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Searching for Sugar man, la inmensa grandeza de la humildad.

12 mayo, 2013

searching-for-sugar-man-poster 1“Porque he perdido mi trabajo dos semanas antes de Navidad…” así empieza la canción que compuso el protagonista de esta historia magistralmente llevada al cine en la película “Searchig for Sugar Man”. Si vas a ver la película, espera a leer esta entrada cuando la hayas visto. Si no vas a ir a verla o no crees que vayas a hacerlo, sigue leyendo. Con esas duras palabras empezaba la última canción que el protagonista de esta historia compuso para la discográfica para la que trabajaba. Paradojas de la vida, la discográfica le despidió poco después, dos semanas antes de Navidad. Su historia es una de esas miles de historias anónimas de sueños rotos que viven a nuestro alrededor y que no vemos porque hemos perdido la capacidad de interesarnos por los demás, de querer conocer al otro, de querer vivir la vida… Su nombre es Jesús Rodríguez; Sixto Rodríguez le llamaban en su familia porque era el sexto hijo; Rodríguez es el nombre artístico que eligió siguiendo la senda de la humildad y la sencillez con la que vivió desde que era un niño. Hijo de inmigrantes mejicanos llegados a los EEUU, tuvo que empezar a trabajar desde muy joven para ayudar a su familia. Lo hizo en lo que tenía más a mano: la construcción. A lo largo de su vida conoció la dureza de todos los oficios de la construcción. La música era un espacio común en su familia. Todos cantaban o tocaban algún instrumento. Él descubrió la guitarra 3cuando cumplió los dieciséis. Nadie le enseñó a tocarla. Nunca le hizo falta. No tardó en empezar a simultanear su trabajo de albañil con conciertos nocturnos en bares y clubes de los suburbios de Detroit, esos suburbios fríos y duros en los que la vida o la felicidad parecen haber pasado de largo. Eran los años sesenta, los años en los que los jóvenes querían cambiar el mundo. El movimiento Hippie y la guerra de Vietnam, eran las imágenes de aquella película; Elvis y los Beatles su banda sonora. Rodríguez era un poeta, un soñador, un ser libre e independiente que cantaba lo que veía, lo que sufría, era un trovador de la calle. El azar, conocido por muchos como destino, quiso que dos productores fuesen a 2oírle tocar una noche. El impacto fue brutal. La música de Rodríguez, la desgarrada y profunda letra de sus canciones, hacían de él un músico formidable. Bob Dylan, que entonces empezaba a dar sus primeros pasos, era absolutamente light comparado con él. No dudaron en ofrecerle un contrato para grabar su primer disco. Las expectativas creadas eran enormes. Rodríguez estaba llamado a convertirse en un icono mundial de la música, en un ídolo de su generación. La realidad fue muy distinta. Solo vendió un puñado de discos. Puede que llamarse Rodríguez contribuyese a ello ya que en aquellos años la sociedad norteamericana despreciaba todo lo que fuese o sonase a latino. El rotundo fracaso no pudo con él y un par de años después grabó su segundo disco. El fracaso todavía fue mayor. Nadie lo compró. Faltaban dos semanas para la Navidad y la discográfica le despidió. La letra de su canción no había sido más que una triste premonición de lo que le esperaba en la vida. Pero él tampoco se desanimó. Siguió trabajando en la construcción con el mismo ahínco y dignidad con la que lo había hecho hasta entonces y siguió tocando la guitarra en su casa por las noches. Lo hacía para los suyos, solo para los suyos. Así pasaron los siguientes cuarenta años.

El destino, mal llamado azar por muchos, quiso que a principios de los setenta una joven norteamericana se enamorase de un joven sudafricano y se Searching_for_Sugar_Man 1fuese a vivir a Sudáfrica. Su ajuar doméstico era escaso, pero en su maleta no faltó una de las escasas copias vendidas del primer disco de Rodríguez. Era la Sudáfrica del apartheid, de la segregación racial, de la necesidad de rebelarse contra la injusticia que sentían muchos jóvenes blancos sudafricanos. El disco empezó a correr de casa en casa y de barrio en barrio. Aquellas canciones hablaban de lo que los jóvenes sudafricanos sentían, hablaban de sueños, de libertad, de ganas de vivir… Toda rebelión necesita un himno y las canciones de Rodríguez no tardaron en convertirse en el himno de todos los que luchaban por la justicia y la libertad en Sudáfrica. Las discográficas sudafricanas compraron los derechos de aquel cantante norteamericano del que solo conocían el nombre y vendieron millones de discos. Rodríguez fue para aquella generación de sudafricanos más popular que Elvis, los Beatles o los Rollings. Todo el mundo conocía las sugar-man-searching-for-sugar-man-26-12-2012-1-gcanciones de Rodríguez, cantaba sus letras y se sentía absolutamente identificado con lo que significaban. Sin embargo, el misterio en torno a la figura de Rodríguez era total. Nadie sabía quién era, qué hacía o dónde cantaba aquel ídolo de masas que todos los sudafricanos querían ver. No tardó en conocerse la noticia de su trágica muerte. Corrió como la pólvora: se había suicidado. Unos decían que se había pegado un tiro en el escenario durante un concierto, otros que sabían de buena tinta que se había quemado vivo delante de su público, otros que habían podido comprobar sin lugar a dudas que, como tantos, había muerto de una sobredosis… Lo cierto es que mientras en Sudáfrica millones de personas cantaban y veneraban las canciones del icono del rock que para ellos era el enigmático Rodríguez, en los suburbios de Detroit el auténtico Rodríguez seguía trabajando en un andamio durante el día y tocando la guitarra en su casa por las noches. Las discográficas sudafricanas enviaban los royalties a las norteamericanas. Jamás dejaron de pagarlos. Fueron millones de dólares los que pagaron por aquellas canciones. Rodríguez nunca recibió un duro. Nunca supo que era un mito en Sudáfrica, un ídolo de masas.

