La placenta del Universo

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The soul of a man

29 agosto, 2010

The soul of a man, es el título de una película de Wim Wenders sobre el universo del blues. Una verdadera obra maestra. Fue concebida como un documental para la tv (uno de los siete capítulos que Martin Scorsese encargó a siete directores diferentes para su serie “The blues”, entre los que se encuentran , además de Wenders, nombres como los de Charles Burnett o Clint Eatswood y cuyo único denominador común es su pasión por el blues). Rodada entre 2.001 y 2.003, combina el blanco y negro con el color y las imágenes originales con otras recreadas con un esmero impresionante. Wenders sabe que nuestra imagen de los años 20 es en blanco y negro. Por ello ha rodado así muchas de las escenas que recrean esa época y ha utilizado los fundidos en negro y los carteles tan característicos del cine mudo. Realmente Wenders es un mago tras la cámara, un mago que, en esta película, ha querido mostrarnos que sus mejores trucos son totalmente auténticos, porque la verdad y la poesía, como el blues, no tienen trampa ni cartón.

Wenders nos propone un fascinante viaje a la esencia del blues, a esa América profunda donde canta el alma de los negros, de los pobres, de los vagabundos y los marginados. Son desgarrados cantos al amor y a la libertad, sobre todo a la libertad, una libertad que no vieron los padres del blues que, en su mayoría, vivieron y murieron olvidados y relegados al papel de músicos callejeros de esos pueblos y ciudades del profundo Sur, de ese fundamentalista Sur del Ku klux klan, del odio, la intransigencia y la segregación.

Para acercarnos a su particular visión de la historia del blues, Wenders ha escogido la música y la vida de tres genios: BLIND WILLIE JOHNSON, SKIP JAMES y J.B. LENOIR. Tres estilos, tres formas de amar y de vivir la vida, tres seres irrepetibles que, como tantos otros, murieron en el olvido. Ojalá, como dice Wenders, esta película sirva para que estos músicos tengan el reconocimiento que no tuvieron en vida.

BLIND WILLIE JOHNSON fue uno de los primeros bluesmen que, rompiendo las barreras invisibles que los separaban, acercó el blues al gospel. Ciego de nacimiento según cuenta su hija (o por la revancha de su madrastra que, tras una pelea con su padre, le arrojó un vaso de lejía cuando tenía siete años, según cuentan las crónicas de entonces), JOHNSON fue un hombre profundamente espiritual que se adelantó a su época. Los años 20 y 30 vieron tocar a aquel guitarrista excepcional por las calles de las ciudades y los pueblos de su Texas natal, ayudándose de una pequeña navaja de bolsillo para tocar “slide”, del que llegó a ser uno de los más grandes maestros de la historia.

JOHNSON fue pobre durante toda su vida, una vida que pasó predicando y cantando en las calles de Beaumont, Texas. En 1945 se quemó su casa y él acabó viviendo en lo que quedó de ella, un montón de ruinas y poco más, y durmiendo en una cama mojada hasta que, poco después, murió de neumonía. En una entrevista posterior, su mujer contó que intentó llevarle a un hospital, pero que no le permitieron ingresar debido a que era negro y ciego.

Una de sus composiciones “Dark was the night, cold was the ground”, fue incluida en el disco que la nave espacial Voyager lleva para mostrar la cultura de la humanidad desde hace más de 30 años por el espacio en busca de un contacto con vida extraterrestre. BLIND WILLIE JOHNSON nunca llegó a saberlo: había muerto en 1.945 como había vivido: arruinado, ninguneado y olvidado.

NEHEMIAH JAMES, conocido como SKIP JAMES por ser incapaz de resistirse a la tentación de viajar cuando llevaba más de una semana en el mismo lugar, es otra de esas figuras increíbles que ha dado la música negra norteamericana. Había aprendido a tocar la guitarra viendo y escuchando a otros bluesmen callejeros cuando, tras tocar por las calles de Memphis y del Sur y el Oeste del país durante la década de los veinte, en 1.931 unos amigos le convencieron para que se presentase a un concurso de guitarra. Lo ganó y el premio fue grabar un disco para la Paramount. En una legendaria sesión, SKIP grabó 18 canciones acompañándose de la guitarra en un solo día y 8 más con el piano al día siguiente. La mayoría de los temas eran suyos, entre los que se encontraba “I´m so glad” que Eric Clapton incluyó con gran éxito en el primer LP de Cream. A SKIP le pagaron 40 dólares. Nunca cobró derechos de autor. Continuó con su viaje vagabundeando por el Sur del país y, poco después, abandonó la música y se dedicó a predicar. Durante más de treinta años nadie supo nada más de él. En 1.964 un guitarrista, John Fahey, le encontró enfermo y arruinado. Le invitó a tocar junto al mítico Mississippi John Hurt en el Festival Folk de Newport. SKIP tuvo un éxito increíble y todo el mundo quiso conocer a aquel músico que, tras más de treinta años sin tocar, había maravillado con sus canciones a 18.000 personas. Poco después el cáncer se llevó a SKIP a un nuevo viaje del que, como siempre, él no quiso comprar billete de regreso.

J.B. LENOIR, mucho más joven que JOHNSON y JAMES, fue un músico radical comprometido con el tiempo que le tocó vivir. De una sensualidad exquisita y una fuerza desgarradora, LENOIR cogió su guitarra para luchar contra las injusticias de un mundo, el de los sesenta, en el que la discriminación racial y la guerra del Vietnam marcaron a toda una generación. Las cosas, por desgracia, no han cambiado y cuando, en la película, Cassandra Wilson canta su Vietnam Blues preguntándose qué hacen nuestros hijos allí, matando a sus hermanos, parece que le está hablando a George Bush sobre la guerra de Irak o incluso a Barack Obama sobre la de Afganistán. LENOIR sufrió un absurdo accidente de coche a finales de los sesenta. No tenía un duro (nunca lo tuvo), y por eso fue enviado a su casa desde el hospital donde debían atenderle sin hacerle ni una sola prueba. Murió pocos días después de una hemorragia interna.

La influencia en la música de estos tres gigantes del blues ha sido enorme. Lou Reed, Bob Dylan, Eric Clapton, John Mayal, Eagle Eye Cherry, Kris Kristofferson, Bonnie Riatt, Nick Cave y muchos otros han cantado sus temas. El blues, la música de los más pobres entre los pobres de Norteamérica, resuena con más fuerza que nunca en “The soul of a man”, esta maravillosa película que nadie puede dejar de ver, porque, como bien dice Wenders “Estas canciones son todo para mí. Sentía que escondían una verdad mayor que la que reflejaba cualquier libro que hubiera leído sobre América o cualquier película que hubiera visto. He intentado describir todo lo que me conmovió de estas canciones y esas voces como si se tratara de un poema más que de un documental.”

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“No somos de donde nacemos, sino de donde nos necesitan”, Abraham Verghese

22 agosto, 2010

“Hijos del ancho mundo” es el título de una maravillosa novela del doctor Abraham Verghese que acaba de publicarse en España. Es uno de los mejores libros que he leído en mucho tiempo, de esos contados libros que no puedes dejar y que, cuando acabas, sabes que ya siempre irán contigo. Cuenta la historia de dos gemelos, Marion y Shiva, que nacen en un hospital en Addis Abeba, hijos de Thomas Stone, un cirujano inglés que les abandona al nacer y de una monja india que muere en el parto. A través de la vida de estos gemelos, y a lo largo de cinco décadas, conocemos la realidad de un país tan pobre y fascinante como Etiopía, y vivimos una historia donde vemos que palabras como esperanza, amistad, o amor significan lo mismo en todas las lenguas y en todas las culturas, porque esos son los sentimientos que nos hacen ser, de verdad, seres humanos.

Para acompañar esta entrada que habla de amor, de compromiso, de generosidad y de entrega a los demás, os invito, si queréis, a escuchar a Natalie Merchant en un precioso tema llamado “Ofelia”, que en su etimología griega significa la que está dispuesta a ayudar.

