“El patio de mi cárcel”
28 agosto, 2009
Hoy quiero hablaros de una película que es muy especial para mí: “El patio de mi cárcel”, y ya que voy a personalizar la historia que voy a contaros, me permito la libertad de sugeriros que mientras la leáis, escuchéis una de mis canciones favoritas, cómo no, de mi adorado Bruce Springsteen: Thunder Road, aunque esta vez quiero invitaros a que la escuchéis en la versión de los Cowboy Junkies. Espero que os guste. Es una canción que trata sobre la libertad, sobre la necesidad que todos tenemos de ser libres, como las presas de la historia que nos cuenta “El patio de mi cárcel”.
Producida por El Deseo, la productora de los hermanos Almodóvar, “El patio de mi cárcel” es la ópera prima de Belén Macías. Rodada en 2.007 y estrenada en nuestros cines el año pasado, cuenta una historia impresionante, la historia basada en hechos reales del grupo de teatro que formaron algunas internas en la cárcel de Yeserías en los años 80.
Verónica Echegui, Candela Peña, Ana Wagener, Natalia Mateo, Violeta Pérez y Blanca Portillo, entre otras, figuran en su reparto.
No es una historia de perdedores, sino de seres humanos que luchan por encontrar su lugar en el mundo, un lugar que les han negado desde que nacieron; una historia de mujeres que sueñan y quieren vivir sus sueños de libertad aunque, como dice Isa, el entrañable personaje encarnado magistralmente por Verónica Echegui, sea tan difícil vivir en libertad cuando uno no se siente libre.
En un entorno despiadado, duro y cruel, en un mundo donde tienes que vivir de acuerdo a unas normas que ni acatas ni entiendes, en un espacio donde la droga y la muerte son quienes se acuestan cada noche contigo y donde amanecer es un milagro, en un mundo en el que has dejado de existir, soñar es más necesario que nunca… Por eso crean Módulo 4, el grupo de teatro que les hará sentirse, y ser, libres.
Tuve el privilegio de que me llamaran para hacer un pequeño papel en la película: el del médico de la cárcel. A finales de Septiembre fui a ensayar con Verónica y con Belén. Trabajamos especialmente una secuencia que tenía una fuerte carga emocional, ya que tenía que informarle de que tenía el sida, sin cura posible en aquellos días. Recuerdo que, en los ensayos, no podía evitar que me cayeran las lágrimas y que Belén me decía: “No, aguántalas como sea, tú no puedes llorar, has de ser fuerte para darle a ella la fuerza que va a necesitar…”
Para mí aquello era un verdadero lujo. Belén es una de las mejores directoras con las que he trabajado que, como actriz que es, sabe transmitirte perfectamente lo que quiere, y Verónica es una actriz que es generosidad en estado puro; tener la suerte de compartir una secuencia intensa con ella es una experiencia inolvidable. Además, era la primera vez que iba a rodar con la gente de El Deseo, todo un sueño para un actor que, como yo, ha llegado al mundo de la interpretación hace pocos años, pasados ya los 45.
El ensayo fue muy bien y quedamos en que nos veríamos en el rodaje. Sin embargo, un infarto agudo de miocardio se cruzó en mi camino el 29 de Septiembre. Aunque los médicos me dijeron que saldría de esa y que, poco a poco, podría ir recuperando el ritmo de vida normal, era imposible incorporarme al rodaje a mediados de Octubre. Me colocaron un stent y me subieron a la unidad de coronarias desde donde aquella misma mañana, antes de que me quitasen el móvil, llamé a mi representante para que hablara con la gente de El Deseo para intentar que cambiaran el plan de rodaje. Le dijeron que no podían hacerlo porque la película se rodaba en la cárcel de Guadalajara y era imposible cambiar los permisos. Desde la cama del hospital imaginaba cómo sería aquel rodaje que tanta ilusión me hacía, pero al que no tenía más remedio que renunciar. Creo que allí pude llegar a intuir lo que puede sentir un preso cuando, consciente de todas esas maravillas que tiene la vida que le espera fuera, está condenado a permanecer encerrado entre cuatro paredes que le hablan del dolor y del sufrimiento de las vidas no vividas de todos los que, antes que él, han pasado por allí.
