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El maestro

25 septiembre, 2011

Todos recordamos el nombre de algún maestro o maestra que marcó nuestra vida para siempre. Sin necesidad de recordarlo jamás lo olvidamos, porque forma parte de nosotros. Nos enseñó algo que siempre nos ha acompañado: a pensar. Maestros los hay buenos, malos y regulares, como en todo, pero quiero dedicar esta entrada a todos esos buenos maestros y maestras que aman su profesión y que alguna vez se cruzaron en nuestro camino. Sobre sus hombros recae la responsabilidad de ayudarnos a abrir nuestra mente, nuestro espíritu, de despertar en nosotros la inquietud y la necesidad de saber, el placer de descubrir, de aprender y de querer aprender. Siempre están allí. Nos ven crecer. Crecen junto a nosotros. Nos ven partir y, cada año, reciben con los brazos abiertos a otros con los que volverán a vivir la experiencia de compartir su sabiduría y su conocimiento para plantar dentro de cada uno  la semilla que les haga crecer y madurar. Y más tarde también les verá partir. Y ellos seguirán allí, haciéndose mayores, envejeciendo, viéndonos pasar y dándolo todo para prepararnos para que nos vaya bien en el viaje de la vida. Hay maestros que enseñan, maestros que muestran, maestros que preguntan, maestros que sugieren, maestros que responden y maestros que simplemente indican el camino a seguir, un camino en el que jamás nos sentimos solos, porque sabemos que su mano amiga siempre está cuando más la podemos necesitar. Son muchas las formas de enseñar, innumerables, pero todas tienen un único e imprescindible denominador común: el del amor a enseñar.

Cuando somos pequeños les vemos allí sentados en su imponente mesa frente a nosotros. Son, o nos parecen, grandes, mucho más que nosotros. No llevan uniforme, ni bata, como nosotros, y lo saben todo. Están solos. Son los únicos adultos que hay en la clase. Sempiternamente unidos a un pedazo de tiza y a un encerado, y con un libro que siempre miman entre las manos, nos observan tratando de entender cómo hacernos llegar todo eso que llevan dentro y que tantas satisfacciones les ha dado, y nos dará, en la vida. Su objetivo no es fortalecer nuestra memoria, sino nuestras ganas de aprender. Siempre encuentran la manera de despertar nuestra curiosidad, de abrir nuestra mente al mundo, de dejar que la belleza del mundo entre en nosotros. Y lo hacen con humildad, con amor y con paciencia. Son nuestro espejo. Lo saben. No pueden fallarnos. Siempre están alerta, observando y analizando esos pequeños detalles de nuestra forma de ser que indican que podemos tener algún problema. No son salvadores de la patria ni sanadores de almas, son héroes anónimos, héroes que deciden entregar su vida a hacer crecer las de los demás. Enseñan Historia, ayudan a crearla, pero saben que sus nombres jamás saldrán en los libros de Historia. Su profesión, la de maestro, es la más hermosa que existe. Porque ellos viven en nosotros, en lo que nos enseñan a hacer y en lo que nos indican no hacer, en lo que nos muestran y en lo que no esconden, en lo que dicen y en lo que callan, en todas esas pequeñas cosas que nos ayudan a ser seres humanos.

Jules de Goncourt dijo que el aprendizaje más largo es el de aprender a ver. Eso es lo que nos ayudan a hacer los maestros: aprender a ver, a verlo todo con claridad, desde diferentes perspectivas, a cuestionarnos una y otra vez lo que vemos, a ver más allá de lo que en apariencia vemos. .. En el mundo del conocimiento y de la sabiduría todos nacemos ciegos. Los maestros son, por así decirlo, nuestros lazarillos. Otra gran escritora, Doris Lessing, definió el aprendizaje diciendo que aprender es entender algo de repente que te hace entender toda tu vida de una forma nueva. Eso es lo que hacen los maestros con nosotros, enseñarnos a captar esos fogonazos que, de repente, iluminan nuestra vida y la cambian para siempre. También por eso los maestros son faros, faros que iluminan en la niebla de la vida.

