Padres…
27 marzo, 2011
Nadie nos enseña a ser padres. Vemos el ejemplo de los nuestros en ese pequeño microcosmos familiar que forma nuestro universo. De ellos aprendemos muchas cosas, las que nos enseñan o las que vamos descubriendo por nosotros mismos. Les miramos y les observamos a lo largo de nuestra vida. En nuestra infancia lo son todo: la primera caricia y el primer beso junto a un sinfín de biberones, baños, papillas y juegos forman todo nuestro mundo. Llega un día en que, de repente, pasamos la mayor parte de nuestras horas entre unas paredes desconocidas que nada tienen que ver con nuestro hogar. Allí nos encontramos con otros niños que, atónitos y aun asustados, buscan también a sus padres tras la figura del único adulto al que ven: el maestro. “Hasta luego” o “Hasta la
tarde” no significan nada para nosotros, porque el tiempo no existe, para nosotros todo es eternidad. Al caer la tarde, sin embargo, se abre una puerta altísima, la puerta de la libertad y, tras ella, reconocemos de inmediato la figura de nuestra madre, y la de nuestro padre algunas veces. Les vemos allí, rodeados de otros padres, alzando sus brazos para saludarnos con aquella sonrisa que tanto necesitamos. El reencuentro es intenso y emotivo, el abrazo eterno. Son tantas las cosas que necesitamos contarles, y tanta la prisa para que nos saquen de allí para llevarnos de nuevo a ese añorado hogar que es nuestro universo. Volvemos a sentir su calor, su olor, todo aquello que, hasta esa misma mañana, había sido nuestro mundo.
Quizá ahora, si quieres, podemos invitar a Cat Stevens para que nos acompañe con una vieja canción que, aunque de otra manera, también habla de todo esto: Father&Son
El tiempo, como la vida, no se detiene y vamos creciendo sin darnos cuenta.
Nuestros padres pasan a ser entonces los superhéroes que nos protegen y defienden de todo mal: la oscuridad de la noche, el compañero pendenciero de la escuela que nos ha partido un labio, aquel dichoso jeroglífico al que llaman abecedario y que tanto se nos resiste… Nos cuentan todo porque todo lo saben. No importa lo difícil que llegue a ser la pregunta que les hacemos: ellos siempre tienen la respuesta. No puede haber nadie más perfecto que ellos. Años más tarde empezamos a descubrirnos a nosotros mismos. El primer amor, el primer desengaño… Y ellos están allí, ayudándonos a comprender ese mundo nuevo de sensaciones que se abre ante nosotros. De niños nos tendieron esa mano amiga que nos ayudó a dar nuestros primeros pasos. Ahora es su corazón el que nos habla y nos ayuda a seguir adelante. Siguen siendo nuestro refugio perfecto, ese útero cálido y seguro donde no puede entrar ningún peligro.
Pero el tiempo sigue pasando y nuestro yo va creciendo. Ya no cabe en ese útero
virtual en el que habíamos vivido hasta entonces. Ya no les miramos buscando una respuesta sino que empezamos a buscarla en nosotros mismos y, poco a poco, vamos identificando los primeros defectos de nuestros padres. Sin saber cómo o por qué, aquellos superhéroes pasan a ser seres humanos. Todo lo que antes eran maravillosas virtudes pasan a ser, irremediablemente, monstruosos defectos. Al principio nos avergonzamos de que vengan al colegio y de que nuestros nuevos amigos les vean. No hay mayor vergüenza que la de recibir un beso de ellos en público. Somos mayores y ya no necesitamos sus besos, sus caricias… ni su presencia. Luego queremos apartarlos de nuestro nuevo mundo, no queremos que entren en nuestra habitación, que sepan lo que hacemos o dejamos de hacer, que sepan con quién vamos o dejamos de ir… Aquellos invencibles guardianes del mundo de nuestra infancia pasan a ser los temidos carceleros del de nuestra adolescencia. Pero no son ellos los que han cambiado, sino nosotros, aunque no nos hayamos dado cuenta…
La travesía de ese desierto dura varios años, varios años de discusiones y silencios, de rencores y malentendidos… pero llega un día en que, sin saberlo, todo cambia y
ese juez implacable que todo lo condena sin siquiera juzgar que llevamos dentro deja paso al ser humano en que nos hemos convertido. Empezamos a ver y a escuchar, a entender y a comprender, empezamos, al fin, a conocer, a respetar y… a amar. Nuestros padres pasan a ser personas normales, cargadas de defectos y virtudes, que solo se diferencian de nosotros en una cosa: para ellos nosotros somos lo más importante de su mundo y eso es algo que no entendemos hasta que también nosotros somos padres y nos vemos haciendo todo lo que ellos hicieron, incluso lo que siempre pensamos que jamás haríamos.