Una semana después me dejaron ir a casa para continuar con mi convalecencia. Allí aprendí a disfrutar de las pequeñas cosas, de todas esas cosas antes insignificantes a las que nunca había dado importancia y que había estado a punto de perder para siempre: la luz del sol, el canto de un pájaro, la caricia del viento en la cara, el leve vuelo de una mariposa que me acompaña al pasear, el infinito placer de la lectura de un buen libro… Todo a mi alrededor cobraba una vida maravillosa. ¡Cómo se llena de vida la vida cuando sentimos cerca la presencia de la muerte!
A principios de Noviembre me llamó mi representante para decirme que había recibido una llamada de Esther García, la productora ejecutiva de la película. No habían querido decirme nada para no ponerme nervioso, pero habían cambiado el plan para no sustituirme y, si me veía con ánimos y los médicos me dejaban, todavía podía incorporarme al rodaje. Aquello era increíble. Y lo habían hecho por mí, por un actor con el que nunca habían trabajado, con el que sólo habían hecho un ensayo y al que lo más fácil habría sido sustituir… Reconforta mucho pensar que en el mundo todavía queda gente así. No pude evitar ponerme a llorar. El seis de Noviembre rodé la secuencia que había ensayado con Verónica y con Belén. Sin duda fue uno de los mejores días de todas mis vidas…
Hoy no voy a escribir sobre grandes nombres del mundo del cine, del teatro o de la canción. Hoy quiero compartir con vosotros una historia que conocéis muy bien porque todos, en un momento u otro de nuestras vidas, la hemos vivido o la estamos viviendo. Es una historia que habla de seres muchas veces anónimos, poco conocidos o incluso conocidos por todos, eso poco importa; en cualquier caso, esta historia habla de todos esos seres cargados de sueños y esperanzas que han elegido, quizá, uno de los caminos más hermosos, pero también más difíciles, que se pueden seguir: el de luchar por ser ellos mismos.
Cada noche hay gente que se agrupa frente a la diminuta ventana de la taquilla. Son los que siempre llegan cuando la función está a punto de empezar. Ella, deteniendo el tiempo, les atiende con exquisita amabilidad. Nunca falta una sonrisa en sus labios; en sus ojos nunca se apaga la luz. Milagrosamente, cuando el último espectador toma asiento en el patio de butacas, se apagan las luces de la sala para dar paso al silencio, a ese silencio mágico que siempre precede a una representación teatral. Nada impresiona tanto como el silencio en una sala llena de público. La expectación es máxima: afuera, dormidas, quedan las últimas preocupaciones; frente al espacio vacío del escenario solo nos acompañan nuestros sueños…
En silencio, sola, ella va recogiendo lo que antes era un turbulento río lleno de vida. Cuadra la caja, ordena los últimos papeles y envía los informes que, cada noche, determinarán si mañana podremos volver a vivir nuestros sueños. Hoy la recaudación no ha estado mal: más de media entrada y solo un puñado de invitaciones. Mañana volverá a haber función.
Cuando ya no hay allí nadie más que ella, apaga las luces de la calle, cierra la puerta y vuelve a la platea. El terciopelo grana de las butacas vacías ilumina ese espacio sagrado donde, desde hace más de cien años, cada noche, la libertad se atreve a vivir. Se detiene en medio del pasillo que lleva al escenario, ese escenario donde, como alguien dijo alguna vez, navegan los barcos sin mar y maduran los campos sin flor y allí, como cada noche, cierra sus ojos y aspira profundamente la magia y el misterio que inundan el aire. Las voces del silencio le susurran sus secretos al oído.
Cada noche, a eso de la una, se decuelga definitivamente de la tela, la guarda cuidadosamente, se despide del escenario, apaga las últimas luces y sale a la calle. En la oscuridad se la ve caminar con ese paso silencioso y etéreo de los soñadores sin remedio. Viéndola desde fuera muchos pensarán que no se tata más que de una actriz en paro. Sé que se llama Ester, que nunca ha dejado de soñar… y que jamás dejará de volar.
