Anthony “Zorba” Quinn
1 noviembre, 2009
Hoy recordaremos no sólo a uno de los actores más grandes, sino, posiblemente, al que fue uno de los últimos humanistas del Renacimiento: Anthony Quinn. Pintor, escultor, escritor, arquitecto, actor… Lo que Quinn fue por encima de todo es amante de la belleza. Supo encontrarla en todo lo que le rodeaba.
Nacido en Chihuahua, México, en 1915 (en plena revolución, no podía ser de otra manera), de padre irlandés y madre india mejicana, supo lo que era la pobreza desde muy pequeño. Pronto emigró con su familia a Los Ángeles, donde fue limpiabotas y vendedor de periódicos.
Nada mejor que un corrido revolucionario para recordar a este ser irrepetible que vivió, y nos hizo vivir, todas las vidas ¡Va por tí, Quinn, donde quiera que estés!
Nunca fue un buen estudiante, pero desde muy joven mostró su vocación artística. “Yo quería ser pintor, pero acabé siendo actor por accidente” solía repetir, y tenía toda la razón. En su adolescencia soñaba con ser arquitecto, y no dudó en llevar personalmente sus dibujos al despacho de uno de los mejores arquitectos del mundo: Frank Lloyd Wright que, sorprendido por la audacia del chaval, le hizo pasar a su despacho para ver detenidamente aquellos dibujos. Fue Lloyd Wright quien, en aquella pequeña charla, se dio cuenta de que Quinn tenía un problema de dicción por tener el frenillo de la lengua demasiado grande. Le recomendó operarse y que se tratase con una logopeda pues “un buen arquitecto no solo debe saber dibujar, sino que tiene que poder defender bien sus ideas. Cuando acabes el tratamiento ven a verme” le dijo…

La logopeda trabajaba en una escuela de teatro donde Quinn acudía regularmente a recuperación, a pesar de tener que pagarse aquellas sesiones trabajando como boxeador, taxista o haciendo las cosas más inverosímiles para ganar algo de dinero. En una de aquellas sesiones, mientras Quinn ejercitaba la dicción pronunciando un texto, F. Pollock, que en aquel momento dirigía una obra de teatro con alumnos de la escuela le oyó y le propuso inmediatamente sustituir a un joven actor que se había puesto enfermo.
Esos fueron sus primeros pasos en un mundo que ya no abandonaría jamás, aunque él siempre se sintió más pintor y escultor que actor. Lo que Quinn fue en realidad es un enamorado de la vida y de la belleza. Por eso la buscó en todo lo que hizo. Lo que más le gustaba eran las mujeres (se casó tres veces, tuvo trece hijos y, según cuentan las habladurías, tuvo más amantes que películas, y eso que su filmografía supera las doscientas… “Siempre me enamoro de mis compañeras de reparto”, solía decir sin ningún tipo de reparo).
En su fantástica autobiografía “El pecado original”, Quinn dice, entre otras cosas, que “Ser incapaz de amar incondicionalmente es para mí el pecado original, el que engendra todos los otros”. Son muchas las anécdotas deliciosas que cuenta en ese libro. La de su llegada a los grandes estudios de Hollywood y su encuentro con el todopoderoso Cecil B. de Mille no tiene desperdicio. Estaban cerrando el casting de “The plainsman”, dirigida por el propio de Mille, con Gary Cooper como protagonista cuando Quinn, que, aparte del teatro, solo había trabajado como extra en un par de películas, fue a ver al director de casting para decirle que era el indio cheyenne que necesitaban. Apoyándose en su físico tan característico, juró y perjuró que él era un cheyenne puro. Se inventó un idioma que “sonaba” a indio y convenció al director de casting. Antes de presentárselo a De Mille, el director de casting le pidió que no hablase ni una sola palabra en inglés, para convencer a De Mille de que, sin lugar a dudas, él era el indio
que estaban buscando. Le dieron el papel: el de un jefe indio que tenía que soltar una arenga revolucionaria contra los blancos ante diez mil indios. Era la oportunidad de su vida. Aprendió a montar a caballo en una semana (antes de aquel día no había visto un caballo de verdad en su vida) y se presentó el día del rodaje en los estudios tras haber pasado toda la semana estudiando como un poseso un texto de más de cinco páginas en cheyenne del que él no entendía ni una sola palabra y ni sabía siquiera cómo debía pronunciarlo. Su primera sorpresa fue cuando, en lugar de darle un traje de jefe indio lleno de plumas, los de vestuario le dieron un simple taparrabos y una pluma en la cabeza. Atravesó la calle que le separaba del plató lleno de vergüenza tapándose como podía el trasero al cruzarse con todos los que, hasta aquel día, habían sido sus mitos de la pantalla.
