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Djivan Gasparyan, la melancólica voz de la libertad

29 enero, 2012

¿A qué suena la libertad?, ¿Cuál es su voz? No es un grito, ni un susurro, sino un gemido del alma, un gemido melancólico, austero y sencillo que, traspasando todas las fronteras, es capaz de hablar todas las lenguas, habitar todos los corazones y dar vida a todos los sueños. A veces, la música da voz a la libertad. Eso es lo que pasa con la música de Djivan Gasparyan, el maestro del duduk armenio, esa especie de oboe que, nacido más allá del tiempo y del espacio, vuela con el viento para traernos el anhelo de libertad de todo ser humano. Ha sido Gasparyan quien ha convertido ese instrumento de pastores de la lejana Armenia en un instrumento solista universal, capaz de expresar todos los sentimientos del alma humana. El talento y la sensibilidad de Gasparyan hacen de él no solo un maestro del duduk, sino un maestro de la vida.

Nacido en 1928 en un pequeño pueblo cerca de la capital, Yerevan, en el seno de una familia humilde, cuando tenía seis años se trasladó a vivir a la ciudad. Su pasión era el cine, un cine mudo que, en las repúblicas soviéticas, era acompañado musicalmente no con un piano, como se hacía en Occidente, sino con los instrumentos musicales locales. Para él cine y duduk son una misma cosa. Los grandes maestros del duduk tocaban en bodas y en funerales, pero subsistían tocando en los cines, acompañando las aventuras en blanco y negro que Djivan quería vivir. Uno de aquellos maestros,  Magar Magaryan, al ver el interés del pequeño Djivan por el duduk, le regaló uno. Djivan se encerraba a tocarlo desde la mañana a la noche. Nadie le enseñó. No le hizo falta aprender música. La música salía de su alma. Tiempo después, fascinado oyéndole tocar, Magaryan le regaló un duduk de mucha más calidad.

Cuando tenía trece años, murió la madre de Djivan y a su padre le enviaron a luchar en la segunda guerra mundial. Se crió como un huérfano recorriendo las calles con su duduk para ganar algo con lo que poder alimentar a sus dos hermanos menores. Su talento natural y una sorprendente memoria fotográfica para recordar las melodías hicieron de él un virtuoso. En efecto, a Gasparyan le basta con escuchar una sola vez un tema musical para poder interpretarlo e improvisar sobre él. Aquel joven músico callejero dio su primer recital en solitario a los diecinueve años. En 1948 fue invitado a participar en un festival musical de la juventud presidido por Stalin. Los cinco mejores grupos fueron invitados a tocar en una cena ante el Politburo en pleno. Como premio le dieron un reloj con su nombre grabado que vendió inmediatamente para tener algo que llevarse a la boca.

En aquellos años entra en contacto con el Mugham, un tipo de música muy antiguo que combina notas y escalas y permite a los intérpretes improvisar libremente en sus composiciones. Hoy son pocos los músicos que saben tocar Mugham, y principalmente se encuentran en Azerbayán, Turquía e Irán. En 1948 le invitaron a hacer una prueba para entrar en el Ensemble de Tatul Altunyan, uno de los más conocidos de la época dedicado a la música armenia. En cuanto le escucharon le admitieron, pero no había tiempo para ensayar. Le contrataron un martes, ensayó el viernes y el sábado y el domingo ya dio su primer concierto con todo el repertorio incluido. Su memoria fotográfica para las melodías permitió que se obrara aquel milagro. Permaneció en aquel grupo durante 25 años hasta que, con 52 años, lo abandonó para estudiar música en el conservatorio Komitas, donde, tras graduarse, acabó siendo profesor de duduk.

A lo largo de su vida han sido muchos, innumerables, los premios que ha recibido: la medalla de oro al mejor músico armenio en 1956, cuatro medallas de oro en concursos organizados por la UNESCO, un premio WOMEX, un Globo de Oro, y la nominación al Grammy en 2007. Aunque el premio que más ilusión le hizo fue ser nombrado “Músico del pueblo” por el gobierno armenio.