De hecho la figura del propio Rodríguez, un hombre reservado que detesta hablar de sí mismo, era absolutamente desconocida incluso para sus 1_Rodriguez_Searching_for_Sugar_Mancompañeros de trabajo en Detroit. Le querían, era un buen compañero que defendía el trabajo como algo que dignificaba al ser humano, siempre estaba dispuesto a echar una mano, a ayudar a quien lo necesitase, pero por no saber, no sabían ni dónde vivía. Muchos pensaban que era un sin techo, un vagabundo soñador que tenía una mirada mística y poética de la vida al que le gustaba tocar la guitarra, pero al que nunca habían escuchado tocarla. Mientras Rodríguez seguía viviendo su anónima vida en la blanca y helada Detroit viviendo en una humilde casa de los suburbios y trabajando a la intemperie de sol a sol para sacar adelante a su familia, sus discos seguían vendiéndose en Sudáfrica por millones consiguiendo que su música pasase de generación en generación. Era un icono del rock que no sabía que lo era.

Dos jóvenes musicólogos sudafricanos quisieron saber más acerca de su ídolo. Necesitaban saber qué había sido de él, cómo había muerto, cuánto 21había de verdad y de mentira en la historia de su suicidio. Pero la búsqueda era tremendamente difícil. La única pista a seguir era la de las discográficas. Tras meses de duro trabajo y pesquisas, consiguieron saber quién recibía el dinero de los royalties en Estados Unidos. Y allí fueron. Se encontraron con una puerta cerrada. La discográfica norteamericana había quebrado hacía años y su editor aseguraba no conocer nada de aquella historia, y menos del dinero que habían estado enviando durante años desde Sudáfrica.

Los dos investigadores no se amilanaron y, espoleados por el amor a su ídolo y por la curiosidad y la necesidad de saber, se dedicaron a analizar las Searching_for_Sugar_Man_2012_BRRIP_rmvb_002706247letras de las canciones de Rodríguez en busca de pistas. Parecía no haber referencias a lugares concretos, todas las historias eran universales y podían haber pasado en cualquier lugar. Hasta que una de ellas les dio una pista que seguir. Eran finales de los noventa y la tecnología hizo posible el milagro. A través de internet contactaron con una persona que decía conocer a Rodríguez. Era una de sus hijas. La alegría de los jóvenes sudafricanos fue inmensa. Al fin, después de tantos años de búsqueda, habían encontrado a alguien que les podía contar cómo había muerto Rodríguez. Su sorpresa y su alegría fueron todavía mayores cuando la hija les confirmó que su padre no había muerto sino que seguía vivo y trabajando. No se lo podían creer. Pidieron hablar con él pero no era posible porque Rodríguez vivía sin teléfono ni ordenador en un aislamiento casi absoluto. Solo sus hijas y sus compañeros de trabajo tenían contacto con él. Al día siguiente los investigadores sudafricanos recibieron una llamada desde Detroit. Era Rodríguez.

Así es como él se enteró de que había sido y seguía siendo un ídolo en Sudáfrica, de que había vendido y seguía vendiendo millones de discos durante Stephen Sugar Sergemanlos cuarenta años que hacía que no había vuelto a tocar en público o a grabar un disco. Los investigadores no podían creérselo. Dudaban de que en realidad aquel hombre que les hablaba desde Detroit fuera el Rodríguez que había compuesto e interpretado la banda sonora de sus vidas. Le invitaron a visitar Sudáfrica. Organizaron una serie de cuatro conciertos. Rodríguez fue con sus hijas. Al bajar del avión en Ciudad del Cabo vieron unas cuantas limusinas en la pista. Pensaron que debían ser para alguien importante. No les cabía en la cabeza que pudiesen ser para ellos. Las habitaciones del hotel donde les hospedaron eran más grandes que su casa en Detroit. Rodríguez, acostumbrado a dormir en un pequeño catre durmió en el sofá en lugar de en la enorme cama que tenía en la habitación. Había venido con su guitarra pero sin músicos, nunca los había tenido. Varios de los músicos sudafricanos que habían crecido con su música le acompañaron. En cuanto empezaron a ensayar se dieron Primer concierto en Sudáfricacuenta de que estaban frente al gran Rodríguez al que tanto habían idolatrado. No tuvieron ninguna duda. Llegó el día del concierto. Rodríguez y sus hijas pensaban que actuaría frente a 20 o 30 nostálgicos. El pabellón, sin embargo, estaba lleno. Más de cinco mil sudafricanos de todas las edades le recibieron con un aplauso que duró diez minutos. Cuando empezó a cantar todos cantaron con él. Jóvenes y viejos sabían las letras de todas sus canciones de memoria. Llenó los cuatro conciertos. Fue una experiencia inolvidable llena de amor y de belleza. Aquel humilde y sencillo albañil de Detroit se dio cuenta de que estaba frente a miles de personas para las que había sido y era su ídolo. A aquella serie de conciertos le siguieron varias más con el 6mismo éxito que en la primera. A pesar de que le invitaron a quedarse a vivir en Sudáfrica, donde una de sus hijas se quedó por amor al haberse casado con uno de los guardaespaldas que les acompañaron en su primer viaje, Rodríguez nunca renunció a vivir en su pequeña y destartalada casa de los suburbios de Detroit. Siguió trabajando en la obra, poniendo ladrillos, y donó la mayor parte del dinero de aquellos conciertos a fines benéficos. Años después Malik Bendjelloul, un joven director de cine sueco que solo había hecho documentales para la televisión hasta entonces, conoció esta historia y decidió llevarla al cine. No encontró ningún apoyo para hacerlo pero, con el mismo ímpetu y la misma ilusión que pusieron los investigadores en su búsqueda, él rodó la película con su teléfono móvil y la montó. Tardó cinco años en encontrar productores que le ayudasen a distribuirla. Muchos a los que les habló de su proyecto le dijeron que la historia no merecía la pena, que no había tema para una película. Pero él no se desanimó. Luchó por convertir su sueño en realidad y grabó “Searching for Sugarman”. La película ha sido galardonada en Festivales como Sundance o Tribeka y ha ganado el Bafta y el Oscar al mejor documental de este año.

