El viaje de Angelopoulos
3 agosto, 2009
Hoy quiero hablaros de uno de mis directores favoritos: Theo Angelopoulos. Su cine es poesía en estado puro: cada plano es una auténtica obra de arte.
¿Cómo no recordar todos esos desolados paisajes en la niebla que aparecen en sus películas, o el impresionante plano secuencia de “La mirada de Ulises” en el que seguimos a los cientos de manifestantes que, bajo un sin fin de paraguas negros, recorren en un imponente silencio las calles lluviosas de una ciudad desierta?.
Son pocos los que dominan la dificil técnica del plano secuencia como Angelopoulos, y son menos aún los que saben utilizarla como lo hace él para reflejar el paso imparable del tiempo. Recuerdo la escena de un baile de fin de año en la que vamos siguiendo el cadencioso bailar de un grupo de parejas a las que, aparentemente, nada les sucede, mientras, casi sin darnos cuenta, sobre un calendario de pared, vamos viendo, entre giro y giro, el inexorable paso de los años. Todo sigue igual: un año sigue al siguiente y luego a otro más; la vuelta que da una pareja sigue a otra, y ésta a otra más; el silencio de una pareja sigue al no tener nada que decirse de otra, o al simple decir una banalidad tras otra de la de más allá, en esa noria que creemos sin fin que es la vida.
Otra de las señas de identidad del cine de Angelopoulos es el guiño que nos hace, a veces, al incluir como secundarios de sus películas a personajes que fueron los protagonistas de otras en ese proceso de búsqueda constante que refleja toda su obra. El juego con el paso del tiempo, con la memoria y con los recuerdos, es otra de las claves de su cine: sus personajes son lo que son y, precisamente por eso, también todo lo que han sido.
La música de Eleni Karaindrou, presente en casi todas sus películas, forma parte de ellas, está indisolublemente ligada a las imágenes que vemos, a los sueños que vivimos. Es una música fascinante, una música donde habitan la nostalgia y la melancolía, una música que nada sabe de tristezas, una música difícil de definir, como el cine de Angelopoulos y como todas las cosas que, verdaderamente, nos llegan al alma. Lo mejor es, quizá, que la escuchéis. En el icono que aparece a continuación encontraréis uno de sus temas perteneciente a la banda sonora de la película “The weeping meadows”. Es una buena compañera para este viaje.
Porque de eso tratan las películas de Angelopoulos: del viaje, de ese viaje que todos realizamos, del problema universal de no tener un lugar en el mundo y de necesitar saber quienes somos en verdad. Desde “El viaje de los comediantes” a “La eternidad y un día” o “Eleni”, su cine se centra en la experiencia del viaje, de ese viaje interior o exterior que todos realizamos buscando nuestro lugar, nuestras raíces. Sus personajes son seres desarraigados, solitarios y silenciosos que, en un poético eco de los mitos griegos, nos recuerdan que la libertad, la amistad, la necesidad de justicia o la dignidad siempre han acompañado al ser humano.
En “Viaje a Cythera” (esa maravillosa isla a la que Odiseo jamás llega), el protagonista es un viejo guerrillero comunista que regresa a Grecia tras más de 30 años de exilio. Vuelve buscando sus raíces, el mundo que dejó atrás, aquel mundo que, en las noches de frío y soledad, creció en el inmenso océano de su memoria, aquel mundo en el que se quedó viviendo su familia. La figura de ese anciano solitario es una imagen que nos llega a lo más hondo. Al reencontrarse con sus dos hijos sólo pide un poco de ternura, la misma que le quiere dar a la mujer que, como Penélope, le ha estado amando y esperando durante todos esos años.
Hombre íntegro, libre y fiel a sus convicciones, decide regresar para pasar sus últimos días con los suyos, con los que en un tiempo muy lejano fueron su familia y sus amigos, regresar para vivir de nuevo en un país, el suyo, que le vio nacer y crecer, un país al que todavía ama, pero que ya no le reconoce y que le vuelve a expulsar, porque en los países de hoy los seres libres como él ya no tienen cabida, sólo son peligrosos extraños que amenazan al orden establecido.
