Stefan Zweig, un mundo de ayer
8 noviembre, 2009
Veo con inmensa alegría cómo las obras de Stefan Zweig, poco a poco, van surgiendo del mar del olvido en el que, injustamente, las hundimos hace tiempo, y ya ocupan un lugar destacado en la mayoría de las librerías. “Amok”, “El jugador de ajedrez”, “Los ojos del hermano eterno”,o “Carta de una desconocida” son libros que todos deberíamos leer, al menos, una vez en la vida. Pocos son los autores que han alcanzado la perfección de Zweig para dibujar el alma humana. Sus libros son un estanque tranquilo en el que podemos vernos reflejados, ese estanque en el que nuestro inquieto espíritu de hoy se encuentra a sí mismo. Nunca sus obras han sido más actuales que ahora, y nunca, como ahora, tan imprescindibles. Sus novelas, como sus biografías, son ese bálsamo necesario que nuestro corazón busca desesperadamente en este mundo nuestro donde todo pasa cada vez más deprisa.
Quizá la música de Mahler, paisano y contemporáneo de Zweig, sea una buena compañera para el viaje de hoy. Ahí tenéis, si queréis, el tercer movimiento de su cuarta sinfonía, una auténtica obra maestra
De entre toda la obra de Zweig me gustaría destacar su autobiografía: “El mundo de ayer. Memorias de un europeo”. Si sus libros son algo que todos deberíamos leer, éste es un libro que nadie, absolutamente nadie, debería dejar de leer. A través de sus páginas asistimos a la destrucción de un mundo, el suyo, y a los dolores de parto de la nueva Europa. Este escritor austríaco, nacido a finales del ajetreado siglo XIX, nos habla de un tiempo en el que el ser humano era lo importante. Pocas ciudades a lo largo de la historia han vivido un momento de eclosión de la cultura como la Viena que le tocó vivir. La Secession, con sus Kokoschka, Klimt, Otto Wagner o Loos; el pensamiento, con Sigmund Freud a la cabeza; la música, con Mahler y Schönberg, y la literatura, con el propio Zweig y Robert Musil, ese inmortal hombre sin atributos,
tomaron las calles de Viena al grito de “A cada época su Arte; al Arte, su libertad”. Se les podía ver en los viejos cafés, al calor de una tertulia, en las noches de la Ópera, del Burgteather o, simplemente paseando por las calles, saludando al nuevo día. La cultura, en aquella Viena, no era un coto exclusivo de las clases elitistas, sino que podías saber qué tal había estado tal tenor o tal actriz la noche anterior simplemente escuchando las conversaciones de los camareros con los clientes en las cervecerías y los viejos cafés. En aquella Viena irrepetible todo el mundo amaba la cultura y la sentía como propia, aunque nadie, absolutamente nadie, se daba cuenta de que todo aquello estaba a punto de desaparecer para siempre.
A aquel mundo de ayer lo destruimos con la Primera Guerra mundial. Con ella desapareció el Imperio autrohúngaro, y con él el universo en el que se forjó la personalidad de Stefan Zweig. Aún así continuó siendo uno de los escritores más leídos y admirados de Europa. Su fama cruzó todas las fronteras y era leído en todos los países y por todas las clases sociales. Sin embargo, años después, sus libros fueron prohibidos y quemados en las hogueras que los nazis encendieron en las calles de casi toda Europa. Zweig era de origen judío, y, de nuevo, todo su mundo se vino abajo, esta vez con la Segunda Guerra mundial. Zweig se exilió y huyó a Brasil, donde se suicidó en 1942 al no poder soportar la idea de que su país volviera a perder una guerra y de nuevo él lo perdiera todo, o lo que era peor aún, que, esta vez, la ganara y el nazismo impusiera su dictadura en todo el mundo.