Decía al principio que nadie nos enseña a ser padres, pero ahora veo que quizá me
equivocaba. Ellos son nuestros mejores maestros. Lo que sí es cierto es que toda nuestra cultura enfoca este tema desde la perspectiva del hijo y no desde la del padre. Nuestra Historia está repleta de ejemplos. El Nuevo Testamento, incluso, está escrito desde esa perspectiva: sabemos lo que dijo Jesús, quizá lo que llegó a sentir… pero nada sabemos de lo que sintió su Padre. Es uno de los grandes silencios de nuestra civilización. ¿ Qué debió sentir al ver sufrir a su hijo como lo hizo?, ¿Qué desgarro interior al no evitar aquel sufrimiento pudiendo haberlo hecho?, ¡Qué soledad la de su dolor!… ¿Por qué no hay una sola línea que hable de todo ello? Y qué decir del dolor de una madre. De la Virgen no nos llegan más que referencias, alusiones veladas o pequeños comentarios. Tampoco nos hablan de sus alegrías, de la íntima
satisfacción que, como madre, debió sentir al ver crecer a su hijo, al verle vivir, al escucharle… Y de San José, el santo patrón de los padres, ya ni hablamos, porque, sobre lo que pudo haber hecho o sentido en la Biblia, no se dice absolutamente nada, es un perfecto desconocido, un autista sentimental, como muchas veces lo son nuestros padres para nosotros. Pero no es muy diferente lo que pasa en otras culturas. En el budismo, por ejemplo, conocemos la vida y la experiencia de Sidhartha Gautama, Buda, pero es muy poco, prácticamente nada, lo que de verdad sabemos de su padre. Los sentimientos de los padres, su mundo interior, es algo que, para nuestra cultura, sencillamente no existe.
A veces es a las personas a las que tenemos más cerca a las que menos conocemos. Creemos conocerlas, estamos convencidos de que las conocemos perfectamente porque conocemos sus costumbres, lo que van a decir o a callar, lo que van a hacer, lo que les gusta y lo que no… y, sin embargo, son unos perfectos desconocidos para nosotros, porque poco o nada sabemos de su verdadero mundo interior, ése donde habitan sus sueños, sus recuerdos, sus amores, sus anhelos secretos, sus más profundos sentimientos, su vida, su verdadera vida… Nuestra cultura, nuestra civilización y nuestro mundo se basan en sólidos pilares que esconden y silencian los sentimientos de nuestros padres, quizá por ello nos sorprenda, a veces, darnos cuenta de que nuestros padres también sufren, sienten, se emocionan y, sobre todo y por encima de todo, aman…

Hola Carlos:
Me gusta mucho este artículo, y, la verdad, es que también me confronta. Dentro de la juventud en la que me encuentro, son muchas las veces en la que olvido que mis padres me lo dicen todo por mi bien, y que su interés es porque yo vaya lo mejor posible en la vida. Tendrán razón o no. Se podrán equivocar o no. Pero nunca lo van a hacer con mala intención. Yo si pido perdón, porque, si hubiera escuchado a mi padre es varias ocasiones, habría evitado muchos males. Ya lo dice Proverbios en la Biblia:
“El hijo Sabio recibe el consejo del padre; mas el burlador no escucha las reprensiones” (Proverbios 13:1)
“Guarda, hijo mío, el mandamiento de tu padre, y no dejes la enseñanza de tu madre” (Proverbios 6:20)
“Oye a tu padre, a aquel que te engendró; y cuando tu madre envejecieres, no la menosprecies” (Proverbios 23:22)