Una vez en el set resultó que no tenía ninguna secuencia con diez mil indios, sino un mano a mano con Gary Cooper, al que tenía que soltarle toda la perorata en cheyenne. Quinn tenía que subirse a un caballo y acercarse cantando una canción india (que, por supuesto improvisó allí mismo), a una hoguera que encuentra en el bosque, bajarse del caballo y quedarse en pie junto al fuego, donde le asaltaría Gary Cooper y él le soltaría el discurso con las manos arrriba. La primera toma fue fantástica hasta que, al llegar junto al fuego, dió un salto y se escondió tras un árbol. “¡Corten!” gritó cabreadísimo De Mille. “¿Es que no le han explicado a ese imbécil lo que tiene que hacer? ¡Quiero que se quede junto al fuego!”. Quinn, aparentando no saber inglés, escuchó pacientemente la traducción que le hicieron a su inventado idioma cheyenne. La segunda toma también iba muy bien hasta que, al llegar junto al fuego, de nuevo dió un salto y se escondió tras el árbol. El cabreo de De Mille era de impresión y exigió que trajeran a otro actor porque aquel indio estúpido le estaba haciendo perder un montón de dinero. Gary Cooper, que en maquillaje había coincidido con Quinn y estaba al corriente de la farsa, le pidió a De Mille que le diese otra oportunidad. Lo hicieron, pero Quinn volvió a hacer exactamente lo mismo: esconderse tras el árbol. De Mille, ya fuera de sí, dijo que lo sacaran del estudio inmediatamente, y entonces Quinn, en inglés, se dirigió a aquel hombre que todo lo podía en Hollywood y a quien nadie osaba enfrentarse y le dijo: “Mire Sr. De Mille, yo no soy indio, soy actor. He trabajado en teatro. Métase los setenta y cinco dólares que me paga por donde le quepan. Usted tendrá mucho dinero pero de dirigir películas no tiene ni idea. Ese fuego ha sido encendido por un blanco y mi personaje, un indio, es imposible que no se dé cuenta de eso, por eso reacciona escondiéndose tras un árbol, porque sabe que debe andar cereca un hombre blanco…”

Cuentan que el silencio en el plató fue impresionante. Tras unos interminables segundos mirándose fijamente el uno al otro, De Mille dijo “El chico tiene razón, cambien el guión, se esconderá tras el árbol.” Tenían previsto rodar aquella escena en tres días. Lo hicieron en uno sólo y De Mille le hizo personalmente una prueba a Quinn para su siguiente película una semana después. Desde aquel día Quinn fue famoso en todo Hollywood por haber sido capaz de enfrentarse a De Mille. Un año después se casó con Katharine, la hija del propio De Mille.
Quinn ha sido, probablemente, uno de los actores más camaleónicos de la historia del cine. Ha sido cura rural, Papa, esquimal, indio, bucanero, ganster, pintor, mafioso, magnate griego (Onassis), soldado, revolucionario, jorobado de Notre Dame, etc., etc., etc. A lo largo de su carrera ganó dos Oscars como mejor actor secundario por sus papeles de hermano de Emiliano Zapata, junto a Marlon Brando, en “Viva Zapata”, 1952 y de Paul Gauguin, junto a Kirk Douglas en “El loco del pelo rojo”, en 1956. Sin embargo nunca consiguió el Oscar al mejor actor, a pesar de haber estado nominado por uno de los papeles más inolvidables de la historia del cine: el de Zorba el griego (Rex Harrison lo ganó aquel año por My Fair Lady). Dirigió una única película, “Los bucaneros”, en 1958.
Alguna vez definió lo que buscaba como actor: “Lo que realmente quiere un actor es encontrar el personaje que le permitirá poner un espejo frente a todos los sueños que nunca ha expresado, a todas sus ansias, a su soledad, un papel que le asegure un lugar en el muro de la verdad absoluta.” En contra de la imagen que daba, él mismo se consideraba como una persona muy insegura, tanto es así que, siendo ya una estrella consagrada, en una ocasión se bloqueó durante un rodaje debido a esa inseguridad.