La época que le tocó vivir a Stefan Zweig en su juventud era una época en la que el hombre podía pensar, podía dialogar y podía actuar, porque entonces todo pasaba despacio, las noticias tardaban en llegar y daba tiempo a analizarlas, y la gente tenía la capacidad, la posibilidad y la voluntad de pensar y de tener opinión propia, y no limitarse, como en la mayoría de los casos actualmente, a contentarse con repetir la última opinión que ha oído en unos medios de comunicación cada día más descaradamente convertidos en medios de manipulación y desinformación masivas. Por eso fueron los años de los grandes ideales, de los líderes, de los soñadores y de los utópicos. Hoy todo ha cambiado: asistimos en
directo a cuanto ocurre en el mundo, tenemos toda la información a nuestro alcance si de verdad nos tomamos la molestia de buscarla y de deshechar la basura informativa con la que nos manipulan, podemos saber cuanto ocurre con sólo apretar un botón, podemos llegar a cualquier parte del mundo en cuestión de horas y, sin embargo, ya no hay grandes ideales, ni líderes, ni soñadores, ni utópicos… El idealismo ha sucumbido frente al egoísmo y, lo que es más terrible aún, en nuestra alocada carrera hacia la abyección desde el “pienso luego existo” al “consumo, luego existo”, no nos hemos dado cuenta de que hemos pagado un precio excesivamente caro: dejar de ser seres humanos. Hoy ya no pensamos, ni dialogamos, ni actuamos…. hoy, por desgracia, nos limitamos a sobrevivir luchando por intentar llegar a fin de mes, por pagar la hipoteca y por tener trabajo, por precario que sea, en una esclavitud de cadenas invisibles que, en muchos casos, nos atamos nosotros mismos mientras decimos a cuantos nos quieran escuchar que somos libres, porque, ilusos de nosotros, estamos convencidos de ello.
No puedo imaginarme hoy a Stefan Zweig sentado frente al televisor asistiendo, impasible, a la destrucción del mundo, al asesinato de seres inocentes, a la hambruna criminal, a la globalización de la pobreza, al genocidio de pueblos enteros… No, no puedo imaginarme a Stefan Zweig negándose a sí mismo para adaptarse al mundo de hoy, y no puedo sencillamente porque él no estaría ahí sentado frente al televisor: él, judío, estaría estrechando la mano a los palestinos; él, europeo, estaría al frente de los movimientos antiglobalización saliendo a la calle como uno más, para recordarnos a todos que ser humano es pensar, es dialogar y, sobre todo, es actuar, y él, hombre libre y comprometido con su tiempo,, estaría liderando una lucha sin cuartel contra la hambruna y la injustica del mundo…
Stefan Zweig tenía una forma de escribir incomparable. Fijaos cómo empieza una de sus novelas quizá menos conocida, “La embriaguez de la metamorfosis”, describiéndonos la oficina de correos donde trabaja la protagonista y, al tiempo, la decrepitud de la época que le toca vivir : “Las oficinas de correos rurales en Austria poco se distinguen unas de otras; quien ha visto una, las conoce todas. Equipadas, o mejor dicho, uniformadas en la misma época, la del emperador Francisco José, con el mismo mísero mobiliario proveniente de los mismos fondos, todas transmiten por doquier la misma sensación de tedio y malhumor estatal, y hasta en las aldeas alpinas más recónditas del Tirol, allá bajo el aliento de los glaciares, conservan obstinadamente el inequívoco olor oficial, rancio y austríaco que es una mezcla del tabaco viejo de hebra y de polvo enmohecido en expedientes amontonados…”
O bien, la particularísima forma que tiene de describir, en la mism novela, el paso del tiempo, de la guerra… y de la vida: “…1914, uno de agosto. Por la tarde fue a la piscina; como un rayo diáfano, vio desnudo su cuerpo erguido al quitarse la camisa, un cuerpo redondeado, blanco, ardiente, sano y flexible… Y luego 1915, diecisiete años. Los padres han envejecido una década. El padre se encoge como si un trago de lejía lo consumiera por dentro, amarillo, maltratado e inclinado se arrastra de una habitación a otra, y todos saben que el negocio le preocupa…1916, dieciocho años. Unas palabras nuevas recorren incansables la casa: demasiado caro. La madre, el padre, la hermana, la nuera huyen de sus preocupaciones y se refugian en la pequeña miseria de los papelitos que usan para calcular los gastos de la pobre vida cotidiana desde la mañana a la noche. Demasiado cara es la carne, demasiado cara la mantequilla, demasiado caros un par de zapatos: Christine apenas se atreve a respirar por miedo a que salga demasiado caro… Y 1917, diecinueve años; enterraron al padre dos días después de Nochevieja, el dinero de la cuenta de ahorro alcanzó justo para mandar teñir la ropa de negro… Y 1918, veinte años. Sigue la guerra, aún no ha habido un día libre y carente de preocupaciones, aún no ha habido tiempo para lanzar una mirada al espejo o dar un paseo por la calle… Y 1919, veintiún años. La guerra ha terminado, en efecto, pero no la miseria…Y luego 1920, 1921. Veintidós, veintitrés años, la flor de la juventud como dicen. Pero nadie se lo dice a ella, y ella no lo sabe…Y 1922, 1923, 1924, veinticuatro, veinticinco, veintiséis años. ¿Es joven todavía? ¿Es ya vieja? Algunas arrugas se dibujan suavemente en las sienes, las piernas se cansan a veces, y la cabeza duele de manera extraña en primavera…”
Muchas de las novelas de Stefan Zweig se han llevado al cine y se han adaptado al teatro. Todos los buenos cinéfilos recordaréis la maravillosa película que hizo Max Opuls de “Carta de una desconocida”, con Joan Fontaine y Louis Jordan, pero hoy prefiero hablaros de la versión teatral de Manuel Enrique Orjuela que, hace un par de años, se estrenó en Barcelona.
