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Cowboy Junkies o la belleza de las baladas tristes

20 noviembre, 2011

Las baladas tristes tienen una magia especial, esa magia que es capaz de llegar hasta lo más hondo de nosotros para hacernos vibrar y sentir que todos los sueños siguen vivos, intactos, esperando a que nos atrevamos a vivirlos. En ellas es el alma la que canta, la que nos susurra suavemente al oído hablándonos de todas las vidas que vivimos y de las que no vivimos, de todos los mundos que construimos y de los que destruimos, de lo que somos, de  lo que fuimos, de lo que podíamos haber sido y, sobre todo, de lo que aún podemos ser. Están escritas desde lo más hondo del corazón y cuentan historias de soñadores y de perdedores que nos son muy familiares, historias que todos conocemos. No tienen fronteras porque son universales; tampoco tienen tiempo, porque son eternas. Traspasando países y décadas vienen y van, incansables. Escucharlas nos hace sentir bien porque nos hacen saber que no estamos solos, que nuestro dolor y nuestro sufrimiento no son únicos ni extraños, que alguien ha sabido ponerles música para compartirlos con nosotros, para cantar juntos nuestras penas y nuestros anhelos. Son canciones para escuchar solos, preferiblemente de noche, bien entrada ya la madrugada, cuando todo, menos nosotros, duerme, tumbados en la cama iluminados por la oscuridad, al helado calor de la desangelada barra de cualquier bar a punto de cerrar, o en cualquier carretera solitaria que nos lleve allí donde habita el recuerdo o el olvido…

Nos hablan como si fuesen amigas de toda la vida. Y lo son porque nos conocen, nos conocen muy bien. Se nutren de historias que, como la tuya o la mía, han tenido momentos de dolor, de esperanzas desechas, de sueños perdidos, de todos los mundos a los que jamás podremos llegar, de trenes que se fueron y de otros que nunca arrancaron, de amores no correspondidos, fracasados, cobardes, o simplemente de amores que podían haber sido y no fueron, de besos no dados, de abrazos negados, de oportunidades desperdiciadas, de derrotas sin remedio, de batallas que nadie podía ganar, de héroes rotos, de caminos sin retorno, de autopistas que no llevan a ninguna parte, de pájaros que jamás se atrevieron a volar porque ni siquiera supieron que tenían alas, y de otros que pasaron su vida en una jaula por miedo a ser libres, de poetas mudos y de pintores ciegos, de cantantes a los que abandonó la voz y de guitarristas que perdieron las manos… Las baladas tristes hablan de eso, de todo eso que los dos conocemos tan bien.

Todos conocemos las desgarradas canciones de Brel, de Piaff, de Cohen o de Waits. Los dueños de las canciones tristes suelen ser cantantes solitarios. No voy a hablar de ellos hoy aquí, sino de un grupo, los Cowboy Junkies que encarnan, como pocos, la infinita belleza del canto del alma desolada. Son canadienses y la semana pasada actuaron por aquí. Fue una serie de conciertos llenos de magia y de duende. Tuve la fortuna de asistir a uno de ellos. Su historia es una historia atípica dentro del panorama musical. A principios de los 70 dos amigos de la infancia de Toronto, Michael Timmins y Alan Anton, empezaron a hacer sus pinitos musicales. Michael tocaba la guitarra y componía, y Alan le acompañaba con el bajo. Formaron parte de algunas bandas que pasaron sin pena ni gloria. Probaron suerte en Inglaterra, pero el grupo en el que se integraron tocaba una música que, como ellos mismos reconocían, no querían ni escuchar. Decidieron regresar a Toronto para buscar nuevos caminos. A ellos se unió Pete, el hermano de Michael, también autodidacta, como ellos, que se encargaba de la percusión. Alquilaron una casa para tocar en el garaje. Lo llamaron Studio 547. Su música iba tomando cuerpo, pero les faltaba una voz solista. Michael, sin dudarlo, pensó en su hermana Margo, a la que le encantaba cantar y tenía una voz maravillosa, aunque nunca había cantado en público.

Margo era formidable, pero se sentía incapaz de cantar en público. Nunca lo había hecho ni tenía intención de hacerlo. Tanto es así que puso como condición, para incorporarse al grupo, cantar solo delante de su hermano Michael. Su invencible vergüenza no le permitía ir más allá. Michael y los demás aceptaron. Con el paso del tiempo Margo fue atreviéndose a cantar delante de los demás miembros del grupo, bautizado desde entonces como Cowboy Junkies (que vendría a ser algo así como Vaqueros Colgados). Pero faltaba  lo más difícil: cantar ante el público. Margo venció aquella dificultad de una manera muy original: cantando de espaldas al auditorio. Lo hizo durante varios años hasta que, poco a poco, fue venciendo su timidez y se atrevió a cantar frente a él. Descubrió que tenía alas y que podría volar. Y decidió volar. La mayor parte del tiempo lo hizo cantando con los ojos cerrados. Lentamente fue atreviéndose a abrirlos, a mirar y a ser plenamente consciente de que era mirada y admirada. Hoy, más de veinticinco años después, tiene un encanto maravilloso en el escenario, un encanto formado a partes iguales por su timidez, su sencillez, su humildad y su melancólica belleza, y no es extraño verla enrollarse durante minutos y minutos al presentar las canciones contando historias al público mirándole directamente a los ojos. Solo el momento justo antes de salir a escena, el interminable paseo que hay desde la entrada en el escenario al micro, se le hace eterno. Para superarlo siempre hace tres cosas que le recuerdan lo que más le gusta, estar en casa: plancha personalmente el vestido que llevará en el concierto, coloca un ramo de flores junto al lugar donde ella cantará, que arregla personalmente tras el telón minutos antes del concierto mientras el público va entrando en la sala concentrándose en el cuidado de las flores en una especie de mantra que la tranquiliza. Y el tercer elemento “hogareño”  que siempre utiliza en sus conciertos es su taza de humeante té, a la que suele acariciar mientras canta y de la que va bebiendo durante toda la actuación. Los acordes de la primera canción le permiten templar sus nervios y entrar, y hacernos entrar, en ese mundo mágico de su voz donde todo, absolutamente todo, es posible.