Nadie sabe, ni siquiera él mismo, quién ha hecho famoso a quién, si él al duduk, o el duduk a él. Lo cierto es que su música ha enamorado a todo tipo de músicos del mundo entero que han querido tocar con él: Peter Gabriel, Sting,  Brian Eno, Michael Brook, Andreas Wollenweider, Lionel Ritchie, Nusrat Fatih Ali Khan, Ludovico Einaudi, Brian May, el guitarrista de Queen, o Hans Zimmer, con quien compuso alguno de los temas de la banda sonora de la película Gladiator, entre otros.

Gasparyan concibe la música como un todo capaz de llegar a lo más hondo del ser humano. Esa visión mística de la música y de la vida le ha llevado a fusionar la música del duduk con el jazz, el rock, la música clásica, el flamenco… “ Me gusta la música clásica, el jazz, y disfruto mucho escuchando otros estilos de música si están bien interpretados. Hay quien considera que el duduk no debería mezclarse con otros tipos de música. ¿Por qué no debería incluirse el duduk en las orquestas sinfónicas? Dicen que una persona es más rica cuanto más comparte con los demás. Lo mismo pasa con el duduk. Mi idea es que el duduk puede abrir nuevos proyectos, nuevas aventuras, y mezclarse con otros tipos de música. Mi sueño es que nuestro instrumento tradicional armenio, como el violín, la guitarra o el piano, pueda ser tocado en todo el mundo y no solo por armenios”

A sus 84 años, Gasparyan sigue ensayando varias horas diarias con la misma ilusión que cuando era un niño. Ama el duduk, y el duduk es su vida. Consciente de que el futuro de este instrumento, como el de todas las cosas, pasa por abrirse a los demás y no encerrarse en sí mismo, es plenamente coherente con su pensamiento y busca nuevos caminos cada día. Su hija ha comentado en más de una ocasión que jamás le ha oído repetir una interpretación, buscando siempre expresar algo nuevo, algo auténtico que le salga de lo más hondo de su alma. Aquí le tienes interpretando el célebre Adagio de Albinoni.

El tema que tienes en el siguiente video, interpretado por Zara, una cantante armenia, y Gasparyan, tiene un significado muy especial. Se llama Dle Yaman, y es una canción tradicional armenia que fue recogida por el músico Komitas Vardapet (1869-1935), fundador de la  música clásica armenia moderna. Komitas fue condenado a muerte por los turcos durante el genocidio armenio, pero la presión internacional y de los intelectuales consiguió que le perdonasen la vida. Sin embargo, todos sus seres queridos fueron asesinados en aquel genocidio y él jamás pudo recuperarse de la conmoción emocional que sufrió. El dolor le volvió loco. Murió en un hospital psiquiátrico. Desde entonces, el pueblo armenio le rinde homenaje a él y a todos los que cayeron con esta canción.

Gasparyan ha defendido siempre su compromiso político con la justicia y con la libertad. Ama a Armenia, su país, como el que más, y por eso siempre lo ha defendido desde la no-violencia. Cuando Armenia invadió a su vecino Azerbayán a causa del conflicto de Nagorno-Karabagh, Gasparyan incluyó en su repertorio las composiciones de Alim Qasimov, el músico azerbayano por excelencia. El tema del segundo video de esta entrada (Remember me) es de Qasimov. Y del mismo modo ha colaborado siempre con músicos turcos, como Erkan Ogur, a pesar de que el imperio otomano fue el autor del genocidio del pueblo armenio en 1915, que causó más de un millón y medio de muertos. Para Turquía el tema del genocidio armenio sigue siendo tabú un siglo después. Sobre lo latente de este conflicto no hay más que ver la furibunda reacción que estos días está teniendo el gobierno turco contra Francia por haber aprobado una ley que prohíbe negar la existencia del genocidio armenio a manos de los turcos. Gasparyan perdió a su abuelo en aquel genocidio, pero su postura no violenta es meridianamente clara: “No puedo responsabilizar a la gente de hoy por lo que pasó hace cien años. No todos los turcos son asesinos. Como en cualquier parte del mundo, también hay mucha gente buena en Turquía”.  En el año 2000, tras varios intentos fallidos por culpa de las pegas administrativas que le imponían as autoridades turcas, Gasparyan tocó por primera vez en Turquía. “Mi actuación fue como invitado dentro de un concierto de Andreas Wollenweider. Antes del concierto nadie sabía quienes tocarían además de Wollenweider. Cuando mi nombre fue anunciado se produjo un momento de silencio impresionante, que precedió a uno de los aplausos más intensos que he recibido en mi vida”. La respuesta de Gasparyan fue grabar un disco en Estambul con Erkan Ogur. Aquí tienes uno de los temas que tocaron juntos.