Sus palabras reflejan perfectamente lo que esta película representa para él y las dificultades a las que tuvo que enfrentarse para llevarla a cabo: “En Bendjelloul2006, después de cinco años realizando documentales en Suecia, me pasé seis meses viajando por África y Sudamérica buscando buenas historias. En Ciudad del Cabo me encontré con Stephen “Sugar” Sergeman (uno de los dos investigadores) y él me habló sobre Rodríguez. Me quedé totalmente atónito, no había escuchado una historia mejor en mi vida. Esto fue hace cinco años y he estado trabajando en esta película prácticamente todos los días desde entonces… Nunca había oído nada de Rodríguez antes de que Stephen Sergeman me hablara de él por primera vez. Me quedé tan enamorado de su historia que casi me daba miedo escuchar su música, pensaba que había muy pocas posibilidades de que fuera tan buena como la historia, que me desilusionaría y perdería el impulso. Empecé a escuchar su música cuando regresé a Europa y literalmente no podía creer lo que escuchaba. Pensé que mis sentimientos acerca de la historia podían haber influido en mi opinión y necesitaba que otra gente la escuchara para ver si estaban de acuerdo. Sus reacciones me convencieron, realmente eran unas canciones del nivel de las mejores de Dylan o incluso de las de los Beatles… Lo más duro fue encontrar a la gente adecuada que Malik Bendjelloul con el móvil don el que grabó la películacreyera en el proyecto. En mi opinión era evidente que la historia era buena, si la hubiese inventado un guionista habría parecido demasiado increíble para tener sentido. Pensaba que el hecho de que esto hubiera pasado y la forma en que había pasado bastarían para encontrar inversores. Finalmente la historia atraía a todo el mundo menos a los inversores. Quizá fuera porque era mi primera película como director. Aún tengo en la bandeja de entrada el email de un conocido productor de cine a quien le envié la película cuando estaba preparada al 90%. Me dijo que no veía un largometraje en el material, que como mucho podía servir para un documental televisivo de media hora y que por tanto no podía financiarme. Me quedé hecho polvo, pensé que sin ese dinero estaba perdido y que tendría que abandonar la película. Llevaba tres años sin cobrar un sueldo y necesitaba encontrar un trabajo adecuado en lugar de continuar. Al mismo tiempo sentía que sería un desperdicio no completar la película. Aún me faltaba encontrar la forma de pagar a un encargado del montaje online, a un compositor para la música y a un animador para las ilustraciones. Eran unos elementos caros necesarios para acabar la película y sabía que no podía pagarlos.

Así que decidí ver qué podía hacer por mi cuenta. Empecé a dibujar la animación yo mismo. Me pasé un mes sentado en la mesa de mi cocina Malik Bendjellouldibujando con tiza. No había dibujado en mi vida, pero pensé que mis esfuerzos servirían al menos como bosquejos y reduciría el trabajo de un animador real más tarde. Luego intenté lo mismo con la música. Usé un software midi de 400 euros y compuse una música ficticia para la música original. Y monté la película tan bien como pude en Final Cut. Y entonces mi suerte cambió. Me puse en contacto con los productores Simon Chinn y John Battsek, ganadores del Oscar por “Man on wire”, y les mostré en lo que había estado trabajando. Les encantó la película. Me ayudaron muchísimo y tenían un montón de ideas creativas. Cuando les pregunté quién debía completar el montaje, la animación y la música, me sorprendieron diciéndome que todo eso ya estaba en la película. De repente, sin que yo supiera cómo había ocurrido, la película estaba acabada. Por fin estaba hecha.

Cuando me embarqué en el proyecto asumí que sería un documental de media hora para televisión, pero me enamoré totalmente de la historia y  11no podía dejar de trabajar en ella. Tras los primeros seis meses tenía hecho el 80% de la película. Los últimos tres años los he pasado completando el último 20% restante. La participación de Simon Chinn y John Battsek equivale a un año extra de aportación a la película. Es difícil para un director primerizo convencer a la gente adecuada sobre el poder de su historia. La primera vez que llamé a Simon solo llegué hasta la recepcionista. Le pedí que me diera tres minutos al teléfono con Simon y le prometí que le iba a contar una historia que era tan buena como la de Man On Wire… con esta película he aprendido que si creas cualquier cosa, sea un cuadro, una película, un guión, está allí para siempre y no sabes lo que va a pasar. Quizá en algún momento o en algún lugar a alguien le parezca maravilloso”

La historia de “Searching for Sugar man” es de las que te hacen recobrar la esperanza en el ser humano. Son tantos los valores que encierra: la forsalehumildad y sencillez con la que vive Rodríguez; su visión espiritual y poética de la vida; su grandeza al compartir entre los más necesitados los resultados de su éxito; el control de sí mismo para no permitir que un éxito como ese se le subiese a la cabeza; la mezquindad de las discográficas que le robaron millones durante años; el tesón de dos fans que les lleva a buscar a su ídolo durante años venciendo todas las dificultades; el amor de un público, el sudafricano, por la música que ha sido la banda sonora de su vida; la fuerza con la que Malik Bendjelloul persigue su sueño hasta hacer que la película sea una realidad; la supina estupidez de la mayor parte de los productores incapaces de reconocer una historia tan maravillosa como ésta; la valentía de dos productores al llevar adelante el proyecto de un director novel y totalmente desconocido… Gracias a esta película, a este sueño, la figura de Rodríguez es hoy conocida en todo el mundo. Ahora no para de dar conciertos en Estados Unidos, Europa, África, Asia, y sus discos se venden por millones. Se ha hecho justicia. La ha hecho la ilusión y el amor de personas capaces de perseguir sus sueños cueste lo que cueste, de no rendirse y decir no puedo más, de no apartarse del camino por mucho que les empujen a hacerlo… Este mundo necesita soñadores como estos, personas capaces de sacrificarse y de luchar por convertir sus sueños en realidad. Así que no te desanimes, busca tu sueño, persíguelo y lucha por él con todas tus fuerzas. Solo tú puedes vencer a tus miedos. No renuncies a lo que llevas dentro. No te dejes vencer. Son, somos, muchos los que te necesitamos.