La importancia de la educación y de los maestros es reconocida desde la antigüedad: Aristóteles no lo dudaba cuando dijo que «Aquellos que educan bien a los niños merecen recibir más honores que sus propios padres, porque aquellos solo les dieron vida, pero éstos el arte de vivir bien». Y Pitágoras decía “Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres” y “educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida”.

Los maestros no pretenden hacernos sabios ni vanagloriarse de su sabiduría. Simplemente están ahí para ayudarnos a aprender a vivir y a ser felices, o cuando menos a enseñarnos que tenemos derecho a serlo y que podemos llegar a serlo. Nos dan el mejor regalo que alguien nos puede dar: aprender a pensar. El pensar es lo que nos hace tener opinión propia, lo que nos hace libres. Eso es lo que nos dan los maestros: la libertad. Como decía Herbert Spencer, “Educar es formar personas aptas para gobernarse a sí mismas, y no para ser gobernadas por otros”.

Son muchas y muy buenas las películas que han tocado el tema escolar y nos han reflejado la vida del maestro. No es fácil hacer una selección, pero he querido traer aquí algunas de las escenas de dos películas que reflejan perfectamente todo lo que estoy intentando explicar: “El Club de los poetas muertos” y “La lengua de las mariposas”. Parecen películas muy diferentes, pero no lo son. Ambas hablan del amor del maestro por enseñar, por abrirnos al mundo, por sembrar la semilla de la curiosidad en lo más hondo de nosotros, por ayudarnos a crecer y a encontrar el camino de la felicidad. Y ambas hablan también de la intransigencia y la falta de miras del poder con el que los maestros se han de enfrentar a diario en una lucha desigual, una intransigencia ignorante, injusta y cruel de quien se pavonea de su recta moral e inquebrantables principios, de quien se cree con derecho a estar por encima de los demás, de quien confunde tener autoridad con mandar y tener razón con imponer su razón, de quien utiliza las instituciones y lo público para su propio provecho y no para el de los ciudadanos, de quienes solo saben navegar en el mar de la hipocresía, los politiqueos y los dogmas, y naufragan irremisiblemente en el océano de la sabiduría, de la inteligencia y de la libertad.

Aquí tienes las cuatro secuencias de “El Club de los poetas muertos” que he seleccionado para ilustrar esta entrada. Seguro que las recuerdas.

 Y aquí dos inolvidables secuencias de esa joya que es “La lengua de las mariposas”: la del discurso de la libertad y la durísima e imprescindible secuencia final.

Por último, aquí tienes una selección de imágenes de “La lengua de las mariposas” que acompañan a Patxi Andión cantando el tema que compuso a los maestros, porque refleja perfectamente lo que siento hoy por todos esos maestros y profesores de nuestro país que están siendo atacados y vilipendiados desde el poder por pretender hacer bien su trabajo y defender sus, nuestros, derechos. La educación no es un gasto, sino una inversión, la inversión más rentable y segura que existe: nuestro futuro. ¡Va por todos ellos y ellas!

Quisiera acabar este pequeño homenaje con un precioso poema que Gabriel Celaya le compuso al maestro. Se titula: Educar.

Educar es lo mismo

que poner un motor a una barca,

hay que medir, pensar, equilibrar,

y poner todo en marcha.

Pero para eso,

uno tiene que llevar en el alma

un poco de marino,

un poco de pirata,

un poco de poeta,

y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar,

mientras uno trabaja,

que esa barca, ese niño

irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío

llevará nuestra carga de palabras

hacia puertos distantes, hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día

esté durmiendo nuestro propio barco,

en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada.

Categorias
Cine/Teatro, General
Tags
Aristoteles, Doris Lessing, El Club de los poetas muertos, Enseñanza, Herbert Spencer, Jules de Goncourt, La lengua de las mariposas, Maestro, Pitágoras
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21 comentarios para “El maestro”

  1. Marta Pomes dice:
    25 septiembre, 2011 a las 10:16

    !!Yaaaaaaaaaaaaaaaaawp!!!… “mi querido capitáaaaaaaan”!!!…

    No se puede añadir cosa alguna a a tu entrada sobre los Maestros. Ya lo dices todo.

