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Garaje Lumière, convirtiendo la utopía en realidad…

22 enero, 2012

Todos tenemos sueños, somos nuestros sueños, pero muy pocos se atreven a convertirlos en realidad, a vivirlos plena e intensamente. Es cosa de locos, dicen los que no se han atrevido a luchar con todas sus fuerzas por hacerlos realidad, cosa de inmaduros idealistas iluminados… Si el hombre no hubiera perseguido sus sueños, si no hubiera creado utopía, seguiría anclado en la edad de piedra. Estamos hechos de nuestros sueños, renunciar a ellos, renunciar a intentar vivirlos, es renunciar a ser nosotros mismos. Carlos Rico era un soñador sin remedio. Artista, director teatral y de cine, director de arte y dramaturgo, humanista y alma inquieta donde las hubiere, tenía un sueño al que jamás quiso renunciar, ni renunció: crear un espacio interdisciplinar de vanguardia donde sensibilidad, arte y emoción tuviesen un lugar donde vivir, un lugar donde se pudiese crear en libertad, donde cualquier artista pudiese expresarse y ser comprendido, reconocido y respetado por todas esas personas que siempre han deseado poder disfrutar de un espacio tan ilimitado como sus sueños. Y ese sueño se hizo realidad. Se llama GARAJE LUMIÈRE. Es un espacio libre abierto al arte que ya lleva diez meses funcionando en el barrio de Delicias, en el 12 de la calle Ciudad Real, en pleno centro de Madrid. Carlos no pudo llegar a ver su sueño convertido en realidad. Murió con treinta y ocho años, pocos meses antes de su inauguración. Sus fieles compañeros de viaje y de sueños, a los que se unió su hermana, cineasta y profesora de interpretación, siguieron recorriendo el camino que habían elegido con él.

Fascinados con la variedad de locales dedicados al arte que encontraban en ciudades como Nueva York, Berlín, Lisboa o Buenos Aires, Carlos, junto a Miguel Quero y Celia de Molina, decidieron crear un espacio interdisciplinar del siglo XXI, ese siglo donde las fronteras tradicionales que separaban las diferentes expresiones artísticas se diluyen cada día más. Fueron muchas las horas, las semanas y los meses que estuvieron pensando hasta el más mínimo detalle del espacio que querían. Allí tendrían que converger cine, teatro, escultura, pintura, poesía, música… y hacerlo no solo sin perjudicarse unos a otros, sino al contrario, ayudándose entre sí. Por ello la caja escénica de su sala, a diferencia del negro que siempre acostumbramos a ver, está totalmente pintada de blanco. Es el lugar idóneo de encuentro de las artes audiovisuales y las artes escénicas. En ese escenario podemos ver cine, teatro, recitales, conciertos… y las interactuaciones del teatro con el audiovisual y del audiovisual con el teatro. El público, que puede llegar a cerca de cien personas, se sienta en unas grandas blancas móviles, de forma que para cada espectáculo se puede cambiar el escenario de lugar, la disposición del público e incluso se puede mover al público en su grada durante el mismo espectáculo. Las posibilidades creativas que ofrece la sala son impresionantes. Esa sala, no podía ser de otra manera, fue bautizada con el nombre que se merece: Carlos Rico.

Y si la sala presenta todas esas ventajas, el espacio que la antecede, el hall, no se queda atrás. Acertadamente bautizado con el nombre de Annie Hall, en él conviven la sala de exposiciones, una sala chill-out, el bar (cuya barra también es movible, como las gradas del público, para dar mayor versatilidad al espacio), y un pequeño porche para fumadores. Además, el GARAJE LUMIÈRE cuenta con sala de maquillaje, camerinos y un espacio acristalado en un altillo que puede usarse como oficina, como aula o integrarlo directamente en la escenografía de la sala para aquellas representaciones que lo requieran.