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Apartheid, belleza, cine, esperanza, John Battsek, Malik Bendjelloul, música, Rodríguez, Simon Chinn, Stephen Sugar Sergeman, Sudáfrica, sueños
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Jordi Dauder, porque existir es pensar y pensar es comprometerse

24 marzo, 2013

Cartel documentalNo es fácil encontrar en el mundo de hoy a personas que mantengan sus convicciones, su compromiso y sus creencias contra viento y marea, sin importarles los perjuicios que hacerlo les pueda ocasionar. No es fácil encontrar a personas coherentes con su compromiso y dispuestas a llevarlo a la práctica con todas sus consecuencias. No es fácil encontrar hoy a personas que tengan opinión propia sobre todo lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, que sean libres e independientes para dar un paso al frente en la defensa de las causas que consideran justas aunque al hacerlo se encuentren solos, sin el respaldo de un partido o el paraguas de unas siglas. No es fácil encontrar aquí y ahora a personas capaces de analizar en profundidad lo que de verdad está ocurriendo y que no se dejen manipular por las permanentes cortinas de humo y tergiversaciones informativas a las que todos nos vemos continuamente sometidos. No es fácil encontrar a personas dispuestas a dialogar, a entender al goyas-impunidad2-gigque piensa diferente, a respetar la diversidad y la discrepancia sin renunciar por ello a defender siempre lo que creen justo. No es fácil encontrar hoy a personas que anteponen la generosidad, el compromiso y el altruismo a todo lo demás. Realmente no es fácil encontrar a personas dispuestas a compartir todo lo que tienen con los demás, a darse a los demás, a tender siempre esa mano abierta a quien la pueda necesitar. Por eso la muerte de cualquiera de estas personas es un daño irreparable para todos nosotros, para la sociedad, para la libertad, para la justicia, para la verdadera democracia y, sobre todo, para la dignidad. La muerte de Jordi Dauder nos dejó sin una de esas personas, sin uno de los imprescindibles.

Acaba de estrenarse el documental “Jordi Dauder, la revoluciò pendent”, del que Con Antoni Verdaguer en una pausa del rodajefue su gran amigo Antoni Verdaguer. Es un testimonio imprescindible sobre la vida de un hombre humilde y sencillo que antepuso la defensa de la ética, la justicia, la dignidad y la libertad a todo lo demás. Son pocos, escasísimos, los ejemplos que tenemos de seres así, que son los que, como escribiera José Bergamín, saben que existir es pensar y pensar es comprometerse. Incluso parece mentira que puedan vivir en un mundo como este. Pero existen, son reales y, como Jordi Dauder, están ahí junto a nosotros, codo con codo, empujándonos a seguir adelante en esa revolución permanente que es la vida, en esa revolución pendiente que, a todos, nos toca hacer.

Había nacido en Badalona en 1938, en plena guerra civil, una guerra que le marcó para toda su vida, una guerra que, con su agudo sentido del humor y 7su profunda capacidad de análisis, decía que habría que volver a hacer, pero esta vez para ganarla, “porque siempre da la sensación de que seguimos perdiéndola, aunque estemos en democracia” Con cinco años vio como el régimen franquista encarcelaba a su padre, dramaturgo de izquierdas que le enseñó a amar el teatro y a tener la valentía de no renunciar jamás a ser uno mismo. Su padre había cometido un grave delito contra la dictadura: pensar diferente. Los recuerdos de esa época eran muy duros para él: “Yo conocí a mi padre en la cárcel. La primera imagen que tengo es ir con mi madre a la cárcel de Valencia, un portalón enorme, una sala enorme, mi padre: un señor sentado allí, en el suelo”

La influencia de su padre determinó que renunciase a estudiar medicina para dedicarse por entero al mundo del teatro: “Mi infancia son obras de teatro que mi padre leía en casa, con actores que venían a casa a escuchar la lectura y decían “teatro social, no puede ser, esto el régimen no lo va a permitir…” Aquellas veladas me marcaron profundamente… Me llevaba constantemente al teatro, me explicaba cómo eran los actores, las obras… y ese gusanillo me quedó hasta que un día pude recuperarlo y seguir adelante con esta historia”

Acercarse a los movimientos sociales de barrio fue, junto a sus orígenes familiares republicanos y de izquierda, lo que le impulsó a comprometerse por entero en la lucha contra el franquismo. Se licenció en Bellas Artes en la Universidad de Barcelona, pero tuvo que exiliarse a París para no sufrir la represión franquista (a lo largo de su vida fue condenado a diversas penas de cárcel en varios juicios). En París, donde vivió sus quince años de exilio, se licenció en Historia Contemporánea y es allí donde empezó a dar sus primeros pasos como actor. El mayo del 68 francés, que vivió muy activamente, le hizo pensar en que la revolución en aquella triste España de la dictadura también era posible. Llegó a hacer un curso de falsificador y a punto estuvo de echarse al monte con un grupo de jóvenes revolucionarios que finalmente desistieron de su idea. Fue su fuerte compromiso político el que le impulsaría a regresar a España años después y también fue ese compromiso el que le empujó a participar en la creación de la 9Liga Comunista Revolucionaria (LCR), de ideología trotskista que, aunque minoritaria, desempeñó un papel muy activo durante los últimos años del franquismo y los primeros de la transición, una transición con la que él nunca se identificó: “La transición fue una cesión muy importante a la derecha, todavía estamos pagando parte de esas consecuencias… La propia existencia de la monarquía es anacrónica porque es anacrónico que existan todavía en el siglo XXI monarquías de sangre azul cuando la guillotina demostró que no era azul, sino bien roja, como la de todo ciudadano”. Como tampoco se identificó con una mal llamada democracia que tenemos en este país (para él la verdadera democracia, esa por la que luchó durante toda su vida, debía ser participativa y no representativa, una democracia donde los ciudadanos tuvieran voz y voto en todo lo que les atañe y no una vez cada cuatro años para votar una lista cerrada u otra), una democracia en la que el partido gobernante ni siquiera ha condenado los crímenes del franquismo: “Toda la gente que luchó y dio su vida por la República ha sido, desde cierto punto de vista, abandonada: no se toca este tema…Y espero que la Justicia con mayúscula se haga algún día en relación con todos estos compañeros y compañeras que, tal vez, ya no podrán verla porque son muy mayores…”

