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Sándor Márai, memoria del olvido

28 febrero, 2010

Hoy me gustaría hablaros de uno de mis escritores favoritos: Sándor Márai.  Húngaro, contemporáneo de Stefan Zweig, y con una vida muy parecida a la de aquél, en la que la represión y la condena al olvido marcaron su existencia para siempre. El tiempo ha rescatado sus novelas y le ha devuelto la justa fama que le robaron. De entre sus títulos destacan varias obras maestras como “El último encuentro”, “El amante de Bolzano”, “Los rebeldes” o “Divorcio en Buda”. Aunque a mí particularmente lo que más me gusta de su obra es su autobiografía (dividida en dos tomos: “Confesiones de un burgués” y “¡Tierra, Tierra!”)

Para hablar de Márai, si queréis, el violín de Joshua Bell puede ser una magnífica compañía:

“¡Tierra, Tierra!”, el segundo volumen de la autobiografía de Sándor Márai, del que me gustaría hablaros hoy, es un libro íntimo, visionario y, quizá por ello, desgarrador. Si en sus “Confesiones de un burgués” nos hizo vivir los primeros años de su vida en aquel lejano imperio Austro-Húngaro que alcanzó las más altas cotas de lo que un día fue la cultura europea y que sucumbió por la barbarie de la Primera Guerra Mundial, en esta segunda parte nos cuenta a pecho descubierto las dramáticas consecuencias que la Segunda Guerra Mundial provocó en aquel reducto del imperio que fue su país natal: Hungría. Leer a Márai es vivir la Historia en primera persona, porque eso es lo que él hace: contarnos, con su mirada lúcida, su vivencia personal, la vivencia de un hombre que lo fue todo y que todo lo perdió, de un humanista al que, por serlo, le arrebataron todo y que fue proscrito y borrado del mapa de las letras y olvidado durante décadas por haber cometido el mayor de los delitos que un ser humano puede cometer: atreverse a ser libre.

Inolvidables las páginas en las que nos cuenta sus primeros encuentros con los soldados soviéticos que entraron en el pequeño pueblo donde se había refugiado de los alemanes y sus esfuerzos por conocer y entender a esos guerreros venidos del Este que se sorprendían enormemente al conocer a un escritor de carne y hueso. Como inolvidables también sus descripciones de una sociedad que, mirando a otro lado, cree que la entrada de Hitler en Austria es un hecho aislado que no tendrá mayores consecuencias, o sus recuerdos del París de la bohemia y sus encuentros con Hemingway, Fitzgerald, Eliot, Joyce, Pound… De aquel Pound que, imbuido por los secretos de los símbolos de la poesía oriental, descubrió la fuerza de la imagen:”No es el poeta quien debe hablar en el poema, sino la imagen que el poeta hace perceptible con las palabras, transformándola en algo palpable para el lector, para que así, a través del impacto de la imagen, la poesía se materialice en el lector…”; de aquel Pound al que Márai veía todos los días en el Dôme o en el Coupole, y al que no conoció personalmente porque, “los que avanzan juntos en el tiempo en una misma dirección, de alguna manera nunca se conocen. Un contemporáneo no tiene rostro histórico.”