Hoy quiero compartir con vosotros un artículo que publiqué en Octubre de 2.004 en el periódico Última Hora, de Palma de Mallorca, sobre uno de los personajes más importantes, íntegros y fascinantes de la historia del cine: John Cassavetes. Para los que no conozcáis en profundidad su irresistible personalidad y su impagable aportación al mundo del cine, he ampliado algunas notas de aquel artículo en las que hablaba de su biografía y de su increíble forma de trabajar. Espero que os guste y que esta entrada os acerque un poco a la poliédrica personalidad de un ser tan completo, complejo e imprescindible como John Cassavetes.
“Creo que seré recordado como actor, no como director”. Puede que esas premonitorias palabras de John Cassavetes sean ciertas pero, para los verdaderos amantes del cine, él es y será siempre un hombre libre que rompió con todo y con todos para crear un mundo nuevo: el del cine independiente, ese cine que nada sabe de cuentas de resultados, pero sí sabe todo sobre esas historias cotidianas aparentemente sin importancia que son tu vida o la mía.
Aunque siempre había sido el “payaso” de la familia y sus continuas bromas el centro de atención de sus compañeros de clase, su decisión de dedicarse a la interpretación nada tenía que ver con la vocación o los sueños de juventud: era, simplemente, una manera de retrasar su incorporación al mundo laboral, un mundo demasiado encorsetado y aburrido para sus ansias de libertad. Puede que fuera su padre el que le hizo abrir los ojos y entender de verdad lo que estaba haciendo cuando, informado por John de que había abandonado los estudios para ser actor, le contestó muy solemnemente: “Hijo mío, has elegido una carrera muy noble. ¿Sabes qué tipo de responsabilidades conlleva? Vas a representar la vida de los seres humanos. Hablarás por todos los que no tienen voz.”
Sus inicios, como los de la mayoría en su profesión, fueron muy duros. Fueron muchas las calles que vieron deambular sin rumbo a aquel joven actor en paro dispuesto a renunciar a todo menos a sí mismo para seguir adelante. Algunos pequeños papeles en el cine y en el teatro fueron todo lo que consiguió hasta que un nuevo medio, la televisión, le abrió sus puertas. Interpretó y dirigió algunos capítulos de varias series televisivas. Allí aprendió que un espíritu libre e independiente como el suyo no tenía cabida en un mundo en el que lo único que importa son los niveles de audiencia y los beneficios económicos. Su fuerte personalidad y su carácter irreductible le hicieron chocar de frente con las cadenas de televisión y los grandes estudios de cine. Pronto se ganó la fama de tipo egoísta y peleón que no aceptaba las reglas del juego y pronto, muy pronto, le cerraron todas las puertas.
De hecho concibió todo el rodaje con ese único y exclusivo fin: conseguir la verdad de sus actores. Para ello alejó la cámara cuando creyó que era necesario, fue de los primeros en rodar cámara al hombro, y lo hizo llevando él mismo la cámara, y no dudó en prescindir de los operadores de cámara profesionales para que fueran los propios actores los que filmaran las secuencias ya que sabía que eran ellos quienes mejor podrían intuir cuándo iba a “saltar” la magia en una secuencia, que era precisamente lo que le interesaba filmar. Los “eléctricos” siempre tenían que iluminar el set en 360º grados para que los actores pudiesen moverse sin ningún tipo de limitación. Nunca le importó que un plano no estuviese perfectamente enfocado: siempre antepuso la verdad interpretativa a la perfección técnica.
Prescindió de la planificación rígida del rodaje y dedicó la mayor parte del tiempo a ensayar con los actores (muchas veces simples aficionados o gente sin ninguna experiencia), incentivando la improvisación y escribiendo el guión en función de sus aportaciones cuantas veces fuera necesario. Y Cassavetes hizo todo esto rodando en 35 mm., no en digital, con el coste que eso suponía de película y revelado.
A “Shadows” le siguieron “Faces”, “Husbands”, “Así habla el amor”, “Una mujer bajo la influencia”, “The killing of a chinese bookie”, “Opening night”, “Gloria”, y “Corrientes de amor”, inolvidables todas ellas para los amantes del cine y verdaderas lecciones magistrales de interpretación. Para financiar sus películas Cassavetes actuaba en las de otros, como “La semilla del diablo” o “Doce del patíbulo”.