 El título original de la novela (Cutting for Stone) es un guiño que Verghese hace con el apellido del padre de los gemelos, el doctor Stone, y con una parte del juramento hipocrático en el que los médicos juran no operar y dejar esa práctica a los cirujanos (“I will no cut for stone…”). El guiño se completa cuando, leyendo la novela, vemos la importancia que  la cirugía y los cirujanos tienen en esta familia. Son muchas las diferentes lecturas que tiene esta novela, y una de ellas es una lección de profundo amor a la medicina, a la figura del médico de cabecera, del médico de toda la vida que siempre escucha al paciente, que le coge de la mano, que le da cariño, que le habla y que le escucha, que entiende lo que le está pasando y lo que está sintiendo, que pasa con él todo el tiempo que necesita, que para él nunca lleva reloj…

Pero “Hijos del ancho mundo” no es una historia de médicos, que también, sino una historia de seres humanos que luchan para superar  las adversidades que la vida y la muerte les ponen por delante. Es un profundo y bellísimo canto a la esperanza, al amor y a la vida que, desde los arrabales de Addis Abeba, nos lleva a Nueva York siguiendo los pasos de sus protagonistas. A través de este viaje entendemos que la reacción de un paciente cuando le hablas de la muerte no es la misma en Etiopía que en Estados Unidos, porque en Etiopía la muerte es algo cotidiano y natural, mientras que en EEUU, como en cualquier país de los llamados del primer mundo, siempre te coge por sorpresa, porque es algo que les pasa a otros, a los demás, pero nunca a ti… Y también aprendemos que en los hospitales del Bronx los únicos médicos blancos que ves son los que llegan en un helicóptero para recoger los órganos de un donante, casi siempre de color, y llevarlos a toda prisa a un receptor, casi siempre blanco, que aguarda en la confortable suite de cualquier hospital donde no suelen verse pacientes negros o hispanos…

Leyendo esta novela sientes la misma sensación que tienes cuando, desde un avión, ves amanecer. Aunque no hayas podido verlos hasta que han empezado a aparecer las primeras luces del día, todos los colores estaban ahí, ocultos por ese manto de oscuridad que no nos dejaba ver. La noche, como a veces nuestro estado de ánimo o nuestras creencias, nos impide ver la realidad hasta que, lenta, muy lentamente, cuando empezamos a ver la luz, rojos, amarillos, naranjas, lilas o azules van apareciendo en el cielo mientras abajo, en esa tierra donde se quedaron todos tus problemas, son los ocres los que, suavemente, van dando color a esa oscuridad profunda y negra que todo lo escondía hasta entonces. Al principio te parece que todos son iguales, pero poco a poco, cuando la luz  va inundándolo todo, te das cuenta de que son todos los ocres los que están allí, y a los ocres les siguen los azules, todos los azules, y a los azules los verdes, y a los verdes…  ¿Dónde estás?. No lo sabes. Esa tierra que está bajo tus pies puede ser la de Noruega, la de Kirguizistán, la de Japón, la de Chile o la de Anatolia, eso poco importa porque, desde la distancia, como desde lo más hondo de tí mismo, ves que todas las tierras son iguales, que todos los mundos son el mismo mundo, y que todas las personas son seres humanos… Cuando estás allá arriba, volando, y miras por la ventana, lo que ves es una tierra inmensa que, como tú, despierta a la vida, una tierra enorme donde puedes ver  montañas, ríos, lagos, llanuras, océnos o desiertos… una tierra en la que, por mucho que mires, sólo hay una cosa que jamás verás: fronteras, porque las fronteras sólo existen en los mapas y en nuestra mente y por eso, cuanta más luz haya, cuanto más te concentres en mirar, en prestar atención de verdad a lo que está delante tuyo, te darás cuenta de que jamás han existido, porque ni el espacio ni el tiempo hacen que los sentimientos de un etíope de hoy sean diferentes a los de un indio o un norteamericano de hoy, o a los de un etíope de hace miles de años, cuando acunaron nuestra civilización.

Aunque no se trata de una novela autobiográfica, la vida del autor sí tiene paralelismos muy claros con las de sus personajes. De origen indio, nacido en 1956, fue criado como expatriado en Etiopía, donde empezó a estudiar la carrera de medicina hasta que tuvo que salir huyendo por la guerra civil que asoló el país en los 70. Se refugió en Estados Unidos, concretamente en Nueva Jersey, donde unos años antes había ido a vivir su hermano. Allí trabajó de ordenanza de turno de noche en un hospital. Una noche un médico en prácticas olvidó un tratado de medicina sobre su mesa y Verghese reemprendió sus estudios, unos estudios que pudo terminar en Madrás, India, gracias a una tía suya que vivía allí y que le financió la carrera. A mediados de los ochenta, al acabar la Universidad, regresó a EEUU, donde hizo sus prácticas en hospitales de diversos Estados. Una experiencia que le marcó profundamente fue la relación que tuvo con varios enfermos de Sida a los que trató cuando no existía ninguna solución para la enfermedad y lo único que podía hacer era ayudarles a morir. Fueron más de 80 los pacientes y las familias a las que atendió y de las que aprendió todas aquellas cosas que un médico debe saber y practicar pero que no salen en ningún tratado de medicina, porque esos gruesos tratados nos explican todo sobre la temperatura corporal, pero no saben nada sobre el calor humano.

 

Abraham Verghese, como en su día lo fueron Somerset Maugham, Chejov y  tantos otros, es médico y escritor. Tras conseguir publicar un relato corto en el New Yorker, publicó dos novelas que tuvieron un éxito inmediato: “My own country”, su primera novela que, en 1994, ganó el premio de nacional de la crítica en EEUU, y “El jugador de tenis”, en la que cuenta la historia real de un médico amigo suyo que no pudo soportar la soledad y el aislamiento de su profesión y murió por su adicción a las drogas. Verghese, como todo buen escritor, como todo buen contador de historias, fija su atención en los pequeños detalles, en todos esos pequeños detalles que tantas veces pasamos por alto, se concentra en ellos para, a partir de ahí, buceando en su yo más profundo, en todas las historias y experiencias que ha vivido o que le han contado y que han ido madurando hasta empujarle a escribir esta novela, ir sacando un hilo de la madeja que nos ofrece para que lo vayamos estirando lentamente, como deben hacerse todas las cosas que verdaderamente importan, saboreándolo, experimentando el placer de sentir cómo esos pequeños detalles aparentemente insignificantes se van plantando en nosotros y, lenta, muy lentamente, germinan en un montón de sueños que nos hacen crecer llevándonos lejos, muy lejos, allí donde sólo llegan los que son capaces de trascender su realidad para vivir otras realidades, otros mundos, otras vidas, todas esas otras vidas que viven en nosotros, aunque, muchas veces, ni siquiera seamos conscientes de ello.   

 En Stanford, donde ejerce actualmente, tiene a su cargo la formación de los estudiantes en prácticas del hospital. Cuando pasa visita con ellos se acerca a sus pacientes, les acaricia, les habla, les escucha, sobre todo les escucha, y hace que sus alumnos también lo hagan. Y cuando escribe  coge al lector de la mano y le invita a acariciar a sus personajes, a escucharles y a dejarles que entren en su interior haciéndole sentir esa experiencia tan necesaria para poder vivir que es amar. Lo hace como médico, lo hace como escritor y lo hace como ser humano, porque, como dice en su novela, nosotros no somos de donde nacemos, sino de donde nos necesitan. Una maravillosa filosofía de vida que nos invita a trascender nuestras raíces no sólo físicas, sino también las emocionales e ideológicas, para poder vaciarnos y dejar que el otro, que los otros, llenen nuestra vida no por lo que nos puedan dar, sino por lo que nosotros hayamos sido capaces de darles. “Hijos del ancho mundo”, de Abraham Verghese, por favor, no os la perdáis.

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Abraham Verghese, lectura, libros, literatura
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La vida secreta de las palabras

15 agosto, 2010

Hoy me gustaría comentar algunas cosas de una de esas películas que dejan huella: “La vida secreta de las palabras”. Isabel Coixet, su directora, siempre ha hecho un cine muy personal, muy intimista, un cine centrado en esas pequeñas grandes historias que viven en lo más profundo de nosotros, un cine que me ha interesado mucho, aunque he de reconocer que, tras la soberbia película que había hecho anteriormente y que tan hondo me había llegado (la inolvidable “Mi vida sin mí”), estaba convencido de que cualquier cinta posterior estaba condenada a decepcionarme porque iba a ser muy difícil que alcanzara la sensibilidad, la humanidad, el verdadero cine y esa parte tan maravillosa de ella que allí nos dejó. Me equivoqué totalmente. “La vida secreta de las palabras” fue una verdadera gozada, una película que me impactó profundamente, porque, como muchas de las películas de Isabel Coixet,  es una auténtica  obra maestra.

Para hablar de esta película una preciosa canción de las incluídas en su B.S.O. (My Skin, de Natalie Merchant) puede ser, si quieres, una magnífica compañía.

