Las mujeres que no conocemos
22 noviembre, 2009
Hoy me gustaría hablaros de la exposición fotográfica que el cineasta José Luis Guerín preparó para la Bienal de Venecia de hace un par de años y que tuve la oportunidad de ver en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). Realmente era impresionante. Se llamaba “Las mujeres que no conocemos”, y era una invitación a soñar con los besos no dados, con todas nuestras vidas no vividas, porque, como dice Guerín, las mujeres que no conocemos son vidas que no hemos vivido…
Y para hacerlo, nada mejor que la melancolía de los acordes de la música de Ludovico Einaudi.
Aquella exposición se trataba de un montaje fotosecuencial, formato intermedio entre el cine y la fotografía, que Guerin definía como un film en 24 cuadros. La instalación aprovechaba perfectamente las ventajas del espacio, invitándonos a seguir un solitario y oscuro camino lleno de recovecos y silencios que hacía que nos sintiéramos como invadiendo una
intimidad, la intimidad de esas mujeres que no conocemos pero con las que soñamos despiertos cada día, de todas esas mujeres anónimas a las que Guerin ha querido robar un instante de su vida, ese instante que nos ofrece en la claridad del blanco y negro que ilumina la oscuridad de las salas, ese instante fugaz en el que cruzamos con ellas una mirada, una emoción o tan solo un deseo… En sus rostros hablan todos los silencios; en sus ojos habitan los misterios y los sueños, todos nuestros sueños, y en su intimidad robada todas las vidas que no nos atrevimos a vivir. ¿Qué habría pasado si hubiera llegado a hablar con aquella mujer que estaba leyendo junto a mí en aquella terraza solitaria al atardecer?, ¿y si me hubiera atrevido a besar a aquella joven a la que jamás volví a ver?, ¿y si hubiera cambiado mis planes de viaje para quedarme una noche más en aquella ciudad de provincias en la que me crucé con aquella mujer que llevaba la nostalgia por mirada?, ¿y si…?, ¿y si…?, ¿y si…? Son tantas las mujeres que no conocemos, tantas las vidas que no vivimos… tantas las que no nos atrevemos a vivir. Puede que recordemos el primer beso, seguro que el último y probablemente unos cuantos más, quizá los más intensos, pero, por desgracia, los que nunca llegamos a olvidar son los que no nos atrevimos a dar…
Esta entrada no habla de cine, ni de televisión, ni de teatro. Ni siquiera habla de fotografía. Habla simplemente de las cosas de la vida, de todas esas vidas no vividas, porque la vida es una elección continua, y por eso está llena de oportunidades perdidas, de sueños muchas veces despedazados por nuestro miedo a vivir. Siempre podemos perdonarnos los errores que cometemos, pero lo que jamás nos perdonamos es lo que no nos hemos atrevido a vivir…
Cuando tenía trece años, pasé unas Navidades con mi familia en un pequeño hotel de alta montaña. Allí coincidí con la niña más guapa que he visto jamás. Tenía quince años. Era preciosa. Todavía veo sus tejanos ajustados, el poncho anaranjado que llevaba sobre los hombros y el brillante cuello blanco de su camisa… Nunca llegué a hablar con ella: mi timidez me lo impidió. Era francesa. Se marcharon del hotel a principios de enero. Recuerdo el día en que se fue como uno de los más tristes de mi vida. Necesitaba volver a verla, hablar con ella, necesitaba que supiera todo lo que sentía. Tenía que ponerme en contacto con ella como fuera. Aquella noche, en medio del silencio, entrada ya la madrugada, bajé en pijama a la recepción del hotel y robé la tarjeta del registro con su dirección. Nunca me atreví a escribirle y jamás la he vuelto a ver, pero hoy, pasados casi cuarenta años os puedo decir que se llamaba Sophie Ramstid, y que vivía en 42, Rue Le Castillon, Le Boriscat, Bordeaux, France…
Vivir la vida es atreverse a hacerlo con todas las consecuencias y en todas las circunstancias. ¿Cuántas veces hemos dejado de hacer algo que realmente queríamos por hacer caso a los demás o a la voz de ese Pepito Grillo que siempre frena nuestros impulsos?. Vivir la vida es aceptar correr riesgos, es prescindir de la falsa seguridad que nos rodea, es atreverse a enfrentarse a los problemas, y hacerlo, muchas veces, en solitario y nadando contra corriente. Seguramente si Kandinski hubiera hecho caso a esa voz el mundo habría tenido un mediocre abogado más… y la pintura abstracta no existiría como la conocemos hoy.