Murió de cirrosis en 1.989. Dejó escritos más de cuarenta guiones que nadie se atreverá a rodar porque, como él decía, “son muchos los que quieren trabajar como yo lo hago, o trabajar conmigo, pero no es cierto. No quieren pasar por lo que hay que pasar para trabajar de esa manera. Quieren protegerse. Tienen miedo. No quieren arriesgarse. Como artista que soy opino que debemos probar cosas diferentes; pero, por encima de todo, tenemos que atrevernos a fracasar. Los que consiguen las cosas no son los que se quedan al margen y piden permiso para todo, sino los que se zambullen de cabeza. No quiero el reconocimiento, la fama es insoportable. ¿Ves esta casa? Cuando la compré pedí prestados 50.000 dólares y hoy, treinta años después, sigo debiendo 50.000 dólares. ¿Qué te dice eso de mi carrera? Llevo más de treinta años haciendo películas, y ninguna de ellas ha hecho de verdad mucho dinero. Pero no hay nadie en el mundo que pueda decirme que no conseguí lo que quería. Y ese es el sentimiento más grande que he tenido en mi vida. El fallo está en que se respeta el negocio, se reverencia el dinero, no el arte. El cine es un arte, un arte hermoso, ¡es magia! Con las herramientas de las que disponemos tratamos de cambiar la vida de la gente. ¡Me encantan mis películas!. Son todo lo que hay en mis hijos, todo lo que hay en mi familia, todo lo que hay en mis amigos. Sí, amo esas películas. Son películas sinceras, directas, que tratan de cosas que quizá no sabemos, pero que nos hacen preguntas, esas preguntas que la gente se hace todo el tiempo. Cuando haces una película no puedes ir a buscar diez centavos y querer regresar con un millón. Hay que ir a por todas. Fracases o no, hay que ir a buscar lo que, cuando terminemos, nos habrá hecho mejores personas. Me gusta trabajar con amigos, y para los amigos, en algo que pueda ayudar a alguien. Algo con humor y tristeza a la vez; cosas sencillas. Lo importante es tomar conciencia de que hay distintas maneras de hacer cine y diferentes aproximaciones, y eso depende de lo que tú eres. ¡Lo que quiero decir es que no quiero que nadie me imite!”.
En la mayoría de sus películas trabajó con su familia y con sus amigos más íntimos (Gena Rowlands, su mujer, es la protagonista de la mayor parte de ellas; sus propios padres intervienen en “Una mujer bajo la influencia”, y sus inseparables amigos Peter Falk, Ben Gazzara y Seymour Cassel suelen estar presentes en todas sus películas haciendo los mejores papeles que han hecho en su vida). Siempre buscó rodearse de los suyos para crear un ambiente muy familiar en sus rodajes. De hecho, alguna de sus películas, como “Una mujer bajo la influencia”, están rodadas en su propia casa.
En “Intimo Cassavetes”, un documental imprescindible para conocer su arrolladora personalidad, todos ellos, junto a otros monstruos de la pantalla que tuvieron el privilegio de trabajar con él, como Sean Penn, evocan sus recuerdos y las anécdotas más divertidas e increíbles que vivieron con este genio del cine.
Para reducir los costes de los rodajes, siempre recurría a su inagotable imaginación: el público que asiste a la representación teatral en “Opening night”, cerca de dos mil personas, no son figurantes, sino que es público de verdad, al que había invitado a entar en la sala anunciando en la puerta del teatro una representación gratuita interpretada por Gena Rowlands, John Voight y él mismo. Gena Rowlands ha comentado en más de una ocasión que la célebre escena en la que John le pide que se cojan sus piernas e intenten andar fue totalmente improvisada delante de esas dos mil personas.
