“El viento se llevó lo que”
4 abril, 2010
Me fui para el Sur. ¿Adónde? No lo sé. El mapa es largo. Casi sin darme cuenta ya estaba en la Patagonia. Una avería, o el destino si lo prefieren, quiso que llegara a un pequeño pueblo olvidado en medio de ninguna parte. Por no haber no había radio ni televisión, tan solo una vieja gramola en la que siempre sonaban, al atardecer, los tangos de Gardel. María, una atractiva madrileña que hacía años había llegado allí siguiendo un gran amor, me hospedó en el humilde hotel que regentaba. Su gran amor hacía tiempo que se había ido y la había abandonado en aquel diminuto pueblo. Sin embargo el amor, la melancolía y la nostalgia seguían viviendo en sus ojos, unos ojos que habían aprendido a ver más allá de los sueños.
Un viejo iluminado me contó que era el dueño del último cine del mundo, un cine al que llegaban las películas que se habían estrenado en la ciudad hacía décadas y que, tras tanto trasiego, llegaban con los rollos cambiados de lugar, mezclados o perdidos y con actores que desaparecían para luego resucitar. Era imposible llegar a entender una de aquellas películas. Un viejo actor francés, al que por aquellos páramos sólo habían visto en blanco y negro, era el ídolo local. En el pueblo todas estaban enamoradas de él y, por eso, todos soñaban con ser él. No tardé en darme cuenta de que algo extraño pasaba en aquel pueblo. Nadie hablaba normal. Sus gentes, especialmente los más jóvenes, como disléxicos sin remedio, repetían las frases que habían escuchado una y mil veces en aquellas destartaladas películas y, lo más sorprendente, vivían como si estuvieran actuando en aquellas cintas mal montadas en las que, invariablemente, cuando llegaba el momento de la verdad, los actores daban un salto en el tiempo. Unas veces el salto era hacia delante, otras hacia atrás, eso poco importaba. Por eso, a veces, se besaban apasionadamente al conocerse para presentarse formalmente pasados algunos años. Los más viejos del lugar, conscientes del problema que aquejaba a los jóvenes, no paraban de buscar soluciones de lo más imaginativo. Llegaron incluso a
plantearse seriamente rodar sus propias películas. El más sabio del lugar, Antonio, tenía una mente privilegiada. Su infinita capacidad de deducción le llevó a formular tres teorías fundamentales para el desarrollo de su comunidad: “Todo es relativo”, “Todo es sexo” y, la más importante y humana: “Todos somos iguales”. Antonio nunca llegó a enterarse de que Einstein, Freud y Marx habían llegado a esas mismas conclusiones mucho antes que él. Incansable, cada vez salía del pueblo rumbo a la capital para vender su nueva teoría y conseguir el dinero suficiente para concretar su sueño: fundar la Universidad General de Todo, que sacaría de la noche de la ignorancia a los jóvenes del lugar. Nada podría mellar la voluntad de un hombre acostumbrado a enfrentarse a Eolo en la violencia de sus vientos patagónicos. Los dos primeros viajes acabaron, como cabía esperar, en un rotundo fracaso: nadie le hizo ni caso. El tercero, sin embargo, a punto estuvo de acabar en tragedia: llegó a Buenos Aires a finales de Marzo de 1.976, justo cuando estalló el golpe de Estado. Los militares torturaron durante un año a aquel ingenuo subversivo que se atrevía a defender que todos somos iguales y que propugnaba, incansable, el beneficio de las masas.