    Acompañada de la voz rota de Patxi, yo si te digo: te espero todas las semanas Carlos, mi maestro, para que se activen estre mis telarañas pensamientos que estaban por ahí dormidos y necesitan avivarser.

    Gracias por compartir con nosotros tanta belleza.

    Un enorme abrazo.

    Responder
    • Francisco Sánchez dice:
      27 septiembre, 2011 a las 10:42

      Convecina y amiga Marta, te recomiendo beber y hacer gárgaras con agua de río o manantial sano, en la que hayas puesto unas pocas hojas de menta, una cucharadita de tomillo, unas gotitas de limón y un poquito de miel de encina. Alivia, relaja, tonifica y desinfecta.

      Te lo sugiero amablemente porque, creo que después de tu “¡Yaaaaaaaaaaaaaaaaawp! tus cuerdas vocales habrán quedado como para no pasar la I.T.V.

      Un saludo.

      Responder
    • Carlos Olalla dice:
      15 octubre, 2011 a las 23:49

      Ah, Marta Marta, Marta! Qué placer tener lectoras como tú que sabéis sacar oro de donde no hay. Las personas sensibles tienen muchas cerraduras para abrir su alma, por eso no es difícil encontrar una llave que la abra. Mi abrazo más fuerte desde esta peregrinación hacia la belleza que es la vida.

      Responder
  2. José Miguel dice:
    25 septiembre, 2011 a las 14:06

    Suscribo el comentario de Marta, Carlos. Me encantó el poema de Celaya y me hiciste recordar a un maestro que tuve. Era (y es, tiene 95 años) un maestro que tuve en la edad escolar. Muy conservador pero con una mente abierta y sumamente respetuoso con sus alumnos. Su máxima preocupación era no imponer criterios y destinos, sino que cada uno forjara el suyo. Gracias por el artículo, por los videos, por las fotos y por hacerme recordar. Un fuerte abrazo.

    Responder
    • Carlos Olalla dice:
      15 octubre, 2011 a las 23:52

      José Miguel, ante todo disculpa que no te haya contestado antes, pero me ha sido del todo imposible hacerlo. Me alegro muchísimo de haberte ayudado a recordar a ese maravilloso maestro que por lo que hacía de conservador no tenía nada (otra cosa es lo que dijera, pero a estas alturas hace ya mucho que solo juzgo a las personas por lo que hacen y no por lo que dicen). Mi abrazo más fuerte y entrañable

      Responder
  3. Rossana Fialdini Z dice:
    26 septiembre, 2011 a las 01:53

    Me encantó, como siempre, tu artículo. Y comparto contigo tus ideas en cuanto a la función del maestro y del profesor… No tuve mucha suerte en cuanto a buenos maestros en la primaria, salvo dos maestras, la de quinto y la de sexto, que fueron muy buenas. En la secundaria también sólo puedo recordar a uno o dos… pero ya en la universidad, sí he tenido buena suerte, aunque también puedo recordar a los malos maestros que he tenido y al daño que han provocado en mi vida, sobre todo cuando era más joven e impresionable… Siempre he pensado que la responsabilidad de los maestros y profesores es comparable a la responsabilidad de los médicos y cirujanos… y aunque los maestros no matan físicamente a sus estudiantes, hacen algo igual: les matan el deseo por aprender, que es, en mi opinión, una de las actividades más interesantes que como personas tenemos la suerte de experimentar. Y no hay nada peor que un chico o chica al que le han matado las ganas de aprender… ayudarlo a recuperar ese deseo es muy difícil. Después de muchos años, vuelvo a ser profesora y confieso que es una de las cosas que más satisfacciones me ha dado en la vida… y ahora me puedo dar cuenta de cuánto extrañaba enseñar, durante todos los años que no lo hice… La educación es la inversión más importante que un país puede hacer en sí mismo, porque con ella apuesta sin riesgos por un futuro mejor… Desgraciadamente, siempre hay quienes a toda costa desean boicotearla, porque un pueblo educado significa un pueblo mucho más difícil de manipular y de verle la cara… Un abrazo, Carlos.

