Doctor Zhivago: recuerdos, anécdotas, y secretos de un rodaje épico
25 octubre, 2009
Hoy voy a hablaros de una de mis películas favoritas: Doctor Zhivago, de David Lean. Supongo que muchos la recordaréis: Omar Sharif encarnando de forma inolvidable a Zhivago, el joven doctor idealista y poeta que se debate entre el amor a su mujer (Geraldine Chaplin) y al mundo al que pertenece y que está desapareciendo bajo el imparable empuje de la revolución rusa, y su apasionado amor por Lara, esa Lara a la que da vida Julie Christie y que representa la libertad, el amor, la transgresión, y la pasión… esa Lara a la que todos hemos soñado encontrar al menos una vez en nuestra vida…
Lo que tengo muy claro es que todos conocéis el tema central de su banda sonora, ese maravilloso tema de Lara escrito por Maurice Jarre.
Ambientada en la Rusia de 1917, fue rodada en 1965 casi íntegramente en España. Los campos de Soria fueron los elegidos para la mayor parte del rodaje porque eran los que más se parecían a las heladas estepas siberianas y la nieve, según los meteorólogos consultados, estaba allí garantizada. Sin embargo, aquel invierno casi no nevó y el director artístico tuvo que hacer verdaderas maravillas con cristales, polvo de mármol y escayola para
cubrir de blanco los secos campos sorianos y para llenar de estalactitas y estalagmitas la casa de campo abandonada en la que Zhivago se refugia primero con su familia y más tarde con su amor, Lara. Además, los continuos cambios en el plan de rodaje obligaron más de una vez a que el paisaje tuviera que cambiar de estación de un día para otro, por lo que más de una noche se tuvieron que plantar las miles de flores que iluminaban la primavera rusa o pintar de amarillo las hojas de los árboles para mostrarnos la incomparable belleza del otoño siberiano…
En los alrededores de Madrid se construyó un decorado que representaba una de las calles principales de Moscú, en la que transcurre una de las secuencias más impactantes de la película: la manifestación de los obreros con sus mujeres y sus hijos criminalmente reprimida por la guardia zarista que hace que la sangre tiña de rojo el blanco suelo nevado.
Para rodar aquella secuencia en la que los trabajadores marchan cantando “La Internacional” se contrató a varios centenares de extras de la zona. Habían previsto enseñarles a cantar “La Internacional” cuando su sorpresa fue que todos se la sabían. No hay que olvidar que estábamos en la España de Franco y que ese himno, como tantas otras cosas, estaba prohibido. Los policías nacionales que vigilaban el rodaje, los “grises”, se alarmaron al oír cantar el himno revolucionario e interrumpieron el rodaje. Tras arduas negociaciones en las que los responsables de la película les explicaron y garantizaron que aquello estaba permitido porque se trataba de una película histórica ambientada en la Rusia de 1917, accedieron a que continuase el rodaje, aunque tomaron nota del nombre y apellidos de todos los extras que sabían la letra de “La Internacional”.
Otra de las curiosidades de aquella secuencia la desveló el propio Omar Sharif en una entrevista concedida hace pocos años. En ella él sale a ver la manifestación desde el balcón de su casa y asiste, sorprendido y aterrorizado, a la brutal represión del ejército que, en una brutal carga de cabellería sable en mano, asesina a muchos de los manifestantes delante suyo. Tras reaccionar y bajar corriendo a atender a los heridos, los militares no le permiten ejercer su profesión a pesar de que él insiste en que es médico. Sharif había recibido instrucciones muy concretas de David Lean de hacer una interpretación absolutamente neutra. “Te voy a pedir lo más difícil que se le puede pedir a un actor: quiero que no expreses nada” le había dicho Lean una y otra vez en los ensayos y durante el rodaje. “El público entenderá perfectamente todo lo que te ocurre cuando vea las imágenes de la película, tú no te preocupes. Sólo te pediré que muestres lo que sientes en dos o tres secuencias.” Sharif recuerda que se sentía tremendamente frustrado cuando, cada día, al acabar el rodaje y tomar una copa en el bar con sus compañeros, todos comentaban lo bien que habían estado en esta o en aquella secuencia y él no podía decir nada, ya que sentía que ni siquiera había actuado. Fue especialmente duro para él porque aquel era el primer prota que hacía en su carrera…
Una de esas secuencias en las que Lean le pidió que expresara sus sentimientos fue precisamente la de la manifestación. Como no podía ser de otra manera, cuando Sharif rodó sus planos no tenía ninguna manifestación ante él, ni militares asesinando inocentes, ni sangre sobre las calles, ni nieve, ni calle, ni nada de nada… Para solventar su plano corto, Sharif recurrió a todo su imaginario. Cuenta que se imaginó las situaciones más dantescas: cabezas rodando por los suelos, sables ensangrentados, familiares asesinados, niños masacrados… pero una y otra vez Lean le decía que no era aquello, que lo que él necesitaba no era aquello. Tras varias horas de frustrados intentos, Lean le pidió que imaginase justo lo contrario: la situación más placentera que pudiese sentir. Sharif se imaginó a sí mismo teniendo el más intenso y salvaje de los orgasmos… ¡Y realmente la escena funcionó, y ha pasado a formar parte de la historia del cine!