Gracias, John, por haber roto tantas reglas, por habernos abierto una puerta a un mundo nuevo, por haber tenido el valor de atreverte a fracasar, por habértela jugado una y mil veces a una sola carta y, sobre todo, gracias por habernos demostrado que, incluso hoy, en este mundo nuestro plagado de telebasura y efectos especiales, en este despiadado mundo en el que hemos pasado del “pienso, luego existo”, al “consumo, luego existo”, quizá aún podemos ser libres… si de verdad nos atrevemos a serlo. Sé que tus últimas palabras fueron “Cuando yo muera, mucho después de que me muera, quisiera tener algún guión -¡o un pergamino!- para trabajar allá arriba, o allá abajo”. No sé si lo conseguiré, pero te aseguro que, cuando yo muera, intentaré llevarte unos folios en blanco y un lápiz bajo el brazo.
Releyendo “Un acorde secreto, canciones y poemas”, de Leonard Cohen, he encontrado un escrito maravilloso en el que el propio Cohen nos cuenta cómo debe decirse un poema. Maestro entre todos los maestros, estoy convencido de que sus palabras hallarán un profundo eco en uno de los últimos mundos donde aún vive la poesía: el de la interpretación.
¿Qué quieres transmitir, que amas a las mariposas con más perfección que nadie o que entiendes realmente su naturaleza? La palabra mariposa no es más que un dato. No te da pie a revolotear, elevarte, proteger las flores, simbolizar la belleza y la fragilidad o interpretar de alguna forma a una mariposa. No representes las palabras. No intentes nunca despegar del suelo cuando hables de volar, ni gires la cabeza y cierres los ojos cuando hables de la muerte. No me mires con ojos ardientes cuando hables del amor. Si quieres impresionarme al hablar del amor, métete la mano en el bolsillo o debajo del vestido y acaríciate. Si tu ambición y tu hambre de aplausos te han llevado a hablar del amor, debes aprender a hacerlo sin desacreditarte a ti mismo ni lo que dices…
Deja que el público sienta tu amor por la intimidad, aunque ésta no exista. El poema no es un eslogan. No puede promocionarte. No puede fomentar tu reputación de sensible. No eres un semental. No eres un ladrón de corazones. Tanto gánster del amor y tanta tontería. Eres un estudiante de disciplina. No representes las palabras. Las palabras mueren cuando las representas, se marchitan, y no nos queda más que tu ambición… Si declamas el poema y lo hinchas con nobles intenciones, no eres mejor que esos políticos que tanto desprecias. No haces más que agitar una bandera y llamar patéticamente a la patriotería emocional…
¡Qué mejor que escuchar ahora, cómo dice Cohen, un poema!. Aquí podéis escucharle recitar la letra de una de sus canciones más recientes: “A thousand kisses deep”, que viene a decir:
Te amé cuando te abriste/ como un lirio al calor,/ ya ves, yo sólo soy otro muñeco de nieve,/ bajo el aguanieve y la lluvia,/ que te amó con su amor congelado,/ con su físico de segunda mano,/ con todo lo que es y todo lo que fue/ a mil besos de profundidad.
Aún trabajo con el vino,/ aún bailo mejilla con mejilla,/ la banda toca Auld Lang Syne,/ mi corazón nunca ha sabido retirarse,/ toqué con Diz y canté con Danté,/ nunca tuve su talento,/ pero alguna vez me dejaron tocar/ a mil besos de profundidad.
Por eso, tras más de quince años retirado de los escenarios viviendo en un monasterio zen, ha tenido que salir de nuevo a la carretera. Su representante actual le insistió mucho en que lo hiciera, pero él dudaba porque creía que su música ya no le interesaría a nadie. En la gira que está haciendo va a dar más de doscientos conciertos por todo el mundo en 16 meses… con todas las entradas vendidas. No cabe duda de que Cohen es un ser que se renueva constantemente para llegar a darnos su yo más íntimo, su esencia. Basta con escuchar la maravillosa versión que hace ahora de una de sus primeras canciones, “The Gypsy´s wife”, que compuso a finales de los sesenta.