Spyro, así se llama su protagonista, es un nuevo Odiseo que, sorteando los peligros y la sinrazón de un mundo que ya no es el suyo, intenta regresar a su hogar. La escena final, en la que las autoridades le abandonan en una balsa fondeada en medio del puerto para cumplir las órdenes recibidas de sacarle del país lo antes posible, refleja perfectamente la soledad y el aislamiento al que el nuevo mundo, el nuestro, condena a los que no aceptan sus reglas. Spyro, como tantos otros, no tiene papeles, ése es su delito.
Es en ese momento cuando aparece toda la magia de Angelopoulos: cae la noche, el viejo guerrillero sigue solo en la balsa cuando, desde el muelle, escucha a su mujer pidiendo a través del micrófono de una orquesta que le dejen ir con él. Spyro le contesta tocando su violín. En la oscuridad de la noche sólo se oyen los acordes de una vieja canción que habla del paso del tiempo y de cómo, casi sin darnos cuenta, nos vamos marchitando… Los policías del puerto, empujados por los marineros y las gentes de la taberna, acceden a llevarla junto a él. La depositan en la balsa. Los dos viejos se abrazan. Las primeras luces del día nos permiten verles todavía abrazados en un profundo silencio. Spyro se incorpora, mira hacia el mar abierto y sólo dice una palabra: “Amanece”. Ella, sentada en medio de la balsa, le mira con ternura y le contesta :”Estoy lista”. El la mira fijamente a los ojos y suelta la única amarra que les une al mundo al que ya no pertenecen. La balsa empieza a alejarse hasta perderse, solitaria, mar adentro…
Y si “Viaje a Cythera” nos habla del viaje como regreso, “La mirada de Ulises” lo hace contándonos con imágenes el viaje interior del ser humano en la búsqueda de sus orígenes, en la búsqueda de sí mismo. Ese viaje de A, su protagonista, a través de los Balcanes, está repleto de belleza y de melancolía. La imagen de la enorme estatua troceada de Lenin navegando sobre una solitaria barcaza por el Danubio refleja, como pocas veces se ha hecho, el fin de las ideologías, la muerte de las ideas en ese mundo marcado por el odio, la barbarie y el terror que el protagonista descubre en la etapa final de su viaje: el Sarajevo sangriento que la vieja Europa pretendió, inútilmente, ignorar.
Los paisajes que nos muestra Angelopoulos son fríos, casi siempre cubiertos por la niebla, páramos desiertos en los que, de cuando en cuando, aparecen las figuras de algunos seres humanos representando el triste papel que les ha tocado en la tragedia de la vida: el de marionetas que bailan y se mueven sin saber, o sin querer saber, que es otro quien las maneja y que su vida pende, siempre, de un fino hilo.
Las películas de Theo Angelopoulos representan una mirada poética a un mundo que desaparece, un mundo que ya no tiene cabida en el nuestro, un mundo donde lo importante era el ser humano.
En todas sus películas vemos la orilla de un mar, de un lago o de un río, eterna antesala de ese viaje, de ese volver a empezar, de ese enfrentarnos a nosotros mismos. Los antiguos griegos sabían que la vida es viaje, que lo importante es viajar y dejar que todo fluya… Hoy, Theo Angelopoulos, hijo de aquellos griegos que pusieron los pilares de nuestra civilización, ha venido para recordárnoslo, para recordárnoslo antes de que ya sea demasiado tarde…
Es una pena que películas como “El apicultor”, protagonizada por Mastroianni, o “El paso suspendido de la cigüeña”, “Paisaje en la niebla” o la ya lejana “El viaje de los comediantes” no puedan verse facilmente en las salas de cine.