En Barcelona, todavía en la clandestinidad, no podía trabajar como actor por lo que entró a trabajar en la librería Leviatán, de ideología trotskista, como XXIII EDICIÓN DE LOS PREMIOS GOYAvendedor. Aquello le permitió conocer a muchos artistas e intelectuales que iban a aquel refugio de libertad a buscar en los libros y el contacto humano lo que la dictadura les negaba: el sueño de un mundo nuevo. Su carácter abierto y su profundo e inquebrantable sentido del humor hicieron de él un personaje popular entre los intelectuales de aquella época. De hecho fue el dramaturgo Sanchís Sinisterra quien, al escuchar su profunda y maravillosa voz, le ofreció la posibilidad de subirse a un escenario. Lo hizo en la sala Beckett con su teatro fronterizo. A partir de ahí su carrera le llevó a consolidarse como uno de los grandes actores de la escena catalana. No es fácil iniciar una carrera de actor cumplidos los cuarenta, pero en su caso tenía la ventaja de que su propia experiencia vital había sido la mejor escuela de interpretación, por lo que llegó a los escenarios ya formado. Posteriormente le vendría la fama al protagonizar a mediados de los noventa varias series de la televisión catalana. Aunque llegó a protagonizar varias películas, fue uno de los eternos secundarios del cine español. No fue hasta 2009 cuando recibió el Goya a la mejor interpretación de reparto por su inolvidable papel del sacerdote del Opus Dei en la película Camino, de Javier Fesser. Otra de las facetas en las que destacó poderosamente fue la de actor de doblaje, prestando su voz a actores como Gregory Peck, Nick Nolte o Richard Harris.

Pero llegar ahí no le fue nada fácil. Trabajando en la librería se enteró de que la revista “El viejo topo”, un icono de la resistencia intelectual contra la 12dictadura, necesitaba un contable. Fue a la entrevista y le contrataron. Poco importó que no tuviera idea de contabilidad. Su maravillosa personalidad y su compromiso le hicieron imprescindible en la revista, como también lo fue en otras en las que colaboró o que ayudó a crear: Quimera, Coyoacán, Sin permiso, etc. Porque esa fue otra de las facetas en las que Jordi destaco: la literatura. Publicó una novela, “El estupor”, en la que se planteaba el dilema de si el motor del cambio político debía ser la violencia o el cambio de mentalidad de la sociedad, y ganó el premio Miquel Martí i Pol de poesía.

El trabajo y su inquietud por cambiar este mundo le trajeron a vivir definitivamente a Madrid, aunque jamás renunció a sus orígenes catalanes. Aquí se integró en la vida cultural e intelectual y participó activamente en todas las causas que consideraba justas. Su imagen encabezando el movimiento del NO A LA GUERRA no se puede olvidar.

Su idea del compromiso político del actor con la sociedad en la que vive es más actual y necesaria que nunca: “Mantengo y siempre mantendré mi compromiso, lucharé hasta el final por todo lo que considere justo… El gremio de los actores es muy peculiar porque somos muy individualistas,pero hay momentos que reivindican la dignidad de nuestro colectivo,  como la primera huelga de actores en Madrid, la ocupación, en Barcelona en 1976, de los espacios a través de la puesta en funcionamiento de obras de teatro por los actores en lucha contra el régimen franquista o el NO A LA GUERRA. En esos tres momentos la profesión ha recuperado su dignidad, porque cuando surgen momentos así, en los cuales hay que decidir y tomar posición, yo creo que lo mejor de la profesión se revela como algo muy digno”

Recogiendo el premio de la Unión de ActoresTambién su idea sobre lo que es y lo que debe ser la cultura se hace hoy, cuando está siendo atacada y criminalizada desde el poder, más imprescindible que nunca: “La cultura es la cantidad de conocimientos acumulados que permiten transformar la sociedad, por eso la cultura debe conocer la sociedad para transformarla, si no, es un consumo pasivo de las cosas… La cultura no es solamente que haya bibliotecas en todos los barrios (que también es cultura), no es montar exposiciones de pintura (que también es cultura) o que se programen en los pueblos y las ciudades diversos espectáculos (que también es cultura). Eso es una cultura pasiva. Hay que sacar la cultura y llevarla a los lugares donde vive la gente. Mezclarla con la ciudadanía, que ésta se encuentre con el hecho cultural por la calle, que los edificios, que la arquitectura de los barrios pueda ser un hecho ciudadano en el cual la ciudadanía participa: no solamente consume pasivamente, sino que es parte de la creación del hecho cultural”

Son muchas, demasiadas, las voces que se oyen, gritando normalmente, en contra de que los actores tomen postura y participen activamente en la defensa de lo que creen justo. Son muchos, demasiados, los actores que han sido y están siendo criminalizados por ello. La situación actual, esa criminal política de recortes de nuestros derechos y libertades, esa política que con la excusa de la crisis que no es más que la lucha de clases de una clase, la privilegiada contra las demás, está poniendo en evidencia que en el mundo de hoy todo es política y que callar o pretender mirar a otro lado es apoyar el atropello que están haciendo de nuestros derechos. Comprar una camiseta jordidaudergen El Corte Inglés o en la tienda de la esquina es política, porque defiendes un modelo de producción y consumo u otro; comprarla en Zara o en la fábrica más próxima también es política porque apoyas un modelo de deslocalización empresarial y posible esclavitud infantil o la industria local; comprar esa camiseta por tres euros también es política porque estás favoreciendo un modelo productivo que convierte al trabajador en el esclavo del siglo XXI, y vanagloriarte de ello, como tantos y tantos hacen mostrando que han sido tan 5listos al encontrar el “chollo”, no es más que un signo de absoluta estupidez porque no es más que salir a la calle mostrando tu felicidad por haber contribuido a que muchos hombres, mujeres y niños sean esclavizados en esa nueva esclavitud sin cadenas que, entre todos, hemos creado.

Y si todo es política ¿Por qué los ciudadanos tienen que callarse y mirar a otro lado? ¿Por qué se criminaliza al que disiente y protesta contra la injusticia, al que defiende sus derechos y los de todos, al que es capaz de poner en riesgo su propio trabajo por ayudar a resolver los problemas de los 6demás? A quien se debería criticar y condenar es precisamente al que se queda en su casa pensando que eso no va con él, al que no sale a la calle a defender sus derechos, al que no se atreve a enfrentarse al poder para defender el pan, la educación y la salud de sus hijos, al que se beneficiará de la lucha que otros están haciendo por él. Son todos los ciudadanos quienes pueden y deben defender lo que es suyo, quienes pueden y deben dar un paso al frente para impedir que la especulación y la economía arrasen con valores como solidaridad, generosidad, altruismo, fraternidad, justicia o libertad. Y tienen que hacerlo con su compromiso más firme, con todas las armas que tengan a su alcance. Carpinteros, barrenderos, panaderos, administrativos, policías, abogados, médicos, maestros, bomberos… todos tienen la obligación, como ciudadanos, de enfrentarse al poder que está acabando con todo eso por lo que tantos y tantos han peleado y hasta han dado sus vidas. Y los actores, antes de ser actores, son ciudadanos. Por eso no concibo que se nos criminalice por hacer lo que todo ciudadano podría y debería hacer.