Acostumbrado a necesitar una sola toma, Quinn cuenta que un día se le atravesó una secuencia fácil y no podía hacerla. Tan sólo tenía que ponerse frente a la cámara y decir “Siento llegar tarde. Me atrasé por complicaciones imprevistas.”, pero no había forma. Se iba haciendo cada vez más tarde y él fallaba una toma tras otra. Los nervios empezaron a inundar el set y él, cada vez que oía “cámara”, se bloqueaba. Todos intentaron ayudarle. La actriz con la que compartía la escena llegó a decirle “Calma, Toñito, calma, ¿puedo ayudarte en algo?”. Pero él seguía bloqueado y angustiado por una situación totalmente nueva para él. Tras veintisiete tomas, el director, indignado, le dijo a voz en grito que si no podía hacer aquella escena cambiarían el guión, pero que no podían perder más tiempo. Todos los miembros del equipo se pusieron a temblar pues Quinn tenía fama de ser una persona de carácter muy fuerte y nadie le había gritado nunca en un plató. Quinn aguantó la bronca en silencio, llamó inmediatamente al productor y preguntó a todos los miembros del equipo si estaban dispuestos a hacer horas extraordinarias, que él pagaría de su bolsillo, hasta que la secuencia saliera. Todos le dijeron que sí. Liberado de la presión, la secuencia quedó redonda en la siguiente toma. Recordando esta anécdota, comentó que era de todos conocido que Tracy o Gable tenían que repetir muchas veces sus secuencias porque se quedaban bloqueados, pero ellos podían hacerlo sin problemas porque, a diferencia de él, tenían tanta seguridad en sí mismos, que podían reírse de ellos mismos, y él no.
Su pasión por la pintura le llevó a pedir que, en las pausas de los rodajes que tenía en localizaciones perdidas de esas donde no había nada que hacer, le trajesen sus bártulos y le dejasen pintar. Nunca dejó de hacerlo en toda su vida. El otro día escuché en las noticias a un chico enfermo del síndrome de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica, enfermedad muscular degenerativa que lleva a la parálisis), decir que él no tenía tiempo para tener un mal día en su vida. Realmente era toda una lección de coraje y de sabiduría.Tengo muy claro que Quinn era de los que compartían esta forma tan maravillosa de vivir la vida.
Socarrón consigo mismo, solía decir que él nunca se casaba con la chica al final de la película. Sin embargo, en la vida real, su físico de hombre recio y duro, su fuerte personalidad tan libre y arrolladora y esa ternura innata que era capaz de transmitir en todo lo que hacía, le convirtieron en un seductor sin remedio. Siempre alegre, dicharachero y soñador, Quinn era humanidad en estado puro. Cansado de la rigidez y los planteamientos del star system hollywoodiense, pasó muchas etapas de su vida viviendo en Europa (Roma), trabajando en el cine europeo, a las órdenes de Fellini, Minelli, etc.
En 1964 rodó el que sería el papel por el que siempre será recordado: Zorba el griego. Nunca ha habido una simbiosis actor/personaje como aquella. La película, dirigida por Michael Cacoyannis, basada en la novela homónima de Nikos Kazantzakis y con la inolvidable banda sonora de Mikis Theodorakis, es uno de los más bellos cantos a la amistad y a la libertad que se han hecho jamás.

Cuenta la historia de la amistad entre un joven escritor inglés (Alan Bates), que llega a una isla griega para hacerse cargo de lo único que tiene en el mundo (una vieja mina abandonada que acaba de heredar), y Alexis Zorba (Anthony Quinn), un hombre absolutamente libre y sabio que le enseña a vivir de la única manera que él sabe: disfrutando cada instante. El contraste entre la educada personalidad del inglés y la espontaneidad salvaje y mediterrénea de Zorba es delicioso. Zorba empieza a trabajar para el inglés y le ayuda a abrir de nuevo la mina. El fracaso es estrepitoso ya que aquella mina está agotada, pero Zorba, imaginativo como nadie, convence al inglés para que invierta sus últimos ahorros en la costrucción de un estrambótico teleférico con el que podrán bajar hasta el mar los árboles que pueden talar de un bosque que pertenece a un monasterio de popes ortodoxos que hay en lo alto de la montaña. Zorba diseña
el teleférico y gasta hasta el último penique de su amigo inglés en la construcción de aquel invento. El día de la ansiada inauguración todo el pueblo acude al bautizo del artefacto. Popes, vecinos y cabras deambulan por la playa cuando Zorba da la orden de soltar el primer tronco que, paulatinamente, va cogiendo más y más velocidad produciendo un estruendo amenazador que hace que todos, temiéndose lo peor, salgan corriendo. Tras asegurar que nada malo va a ocurrir, Zorba da de nuevo la orden para que suelten un tronco más. Al segundo le sigue un tercero. La velocidad ahora es ya aterradora y, a su paso, el tronco va derribando todos los soportes del invento. Popes, vecinos y cabras huyen despavoridos y se tiran al mar. Todo el teleférico rueda por los suelos y no queda nada de los ahorros del inglés. Y ahí, en ese preciso momento, Zorba le dice a su amigo inglés, que acaba de perderlo todo, una frase maravillosa: “Jefe- le dice- yo tengo que decírselo, porque le quiero, usted lo tiene todo para ser feliz, absolutamente todo…menos una cosa ¡la locura! Tiene que romper la cuerda que nos ata y no nos deja ser libres…” El inglés, influenciado ya sin remedio por la maravillosa personalidad de Zorba, le responde: “Zorba, enséñame a bailar”, y Zorba le enseña a bailar el sirtaki más famoso de la historia, y es ahí cuando, en una lección de sabiduría como hay pocas, contemplando todo lo que se ha perdido, Zorba le dice: ” Pero bueno, Jefe, ¿ha visto usted alguna vez una catástrofe más esplendorosa?” y los dos se echan a reír y a bailar en un final de la película imposible de olvidar.