Esperemos que estrenen pronto “The dust of time”, su última película, que presentó en la pasada edición del Festival de Berlín, con Willem Dafoe, Bruno Ganz, Irène Jacob y Michele Piccoli, y confiemos en que, ésta vez, la aguanten varias semanas en cartelera.
Realmente no es fácil ver las películas de Angelopoulos en pantalla grande en nuestro país y es una verdadera pena, aunque una pena que no sorprende en un mundo que ha sustituído el viaje… por la huída.

Me ha encantado el último párrafo “…no sorprende en un mundo que ha sustituído el viaje… por la huída.”. Genial.
Hola veryinspired! De nuevo en primera fila! Realmente con gente como tú da gusto abrir el blog porque sabes que simpre encontrarás esa palabra cariñosa de ánimo que nos ayuda a seguir adelante en ese maravilloso viaje que nada sabe, ni debe saber, de huidas que es la vida. Un abrazo enorme y muy viajero
Hola Carlos, muy interesante el artículo sobre el director Theo Angelopoulos, la verdad que estos paisajes que vemos en esta página son geniales, la que más me llama la atención es la de La mirada de Ulises, a ver si la puedo ver y la última película que se estrenará aquí la iré a ver al cine, gracias por este interesante artículo. Un abrazo.
Gracias a tí, Jaume, por estar siempre ahí, apoyándome. No te pierdas “La mirada de Ulises”, es una película que te impactará. Fíjate, sobre todo, cuando la veas, en cómo juega Angelopoulos con el silencio y con los leves movimientos de cámara con los que suele rodar sus planos. La fotografía, fría y azul, también te encantará. Son tantas y tantas las cosas que hay en esa película. Estoy seguro de que jamás olvidarás los planos finales de la pelicula, esos planos de Sarajevo cubierto por la niebla… Son de lo mejor que he visto en cine.
Un abrazo enorme, Jaume y gracias de nuevo por estar siempre ahí.
Al igual que la cancion sin letra, hoy no voy a decir nada. Voy a dejar que las lágrimas y el silencio digan todo.
Muchas gracias!
Prometo ser la primera en la Sala de cine!
Gracias, Gabriela, por decir tanto con tan poco…
Seguro que nos encontraremos en esa sala
Un abrazo enorme y totalmente angelopousiano
Me encanta leerte, Carlos. No sólo los temas de los que tratas sino las cosas que dices. Tus escritos están tan llenos de mensajes que entiendo tan bien pero que yo nunca sabría transmitir de una forma tan bella y comprensible Muchas gracias por este lugar.
Gracias a tí, Nerea, por esas palabras de apoyo tan cariñosas y bienvenida a “La placenta…” Confío en no defraudarte en futuras entradas, te prometo que haré lo imposible por conseguirlo.
Espero que te guste Leonard Cohen. Aprovechando que este verano éstá dando varios conciertos por nuestro país, y que ¡Loados sean los dioses! tengo entradas para el concierto del 12 de septiembre en Madrid, mi próxima entrada se la dedicaré a él.
Un abrazo enorme, enorme, enorme y muy “placentero”
Desde siempre, el mundo ha condenado a la marginalidad a todo aquel que no se adapta a él o carece de medios. Sólo se aplaude la diferencia “positiva” y, aun así, algún genio ha vivido en la cárcel del ostracismo social hasta que la muerte le ha regalado el reconocimiento póstumo (al fin y al cabo, siempre mundano). Quizá, lo mejor sea hacer caso a Heráclito y dejar que “todo fluya” pues nunca nada vuelve a ser lo mismo:afectos, cuerpo, mente… y embarcarse en ese río siempre cambiante nos devuelva la humanidad.
La escapada a la cobardía (la huída)nos aprisiona el corazón pero es la vía rápida. Yo, personalmente, me asfixio como, aunque no venga al caso, haciendo una cola kilométrica bajo un sol de injusticia para conseguir unas entradas regaladas el lunes en un verano de la villa. Todo sea por la inquietud que me despiertan quienes se dedican a la única forma posible de LIBERTAD: LA VIDA EN Y POR AMOR AL ARTE..eso sí que es FLUIR.