Sus primeros discos no tuvieron gran repercusión, pero cuatro años después, en 1989, realizaron una grabación en directo ya legendaria: las Trinity Sessions, grabadas en la iglesia de la Trinidad de Toronto en un solo día. Unían, siempre lo han hecho, temas propios, normalmente compuestos por Michael, con versiones de temas de los músicos a los que más admiran: Bruce Springsteen, Bob Dylan, Lou Reed, Neil Young, U2, Townes Van Zandt, Vic Chesnutt, etc. Siempre han imprimido un sello muy particular a sus interpeteaciones. Las Trinity Sessions les colocaron en las listas canadienses y les abrieron las puertas de los Estados Unidos. Desde entonces han sido nueve los álbumes publicados (7 de ellos con material propio), más de cuatro millones los discos vendidos, tienen su propio sello discográfico (Talent records), que les permite mantener su independencia y han permanecido unidos durante todo el tiempo, a diferencia de la mayoría de las bandas, que difícilmente aguantan juntas tantos años. Ellos lo achacan a que tres de sus cuatro componentes, los Timmins, vienen de una familia numerosa y que para ellos estar en los Junkies es como estar en casa. Y el cuarto, Alan, les conoce desde que todos llevaban pantalones cortos y siempre ha sido considerado como uno más de la familia.

Los directos de los Junkies son soberbios, y especialmente los acústicos. La sensualidad de la voz de Margo se eleva sobre la suave guitarra de Michael transportándonos a un manantial de belleza donde todo es claro y cristalino. Escuchar cualquiera de sus temas tocados en acústico es como dejarse llevar por un bosque que despierta con los primeros rayos del alba en el que nos adentramos sabiendo que no estamos solos, que todos nuestros sueños y recuerdos van con nosotros, porque nuestra soledad jamás está sola. También están con nosotros los que ya se han ido, todos esos seres queridos a los que nunca más volveremos a ver, pero sabemos que están ahí, con nosotros, porque viven dentro de nosotros, en lo más hondo, y seguirán vivos mientras nosotros les recordemos. Ese es uno de los poderes más fascinantes de las baladas tristes como las de los Junkies: volver a la vida a los que ya partieron.

La personalidad, la voz y la forma de cantar de Margo son el distintivo de la banda, ese sello que les hace únicos. Sin ella no podría entenderse lo que son los Cowboy Junkies. Dedicarse a la música era algo que jamás había entrado en sus planes. Ella quería casarse, tener siete hijos y vivir tranquilamente en el campo, que era lo que había visto en su casa. Pero no es una mujer que pueda encuadrarse en el arquetipo de “ama de casa” tradicional. Se casó en 1988 con Graham Henderson, un abogado que fue a verles a un concierto y que, desde entonces, ha llevado todos los temas legales y administrativos de los Junkies. Antes de casarse Margo le avisó de una cosa muy importante para ella: que si un día la llamaba Bruce Springsteen y le pedía que se fuera con él, ella se iría. Él acepto. Margo ha versionado muchos de los temas de Bruce, le ha conocido personalmente, pero sigue viviendo feliz con su marido y su único hijo en Toronto y en una vieja  granja centenaria que tienen en Ontario. Aquí tienes la impresionante versión que han hecho de la que para mí es una de las baladas más hermosas que se han escrito jamás: el Thunder Road de Bruce.

Los Junkies viajan en autobús cuando van de gira. En su web www.cowboyjunkies.com (maravillosa, por cierto) puedes ver sus comentarios sobre sus vivencias cuando están en la carretera. Sus comentarios sobre su reciente visita a nuestro país no tienen desperdicio. En esa web que te recomiendo no dejes de visitar, encontrarás toda su discografía, sus historias, algunos temas inéditos (no te pierdas las exclusivas que tienen en acústico y, sobre todo, el cd que ha grabado Margo en solitario, Margo´s corner, con temas de Cat Steves, Bruce, Leonard Cohen, etc)

La belleza está en todas partes, incluso en el dolor, como demuestra la música de los Junkies, que son capaces de transformar la tristeza en consuelo, lo más doloroso en lo más hermoso. Es el sufrimiento el que nos hace crecer. Aprendemos de nuestros errores, no de nuestros aciertos. Por eso las lágrimas son para el hombre lo que el agua es para los árboles. Puede que en el sufrimiento no haya felicidad, pero sí hay esperanza, esa esperanza que nos empuja a levantarnos y a seguir adelante. Las baladas de los Junkies hablan de caídas, sí, pero también de personas que, por encima de sus heridas, son capaces de levantarse y de caminar de nuevo. Entre sus temas propios hay uno compuesto por Margo que es una verdadera maravilla: Misguided Angel, el ángel descarriado. Aquí lo tienes.

Actualmente están inmersos en la grabación de las Nomad Series, una colección de cuatro cd´s de los que ya han grabado los tres primeros (Renmin Park, Demons y Sing in my meadow). Renmin Park, el primero, recoge las experiencias que Michael vivió durante la temporada que pasó  con su familia viviendo en China junto a otros músicos. Es la experiencia de un hombre extraño en un mundo desconocido y de cómo, conforme se superan los miedos y nos atrevemos a conocer a los demás, podemos avanzar.

Los Cowboy Junkies son gente sencilla que recorre el mundo con sus canciones, asombrándose y disfrutando de todo lo que ve. Gente que, al acabar sus conciertos, sale al hall para charlar personalmente con el público, su público, un público que esa noche ha escuchado el susurro del alma…

Y puede que nada mejor para acabar esta entrada que la fabulosa versión que Margo hace del Dance me to the end of love del maestro por excelencia de las baladas tristes, Leonard Cohen. Pura alma, pura sensibilidad, una irresistible invitación para soñar… y vivir nuestros sueños.