Su imagen de Europa, de aquella Europa que calló y miró a otro lado cuando las tropas soviéticas invadieron Hungría, es desgarradora: “En Europa se mentía sin parar, sin  pausa y sin descanso: mentían la prensa, la radio, todo tipo de folletos, la basura con que se llenaba la conciencia del hombre occidental… En este siglo Occidente se ha mentido a sí mismo y al mundo…¿Qué podíamos esperar entonces, nosotros los húngaros, de ese Occidente infectado por la mentira? Por supuesto, en ningún caso ayuda o solidaridad. No puede haber para nosotros, ni individual ni colectivamente, más ayuda que el tiempo… ¿Dónde estaba mi sitio? ¿En un Occidente arrasado que de tanto mentir se había vuelto sordo? ¿O bien debía regresar a Hungría? ¿Y qué me esperaba allí? ¿La “Patria”?… No tenía ganas de hacer promesas ni de concebir ilusiones. No creía que la “patria” me estuviera esperando. Pero hay en la vida instantes en que oímos la respuesta o un mensaje pronunciados en voz muy baja. Y aquel fue uno de estos instantes. Y la respuesta (como dos décadas antes, en una situación parecida) se me reveló en voz baja. Tenía que regresar a Hungría, donde no se me aguardaba, donde no existían para mí ni tareas ni misiones, pero donde sí había algo que para mí es lo único que tiene sentido en la vida: la lengua húngara. En ese momento lo comprendí por segunda vez con todas sus consecuencias. Porque a mí, ni de joven ni de mayor, ni siquiera después de haber vivido dos guerras mundiales, nunca me ha interesado nada más que la lengua húngara. Una lengua que – entre los miles de millones de seres humanos- sólo entienden diez millones. Una literatura que – al estar encerrada en esa lengua- nunca ha podido, por más esfuerzos heroicos que se hayan hecho, dirigirse al mundo en su auténtica realidad. Sin embargo, para mí esa lengua y esa literatura significan una vida plena, porque sólo en esta lengua puedo decir lo que quiero decir (y sólo en esta lengua puedo callar lo que quiero callar)…” El amor que Márai sentía por su lengua le llevó a cuidar el más mínimo detalle en la elección de las palabras que utilizaba. Lástima que, en las traducciones, esa sutilidad, esa perfección, en muchas ocasiones, se haya perdido. Por ejemplo, el título de una de sus novelas más famosas, la que, ambientada en un pequeño castillo de caza que ya ha perdido su esplendor de antaño, cuenta la historia de dos amigos inseparables que, en su vejez y tras cuarenta años de no verse, se citan para cenar en un encuentro que ambos han esperado durante toda su vida, un encuentro que es una especie de duelo sin armas en torno al recuerdo de una mujer… Pues bien, en húngaro, la novela se titula “Las velas arden hasta el final”, en una cita de unos versos de Shelley que hablan del paso del tiempo y de que los mejores siempre son los primeros en marcharse. Ese título se tradujo al alemán y al inglés como “Brasas”, que aún tiene algo que ver con el original, pero a nosotros nos llegó como “El último encuentro”, un título que resume el contenido de la novela, pero pierde mucha de su poesía. Márai amaba profundamente la lengua húngara, una lengua que fue la única patria que abrazó este apátrida condenado al exilio y al olvido. A él, como a Stefan Zweig, los vencedores siempre se lo quitaron todo, porque ellos y los que, como ellos, sólo tenían por arma la dignidad, la esperanza, la razón o la confianza en el ser humano, estaban condenados a  ser los perdedores de todas las guerras.

Escritas a finales de los sesenta, estas memorias están salpicadas por las reflexiones de Márai sobre la decadencia del mundo que le rodea: “De la misma forma que las religiones, al identificarse con los sistemas de poder de su momento histórico, hicieron todo lo posible para limitar y cercenar los peligrosos estímulos de la libertad de expresión, también los sistemas económicos, políticos y de poder de esta época masificada son enemigos de la libertad de pensamiento y hacen todo lo posible (bien mediante el terror o mediante la civilización tecnificada, que consigue el mismo efecto) para mantener a las masas humanas en un estado anímico infantil.” Él se pregunta una y otra vez cómo es posible que Europa haya llegado a la abyección, al genocidio y al exterminio y porqué, sin embargo, se siente tan unido a ella. Su respuesta es abrumadora: “¿Qué me ata aquí? ¿Los vestigios y los recuerdos de una cultura que se extingue? Son sólo palabras. Quizá sea el recuerdo de los crímenes cometidos en común: la conciencia de que todos somos culpables, todos los europeos, los del este y los del oeste, porque hemos vivido aquí y toleramos y permitimos que todo llegase a donde llegó… somos culpables porque somos europeos y porque hemos consentido que en la conciencia del hombre europeo se haya aniquilado el humanismo…  Alguna vez existió una Europa apasionada en la que la gente no solamente quería saber, sino también apasionarse. No buscaban solamente la verdad, sino una aventura noble y estimulante caldeada por la pasión, porque querían cultura, y sin pasión no hay cultura… Lo diré con una sola frase: Ha habido una Europa distinta. Es necesario encontrarla, me dije para animarme…”

Sándor Márai nunca encontró aquella Europa perdida que él había conocido tan de cerca, jamás volvió a verla, porque hacía ya mucho tiempo que aquella Europa había muerto. Cuando comprendió que ya nada le ataba aquí, partió rumbo a América con la esperanza de “ver lo que vio el joven marinero desde el puesto de vigía de la carabela de Colón cuando, al alba, se puso a gritar con voz ronca y excitada: “¡Tierra, Tierra!”. A lo mejor ese marinero vive eternamente dentro de nosotros, en cada ser humano, sólo que a veces se queda dormido en su puesto. Colón y sus hombres aún dormían cuando la Tierra ya se divisaba en la luz…”  Sándor Márai emprendió aquel viaje buscando, quizá, un último encuentro, el último encuentro con el mundo que pudo haber sido… Nunca lo encontró. En 1.989 se quitó la vida en San Diego, California. Pocos meses después cayó el muro de Berlín. Márai no permitió que su vela se consumiera hasta el final.