Recuerdo que hace ya muchos años, acababa de cumplir los dieciocho, pedí un coche prestado y me fui sólo a recorrer Europa. Quería ver el mundo, conocer todos los mundos. Mi viaje me llevó a la antigua Yugoeslavia. Tras cruzar Italia de parte a parte, entré en aquel país que era una invitación a la aventura y fui recorriendo todos los secretos de su costa. Alguien me habló del Parque Nacional de Plitvice, un maravilloso paraje formado por 16 lagos unidos por cascadas y, sin dudarlo, me dirigí a él. Al llegar, envuelto todavía por las brumas de las primeras horas del día a través de las que, tímidamente, se colaban los rayos del sol,
encontré un pequeño refugio de montaña en el que estaba el único bar que había en todo el parque. Era una preciosa cabaña de madera que nada tenía que envidiar al paradisíaco Walden de Thoreau. No había mucha gente: tres o cuatro personas y algún turista tan perdido como yo. Estaba en la barra esperando a pedir un café con leche bien caliente cuando, de repente, se abrió la puerta que daba a la cocina y por ella apareció una chica que tendría poco más de quince años. Nunca había visto tanta luz en la mirada de una mujer. Sólo pude aguantar su mirada unos segundos, unos segundos en los que me habló de sus sueños, de sus emociones, de sus sentimientos más secretos y de sus irrefrenables ganas de vivir. Yo también intenté darle todo en aquellos segundos: mis ganas de conocerla, de abrazarla, de compartir mi vida entera con ella… No me atreví a decirle nada. Ella tampoco lo hizo pero, buscando mis ojos de vez en cuando, me dio el mejor de los regalos al enseñarme a jugar al más maravilloso de los juegos. Antes de salir de la cabaña me detuve para mirarla por última vez. Pocos años después la crueldad de la guerra destrozó aquel país. Fueron cientos de miles los que sufrieron y murieron en aquella guerra. Nunca más he vuelto a saber de ella. Siempre me he preguntado qué debió ser de aquella niña que me enseñó a soñar. Han pasado más de treinta años y ni un solo día he olvidado la luz de la mirada de aquella casi mujer, una luz que volví a encontrar en las fotos de Guerín.
Pero todas esas vidas no vividas no se reducen solo a las oportunidades perdidas con mujeres desconocidas, a los encuentros no encontrados, sino que, a veces, las mujeres que no conocemos son precisamente las que están a nuestro lado, junto a nosotros, las mujeres con las que hemos compartido una vida entera y que creíamos conocer. Si la timidez era la que nos impedía acercarnos y conocer a esas desconocidas con las que podríamos haber vivido una vida, nuestra incapacidad para amar y para entender lo que verdaderamente significa amar, es lo que nos impide vivir nuestra verdadera vida.
Acabo de leer un libro imprescindible: Historia de un matrimonio, de Andrew Sean Greer, que empieza así: “Creemos conocer a quienes amamos. Al marido. A la esposa. Los conocemos, somos ellos; a veces, por separado en una fiesta, nos sorprendemos expresando sus opiniones, sus preferencias respecto a comida o libros, contando una anécdota que no nos sucedió a nosotros, sino a ellos. Observamos su manera característica de hablar, conducirse y vestirse; cómo acercan el terrón de azúcar al café y lo ven pasar de blanco a marrón y entonces, satisfechos, lo dejan caer en la taza. Creemos conocerlos. Y amarlos. pero lo que amamos resulta ser una mala traducción, hecha por nosotros, de un idioma que apenas dominamos. Con ella tratamos de llegar al original, aunque jamás lo conseguimos. Lo hemos visto todo. Pero ¿qué hemos entendido de verdad?. Una mañana despertamos. Junto a nosotros duerme ese cuerpo familiar: en cierto modo, un desconocido…”
Esa novela me ha recordado mucho a un maravilloso relato de James Joyce, Los muertos, el último relato de Dublineses, magistralmente llevado al cine por John Huston, en la que fue su última película, y su verdadero testamento. Los diez minutos finales de la película, en los que Huston pone en boca de Gabriel, el protagonista, su reflexión más personal sobre el amor, la vida y la muerte en un monólogo inolvidable, son de lo mejor de la historia del cine. La escena transcurre en el dormitorio de Gretta y Gabriel, cuando, tras contarle Gretta a su marido que de joven había vivido una apasionada historia de amor platónico con un joven llamado Michael Furey, que murió por ella cuando apenas tenía 17 años, él se da cuenta de que no conoce a su mujer, a esa mujer capaz de amar con esa pasión que él envidia con todas sus fuerzas, porque es incapaz de sentir algo así. Y siente una profunda envidia de aquel joven que sí supo amar a su esposa con esa intensidad, aunque solo fuera por un instante, y que fue capaz de