Y en cuanto a la disciplina, también se dice en Hebreos 12:8 que “si se nos deja sin disciplina, entonces somos bastardos, y no hijos” (Para quién se queje de la disciplina. Como dice Valle-Inclán: Mejor es que hablen mal de ti, a que no de te digan nada. Mejor es que te disciplinen, a que pasen de ti)
En cuanto al Nuevo Testamento, sí tenemos algunas referencias de los sentimientos del Padre hacia Jesús, cuando, en su bautismo dijo: Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia. (Ojalá nuestros padres no dijeran eso más veces), pero luego, en el sufrimiento de la cruz, Jesús mismo dio la respuesta: Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?
Se ve como el Padre, en medio del sufrimiento, no podía ni verlo, dando a Jesús un sentimiento de desamparo. Entonces, por qué no hizo nada? Porque nos quería, y era necesario el sacrifio para obtener paz. Como dice el profeta Isaías: El castigo de nuestra paz fue sobre él (Isaías 53: 5). Ahí está el lema: Dios ama al hombre, pero no al pecado. Nos quiere, aunque no le agrade lo que hacemos.
Bueno, dejo estas líneas de reflexión. Espero que os guste. Y gracias de nuevo por este artículo, Carlos. Me edifica como persona.
Un abrazo
Muchas gracias por tu extenso y documentado comentario, Salva. Te veo muy experto en la materia. Yo no lo soy, de hecho no lo soy de nada y mucho menos de temas religiosos. Personalmente me inclino por el budismo porque más que una religión es una filosofía de vida con la que me identifico plenamente. Leyendo detenidamente las citas bíblicas que propones, sigo sin encontrar en ellas indicios de cómo debería sentir el padre, ¿no crees?. Nos hablan de cómo debemos respetarle, etc., pero no sobre lo que se siente siendo padre.
En fin, que esto de ser padre es complicadillo y, en el mundo que vivimos, exige ser autodidacta.
Un gran abrazo
Carlos:
Muchas gracias por tus palabras. Pero no seas tan modesto, que para escribir los artículos que escribes, ya hay que ser culto para ello. Y en ese sentido te admiro.
Tampoco creas que yo sé mucho. Sé varias cosas de la Biblia, pero porque en mi casa me lo han enseñado más como estilo de vida, que como religión. Por eso estoy más puesto. Yo personalmente, creo en el cristianismo más como estilo de vida. Es decir, ir más allá de ir los domingos a la iglesia, y vivirlo en el día a día con mis actitudes. Seguir los valores de Cristo, en pocas palabras.
Sobre lo que debe sentir un padre, tienes razón. Creo que hasta que no eres padre, no sabes lo que es. Supongo que tendremos que esperar a ser padres para saber lo que debemos sentir.
Bueno, un fuerte abrazo. Y ánimo con la candidatura de Unión de Actores.
Salva
Muchísimas gracias de nuevo, Salva por tu comentario. En cualquier caso, siempre es bueno tener un rato para reflexionar y “bajarse del carro” de esta atolondrada vida que llevamos y que ahoga lo importante en manos de lo urgente. Un gran abrazo
Hola de nuevo Carlos !!!
Fantástico artículo, aunque yo aún no soy padre me ha gustado mucho como lo escribes, y totalmente de acuerdo con que creemos conocer una persona de verdad y en realidad com tu dices no sabemos lo de su mundo interior, me ha hecho reflexionar.