Recuerdo haber leído en alguna ocasión que Isabel Coixet soñaba con que Tim Robbins protagonizara la película del guión que acababa de escribir y que, cerrando los ojos y cruzando los dedos, le había enviado a EEUU. Su sorpresa fue cuando, tres días después, tan sólo tres días después, recibió una llamada de Robbins diciéndole “Hola, soy Tim, quiero hacer tu película”. La magia de esta película alcanzó a todos los que intervinieron en ella. Javier Cámara me comentó en un rodaje en el que tuve la fortuna de coincidir con él, que estaba un poco asustado cuando aceptó rodar la película porque era su primera experiencia de un rodaje en inglés y tenía que pasar algunas semanas chapurreando su inglés de maño empedernido. Le pregunté si se sentía cortado por rodar con gente de la talla internacional de Robbins, Polley o la mítica Julie Christie, y me dijo que no, que él entendió que allí tenía que decir algo, que no podía quedarse callado y que se dedicó a contarles chistes en las pausas del rodaje. “No sé si me entendían o no”, me dijo “pero te aeseguro que se reían un huevo”. Como todos los que trabajaron en aquella película, Javier guarda un recuerdo imborrable.

“La vida secreta de las palabras” cuenta una historia de amor y de dolor, una historia de seres solitarios, de seres anónimos necesitados de olvido, de seres humanos cargados de esa ternura que ya no sabemos cómo o a quién dar, una historia que habla del amor que se vive de la única manera en que es posible hacerlo: entregándolo sin más, sin anhelos, sin recompensas, sin condiciones… Hanna y Josef (a los que dan vida dos verdaderos monstruos de la interpretación: una Sarah Polley y un Tim Robbins absolutamente desnudos frente a la cámara en los que posiblemente sean dos de los mejores papeles de sus carreras) son dos seres vulnerables, dos seres esculpidos por el dolor y las lágrimas de un pasado empeñado en no dejarles vivir esa vida que nunca les quiso dar la más mínima oportunidad. Josef sufre un terrible accidente en la plataforma petrolífera donde trabaja. En las plataformas la vida es rutinaria, monótona y solitaria. Perdidos en medio de la nada, sus habitantes buscan refugio en ese aislamiento absoluto. Todos tienen su historia; todos quieren el olvido. Allí el tiempo lo marcan las olas que, incansables, golpean sus pilares una y otra vez. Los relojes y los calendarios se han parado para siempre, si es que alguna vez han existido. Pero eso poco importa, porque la gente que vive, que sobrevive alli, son gente sin tiempo ni lugar en el mundo. No son personas sin techo, sino personas sin suelo, desarraigados de todo y de todos cuyo único equipaje son los sentimientos que no se atrevieron o no pudieron compartir. Josef se refugia en la palabra; la ironía y el sentido del humor son la única medicina capaz de curar sus heridas, son su única forma de ver el mundo a pesar de la ceguera temporal que padece… Hanna, enfermera solitaria, vive en el silencio de su sordera, en ese frágil castillo de silencio que ha construido a su alrededor para defenderse de un mundo que nada tiene que ver con el que ella quería. Nada saben el uno del otro. No son más que dos desconocidos perdidos en el océano de la vida. El quiere saberlo todo sobre ella; ella sólo quiere que no le hagan más daño y que la dejen vivir en paz…

“La vida secreta de las palabras” nos habla de la soledad, del aislamiento, de ese lenguaje secreto de la soledad que es el silencio, nos habla de condiciones extremas, de viento, de frío, de sufrimiento y de dolor, y lo hace para mostrarnos que lo malo no es la soledad, sino el miedo a estar solos, y que lo malo no es el dolor, sino el sufrimiento, y que miedo y sufrimiento son dos cosas a las que podemos vencer, porque el miedo y el sufrimiento no existen, no son más que nuestras propias invenciones. Es una película que transforma a quien la ve, que hace que salgamos del cine esperanzados, con el corazón lleno, buscando el encuentro de una mirada anónima o conocida que entre en nuestro yo más hondo y nos haga sentir que estamos vivos, maravillosa e intensamente vivos.

“La vida secreta de las palabras” es la historia de un hombre y una mujer, de un enfermo y su enfermera, del amor y del dolor, de la vida y la muerte… pero sobre todo es la historia de la palabra y del silencio, de la palabra con la que queremos decir y del silencio con el que decimos, de todas esas palabras que callamos y de todos esos silencios con los que hablamos… ¿Adónde van las palabras que no nos atrevemos a decir?, ¿Por qué no las decimos?, ¿Dónde habita el silencio?… Igual que podemos susurrar una palabra, gemirla o gritarla, también podemos acariciar, morder o llorar el silencio. Josef y Hanna, palabra y silencio, son dos caras de la misma moneda, ninguna puede vivir sin la otra, ninguna puede morir sin la otra…

Isabel Coixet maneja con sabiduría los hilos de esta historia. Ella ha creado los personajes, su mundo, sus sueños, sus historias… Y, sin embargo, parece que no hace nada, que se limita a dejar que las cosas  pasen, que sólo pone una cámara ahí para que seamos nosotros quienes vivamos la historia. No juzga, no absuelve, no condena, simplemente está ahí, en silencio o utilizando sutilmente la palabra (no es casual que Genefke, el nombre de la plataforma, sea precisamente el apellido de Inge, el personaje de la ONG magistralmente encarnado por Julie Christie y al que está dedicada la película)… Nada es casual en esta “La vida secreta de las palabras”… y, sin embargo, lo parece, como en todas esas insignificantes y pequeñas cosas que, día a día, forman nuestra vida… esas cosas sin importancia que, cuando al fin nos atrevemos a compartirlas, a entregar sin miedo y sin esperar nada a cambio, empiezan a fluir y a inundarlo todo ayudándonos a encontrar el verdadero sentido de nuestra existencia: amar. Porque de eso trata “La vida secreta de las palabras”: de aprender a amar. Es toda una lección.

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cine, directora de cine, Isabel Coixet, La vida secreta de las palabras, Tim Robbins
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La soledad creativa

8 agosto, 2010

Desde siempre hemos tenido la imagen del artista solitario trabajando duramente intentando perseguir las musas. En nuestra imaginación no es difícil ver a un músico mirando al cielo y tarareando una melodía. En su rostro se refleja la tensión del momento, puede que incluso veamos cómo algunas gotas de sudor le caen por la frente. Está totalmente absorto en un mundo muy lejano al nuestro. De repente su semblante se ilumina como por arte de magia. Ha hallado la nota que buscaba, ha conseguido seguir adelante en su proceso creador y ya tiene en su cabeza, en su alma, esa música que, en poco tiempo, formará parte de todos nosotros.

Para acompañarnos ahora, si queréis, nadie mejor quye un creador solitartio como Johann Sebastian Bach y una de sus variaciones Goldberg.

Y qué decir del pintor, del escultor o del escritor. Su proceso creativo es idéntico. De una observación detallada de las cosas, de una percepción personal de la realidad que les rodea y, sobre todo, de las vivencias acumuladas en su interior a lo largo de toda su vida, son capaces de extraer desde su yo más profundo algo que nos emociona, que nos llega a lo más hondo, algo que, sin saberlo, formaba parte de nosotros mismos y que, inconscientemente, enriquecemos con nuestra propia experiencia. Cuanta más experiencia y sensaciones hayan vivido el lector o el espectador, mejor serán la novela del escritor, el cuadro del pintor o la obra del escultor. Porque arte es diálogo, pasión y diálogo. Crear es dejar salir lo que llevamos dentro y también es dejar entrar para que nos llegue a lo más íntimo.

Ese universo de sensaciones, ese paraíso de belleza que llamamos arte ha tenido, a lo largo de la historia, una escenografía común: la de la soledad, la soledad creativa del artista y la soledad interior del espectador. Porque podemos ver una exposición de pintura acompañados y comentar lo que vemos, compartirlo, pero tenemos que ser nosotros mismos, solos, los que miramos ese cuadro con los ojos del alma para dejar que nos hable, que nos susurre y nos cuente sus secretos. Y qué placer mayor que el de contar un secreto a un amigo. Eso es lo que experimentamos cuando compartimos con alguien nuestra vivencia, nuestras sensaciones frente a una obra de arte: nos desnudamos y nos mostramos como somos, necesitamos enseñar lo que acabamos de aprender, explicar lo que éste o aquel detalle ha provocado en nuestro interior, porque el arte, como el amor, tiene la llave que abre la coraza con la que, inútilmente, pretendemos protegernos en la vida.