Nikos Kazantzakis, uno de los mejores escritores griegos del siglo XX, es el autor de la novela de Zorba el griego, ese Zorba que, desde entonces, no puede ser otro que Anthony Quinn. Luchador contra la dictadura, Kazantzakis fue, por encima de todo, un hombre libre. En su tumba puede leerse un epitafio que define su arrolladora personalidad y que, a buen seguro, también podría estar en la tumba de Anthony “Zorba” Quinn:
“NADA TEMO,
NADA DESEO,
SOY LIBRE”

Un hombre extraordinario con una vida insólita. Me ha encantado esa frase final, el epitafio, que es un magnífico pensamiento zen. Genial.
Realmente Quinn fue un ser irrepetible. Su hijo, Lorenzo, me comentó hace unos años que quería llevar al cine la vida de su padre, pero que fue imposible sacer el proyecto adelante, a pesar de conocer personalmente a todos los que toman las decisiones en Hollywood porque habían sido amigos de su padre, porque cuando presentaba el proyecto, en lugar de querer saber si era bueno o no, sólo le preguntaban ¿Y quién está ahí, cuánto dinero va a dar?
Conocer la frialdad y el egoísmo desalmado del mundo en el que Quinn vivió, todavía le da una mayor dimensión humana a todo lo que él hizo.
Hola Carlos,muchas gracias sobre este gran artículo de un gran maestro de el cine Anthony Quinn, sin duda es uno de los actores preferidos de mis abuelos, esta película Zorba el griego tiene muy buena pinta, cuando pueda la veré. Enhorabuena otra vez por este artículo sobre este maestro del cine esta genial. Un abrazo.
Hola Jaume!
Si tienes ocasión de verla no te pierdas Zorba, te aseguro que es una inyección de moral que hace que te olvides de todos los problemas que puedas tener, toda una lección de sabiduría y de saber vivir. Muchísimas gracias por tu constante apoyo
Un gran abrazo
Hola Carlos
Me encantaba Quinn, pese a ser una cria cuando le veía…Siempre me han gustado las películas de los indios…aunque estaba en contra de que siempre dejabaran a los indios como locos salvajes, cuando en realidad fueron ellos los que se quedaron sin tierras y fueron llevados a reservas. No recuerdo el nombre de la pelí que hace con Gary Cooper, la solían poner en telemadrid en esas tardes de domingo…
Gran escena ese sirtaki, y gran musica, los sirtakis, tienen mucha vitalidad…
un fuerte abrazo!
Muchísimas gracias por tus comentarios, siempre tan llenos de cariño. Cuánta razón tienes con lo del tratamiento que han dado en Hollywood a los indios… Menos mal que ha habido algunas excepciones (Soldado Azul, Bailando con Lobos,etc.). No sé cómo tradujeron el título de la película, porque la verdad es que lo de las traducciones de los títulos en este país es todo un misterio.
Si puedes no te pierdas Zorba, es una auténtica obra maestra que hay que ver una y mil veces.
Un abrazo enorme empapado de la alegría de un sirtaki con una buena copa de Retsina fresquita frente al mar!
Uno de los grandes sin duda y uno de los más camaleonicos. Me encantó en una película llamada Requiem por un luchador, donde interpreta a un boxeador. La famosa escena del sirtaki la rodó con un pie roto. Un actor impresionante. Otra gran interpretación de una película no muy popular es La hora 25. Merece la pena verla.
Otro gran artículo.
Hola Sacudelanza!
Muchísimas gracias por el apoyo de tus comentarios y por compartir tus conocimientos cinematográficos con todos nosotros. No he tenido oportunidad de ver Requiem por un luchador, pero te aseguro que voy a buscarla para verla como sea. La hora 25 sí que la ví, y es una gran película y una muy buena adaptación de otra gran novela.