“Carta de una desconocida” es, posiblemente, uno de los relatos más bellos que se han escrito jamás. Es un canto al amor, un homenaje desnudo a ese amor verdadero que sólo vive en el dar, en el darse por completo y sin límites, un canto al único, quizá, que de verdad merece llamarse amor. La historia es sencilla, terrible y maravillosamente sencilla: una mañana de cualquier día un escritor hedonista y seductor recibe la carta de una desconocida que le roba unos minutos de su vida para decirle que, desde siempre, ha estado enamorada sin remedio de él, que le ha amado y le ama por encima de todo y de todos, que toda su vida ha girado en torno a él, mirándole, observándole, imaginándole o simplemente soñándole en todo momento. Que por una sola mirada suya ha renunciado a todo, y que lo ha hecho con
alegría porque esa mirada le ha dado la vida… Para él ella es una perfecta desconocida que le habla de tiempos y lugares que vagamente recuerda, de encuentros amorosos fugaces de los que ni se acuerda, porque ella nunca le ha importado. De hecho no la recuerda porque no la ha visto ni cuando ha estado en la cama con ella. Por esa carta él se entera de que de esos encuentros nació un hijo, un hijo al que jamás conocerá porque, con apenas diez años, acaba de morir. La desconocida también le anuncia que cuando lea esa carta ella ya habrá muerto. Nada le pide, nada le recrimina, simplemente se atreve, por primera vez en su vida, a confesarle su amor al hombre al que ama. No hay un solo reproche en esa carta, ni una sola vez le culpa de algo, al contrario, le da las gracias por haber existido y ser como es, porque, aunque sin saberlo, él le ha dado sentido a su vida al permitir amar como ha amado, porque lo importante es amar, porque vivir no es más que amar…
Esta adaptación teatral, sabiamente dirigida por Fernando Bernués, contó con un reparto excepcional: Carlota Olcina encarnando a la niña que descubre el amor; Ivana Miño haciéndonos llegar toda la fuerza y la ternura de la pasión adolescente; Marta Marco dando vida a esa joven que ha sido capaz de renunciar a todo por un solo instante de amor y Emma Vilarasau bordando su interpretación de esa mujer que se atreve a escribir esa impresionante carta de amor. Uno de los mayores aciertos de esta adaptación fue el de haber permitido que fueran cuatro actrices las que encarnaran al personaje de la desconocida a lo largo de las diferentes etapas de su vida, haciéndolas convivir en el escenario, como conviven en nuestra mente y en nuestro corazón todos los momentos y los sentimientos que hemos vivido, dejando que dialoguen, que rían y lloren, que jueguen con nosotros, que nos acaricien, nos golpeen y que, en definitiva, nos hagan ser lo que somos.