El arte, como la vida, está inmerso en un proceso constante e imparable de creación. Quizá porque crear no es construir un cómo o un cuándo, sino destruir un por qué. Crear para vivir, para huir de la repetición, de la mera imitación, porque imitar o repetir no es más que estarse quieto, no avanzar, dejar que el miedo a lo desconocido nos impida vivir, que nos aniquile. ¿Pero cómo reaccionamos ante lo nuevo, ante lo radicalmente nuevo? Generalmente, como espectadores, adoptamos una actitud crítica negativa, un “me gustaba más lo que hacía antes” o un “esto ni es arte ni es nada”, “ es una tomadura de pelo”… ¿Por qué? Por el miedo a lo desconocido, el pavor a lo nuevo, a dejar que alguien abra esa coraza que nos hace “invulnerables” y que hace que nos sintamos cómodos dentro de las costumbres generalmente aceptadas, de los cauces de lo “políticamente correcto” Lo nuevo, lo desconocido, nos aterra, como nos aterran el amor o la libertad. Estamos inmersos en una época en la que prima la seguridad, quizá porque nos sentimos tremendamente inseguros de nosotros mismos. ¡Qué difícil es encontrar a alguien hoy en día que tenga opiniones propias! Repetición, tópicos y superficialidades nos rodean. ¡Y qué decir de la especialización! ¿Qué queda del humanismo de la antigua Grecia, o del hombre renacentista? Como decía Machado, bueno es saber que los vasos sirven para beber, lo malo es que no sabemos para qué sirve la sed…

El arte, la filosofía, la religión y la ciencia emprendieron hace siglos caminos divergentes que, cada vez, les alejaban más del verdadero “conocimiento”, ese conocimiento panteísta que nos recuerda que pertenecemos a un Todo, que somos parte de ese Todo. Hoy arte, filosofía, religión y ciencia han emprendido el camino del reencuentro y cada vez son más los que perciben que el progreso de la humanidad depende de esa comunión de saberes, de esa soledad de soledades sola que intuía Bergamín. Las nuevas tendencias del arte van en esa dirección, en la del encuentro interdisciplinar, en la de compartir nuestros secretos y abrir nuestros ojos para poder entender. Esa comunión de conocimientos, ese abrir nuestra mirada es lo que, desde siempre, el ser humano ha intuido que es la Sabiduría.

Ese reencuentro, como las nuevas tecnologías, está cambiando profundamente nuestra percepción del proceso creativo. Ya no es extraño ver al artista, consciente de sus propias limitaciones, crear en compañía. El pintor y el informático se dan la mano para crear juntos. El videoarte es un claro ejemplo de ello. El guionista y más aún el autor teatral, pueden crear su obra a partir de una improvisación colectiva con los actores, en una labor en equipo que les permite escuchar sus textos, reescribirlos en función de las nuevas ideas que surjen en las improvisaciones, y reelaborarlos hasta tener el texto definitivo. Los nuevos tiempos favorecen las nuevas formas de creación, de interacción de los creadores. El cine, y antes el teatro, fue uno de los primeros pasos que la creación dio en ésta dirección. Son muchos los artistas que se unen para crear una película: director, guionista, actores, etc… Creo recordar que Almodóvar suele decir que el guión escrito inicialmente sólo representa el 50% de lo que finalmente vemos en la película, porque, a lo largo del proceso previo al rodaje, durante el rodaje y en el montaje final, va añadiendo y quitando cosas que surjen desde la creatividad de las propuestas de los actores o de las simples limitaciones y dificultades técnicas que aparecen en las localizaciones, etc.  La aplicación en el arte de las nuevas tecnologías nos abre un mundo nuevo, un mundo en el que conceptos como imaginación, intuición y diálogo marcarán el camino. Puede que tengamos que cambiar nuestra romántica imagen del poeta solitario, del músico ensimismado o del pintor enloquecido. Estoy convencido de que seguiremos creando en soledad, pero quizá  podamos compartirla con los momentos de creación colectiva, buscando un difícil equilibrio entre el yo y el nosotros. Decididamente la imagen del creador como ser solitario cambiará mucho en los tiempos que vienen, y os puedo asegurar que a mí, empedernido amante de la soledad creativa, me costará mucho cambiar mentalmente esa imagen de soledad que tengo tan profundamente arraigada y asociada a la creación, al proceso creativo, pero tenemos que abrir de verdad nuestros ojos porque tenemos que aprender a ver, aprender a conocer, aprender a amar, y eso no es posible si continuamos aferrados al pasado, a todos esos pilares de la seguridad que hemos construido a lo largo de nuestra vida, sin saber, quizá, que no eran más que los barrotes de nuestra propia cárcel.

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Premios Buero de Teatro Joven

1 agosto, 2010

Se acaba de celebrar en Madrid la VII edición de los Premios Buero de Teatro Joven, premios organizados por Robert Muro y su equipo, patrocinados por la Fundación Coca Cola en una iniciativa de promoción cultural realmente interesante y original que ojalá fuera seguida por muchas instituciones, que están orientados a promover el teatro entre los jóvenes. Participan cientos de Institutos de Enseñanza Superior y Centros Culturales de toda España. Un jurado formado por personas vinculadas al mundo del teatro como la propia viuda de Buero Vallejo, actores como Emilio Gutiérrez Caba o la dramaturga Paloma Pedrero, entre otros, ha elegido este año cuatro obras finalistas que representan lo mejor del teatro joven que se está haciendo en este país.

Los intérpretes de los montajes finalistas pasan una semana en Madrid en un campus de teatro con talleres de interpretación y, cada tarde, al caer el sol, representan su obra en el Teatro Valle Inclán, del Centro Dramático Nacional. Realmente es maravilloso poder ver a gente joven tan formada teatralmente desenvolverse con tanta frescura y saber hacer en un escenario como el del Valle Inclán. Además están invitados al Festival de Teatro Clásico de Almagro para que puedan ver las principales obras de cada edición.

Entre los finalistas de este año se encontraban el “Don Juan”, del Grupo de Teatro Tarumba, del I.E.S. Universidade Laboral de Orense, “Patera”, del Grupo de Teatro del Centro Cultural María Zambrano, “Asalto de cama”, del Grupo de Teatro Komos, de Valencia y “Berenant amb na Riera” (“Merendando con la Riera”, basado en textos de Carme Riera), del grupo de teatro del I.E.S. Na Camel.la de Manacor, que, entre otros premios, se ha llevado el de la mejor interpretación femenina que, emulando a lo que las chicas Almodóvar hicieron en Cannes, lo han ganado conjuntamente todas las componentes del reparto. La tradición y la escuela de teatro de Manacor hace una labor muy importante ya que, al iniciar a los niños en el mundo del teatro con apenas cuatro o cinco años, consigue que, al llegar a la adolescencia, tengan una experiencia y una soltura impresionantes. El montaje del Cyrano que los alumnos de este IES hicieron el año pasado es inolvidable.

Tuve la suerte de poder asistir a la representación de “Berenant…”, y he de decir que me quedé fascinado por el elevadísimo nivel del montaje, de la dirección, la sutiliza y soltura de todas, absolutamente todas, las interpretaciones, y la impresionante presencia escénica de alguna de sus intérpretes, capaces de llenar por sí solas un escenario como el del Valle Inclán y emocionar profundamente a un público que aunque, en su mayoría, no entendía el mallorquín, se entregó por completo a la belleza de la puesta en escena y la musicalidad de los textos. Un breve folleto explicando el contenido de las historias que componen el montaje les permitió adentrarse también en el universo mágico y poético de Carme Riera. Seguro que Carme se habría sentido muy orgullosa viendo el amor, la ilusión y la profesionalidad con la que las nueve chicas, desde un escenario que olía a playa y a Mallorca, nos invitaron a soñar a todos aquella tarde. Tengo que confesar que viendo la belleza de “Berenant…” se me escapó más de una lágrima.

Es importantísimo que existan iniciativas de apoyo al teatro como la de los Premios Buero, iniciativas que fomenten el amor al teatro y despierten la pasión por la interpretación entre los más jóvenes. Quizá, seguro, no todos los finalistas de estos premios llegarán a dedicarse profesionalmente al mundo de la interpretación, pero lo que es seguro es que serán personas que entenderán, y por ello amarán, el teatro, y mientras existan personas sensibles y predispuestas a compartir con los actores esos momentos de magia y de vida que sólo da la escena, el teatro no morirá. Hoy los jóvenes están más influenciados que nunca por la dictadura de la imagen: los videojuegos, el cine, y sobre todo, la televisión, centran sus vidas. Si comparamos las horas que dedican al año a ver la tele con las que dedican al teatro nos llevaríamos las manos a la cabeza. Además, dentro de las horas que dedican al teatro, están las horas de estudio, de clase de literatura y de lectura obligada de obras, tres claros enemigos de despertar la pasión por el teatro. Todo su mundo gira en torno a lo que sale por la tele e incluso, a veces, para ilustrar algún tema, los profesores les hacen ver alguna película; nunca o casi nunca una obra de teatro. ¿Cómo pretendemos que la gente ame el teatro si es un verdadero desconocido para la inmensa mayoría de los mortales y más aún para los jóvenes, esos inmortales por convicción, osadía o atrevida ignorancia?  Todos sabemos que el teatro es enemigo de la tele, que intentar transmitir la magia del escenario a través de la pantalla está condenado al fracaso, pero entre eso y que, para la tele, el teatro no exista o que le dedique sólo media hora a la semana y en la 2… Cada viernes los noticiarios nos informan de los estrenos cinematográficos de la semana… los estrenos de teatro, sin embargo, no existen para los redactores de nuestros informativos.