Para acabar esta entrada os dejo con un pequeño corto cuyo texto es un extracto de “Divorcio en Buda” en el que Márai nos habla del amor, de lo que significa amar, de lo difícil y maravilloso que es amar…

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Siddhartha

21 febrero, 2010

En 1.922 HERMANN HESSE escribió SIDDHARTHA, posiblemente una de las novelas que más han influido en la cultura occidental del siglo XX. Como a ROBERT GRAVES, a STEFAN ZWEIG, al inolvidable Larry Darrell de “El filo de la navaja” de  W. SOMERSET MAUGHAM, o como a tantos y tantos otros, la Primera Guerra Mundial marcó profundamente su vida. HESSE orientó su camino hacia la búsqueda espiritual, hacia esa búsqueda de nuevos valores que sustituyeran a los que habían llevado al ser humano al holocausto de la barbarie. Toda su obra fue un reflejo de esa constante búsqueda en la que SIDDHARTHA destaca como perfecta síntesis de la filosofía oriental. SIDDAHARTHA es, sin duda, una novela que cuestiona nuestros sentimientos y pensamientos más profundos.

Si queréis, la música del sitar de RAVI SHANKAR puede ser una maravillosa compañera para este viaje.

HESSE murió en 1.962. Diez años más tarde un director de cine norteamericano amamantado por el Village neoyorkino, CONRAD ROOKS, llevó al cine su novela, una novela que había leído a finales de los cincuenta y que, como poco después a tantos jóvenes de la generación hippy, marcó para siempre. La película, ganadora del León de Plata en el Festival de Venecia de 1.972 es una verdadera joya, un reflejo poético y sincero de la incomparable novela de HESSE. La espléndida fotografía de SVEN NYKVIST hace de cada fotograma una verdadera obra de arte. Todos los colores de la India están allí: los rosas azulados de sus amaneceres,  los exuberantes rojos y anaranjados de los vestidos de sus gentes, los interminables verdes de sus bosques infinitos, los tristes grises de sus brumas, los intensos azules de la soledad… ROOKS ha sabido plasmar en la pantalla toda la poesía, la belleza y la espiritualidad que rezuma SIDDHARTHA, uniendo la prosa de HESSE, premio Nobel de Literatura en 1.946, con la poesía de RABINDRANATH TAGORE, que había obtenido el mismo galardón en 1.913, a través de la inolvidable música de uno de los interpretes más conocidos de la música tradicional india: HEMANT KUMAR.

La novela, ambientada en la India, nos cuenta la historia de SIDDHARTHA, un hombre que dedica su vida a la búsqueda de la Verdad. Su camino le llevará desde la renuncia al lujo de la acomodada vida que lleva en su seno familiar a peregrinar junto a los sadhus que viven de la mendicidad y cuyas únicas posesiones son un taparrabos y un cuenco, y desde allí a conocer el amor por una mujer, a tener que triunfar en el mundo de los negocios para no perderla y, finalmente, a renunciar a todo ese mundo para partir de nuevo en la búsqueda de sí mismo, una búsqueda que le lleva a un río que, en silencio, le hablará y se convertirá en su verdadero maestro.

Son muchos los pasajes de la novela que me gustaría recordar, aunque quizá la visión de SIDDHARTHA sobre el río sea una de las mejores muestras de lo que podemos encontrar en ella: “El río me enseñó a escuchar, me enseñó que nada permanece igual, que todo se transforma y todo regresa. De un río se pueden aprender muchas cosas. El río está en todas partes, en su origen y en su desembocadura, en la cascada, alrededor de la barca, en los rápidos, en el mar, en la montaña, en todas partes y simultáneamente y para él sólo existe el presente, sin la menor sombra de pasado o de futuro. Ahora sé que yo no voy a ningún sitio, que sólo estoy en el camino. Fui un hombre rico pero ya no lo soy ¿Qué seré mañana? No lo sé. ¡Qué camino el mío! ¡Cuánta estupidez, cuánto vicio, cuántos errores, disgustos, dolores y desilusiones he tenido que soportar solo para volver a ser un niño y poder empezar de nuevo, ahora que ya tengo el cabello blanco…! El saber puede comunicarse, pero la sabiduría no, sólo podemos encontrarla y vivirla, pero enseñarla no… Quizá buscamos demasiado durante mucho tiempo. El problema de las metas es que te obsesionan. Si dices que estás buscando es porque hay algo que encontrar. La verdadera libertad es entender que no hay metas. Sólo existe el ahora. Lo que pasó ya ha pasado. Lo que pasará mañana nunca lo sabremos. Por eso debemos vivir el presente, igual que el río… Una piedra, con el paso del tiempo, acabará siendo suelo, y ese suelo se convertirá en planta, o quizá en animal o en un hombre. Antes de entender estas cosas yo pensaba:”esto es una piedra, no tiene gran valor”. Sin embargo, ahora pienso que esta piedra no sólo es esta piedra, es un animal, es Dios, es Buda, y dentro del ciclo de los cambios puede llegar a ser hombre y espíritu. Puede tener importancia porque ya hace mucho tiempo que lo es todo. Amo a esta piedra. La amo solamente por ser una piedra. Yo puedo amar sin palabras, por eso no creo en los maestros. El río, el río es el mejor maestro. He llegado a comprender que debemos olvidarnos de buscar, dejar de buscar, dejar de preocuparnos… y aprender a dar amor.”