morir por su amor. En ese desgarrado monólogo final, Gabriel/Huston, en plena noche, mirando caer la nieve por la ventana mientras su mujer duerme en la cama, nos dice: “¡Qué pequeño papel he representado en tu vida, es casi como si no hubiera sido tu marido, como si nunca hubiésemos convivido como marido y mujer… Uno a uno todos nos convertiremos en sombras, es mejor pasar a ese otro mundo impúdicamente, en la plena euforia de una pasión que irse apagando y marchitarse tristemente con la edad… ¿Cuánto tiempo has guardado en tu corazón la imagen de los ojos de tu amado diciéndote que no deseaba vivir? Yo no he sentido nada así por ninguna mujer,
pero sé que ese sentimiento debe ser amor… Piensa en todos los que alguna vez han vivido, desde el principio de los tiempos, y en mí, transeúnte como ellos, fluctuando también hacia su mundo gris, como todo lo que me rodea, este mismo sólido mundo en el que ellos se criaron y vivieron se desmorona y se disuelve. Cae la nieve, cae sobre ese solitario cementerio en el que Michael Furey yace enterrado. Cae lánguidamente en todo el universo y lánguidamente cae como en el descenso de su último final sobre todos los vivos y los muertos.”
Un último plano azulado de la nieve cayendo sobre el silencio de la noche pone fin a la película en el que, sin duda, es el mejor epitafio para la tumba de un gigante del cine y de la vida como John Huston, un ser humano que nunca huyó de las elecciones de la vida y que, por eso, vivió y devoró todos los instantes de todas las vidas.
PD: No he podido insertar la secuencia completa del monólogo final, si queréis verla podéis hacerlo en:
http://www.youtube.com/watch?v=bCYMwT-Oikw
si optáis por ver la versión doblada al castellano, o en:
http://www.youtube.com/watch?v=mvNRFfVelt4&feature=related
si lo hacéis por la versión original en inglés.

Pensar en los “Y si?” y en las opciones no tomadas o en las personas no conocidas puede parecer muy romántico o muy poético, pero en mi opinión no son más que el reflejo de una falta de compromiso con la vida. Si uno vive la vida haste el final, nunca caben esos “Y si?”. Si uno vive intensamente segundo a segundo, no piensa en lo que no ha tenido. Vida sólo hay una y la vida es una cuestión de prioridades. Siempre hay que elegir. Y si eliges de manera completamente madura y responsable no cabe ni la nostalgia ni el arrepentimiento. La vida no puede ser de otra manera. Creer en otra cosa es creer en cuentos de hadas… Pero es en eso en lo que nos hacen creer de pequeños. Quizás debe ser así. Es una pena. Tantos momentos malgastados, tantas oportunidades perdidas de vivir la vida que uno debería haber vivido… Sin excusas.
Siempre en primera línea, veryinspired, muchísimas gracias por la sinceridad de tus comentarios. Puede que tengas razón y que debamos vivir nuestras vidas sin todos los ¿y si…? con los que podemos encontrarnos a diario. Vivir el presente es vivir segundo a segundo, y devorar la vida hasta el final,pero aún así, creo que siempre queda espacio para los sueños, el “romanticismo” y, sobre todo, la mirada poética… porque eso no es malgastar la vida, sino enriquecerla y amarla aún más si cabe… porque… qué aburrida sería la vida sin hadas… ¡como tú!
Mi abrazo más fuerte y soñdor
Hola Carlos, genial el artículo como siempre!!!, este tema me ha encantado sobretodo por qué esas preguntas no me atrevi a decirle nada o mostrar mis sentimientos a la chica de casi 30 años de la que me enamoré el año pasado , aún la tengo muy en memória, y aunque núnca supé mucho de su vida privada, lo malo es que después de que se fuerá sin un adiós, la vi en una fiesta y la vi acompañada besandose con el que sería su novio, entonces me dió ganas de irme de la fiesta y me fuí, ella no me vió y yo ni siquiera le dijé nada, le encantaba la lectura , a ella leía muchos de fantasía, ese recuerdo será guardado pero es que era tan guapa, y yo deseo que ella sea muy feliz, eso quiere decir que núnca terminamos de conocer a las personas , muchas se creen que me conocen pero no, con la gente que me da confianza me conocen de sobra, pero la que no lo creen pero en realidad no, y antes de irme a dormir pensaba ojala que ella se enamoré de mi, dudo mucho que si me vuelvo a enamorar sea tan especial como la primera vez. Felicitarte por este gran artículo. Un abrazo.