La relación de Gasparyan con el cine ha sido muy estrecha. El cine le dio el duduk, y él le ha dado al cine composiciones que forman parte de su historia, colaborando en las bandas sonoras de películas como Dead Man Walking, Doctor Zhivago, Gladiator, The Crow, Russia House, etc. Su inquietud y su sensibilidad como ser humano le han llevado a apoyar todas las causas que cree justas, desde festivales para recaudar fondos contra el Sida, al homenaje a Nelson Mandela que se le rindió en Hyde Park, Londres, el 27 de junio de 2008 con motivo de su 90 aniversario. Aquí le tienes tocando en aquel homenaje junto a otro maestro del duduk: su hijo. La voz del duduk seguirá sonando mientras quede en la tierra un solo ser humano que ansíe la libertad.

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Garaje Lumière, convirtiendo la utopía en realidad…

22 enero, 2012

Todos tenemos sueños, somos nuestros sueños, pero muy pocos se atreven a convertirlos en realidad, a vivirlos plena e intensamente. Es cosa de locos, dicen los que no se han atrevido a luchar con todas sus fuerzas por hacerlos realidad, cosa de inmaduros idealistas iluminados… Si el hombre no hubiera perseguido sus sueños, si no hubiera creado utopía, seguiría anclado en la edad de piedra. Estamos hechos de nuestros sueños, renunciar a ellos, renunciar a intentar vivirlos, es renunciar a ser nosotros mismos. Carlos Rico era un soñador sin remedio. Artista, director teatral y de cine, director de arte y dramaturgo, humanista y alma inquieta donde las hubiere, tenía un sueño al que jamás quiso renunciar, ni renunció: crear un espacio interdisciplinar de vanguardia donde sensibilidad, arte y emoción tuviesen un lugar donde vivir, un lugar donde se pudiese crear en libertad, donde cualquier artista pudiese expresarse y ser comprendido, reconocido y respetado por todas esas personas que siempre han deseado poder disfrutar de un espacio tan ilimitado como sus sueños. Y ese sueño se hizo realidad. Se llama GARAJE LUMIÈRE. Es un espacio libre abierto al arte que ya lleva diez meses funcionando en el barrio de Delicias, en el 12 de la calle Ciudad Real, en pleno centro de Madrid. Carlos no pudo llegar a ver su sueño convertido en realidad. Murió con treinta y ocho años, pocos meses antes de su inauguración. Sus fieles compañeros de viaje y de sueños, a los que se unió su hermana, cineasta y profesora de interpretación, siguieron recorriendo el camino que habían elegido con él.

Fascinados con la variedad de locales dedicados al arte que encontraban en ciudades como Nueva York, Berlín, Lisboa o Buenos Aires, Carlos, junto a Miguel Quero y Celia de Molina, decidieron crear un espacio interdisciplinar del siglo XXI, ese siglo donde las fronteras tradicionales que separaban las diferentes expresiones artísticas se diluyen cada día más. Fueron muchas las horas, las semanas y los meses que estuvieron pensando hasta el más mínimo detalle del espacio que querían. Allí tendrían que converger cine, teatro, escultura, pintura, poesía, música… y hacerlo no solo sin perjudicarse unos a otros, sino al contrario, ayudándose entre sí. Por ello la caja escénica de su sala, a diferencia del negro que siempre acostumbramos a ver, está totalmente pintada de blanco. Es el lugar idóneo de encuentro de las artes audiovisuales y las artes escénicas. En ese escenario podemos ver cine, teatro, recitales, conciertos… y las interactuaciones del teatro con el audiovisual y del audiovisual con el teatro. El público, que puede llegar a cerca de cien personas, se sienta en unas grandas blancas móviles, de forma que para cada espectáculo se puede cambiar el escenario de lugar, la disposición del público e incluso se puede mover al público en su grada durante el mismo espectáculo. Las posibilidades creativas que ofrece la sala son impresionantes. Esa sala, no podía ser de otra manera, fue bautizada con el nombre que se merece: Carlos Rico.