Aquí tenéis la forma en que Rooks ha reflejado una parte de este pasaje de la novela en su película cuando, ya viejo y cansado GOVINDA, el amigo de la infancia de SIDDHARTHA que también ha dedicado su vida a la búsqueda de la Verdad permanenciendo siempre junto a grandes maestros, se reencuentra con un SIDDHARTA  convertido en un humilde barquero al que, al principio, ni siquiera reconoce:

La acertada elección que ROOKS hace de los poemas de TAGORE para acompañar la música de la película no es casual. Nacido en Calcuta en 1.861 y educado en una atmósfera literaria y musical, TAGORE empezó a escribir desde niño. Tras estudiar unos cuantos cursos de derecho en Inglaterra, se casó a los veintidós años. En 1.901 fundó una escuela experimental en Santiniketan (Bengala) a la que dedicó toda su actividad y su patrimonio. Esa escuela preparaba a los alumnos para el diálogo, la amistad y la vida en contacto directo con la naturaleza: baños al salir el sol, clases al aire libre, oración bajo los árboles, cantos, danza, teatro… y oficios como jardinería, carpintería, etc… El propósito de TAGORE con esa escuela, y con su vida misma, era muy claro: “Intentaré crear una comunidad de hombres y mujeres que ignoren los límites geográficos. Sólo tendré un país y ese país incluirá a toda la raza humana.”. Un año después murieron su mujer y dos de sus hijos, lo que llevó a su poesía hacia una intensa religiosidad. En 1.913 recibió el Premio Nobel de Literatura. Desde entonces viajó por el mundo con su mensaje de paz y de humanismo. Nunca dejó de escribir. Poco antes de su muerte, en 1.941, empezó a pintar.

Las palabras y la vida de TAGORE cobran una importancia vital en el mundo de hoy, un mundo marcado por el mercantilismo, la especulación y el beneficio inmediato. En ese mundo sus palabras resuenan cada día con más fuerza, aunque pocos, muy pocos, tienen la sabiduría y el valor de escucharlas:

“Llegará el silencio y la música será, entonces, perfecta. La vida, eterna en el trabajo y el hastío, apenas nos da un día para el amor”.

“¿Pero escribe uno poesía para explicar algo? Lo que se siente dentro busca la forma externa en un poema. Así pues, si después de escuchar unos versos, cualquiera dice que no ha comprendido, yo me siento impotente y tengo que guardar silencio. Si alguien huele una flor y dice: “No comprendo”, la contestación para él es: “No hay nada que comprender, sólo es un aroma.” Y si persiste diciendo: “Eso lo sé; pero ¿qué significa?”. Entonces o hay que cambiar de conversación o hacerla más confusa diciendo que el aroma es la forma que la alegría universal toma en la flor.”

NERUDA decía que preguntar al amor es cosa rara, que es preguntar cerezas al cerezo; TAGORE también sabía que preguntar a la poesía es cosa rara, porque, para él, “la poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos.”

Me gustaría acabar esta entrada con el mensaje personal que TAGORE escribió para cada uno de nosotros… hace ya más de un siglo, en una maravillosa mañana de primavera:

“Tú, que no sé quién eres;

tú, que lees estos versos míos que ya tienen cien años, escucha:

No puedo darte ni una sola flor de todo el tesoro de la primavera,

ni una sola luz de estas nubes doradas.

Pero abre tus puertas y mira; y escoge, entre las flores de tu jardín,

el hálito de las flores muertas hace ya cien años.