Un abrazo.
Hola Jaume!
Gracias de nuevo por tu cariñoso apoyo y por hacerme el regalo de confirmarme que con La placenta he conseguido lo que me propongo: invitar a la reflexión.
Mi abrazo más fuerte y “placentero”
Un artículo muy conmovedor!
Las emociones de los hijos desde pequeños, el sentimiento de los padres hacia esa parte de ellos mismos, porque los hijos son una continuidad de uno mismo, semejantes y a la vez tan diferentes de uno…
Hola Estefanía!
Muchísimas gracias por tu cariñoso comentario y ¡Bienvenida a La placenta!
Comparto plenamente lo que dices sobre que los hijos son parte de nosotros, que forman parte de nosotros, aunque me gustaría hacerlo desde el matiz que apunta el gran sabio y poeta Kahlil Gibran cuando dice que los hijos no son nuestros, sino que son hijos e hijas de la vida que han venido a este mundo a través nuestro…
Mi abrazo más fuerte y siempre “placentero”
Querido Carlos:
En primera instancia, gracias por la linda canción de C. Stevens, es una de mis favoritas. Enseguida, te digo que me encanta el artículo, porque dice muchas cosas ciertas para muchos, y otras que otros muchos no van a reconcer. Lo que es un hecho es que ser padre y madre es, ante todo, un acto de voluntad (o debería serlo). Pero al mismo tiempo, hace poco leía en uno de esos artículos con datos interesantes que el casi 85% de los habitantes del planeta no son hijos deseados, sino productos de cualquier otra circunstancia. Yo soy madre porque creo que así lo desée, pero la verdad es que ya no estoy segura de si lo desée o fue un deseo programado en el chip de inclinaciones sociales con el que nos vamos formando.
Pero a estas alturas del partido, no importa mucho porque me encanta ser mamá… es una parte complementaria muy importante de mi identidad, al igual que el ser profesora, el ser esposa, el ser amiga. Ser mamá es emocionante, es divertido, es frustrante, y a veces, es agotador… Tuve la enorme suerte de tener dos hijas que son maravillosas y pasé por muchas de las etapas que mencionas… y fueron increíbles. Mis hijas ahora son adultas, y me encantan! Son divertidas, felices, inteligentes. Aprendo de ellas todos los días, y creo que a su edad, son mucho mejores personas que lo que yo fui a la edad de ellas. No recuerdo haber sido tan tolerante y respetuosa con el otro, con lo diferente, como lo son ellas… Ni tan consciente socialmente. Muchos padres dicen que los hijos son los que los padres han hecho de ellos. No estoy de acuerdo: creo que hay una parte de nosotros en ellos, pero que la mayor parte de lo que los hijos son, ha sido decisión de ellos, para bien o para mal… o así debería ser.
Es cierto que en la literatura hay poco acerca de lo que los padres experimentan, sienten, piensan… probablemente porque muchos de esos padres lo fueron porque tenían que serlo, no porque querían serlo. La maternidad es algo que se da por sentado… eres niña, creces, estudias, te enamoras, te casas, tienes hijos… Y si no, ¡pobrecita de ti! Es el chip. Pero no estoy tan convencida de que todas las mujeres, si se les diese la oportunidad de elegir libremente, sin el chip, decidirían ser madres. Yo quiero pensar que en mi caso, sí fue una decisión libremente tomada… Y tú, ¿qué piensas?
Hola Rossana!