Jordi Dauder fue un ejemplo de lucha y compromiso por lo que él consideró justo, por sus derechos y por los derechos de los demás, por su libertad y la libertad de los demás, por su dignidad y la dignidad de los demás. Fue un hombre, un ciudadano que tomó partido y lo hizo hasta el final: “Lucharemos y, si hace falta, saldremos a las barricadas”

Nada mejor para acabar esta entrada que dejar que sea su propia voz quien lo haga. Siento no haber encontrado un link directo, pero si copias y pegas este link podrás escuchar esa voz grave y cálida que tantos momentos maravillosos nos ha dado, que tantos sueños nos ha hecho vivir…

www.jordidauder.com/multimedia/audio.php?audio=4

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La leyenda del pianista en el océano

17 marzo, 2013

La_Leyenda_Del_Pianista_En_El_Oceano_1Nació en un barco que iba rumbo a América, cuando América era un sueño. Nadie supo jamás quiénes fueron sus padres. Le abandonaron en una cesta sobre un piano. Quizá quisieron que alguien de primera clase lo adoptara y le diera una vida mejor. Lo encontró un fogonero. Negro. Pobre. Libre. Y lo adoptó. Fue él quien le enseñó los secretos de la vida. Jamás llegó a bajar de aquel barco. No tenía papeles. No existía. Pero eso a él no le importó. Supo hallar su camino entre la proa y la popa de aquel barco. Conoció el mundo, todo el mundo porque, como él decía, en cada viaje dos mil personas vienen a contarme sus sueños y sus penas. Y su camino fue la música. Tenía un talento prodigioso frente al piano. No se sentaba frente a las 88 teclas, sino que las 88 teclas le llevaban a viajar por paraísos perdidos, por esas islas que todavía no han nacido y que jamás existirán en eso que llamamos mapas. Su forma de tocar era su forma de vivir. Mientras sus manos acariciaban el piano sus ojos se posaban en todos los que había a su alrededor y él imaginaba cómo eran sus vidas, sus amores, sus desengaños… y dejaba que surgiera, desde lo más profundo de su alma, la canción de cada uno de los que compartían la travesía con él. Esta es la historia de Novecento, la leyenda del pianista sobre el océano, la bella historia escrita por Alessandro Baricco maravillosamente llevada al cine Giussepe Tornatore.

¿Qué puede empujar a un hombre a no bajar jamás del barco en el que nació, a no caer en la tentación de bajar a tierra para realizar las promesas que todos le FLIX_V~1hacen, para seguir incluso a la mujer que ama? Dejemos que sean las palabras del propio Novecento contando a su amigo Max, el trompetista, porqué desistió de hacerlo cuando, a solo tres escalones del muelle, decidió darse la vuelta y volver a subir la pasarela que le aislaba del mundo: “Toda aquella ciudad. No se veía el final. Todo iba muy bien en la escalerilla. Y yo estaba impecable, con mi abrigo. Iba a bajar. Te lo prometo. No fue lo que vi lo que me detuvo. Fue lo que no vi. ¿Puedes entenderlo? Lo que no vi. En toda aquella inmensa ciudad había de todo menos un final. El final del mundo. Fíjate en un piano. Fíjate en un piano, las teclas empiezan, las teclas acaban. Sabes que hay 88, nadie puede discutírtelo. No son infinitas. Tú eres infinito. Y en esas teclas, la música que puedes hacer es infinita. Eso me gusta. Así, sí puedo vivir. Pero si bajo por esa escalerilla me pones delante de un teclado con millones de teclas, millones y millones de teclas que no tienen fin, y ésa es la verdad, Max, no tienen fin. Ese teclado es infinito. Y si ese teclado es infinito no hay 02música alguna que puedas tocar en él. Te has equivocado de taburete. Ese es el piano de Dios. Cielo santo, ¿viste aquellas calles? Sólo las calles. Había miles de calles. ¿Cómo lo hacéis allá abajo? ¿Cómo escogéis una sola? Una mujer, una casa, una parcela de tierra que sea tuya, un paisaje que contemplar, una forma de morir. Todo ese mundo pesa demasiado y ni siquiera sabes dónde acaba. Es decir, ¿no te asusta? ¿Nunca te has hundido sólo de pensarlo, de pensar la enormidad de vivir en él? Max, yo nací en este barco. Y el mundo ha pasado ante mí. Con 2.000 personas cada vez. Y aquí había deseos, pero no más de los que cabían entre proa y popa. Yo interpretaba mi felicidad, pero en un piano que no era infinito. Aprendí a vivir de esa forma. ¿La Tierra? La Tierra es un barco demasiado grande. Una mujer demasiado hermosa. Un viaje demasiado largo. Un perfume demasiado fuerte. Es una música que no sé tocar. Nunca podría bajarme de este barco. Como mucho, podría bajarme de mi vida. Al fin y al cabo, yo no existo para nadie. Tú eres la excepción, Max. Tú eres el único que sabe que estoy aquí. Eres una minoría. Y más vale que te acostumbres…”

La leyenda del pianista sobre el océano es una historia que nos habla de amor, de amor y de amistad. En el viejo fogonero vemos el amor de un padre hacia su hijo, 7en Novecento su descubrimiento del amor más puro en esa chica a la que descubre en un viaje y que, aunque jamás la vuelva a ver, siempre vivirá en él. Y, sobre todo, esta bella historia es un profundo canto a la amistad, esa amistad entre Novecento y Max, el trompetista, que nos recuerda que no hay nada más intenso que una amistad, porque, como decía el inolvidable y cada día más añorado Jordi Dauder, son más fuertes los vínculos de sangre que nos unen a nuestros amigos que los de verdad.