¡Y ojalá puedas sentir en tu corazón la alegría viva

que esta mañana de Abril te envía, a través de un siglo, cantando dichosa”

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“Me voy, ahí os quedáis…”

14 febrero, 2010

Son muchos los que, hartos ya de todo esto, se han decidido a dejarlo todo para emprender un viaje al fondo de sí mismos. Algunos han buscado su lugar en la naturaleza, como H.D. Thoreau o Christopher McCandless; otros, en pequeños pueblos alejados del mundo al que pertenecían, como Robert Graves, pero todos, absolutamente todos  los que dieron ese paso en sus vidas, lo hicieron siguiendo el impulso interior que nos lleva a encontrarnos a nosotros mismos. Algunos se despidieron de ese mundo que no entendían y al que aborrecían profundamente publicando su autobiografía bajo títulos tan sugerentes como “Good by to all that” (el “Adios a todo eso” de Robert Graves); otros, como Thoreau con su “Walden”,  escribieron la historia de su viaje interior; otros se fueron sencillamente en silencio, sin siquiera despedirse y otros dejaron un escrito del estilo del que el actor George Sanders dejó en su nota de suicidio: “Me voy, ahí os quedáis…”

Para hablar de todo esto creo que no hay mejor música que la de la banda sonora de “Hacia rutas salvajes”, la película que dirigió Sean Penn basada en el libro que cuenta la historia de Christopher McCandless. Son temas compuestos e interpretados por Eddie Vedder, el cantante de Pearl Jam que ha colaborado en otras bandas sonoras, como la de la película “Dead man walking”. Si quieres, puedes escuchar ahora uno de sus temas: “Society”, una preciosa balada cuya letra, entre otras cosas, dice “sociedad, estás realmente loca, espero que no te sientas sola sin mí… sociedad, estás loca de remate, perdóname,  no te enfades si no estoy de acuerdo contigo, espero que no te sientas sola sin mí…”

Uno de los primeros en decidirse a dar este paso fue H. D. Thoreau, intelectual norteamericano que, en 1845, se fue a vivir en soledad durante dos años en una cabaña que él mismo construyó en el lago Walden. Buscaba vivir en armonía con la naturaleza, volver a la naturaleza, a sus bosques y a sus ríos, a vivir la vida al aire libre, lejos de todo y de todos, fiel a esa llamada interior que le empujaba a buscarse a sí mismo en esos bosques y en esos ríos.  En Walden demostró que se puede vivir con lo mínimo: sólo se llevó unos clavos para construir su propia cabaña y pidió prestada un hacha. Thoreau estaba harto de una sociedad que no entendía, de un gobierno y un estado que consideraba superfluos, innecesarios y aniquiladores de la libertad del individuo (de hecho su negativa a pagar impuestos por estar en contra de la guerra provocó que le arrestaran y la posterior publicación de otro de sus escritos más famosos: “La desobediencia civil”, que fue seguido con devoción un siglo más tarde por activistas y defensores de la no violencia como Gandhi o Martin Luther King).

Adelantándose a su tiempo, Thoreau cuestionó el progreso, la contaminación ambiental y la idiocia de la sociedad que le tocó vivir. Muy influenciado por la filosofía oriental, y por el Bhagavad Gita en particular, hace ciento cincuenta años, ya decía cosas como éstas: “El hombre trabaja bajo engaño, y pronto abona la tierra con lo mejor de su persona. Por falaz destino, comunmente llamado necesidad, se ocupa de acumular tesoros que la polilla y la herrumbre echarán a perder y los ladrones saquearán. Que una vida así es de necios lo comprenderá llegado a su final, si no antes… No es sino lo que piensa el hombre de sí mismo lo que fragua su destino… Eso de dedicar la mejor parte de la vida a ganar dinero con objeto de disfrutar de una libertad cuestionable durante la peor parte de aquella me recuerda a aquel inglés que se fue a la India a hacer fortuna para luego poder regresar a Inglaterra y vivir una vida de poeta. Debería haber subido a la buhardilla en primer lugar… Como había cosas que me gustaban más que otras, en especial  mi libertad, y dado que era capaz de vivir ardua y frugalmente, aunque con desahogo, no quise malgastar mi tiempo en procurarme ricas alfombras, ni una cocina delicada, ni una casa de estilo griego o gótico… El hombre es rico según el número de cosas de que puede prescindir… La mayoría de los lujos y muchas de las llamadas comodidades de la vida no sólo no son indispensables, sino que son un obstáculo cierto para la elevación de la humanidad… Quien se come una fruta debería, como mínimo, plantar la semilla; y, si es posible, una semilla mejor que la de la fruta que ha saboreado… No es hasta que nos hemos perdido; en otras palabras, hasta que hemos perdido el mundo de vista, que empezamos a encontrarnos a nosotros mismos, a darnos cuenta de dónde estamos… A medida que uno simplifique su vida, las leyes del universo se le revelarán menos complejas; la soledad dejará de ser soledad; la pobreza, pobreza; la debilidad, debilidad. Si has construido castillos en el aire, tu esfuerzo no tiene por qué caer en saco roto. Ese es su sitio, ahora ponles los cimientos… Si un hombre se pasa la mitad del día caminando por los bosques porque los ama, corre el peligro de ser considerado un gandul, pero si se pasa el día entero allí como un especulador, talando árboles, será considerado un ciudadano industrioso y emprendedor… Tengo mucho que aprender del indio; nada del misionero… Una ley jamás hará libre a un hombre; son los hombres quienes tienen que hacer libres a las leyes… ¿No es posible que un individuo pueda tener razón y un gobierno estar equivocado? ¿Deben respetarse las leyes simplemente porque fueron dictadas? ¿O dadas por buenas por todos los ciudadanos si no lo son…? Creo en el bosque, en la pradera y en la noche en la que crece el maíz…. Existen dos tipos de simplicidad: una relacionada con la imbecilidad, la otra con la sabiduría… No busquéis con tanta ansiedad vuestro progreso, ni os sometáis a las múltiples influencias que se ejercen sobre vosotros; todo eso produce disipación. La humildad, como la oscuridad, permite ver las luces del firmamento…”