El otro gran acierto tenía nombre propio: Emma Vilarasau. Actriz capaz de emocionar con un silencio o un simple movimiento de la mano, hizo de esta desconocida uno de los mejores papeles de su carrera. Era emoción en estado puro. En sus ojos vivía toda la nostalgia de lo que pudo haber sido, la infinita alegría del recuerdo de lo que fue, la desgarrada tristeza del alma abandonada, y, por encima de todo, la fuerza irresistible de lo que era: una mujer capaz de amar hasta las últimas consecuencias, de dejarlo todo por amor, de encontrar el sentido de su vida en una simple mirada, una mujer que sabe que cuando te ves cara a cara con la muerte, cuando ya no hay engaños ni mentiras, cuando ya sólo hay silencio, al echar la vista atrás, ves que sólo eres lo que te atreviste a dar, que sólo vives en la parte de ti que has dado a los demás y que nada queda, ni quedará, de lo que quisiste guardar para ti.
Conocí a Emma rodando un cortometraje de los alumnos de una conocida escuela de cine de Barcelona. Como todos los cortos no era remunerado. Yo trabajé para aprender; ella para ayudar a que aquellos chavales vivieran sus sueños. Jamás podré olvidar la humildad y la generosidad con la que admitía las instrucciones del aprendiz de director. No creo que a Almodóvar o a Spike Lee les hubiera escuchado con más atención y respeto. La escena que rodábamos aquel día era muy intensa. Ella era una joven madre viuda que tenía una fuerte discusión con su hijo adolescente. Todo el amor y el odio contenidos saltaban hechos trizas entre aquellos dos seres asustados y perdidos. Emma estuvo magistral, como siempre, dándolo todo. Lloró, y nos hizo llorar, hasta en los ensayos. A última hora todos sus planos ya estaban hechos; quedaban los contraplanos en los que sólo aparecía el chaval. Muchos actores no se hubieran quedado a darle la réplica. Ella no sólo se quedó, sino que volvió a llorar con la misma intensidad que en sus primeros planos para ayudar a que el chaval viviera de verdad la escena.
Ese corto ha sido seleccionado en innumerables festivales por todo el mundo, y ha ganado muchísimos premios. Trabajar en él fue para mí una experiencia inolvidable y tener la oportunidad de hacerlo con Emma un auténtico lujo. Por eso, desde que vi el reparto de aquella adaptación teatral de la obra de Zweig, supe que ella era la actriz ideal para dar vida a aquella desconocida capaz de escribir una carta tan desgarradora como ésta, y que empieza con un estremecedor : “A ti, que nunca me has conocido…”

Me ha encantado especialmente esta entrada. Me quedo con esa frase: “A cada época su arte, al arte, su libertad”. Creo que ahora estamos viviendo un momento tan especial o más como el que le tocó vivir a Zweig, pero a la inversa. Cierto que ya no vivimos en carne propia una guerra al uso (al menos nosotros, puesto que en otras partes del planeta no pueden decir lo mismo), pero estamos en un momento global de paso del egoismo a nuevamente la conciencia, y esa transición está siendo igual de traumática para todos. Y el arte está volviendo a resurgir con fuerza para volver a hacernos libres, esa libertad que habíamos ido perdiendo en nuestro proceso egocéntrico. Estamos volviendo al Todo para ser Uno, y eso está marcando la diferencia. Y creo que por eso las obras de Zweig están recuperando el lugar que se merecen porque tienen más fuerza y más vigencia que nunca.
Hola mi muy querida y amada veryinspired!!!!
Gracias, como siempre, por el cariño que hay en tus palabras. Me encanta ver que eres de las que siempre ven el vaso medio lleno. Te he de confesar que, viendo el mundo en el que nos ha tocado vivir, dudo mucho sobre si hemos llegado a él demasiado tarde y esto ya no tiene remedio, o demasiado pronto y lo que pasa es que estamos a las puertas de una nueva era en la que seremos, al fin, seres humanos y esto se arreglará de una vez por todas. En mis días “negros”, esos que de vez en cuando todos tenemos, veo clarísimamente que he llegado demasiado tarde, pero, afortunadamente cada vez son más los días en que, como tú, creo de verdad que hemos llegado demasiado pronto y que, entre todos, conseguiremos que esto cambie de una vez.
Un abrazao enorme enorme enorme y siempre esperanzado
Gracias!!
En su momento me recomendaste su libro y ahí lo tengo, esperandome ansiosamente a ser abierto, pero quiero tener el tiempo suficiente para empaparme de cada página.
A su vez, me estoy leyendo otro que se llama ” El Conocimiento Inútil” de Jean-François Revel ( muy bueno y muy actual), sobre lo que hablabas de la manipulacion…etc.