    Responder
    • Carlos Olalla dice:
      15 octubre, 2011 a las 23:57

      Hola Rossana! Disculpa, por favor, mi retraso en contestarte, pero me ha sido del todo imposible hacerlo antes. Me encanta esa analogía que haces entre los maestros y los cirujanos y todo lo que comentas sobre la importancia de hacer que nuestros jóvenes mantengan vivas sus ganas de aprender. No hay nada más triste que ver a un adolescente desperdiciar esa parte tan maravillosa de la vida pensando que la vida no tiene sentido porque no ha encontrado nada que le motive o le atraiga. ¡Y por desgracia hay tantos así!
      Mi abrazo más fuerte

      Responder
  4. ANTONIO dice:
    26 septiembre, 2011 a las 12:32

    es curiosos lo de los maestros es comprable a las personas maestros al igual que las personas que dejen huella son muy pocos apenas dos pero porque ves en mi caso que ya estan de vuelta de todo que se saben todos lo trucos y las atajos y que sobre todo tienen un fuego interior que no se apaga y que con una frase COMO EL AMOR DURA LO QUE DURA DURA resumen toda una vida sin embargo la mayoria son seres aburridos de si mismos sobre todo las profesoras que mas alla del simple baremo de una NOTA no se saben mover

    Responder
    • Carlos Olalla dice:
      16 octubre, 2011 a las 00:00

      Entre los maestros, como en otras muchas profesiones, hay de todo, pero convendrás conmigo, Antonio, en que cuando das con un buen maestro la huella que te deja es imperecedera y te acompaña toda la vida. Quizá no sean muchos, pero la existencia de uno solo de ellos da el verdadero significado a la palabra educación. Un gran abrazo

      Responder
  5. Francisco Sánchez dice:
    26 septiembre, 2011 a las 18:42

    Carlos, enhorabuena una vez más.

    Maestro, persona que enseña y transmite conocimientos. Afortunado el que puede decir yo tuve un buen maestro; honrado quien recibe dicho reconocimiento.

    Si la educación te parece cara, prueba con la ignorancia (Albert Einstein).

    Los países que alcanzan mayor nivel de desarrollo, son aquellos que invierten en educación y cultura, y no al revés ( Clauido Abbado).

    Carlos, tuve la suerte de encontrar varios maestros que me transmitieron conocimientos e inquietudes, con cierta complacencia por mi parte. Aunque, lamento no haber encontrado maestros que hubiesen bebido del rico, libre y fresco caudal de las fuentes de la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos, y de la Escuela Moderna de Ferrer i Guardia. Asimismo, me hubiese encantado conocer, en mi infancia y juventud, las vidas, ideas y peripecias de gentes de enorme valor, injustamente olvidadas por lo politicamente correcto de nuestra transición “demosgratica”, como la familia De Buen ( Odón, Demófilo, Sadi, etc).

    Simón Rodríguez, que había sido maestro de Simón Bolívar, y que anduvo medio siglo a lomos de una mula fundando escuelas por América, decía que, ” enseñen a los niños a ser preguntones, para que se acostumbren a obedecer a la razón, no a la autoridad como los limitados, ni a la costumbre como los estúpidos. Al que no sabe cualquiera lo engaña, al que nada tiene cualquiera lo compra”.

    En el útimo cuarto del siglo XIX un diputado español de derechas decía que en España no hacían falta escuelas, lo que hacían falta eran burros que trabajasen de sol a sol.

    ¡Atentos!, la historia se repite.

    Un abrazo de un alumno curioso.

    Responder
    • Francisco Sánchez dice:
      29 septiembre, 2011 a las 13:02

      Pd: “demosgrática” de “demos gracias”.