Ambientada en 1900 (de ahí el nombre con el que el fogonero le bautiza), época del nacimiento del Jazz y de la gran emigración europea a América, a bordo del Virginian viajan miles de seres anónimos con maletas únicamente llenas de sueños. Es un canto poético a quienes deciden tomar las riendas de su vida, a quienes 6son capaces de dejarlo todo atrás para emprender un nuevo camino, a quienes están dispuestos a empezar de nuevo. Y también es un bello canto a la vida en el mar, a ese quedarse a bordo de los tripulantes cuando los pasajeros se van para no volver, a ese convivir compartiendo lo único que se tiene: un mendrugo de pan y un puñado de sueños. Y también es un canto a la música, un profundo canto a esa música que hace que Novecento encuentre la felicidad al compartirla con los demás. Es feliz tocando. Es feliz haciendo felices a los demás. ¿Qué más puede desear? ¿Para qué bajar de ese barco, de ese único mundo que él conoce, en busca de una felicidad que ya tiene? ¿Por qué hay que ir siempre detrás de una promesa o de una zanahoria? La rutina de los viajes de ida y vuelta a lo largo del Atlántico le ha enseñado a Novecento que lo importante no es el destino, sino el viaje, y que solo el presente, nuestro aquí y nuestro ahora, es lo que existe.

Pocas escenas tan bellas en la historia del cine como la de Novecento improvisando la música que siente al ver, por el ojo de buey del compartimento donde está tocando el piano, a una joven que, distraída, pasea soñadora por cubierta. Todo está ahí, en sus dedos acariciando las teclas, en la exquisitez de la música que brota 12de su alma, en esa mirada limpia que acaricia y abraza a esa muchacha que, ajena a todo eso, vive su vida como un ave en libertad. Novecento canta al amor, sí, pero también a la libertad de un ave a la que no podría amar si viviese encerrada en una jaula. Ella necesita volar. Él lo sabe. Por eso, cuando ella baja la pasarela, él la sigue con una mirada en la que no hay tristeza. A su manera ha vivido la más bella historia de amor, esa que da sentido a una vida y que no le abandonará jamás.

La vida a bordo no es siempre fácil. Novecento divide su tiempo tocando en los lujosos salones para los pasajeros de primera y en los sencillos compartimentos de los de tercera. Adapta su música a lo que cada uno de ellos quiere, pero siempre sin dejar de ser él mismo, sin renunciar a su manera de ser, de vivir y de tocar. Y no todas las travesías cuentan con la complicidad de un mar apacible. La escena en la que Novecento le cura el mareo a Max en una noche de furiosa tempestad es, sencillamente, inolvidable.

Una de las escenas más célebres de esta película es la del duelo a piano entre Novecento y el pianista de Jazz Jelly Roll Morton. La sobriedad y la humildad de Novecento parecen quedar apabulladas por la prepotencia y la superioridad de Roll Norton, el hombre que inventó el Jazz. Pero en esta película, como en la vida, nada es lo que parece y lo grande, lo verdaderamente grande, vive siempre en lo más pequeño.

Quizá el Virginian, el barco de Novecento, es también el barco en el que navegamos todos, porque todos tenemos un Virginian. Unos lo utilizan para viajar hasta the legend 9América, a su América, otros, como Novecento, eligen quedarse en él saboreando una forma de vivir contra la corriente, una manera de devorar la vida que muy pocos entienden. No es fácil renunciar, como hace Novecento, a las promesas de seguridad, éxito o dinero que nos hacen a cambio de renunciar a ser nosotros mismos, a cambio de nuestra dignidad y de nuestra propia vida. Novecento es un ser que elige ser libre, que se contenta con lo poco que tiene y que no se deja engañar por los cantos de sirena y las falsas promesas de felicidad que a lo único que le llevarán es a dejar de ser feliz, porque él ha aprendido, y esa es su grandeza, a ser feliz. Para muchos, quizá los más, es un perdedor. Pero para él, y para todos los Novecentos que navegamos en este mundo, son ellos los perdedores. De nosotros, solo de nosotros, depende lo que significan los Virginians, todos los Virginians.

Las palabras de Max con las que empieza la película nos hablan de nuestra vida, de nuestra propia historia, de esa difícil decisión que todos, tarde o temprano, debemos tomar: “Aún me pregunto si hice lo que debía al 8abandonar esta ciudad flotante, y no lo digo sólo por el trabajo. El caso es que un amigo así, un amigo de verdad, sólo se encuentra una vez en la vida. Si decides abandonar el bamboleo del mar, si quieres sentir algo más sólido bajo los pies, entonces dejas de escuchar la música de los dioses a tu alrededor. Pero, como solía decir él, nunca estás realmente acabado mientras tengas una buena historia y alguien a quien contársela. Lo malo es que nadie se creería ni una palabra de la mía…”

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Mario Benedetti, candil del alma

17 febrero, 2013

MarioBenedettiHabía nacido en el seno de una familia humilde. Las cosas, como siempre en estos casos, no fueron bien y él tuvo que dejar los estudios para ponerse a trabajar a los catorce años. Trabajó de todo: vendedor, cajero, taquígrafo, contable… hasta que un día descubrió algo que hizo de aquel ser pequeño y frágil algo grande, muy grande: la poesía. En sus versos supo dar forma a lo que sentimos tú y yo, los hombres y mujeres sencillos con los que te cruzas por la calle, con los que compartes el metro, el autobús o la cola para comprar el pan. Todo lo que sentimos, lo que soñamos, lo que anhelamos está en sus versos, en esos versos sencillos y diáfanos escritos con la sabiduría de quien sabe llegar al corazón de los demás. Esa es su grandeza: ser humilde y sencillo y haber hecho de su vida un compromiso en forma de poema. Es, sin duda, uno de los imprescindibles. Su nombre es Mario Benedetti. A lo largo de su vida luchó por todas las causas que consideró justas, siempre estuvo al lado de los débiles, los nadies, los ninguneados de nuestra sociedad. Y tan solo pidió una cosa, que en su entierro no olvidaran llevarle un bolígrafo.