Oí hablar de esa obra de teatro, ¡Espectacular! estuve a punto de ir a verla pero el dinero me impidió ir a Barcelona.
Eres Grande Carlos! Magistral el escrito.
Un fuerte Abrazo!
(Por cierto, tal vez saque adelante clases de teatro en un centro de ayuda a drogodependientes…espero tener apoyo de gente..porque si no..)
Hola Gabriela!
Me encanta verte siempre puntual a tu cita con La placenta…
Cuando empieces a leer las memorias de Zweig descubrirás un mundo y una forma de narrar totalmente diferentes a lo que estamos acostumbrados. Es una auténtica delicia compartir unos momentos con él y dejar que te muestre su mundo, un mundo que ya no existe, pero del que, inconscientemente, seguimos formando parte.
Te imagino disfrutando con el libro de Revel. Era uno de esos seres irrepetibles. Te recomiendo un libro que escribió con su hijo (Matthieu Ricard), que se llama “El monje y el filósofo”, de editorial Urano. Es una verdadera joya. Ricard, científico del Instituto Pasteur, lo dejó todo para hacerse monje budista y es uno de los traductores de Dalai Lama al francés. Él personifica la unión entre ciencia y filosofía. Está considerado (por las pruebas neurológicas que le han hecho), como el hombre más feliz del mundo. Tiene un libro imprescindible: “En defensa de la felicidad”, no te lo pierdas, Gabriela, sé que te gustará.
Lástima que no pudieras llegar a ver esa obra, era una auténtica obra maestra.
Cuenta conmigo para lo que quieras en ese proyecto de clases de teatro que comentas, me encantaría poder colaborar en él.
Un abrazo enorme
Hola Carlos, me a encantado tu artículo sobre Stefan Zweig , de las obras que más me suena es Carta de una desconocida, que por desgracia me la perdí, respecto Emma Vilarasau decir que además de una gran actriz tiene mucha simpatia y un gran respeto, yo la e visto en dos obras de teatro: Espectros y La infaticida y Germana Pau, ayer tuve la gran oportunidad de conocerla, gran actriz conmigo fue muy maja y muy simpática, cuando yo le hablaba ella me atendía muy interesada, y otra fan nos quería interrumpir y ella dijo: ahora estoy con este chico, me mostró además que tiene gran respeto, y por supuesto en La infanticida estuvo magistral , gran actriz, hizo un monólogo fántastico Muchas felicidades me ha encantado tu artículo.Un abrazo.
Muchísimas gracias, de nuevo, Jaume, por tu constante apoyo a La placenta. No sabes lo que me alegra que hayas conocido personalmente a Emma. Como dices, es maravillosa como actriz y como persona. Ella, como otras muy contadas personas como Raimon Panikar, tienen el don de hacer que, cuando estás con ellas, sientas que, en ese momento, eres realmente importante para ellas, lo más importante de ese momento, porque son personas que siempre dan, lo dan absolutamente todo y eso es lo que las hace ser tan grandes.
Un abrazo enorme Jaume, y ánimo con tu formación actoral!!!
Hola Carlos. Me encanta Stefan Zweig. Sus novelas cortas son una delicia. Sé que tiene teatro escrito pero creo que no hay nada traducido. ¿Tú sabes cómo podría encontrar alguna de sus obras? Gracias
Hola Jorge, bienvenido a La placenta… y gracias por compartir con nosotros tus inquietudes sobre la obra de Zweig. Yo he visto dos adaptaciones de sus novelas ( la de “Carta de una desconodica” que comento en esta entrada, y una adaptación que hizo Oriol Brogi de ” Los ojos del hermano eterno”, que era una auténtica maravilla), pero no he visto, ni podido leer ninguna obra de teatro de Zweig. Sé que publicó cuatro: “Thersite”, “Les guirlandes précoces”, “Jeremías” y “La casa del borde del mar”. He intentado encontrarlas en la Casa del Libro, pero no he podido. Quizá en alguna página especializada en libros “raros” o agotados de internet…
Ojalá puedas encontrar alguna. Mucha suerte
Un gran abrazo
Muchas gracias por tus escritos Carlos.
Te sigo con admiración desde hace tiempo pero no sabía esta faceta tuya y me ha fascinado.
Gracias por todo lo que me estás enseñando como actriz y como persona a través de este blog, seguiré leyéndote.