La historia de amor que cuenta la novela sobre la que se basa esta película nos es narrada desde una doble perspectiva: la de la intimidad del mundo de Lara, y la de la irresistible necesidad de libertad que siente Zhivago. David Lean resuelve esta situación adaptándola al lenguaje cinematográfico mediante una utilización muy inteligente de la posición de la cámara: en muchos de los planos de Lara, la cámara está fuera de la casa y nos la muestra a través de una ventana, haciendo que sintamos que estamos invadiendo su intimidad, su mundo, que nos sintamos verdaderos “voyeurs” de su vida; por contra, una gran parte de los planos de Zhivago nos lo muestran desde dentro de una habitación, muchas veces solo, mirando a través de una ventana, o un simple plano subjetivo de una ventana cerrada desde la que vemos pasar la vida, transmitiéndonos la sensación de que Zhivago está realmente preso entre esas cuatro paredes. En total hay casi sesenta planos rodados a través de ventanas en la película.
Doctor Zhivago nos habla de una historia de amor inmortal, de un amor apasionado que nada sabe de límites ni fronteras, de ese amor que todos, aunque sólo sea una vez, soñamos con poder vivir. Es ese amor el que permite que Lara y Zhivago, dos seres perdidos entre un mundo que agoniza y los dolores de parto del nuevo mundo que vendrá, sobrevivan y sean capaces de levantarse una y otra vez, de sobreponerse a todas las dificultades, de superar todas las pruebas, porque ese amor, como todo amor verdadero, da sentido a sus vidas. Cuando ya no queda nada a lo que aferrarse, cuando todo muere a su alrededor, cuando sólo hay dolor y destrucción, cada uno de ellos sabe que ya no puede creer en nada ni en nadie más que en el otro. Amar es lo único que siempre nos queda. Doctor Zhivago nos habla de un amor imposible, de un amor que el mundo, sus reglas y sus convenciones no pueden dejar existir, porque es un amor demasiado puro, demasiado bello para vivir inmerso en la inmundicia y el egoísmo generalizado que le rodea.
Doctor Zhivago es una adaptación cinematográfica de la novela homónima de Boris Pasternak. La novela es realmente fantástica, aunque, como buena novela rusa, tiene tal cantidad y diversidad de personajes que hace que, en más de una ocasión, nos perdamos y tengamos que releer lo ya leído para retomar el hilo. La película, en cambio, manteniéndose fiel al espíritu de la novela, se centra mucho más en la historia personal de Zhivago, y por eso nos llega mucho más hondo.
Me gustaría recordar ahora una de las secuencias más bellas de la película, que nos muestra a Zhivago escribiendo sus poemas de forma enloquecida en las heladas madrugadas en la casa de campo en la que se ha refugiado con Lara huyendo de la barbarie de la guerra. La vieja casa abandonada está totalmente helada, parece un palacio de cristal. Durante todo el invierno están solos en la casa; fuera el mundo entero se destruye. Ellos no saben si sobrevivirán; tampoco saben qué quedará, si queda algo, del mundo que conocen…
Ella duerme en la cama mientras él escribe sentado a una pequeña mesa iluminado por la tenue luz de un candil. Fuera no para de nevar. Al alba, exhausto, él se duerme y ella se levanta y se acerca a la mesa para leer los poemas que él le ha escrito. En los ojos de Lara vemos toda la belleza de esos poemas, unos poemas que dicen…
“La nieve cubre las veredas
y se acumula en los tejados.