En aquel maravilloso pueblo encontré el amor: “Te amo tanto, me agarro un calor por dentro cada vez que te veo…” me dijo mirándome a los ojos. Terminé de enamorarme al comprender que si bien nunca, pero nunca, íbamos a poder comunicarnos, aquélla persona me entendería más que nadie. Llegó la primavera y nuestro pueblo seguía desconectado del mundo. A través de la ventana de nuestra casa nos quedábamos horas y horas contemplando y aprendiendo de toda esa poesía que nos rodeaba. Una noche de frío y lluvia el tren, que rara vez paraba en el pueblo, nos trajo un pasajero inesperado. Era el actor francés que había robado el corazón de todas las gentes de aquel pueblo. Sabedor de que su tiempo hacía años que había pasado, decidió venir a aquel lugar perdido del mundo para conocer personalmente a su público, a esos fieles admiradores que, durante años, no habían dejado de enviarle cartas. En ellos encontró el calor humano que tanto había echado a faltar y en María, la mujer de la mirada de los sueños, el amor de su vida. Cada día, al caer la tarde, el actor nos contaba una historia diferente. Su voz nos trajo la luz y la sonrisa de las mujeres tibetanas, la capacidad de amar locamente de su tío Alfonso que, pasados los sesenta, “honoraba” tres veces al día a una bella joven de 25 años en la trastienda de su zapatería…
Fueron días muy felices, hasta que, una tarde, llegaron los obreros y los camiones para poner esa cosa ahí, en lo más alto del valle, esa horrible estructura de hierros, cables y tornillos. Nos querían hacer cambiar, querían invadir nuestros cerebros y hacernos olvidar la paz, la tranquilidad y todas esas cosas bonitas que sabíamos compartir. Nos querían quitar esa locura que yo había aprendido a admirar casi como poesía… Un pueblo con televisión se parece a cualquier pueblo, así que nos fuimos de allí. No regresamos jamás.
Esta es la historia que Alejandro Agresti nos cuenta en “El viento se llevó lo que”, la película con la que ganó la Concha de Oro en el festival de San Sebastián de 1.998. Es una película cargada de esperanza y de poesía, una película capaz de emocionarnos y de hacernos sentir vivos, maravillosamente vivos. ¿Cómo era la vida en aquellos pueblos aislados del mundo que, sin radio, ni diarios, ni televisión, sólo mantenían el contacto con la civilización a través del cine?. Vera Fogwill, la joven actriz argentina que protagoniza esta película nos cuenta esta historia en primera persona llevándonos de la mano a ese proceso de descubrir la locura que nos hace libres. Junto a ella una espléndida, como siempre, Ángela Molina en el papel de María, esa mujer capaz de soñar y de hacernos soñar más allá de los sueños y el delicioso Ulises Dumont, ese pedazo de actor argentino que encarna al sabio Antonio, que ha nacido para compartir todo su mundo con nosotros. Fabián Vena está realmente entrañable en el papel de Pedro. Y, finalmente, cómo no, Jean Rochefort, ese formidable actor francés que da vida al actor francés con el que sueña y aprende a vivir todo el pueblo, ese viejo contador de historias que nos salva, porque siempre habrá esperanza mientras exista alguien que nos cuente un cuento, una historia que nos atrape, nos transporte, y nos haga olvidar nuestras pequeñas, o grandes, miserias. “El viento se llevó lo que” es una película inolvidable que nos habla de todas esas pequeñas cosas maravillosas que hemos ido perdiendo casi sin darnos cuenta, y es también un canto al cine, a la libertad, a la poesía, a la magia de la vida y, cómo no, a todos esos diferentes mundos por vivir que están en éste.


Qué bien lo cuentas, dan ganas de irse sin rumbo hasta encontrar un pueblo sin antenas ni satélites ni nada ¿quedará alguno?
Hola Juanjo!
Seguro que todos hemos sentido esas ganas en más de una ocasión, y seguro que todavía quedan paraísos perdidos como ése, donde todo puede pasar… porque en esos lugares, como en la vida, todo es posible.
Un gran abrazo
Iba es escribir justo lo que ha puesto Juanjo.
El otro dia me fui a pasear por la casa de campo…y fui la mujer más feliz, mi hermana alucinaba, decía: me encanta pasear contigo y ver el campo con tus ojos, ¡Que frase tan bonita! ¿Será que la vida es poesía?
Magnifica entrada…. Y si te digo Carlos, que tu eres el que nos cuentas cuentos… , historias que nos atrapan, nos transportas, y nos haces olvidar nuestras pequeñas, o grandes, miserias.
Un abrazo amigo!
Ei Gabi!
Muchísimas gracias por esos comentarios tan cariñosos y desmedidos!
Tu hermana tiene toda la razón. Nunca pierdas esas mirada: ¡la mirada de los sueños!