      Responder
      • Carlos Olalla dice:
        16 octubre, 2011 a las 00:14

        ;-)

    • Carlos Olalla dice:
      16 octubre, 2011 a las 00:06

      Hola Paco!
      Disculpa, por favor, el retaso en contestar a tu comentario. Por diversos motivos me ha sido del todo imposible hacerlo antes. ¡Qué maravilla de profesor el tal Simón Rodríguez! ¡Ojalá hubiera muchos como él y no como ese diputado por desgracia tan fácil de encontrar hoy en día ya que tanto abundan por estos lares!
      Un abrazo enorme

      Responder
  6. Mar3 dice:
    28 septiembre, 2011 a las 21:27

    Carlos…geniallllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllll, cada artículo que leo en tu blog, ¡son todos enriquecedores!.
    No podría elegir cual me ha gustado más, de todos he aprendido mucho, pero este del maestro, me ha llegado al alma. Un homenaje en mayùscula a todos ellos.
    Precioso el poema de Celaya.
    Gracias como siempre por compartirlo.
    un fuerte abrazo

    Responder
    • Carlos Olalla dice:
      16 octubre, 2011 a las 00:11

      Muchas gracias, Mart3, por esas palabras tan emotivas y cariñosas. No sabes lo que me alegra ver que La placenta te ha gustado tanto. ¡Espero no defraudarte en futuras entradas! El poema de Celaya es de los que dejan huella, desde luego. Te ruego disculpes que haya tardado tanto en contestarte, pero estas últimas semanas han sido muy movidas por diferentes motivos y me ha sido imposible hacerlo antes. Un abrazo enorme y placentero, siempre placentero…

      Responder
  7. mªJOSÉ ELENI dice:
    2 octubre, 2011 a las 01:51

    !Saludos, Carlos y amigos placenteros! Por causas ajenas a mi voluntad y circunstancias familiares, he paricipado poco de vuestras tertulias, pero no he dejado de leer los interesantes entradas del blog, con nombres míticos, Brando, Orson Welles, Audrey, etc, pero ante el elogio del maestro ya no puedo permanecer callada; yo pertenezco al gremio y no encuentro que haya otro trabajo más enriquecedor, e incluso no lo llamo trabajo, sino vocación; recuerdo que al comenzar yo, muy tarde, por motivos familiares, este trabajo, no quería que llegasen los fines de semana porque dejaba a mis alumnos, y me dedicaba a preparar acitividades, todo lo que podríamos hacer, con un ilusion de novata; pero aún me dura la ilusión; creo que los maestros como los padres, nos imprimen carácter; recuerdo a muchos, del colegio y de la universidad, y la huella que en mí han dejado algunos nunca se borrará; incluso recuerdas a los que no eran tan buenos, pero de todos aprendías, lo que te gustaba y lo que no; luego yo he tenido alumnos de todas clases, algunos me han hecho pasar malos ratos, pero siempre quedann los que toman el relevo, los que sabes que van a ir por la vida, como yo les digo, “enseñando a todos que las humanidades valen la pena”, com osi los enviase a predicar el evangelio de la cultura, del pensamiento, de los valores qure, en mi caso, los clásicos nos transmiten; y luego te los encuentras ya mayores, en un autobús, en cualquier tienda trabajando, y te hablan con un cariño, y los ves defendiéndose en la vida, e incluso te recuerdan, como me pasó este verano, “aquél viaje a Grecia que hiciste y nos contaste con tanto entusiasmo”; hay que educar con tu ejemplo, ´sobre todo, con la coherencia, porque ellos advierten enseguida si eres un profesor que amas lo que haces y lo distinguen del que sólo va a cumplir con su trabajo; y sobre todo, tienes que querer a tus alumnos, y ellos te corresponden. Conocemos a los niños de otra forma a como lo hacen sus padres, sabemos cómo son, a veces ni los padres imaginan qué diferentes pueden ser en casa y en la clase. Yo no quisiera jubilarme nunca, porque no imagino otra vida sin mis clases y mis alumnos; ellos me dan la vida, me obligan a mantenerme joven, a pensar un poco como ellos; una vez leí un artículo, no recuerdo el autor, en el que se mencionaba a un profesor que decía que él se consideraba como un “vampiro” porque se nutría de la “sangre joven” de sus alumnos y que ellos le devolvían su juventud. Carlos, gracias por este elogio a tantos y tantos maestros de toidos los tiempos, que han luchado en circunstancias adversas, sin ser valorados, ni retribuídos con justicia,e incluso perseguidos por “leer libros de versos y no poner orejones”. La canción de Patxi Andión la adoro, gracias por recordarme sus exactas palabras; como dice una frase latina, “docendo, disco”, es decir enseñando, aprendo, porque ellos, los alumnos tambien nos enseñan, y nos van indiv¡cando a su modo el camino que conviene tomar