Por eso es importante comprobar que iniciativas como la de los Premios Buero de Teatro Joven no son proyectos o entelequias de unos soñadores locos, sino consolidadas realidades que ya llevan siete años demostrando, contra todo y contra todos, que EL TEATRO PUEDE. Y nosotros, los actores profesionales, somos los primeros que deberíamos apoyar iniciativas como ésta con todas nuestras fuerzas, ofreciéndonos a colaborar desinteresadamente en talleres, encuentros o charlas, o simplemente a asistir a las representaciones en las que estos chavales nos recuerdan algo que no debemos olvidar, algo en lo que ellos son verdaderos maestros: el amor al teatro. Os aseguro que asistir a cualquiera de estas representaciones es una lección de amor incondicional al teatro y una inyección de esperanza y optimismo que hace que nuestra pasión por lo que hacemos salga todavía más reforzada. Nosotros podemos enseñarles y compartir muchas cosas con estos chavales, pero ésta es la gran lección que ellos nos dan: por encima de todo y de todos, amar el teatro, y amarlo como se debe amar, sin límite. Es su lección, una lección para todos nosotros, para los que empiezan, para los que llevamos algún tiempo, para los que llevan toda una vida viviendo el teatro, una gran lección que dificilmente tendrá mejores maestros.   

Realmente es un placer poder asistir a representaciones teatrales de tanta calidad hechas por gente joven que vive y ama el teatro, gente sensible capaz de soñar y de hacernos soñar… Gracias a todos los que lo han hecho posible y que nos han invitado cada tarde a “berenar” ( merendar) con los Buero. Un verdadero festín. 

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Cine: Arte y reflexión

25 julio, 2010

Hoy quiero hablar de un grave problema que, de una u otra manera, nos afecta a todos: el del riesgo de marginación por el trabajo. La marginación de los inmigrantes, de los parados y de los jubilados, la marginación en fin de todos aquellos que nuestra sociedad desecha porque ya no son “productivos”, “económicamente rentables” ni “consumidores potenciales”. En un mundo condenado a crecer para subsistir no sólo no son necesarios, son prescindibles. Ese nuevo dios que hemos creado, el mercado, que nada sabe de ideales o de sentimientos, tampoco quiere saber nada de ellos: son los desechos de un sistema injusto y cruel al que eufemísticamente hay quien llama libre. Porque, no nos engañemos, en este  irracional mundo en el que tenemos que vivir, hoy cualquiera de nosotros es absolutamente prescindible y el riesgo de vernos en el paro y sin espectativas de encontrar un trabajo es más alto que nunca. 

Me gustaría, si quieres, que nos acompañe ahora la inolvidable voz de Mercedes Sosa con una canción que habla de todo esto y mucho más: “Los hermanos”, de Atahualpa Yupanqui.

 

Para tratar este tema he escogido tres fantásticas películas que abordan magistralmente esta problemática: “RETORNO A HANSALA”, de Chus Gutiérrez, que cuenta el drama real de la inmigración; “LOS LUNES AL SOL”, de Fernando León de Aranoa, que nos muestra la dureza de ser un parado sin posiblidaddes de encontrar un trabajo digno, y “LUGARES COMUNES”, de Adolfo Aristaráin, donde vivimos la inhumana sensación de que la sociedad nos diga que ya somos demasiado viejos para ser útiles, cuando nos sentimos en lo mejor de la vida. Las tres películas aportan una mirada personal y nos invitan a reflexionar sobre el sinsentido del mundo que hemos creado. Esa es una de las grandes virtudes del cine, que, además de mera diversión o entretenimiento, puede conjugar dos de los pilares fundamentales que forman lo que es el ser humano: el arte y la reflexión.

“RETORNO A HANSALA”, de Chus Guitierrez, surge a raíz de la noticia aparecida en la prensa de que trece marroquíes de un mismo pueblo, Hansala, han muerto ahogados frente a la orilla intentando llegar a España para encontrar un trabajo, el trabajo que su lugar de origen no les podía dar. Chus Gutierrez elige el viaje de vuelta, el de los ataúdes, para acercarnos a la realidad de ese pequeño pueblo perdido en el Atlas marroquí del que aquellos jóvenes habían partido cargados de sueños y alegría. Son los verdaderos vecinos de Hansala, los propios familiares de esos jóvenes muertos, los que participan en la película para contarnos su realidad, esa realidad tan diferente a la que nosotros imaginamos, pero tan parecida a la que sentimos, porque los sentimientos, los sueños y las ilusiones nada saben de fronteras, de lenguas o de razas…

¿Qué es lo que puede empujar a un hombre a dejar su pueblo atrás, a emprender un viaje que le aparta de sus raíces y de todo lo que conoce, a jugarse la vida para adentrarse en un mundo nuevo totalmente desconocido?. Cada uno tendrá sus propias razones, pero estoy convencido de que todos tienen una en común: La necesidad de sobrevivir y de poder ofrecer la vida a los suyos, a los seres a los que aman. Ése es el motor que les empuja a seguir adelante y a vencer todas las dificultades: el amor por su familia. Vienen aquí renunciando a estar con ellos, les envían, cuando pueden, algún dinero todos los meses para que puedan ir tirando, hablan con ellos por teléfono o a través de internet, y están aquí, en un mundo que no es el que esperaban y que no les ha recibido como esperaban, solos, terriblemente solos. Algunos, los que tienen suerte, pasados los años pueden traerse aquí a su mujer y a sus hijos, una mujer y unos hijos que ya casi ni les conocen, porque sólo han convivido con su ausencia y con su recuerdo, que han soñado durante toda su vida con poder vivir felices en un mundo nuevo, sin saber que ese mundo les niega y les cierra todas las puertas porque han nacido más allá de sus fronteras.

Hoy, cuando hay una verdadera caza y captura de inmigrantes ilegales, cuando una parte importante de la sociedad les culpabiliza de todos nuestros problemas, cuando el racismo y la xenofobia, como el huevo de la serpiente del fascismo, se van abriendo camino, películas como “RETORNO A HANSALA” son imprescindibles, porque nos muestran la realidad desde otro punto de vista que no conocemos, el de los inmigrantes. Recuerdo que, hace unos años, ví una exposición que se llamaba “En el corazón de las tinieblas”, homenajeando al título de la célebre novela de J. Conrad sobre la que se basó “Apocalypse now”. Aquella exposición hacía que el visitante se adentrara lentamente por diferentes salas medio en penumbra, a través de estrechos pasillos y pasarelas que le hacían sentir como si estuviese en una jungla africana. En las paredes se proyectaban documentales de la época que, con toda crudeza, mostraban la realidad del colonialismo, la explotación de las riquezas y hasta la caza de negros que los colonos belgas, encabezados por su rey, realizaban impunemente a diario. Las atrocidades eran impresionantes. De sala en sala el recorrido nos acercaba a la explotación de nuestros días y a las guerras que se auspician en los países subsaharianos desde nuestro confortable primer mundo. El caso del coltán es atroz pero terriblemente demostrativo: se crea una guerra entre distintas étnias dirigida y controlada por las principales potencias occidentales y sus multinacionales para conseguir abaratar el precio y asegurar el suministro de este mineral imprescindible para la fabricación de teléfonos móviles… Al finalizar el recorrido de aquella exposición, al fondo de un estrecho pasillo, se veían unas mesas iluminadas tras las que estaban sentados varios subsaharianos que, cuando llegabas frente a ellos, te invitaban a sentarte. No eran actores, eran inmigrantes reales que, sobre un mapa, te mostraban el camino que habían tenido que recorrer y el sufrimiento que habían soportado en el viaje que, a veces durante varios años, les había traído desde su pequeña aldea hasta aquí. Conocer aquella realidad de primera mano, conocer los nombres de esas personas,  ver sus caras que, mirándote a los ojos, te explicaban lo que habían tenido que pasar para estar frente a tí, que te contaran la dureza de la vida en su pueblo te hace ver la realidad con otros ojos, unos ojos capaces de ver y de hacerte entender que todos somos seres humanos, y que todos tenemos que tener los mismos derechos, que no debemos tener ningún privilegio por el simple hecho de haber nacido aquí y no allí… Y precisamente eso es lo que nos enseña una película como “RETORNO A HANSALA”.