Las palabras con las que Henry Miller prologó Walden nada menos que en una edición de 1946 son impresionantes y, desde luego, desgraciadamente premonitorias: ” El estado se ha convertido en una especie de Frankenstein. Nunca, como hoy, nos hizo menos falta el estado, así como nunca nos han tiranizado tanto. En todas partes el ciudadano tiene un código moral muy superior al del gobierno al que debe fidelidad. La falsa idea de que el estado existe para protegernos se ha desintegrado miles de veces. Sin embargo, mientras el hombre carezca de seguridad y confianza en sí mismo, el estado prosperará; él puede existir gracias al miedo y a la incertidumbre de cada uno de sus  miembros… Basta que un hombre crea en sí mismo y encontrará el camino de la existencia, a pesar de las barreras y las tradiciones que lo aprisionan… Thoreau vivió, mientras nosotros, se puede decir, que sólo existimos…Thoreau encontró Walden, pero Walden está en cada lugar donde hay un hombre…”

Todos sabemos que llevamos un Walden dentro. En un momento u otro de nuestras vidas sentimos su llamada. Walden es un espacio físico, pero también es mucho más: es la necesidad que tenemos de adentrarnos en el camino que nos ayuda a encontrarnos a nosotros mismos, a saber quiénes y cómo somos; el camino que nos lleva a conocernos y a aceptarnos tal y como somos. Walden también es una utopía, esa utopía necesaria que nos empuja a levantarnos cada mañana para seguir adelante. Walden está vivo, intensamente vivo en nuestro aquí y en nuestro ahora. A veces basta la suave caricia del aire en la cara, el vuelo de un pájaro, el susurro del agua en el arroyo o el del viento entre los árboles para recordarnos que Walden está vivo… porque nosotros estamos vivos.

¿Qué pensaría Thoreau de un mundo como el que hemos construido o, simplemente, permitido que construyan?, ¿Qué diría del modelo de vida de nuestras ciudades?, ¿Y del nuestro, del de cada uno de nosotros?, ¿Cómo reaccionaría al ver que, conscientemente, estamos destruyendo todos los Waldens del mundo en una alocada carrera hacia el seguro suicidio de la humanidad y el asesinato del planeta?, ¿Cómo reaccionaría ante el cada día más absoluto y férreo control de nuestras vidas por el estado en ese cotidiano renunciar a nuestra dignidad y a nuestra libertad a cambio de falsas promesas de seguridad?, ¿Cómo nos vería él, que luchó hasta la extenuación contra la esclavitud, al ver que voluntariamente nos esclavizamos por tener una casa más grande o un coche más moderno…?

Si queréis podemos escuchar ahora otra canción de la misma banda sonora. Su título es “Guaranteed”, y, entre otras cosas, dice “… con el viento en mi cabeza me siento parte de todo, bajo mis rodillas hay un camino que desaparece, por las noches escucho el canto de los árboles, cantan con los muertos, sobre todos nosotros…”

 

“Into the wild”, la película de Sean Penn sobre la vida de Chris McCandless nos muestra que no es fácil seguir el camino que inició Thoreau y que, abotargados y aburguesados como estamos por nuestra sociedad y nuestro modelo de vida, cada vez estamos más alejados de la naturaleza y menos adaptados para regresar a ella. Son muchas las películas que han tratado el tema del volver a la naturaleza. Una de mis favoritas es “Dersu Uzala”, de Akira Kurosawa. Ganadora del Oscar a la mejor película extranjera de 1975, esta auténtica joya del cine nos cuenta la historia real de la inolvidable amistad entre Vladimir Arseniev, un joven explorador capitán del ejército ruso,  y Dersu Uzala, un cazador mongol que, tras perder a toda su familia por culpa de la viruela, vive solo en la taiga siberiana.