Para estirar las piernas, salgo.
Te miro allí, desde la puerta.
Con abrigo de otoño, sola,
sin el sombrero ni los zocos,
combates contra la congoja
y mascas desleídos copos.
Se esfuman árboles y vallas
en la distancia y en la neblina.
Mientras azota la nevada,
estás tú sola en la esquina.
Desde tu pañoleta escurre
agua que baja por las mangas;
y sobre tu cabello fulge,
como el rocío de la mañana.
Un mechón rubio te ilumina
y pone luz en los colores
del dulce rostro, la mantilla,
y el pequeño abrigo que te pones.
En tus pestañas se derrite
la nieve. Tienes ojos tristes.
Pareces esculpida y hecha
en una sola pieza, entera.
Con una gubia bien templada
en antimonio, se ha grabado
en lo más hondo de mi alma,
de un solo trazo, tu retrato.
Ahí han quedado para siempre
tus rasgos llenos de humildad.
Por eso digo: no me duele
que el mundo actúe con crueldad.
Y se duplica, por lo mismo,
la espesa noche hecha nieve.
Y entre los dos ya no se puede
trazar un límite preciso.
Mas ¿quiénes, y de dónde, somos
si de aquel tiempo sólo hay humo
de habladurías y nosotros
no estamos más en este mundo?”
Me gustaría acabar esta entrada contando una anécdota no muy conocida de David Lean y de su relación con nuestro país. No deja de ser curioso que Lean rodase esta película justamente después de haber rodado “Lawrence de Arabia”. Y digo que no deja de ser curioso porque “Lawrence de Arabia” también se había rodado en gran parte en España (en la costa almeriense, y más concretamente en los alrededores de un pequeño pueblo llamado Carboneras). Lean había comprado una casa frente al mar, en una maravillosa playa que hay bajo el Algarrobico, a la entrada de Carboneras. Allí vivía con Bárbara Neal, su mujer, una atractivísima rubia neozalendesa, criada en Inglaterra, de intensos ojos azules que paseaba con unos elegantísimos vestidos de colores vivísimos por aquel pequeño pueblo en el que, en aquella época, casi todas las mujeres vestían siempre de riguroso negro. Allí también coincidieron durante el rodaje Anthony Quinn, Peter O´Toole y el propio Omar Sharif. Eddy Fowlie, el ayudante de Lean, había acondicionado una casa de ocho habitaciones frente al mar para los actores. La gente del pueblo se había habituado a ver camellos donde hasta entonces sólo había habido burros, multitud de camiones que llenaban la zona de arena para que aquello pareciese el desierto de Aqaba y, sobre todo,
a muchas gentes “raras” de esas que “hacen Lorenzo el de Arabia”. Fueron cientos los almerienses que trabajaron como extras en aquella película.La convivencia fue idílica durante el rodaje, y la confraternización de unos y otros fue altísima, hasta el extremo de que Bárbara, la exhuberante neozelandesa, se enamoró locamente…. ¡del cabo del la Guardia Civil! Acabado el rodaje, las gentes del cine se fueron, David Lean también se fue, sólo Eddy Fowlie y Bárbara se quedaron a vivir allí. Durante mucho tiempo se la vio pasear, al caer la tarde, por las polvorientas calles de Carboneras, abrazada a su bigotudo Guardia Civil, en una extrañísima e inédita simbiosis de sofisticación británica y tricornio español que, a buen seguro, habrá pasado a formar parte de la historia de la Benemérita… Eddy Fowlie transformó aquella casa en un pequeño hotel, el Hotel Dorado, que ambientó con decorados de las películas en las que trabajó como ayudante de dirección. Según me cuentan, si vas por allí, todavía hoy puedes ver, entre otras cosas, la famosa sombrilla que volaba por los acantilados en “La hija de Ryan”, otra fantástica película dirigida por su gran amigo David Lean…
No deja de ser curiosa la manera en que nuestra concepción de la vida va variando con el tiempo. Supongo que es algo que no tiene remedio y que, en mayor o menor medida, nos pasa a todos. Hoy quiero hablaros de eso: del paso del tiempo, de cómo afecta a nuestra percepción del mundo, a nuestra forma de vernos a nosotros mismos, y sobre todo, de cómo afecta a nuestra relación con todo lo que nos rodea.
