestra sociedad está empeñada en negarlo, en que no pensemos en ella, en que le demos la espalda y nos pille cómo y cuando quiera, sin que hayamos podido siquiera plantearnos si nos gustaría prepararnos para cuando llegue ese momento, o cómo hacerlo. ¿Por qué nos cuesta tanto hablar de la muerte, nombrarla, afrontarla? Hacemos peliculas de terror sobre ella o comedias de humor negro, pero rara es la vez que hablamos seria y pausadamente sobre ella.  Es un tema tabú. Nuestra sociedad ha construído un muro infranqueable para aislarnos individualmente de la muerte. ¿Os habéis dado cuenta de lo atípico que es que se publique el índice de suicidios de un país, o el de los ancianos que han muerto en sus casas en la más terrible de las soledades sin nadie que les acompañara? En nuestra sociedad la muerte es algo que solo les puede pasar a otros, a personas alejadas de nuestro mundo, a seres que no conocemos y cuya existencia o no existencia no afecta directamente a la nuestra. Son datos, estadísticas, alguna reseña en la crónica de sucesos si la muerte ha sido muy violenta… Cuando muere alguien cercano a nosotros nos consuelan diciendo que ha sido un accidente, que esa muerte es algo contra natura, o, por el contrario, si se trata de alguien muy mayor, que era algo inevitable. Cuando somos jóvenes todas las muertes son contra natura, son accidentales, porque la muerte, sencillamente, no existe. Cuando vamos creciendo y vemos morir a nuestros padres y a nuestros mayores, pensamos que es algo inevitable, que es “Ley de vida”, y nos resignamos a perderles. Y cuando, ya viejos, somos conscientes de que ya no quedan más mayores, de que los próximos somos nosotros, de que ha llegado nuestro turno, hemos tenido tanto tiempo para asimilarlo y son tantas las cosas y las personas que hemos perdido por el camino, que la muerte ya no nos asusta, y la aceptamos con resignación. Nos da miedo el dolor y el sufrimiento, pero no la muerte. Y en ese interín de todo esto que es la vida, hemos pasado por este mundo huyendo de la muerte, huyendo de pensar en ella, de hablar sobre ella, de estudiar sobre ella, de prepararnos para ella, sumergiéndonos, al hacerlo, en una absurda existencia de consumo, ocio e idiocia programada.

Si quieres podemos dejar que nos acompañe ahora una de esas canciones que acarician el alma, el Yesterday de los Beatles, interpretado por esa voz que nunca nos abandonará: la del inolvidable Ray Charles

A veces, simplemente vemos la muerte como una noticia más en los noticiarios. No deja de ser, generalmente, una fría estadística a la que, incluso, le cambian el nombre: 20 personas han “perdido la vida” este fin de semana en nuestras carreteras, suele ser una fórmula mucho más empleada que decir que han “muerto” en nuestras carreteras. No deja de ser curiosa esa expresión, “perder la vida”, como si la vida fuese algo que se pudiese perder o, a la inversa, encontrar. “Perder la vida” evoca, quizá, que nos la hemos jugado y hemos perdido la partida. Puede ser. Lo cierto es que jamás se emplea la expresión “encontrar” la vida, porque nadie encuentra la vida, como mucho intentamos darla, pero no sabemos ni a quién se la vamos a dar, porque simplemente nacemos, no elegimos a nuestros padres, como ellos tampoco pueden elegirnos a nosotros, al menos de momento. Y como nosotros, cuando no somos nada o somos simples espermatozoides, no tenemos consciencia de ser nosotros, aunque nos “encontramos” con la vida, no tenemos ni idea de por qué o cómo la hemos encontrado, y desde luego más tarde no nos acordamos de esa experiencia, así que dificilmente podremos hablar de “encontrar” la vida. Aunque me cuesta mucho entender que haya algo que se pueda perder, pero que no se pueda encontrar.