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“Libertad”

13 noviembre, 2011

¿Somos realmente libres?, ¿Qué entendemos por libertad?, ¿Qué es la libertad? Eso de poder hacer lo que quieras mientras no molestes a otro suena muy bien, pero ¿somos realmente libres para poder hacer lo que queremos? ¿Hasta qué punto el no querer defraudar, hacer daño o simplemente querer epatar a los demás condiciona nuestras decisiones? ¿Hasta qué punto la genética, la educación recibida, la religión, el entorno familiar, el social, el cultural, el político, el económico o el laboral condicionan nuestra libertad? ¿Somos realmente libres en un mundo en el que a diario nos bombardean con mensajes, amenazas y consignas que pretenden impedirnos pensar y con ello condicionar nuestras decisiones? ¿Es libre nuestro pensamiento, un pensamiento estructurado y desarrollado desde nuestra infancia conforme a unas reglas establecidas que no hemos elegido nosotros? ¿Es la libertad un concepto individual o social? ¿Podemos ser libres viviendo en una sociedad que no lo es, o es la sociedad la que debe ser libre para que podamos vivir felizmente en ella? ¿Podemos ser libres mientras los que nos rodean no lo son? ¿Qué es libertad de expresión en un mundo dominado por unos medios de comunicación concentrados en pocas manos a los que la inmensa mayoría no tenemos acceso para expresar lo que sentimos? ¿Qué clase de libertad es aquella que nos dicen que tenemos en un sistema donde todo está absolutamente controlado, legislado y decidido de antemano por otros? ¿De verdad creemos que somos libres en un mundo regido por bancos y grandes corporaciones multinacionales donde los políticos no son más que tristes títeres a los que nos dejan elegir (y a duras penas) una vez cada cuatro años para que pongan la cara y puedan esconderse tras ellos los que de verdad mueven los hilos que condicionan nuestras vidas? ¿Pueden coexistir libertad y propiedad privada, libertad y Estado? ¿Somos más libres ahora que en cualquier momento pasado de nuestra historia? ¿Cómo ha afectado a nuestra libertad el 11S?

Si quieres, Paradise de Bruce Springsteen puede ser una buena opción para acompañarnos en esta entrada

Estas, y otras muchas, son las preguntas que me he hecho leyendo el libro “Libertad”, de Jonathan Franzen, cuya traducción acaba de aparecer en España. Franzen compagina su labor de escritor con su compromiso con la defensa del medio ambiente y el cuidado de las aves en peligro de extinción. Considera que la relación entre el autor, el texto y el lector debe ser erótica, porque si uno no ama lo que escribe es mejor no escribir. Declara que han sido las escritoras las que le han enseñado a escribir, a meterse a fondo en los temas y las pasiones, a llevar a sus personajes corrientes a situaciones límite. También aborrece la televisión: “Vivimos en una época que margina de modo fulminante a quien se niega a participar en los rituales de la cultura de masas. Si en lugar de pasarse ocho horas pegado al televisor decide uno invertirlas en leer a Joseph Conrad, se tiene la sensación de que nos hemos quedado peligrosamente aislados. La posibilidad de sentirse aislado, verdaderamente abandonado por el resto del mundo, es hoy día mayor que nunca. Las cosas funcionan de tal modo que lo llevan a uno a sentirse así. Pero hay que saber estar solo. Una de las razones por las que muchas veces apago la televisión y cojo un libro es porque la televisión me hace sentirme solo y alienado, mientras que si leo un buen libro me siento acompañado. Me acerca a otra gente que ve y siente el mundo de manera parecida a mí. El hecho de que hoy día la lectura esté amenazada por la cultura de masas hace que me plantee si verdaderamente llevamos una vida que podamos considerar nuestra. Se trata de ser individuos con identidad propia, con una historia que es la nuestra y no una historia producida desde fuera. Ésa es una de las funciones primordiales de la literatura: nos permite no ser masa, sino individuos realizados, en posesión de una historia verdadera, auténtica, decidida por nosotros mismos… Somos las historias que somos capaces de contar y de encarnar” Franzen está considerado como uno de los novelistas más importantes de la narrativa norteamericana actual. No les falta razón a quienes así le consideran.

“Libertad” nos cuenta, a través de la vida de una familia de clase media americana, los Berglund, los cambios que ha vivido la sociedad norteamericana en las dos últimas décadas. A través de Walter, el padre de familia, vemos cómo los ideales de juventud, aquellos ideales utópicos de justicia social y defensa de la ecología que impulsaban su forma de pensar, se van marchitando con el paso del tiempo y de la vida. Poco a poco aquellos valores se van diluyendo en esta sociedad donde todo vale. El engaño, el autoengaño es la defensa tras la que se escuda para no enfrentarse a sí mismo. Y ese deterioro de valores, de convicciones, de ideales, le aparta cada día más de la felicidad. Patty, su esposa, es una mujer marcada por su infancia que vive su juventud centrada en la práctica del deporte hasta que una lesión la aparta definitivamente de él y debe buscar de nuevo su lugar en el mundo, una búsqueda que la acompañará durante toda su vida, una vida en la que deberá aprender que no es lo mismo querer que amar, y que sexo, amor, pasión y cariño no son necesariamente sinónimos. Jessica, la hija, intenta sobrevivir como puede aferrándose a los ideales que perdieron sus padres. Huye de los conflictos, aunque su intento por evitarlos resulte inútil. Joey, el hijo, es el más independiente de la familia. Desde muy niño ha mantenido un duro pulso con sus padres, un pulso que le lleva a abandonar el hogar familiar desde muy joven. Parece empeñado en querer encontrar su lugar en el mundo negando el de sus padres. Y, sobrevolando a todos ellos, nos encontramos con la figura de Richard Katz, el íntimo amigo de Walter, el frustrado amor de Patty, un músico bohemio y mujeriego que, harto y desilusionado del mundo que le rodea, intenta vivir el presente sin que nada más le importe. Todos ven en él a un hombre libre aunque, en realidad, él sabe perfectamente que, a pesar de  vivir contra corriente, en el fondo no lo es. Novela poliédrica, muy en la línea de la gran literatura rusa a la que Franzen tanto admira, nos muestra el deterioro de la sociedad norteamericana a través de la mirada de cada uno de estos cinco personajes. En las páginas del libro nos metemos en la piel de todos ellos, los sentimos, los vivimos, sabemos cómo piensan y cómo sienten, lo que dicen y lo que callan…

El matrimonio Berglund es un matrimonio como otro cualquiera. Pasado el tiempo de la pasión, debe enfrentarse a las dificultades de la vida en común, a la rutina de la vida cotidiana, a los problemas de ese día a día que, tozudos, van haciendo mella en su personalidad y en su relación. Son muchas las cosas que aparecen a lo largo de la novela: los abrazos no dados, los sueños rotos, la incomprensión del otro, el inevitable desengaño que sucede a la idealización que hacemos del otro, la falta de comunicación, las diferentes evoluciones de uno y otro a lo largo del tiempo, la infidelidad, el distanciamiento, la relación con la familia política y con los amigos, la búsqueda de la felicidad, la nostalgia de las vidas no vividas, el alejamiento de los hijos, los enfrentamientos con ellos y con su forma de ver y de querer vivir la vida, el peso de las decisiones, a veces aparentemente intrascendentes, que tomamos cada día, qué pasa con la muerte, con el hecho de envejecer, qué pasa con esa terrible sensación de fracaso que tenemos…