A la edad sin tiempo de la infancia le sigue la edad sin pausa de la adolescencia. Dejamos atrás una etapa en la que todo nos fascina y nos atrae para entrar en una en la que nada nos interesa y todo nos aburre. El miedo a la oscuridad pasa a ser miedo a la claridad: ya no nos asusta lo que desconocemos, sino que nos conozcan. Buscamos nuestro lugar en el mundo, pero no nos atrevemos a buscarlo solos. Necesitamos referentes y somos tremendamente vulnerables e inseguros. La influencia de los demás es abrumadora y resulta casi imposible tener una opinión propia. La soledad nos aterra, porque pensar nos aterra. La timidez es nuestra compañera más fiel y, una y otra vez, se encarga de no dejarnos vivir. Inseguridad y timidez son los peores compañeros para recorrer el viaje de la vida.
Casi sin darnos cuenta van pasando los años y, de repente, vemos que ya somos “mayores”. El trabajo, la hipoteca y la incertidumbre del futuro hacen que pasemos la mayor parte de nuestros días corriendo de aquí para allá como pollos sin cabeza. Lo importante es llegar a tiempo a los sitios y no lo que vamos a hacer en ellos. No tardamos en comprender que la seguridad que nos vendieron era una mentira y que, desde luego, la felicidad no estaba en esa casa tan grande o en ese coche tan potente que nos empeñamos en comprar. Empezamos a darnos cuenta de que el desengaño, la angustia y el cansancio nos impiden disfrutar de todas esas maravillosas pequeñas cosas que son la vida, pero, muchas veces, nos empeñamos en seguir engañándonos pensando que la felicidad llegará algún día a llamar a nuestra puerta, porque la felicidad, según nos enseñaron, es algo que vive en el futuro y, desde luego, muy lejos de nosotros…
“Nací cuando mis padres ya no se querían”, con estas impresionantes palabras empieza “Paraíso inhabitado”, la última novela de Ana María Matute, posiblemente una de las mejores novelas que he leído en años y que habla precisamente de eso, del inexorable paso del tiempo. Con la austeridad y la aparente sencillez de los genios, Ana María Matute nos va descubriendo, poco a poco, detalle a detalle, el paraíso perdido de la infancia de Adriana, esa niña de nueve años que hace ya mucho tiempo todos fuimos. Lentamente nos va adentrando en su mundo, un mundo poblado de belleza, de fantasía, de soledad y de sueños, un universo solitario donde, cada noche, un unicornio blanco escapa a galopar más allá del tapiz donde los mayores, esos gigantes que hacen y dicen cosas que no se pueden entender, creen tenerle encerrado.
A través de los ojos de esa niña vamos viendo a los gigantes apoderarse inexorablemente de ese paraíso inhabitado. Sin saber cómo ni por qué, nos llevan un día al colegio donde nos abandonan para toda la eternidad. Allí descubrimos que hay otros más fuertes que nosotros, que la crueldad y la violencia existen, como también existen una jerarquía y unas normas que nos obligan a acatar desde el primer día. Los gigantes nos dicen una y otra vez que todo lo que nos hacen lo hacen por nuestro bien, cuando nosotros ni siquiera entendemos qué significa eso del bien. Pero no sólo descubrimos eso, también descubrimos el amor, nuestro primer amor, ese que vivimos pensando que será el único, y que quizá en cierta medida lo sea, porque nos acompaña toda la vida, aunque, a veces, nunca más volvamos a encontrarlo. ¿Quién no recuerda su primer beso, o el primer cosquilleo que hizo que nuestro corazón se disparase hasta el infinito y que el color rojo se apoderase de nuestras mejillas?. A esa edad empezamos a amar, a descubrir lo que es amar y a sentir lo que es ser amado.