Quizá ese sentido de la pérdida podría ser el de la ausencia, lo que ya no tenemos… Pero ¿quién deja de tener? ¿el que ha muerto, el que “se ha ido”, o los que nos quedamos aquí lamentando su marcha? Desconocemos lo que hay más allá, no sabemos si hay algo o simplemente la nada más absoluta, así que referirnos a lo que ha perdido el que se ha ido no parece tener demasiado sentido si desconocemos lo que puede haber encontrado. Sólo las religiones hablan abiertamente de la muerte y pretenden no solo entenderla, sino también gestionarla a su manera y a su propia conveniencia. Según la mayoría, lo que hay más allá es un maravilloso paraíso cuya entrada nos la tenemos que ganar en nuestro paso por esta vida cumpliendo las rígidas y a veces ininteligibles normas que ellos proponen. Se convierten así en los porteros de ese paraíso que deciden quién puede y quién no puede entrar. Ni una sola religión nos plantea que el más allá tenga necesariamente que ser algo negativo, porque eso no sería atractivo, desde luego. El infierno, nos dicen, es para los que se lo han buscado durante su vida en la tierra. Jamás he entendido que alguien, persona o institución, pueda tener el control y el dominio del más allá, y menos aún que pueda tenerlo en exclusiva, en un regimen de monopolio absoluto. Nunca me han gustado los porteros que deciden quien entra y quien no, como tampoco me han gustado nunca los que pretenden imponer su concepción del mundo a los demás juzgando lo que está bien y lo que está mal, como si fuesen los únicos poseedores de la Verdad. Por eso no soy religioso, aunque sí me considero profundamente espiritual y me fascina el mundo de la mística, pero no el de la religión, el de ninguna religión. Solo el budismo, que más que una religión es una filosofía de la vida, en la que el único dogma es que no existen dogmas y en la que no se pide al hombre que siga unos preceptos enviados por Dios o por los dioses, sino que busque dentro de sí mismo para, dándose a los demás, superar el sufrimiento, crecer y evolucionar hasta llegar a la iluminación, es el camino que más me convence. Todas las grandes religiones, directa o indirectamente, han causado guerras y masacres a lo largo de la historia, todas excepto el budismo. Por eso puedo identificarme con muchos de los fundamentos de las diferentes religiones, pero no con las personas que las gobiernan y menos aún con quienes son capaces de emplear la violencia, cualquier tipo de violencia, para imponer sus creencias.

Dejando pues a un lado este inciso sobre el mundo de las religiones, donde la muerte sí ocupa un espacio preferente, resulta muy evidente que nuestra sociedad está orientada sistemáticamente a la negación de la muerte. No nos dicen que no moriremos, porque sería absurdo, pero nos distraen y nos alejan permanentemente de la consciencia de la muerte, y eso es suficiente para distraernos y alejarnos también permanentemenre de la experiencia de estar vivos, de la experiencia de la vida.  Basta con fijarse en los ideales que nos propone esta sociedad: juventud, salud, belleza… Justo los más alejados de vejez o enfermedad, que son las situaciones naturales que más nos aproximan a la muerte. Cuando estamos enfermos nos ingresan en hospitales donde se concentra el dolor y se aisla para que el resto de la sociedad no tenga que verlo.  Cuando nos hacemos viejos también corremos el riesgo de que nuestros queridos familiares se “apiaden” de nosotros internándonos en un asilo donde no molestemos y no se nos vea demasiado.  Ni siquiera se llama por su nombre a las enfermedades que tradicionalmente han sido más difíciles de curar: rara es la necrológica en la que nos dicen que fulanito ha muerto de cáncer, sino que siempre es una “larga y penosa” enfermedad la que “se lo ha llevado”.