Otra de las películas, “LOS LUNES AL SOL”, nos señala el valor de la amistad, de la verdadera amistad, como reducto al que aferrarse cuando realmente vienen mal dadas. Es el paro aquí quien expulsa de la sociedad a un grupo de seres humanos a los que les han querido robar hasta los sueños. Sólo el no renunciar a ellos, a sus ideales, a su propia identidad, les ayuda a levantarse cada mañana sin perder lo único que les queda: la dignidad. Esta película es uno de los más bellos cantos a la verdadera amistad que se han escrito jamás. Hoy que somos más de cuatro millones los que engrosamos las filas del paro, hoy que, más que nunca, los puestos de trabajo están en precario y quedarte en la calle es el pan de cada día, una película como “LOS LUNES AL SOL” es más necesaria que nunca.

Quiero que sean las palabras de su director, Fernando León de Aranoa, quienes hablen de la película: “ Caminan a diario las cuestas del trabajo eventual, las líneas de empleo, las salas de espera. Conocen los formularios del miedo, porque los rellenan a diario. Saben del tiempo y sus distintas velocidades, de la vergüenza y del decoro, saben de la desesperanza, del dolor y del silencio… El mapa con el que caminan es falso, lo sospechan hace tiempo, aunque nadie se lo ha dicho. Sabemos de su cotidiana supervivencia, de su obstinación, sabemos de su valor diario, mensual, de firme horizontalidad. Son ante todo esperanza, temblor, herida abierta… Esta es su historia. La de un presente que por falta de horizontes parece más bien pasado, el de un grupo de hombres sin trabajo, daños colaterales de la economía globalizada, que caminan por los callejones del sistema buscándole a la vida las salidas de emergencia… Quisieran detener por un momento los relojes, hacer inventario de dudas, de errores, quisieran retroceder hasta el lugar donde equivocaron el camino, empezar de nuevo, haber sabido entonces lo que saben ahora. Se dicen a diario que todo va a cambiar, mañana, pasado, el mes que viene. Que las cosas van a ser de otra manera, no importa cuál, de otra. Por eso imaginan lo vivido, el prólogo mal escrito de lo que sin duda será una buena historia, una historia de violines y atardeceres, de besos largos y copas altas de champán…Que por una vez los protagonistas sean ellos… Que los finales sean felices a veces y a veces no, que sean abiertos, sencillos, amargos, que sean hermosos o trágicos, que sean como quieran, o como quiera que deban ser los finales, pero que sean siempre un principio. Que el cine se ocupe de lo que tiene cerca, de lo que olvida porque no lo ve claro, porque no lo quiere ver. De sus historias cercanas, habituales, prodigiosas.”

Y si “LOS LUNES AL SOL” nos ofrece la amistad como asidero al que agarrarnos para no caer, la última película de la que quiero hablar hoy, “LUGARES COMUNES”, nos dice que ese asidero, ese último asidero que nos puede salvar es el amor. ¿Qué hacer cuando, de repente, sin previo aviso, te entregan una carta en la que te dicen que ya no sirves, que ya no eres útil, que ya no te quieren , que ya no cuentan contigo, que no eres más que una carga, que te jubilan lo quieras o no…?, ¿ Qué hacer cuando, un día, de la noche a la mañana, te roban todo tu mundo?, ¿Cómo vivir esa situación en la que ni si quiera puedes elegir, en la que no tienes ni la más minima oportunidad de rebelarte y ganar?, ¿Cómo replantearte lo que te queda de vida con una pensión que no te llega y con todas las puertas cerradas…? Son tantas las cosas que en ese momento te quedan por hacer, tantas las que te quedan por decir, las que puedes hacer por ayudar a los demás, por compartir tu experiencia y tu mundo con los demás… y es tanto lo que pasa a tu alrededor y no entiendes, tanto lo que no quieres entender porque sabes que no es más que un paso sin vuelta atrás en el camino de la abyección y del sinsentido de un mundo que se devora a sí mismo, de un mundo que agoniza y que está dando sus últimos estertores… El mundo que venga después, el que hayan creado ellos, poco o nada te importa, porque será un mundo donde todas esas cosas como la justicia, la verdad, la dignidad, el derecho a la diferencia y a la igualdad de derechos, todas esas cosas en las que creías y que te hacían mantenerte vivo, hermosa e intensamente vivo, habrán dejado de ser importantes, o habrán desaparecido… Tu mundo, aquel mundo en el que todavía vivía la poesía porque palabras como solidaridad, generosidad o altruísmo tenían sentido, habrá dejado, inexorablemente, paso a otro mundo duro y frío, un mundo que sólo entenderá atroces vocablos como rentabilidad, optimización, recursos o beneficio.

Cuando llega ese momento en el que te roban todo tu mundo son muchas las preguntas que te haces, algunas giran sobre la incertidumbre que plantea el futuro, pero esas son las que menos importan, las verdaderamente importantes son las que cuestionan lo que hemos hecho en la vida. ¿Qué hemos hecho realmente?, ¿En qué hemos contribuído a mejorar el desdichado mundo que nos encontramos?, y sobre todo, ¿Qué clase de hijos tengo?, ¿Qué valores les he transmitido?, ¿Habré triunfado como padre al haberles educado para la felicidad, para que puedan ser y sean felices, o seré un fracasado que no ha hecho más que nuevas piezas que harán girar y girar el engranaje de este absurdo mundo que nos ha tocado vivir?

Como decía antes, “LUGARES COMUNES” nos propone el amor como el más firme reducto al que aferrarse para vivir la vida, y lo hace contándonos una bella historia de amor, la historia de amor entre dos personas marginadas de la noche a la mañana por el simple hecho de haber alcanzado una edad, la de la jubilación forzosa, esa edad que nada tiene que ver con el ser humano, con el individuo y sus capacidades, sino con la necesidad que tiene el sistema de renovar su combustible, de inyectar sangre joven al motor de ese alocado tren que no nos lleva a ninguna parte. Usar y tirar, esa es la nueva ley que todos, empeñados en intentar llegar a fin de mes, parecemos olvidar. Fernando (Federico Luppi, inmenso, como siempre) y Liliana (una Mercedes Sampietro que borda el papel de la mujer callada que parece no existir a la sombra de su amor y que, en realidad, es quien en silencio siempre está ahí, a su lado, para tenderle esa mano que le ayude a levantar) son esa pareja extraña en el mundo actual porque para ellos lo único que importa es estar juntos.

Pocas veces tenemos la oportunidad de sentir lo que ellos sienten, de amar como ellos aman, de vivir como ellos viven. Son muchas las películas que cuentan historias de amor. Amores locos, amores imposibles, amores silenciados… pero muy pocas lo hacen como “LUGARES COMUNES”. Estamos acostumbrados a ver grandes historias de amor en el cine (Doctor Zivago, Memorias de Africa, El paciente inglés, Casablanca, …) Son historias maravillosas que nos llegan muy adentro porque todos, aunque sólo haya sido por un instante, las hemos vivido, o cuando menos hemos soñado vivirlas… pero todas ellas tienen un denominador común: son amores truncados por la muerte, por la vida, o por eso que llaman destino. En ellas nos sentimos reflejados por la fuerza de un amor que nada sabe de barreras ni fronteras, por la irresistible fuerza de ese amor por el que, aunque sólo lo hubiésemos rozado, valdría la pena haber vivido… nos sentimos identificados en ese amor que se trunca de repente y que permanece en el recuerdo, que habita lo más profundo de nuestra alma y que, por ello, supera el tiempo en el que le tocó vivir…

“LUGARES COMUNES” va más allá de ese espacio y ese tiempo, porque es un canto y un grito de esperanza. Un canto al amor del día a día, al amor de los pequeños momentos de una vida, esos insignificantes gestos y silencios que hacen que nos sintamos amados tal y como somos, sin necesidad de grandes aventuras ni proezas, simplemente tal y como en realidad somos, porque Liliana y Fernando no son más que lo que somos todos nosotros: seres que habitan en un mundo que no eligieron, un mundo agresivo, violento y despiadado al que, a su manera, intentaron cambiar para hacerlo más humano.