A esa edad sin tiempo también entendemos lo que significa ser, lo que significa estar vivo y, lo que es más importante, aprendemos a ser felices, algo que más tarde olvidamos, o nos hacen olvidar, cuando crecemos y nos convertimos en esos gigantes siempre atareados y preocupados que desaprenden a vivir, que ignoran la felicidad porque, en lugar de vivir el presente, el aquí y el ahora como hacen los niños, se amargan recordando o creando recuerdos de un pasado que ya pasó y que no pueden cambiar, o haciendo planes para un futuro que no existe y que, cuando exista, no será más que otro presente que también dejarán de vivir en pos de otro futuro más lejano tan inexistente como todos los que le precedieron.
“Paraíso inhabitado” está lleno de páginas inolvidables, páginas llenas de poesía, de sabiduría y de belleza. Recuerdo que en una de ellas la tía Eduarda, quizá uno de los pocos gigantes a los que Adriana puede comprender, la lleva a pasear en una soleada mañana de invierno. “Fíjate en los árboles, en los troncos de los árboles en invierno…” empieza a decirle “… son como las personas… mucho follaje, mucho esplendor… tapando o protegiendo la verdadera naturaleza. Ahora ha llegado el invierno, y el invierno no perdona: saca a la luz tanto los troncos rectos como los retorcidos. Así es el invierno. Ya te digo, como las personas en el último tramo de la vida…”
Pero conocer cómo nos afecta el paso del tiempo no es suficiente, también tenemos que aprender a detenerlo, a vivir nuestro aquí y nuestro ahora. Raimon Panikker, uno de nuestros más grandes sabios, suele decir que “hay que detenerse para descubrir que en cada momento está escondida la eternidad.” Y eso es lo que hace el libro de Ana María Matute, invitarnos a detenernos para vivir el presente, nuestro presente, ese maravilloso aquí y ahora donde habita la felicidad y que, hace mucho tiempo, cuando éramos niños, nos atrevimos a vivir.
Tenemos que aprender a detener el tiempo, a vivir y saborear el presente. Una forma muy simple de hacerlo es salir a pasear sin rumbo ni intención, porque eso es lo que significa pasear, no ir de un lado a otro para hacer esto o lo de más allá, sino dejarse llevar sin importar adónde y, lo más importante, sin estar encadenado a un por qué. Es entonces cuando se pueden apreciar los detalles de la belleza de todo lo que nos rodea: la cálida luz del sol, el leve susurro del viento entre las hojas, su suave caricia en nuestra cara, el silencioso vuelo de una mariposa que, como nosotros, acaba de descubrir que puede volar… El paseo es una invitación a dialogar con lo más profundo de nosotros mismos, a escuchar el silencio, a aprender a callar, a dejar simplemente que un paso guíe al otro, a fijarnos en todas aquellas pequeñas cosas que no sabíamos ni que existían, en todas aquellas maravillosas cosas que nunca vimos, es una invitación a perdernos por cualquier parque, a dejar que sea la sombra de una nube la que guíe nuestro camino, a respirar tranquila y placidamente el aire que nos rodea, a saborear todos los colores que, uno tras otro, van apareciendo ante nuestros ojos para recordarnos que este mundo sigue vivo y lleno de belleza…
Al rato, sentados a descansar en cualquier banco solitario, vemos pasar la vida frente a nosotros: una pareja de enamorados jugando a ser niños, algún anciano perdido en sus recuerdos, otros jugando a recuperar la infancia perdida, algunos niños jugando felices a vivir las vidas de todos sus héroes… y cientos de personas anónimas que van de aquí para allá; todos tienen prisa, nadie mira a nadie, nadie habla con nadie, todos deambulan serios y callados, imbuidos en sus preocupaciones, nadie ríe, nadie mira al cielo, tan sólo al suelo, siempre al suelo, ninguno te ve, a nadie le importas… para ellos has dejado de existir, quizá simplemente porque has cometido el peor de los pecados: detener el tiempo.