Papá Noel o los Reyes Magos son los mitos que alimentan la imaginación del mundo infantil, unos mitos que los adultos nos empeñamos en pasar de generación en generación. La sistematica negación y ocultación de la muerte es el mito con el que esta sociedad pretende no ya alimentar nuestra imaginación, sino nuestro borreguismo, un mito que también es trasladado de generación en generación. Sólo cuando nos enfrentamos cara a cara con la muerte podemos replantearnos nuestra forma de vivir, cuestionarnos los fundamentos de la vida que llevamos o que nos obligan a llevar, darnos cuenta del absurdo de la mayoría de nuestras preocupaciones y prioridades, ver claramente que la única escala de prioridades que nos servirá cuando muramos no tiene nada que ver con la que creemos, o nos hacen creer. Ver a la muerte cara a cara y poder seguir viviendo es el mejor regalo que te pueden hacer, porque cambia por completo tu forma de percibir la realidad y de vivir tu vida. La mayoría de los estímulos con los que la sociedad nos aborrega ya no sirven para nada, porque no son más que unas marionetas a las que les hemos visto los hilos, hemos visto que no son reales, que la vida no está en ellas sino dentro de nosotros, y eso nos hace libres, y ser libres es uno de los mayores pecados que se pueden cometer en esta sociedad que solo quiere dóciles súbditos del todopoderoso dios mercado; esta sociedad donde los derechos del consumidor son más importantes que los derechos humanos; esta sociedad donde se confunde justicia con venganza y donde se jalean los asesinatos con banderitas y gritos patrióticos; esta sociedad que ha renunciado a vivir, al haber negado la propia existencia de la muerte.

Yo no sé lo que hay más allá de esta vida, desconozco lo que hay después de la muerte, pero he tenido la fortuna de encontrarme con la muerte cara a cara cuando, hace 3 años, sufrí un infarto agudo de miocardio. Al compartir mi experiencia con otras personas que también se han enfrentado a ella,  he podido constatar que somos muchos los que valoramos como un verdadero regalo la experiencia de esa nueva visión que tenemos de la vida, esa consciencia de saber que no tienes miedo a la muerte y que solo te llevarás de aquí lo que hayas dado… ¿Vida eterna, paraíso, reencarnación…?   No lo sé. Un monje tibetano me explicó la teoría de la reencarnación de una forma en que la entendí muy bien. Me habló de una vela. Nosotros somos la llama, me dijo, el fuego,  esa llama que está encendida, y nuestro cuerpo es la cera, el cuerpo de la vela que va consumiéndose poco a poco hasta extinguirse. Antes de que se acabe la vela y se apague definitivamente la llama, encendemos otra vela con nuestra llama. La nueva llama empieza a arder, a vivir, y sigue siendo la nuestra, la que le ha dado el fuego, esa nueva llama seguimos siendo “nosotros”.  No así la cera, el cuerpo de la vela, nuestro cuerpo, que se ha consumido y ha quedado atrás.  Al ser esa nueva llama ocupamos un nuevo cuerpo… Es una visión muy alentadora eso de que en el momento de nuestra muerte podamos “encender” otra vida, le dije. Sí, me contestó, pero no olvides que Budha dijo que es más fácil que una tortuga que está en medio de la inmensidad del océano saque la cabeza para respirar dentro de un único aro de madera que flote en el agua, que nos volvamos a reencarnar en un ser humano, y me dió un consejo que siempre he tratado de seguir: aprovecha esta vida que tienes, tu aquí y tu ahora, para crecer…

Quizá nada mejor para acabar esta entrada que escuchar las palabras sobre su forma de ver la vida y la muerte de Raimon Panikkar, uno de nuestros más grandes sabios y excelente persona, que murió hace pocos meses. Escucharle es un verdadero privilegio. Todo en él es paz, es bondad y, sobre todo, es sabiduría…

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Siendo nadie, yendo a ninguna parte…

17 enero, 2010

 

Producto Interior Bruto (PIB), Producto Nacional Bruto (PNB), Renta per cápita, Renta disponible, tasa de desempleo, número de afiliados a la Seguridad Social, índice de confianza del consumidor… cada vez tenemos más y más indicadores de nuestro nivel de vida, de lo que alguien ha dado en llamar nuestra “calidad de vida”, nuestro “bienestar”. No deja de ser curioso que todos esos indicadores pongan únicamente el énfasis en lo que tenemos: la riqueza que tenemos, el trabajo que tenemos, la confianza que tenemos…  Tampoco deja de ser sorprendente que cuanto más rico es un país, o más “avanzado” como dirían algunos, los niveles de depresión, de stress, de  angustia y el número de suicidios de su población son cada vez mayores. Muchas veces no entendemos que pueda ser desgraciado alguien que “lo tiene todo para ser feliz” o que un multimillonario se suicide.