¿Debemos renunciar a nuestros sueños, a nuestros más profundos anhelos, porque nuestros hijos o nuestra pareja nos lo exijan? ¿Esa exigencia, es amor o egoísmo? ¿Qué saben ellos de nosotros, de lo que verdaderamente pensamos y sentimos? ¿Qué sabemos nosotros de ellos? ¿Qué queda de la pareja cuando los hijos se van? ¿Debemos renunciar a un nuevo amor, a un volver a empezar, a una nueva posibilidad de vivir nuestra vida de otra manera, cuando sentimos que nuestro amor se ha acabado y que el proyecto que queríamos construir carece ya de sentido? ¿Debemos luchar por él? ¿Hasta cuándo? ¿Qué es amar? ¿Dar es renunciar? ¿De verdad sabemos amar?

En un mundo cambiante, un mundo radical y cruelmente cambiado por los atentados del 11S y las guerras que propiciaron, un mundo donde valores como solidaridad, generosidad, altruismo o dignidad han ido cediendo irremisiblemente el paso a conceptos como egoísmo, seguridad, aislamiento o violencia, ¿cómo sobrevivir sin renunciar a ser uno mismo? ¿adaptarse a él no es negarnos a nosotros mismos? ¿y hacerlo condicionalmente, tratando de justificarnos ante nuestra conciencia, es suficiente o no es más que un bálsamo para nuestro dolor? ¿Qué queda de nuestros ideales de juventud, aquellos por los que estábamos dispuestos a luchar y a dar la vida? ¿Podemos de verdad ser felices habiéndolos cambiado por una hipoteca?

La relación de pareja no es fácil, nunca lo ha sido. Como dice Bruce Springsteen, la relación entre hombre y mujer, amor y sexo, es difícil, es complicada, pero.. necesaria.  Y, ¿cómo crearla y mantenerla en una sociedad orientada a la lucha fraticida del todo vale, a las prisas y la constante falta de tiempo,  a la descarnizada competición por llegar a lo más alto? Mientras sigamos inmersos en esa lucha difícilmente lo podremos conseguir. Y, hasta que llegue el día en que la superemos, se avecinan fríos días de tormenta: ¿qué trabajo es más importante de los de cada miembro de la pareja? ¿El de él? ¿El de ella? En caso de tener que elegir, ¿a cuál de los dos renunciaríamos? ¿Es ético dar prioridad al trabajo de él sobre el de ella, o al de ella sobre el de él? Walter y Patty optan por dar prioridad desde el principio al de uno de los dos y eso marcará las vidas de ambos para siempre.  Y si eso pasa con el trabajo, ¿qué ocurre con aquellas actividades que queremos llevar a cabo para defender nuestros ideales, para intentar hacer de este mundo un mundo mejor? ¿Es justo dedicar nuestro tiempo y nuestra energía a mejorar el mundo robándoselo a nuestra familia? Y, a la inversa, ¿es justo que, pudiendo hacer algo por mejorar este mundo, renunciemos a hacerlo para dedicar nuestra atención a la familia? En una sociedad cambiante, una sociedad en la que todo fluye y lo hace tan rápidamente, esas actividades sociales o solidarias son más necesarias que nunca y no tienen un horario ni un calendario fijo. Sería más fácil decir “dedico tantas horas a la semana a ellas y el resto a la familia”, pero la realidad no es así, ni puede serlo. Y la soledad, la necesidad de estar solos en determinados momentos de nuestras vidas, ¿es un derecho que, acaso, hemos perdido?

Duele, y mucho, oír a un hijo o a tu pareja decirte que no le has dedicado la atención que necesitaba, el tiempo que quería, que no te ha sentido a su lado en sus momentos más difíciles, que tú no estabas allí. Y eso es algo que tanto Walter como Patty tienen que oir más de una vez. Pero también duele, y mucho, mirarte en un espejo y ser consciente de que no has vivido la vida que tú querías, que las responsabilidades, reales o innecesarias, han acabado con todos tus sueños, o que podías haber hecho algo por los demás, por mejorar sus vidas, por solucionar sus problemas, y que no lo has hecho. ¿Ser padre o tener una pareja implica necesariamente renunciar a ser uno mismo? Cuando la elección es ver un partido de fútbol con los amigos o hacer los deberes con tu hijo, no es difícil ver dónde está el amor y dónde el egoísmo, pero cuando se trata de ayudar, aunque sea indirectamente, a víctimas inocentes que están sufriendo y cuyo sufrimiento puedes aliviar, o ir al cine con el hijo, surge el problema. Para ti está claro que debes ayudar a quien más te necesita en ese momento, pero para él, muchas veces, no, porque tiene una visión diferente a la tuya, porque no vive lo que tú vives, porque no sueña lo que tú sueñas, ni piensa lo que tú piensas. Y con la pareja, muchas veces, ocurre exactamente lo mismo, porque no nos conocemos, aunque hayamos convivido durante años, porque no sabemos lo importante que para el otro puede ser una cosa que para nosotros no lo es. ¡Y es tan difícil ponernos de verdad en el lugar del otro y respetar sus decisiones! Casi tanto como aprender que la culpa de nuestros problemas no la tienen siempre los demás y que somos los únicos responsables de nuestras decisiones. Es muy fácil culpar de todo a los demás. Lo verdaderamente difícil es aceptar las consecuencias de nuestras decisiones, responsabilizarnos de ellas y ser consecuentes con nuestros actos.