Y allí, protegido por la invisibilidad de los que a nadie importan, empiezas a escuchar de verdad, a escuchar con todos tus sentidos, y a observar detenidamente a todos los que pasan junto a ti. Son tantos y tantos los distintos personajes que ves, tantos los pequeños detalles que percibes en cada uno de ellos, tantos los casi inapreciables tics que tiene cada uno, tantos los secretos que creen esconder, tantos los recuerdos y los sueños que aún viven en ellos, tantas las diferentes formas de andar, de mirar, de hablar…
Y para explicarlo puso un ejemplo muy elocuente: si a un lector le dices que imagine un tranvía que va por una calle, difícilmente imaginará algo y por eso dificilmente le sacarás de la realidad de su sillón, pero si le dices que ese tranvía es rojo, con las ventanas pintadas de blanco, que tiene un único faro en la parte delantera, que va por el centro de la calle y que su conductor lleva una camisa azul clara, ese lector cerrará los ojos y se verá a sí mismo en esa calle, olvidándose por completo de su confortable sillón. Es ahí donde está la magia: en los pequeños detalles, esos sobre los que nosotros, los actores, construimos nuestros personajes. Son tantas las valiosísimas herramientas para nuestro trabajo que, sin saberlo, todos esos seres anónimos con los que nos cruzamos a diario nos ofrecen. Pero para poder aprovecharlas debemos aprender a detener el tiempo, a escuchar de verdad y a fijar nuestra atención en todas esas pequeñas cosas, a interiorizarlas, a hacer muy concretos y muy nuestros los detalles más insignificantes en apariencia sobre los que luego construiremos esos personajes que nos permitirán vivir todas las vidas, todas nuestras vidas…
Bajo la carpa del circo vive la verdadera vida, esa vida cotidiana formada por nuestros sueños, nuestros recuerdos, nuestros anhelos y nuestros miedos. Acróbatas, saltimbanquis, trapecistas y malabaristas, eterna metáfora del sufrimiento humano, escenifican el difícil equilibrio en el que vive el hombre de hoy, atrapado en la incomprensión de sus sentimientos, esos sentimientos que le invitan a devorar la vida, a dejar atrás la cordura para atreverse a vivir en libertad, siendo sólo fiel a sí mismo, a su capacidad de amar y a su soledad.
Cuando estamos solos sobre el alambre miramos al frente, siempre adelante, allá donde viven nuestros sueños y utopías, nuestra vida real, porque sabemos que abajo sólo nos espera la muerte. Nuestro paso por el alambre, como la vida, es fugaz, un instante nada más, un maravilloso instante que podemos llenar de ilusiones, de emociones, de magia y de poesía, o que, simplemente y casi sin darnos cuenta, podemos dejar escapar al no atrevernos a vivirlo intensamente, o ni siquiera vivirlo si dejamos que el miedo, que todos nuestros miedos, nos dominen.
Bajo la carpa del circo, ese universo azul donde, como en la vida, todo puede pasar, viven los payasos. Bufones, arlequines y Pierrots, esos extraños seres nacidos para hacernos reír o para ayudarnos a llorar, nada saben del destino, sólo son lo que han elegido ser: seres libres y sencillos que nos cuentan sus vivencias, su profunda incomprensión del absurdo mundo que les rodea y que, un día sí y otro también, se empeña en no dejarles alcanzar sus sueños. Ellos también miran al frente, siempre adelante, allá donde viven sus sueños y utopías, su vida real, esa que vive en la inocente mirada del niño que nunca debimos dejar de ser. Los ojos del payaso, tristes a veces, alegres las más, son el espejo puesto ante nosotros para que veamos lo que estamos haciendo con nuestra propia vida.
Pocos como Picasso supieron captar la magia del circo. Asiduo a todas las funciones de los circos ambulantes y permanente espectador del Circo Medrano en París, Picasso encontró en la gente del circo, los circasianos o habitantes de Circa, es decir extranjeros, su alma gemela. Acabado el espectáculo se unía invariablemente a ellos en las tabernas y los bares de alrededor para intercambiar su experiencia vital. Fue mucho lo que aprendió en aquellas tertulias del amanecer…
Picasso adoraba a los payasos, quizá porque sabía que, en la sencillez de sus risas, eran seres absolutamente libres, y por ello, creadores. Acróbatas, arlequines y equilibristas compartían la pista de sus cuadros con sensuales amazonas cargadas de erotismo y vida que, alegremente, se contorneaban buscando las figuras imposibles frente al rostro del viejo payaso que siempre fue él. Picasso sabía que los payasos y los artistas conocen las verdades eternas y también sabía que sólo ellos son capaces de vivir consecuentemente con ellas. Por ello no se limitó a representarlos durante sus actuaciones. Siempre buscó lo más profundo: la autenticidad del ser. Por eso en sus cuadros les podemos ver siempre ensayando o viviendo su vida diaria, la que no vemos, esa que se esconde más allá de la pista y en la que habitan sus sentimientos, sus emociones y esos sueños que les han llevado, desde que el hombre es hombre, de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, hasta nosotros. Sus carromatos están cargados de sueños, de leyendas, de mitos y vivencias, de todas esas penas y alegrías que siempre, a la luz de la hoguera, ofrecen a quien los quiera compartir. Hace ya tiempo que no les dejan encender fuego en sus campamentos. Poco importa, porque ellos se han transformado en fuego, en el último resquicio de nuestra hoguera, esa que calienta nuestros sueños y nos recuerda que todavía podemos vivir todo lo que aún no hemos sido.