Muchísimas gracia spor tu cariñoso comentario y sobre todo por esa invitación a la reflexión que propones al introducir el matiz de la diferencia entre los que son padres voluntariamente y los que lo son por no nadar contra la corriente y no digamos ya, los que lo son por accidente. ¿Somos libres realmente para tomar nuestras decisiones o estamos tan condicionados genética y socialmente que no lo somos? Eso da pie no solo a una reflexión sobre la paternidad, sino sobre la vida misma ¿no crees? Yo particularmente considero que estamos tremendamente condicionados desde nuestra infancia y que, en muchas si no en la maypría de las ocasiones, no tenemos la “locura” necesaria para romper esas ataduras y ser libres. Es difícil pensar contra la corriente, y mucho más aún expresarlo públicamente. pero lo realmente complicado es atreverse a vivir contra la corriente, y son esos luchadores los que amplían las fronteras del género humano. Si todos siguiéramos al lider y al rebaño no seríamos más que un montón de ovejas o de hormigas en fila india. Yo también fui padre voluntariamente, quizá por eso he echado en falta las referencias culturales sobre lo que sienten los padres. En cualquier caso fue una de las decisiones más acertadas, sino la más, de mi vida.
Gracias Rossana, por tu apoyo y tu cariño. Me encanta verte por la placenta. Mi abrazo más fuerte
¡Hola Carlos Olalla!
Desde niño, los seres humanos vamos construyendo con las personas, lugares y cosas con las que nos relacionamos, un mundo donde la realidad y la ficción conviven, sin poder precisar muchas veces la frontera entre ambas -¡ni falta que hace!-. Ese mundo particular e intransferible, es la mitología de cada uno y que, aunque pensemos lo contrario, no nos abandona del todo –afortunadamente-, por muy larga y enrevesada que sea nuestra existencia.
Una parte muy importante del elenco principal de mi propia mitología, la constituyen todos los elementos que rodeaban mi convivencia con mis padres.
Me impregné en mi infancia y juventud, en nuestra casa no tuvimos televisión hasta mis 15 años, de las historias que, en la mesa de camilla con brasero de cisco, mis padres nos contaban, en las frías y húmedas noches de invierno. Historias en las que estaban presentes los elementos de mi mitología, y que constituyen, junto a la transmisión de unos valores que no cotizan en bolsa, el mayor patrimonio que alguien puede recibir como herencia: afectos que despiertan curiosidad. En la citada mesa de camilla, mi padre nos transmitió todos sus conocimientos académicos: nos enseñó a leer y escribir ,nos enseñó las cuatro reglas matemáticas, la raíz cuadrada y la cúbica, el interés simple y el compuesto, nos introdujo en los rudimentos de la geometría y la geografía, e incluso aprendimos a jugar a las damas y al ajedrez..
Una de mis sensaciones inolvidables era disfrutar del silencio en el perezoso tiempo de la siesta estival, cuando la inexorable dinámica de la vida parecía tomarse un respiro, y hasta las manecillas del reloj ralentizaban su andadura.
Carlos, actualmente nuestra cultura y nuestra civilización no solo esconden y silencian a nuestros padres, sino que los apartamos de nosotros ingresándolos en “confortables” instituciones, a pesar de que en nuestras casas tenemos “mascotas” a las que dedicamos tiempo, sentimientos y recursos. La cruda realidad de muchos de esos sobrantes seres humanos es:
“Toda mi vida creando espacio, y ahora no tengo sitio”.
Un abrazo.
.
No sabes, Francisco, cómo te agradezco este comentario tan poético, profundo y sincero sobre tu propia experiencia personal. Hablas de un mundo donde los seres humanos eran lo importante, donde nos enseñaban matemáticas, pero, sobre todo, nos enseñaban lo que es la vida: la amistad, el amor, el diálogo, el silencio… Un mundo que está dejando de existir para dejar paso a ese otro mundo ya no regido por el pienso luego existo, sino por el consumo luego me dejan existir. Son tantas las cosas que hay detrás de esos valores universales…Coincido plenamente en todo lo que has querido compartir con nosotros. Muchísimas gracias por haber querido compartir tu experiencia. Un abrazo enorme
Desde donde habitan mis sueños, mis inquietudes, mi necesidad de reconocimiento, de cariño, de entrega, me encantaría volver a encontrar ese brillo cristalino que hace, que hizo durante un tiempo hacer coincidir su estrella y la mía.