“Libertad” es también una invitación a la reflexión sobre el paso de la vida, sobre lo que hacemos con ella. De hecho su propia estructura con un constante crescendo recuerda mucho a la de la vida, un crescendo que siempre deja abierta la puerta a la esperanza. Las últimas páginas del libro están llenas de sensibilidad y de sabiduría. Conforme avanza la vida llega un momento en el que por primera vez tienes una sensación que ya no te abandonará nunca: sabes que es algo que se puede acabar en cualquier momento. A partir de entonces empiezas a mirar atrás y a preguntarte qué has hecho con ella. Y lo haces siendo plenamente consciente de que cada cumpleaños que llega no significa que tienes un año más, sino que te queda un año menos. No te entran urgencias, ni angustias vitales, porque aunque el tiempo pasa cada vez más rápido, tu proceso mental es lento, muy lento. Pero sí tienes la sensación de que cuando llegue el momento de la verdad y mires atrás, habrás dejado muchas, demasiadas, cosas por hacer. Tus prioridades cambian. Ya no pretendes cambiar el mundo. Te contentas con intentar que él no te cambie a ti. Sigues sintiendo con la misma fuerza y la misma pasión con la que sentías a los quince. A veces te sientes incluso como cuando los tenías. Pero la vida está llena de espejos que te devuelven a la realidad. Walter y Patty los conocen todos. Peor sería, sin duda, haber perdido la capacidad de apasionarte, de emocionarte, de entusiasmarte por las personas y las cosas. Eso sería haber muerto en vida. Duele mucho ver ahí, juntos, todos los trenes que has perdido en tu vida. Muchos prometían viajes y destinos apasionantes, otros no llevaban a ninguna parte, pero cuando los ves no puedes dejar de pensar en porqué no los cogiste. Puede que, al final, haya sido la vida la que ha elegido por nosotros, o que todas esas pequeñas y grandes decisiones que tomábamos, a veces casi sin darnos cuenta, sean las que nos han llevado a estar donde estamos y a ser como somos. De nada sirve culpabilizarse o arrepentirse. La vida es como un viaje. Hay quienes llegan a la estación y compran el billete para el primer tren que salga, sin importar adónde va; hay quienes se cuelan sin billete en el tren y saltan de uno a otro hasta llegar a su destino; hay quienes llegan con el tiempo justo para coger el tren que quieren, hay quienes se bajan en la primera parada, o quienes duermen durante todo el viaje,  y hay quienes se pasan años planificando y estudiando ese viaje, qué paradas hará, dónde comerán, qué comerán, que visitarán, qué imprevistos podrían encontrar…  En cualquier caso, lo importante no es el tren que hemos cogido, ni porqué lo hemos cogido, ni cómo lo hemos cogido, lo verdaderamente importante es lo que somos capaces de vivir en él. Hay que aprender a disfrutar el momento, a disfrutar de nuestro viaje cada instante que vivimos, y hacerlo aceptándonos como somos, con nuestros defectos e imperfecciones. Aceptarse no es claudicar ni rendirse, sino concentrarnos en jugar las pocas cartas que nos quedan en la partida de la vida y jugarlas lo mejor posible. Es una partida que todos perdemos, porque en ella nadie puede ganar, así son las reglas. Pero es una partida apasionante en la que, si tenemos la audacia de jugar libremente y sin miedo, de jugar abiertamente, podemos obtener tantas satisfacciones como vidas nos hayamos atrevido a vivir. No se trata de ganar la partida, ni siquiera de alargarla. Se trata de disfrutarla intensamente y de hacérsela disfrutar a los demás mientras dure. El resultado de la partida es algo que dependerá de las cartas que nos han tocado, desde luego, pero también de cómo las hayamos jugado. ¿No es exactamente eso mismo lo que pasa con la libertad?

Franzen sabe muy bien de lo que habla en sus libros. Abandonó la universidad para dedicarse a la literatura. Sus dos primeros libros fueron un auténtico fracaso. Pero él siguió escribiendo, jugando su partida. Estuvo a punto de rendirse, pero no lo hizo y decidió jugar sus cartas:  “El amor me motiva más que nada en este mundo. Pasé gran parte de mi juventud luchando con lo que estaba bien o estaba mal, obsesionado con mis prioridades. Ahora que tengo 52 años y soy consciente de mis limitaciones, me encuentro que ayudando a algo tan adorable como un pequeño gorrión soy capaz de cumplir con una de las numerosas causas que exigen nuestro compromiso en este mundo, y ser feliz gracias a ello. Será la edad…” En sus libros nos plantea cuestiones eternas como quiénes somos, adónde vamos, qué se esconde detrás de nuestros sentimientos más profundos, qué nos frena a seguir nuestros impulsos… Él no juzga, no condena, simplemente nos cuestiona nuestras más profundas convicciones, se pregunta por nuestro lugar en el mundo y nos deja una puerta abierta a la esperanza. En sus libros, como en la gran literatura, no hay respuestas, sólo preguntas. Preguntas y esperanza. Es a nosotros, los lectores, a quienes nos corresponde buscar las respuestas, esas respuestas que viven en el viento, en la caricia de una persona amada o, quizá simplemente, en la  fugaz mirada de una persona desconocida…

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Sean Penn

31 julio, 2011

Sean Penn es, sin duda, uno de los mejores actores contemporáneos. Es un actor intenso y muy versátil. Capaz de encarnar todo tipo de personajes dotándolos de un sinfín de registros que pueden ir desde la dureza más despiadada hasta la más extrema vulnerabilidad, todo en él rezuma verdad. El fuerte compromiso social y con los derechos humanos que siempre le ha caracterizado en su vida personal ha influido muchas veces a la hora de elegir sus papeles y, a la inversa, a la hora de que los productores no quisieran proponérselos. Estuvo junto a las víctimas del Katrina en Nueva Orleans, visitando Irak para informarse de primera mano de lo que pasaba allí y para desenmascarar las mentiras que ayudaron a declarar aquella guerra, una guerra a la que Penn se opuso con todas sus fuerzas, fue de los primeros en estar con el pueblo de Haití, para cuya ayuda ha creado una ONG que abastece de ayuda humanitaria a un poblado de 55.000 personas que lo han perdido todo, defiende en EEUU a Hugo Chávez y a Fidel Castro de los ataques y la manipulación de los políticos y de la prensa. Ciertamente Sean Penn es un hombre comprometido a fondo con todo lo que cree, al que nunca le ha temblado el pulso a la hora de defender sus ideales y su forma de entender la vida.

Aquí le puedes ver en el tráiler de Mystic River, dirigida por Clint Eastwood, encarnando a ese padre desesperado porque han asesinado a su hija adolescente, que le valió su primer Oscar.