Para el espectáculo que tuve la oportunidad de ver, las gradas estaban dispuestas frente al escenario y tanto la luz como la acústica eran perfectas. Se trataba de una obra escrita y dirigida por Miguel Ángel Carcano, “Teoría y práctica de los principios mecánicos del sexo”, con Elena Corredera, Juan Martin Gravina, Vito Sanz y Marta Larralde dando vida a dos parejas de treintañeros que, como los personajes de Chéjov, no son lo que dicen… sino lo que callan. Amor, pasión, sexo, amistad y fidelidad son conceptos que no siempre tienen clara dónde está la frontera que les separa. En un delicioso tono de comedia nos plantean una reflexión sobre lo que es el sexo y cómo convivir con él. Su propuesta es clara: La teoría del sexo es lo que hacemos, su práctica lo que somos. Como diría mi adorado Bruce Springsteen, esta es una obra que habla de hombres, mujeres, amor, sexo… muy difícil, muy complicado, pero… ¡necesario!. Un montaje sin duda recomendable, con un buen texto, una espléndida dirección y un reparto de actores que lo borda, con una Marta Larralde que, sencillamente, enamora demostrándonos que es capaz de ser la mala malísima de Gran Hotel y también la más divertida, adorable y sensible de las criaturas que pueblan nuestro mundo escénico.

En el GARAJE LUMIÈRE conviven ofertas teatrales tremendamente atractivas, con proyecciones de cortometrajes, cine forum, cabaret, conciertos, presentaciones, eventos, batallas de dj´s, ruedas de prensa, fiestas privadas, recitales de poesía, exposiciones, demostraciones de breakdance, etc. etc. etc. Y además de su oferta de espectáculos, es un espacio dedicado también a la formación del actor, con diversos talleres sobre interpretación, escritura de guión y creación de personaje, impartidos por Carmen Rico desarrollados con una metodología propia creada desde la experiencia de Carmen y desde las notas que dejó escritas Carlos sobre su faceta como formador de actores.

La génesis de un sueño no es sencilla, y su parto, como todos los partos, siempre está lleno de poesía. Si no, aquí tenéis cómo ellos mismos cuentan lo que fue el nacimiento del Garaje Lumière: Ana Berlín y Pedro Lisboa tuvieron un hijo; un caballo. Los médicos le llamaron Hipócrifo. Avergonzados y víctimas de la frustración, la desdicha y tamaña blasfemia hecha ser, deciden sacrificarlo la misma noche de su nacimiento, enterrando su cuerpo frío de neonato, en el Cementerio de los Idiotas. Hipócrifo, no murió, permaneció en estado de hibernación durante años hasta que tenemos datos de él en el Orfanato de Monstruos, Artistas y otras Especies. Su infancia transcurre en salas de incomunicación y patios vallados. GARAJE LUMIÈRE se hace eco de la historia de Hipócrifo, el niño hermafrodita caballo a través de Alba Castillo, una actriz porteña, que gestiona y acelera la adopción del menor. Ya en Madrid, Hipócrifo, tras años en silencio, exclamó al pisar GARAJE LUMIÈRE: ”Daré a luz otra forma. Quiero quemar Madrid, destrozarla, aniquilarla y crear Horsépolis, la ciudad de los hombres y mujeres caballo…”

Da gusto ver que en tiempos de crisis como los que corren, en tiempos de recortes y dificultades, de cierre de empresas y de desempleo, el empuje de unos jóvenes soñadores puede abrirse paso y demostrar que la ilusión y el amor todo lo pueden. Puede que en estos tiempos no haya trabajo, pero tenemos nuestros sueños, esos que nada ni nadie nos podrá quitar, y solo de nosotros depende que lleguen a vivir. GARAJE LUMIÈRE es una lección, una verdadera lección de amor. ¡Brindo por el GARAJE LUMIÈRE y por quienes lo han hecho posible! Carlos, dondequiera que estés, alzo la copa por ti. Gracias por habernos acercado a todos un paso más a la utopía.

 

Categorias
Cine/Teatro, General
Tags
Carlos Rico, Carmen Rico, Celia de Molina, cine, Elena Corredera, Garaje Lumière, Juan Martin Gravina, Marta Larralde, Miguel Ángel Carcano, Miguel Quero, música, poesía, teatro, Vito Sanz
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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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