Realmente estamos inmersos en la sociedad del tener y poco o nada queda de la sociedad del ser, pero lo más grave es que parece que ni siquiera nos damos cuenta. Corremos de un lado para otro como pollos sin cabeza para poder pagar la hipoteca o para comprar un coche más grande. Creemos a pies juntillas eso que nos dicen de que tenemos que “llegar a ser”, olvidándonos de que llegar a ser  lo que en realidad significa es que ahora no somos. Hemos caído en la trampa de que la angustia por nuestro futuro o el remordimiento por lo que hicimos o dejamos de hacer en el pasado nos impiden vivir el único momento que realmente existe: el presente. Hemos renunciado a tener tiempo para nosotros mismos, a vivir nuestra vida. Parece que nos hemos olvidado de que la felicidad es algo que depende de nosotros, que no es algo externo, una especie de lotería que el Estado o quien quiera que sea administra arbitrariamente. ¿Cuánto  hace que no vemos a alguien reír abiertamente por nuestras calles? Si visitas cualquier país de los que desde aquí llamamos tercermundistas verás que sus calles están llenas de sonrisas, que sus gentes son inmensamente alegres y felices. Sin embargo, según nuestros indicadores económicos, esas gentes deberían ser mucho más desgraciadas que nosotros: ¡no tienen nada!

Si queréis, podemos invitar ahora al Lama Gyurme para que nos acompañe con “The Tsaok offering”, un viejo mantra tibetano que interpreta junto a Jean Philippe Rykiel:

Cuenta Matthieu Ricard en su maravilloso e imprescindible libro “En defensa de la felicidad” una anécdota que tuvo lugar en el Foro del Banco Mundial que se celebró en Katmandú (Nepal) en Febrero de 2.002. El representante del reino de Bután (un pequeño país del tamaño de Suiza perdido en los Himalayas que sólo tiene tres fábricas y dos almacenes y cuenta con algo menos de un millón de habitantes de los que treinta mil viven en Timbu, su capital) tomó la palabra para señalar que si bien su país no tiene un Producto Interior Bruto muy elevado, cuenta con uno índices de Felicidad Interior Bruta más altos del mundo. Las risas y las carcajadas de los representantes  de los países superdesarrollados inundaron la sala. Los butaneses, acostumbrados a que cada familia tenga sus tierras, su ganado y un telar que les permite ser autosuficientes, les miraron con desolación. Los sabios del Banco Mundial consideraban un atraso las decisiones que había tomado el pequeño reino de Bután: renunciar a la industrialización y al turismo para preservar su cultura y su entorno, y consideraban un atentado contra la libertad del individuo que en Bután se hubieran prohibido cosas como cazar, pescar, talar árboles o fumar. En Bután hay pobreza sí, pero no miseria ni mendigos. Puede que Bután no tenga grandes industrias ni infraestructuras, pero la educación y la sanidad son gratuitas. Quizá no haya millonarios en Bután, pero hay gente feliz y para comprobarlo basta con sentarse en la ladera de cualquier colina y escuchar los ruidos del valle. Oiremos a la gente cantar en la época de siembra, en la de la cosecha, mientras va de un sitio a otro… Como dice Matthieu Ricard, eso es “reflejo del índice de la FIB (Felicidad Interior Bruta). ¿Quién canta en Europa? Cuando alguien canta en la calle o es para pedir dinero o es porque le falta un tornillo. Si no, para oír cantar, hay que ir a una sala de espectáculos y pagar la entrada. Interesarse exclusivamente por el PIB no hace que a nadie le entren muchas ganas de cantar.”

“Siendo nadie, yendo a ninguna parte” es el título de uno de los pocos libros de Ayya Khema editados en nuestro país, y desde luego, como el de Matthieu Ricard, un libro imprescindible si queremos profundizar en el conocimiento y la práctica de la Felicidad Interior Bruta. Monja budista de origen alemán, que pasó su infancia en China y una gran parte de su vida en Extremo Oriente, Ayya Khema es una de las máximas divulgadoras de la filosofía budista en Occidente. Fundó monasterios budistas y centros de enseñanza y meditación por todo el mundo. Fue la directora espiritual de la Buddha- Haus, en Alemania, hasta el día de su muerte, el 2 de noviembre de 1.997.