 

Nacido en California en 1960, hijo de madre de origen italoirlandés y de padre de origen judío sefardita (de hecho su apellido antes de americanizarlo por Penn era Piñón), se educó en un ambiente familiar progresista que hizo que su padre fuese incluido en los años 50 en la temida lista negra del senador Mcarthy, cuya caza de brujas aterrorizó al mundo de Hollywood. El hecho de que su padre fuese director y guionista, su madre actriz y ambos tuviesen ideas progresistas marcó su adolescencia y su forma de ver y de querer vivir la vida. Su primera aparición frente a la cámara fue en 1974, precisamente en un episodio de la serie de tv “La casa de la pradera” dirigido por su padre. En 1980 estuvo a punto de protagonizar la película “El lago azul”, pero no fue hasta un año después cuando debutaría en el mundo del cine con la película “Taps” (Más allá del honor), donde también haría uno de sus primeros papeles un joven actor desconocido entonces: Tom Cruise. Un año después encarnó a un surfirsta (el surf era una de sus grandes pasiones) en “Aquel excitante curso”.

A lo largo de su carrera ha encarnado a todo tipo de personajes. En esta breve recopilación puedes verle en algunos de ellos.

 

Si en los primeros 80 Sean Penn era un joven actor que prometía, su vida privada pronto fue motivo de carnaza para los paparazzi estadounidenses. Sus relaciones con actrices como Elizabeth McGovern, Susan Sarandon o Pamela Springsteen, la hermana de Bruce, con la que había coincidido en el rodaje de “Aquel excitante curso” y unos cuantos amores más, dejaron paso a sus cuatro años de turbulento matrimonio con Madonna, con escándalos y peleas con los paparazzi que le llevaron a la cárcel. Tras Madonna llegaría la relación más larga que se le conoce, con la también actriz Robin Wright, la protagonista de “La princesa prometida”, con la que ha estado unido durante casi 20 años.

Penn es un hombre culto, inquieto por lo que ocurre en el mundo, comprometido (su frase favorita es la de Doctorov sobre el artista, de quien dice que debe conocer el mundo en el que vive) y, por encima de todo, amigo de sus amigos, entre los que se encuentran personajes tan célebres y dispares como Charles Bukovsky, Bruce Springsteen, Robert de Niro (de quien dice que es actor gracias a él), Jack Nicholson, Johnny Depp, John Malkovich, el recientemente fallecido Dennis Hopper…

Como actor ha trabajado a las órdenes de los directores más representativos de la historia del cine de las últimas décadas: Clint Eastwood, Terrence Malick, Woody Allen, Brian de Palma, Alejandro González de Iñárritu, Tim Robbins, Oliver Stone…

En esta secuencia puedes verle en el papel del asesino confeso de una adolescente en el momento de enfrentarse a la muerte de “Dead man walking” (“Pena de muerte”), dirigido por Tim Robbins basado en un caso real. Susan Sarandon, por entonces esposa de Robbins y antiguo amor de Penn, encarna a la hermana Helen Prejean, que luchó hasta el último momento porque le conmutasen la pena y le salvasen, sobre cuya vida se basa la película.

 

Sean Penn siempre se ha caracterizado por llamar a las cosas por su nombre y por dar la cara por los más desfavorecidos. Es uno de los actores norteamericanos más progresistas y que más causas humanitarias ha apoyado realmente. Sus ataques al presidente Bush por la guerra de Irak y su política neoliberal fueron célebres, llegando incluso a comprar una página en el New York Times para publicar una carta personal, como ciudadano americano y padre de dos hijos, oponiéndose a la guerra. Solía colaborar haciendo reportajes y publicando artículos de opinión en el San Francisco Chronicle hasta que, harto de que calificaran sistemáticamente a Hugo Chávez de dictador a pesar de ser el presidente que más elecciones democráticas ha ganado en toda América (incluida la del Norte y la del Sur), escribió una carta pública de dimisión que fue publicada por el periódico. Aquí le tienes diciendo abiertamente lo que opina del Presidente Bush y su política

 

Y si como actor Penn está considerado como uno de los mejores de su generación y del cine actual (no en vano ganó un nuevo  Oscar por su impresionante papel del político gay Harvey Milk en “Milk”), otros campos del mundo del cine también han llamado poderosamente su atención. Polifacético como pocos, no tardó en dar el paso a la dirección. Fascinado por una canción de su buen amigo Bruce Springsteen (Highway Patrolman), que cuenta la historia de dos hermanos completamente opuestos, Penn escribió una historia y la dirigió: “The indian runner” (“Extraño vínculo de sangre”). Su película respeta incluso los nombres de los tres protagonistas de la canción de Bruce: Joe, Frank y Maria. Aquí tienes la canción sobre la que Penn hizo la película.

 

En “The indian runner” Penn plantea la historia de Joe y Frank Roberts, dos hermanos que representan el bien y el mal, el orden y la violencia, en una escalofriante historia sobre los lazos familiares y la imposibilidad de ayudar a quien no quiere dejarse ayudar. El formidable talento de Penn para seleccionar a los actores y actrices de sus películas le llevó a contratar al en ese momento (1991) casi principiante Viggo Mortensen. Su físico y su forma de actuar encajaban bien en el personaje de Frank, el bala perdida, pero Penn consideraba que le faltaba un puntito de maldad que consiguió que adquiriese al hacerle convivir durante varias semanas con el jefe de los “Ángeles del infierno”,  un violento grupo de moteros a quien conocía Penn y que le enseñó unas cuantas  cosas sobre lo que pueden ser de rudas las maneras. En esta película también trabaja otro de los actores fetiche de Penn y, cómo no, gran amigo suyo: Dennis Hopper

 

Penn se ha puesto tras las cámaras en varias ocasiones, y siempre para contar historias que le son cercanas. La última ha sido “Into the wild” (“Hacia rutas salvajes”), que cuenta la historia real de Christopher McCandless, que tras licenciarse en la universidad como querían sus padres, harto de una sociedad vacía que no entiende ni le entiende,  decide abandonarlo todo y emprender un viaje en solitario por Estados Unidos para conocerse a sí mismo. Sin dinero ni tarjetas de crédito, a dedo y quedándose a vivir donde encuentra trabajo, el viaje de McCandless le lleva hasta su gran sueño: Alaska. Nuevamente el talento de Penn a la hora de hacer el casting de sus películas queda patente con la presencia de Christine Stewart, que poco después se haría mundialmente famosa al protagonizar Crepúsculo. La fotografía, el montaje y la música de esta película son verdaderamente geniales.