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Pocos como Benedetti han sabido acercarse a los secretos del alma humana, y menos aún hacerlo con la sencillez con la que él lo hizo. Leer sus poemas, o mejor aún, escucharlos, es aceptar una invitación a volar, a ser amigo, amante, corazón o árbol porque sus versos nos transforman en eso, sacan todo eso que somos y que, a veces, hemos dejado olvidado en lo más hondo de nuestra memoria. Su poesía nos hace vivir el amor adolescente, aquel primer amor que siempre nos acompaña, y también el último, el que nos impulsa a seguir viviendo pero, por encima de todos, nos hace vivir intensa, muy intensamente, el amor que siempre hemos anhelado vivir, ese amor que nada sabe de yoes, sino de nosotros, que trasciende el mío para convertirlo en el nuestro, que nada sabe de edades o distancias porque vive más allá de conceptos tan absurdos como espacio o tiempo…

Sus poemas, junto a los de Juan Gelman y Oliverio Girondo, son la base de una joya de película que es “El lado oscuro del corazón”, de Eliseo Subiela. 4Oliverio, un ser soñador y libre, caso tremendamente atípico en los tiempos que corren, magistralmente interpretado por Darío Grandinetti, dedica su vida a buscar a la mujer con la que siempre ha soñado: una mujer a la que le permite tener todos los defectos a condición de que tenga lo más importante para él, que sepa volar. Comparte su búsqueda con dos amigos también absolutamente libres y atípicos, un escultor y su marchante. Los tres tienen claro que su prioridad en la vida es amar y encontrar la felicidad. Lo que suele ser prioritario para el resto de los mortales, como el dinero, la seguridad, el confort o el lujo, para ellos no vale nada, no cuenta en absoluto. Son felices escribiendo un poema que poder cambiar por un plato de comida. El lado oscuro del corazón es una película maravillosa, un poema en imágenes que nos permite saborear la poesía de tres genios de la literatura al escuchar sus poemas como si fueran simples diálogos en la voz de alguien que dice tan bien la poesía como Darío Grandinetti. Una verdadera gozada.

mario_benedetti1En la película hay también otro regalo precioso: el cameo del propio Benedetti interpretando a un marino alemán que, en el burdel donde se cruzan los caminos de los protagonistas de la historia, se dedica a recitar poemas en alemán a las prostitutas. No es casualidad que el poema elegido sea uno de los más bellos que escribió Benedetti: Corazón Coraza.

Los versos de Benedetti son universales, llegan a lo más hondo del corazón de quien los escucha, nada saben de sexo, raza, religión o clase social. 2Ponen en palabras lo que todos, de una u otra forma, sentimos y no sabemos, no podemos o no nos atrevemos a expresar. Son versos cortos, directos, cargados de imágenes y sentimientos, evocadores, capaces de hacernos volar para recordarnos que la vida puede ser maravillosa si nos atrevemos a vivirla intensamente. Todos tenemos muchas vidas, tantas como queramos. Lo que hace falta es el valor de querer vivirlas, de devorarlas, de amarlas y disfrutarlas en cada instante, en cada segundo… A veces son versos cargados de melancolía, pero nunca de tristeza. Benedetti jamás perdió la esperanza de hacer de este mundo algo mejor y supo encontrar la belleza en todo cuanto le rodeaba. Era un hombre que amaba la vida, y lo hacía de la forma en que la que él hacía las cosas, apostándolo todo, entregándose por completo, como se entregó a Luz, su mujer, con la que vivió una apasionada historia de amor que duró sesenta años. Solo la muerte de ella les separó. Ni siquiera los trece largos años de exilio de él en los que ella no pudo acompañarle porque tuvo que quedarse a cuidar de su madre en Uruguay pudieron separarles. Siempre estuvieron juntos, amándose, disfrutándose, compartiéndose. Ella murió en 2006. Él apenas tres años después.

Benedetti sigue vivo en todos los que amamos la vida, el amor, la belleza y la poesía, en todos los que creemos en otro mundo mejor, en todos lo que mario-benedettiseguimos soñando, en todos los que no nos rendimos, en todos los que sabemos lo que puede ayudar una mano tendida, en todos los que tendemos esa mano, en todos los que vivimos ese gran amor o anhelamos vivirlo para dar sentido a nuestra vida, en todos los que no tememos caernos sino no tener fuerzas o ganas ya para volvernos a levantar, en todos los que sabemos que somos insignificantes seres compuestos de insignificantes células perdidos en la inmensidad de un universo al que no entendemos pero amamos, en todos los que sentimos la profunda emoción del amor al calor de una mirada, de una suave caricia o del susurro de un jadeo, en todos los que amamos sin preguntarnos cómo o por qué, en todos los que jamás perdemos la inocencia y la alegría de ser niños, en todos los que hallamos belleza en una puesta de sol, poesía en un abrazo, amor en un silencio…

Con Daniel VigliettiLa poesía de Benedetti no está hecha para dormir en los libros, sino para vivir en las calles. Sus versos no suenan altaneros o engolados porque son simples palabras, las palabras con las que habla nuestra alma. Sus versos son nuestros versos, sus palabras nuestras palabras. Ese es el regalo que Benedetti nos hace en cada línea, en cada palabra, en cada silencio. La voz de José Sacristán nos trae ahora un breve fragmento de Corazón coraza en esa auténtica obra maestra que es el cortometraje “Paseo”, de Arturo Ruiz.

Hace unos días, en el Centro de Estudios Iberoamericanos de la Universidad de Alicante, han aparecido dos poemas suyos inéditos. Están escritos a 3mano de su puño y letra. Habían quedado traspapelados en uno de los libros de su biblioteca personal que él legó a ese centro. Si quieres visitar la web de la Fundación Mario Benedetti, entre cuyos vocales están los que fueron sus grandes amigos Daniel Viglietti y Eduardo Galeano, dedicada a preservar su legado y a defender los derechos humanos y especialmente la causa de los desaparecidos, su dirección es http://www.fundacionmariobenedetti.org/fundacion/ Me gustaría acabar esta entrada de la única manera en que se puede hacer justicia con él: cediéndole la palabra. Por eso te dejo, si quieres, con la película “El lado oscuro del corazón”, ese lado oscuro que personas como Benedetti, candil del alma, nos han iluminado.

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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

www.carlosolalla.com

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