Con una claridad exquisita, Ayya Khema nos acerca a los conceptos budistas con un lenguaje sencillo y directo que todos podemos entender. Sus libros son una invitación a que recorramos el camino que nos ayuda a superar el dolor y el sufrimiento para llevarnos a alcanzar la felicidad. Son muchas las cosas que nos apartan de la felicidad: nuestro ego, el apego, el deseo, y, por encima de todas ellas, nuestra ignorancia. Inmersos en una vida donde todo es prisa y ruido, donde el silencio ha dejado de existir, donde prevalecen el miedo a perder lo que tenemos y la angustia por no conseguir lo que anhelamos, donde día sí y día también, nos empeñamos en reafirmar nuestras creencias y puntos de vista sobre los de los demás, donde parece que sólo nuestro yo importa, en ese mundo absurdo y sinsentido resuenan con fuerza las palabras de Ayya Khema invitándonos a detener el tiempo, a acallar los ruidos que nos rodean y, sobre todo, nuestros ruidos y voces interiores, esas que siempre confundimos con nuestro verdadero Yo y que no son más que diferentes disfraces de nuestro ego. Y para lograr alcanzar todo eso, Ayya Khema nos acerca a las técnicas budistas de meditación, orientadas en una doble vertiente: a acallar todas esas voces y ruidos para alcanzar la calma mental (shiné), y a profundizar en la visión interior.

Como bien dice Ayya Khema, nuestro mundo está orientado exclusivamente a satisfacer las necesidades, innecesarias la mayoría de las veces, de nuestro cuerpo. Toda nuestra vida gira alrededor de ese objetivo. Un solo vistazo a nuestra casa nos permitirá darnos cuenta de ello: tenemos una cocina donde preparamos y guardamos los alimentos para nuestro cuerpo; un comedor donde los comemos; un salón donde dejamos que nuestro cuerpo se relaje o simplemente en el que buscamos que nos distraigan para evitar pensar; un dormitorio donde dormimos para que nuestro cuerpo descanse y se levante en plena forma al día siguiente; un cuarto de baño donde podemos pasarnos horas al día dedicados al cuidado de nuestro cuerpo, incluso hay quien tiene un gimnasio dentro de su casa para mantener su cuerpo en plena forma…

Pasamos dieciséis horas al día cuidando nuestro cuerpo y las ocho restantes durmiendo para que nuestro cuerpo descanse. Todo gira alrededor de nuestro cuerpo. Sólo nuestro cuerpo importa. Pero ¿y la mente? ¿Qué pasa con ella?

Nuestra mente no deja de pensar ni un solo segundo durante esas dieciséis horas, y sigue trabajando haciéndonos soñar mientras dormimos. No tiene un instante de descanso las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana y los doce meses del año. ¿Cuándo cuidamos nuestra mente? ¿Cuándo la dejamos descansar? ¿Cuánto tiempo dedicamos al día a cuidar nuestra mente?, ¿Cuántos segundos al día conseguimos que deje de pensar y pueda descansar?, ¿Qué lugar de la casa es el que destinamos para cuidar nuestra mente? ¿Qué zona de la casa hemos reservado para tener un espacio de silencio donde podamos meditar? Ninguna.

Si nuestra mente está bien, aunque nuestro cuerpo no lo esté, nosotros nos sentiremos bien, pero por muy en forma que esté nuestro cuerpo, si mentalmente no estamos bien, nos sentiremos enfermos y decaídos. ¿Por qué no cuidar entonces la mente? ¿Tanto cuesta dedicar media hora cada mañana o cada anoche a meditar, a hacer que nuestra mente descanse?

Un gran sabio, Raimon Panikkar, dice que el drama del ser humano actual es que, aunque, en el mejor de los casos, es consciente de su insignificancia en este mundo y de que no es más que una gota de agua de lluvia que cae en el océano, se empeña en creer que es una gota y se angustia porque, al caer en el océano, dejará de existir, y no se da cuenta de que en realidad es agua, y que cuando caiga en el océano se unirá a él, formando parte de todo y por eso no desaparecerá jamás… Las sabias palabras de Raimon Panikkar, de Ayya Khema y de Matthieu Ricard nos ayudan a entender… que solo somos agua.

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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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  • A quien hay que desahuciar es a los políticos y a los banqueros
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