Recorrer de nuevo su suave y pequeña mano buscando esa incondicional admiración y cariño que recorría todos los poros de mi piel.
Desde donde habita mi olvido, me gustaría encontrar un rincón donde guardar celosamente todos los desencuentros, desapegos y fríos hielos.
Desde donde habita fuertemente y de forma inevitable, el amor que siempre estará presente ,le esperaré a que vuelva de su camino, ese que como tú dices Carlos, va conformando a la persona que será…
Siempre es un placer “encontrarme” en la Placenta, lo hago habitualmente, como siempre.
Gracias una vez más
Margo Channing
Preciosa y poética reflexión, Margo. Gracias, gracias, gracias por estar siempre ahí. Mi abrazo más fuerte y “placentero”, siempre “placentero”
Hola! Todo lo que leo en este blog, me apasiona; estoy ahora con lo de padres e hijos y qué enormes erdades decís todos, en respuesta a Carlos; yo ahora estoy viviendo el doble papel de madre y abuela y veo a mis dos nietas en sus primeros días de guardería, y es exactamente como dices, carlos, se sienten abandonadas ycomo traicionadas al dejarlas su madre allí, y recobran la alegría y la confianza cuando ella vuelve a recogerlas, y es cierto, no los dejamos por una mañana, o unas horas, sino para la eternidad,porque necesitan a sus padres todo su tiempo. Yo creía q ser madre se curaba con el tiempo,al independizarse los hijos pero no, esto es incurable, sigues sufriendo por ellos, y a esto se añade el saber q tambien ellos van a sufrir esa enfermedad de los hijos de por vida. Oí un refrán hace poco, “hijos criados, duelos doblados” y es cierto; pero tambien hay que vivir esta experiencia de tener un hijo, creo que no hacerlo supone perderse una parte indispensable de la vida; nuestro anhelo de inmortalidad se consuela en ellos, en los hijos; te agradezco, carlos, esta exacta y hermosa reflexión sobre padres e hijos; creo q ellos no nos conocen del todo, como afirmas, es más, creo q sólo les interesa q seamos sus padres, todo lo demás les parece q es hurtarles una parte de nosotros, nos quieren tener como padres, con dedicación absoluta. y es lo q a veces nos produce malestar, cuandfo dedicamos a nuestro trabajo o aficiones tiempo y parece q se lo quitamos a ellos; es difícil, sobre tdo para las mujeres hasta hace poco, y aún falta mucho tiempo para q perdamos el complejo de culpa por tenere trabajos, aficiones y pasiones que nos apartan de su lado. en fín, gracias por hacernos pensar, carlos y demás amigos desconocidos y placenteros, un beso, Eleni
Muchísimas gracias, Mª José Eleni por esta reflexión tan profunda y sincera sobre tu experiencia personal. Como bien dices, los comentarios que queréis compartir con todos los lectores de la Placenta son uno de sus máximos atractivos porque suelen estar hechos desde lo más profundo. Sobre el tema de los hijos, creo que fue Khalill Gibran quien dijo que ” nuestros hijos no son nuestros hijos, sino que son hijos e hijas de la vida”. Cada día me siento más identificado con esa filosofía porque realemente los hijos no nos pertenecen. de hecho les hemos traido a este mundo sin siquiera consultárselo, y ellos han venido sin tener la más mínima opción de elegir a sus padres, así que ese vínculo tan estrecho que tenemos con ellos es algo misterioso y mágico, algo que solo al ser padres podemos entender. Puede que no entiendan o no quieran entender que los padres tenemos nuestras vidas y que, como ellos, tangamos la edad que tengamos, seguimos sintiéndonos jóvenes y con ganas de vivir. Eso es algo que solo el tiempo les puede enseñar, ¿no crees?
Me ha encantado compartir estas reflexiones contigo. Mi abrazo más fuerte y disfruta a tope de esas maravillosas nietas que tienes.