Profundamente integrado en la vida salvaje, Dersu Uzala enseña al capitán los secretos del bosque y de sus “gentes”, pues para Dersu los animales, los árboles, los ríos, el sol. la luna, el fuego y el viento también son “gente”, gente con la que habla y a quien respeta, gente con la que vive en una armonía total con la naturaleza. La ingenuidad, la limpieza de mirada y de espíritu de Dersu, hacen que el capitán sienta una profunda admiración por el viejo cazador. Entre ambos surge una amistad que, más allá del espacio y del tiempo, les unirá durante toda la vida. A lo largo de los diferentes viajes que el capitán Arseniev va realizando a esa región de la taiga vemos cómo esa amistad permanece inalterable, al tiempo que vemos que las facultades físicas de Dersu empiezan a flaquear. La vista, imprescindible para un cazador y más si ha de vivir en esas condiciones tan extremas, le empieza a fallar y no tiene más remedio que aceptar la invitación del capitán a que deje la vida en los bosques y se vaya a vivir con él a la ciudad. Una vez allí Dersu no puede entender el sinsentido de la vida en la ciudad y, a pesar de ser consciente de su pérdida de visión, decide regresar a su vida en el bosque. Pocas veces la amistad y el amor a la naturaleza se han tratado con tanta sensibilidad como en esta película. Os dejo con un par de secuencias para que os animéis a verla los que todavía no la hayáis visto, o a deleitaros volviendo a verla los que ya la visteis en su día…

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Kandinsky, o la necesidad de crear

7 febrero, 2010

La necesidad de crear empujó a Wassily  Kandinsky (1866-1944)  a  abandonarlo todo para empezar a pintar. Cumplidos ya los treinta, el Lohengrin de Wagner y la exposición de pintura impresionista francesa que por aquella época se celebró en Moscú le impactaron tanto que decidió dejar de ejercer como abogado y renunciar a una confortable cátedra de Derecho para ir a Munich a estudiar pintura y dibujo. Aquel día el mundo perdió a un abogado mediocre y ganó a uno de los artistas más importantes de la historia del arte. Fue precisamente ese proceso vital el que le llevó a trascender y prescindir del objeto en su pintura en un proceso  de disolución de la forma que le llevaría a buscar el absoluto, lo abstracto. Con él nació el arte abstracto.

Para adentrarnos en su mundo, y ya que la ópera fue la que le empujó a emprender aquel viaje místico hacia el espíritu de la belleza, os propongo, si queréis, que lo hagamos ahora de la mano de una de mis arias favoritas, “Mi par d´ucir ancor”, de Los pescadores de perlas, de Bizet, en una grabación de aquella época (1902) del inigualable Enrico Caruso, al que, a buen seguro, Kandinsky tuvo el privilegio de oir en directo más de una vez.

 

Durante años anduve en busca de la posibilidad de llevar al espectador a que se paseara por dentro del cuadro, de forzarlo a que se fundiera con el cuadro olvidándose de sí mismo… Mucho después, ya en Munich, en cierta ocasión fui hechizado por un espectáculo inesperado que se me ofreció en mi taller. Era la hora inicial del crepúsculo. Llegaba a mi casa con la caja de pinturas después de realizar un estudio, y me encontraba todavía abstraído y ensimismado en el trabajo que acababa de terminar cuando, de repente, vi un cuadro de una belleza indescriptible, impregnado de un vigoroso ardor interior. Al principio quedé paralizado, pero en seguida me dirigí rápidamente hacia aquella misteriosa pintura, en la cual sólo distinguía formas y colores, y cuyo tema era incomprensible. Pronto descubrí la clave del enigma: era una de mis telas puesta de lado y apoyada en la pared. Al día siguiente traté de revivir a la luz matinal la impresión que experimenté la víspera frente al cuadro. Pero sólo lo logré a medias; aun estando de costado, reconocía constantemente los objetos, y faltaba el bello fulgor del crepúsculo. Ahora ya estaba seguro de que el objeto perjudicaba a mis pinturas. (W.Kandinsky, “Mirada retrospectiva”, 1913)

Viendo sus cuadros, esa progresión imparable de la forma a la no-forma, de la naturaleza al espíritu, sentimos como propia la necesidad de crear, esa necesidad interior de la que todo nace. Son muchos, infinitos quizá, los caminos por los que el hombre ha buscado, y busca, el absoluto: la religión, la ciencia, el arte… y dentro de esos caminos aparecen ante nosotros innumerables senderos que nos invitan a dar un paso más en ese interminable viaje al fondo de nosotros mismos. No existe un camino mejor que otro, quizá tan sólo uno más adecuado para cada caminante. A través de la religión hay quien llega a Dios por el sendero de la razón, pero también hay quien llega a Él a través del sendero del amor. En el arte también se puede alcanzar el absoluto a través de la forma o, como lo hizo Kandisky, trascendiendo a la forma.