 

Uno de los trabajos más sutiles e interesantes de Penn como director es el corto que dirigió para la película sobre los atentados del 11-S. Interpretado por el inolvidable Ernest Borgnine, el corto de Penn es una metáfora sobre la vida y la muerte, sobre la caída de los imperios y la resistencia de los seres humanos, sobre el amor que vence a la muerte, sobre la belleza que hay más allá del dolor…Aquel día cambió el mundo. Tres mil personas murieron en las Torres Gemelas; cientos de miles morirían después en las guerras que los EEUU utilizaron como excusa para invadir Afganistán e Irak; aquel día nació un nuevo orden mundial que ha avasallado valores como justicia y libertad a cambio de una falsa promesa de seguridad y un nunca ocultado instinto de venganza. Fueron muchas, demasiadas, las cosas que cambiaron para siempre aquel día…

 

 

Quiero acabar esta entrada con la que para mí es una de las mejores secuencias de Penn como actor. Pertenece a “Mystic River” y es un mano a mano con otro de los grandes, Tim Robbins, que precisamente le había dirigido en “Dead man walking”. Si allí veíamos a Penn como el asesino que iba a ser ajusticiado, ahora le vemos como el padre destrozado porque han asesinado a su hija. El amor, el dolor, la impotencia, la rabia, la esperanza… todo está en esta verdadera lección de interpretación que nos da Penn en esta secuencia.  Eastwood, el director, refuerza la tensión dramática de la escena  acercando el plano progresivamente hasta llegar al primer plano de Penn y un plano algo más abierto de Robbins, con unos planos de escucha soberbios, y Penn, conforme avanza el dramatismo de la secuencia, empieza a lllorar, a apoyarse en el movimiento de sus manos y, sobre todo, a utilizar más la mirada fuera de cuadro, esa mirada perdida hacia donde el espectador no ve, esa mirada hacia la ausencia, hacia ninguna parte, hacia el vacío, hacia la evocación de su hija muerta… Una verdadera joya de tres magníficos actores que dan lo mejor de sí mismos: dos frente a la cámara y uno tras ella. No he podido insertar la secuencia porque su inserción está desactivada. Para verla tendrás que hacerlo a través del enlace. No te la pierdas.

http://youtu.be/X2IVcilynLI

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Tom Waits

9 enero, 2011

Hoy quiero hablarte de un personaje fascinante e irrepetible: Tom Waits. Su vida podría ser la de cualquier personaje de una novela de Bukovski, y sus canciones, esas canciones que canta con la voz desgarrada y rota, son desesperados mensajes lanzados en una botella al mar por un náufrago de esta sociedad a la que no entiende ni perdona. Nacido en California en 1949, es hijo de un músico aficionado a la bebida, las tabernas, el folk y los mariachis, que le abandonó cuando tenía diez años, pero que le hizo el mejor de los regalos que alguien podía hacerle: descubrirle la música. Fue con él con quien aprendió a tocar la guitarra y a cantar las canciones de Woody Guthrie y los corridos mejicanos. Sustituyó la ausencia de su padre adoptando como padres musicales a algunos de sus ídolos, como Louis Armstrong, o Nat King Cole. A los 18 era ya el vivo retrato de su padre, un viejo de voz ronca que deambulaba por cualquier bar donde hubiera un piano y una buena botella de whisky. “Mi padre era pura rebeldía”, ha declarado en alguna ocasión. Y rebeldía es lo que siempre ha sido Tom Waits, un ser que vive a contra corriente y ajeno a cualquier moda. Para abrir boca te propongo que nos acompañe, si quieres, con una de sus baladas más melancólicas: Broken Bicycles.

 

Influenciado por las lecturas de la generación Beat, con Burroughs y Kerouac a la cabeza, Waits es un contador de historias de perdedores urbanos, de historias que huelen a alcohol, a mujeres y a nicotina, de historias de madrugadas y de noches que no acaban. Si desgarrada es su voz, sus letras lo son aún mucho más. En junio de 1970, en una de esas interminables noches en las que actuaba en el club Troubador, de Los Ángeles, fue descubierto por Herb Cohen, mánager de Frank Zappa, que le contrata como telonero de su gira.  Waits, que en aquella época vivía en su propio coche porque no tenía donde caerse muerto, aceptó, aunque sus recuerdos de aquella historia no son muy gratos: “Era como una experiencia religiosa. Como si me tiraran a los leones. Creo que Zappa me estaba usando como un termómetro rectal, claro que no en un sentido literal, jaja, sino para medir la temperatura del público, gente muy melómana. Cuando terminaba me preguntaba: “Hey, Tom, ¿cómo está la gente hoy?”. Era una situación tristísima, pero pensaba: el show bussines es así y estoy pagando el piso. Así desarrollé un gran sentido del humor.”

En 1973 graba su primer album (Closing time), al que han seguido 23 más. Nunca ha sido un compositor de grandes éxitos, pero muchos de los grandes (The Eagles, Bruce Springsteen, Rod Stewart, Patty Smith, Diana Krall o Everything but the girl) han versionado varios de sus temas. Su ídolo es Bob Dylan, sin duda, y tiene una gran amistad con Keith Richards, que le ha acompañado en más de una ocasión a la guitarra y del que confesó que era incapaz de seguirle en su ritmo tóxico. En su música conviven el jazz, el blues, el country, el swing, el folk, el cabaret, Kurt Weill y el tango, en una simbiosis personal y única que hace de Waits un compositor inclasificabale. Y si sus temas son tan difíciles de clasificar, qué decir de sus directos, absolutamente únicos y siempre sorprendentes. No se prodiga en giras ni en conceder entrevistas o promocionar sus discos (“la verdad, prefiero quedarme en casa con mi mujer”). En los ochenta colgó las botas de la mala vida y dejó la bebida. Se casó con Kathleen Brennan, con quien tiene tres hijos y a quien dedicó  la canción “Jersey girl”, versionada también por Bruce Springsteen. Ahora Waits es un hombre de familia, un tanto particular, pero hombre de familia al fin y al cabo: “Mi hijo es el batería de la banda y se queja de que le pago poco…”