Hace algún tiempo pude entender todo lo que Picasso había encontrado en las gentes del circo y que tanto marcó su vida. Me invitaron a asistir a una función del circo de los hermanos TONELLI, una fantástica troupe familiar que lleva varios años recorriendo nuestro país. Con ellos volví a reír, a emocionarme y a sentirme maravillosamente vivo. Fue una tarde inolvidable. Acabada la función me invitaron a visitar sus carromatos. Puede que ahora sean enormes camiones y confortables caravanas, pero conservan todo el sabor de los antiguos carromatos, el sabor de la alegría, de la solidaridad y del saber que la vida es viaje, constante y maravilloso viaje al fondo de nosotros mismos.
Allí, sentado junto a los hermanos TONELLI, sus parejas, sus hijos y la maestra que viaja todo el año con ellos, entendí lo que significan palabras como amistad y hospitalidad. Me regalaron su mundo, todo su mundo, un mundo hecho de sueños y realidades, de alegrías y de penas. Me contaron su historia, la de su familia, la historia de las gentes del circo, esas gentes de mirada clara y mano tendida siempre dispuestas a compartir todo lo que tienen. Vagabundos errantes que recorren nuestro mundo casi de puntillas, como si no quisieran molestarnos. Saben que estamos muy ocupados viendo la televisión, pagando nuestras hipotecas y haciendo piruetas para llegar a fin de mes, en ese sempiterno más difícil todavía particular que todos, de una u otra manera, nos creamos. Ellos no han querido echar raíces. No podrían hacerlo: han nacido para ser libres. Son ciudadanos del mundo que, de generación en generación, han ido transmitiendo sus secretos de padres a hijos.
Entrada ya la noche, al despedirnos, una pequeña de tres años se acercó hasta nosotros. Se llamaba Laura. Nos miró fijamente y una sonrisa pícara se dibujó en su diminuta cara. De repente, aquel retaco rubio y de unos maravillosos ojos azules, empezó a dar volteretas y más volteretas con una agilidad y una gracia increíbles. Son muchas las generaciones de gentes del circo que corren por sus venas. Su corazón late al alegre ritmo de su imaginación y de sus fantasías porque, como todos los circasianos, sabe que la mentira no está en los sueños que no llegan a convertirse en realidad, sino en la realidad que no nos atrevemos a vivir como un sueño…
Hoy quiero hablaros de The Actor´s Gang, una compañía de teatro norteamericana que apuesta por el compromiso social y por acercar el teatro a la calle, a los más jóvenes y a todos aquellos que no pueden permitirse pagar una entrada. Su director artístico, no podía ser de otra manera, es Tim Robbins, para quien “el teatro, como el sonido en vivo, es lo único que no se puede manipular, descargar ni robar, es una forma emocional y provocadora de contar historias, que es lo que realmente toca mi alma”
Actualmente está de gira por nuestro país con su adaptación de “1984” de George Orwell, en un montaje impresionante dirigido por el propio Robbins. Ganador de un Oscar por su papel en Mystic River y aclamado mundialmente por su trabajo como director de la película “Dead man walking” (Pena de muerte), su faceta de director de teatro no le va, en absoluto, a la zaga: este “1984” es uno de los mejores montajes que he visto en mi vida.