Toda cosa “muerta” palpitaba. No solamente las estrellas, la luna, los bosques, las flores de que hablan los poetas, sino también una colilla en un cenicero, un botón de pantalón blanco, paciente, que nos echa una mirada desde el charco de agua de la calle… todo eso me mostraba su rostro, su ser interior, el alma secreta que con más frecuencia calla que habla… Eso me bastó para “comprender” con todo mi ser y con todos mis sentidos la posibilidad y la exsistencia del arte que hoy se llama “abstracto” por oposición al arte “figurativo”.

Él fue el primer artista que pintó un cuadro abstracto y por ello también el primer ser humano que lo vio. ¿Qué debió sentir frente a aquella pintura, frente a aquel nuevo modo de ver el mundo?, ¿y al compartirlo, al mostrar por primera vez su obra?. Kandinsky se adentró por un camino que jamás había pisado el hombre. ¿Qué le impulsó a hacerlo?, ¿Qué poderosa fuerza interior le empujó a dar aquel paso?: la necesidad de crear, de ser absolutamente libre, la necesidad de entender, de amar, la necesidad de ser… Él decía que no quería pintar música, ni estados de ánimo, ni pintar con colores o sin colores, ni modificar, ni combatir, ni derribar un solo punto de la armonía de las obras maestras que nos vienen del pasado, que tampoco quería señalar el camino del futuro, que simplemente quería pintar buenos cuadros, necesarios y vivos, que los pudieran comprender debidamente, por lo menos, algunas personas.

Frente a la pintura de Kandisky se experimenta la sensación no sólo de que nos llega a lo más hondo, sino que, trascendiendo espacio o forma, somos nosotros quienes nos adentramos en el cuadro, que formamos parte de él. Luz, color, línea o trazo no son más que partes de un enigmático todo al que pertenecemos, ese todo que hemos intuído desde hace mucho tiempo, ese todo que siempre ha estado ahí, y que seguirá estando cuando nosotros nos hayamos ido. La música de su pintura, como la del universo, es el silencio; su poesía es una poesía sin palabras; su luz, la de nuestra mirada…

A lo largo de la evolución de su pintura vemos cómo la forma se va diluyendo progresivamente a través de la importancia dominante que va adquiriendo el color que, poco después, también se diluye para llegar a ese estado espiritual que, desde entonces, habita en su pintura. Para Kandinsky “el color es un medio para ejercer una influencia directa sobre el alma. El color es la tecla. El ojo es el macillo. El alma es el piano con muchas cuerdas, y el artista es la mano que, por esta o aquella tecla, hace vibrar adecuadamente al alma humana” (W.Kandinsky, “De lo espiritual en el arte”, 1911). Su pintura es la pintura del espíritu, la pintura del alma, y por eso no tiene forma, no la puede tener, ¿o es que, acaso, tiene forma el alma?.

Creo que la filosofía del futuro, además de estudiar la existencia de los fenómenos, estudiará también su espíritu con especial atención. Sólo así se creará una atmósfera que permita al conjunto de la humanidad sentir el espíritu de las cosas, vivir ese espíritu aun de manera enteramente inconsciente, de idéntico modo que, hoy en día, los hombres en general todavía viven inconscientemente el aspecto externo de los fenómenos, lo cual explica la complacencia del público ante el arte figurativo. Sin embargo, será preciso que el hombre experimente inicialmente el lado espiritual de las cosas materiales para que pueda vivir más tarde el lado espiritual de los fenómenos abstractos. Gracias a esta nueva capacidad, concebida bajo el signo del “espíritu”, se llegará al goce del arte abstracto, es decir, absoluto. (W.Kandinsky, “Mirada retrospectiva”, 1913).

La mirada de Kandisky es poética, utópica, libre, transgresora, cargada de esperanza y por ello, hoy más que nunca, es una mirada imprescindible.

Ahora te invito a que detengas el tiempo, te relajes y emprendas un maravilloso y sosegado paseo dejándote llevar por dentro de sus cuadros…

PD Hace unos meses Reynaldo García me pidió que comentase un cuadro de Kandisnky, concretamente era “Duro/Blando”. Desde que contesté a aquel comentario el número de visitas de esta entrada aumentó considerablemente. Creí que sería una cosa pasajera, pero veo que, cada día, sigue siendo una de las entradas más visitadas. Por eso subo una representación de esa obra  para todos aquellos que, al leer ese comentario, no la tengáis a mano.

 

 

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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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