A Javier suelen pasarle estas cosas. Es un tipo muy especial, la bonhomía en estado puro. Recuerdo que, hace algunos años, tras dar una serie de recitales con María del Mar en Grecia, decidió coger un barquito para que le llevara a una pequeña isla alejada del turismo que hay frente a Naxos, donde quería perderse unos días y estar solo. Javier casi no hablaba inglés ni, por supuesto, griego, pero allá fue con su guitarra al hombro. Al desembarcar en el pequeño puerto, se le acercó un niño que, cogiéndole del pantalón, le arrastró hasta su casa en lo que era un ofrecimiento de alojamiento y comida. Allí nadie hablaba otra cosa que el griego; todo eran sonrisas y grandes reverencias, pero nadie se aclaraba. De repente, el dueño de la casa, un viejo alto, delgado, de profundos ojos oscuros, pelo cano y bigote negro, le indicó con las manos que esperase. Se metió en su habitación y salió con un viejo violín entre las manos. Señaló la guitarra de Javier y empezó a tocar. Javier le siguió. Tocaron juntos durante toda la semana. No necesitaron ni una sola palabra para entenderse. Todavía hoy mantienen una estrecha amistad a través de las cartas que otro de los músicos de siempre de María del Mar, Dimitri Psonis, le traduce al griego.
Estos días Leonard Cohen está visitando nuestro país; su presencia es una invitación para el reencuentro con un ser irrepetible, quizá la última si tenemos en cuenta que ya ha cumplido los setenta y cuatro y que ha tardado quince años en volver a salir de gira. En el doble cd que recoge el concierto que dio en Londres en otoño pasado se puede oír su maravillosa voz profunda saludando a un público entregado e incondicional que le ha sido fiel pese a todos estos años de silencio: “La última vez que subí a un escenario en Londres fue hace catorce o quince años, entonces no era más que un crío de sesenta años con un montón de sueños locos en la cabeza…”
Su profunda relación con la inolvidable Janis Joplin se recoge en la letra de una canción con la que Cohen inició todos sus conciertos durante muchísimos años, Chelsea Hotel: “Te recuerdo muy bien en el Chelsea Hotel,/ eras famosa, tu corazón era una leyenda/ me dijiste otra vez que los preferías guapos/ pero que conmigo harías una excepción/ y apretando el puño por los que, como nosotros,/ están oprimidos por las formas de la belleza/ te arreglaste un poco y dijiste: ¿Qué más da?/ Somos feos, pero tenemos la música…”
El profundo sentido del humor de Cohen y su ilimitada pasión por la belleza son legendarios y pueden despistar a quienes, sin conocerle, se acerquen a su música y, escuchando su voz grave y sus melancólicas canciones, crean que es un tipo triste y gris.
En ese mismo libro, tras un autorretrato surrealista, pues Cohen, además, es un gran dibujante, nos da un sabio consejo que jamás debemos dejar de seguir: “Nunca encontré a la chica/ Nunca me hice rico/ Sígueme”
Hoy quiero hablaros de uno de mis directores favoritos: Theo Angelopoulos. Su cine es poesía en estado puro: cada plano es una auténtica obra de arte.
¿Cómo no recordar todos esos desolados paisajes en la niebla que aparecen en sus películas, o el impresionante plano secuencia de “La mirada de Ulises” en el que seguimos a los cientos de manifestantes que, bajo un sin fin de paraguas negros, recorren en un imponente silencio las calles lluviosas de una ciudad desierta?.
Otra de las señas de identidad del cine de Angelopoulos es el guiño que nos hace, a veces, al incluir como secundarios de sus películas a personajes que fueron los protagonistas de otras en ese proceso de búsqueda constante que refleja toda su obra. El juego con el paso del tiempo, con la memoria y con los recuerdos, es otra de las claves de su cine: sus personajes son lo que son y, precisamente por eso, también todo lo que han sido.
La música de Eleni Karaindrou, presente en casi todas sus películas, forma parte de ellas, está indisolublemente ligada a las imágenes que vemos, a los sueños que vivimos. Es una música fascinante, una música donde habitan la nostalgia y la melancolía, una música que nada sabe de tristezas, una música difícil de definir, como el cine de Angelopoulos y como todas las cosas que, verdaderamente, nos llegan al alma. Lo mejor es, quizá, que la escuchéis. En el icono que aparece a continuación encontraréis uno de sus temas perteneciente a la banda sonora de la película “The weeping meadows”. Es una buena compañera para este viaje.