Hola Raquel!
Muchísimas gracias por tus palabras de apoyo y por tus reflexiones sobre el viaje y la cobardía de la huída ,o el no atreverse a dejar que todo fluya, que, a veces, viene a ser lo mismo.
Si, como imagino, esa cola de la que hablas era para ver a Barenboim, está claro que valió la pena. ¡Qué maravilla de concierto! Su forma de abordar el primer movimiento de la Fantástica de Berlioz fue impresionante, me hizo saltar las lágrimas…
No sabes cuánto me alegra darte la bienvenida a “La placenta…”
Un abrazo enorme, muy Barenboriano…¡ y siempre “placentero”!
Felicidades Carlos, tus aportaciones son de una riqueza genuina.
A la magia de la vida le pido un deseo: Un libro en las librerias, autor: Carlos Olalla.
Adivino en ello un placer para los sentidos: La belleza de la forma; la inteligencia, la sorpresa, la sabiduría… del contenido.
Mientras tanto, mis sentidos, seguirán absorviendo desde aquí.
Gracias por compartir.
Hola Hadha!
Ante todo, muchísimas gracias por esas palabras tan cariñosas de ánimo y, cómo no, ¡Bienvenida a “La placenta…”!
No podrás encontrarlos en las librerías porque se publicaron hace años, pero quizá todavía puedas encontrar alguno de ellos en tiendas de internet. Se publicaron con mi nombre completo (Carlos García de Olalla), y no con el que uso como actor (Carlos Olalla). Por si te decides a buscarlos, ahí tienes los títulos:
“La sabiduría del silencio”, (novela) de ediciones libertarias (1.993)
“Hijos del viento” (poesía), de Huerga y Fierro editores (1.999)
“La taberna de los sueños” (novela), de Huerga y Fierro editores (2.002)
Creo que los de Huerga y Fierro todavía tienen algunos ejemplares de “La taberna…”, quizá ahí puedas encontrarlos (91-467.63.61). Espero que te guste, es una novela que reivindica la necesidad de valores como el amor y la amistad por encima de todo lo demás…
En fin, Hadha, lo dicho, muchísimas gracias por el cariño de tus palabras… y ¡Bienvenida a “La placenta del Universo”!
Por los sueños, por todos los sueños… y la utopía, siempre la utopía.
Mi abrazo más fuertte
Hola Carlos. Gracias por este blog. Me acabas de hacer un regalo maravilloso: recordar algunos planos que tengo grabados en la memoria de La eternidad y un día o de la Memoria de Ulises o del Viaje de los comediantes o de otras mientras escuchaba esa música maravillosa y leia tus acertadas palabras.
Creo que personas como Angelopoulos, que no es otra cosa que un poeta, nos salvan de la mediocridad y del pesimismo. A mi, desde luego, junto a otros muchos como Kieslovski y Kiarostami (no recuerdo si se escribe así) me ha hecho ser mejor persona o, por lo menos, desearlo.
Que viva siempre la poesía tenga la forma que tenga y que siempre hayagente como tú, generosa, dispuesta a compartirla con los demás.
Otra vez gracias. Y no pares nunca, por favor. A partir de este momento intentaré sacar ratitos para leer tu blog.
Ante todo muchísimas gracias por estas palabras tan cariñosas y, desde luego, bienvenida a “La placenta…”
Como bien dices, Angelopoulos es un poeta, y de los grandes, como también lo son Kieslovsky y Kiarostami. Veo que te gusta el buen cine. Seguro que también habrás disfrutado con Kaurismäki y su hombre sin pasado. Todos ellos nos han regalado una mirada muy particular, la mirada de la poesía, y, al hacerlo, han ayudado a que la poesía salga a la calle, que es donde debe vivir…
Muchas gracias, Sara, por compartir tu mirada poética con todos nosotros.
Un abrazo enorme, placentero y lleno de poesía
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Gracias