“LUGARES COMUNES” es una película que nos habla del Amor, con mayúscula, y que nos recuerda el verdadero significado de tres palabras que pudieron haber cambiado el mundo, pero que hemos encerrado en la prisión del olvido: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Y nos propone que las desempolvemos y volvamos a darles brillo no con nuestras palabras, sino con nuestro ejemplo, estemos donde estemos y hagamos lo que hagamos porque, como dice Abraham Verghese, “No somos de donde nacemos, sino de donde nos necesitan”.

Tengo que decir que la escena en la que Luppi coquetea con la encargada de la biblioteca de una oficina de asuntos rurales ante los atónitos ojos de su amigo del alma es, posiblemente, una de las escenas de amor más entrañables que he visto jamás. Nada mejor que esa escena cargada de amor y de esperanza para acabar esta entrada. Os dejo con ella. Disfrutadla…

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“Bajo el fuego”, corresponsales de nuestra propia guerra

18 julio, 2010

Hoy me gustaría tratar de los corresponsales de guerra y de cómo el cine enfoca, a veces, su papel en los conflictos. Son muchas las películas que han abordado este tema, pero yo he elegido dos, “Bajo el fuego” y “Las flores de Harrison”, para hablar de ello, porque me identifico plenamente con  lo que plantean. Son muchas las cuestiones que hay que hacerse: ¿Debe el periodista permanecer siempre neutral en un conflicto?, ¿Puede permanecer neutral viendo la injusticia y el horror que hay a su alrededor?, ¿Es lícito no tomar partido?, ¿Es lícito tomarlo?, ¿Debe el periodista contar siempre la verdad?, ¿Tiene que contar la verdad cuando llega a sus manos, o puede retrasar deliberadamente su publicación para beneficiar a una de las partes?, ¿Dónde está la frontera entre el periodismo y la propaganda?, ¿Existe realmente la libertad de expresión…?

“Las flores de Harrison” nos cuenta la historia de una periodista norteamericana que recibe la noticia de que su marido,  avezado corresponsal de guerra, ha muerto en el conflicto de la antigua Yugoeslavia. Para el mundo no es más que la muerte de otro periodista; para ella es todo su mundo el que ha muerto. No puede creerlo, no puede aceptarlo. A partir de ahí ella empieza a cuestionárselo todo, no puede creer que eso le pueda estar pasando a ella y, convencida de haberle visto vivo en una fugaz imagen de un reportaje en la televisión, emprende su desesperada búsqueda a través de los horrores de la guerra.

 

Una de las cosas más impactantes de la película es hacer que sintamos desde el primer momento todo el salvajismo de la guerra en nuestra propia carne. Para ello utiliza a la protagonista (una Andie Macdowell a la que identificamos como perfecta mujer joven y atractiva occidental cuya vida, al menos en la imagen que tenemos de ella, está muy alejada de cualquier tipo de conflicto, problema u aventura), y la utiliza ubicándola sin previo aviso en un conflicto bélico brutal, tan brutal como cualquier otro. La sensación que tenemos del choque de la frágil imagen de esta mujer con la crudeza de la guerra es desgarradora. A partir de ese momento nosotros mismos, los espectadores de la película, nos encontramos inmersos en el sinsentido de la guerra, una guerra que no permite escapatoria, una guerra que cuestionará todos nuestros principios, desde el primero hasta el último. La forma en que la película plantea su llegada a la antigua Yugoeslavia es brutal. Recién aterrizada en Viena, alquila un coche para iniciar el viaje en busca de su marido desaparecido. En el mismo aeropuerto un joven estudiante yugoeslavo que necesita volver a su país para ayudar a su familia le pide que le lleve en su coche. Ella acepta, emprenden el viaje, cruzan la frontera, se acercan a la zona en conflicto y…

Si queréis, esta impresionante nana cantada por Yasmin Levy en la que, como en “Las flores de Harrison”, una madre le dice a su hijo que su padre pronto volverá, nos puede acompañar ahora.

Viendo ”Las flores de Harrison” no podemos evitar hacernos muchas preguntas: ¿Cual es el papel de los corresponsales de guerra en la actualidad?, ¿Son realmente contadores de la verdad, o meros instrumentos de las partes en conflicto?, ¿Son acaso simples marionetas del más fuerte? Acaba de inaugurarse una exposición excepcional en el Círculo de Bellas Artes de Madrid sobre las fotografías de dos de los pioneros en la labor de los corresponsales de guerra: Robert Capa y Gerda Taro. Ellos, anticipándose a su tiempo, en la guerra civil española, en 1936, en lugar de retratar a generales victoriosos o vistosos desfiles militares llenos de pompa y circunstancia como se hacía hasta entonces, optaron por retratar los rostros anónimos de los que sufren, los rostros del dolor y de la angustia, los rostros de los derrotados, de las mujeres y los niños inocentes que mueren en todas las guerras, los rostros atónitos de los ancianos que miran sin entender lo que está pasando, los rostros anónimos de lo que en verdad son las guerras, todas las guerras. El ejemplo de Capa y Taro fue seguido por muchos más, muchos que hicieron posible que la gente se diera cuenta de lo que, más allá de banderas y de consignas patrióticas y patrioteras, hay detrás de todas las guerras: la barbarie humana. Todos los historiadores coinciden en señalar la importancia de la prensa en el desenlace de la guerra de Vietnam. Fue el traer a los hogares de los norteamericanos las imágenes reales de la masacre que se estaba cometiendo lo que definitivamente hizo que la opinión pública tomase partido contra la guerra y obligara a su gobierno a retirarse perdiendo la primera guerra de su historia. Desde entonces el control y el manejo de la información por parte del gobierno norteamericano se ha hecho exhaustivo, eliminando la libertad de información de facto ya que, desde entonces, obligan a los corresponsales de guerra a ir incrustados en su ejército, argumentando que de no hacerlo así no pueden garantizar su seguridad. La censura es obvia desde ese punto de vista ya que sólo les permiten ver lo que militarmente interesa que vean y transmitan, y les ocultan lo que militarmente no interesa que se sepa. En las guerras del siglo XXI quien controla la información tiene gran parte de la guerra ganada. Por eso lo primero que hace cualquier ejército cuando realiza una operación militar es decretar el bloqueo informativo (el caso más reciente es el del ataque israelí al convoy humanitario en el que nueve voluntarios fueron asesinados a balazos, del que no tuvimos más imagenes que las facilitadas por el ejército israelí durante los primeros días, en los que no tuvimos acceso a la versión de los voluntarios que fueron atacados).

Y si está claro que la primera víctima de la guerra es la verdad, ¿cual es entonces el papel de los corresponsales de guerra, y cual debería ser?. Los que se limitan a ir incrustados en los ejércitos regulares, en la mayoría de los casos, son mera correa de transmisión de lo que militarmente le interesa a ese ejército. El caso de Julio Anguita Parrado muerto en la guerra de Irak mientras cubría la información estando incrustado en el ejército norteamericano es una excepción. Y son mera correa de transmisión porque tienen su libertad de acción muy recortada y absolutamente controlada. Empezando por el selectivo proceso de acreditación para poder ir incrustado en ese cuerpo de ejército, que ya es el primer filtro y la primera censura descarada, pasando por la constante amenaza de retirarle la autorización arbitrariamente en función de lo que publique, a otras medidas de ejercer el control absoluto sobre la información, como son las presiones políticas para que destituyan a determinados corresponsales no afines con la política del gobierno de turno. En este sentido un caso flagrante es el de Ricardo Ortega, corresponsal de Antena 3 en la guerra de Irak que fue destituído por las presiones políticas recibidas por el marcado cariz antibelicista de sus crónicas. Pocos meses después, cubriendo como free lance una información de unas protestas callejeras en Haití, Ricardo Ortega fue asesinado. Otro caso muy reciente en la memoria de todos es el del asesinato del cámara José Couso en Irak, abatido por un tanque norteamericano que, deliberadamente, disparó contra el hotel donde se refugiaba la prensa, la prensa libre que no iba incrustada en sus filas.

“Bajo el fuego” es la otra película de la que quería hablaros hoy. Ambientada en la Nicaragua  de finales de los setenta que lucha contra la dictadura de Somoza, un mero títere de los Estados Unidos, nos cuenta la historia de un fotógrafo especializado en conflictos bélicos (Nick Nolte) que acude allí para intentar entrevistar al líder del movimiento sandinista, la guerrilla revolucionaria que está en armas contra el ejército regular de Somoza. Allí vive una intensa historia de amor con otra periodista norteamericana (Joanna Cassidy), divorciada de un corresponsal norteamericano ya en el final de su carrera (Gene Hackman).