Porque de eso tratan las películas de Angelopoulos: del viaje, de ese viaje que todos realizamos, del problema universal de no tener un lugar en el mundo y de necesitar saber quienes somos en verdad. Desde “El viaje de los comediantes” a “La eternidad y un día” o “Eleni”, su cine se centra en la experiencia del viaje, de ese viaje interior o exterior que todos realizamos buscando nuestro lugar, nuestras raíces. Sus personajes son seres desarraigados, solitarios y silenciosos que, en un poético eco de los mitos griegos, nos recuerdan que la libertad, la amistad, la necesidad de justicia o la dignidad siempre han acompañado al ser humano.
En “Viaje a Cythera” (esa maravillosa isla a la que Odiseo jamás llega), el protagonista es un viejo guerrillero comunista que regresa a Grecia tras más de 30 años de exilio. Vuelve buscando sus raíces, el mundo que dejó atrás, aquel mundo que, en las noches de frío y soledad, creció en el inmenso océano de su memoria, aquel mundo en el que se quedó viviendo su familia. La figura de ese anciano solitario es una imagen que nos llega a lo más hondo. Al reencontrarse con sus dos hijos sólo pide un poco de ternura, la misma que le quiere dar a la mujer que, como Penélope, le ha estado amando y esperando durante todos esos años.
Spyro, así se llama su protagonista, es un nuevo Odiseo que, sorteando los peligros y la sinrazón de un mundo que ya no es el suyo, intenta regresar a su hogar. La escena final, en la que las autoridades le abandonan en una balsa fondeada en medio del puerto para cumplir las órdenes recibidas de sacarle del país lo antes posible, refleja perfectamente la soledad y el aislamiento al que el nuevo mundo, el nuestro, condena a los que no aceptan sus reglas. Spyro, como tantos otros, no tiene papeles, ése es su delito.
Y si “Viaje a Cythera” nos habla del viaje como regreso, “La mirada de Ulises” lo hace contándonos con imágenes el viaje interior del ser humano en la búsqueda de sus orígenes, en la búsqueda de sí mismo. Ese viaje de A, su protagonista, a través de los Balcanes, está repleto de belleza y de melancolía. La imagen de la enorme estatua troceada de Lenin navegando sobre una solitaria barcaza por el Danubio refleja, como pocas veces se ha hecho, el fin de las ideologías, la muerte de las ideas en ese mundo marcado por el odio, la barbarie y el terror que el protagonista descubre en la etapa final de su viaje: el Sarajevo sangriento que la vieja Europa pretendió, inútilmente, ignorar.
Los paisajes que nos muestra Angelopoulos son fríos, casi siempre cubiertos por la niebla, páramos desiertos en los que, de cuando en cuando, aparecen las figuras de algunos seres humanos representando el triste papel que les ha tocado en la tragedia de la vida: el de marionetas que bailan y se mueven sin saber, o sin querer saber, que es otro quien las maneja y que su vida pende, siempre, de un fino hilo.
Las películas de Theo Angelopoulos representan una mirada poética a un mundo que desaparece, un mundo que ya no tiene cabida en el nuestro, un mundo donde lo importante era el ser humano.
En todas sus películas vemos la orilla de un mar, de un lago o de un río, eterna antesala de ese viaje, de ese volver a empezar, de ese enfrentarnos a nosotros mismos. Los antiguos griegos sabían que la vida es viaje, que lo importante es viajar y dejar que todo fluya… Hoy, Theo Angelopoulos, hijo de aquellos griegos que pusieron los pilares de nuestra civilización, ha venido para recordárnoslo, para recordárnoslo antes de que ya sea demasiado tarde…
Es una pena que películas como “El apicultor”, protagonizada por Mastroianni, o “El paso suspendido de la cigüeña”, “Paisaje en la
Esperemos que estrenen pronto “The dust of time”, su última película, que presentó en la pasada edición del Festival de Berlín, con Willem Dafoe, Bruno Ganz, Irène Jacob y Michele Piccoli, y confiemos en que, ésta vez, la aguanten varias semanas en cartelera.
Realmente no es fácil ver las películas de Angelopoulos en pantalla grande en nuestro país y es una verdadera pena, aunque una pena que no sorprende en un mundo que ha sustituído el viaje… por la huída.