Un abrazo enorme, enorme, enorme
Hola Carlos
Muy buena la entrada de este tema , me encanta, por cierto la canción soñar contigo es magnífica me a encantado, expressa muchos sentimientos.
La película ´´ El viento se llevó lo que´´ parece muy interesante, intentaré encontrarla por qué tiene muy buena pinta. Muchas gracias me a encantado este tema.
Un abrazo.
Hola Jaume!
Gracias por seguir siempre ahí, fiel a La placenta con tus comentarios de apoyo.
Toda la música de Zenet es fantástica, y sobre todo sus directos, donde hace que esos temas que en el disco duran 3 minutos duren 12 dándoles todo lo que él lleva dentro. Si tienes portunidad de verle en directo de verda, no te lo pierdas. Es único.
Ojalá encuentres la pe´lícula, porque sé que es de las que te gustará.
Un gran abrazo
Una vez más, muchas gracias por tu generosidad Carlos…
Al revés, Juan, muchas gracias a tí por hacerme llegar tu comentario de apoyo. Te aseguro que es muy gratificante tener un blog que recibe tantas visitas y comentarios de gente como tú. Un gran abrazo
Eso es lo grande, “Todo , es relativo”, dentro de esta teoría podemos derivar en la maravillosa esencia de “Hay de todo, para todos”. Cuando estás algo acostumbrado a ver cine, lo disfrutas, lo saboreas, aprendes cosas, conoces otros puntos de vista,… Siempre sacas algo, no obstante, la verdadera magia surge cuando contemplas una obra que te sorprende, que te perturba, que te cambia estructuras predeterminadas, en este caso “El viento se llevó lo que”. Es ingeniosa sin límite, plena de metáforas, tanto esenciales, como materiales. Sin lugar a dudas, el cine forma parte de nosotros, en cuanto que nos conforma, a veces, es consentido, otras veces, simplemente, inevitable.
Respecto, a ti Carlos, y ésta magnífica y confortable “Placenta”, tus formas, tu facilidad de narración, de expresión, de divina palabra, hacen que tus textos entren solos, se deslicen por la pantalla. Sinceramente, me resulta prácticamente imposible, detenerme en tus textos, ya que las líneas que escribes, hasta ahora, se hacen máximamente agradables a mis ojos, que las consumen, como si de un gran manjar se tratara, y de hecho se trata. En definitiva, Carlos, provocas y produces ganas, de leerte, de saber, de intuir, de sentir, de vivir… Gracias.
Hola de nuevo Velania, gran alegría volver a verte por aquí!
Cuánta razón tienes en todo lo que comentas sobre lo que significa y es el cine en nuestras vidas. Es algo indisociable de nosotros, y especialmente las películas que, como “El viento se llevó lo que”, nos sacuden en lo más hondo y le dan un masajito a nuestra alma para recordarnos que estamos vivos, que es mucha la vida por vivir y que debemos estar abiertos a conocer y saborear todas esos mundos diferentes que están en el nuestro.
No sabes cómo agradezco todo lo que me dices de La placenta. Es maravilloso escribir sabiendo que lo que estás escribiendo llegará a gente sensible como tú que lo hará suyo. Ya sabes que soy de los que creen sinceramente que es más importante un buen lector que un buen escritor. Escribir no es más que enviar invitaciones para que otros vuelen…y eso, paradójicamente, también hace volar al que las escribe.
Espero no defraudarte en las futuras entradas. Sé que la que subiré mañana, sobre Antonio Machado, te gustará, y que también te gustará la música que la acompaña.
Lo dicho, Velania, muchísimas gracias por haberme dado la alegría de tus comentarios y, sobre todo, de verte de nuevo por aquí.
Un abrazo enorme y “placentero”, muy “placentero”…
A mi me paso parecido, Gabriela, volviendo en tren de Málaga, estaba el campo tan bonito que me daban ganar de saltar y dedicarme a andar sin rumbo por él, especialmente tras dejar Cordoba atrás.
No me cabe duda de que Gabi y tú tenéis la misma mirada. Por favor…¡No la perdáis nuncaaaaaa!
Un abrazo enorme a los dos