Hasta 2008 no actuó en España. Lo hizo por primera vez en el Kursaal de San Sebastián para presentar su triple album “Orphans”, un álbum que había presentado a la prensa estadounidense en una cafetería de carretera en medio del desierto de Nevada. Su relación con las canciones es como una historia de amor y seducción: “A todos nos gustan las canciones; lo importante es que a ellas les gustes tú. Por eso debes coquetearles, hacerte el interesante, para que se queden contigo. Pero es un lío mantenerte atractivo todo el tiempo para que no nos abandonen. Hay que seducirlas, pero no sé si lo he aprendido, a pesar de los años. Uno no debería tenerse tanta confianza. Uno hace canciones solo cuando ellas desean que lo hagas…”  

Escuchar la música de Waits, esas historias llenas de aguardiente y derrota, no puede hacerse sin ensimismarte en ella, debes dejarte llevar, dejarte seducir por esa voz ronca que te guía por los caminos de la oscuridad y de la noche para contarte todos sus secretos. Waits es un crooner sí, y también es ese barman de toda la vida que te conoce y que cada noche te espera solitario en su barra, porque sabe que tarde o temprano vendrás, porque siempre vuelves cuando tienes ganas de hablar con alguien o, simplemente, de que alguien te cuente una historia, no importa cual ni de quien, porque siempre conoces a alguien que podría haberla vivido…

Otra de las facetas artísticas de Waits es su labor como actor. Debutó en 1978 en un pequeño papel en una película para la que había escrito el tema principal de la banda sonora: “La cocina del infierno”, de Sylvester Stallone. Su mujer había sido colaboradora en muchas de las películas de Francis Ford Coppola, a quien le unía una gran amistad, amistad que Waits también hizo suya. De esta relación surgieron muchas ocasiones de colaborar como compositor de bandas sonoras (“Corazonada”) y como actor (“Rebeldes” o “La ley de la calle”). También trabajó como actor en “Cotton Club”, “Drácula”, “Vidas cruzadas”, “Domino”, ”El imaginario del doctor Parnassus” y la última, “El libro de Eli”. Mención aparte merecen las tres películas de su amigo Jim Jarmusch en las que también actuó o compuso la banda sonora: “Bajo el peso de la ley”, “Coffe and Cigarrettes”  y “Noche en la tierra”.

Aquí le podéis ver en el trailer de “El imaginario del doctor Parnassus”, de Terry Gilliam, haciendo el papel del Diablo.

Trabajar como actor es algo que le gusta mucho y que le divierte, pero siempre y cuando ” te guste tu papel, porque si aceptas trabajar y el papel no te gusta, a mitad del rodaje ya te quieres matar. Es como una relación de pareja: algo infernal puede salir en el camino”. Su fuerte, sin embargo, son las canciones para las bandas sonoras, entre las que destacan “El club de la lucha”, “La tormenta perfecta”, “12 monos” o “Shrek 2″. Aquí, en nuestro país, Fernando León de Aranoa incluyó uno de sus temas más bellos, “On the other side of the world”, en su película “Los lunes al sol”. Su concepto de la relación entre la música y la película también es muy diáfano: “A veces quieren que mejores y salves una película con una canción. Y eso no se puede. Aunque , a veces, una canción puede iluminar un filme, pero no sé las leyes para lograr ese efecto.” En “Los lunes al sol” se produjo un efecto mucho más mágico aún: la canción iluminó la película, y la película iluminó la canción…

Personaje independiente donde los haya, siempre ha estado en contra de que sus canciones o su imagen se utilicen para la publicidad. “Al parecer la mayor virtud que nuestra cultura reconoce a los artistas es salir en los anuncios, preferiblemente desnudos, y fardando en el capó de un nuevo coche. Yo he rechazado muchas veces este dudoso honor.” De hecho fue el primer artista que ganó una demanda contra un anunciante que había utilizado a un imitador suyo que cantaba una canción muy parecida a la que le habían pedido que cantase personalmente para un anuncio, a lo que él se había negado. A esa demanda han seguido muchas más, contra Levi´s en Estados Unidos, contra Audi en España o contra Opel en Escandinavia. Normalmente las cantidades que le pagan como indemnización las dona a organizaciones benéficas.

Una anécdota resume perfectamente la personalidad y la forma de ver y de vivir la vida de Tom Waits. En 1997 fue arrestado frente a una tienda en Los Ángeles por intentar detener, junto a un amigo, a dos hombres que querían robar a otros clientes y que, tras un intenso forcejeo,  resultaron ser policías vestidos de civil. En el juicio el jurado declaró a Waits y a su amigo inocentes y Waits demandó inmediatamente al departamento de policía, que tuvo que indemnizarle. También donó a una organización benéfica aquella indemnización.

Para entender y disfrutar la música de Waits hay que aceptar su invitación a contarnos, con su desgarrada voz y la extrema melancolía de su música, sus historias. Puede que un buen momento para hacerlo sea bien entrada la madrugada, a oscuras y acompañado sólo por alguien que sea mejor, mucho mejor, que tu soledad. Son historias vividas o soñadas, que en su caso viene a ser lo mismo, y que él nos cuenta desde algo que conoce muy bien: su yo más profundo. Aquí tienes cuatro videos en los que puedes verle y escucharle con esa manera tan suya de presentarnos y cantarnos sus historias… La anécdota que cuenta para presentar “Jersey girl” no tiene desperdicio: estando una noche solo en una habitación del famoso Chelsea Hotel de Nueva York, tumbado en la cama en calzoncillos viendo una pelicula de Anthony Quinn en la tele, de repente abre la puerta y entra una pareja en la habitación haciendo algo que Waits estaba muy acostumbrado a hacer: quedarse la llave de la habitación donde había dormido el día anterior y probar suerte por si esa noche estaba vacía. Tras la azarosa situación que se crea, les dice a los jóvenes que, si quieren, pueden quedarse en el baño y el joven, nerviosísimo, con el corazón a punto de estallar, le dice que no hay ningún problema en que él se quede en la habitación si quiere. “Ya sé que me puedo quedar, es mi habitación”, le contesta Waits. Contrariado por la intromisión, porque le han chafado el momento cumbre de la peli para el que llevaba dos horas esperando y por el drama que se imagina que se puede montar en el baño, decide ofrecerles 50 dólares para que cojan otra habitación. Los jóvenes, sorprendidos, lo aceptan encantados. Cogen otra habitación y vuelven a la de Waits… ¡ para devolverle el cambio y bendecirle! Realmente cosas así solo pueden pasarle a gente tan particular como Tom Waits y en hoteles tan especiales como el Chelsea de Nueva York…

 

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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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