Un abrazo.
Al revés,Miriam, muchísimas gracias a tí por esas palabras tan cariñosas.¡ Me dejas anonadado con tantos elogios! espero no defraudarte en las próximas entradas…
No te puedes imaginar lo gratificante que es darte cuenta de que compartes tantas cosas con gente a la que no conoces y lo cerca que eso te hace sentir. Gracias, Miriam, de verdad, por ese mensaje tan cariñoso.
Un abrazo enorme y “placentero”, siempre “placentero”…
Oh capitan, mi capitan… artículo encantador, bonito y redactado, como un gran sabio y maestro, aunque en la parte que se habla del ego y la interpretación, siento discrepar, aunque la me gusta, si señor, me gusta……..un fuerte abrazo
Hola Vicente, muchísimas gracias por tu comentario, y por homenajear a Whitman en él, Oh capitán… mi capitán…
Yo también siento discrepar contigo en una parte de tu comentario, en todo eso que dices de sabio o maestro, nada más lejos de mi intención ya que, tomando las palabras de otro gran poeta, Antonio Machado, “Hombre soy contemplativo y soñador (bien se echa de ver en cuanto escribo espontáneamente), que escucha los ruidos del mundo inerte, no por mera delectación del oído, sino por un deseo incorregible de lanzar el espíritu en el recuerdo de cuanto hay más allá de la memoria…” porque, al final, puede que no seamos más que seres que bucean en su propia alma para poder comunicarse con el alma de los demás…
Muchísimas gracias por compartir tu comentario con nosotros, Vicente, y bienvenido a”La placenta…”
Un gran abrazo
Hola Carlos: no había visto nunca este sitio. Soy la persona que adaptó Carta de una desconocida. Me emociona profundamente este escrito y me encantaría entablar una comunicación contigo
un saludo
manuel
Hola Manuel!
No sabes la alegría que me da que hayas aparecido por La placenta… Ante todo, bienvenido, y gracias por ese comentario de apoyo tan cariñoso.
Me encanta que te hayas puesto en contacto porque así puedo felicitarte de corazón por esa adaptación teatral tan maravillosa que has hecho de una de mis novelas y de uno de mis autores favoritos. Realmente era una adpatación fantástica, llena de sensibilidad y que te hacía estremecer hasta lo más hondo.
Me gustaría muchísimo poder charlar contigo sobre todas estas cosas. Por mail te mando mi dirección de correo y mi móvil para que nos pongamos en contacto y podamos charlar.
Muchísimas gracias por el regalo de esa adaptación y por el de este comentario.
Un abrazo enorme
Hola Carlos: no he recibido aún tus datos. Claro que sería interesante que nos comunicáramos, por favor. Carta de una desconocida fue concebida como teatro a domicilio. O la hacía en la sala de mi casa o nos llamaban y la hacíamos en la sala de cualquier casa. Dada la acogida, fuimos a teatros pequeños: pero siempre fue más emocionante en la intimidad de una sala. Cada una de las actrices escogía al azar a un espectador a quien le dedicaba su parte. Son cinco mujeres. Son cinco hombres, cinco escritores. Bueno, me encantaría contarte un montón de cosas. Esto es para calentar. Tengo también una muy bonita adaptación de La Piedad Peligrosa, que es una de mis preferidas. Qué bueno escribirte y mantengamos la pista, por favor
Abrazo
Hola Manuel!
No sé qué debió pasar porque te envié todos mis datos por mail el sábado 17 de junio y no me ha llegado ningún aviso de que no lo hubieras recibido. En cualquier caso, ahora mismo vuelvo a mandártelo a tu correo. Si no te llega, házmelo saber cuanto antes y te lo haría llegar por aquí.
Tengo muchas ganas de charlar contigo sobre “Carta…”, y más después de todo lo que me acabas de comentar, y estoy deseando que me cuentes cosas de esa adaptación que has hecho de “La piedad peligrosa”, otra de mis novelas favoritas de Zweig.
Quedo a la espera de tus noticias.
Un gran abrazo
grandioso magistral zueig siempre merecerá toda mi admiracion.
Muchas gracias por compartir con nosotros tu admiración por ese ser irreptetible que fue Stefan Zweig, desdesantodomingo. ¡Bienvenido a La placenta! Mi abrazo más fuerte