    Responder
    • Carlos Olalla dice:
      16 octubre, 2011 a las 00:20

      ¡”Bienretornada” de nuevo a La placenta, Mª José! Me encanta recibir esos comentarios tan tuyos que compartes con nosotros y que están tan llenos de amor a la vida y a los valores que nos hacen ser seres humanos. NO sabes lo que me gusta ller la forma en que describes lo que, como bien dices, es tu vocación. Me encantaría tenerte de maestra y asisitir a tus clases. No me cabe duda de que deben ser las que siempre hubiera querido tener.
      Disculpa, por favor, que me haya retrasado tanto en contestarte, pero me ha sido del todo imposble hacerlo antes.
      Mi abrazo más, más, más fuerte

      Responder
  8. Jaume Felip dice:
    5 noviembre, 2011 a las 17:08

    Perdona por el retraso Carlos !!!

    Maravillosa entrada a La placenta; como bién dices hay muy buenos maestros y otros maestros que son malos ensenyando. Hay maestros de los que aprendes muchos y de otros que se hacen con perdón los chulos porqué saben muy idiomas, pero saber muchos idiomas no quiere decir que seás grande ni como maestro ni en otra profesión. Quiero decir que hay maestros muy buenos que a lo mejor sólo saben tres idiomas y encima a parte de ensenyar muy bién también tienen mucha simpatia. Realmente los grandes maestros son los que tienen vocación. Y como olvidar la maravillosa película “La lengua de las mariposas”. Eso sí no la he visto la de “El club de los poetas muertos “. Muchas gracias por este genial artículo. Un gran abrazo.

    Responder
    • Carlos Olalla dice:
      6 noviembre, 2011 a las 10:06

      Ah, Jaume, es un verdadero sacrilegio que alguien como tú todavía no haya visto “El club de los poetas muertos” Ya te la estás bajando, compi, es una verdadera joya. Un abrazo enorme

      Responder
  9. alvaro dice:
    28 noviembre, 2012 a las 22:55

    Hola carlos, soy profesor y buceando por internet he dado con esta entrada, y decirte que he quedado atrapado por tus palabras sería quedarme corto. Como profesor y amante del cine, sólo darte las gracias. Muy poco antes de que publicaras tu entrada, hace ya un año, hice yo una reflexión similar sobre lo que significaba ser profesor para mí, me gustaría que, cuando tuvieras tiempo, la leyeras
    http://vocesrobadas.blogspot.com.es/2010/12/ser-profesor.html
    gracias por la atención y un fuerte abrazo. te seguiré

    Responder
    • Carlos Olalla dice:
      29 noviembre, 2012 a las 10:03

      Muchísimas gracias, Álvaro, por esas cariñosas palabras de apoyo a La placenta. He leído tu blog y me ha fascinado. Por él transitan, entrecruzándose, todas esas cosas que nos hacen sentirnos vivos: la esperanza, la búsqueda de nuestro lugar, de nuestra libertad, de nosotros mismos, el desencanto, la lucha por lo que creemos justo… Está claro que, con los pies en la tierra o no, jamás serás un policía de la cultura sino un ser humano que intenta hacer que el mundo que le ha tocado sea algo mejor. Gracias por hacerlo. Has elegido una de las profesiones más hermosas que existen. Mi sueño de adolescente era crear un colegio tipo Summerhill, un espacio donde los niños pudiesen crecer en libertad, pero la vida me ha llevado por otros derroteros. Al final todos intentamos encontrar nuestro lugar, sea el que sea, y mejorar nuestro entorno más próximo con las herramientas que tenemos a nuestro alcance. Tú con tus alumnos, yo con mis espectadores y ambos con nuestros lectores. No tenemos respuestas, pero sí un montón de preguntas. Supongo que esa debe ser nuestra contribución a todo esto.
      Muchísimas gracias por el regalo que me has hecho al darme a conocer tu blog. Desde hoy soy un seguidor más.
      Vuelan abrazos esperanzados, siempre esperanzados

      Responder

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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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