Desconocía lo que comentas de Quinn y su pie roto en la escena del sirtaki, aunque tratándose de una personalidad como la suya, no me extrañaría nada.
Lo dicho, muchísimas gracias por tu apoyo
Un gran abrazo
SOY NUEVA EN ESTO, PERO ESTOY ENCANTADA CON LA INFORMACION QUE PUBLICAS, GRACIAS POR TUS ARTICULOS, SON GUAPÍSIMOS, HAY ACTORES QUE SON GIGANTES, QUE HACEN DEL MUNDO UN LUGAR MEJOR. YO CREO QUE ANTHONY QUINN ERA UNO DE ESOS.
Hola Lua-Lume, y bienvenida a “La placenta…” Muchísimas gracias por tus palabras de apoyo. te aseguro que siempre es muy gratificante ver que llegas a la gente y le haces sentir cosas. Realmente, como bien dices, Quinn era un gigante que hizo de este mundo un lugar mucho mejor del que encontró. Un gran y “placentero” abrazo
Hermoso artículo sobre Anthony Quinn. Tu sitio se ha convertido en uno de mis favoritos al instante. Te mando un abrazo Carlos. Interesantes tus reflexiones, se nota que que te haz vuelto todo un Zorba…. ¿Algún día me enseñaras a bailar?
Tu amigo, desde ahora, León Henry
Muchísimas gracias por ese apoyo tan zorbiano, León, y ¡Bienvenido a La placenta…! Cuando nos encontremos, porque al final siempre nos encontramos, bailaremos juntos ese sirtaki riéndonos a carcajadas de nosotros y de todo lo demás.
Un abrazo enorme y sirtakiano, siempre sirtakiano!
Hola Carlos…., estoy de acuerdo con León, tu blog, tu espacio es uno de mis favoritos y me he dado cuenta que me paso mucho tiempo leyendo tus articulos y relexionando sobre tus reflexiones, con lo cual tengo mi libro de dirección (sobre En la soledad de los campos de algodón) que tengo que entregar ahora como trabajo de final de carrera totalmente abandonado, si suspendo ya sabes que es por tí……. jajaj.
ANTHONY QUINN gran mexicano, irlandes,griego,…y sobre todo “gran actor”
Besos grandes de tu amiga
Pepa
Hola Pepa!
Siempre tan cariñosa con tus palabras. Espero estar a la altura de tus elogios y no defraudarte!!!!
Lo que no te perdono es que abandones tu libro, eso sí que no, aasí que, a por él, que a mí siempre me tendrás por aquí esperándote.
Un beso enorme y un abrazo aún más grande
LO FELICITO PORQUE PUEDE HACER LO QUE QUIERE Y DEDICARLE TIEMPO A LO QUE LE GUSTA. ME ENCANTABA IR AL CINE Y VER LAS PELICULAS DE ANTHONY QUIN. LA PELICULA “ZORBA EL GRIEGO” Y “EL SECRETO DE SANTA VICTORIA” O eL LEON EN EL DESIERTO HAN SIDO DE MIS PREFERIDAS, GRACIAS POR COMPARTIR CON NOSOTROS ESTOS ANECDOTAS.
Muchísimas gracias a ti, Rosalinda, por esos cariñosos comentarios de apoyo a La placenta. Para mí es un verdadero lujo poder tener un espacio de libertad como este en el que puedo encontrarme con tanta gente a la que nos une la sensibilidad hacia la bellezxa y la inquietud por lo humano. Anthony Quinn era, sin duda, de los imprescindibles. Lo llenaba todo de humanidad. ¡Bienvenida a La placenta, Rosalinda, y mi abrazo más fuerte!
Lo felicito porque puede hacer lo que le pega en gana y cuando le viene en gana!!!.
Gracias por compartir anecdotas sobre el Sr. Anthony Quinn al que por haber nacido en Chihuahua y sin conocerlo personalmente considero como paisano. Tengo la fortuna de contar con un libro de el autografíado y siempre sere una admiradora de suactuación en las películas como fueron”: ” Zorba El Griego”; El Secreto de Santa Victoria’ ,” El León en el Desiero”, que me encantaron como todos los trabajos que realizo al final de su carrera.
Hola de nuevo, Rosalinda. Veo que quería ampliar tu comentario anterior compartiendo con nosotros tu relación de paisanaje y profunda admiración por Quinn. Supongo que el libro del que hablas es su autobiografía, “El pecado original”, una verdadera joya que es un placer leer y releer una y mil veces. Otro abrazo enorme desde Madrid