Hola Jaume!
Gracias de nuevo, una vez más, por estar ahí dando tu fiel y entusiasta apoyo a La placenta… y por compartir tu historia con todos nosotros. Alguien dijo alguna vez que la grandeza del primer amor radica en que creemos que es el último… Te aseguro que no es verdad, lo cierto es que cada amor es único y que debemos vivirlo a fondo, sin límites. Con cada día, con cada historia, con cada amor, aprendemos más a amar. Quizá el secreto esté en nuestra actitud, en saber mantener la ilusión del primer amor con la experiencia y la sabiduría del último…
Un gran abrazo, entrañable compañero de sueños, fatigas y alegrías.
Resulta tremendamente escalofriante despertarse una mañana al lado de aquella persona con la que has compartido gran parte de tu vida y comprobar que es una “persona desconocida”, no reconocer en sus rasgos, en sus palabras en su corazón, aquellas cosas que un momento determinado de tu vida te hicieron pensar que era una parte incuestionable de tu ser… y qué duro pensar en “¡que pequeño papel he representado en tu vida”…
Anhelos y nostalgias ya no de las personas no conocidas sino de aquellas vivencias no vividas, mágicas, esas que forman parte de tu albúm mental de fotos, aquellos momentos que te hacen recordar instantes únicos por la fuerza del sentimiento que despertaron, porque te hacen recordar que estabas viva y que te acompañaba una emoción difícil de explicar … Ese album al que recurres cuando necesitas llenar de color las horas previas al sueño, una mirada fija al atardecer, un paseo admirando el profundo azul del mar…
Y más tarde una aprende como dice Borges “Uno planta su propio jardín y decora su propio alma, en lugar de que alguien le traiga flores…” ¡Pero, esas flores resultan tan hermosas!…
Aún así, yo sigo esperando poder seguir llenando mi album “personal” …
Un saludo.
PD. Te hice caso y me dí de alta en el Facebook.
Hola Margo!
Gracias por estar de nuevo con nosotros, dándonos esa imagen tan bonita del álbum mental de fotos, me encanta esa idea. Como bien dices, es duro darte cuenta de repente que no conoces a quien creías conocer a fondo, a quien querías amar a fondo y quien creías que te amaba a fondo… “Sorpresas te da la vida…”, dice la canción. Aunque a mí me gusta más otra canción que dice “Gracias a la vida que me ha dado tanto…” Al final nos queda lo que hemos amado, lo que hemos dado, y si nuestra pareja no ha sabido, no ha querido o no ha podido hacerlo, es ella quien al final se dará cuenta de que se habrá ido de este mundo sin haber vivido…esas son las vidas no vividas que me dan tanta pena.
Un abrazo enorme y placentero, Margo, siempre placentero
¡Que bonito y que triste!
Hace tiempo, una persona me dijo, que porque no mostraba mis sentimientos. Desde aquel día, aprendí a hacerlo. No hay dia que no lo haga, no hay miedo. Aunque todavía me acompañen esos ¿Y sí? ¿Y si hubiese besado a aquel hombre que nunca más volví a ver…?
Me quedo con ser esa mujer que no conoció…
Un fuerte Abrazo!
Bello como siempre.
Hola Gabriela, no sabes lo que reconforta encontrar a personas como tú, siempre tan sinceras y dispuestas a compartir su amor y su cariño con todos los que os rodeamos. Es triste que los sueñios no lleguen a convertirse en realidad, pero lo realmente doloroso es no habernos atrevido a vivir nuestra vida como si fuera un sueño. Siempre que les cuento la historia de Sophie Ramstid a mis hijos les digo que, por favor, no tengan una Sophie Ramstid en su vida.
Esa historia me ha acompañado siempre, y me ha enseñado muchas cosas.Te aseguro que no me llevaré ni un solo abrazo a la tumba.
Un beso enorme y un abrazo de los más grandes