La puesta en escena de este “1984” es impactante: la platea del teatro es la cuarta pared de la celda que vemos en el escenario y desde la que, cómodamente sentados, asistimos al interrogatorio implacable al que es sometido Winston Smith, el preso acusado de haberse rebelado contra la todopoderosa autoridad del Gran Hermano que todo lo ve y todo lo controla y que es torturado cruelmente por cuatro guardianes y un omnipresente y omnisciente carcelero que se asoma por las pequeñas ventanas de las tres paredes de la celda que vemos en el escenario, hasta hacerle renegar de todo lo que le mantenía vivo y le hacía ser un ser humano: el amor, sus ideales, sus sueños, su pensamiento…
Frente a nosotros, uno tras de otro, se van desgranando todos esos terroríficos argumentos que Orwell escribió en 1948 y que hoy, en pleno siglo XXI, por desgracia, son más reales y actuales que nunca: el control exhaustivo de nuestras vidas y nuestras mentes por parte del poder más absoluto; la vigilancia permanente a través de satélites y de cámaras de videovigilancia que todo lo ven, todo lo escuchan, y todo lo controlan; las continuas guerras declaradas oficialmente para defender nuestra seguridad y que sólo propician la permanencia en el poder de las clases dominantes, que basan su poder en el miedo que nos imponen a través de los medios de comunicación; la más execrable y desvergonzada manipulación y tergiversación de la información que lleva a que la mayoría renuncie voluntariamente a su libertad a cambio de la promesa de seguridad; el cada vez más reducido vocabulario y nivel cultural que, inexorablemente, lleva a la ignorancia más supina para hacer que las masas sean más fáciles de dominar; la manipulación y distorsión más absoluta de la historia que lleva a controlar el pasado, porque quien controla el pasado controla el presente y el futuro; la sistemática aniquilación de la intimidad y del silencio, el imparable exterminio del ser humano…
Y para enfrentarse a ese poder absoluto que todo lo controla y todo lo vigila, Robbins lidera “The Actor´s Gang”, una compañía de teatro que, desde hace casi treinta años, ha sido siempre fiel a su compromiso con mantener despierta la conciencia de la gente a través de lo que mejor saben hacer: el teatro. Por eso, además del casi centenar de montajes que han hecho desde entonces y de la infinidad de premios importantes que han ganado con ellos, sus miembros dan continuamente clases de interpretación en diversos colegios en Estados Unidos, tanto a niños pequeños como a adolescentes.
Una de las premisas fundacionales de The Actor´s Gang es hacer accesible el teatro a todos los públicos, y eso incluye no sólo facilitar el acceso a discapacitados, sino a la gente que no tiene recursos económicos para podérselo permitir. Por eso, cada martes, el precio de las entradas de sus representaciones es el que cada uno pueda pagar.
Dentro de su línea de compromiso social, han desarrollado el “Dead Man Walking School Theater Project”, que, basado en la representación de la adaptación teatral de la película “Dead Man Walking” (Pena de muerte) realizada juntamente por Tim Robbins con la hermana Helen Prejean (la monja cuya experiencia real nos cuenta la película) y el Death Penalty Discourse Center, lleva la discusión de la pena de muerte a universidades y colegios mayores dentro de la campaña que están llevando a cabo por su definitiva abolición.
Tuve la suerte de asistir a la representación de “1984” del 27 de septiembre en el Teatro María Guerrero de Madrid, y, además, la fortuna de hacerlo desde la fila 4 de la platea. Un imprevisto en mitad del primer acto (se estropeó el proyector de la traducción simultánea) hizo que se interrumpiera la representación. Los actores, desconcertados, no entendían lo que había pasado cuando recibieron las instrucciones de retirarse a los camerinos. Minutos después, reparada la avería, reanudaron la representación desde el punto en el que se había estropeado el proyector, y, desde el primer momento, lo hicieron totalmente metidos en personaje y en situación, con una profesionalidad impresionante.
Poco después el propio Tim Robbins salió al escenario para agradecer personalmente aquellos aplausos. Aquel niño de cincuenta años y dos metros de altura no dijo ni una sola palabra; quiso dejar todo el protagonismo a sus actores. Desde mi butaca pude ver que del bolsillo de su americana colgaba la correa de la misteriosa cámara que nos había estado fotografiando sin parar…