La versión oficial del gobierno somocista refrendada por el norteamericano de este asesinato oculta la verdad y dice que el periodista ha sido abatido por la guerrilla sandinista. Son precisamente las fotografías que toma Nolte del asesinato de Hackman las que, al publicarse en los Estados Unidos, desemascaran la versión oficial de su muerte y, al obligar a interrumpir la ayuda norteamericana a Somoza, facilitan su caída y el triunfo de la revolución sandinista. Una de las secuencias más impactantes de la película es cuando Joanna Cassidy está en un humilde bar de Managua y en la televisión aparecen las escalofriantes imágenes del asesinato de su exmarido. Ella empieza a llorar y una mujer nicaragüense, ya mayor, se le acerca y le dice que mientras los que morían eran miles de nicaragüenses a nadie le importaba y los Estados Unidos seguían financiando y apoyando el régimen dictatorial de Somoza, pero que ha bastado que muriese un sólo norteamericano para que todo cambiara. Esa es otra de las duras verdades de las guerras actuales: tienen muertos de primera, muertos de segunda y las siempre inevitables “víctimas colaterales”, sádico eufemismo para referirse a los miles de civiles inocentes asesinados.

Uno de los temas que más directamente aborda la película es el papel de los corresponsales de guerra. En “Bajo el fuego” vemos como Rafael, el líder sandinista, permanece en la clandestinidad y no accede a dejarse entrevistar por el reportero que encarna Nolte, a pesar de sus numerosos intentos por conseguirlo. Finalmente, cuando menos lo espera, los sandinistas le dicen que está dispuesto a recibirle y le llevan, a través de la selva, al campamento guerrillero donde descubre que Rafael, tal y como pregonan las emisoras de radio y televisión somocistas, ha muerto en combate. Los guerrilleros le piden que fotografíe a Rafael junto a un diario del día para acreditar que sigue vivo. El periodista sabe que eso es faltar a la verdad, pero también sabe que la confirmación de la muerte de Rafael supondría un durísimo varapalo a las aspiraciones sandinistas de tomar el poder y que podría alargar la guerra y el sufrimiento del pueblo nicaragüense mucho tiempo. El dilema al que se enfrenta el periodista no es sólo ocultar la verdad (la muerte de Rafael), sino crear y propagar deliberadamente una mentira ( la de que todavía está vivo). ¿Qué hacer entonces, mantenerte fiel a los principios y la etica de tu profesión, o seguir los dictados de tu conciencia y de tu corazón que te impulsan a tomar partido y ayudar a la causa que crees justa?, ¿Qué hacer cuando en tu mano está evitar la muerte de muchos inocentes, ser fiel a la verdad o a la justicia??

En la película Nolte opta por ser consecuente consigo mismo y, traicionando el código ético de su profesión, acepta fotografiar a Rafael y difundir la noticia de que todavía sigue vivo. Y lo hace porque entiende que la justicia debe estar por encima de la verdad, porque en ese lugar y en ese momento él, gracias a su profesión, puede ayudar a evitar el sufrimiento de muchos inocentes, puede contribuir a que se haga justicia, a que los pobres, los “nadies”, los perdedores y los margninados tengan, al fin, voz, y que tengan un gobierno que no sólo no les persiga, sino que, de verdad, les defienda. Antes os he dicho que he elegido esta película porque me identifico totalmente con las tesis que plantea. Y así es, porque, en cierta medida, todos somos corresponsales de guerra, de esas guerras silenciosas o silenciadas que siempre hay a nuestro alrededor, guerras sin bombas o sin balas, pero con tanta muerte, tanto dolor y tanto sufrimiento como en las otras. Y son tantas, de verdad, son tantas… Creo que todos debemos tomar partido, que debemos comprometernos y anteponer siempre la justicia a la verdad, el respeto a los derechos humanos a todo lo demás, que debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para ayudar a que otros vivan mejor, que podemos y debemos utilizar todo lo que somos y tenemos, y eso incluye obviamente nuestra profesión, para conseguir que haya más justicia en este mundo, y podemos hacerlo de muchas maneras, desde prestando nuestro apoyo activo a las causas en las que creemos, a simplemente utilizar todo lo que tenemos a nuestro alcance (nuestra posición pública en el caso de los artistas, por ejemplo), para hacer llegar a la sociedad los problemas de la gente que nos rodea y que necesita ayuda para resolverlos o, por lo menos, para hacerlos públicos. Nosotros no tenemos la solución de los problemas, pero formamos parte de los problemas porque formamos parte de la sociedad y, por ello, también somos parte de su solución. Los corresponsales de guerra se juegan la vida para informarnos de lo que está pasando en el mundo. Y lo hacen con la esperanza de que eso sirva para algo, de que eso sirva para que nosotros tomemos conciencia de lo que está pasando y hagamos todo lo posible por impedirlo. Si con esa información en nuestras manos callamos y miramos a otro lado, si simplemente la ignoramos, nos convertimos en cómplices de los verdugos que, cada día, en todas partes del mundo, violan los derechos humanos y asesinan a los más débiles protegidos por nuestro silencio cobarde y egoísta. ¿Podéis imaginar lo que debe pasar por la cabeza de cualquiera de esos corresponsales que han visto todo el horror y se han jugado la vida por denunciarlo cuando vuelven aquí, a su casa, y nos ven a nosotros tan confortablemente sentados en nuestras casas viendo el fútbol por la televisión o charlando con los amigos quejándonos de que el arroz de la paella está pasado, ajenos a todo lo que de verdad está pasando en el mundo?  Muchas veces se nos ataca a los actores diciendo que no podemos ni debemos mezclar nuestro trabajo con nuestras creencias o con nuestros ideales, pero no es eso lo que hacemos ya que, cuando manifestamos nuestra oposición a algo, cuando denunciamos algo o expresamos nuestro apoyo a algo, lo hacemos como ciudadanos libres y responsables a los que nos preocupa esa cuestión y que utilizan todos los medios que tienen a su alcance para intentar resolverla. Jamás cambiaremos un texto de Shakespeare en escena, no podríamos hacerlo, pero sí podemos expresar nuestra posición personal sobre algún tema y denunciar, por ejemplo, lo que está pasando ahora mismo con los inmigrantes sin papeles o con las víctimas del franquismo, si nos hacen una entrevista, aunque sea precisamente por haber estrenado ese Shakespeare. Sé que no todo el mundo piensa así, pero yo particularmente creo que, antes que actores, catedráticos, bomberos o fontaneros, somos ciudadanos, y como tales, si de verdad queremos ser libres, estamos obligados a expresarnos abiertamente para defender todo aquello en lo que firmemente creemos. Si dejamos que el miedo a perder un trabajo, a que no nos llamen más, o a que nadie venga a vernos al teatro, nos venza y nos calle, estaremos negándonos a nosotros mismos como personas, como ciudadanos libres, estaremos renunciando a ser quienes somos, y lo haremos como se ha hecho siempre: vendiéndonos por un triste plato de lentejas. No puedo permanecer callado viendo como, cada día, miles de niños mueren de hambre en el mundo para que nosotros podamos mantener nuestro nivel de vida o para que un puñado de especuladores sin escrúpulos se forren; no puedo permanecer callado cuando, cada día, nuestra policía detiene y expulsa a inmigrantes sin papeles que se han jugado la vida para llegar hasta aquí huyendo de la muerte y cuyo único delito es ser pobres y haber nacido en un país pobre; no puedo permanecer callado cuando en mi país no se pueden juzgar los crímines del franquismo y ciento trece mil familias buscan los restos de sus seres queridos desaparecidos durante la dictadura y que todavía hoy, tras 35 años de democracia, siguen enterrados en las cunetas o en fosas comunes; no, no puedo ni quiero permanecer callado ante las injusticas que veo a diario a mi alrededor. Yo quiero ser ese Robert Capa y esa Gerda Taro, yo quiero ser ese Ricardo Ortega, yo quiero ser ese José Couso o ese Julio Anguita Parrado para todos los que necesiten ayuda a mi alrededor y que mi testimonio y mi denuncia, como lo hicieron sus fotos y sus reportajes, permitan que, algún día, dejen siempre de perder los mismos.

Me gustaría acabar esta entrada con un pequeño homenaje a todos los que han caído luchando por un mundo más justo y más humano, y a todos los que, cada día, siguen luchando por conseguirlo. Es un montaje de algunas escenas de “Bajo el fuego”, acompañadas por la excelente banda sonora  que Jerry Goldsmith compuso para la película.

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Bajo el fuego, cine, corrresponsales de guerra, José Couso, películas
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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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