Y si la sala presenta todas esas ventajas, el espacio que la antecede, el hall, no se queda atrás. Acertadamente bautizado con el nombre de Annie Hall, en él conviven la sala de exposiciones, una sala chill-out, el bar (cuya barra también es movible, como las gradas del público, para dar mayor versatilidad al espacio), y un pequeño porche para fumadores. Además, el GARAJE LUMIÈRE cuenta con sala de maquillaje, camerinos y un espacio acristalado en un altillo que puede usarse como oficina, como aula o integrarlo directamente en la escenografía de la sala para aquellas representaciones que lo requieran.

Para el espectáculo que tuve la oportunidad de ver, las gradas estaban dispuestas frente al escenario y tanto la luz como la acústica eran perfectas. Se trataba de una obra escrita y dirigida por Miguel Ángel Carcano, “Teoría y práctica de los principios mecánicos del sexo”, con Elena Corredera, Juan Martin Gravina, Vito Sanz y Marta Larralde dando vida a dos parejas de treintañeros que, como los personajes de Chéjov, no son lo que dicen… sino lo que callan. Amor, pasión, sexo, amistad y fidelidad son conceptos que no siempre tienen clara dónde está la frontera que les separa. En un delicioso tono de comedia nos plantean una reflexión sobre lo que es el sexo y cómo convivir con él. Su propuesta es clara: La teoría del sexo es lo que hacemos, su práctica lo que somos. Como diría mi adorado Bruce Springsteen, esta es una obra que habla de hombres, mujeres, amor, sexo… muy difícil, muy complicado, pero… ¡necesario!. Un montaje sin duda recomendable, con un buen texto, una espléndida dirección y un reparto de actores que lo borda, con una Marta Larralde que, sencillamente, enamora demostrándonos que es capaz de ser la mala malísima de Gran Hotel y también la más divertida, adorable y sensible de las criaturas que pueblan nuestro mundo escénico.

En el GARAJE LUMIÈRE conviven ofertas teatrales tremendamente atractivas, con proyecciones de cortometrajes, cine forum, cabaret, conciertos, presentaciones, eventos, batallas de dj´s, ruedas de prensa, fiestas privadas, recitales de poesía, exposiciones, demostraciones de breakdance, etc. etc. etc. Y además de su oferta de espectáculos, es un espacio dedicado también a la formación del actor, con diversos talleres sobre interpretación, escritura de guión y creación de personaje, impartidos por Carmen Rico desarrollados con una metodología propia creada desde la experiencia de Carmen y desde las notas que dejó escritas Carlos sobre su faceta como formador de actores.

La génesis de un sueño no es sencilla, y su parto, como todos los partos, siempre está lleno de poesía. Si no, aquí tenéis cómo ellos mismos cuentan lo que fue el nacimiento del Garaje Lumière: Ana Berlín y Pedro Lisboa tuvieron un hijo; un caballo. Los médicos le llamaron Hipócrifo. Avergonzados y víctimas de la frustración, la desdicha y tamaña blasfemia hecha ser, deciden sacrificarlo la misma noche de su nacimiento, enterrando su cuerpo frío de neonato, en el Cementerio de los Idiotas. Hipócrifo, no murió, permaneció en estado de hibernación durante años hasta que tenemos datos de él en el Orfanato de Monstruos, Artistas y otras Especies. Su infancia transcurre en salas de incomunicación y patios vallados. GARAJE LUMIÈRE se hace eco de la historia de Hipócrifo, el niño hermafrodita caballo a través de Alba Castillo, una actriz porteña, que gestiona y acelera la adopción del menor. Ya en Madrid, Hipócrifo, tras años en silencio, exclamó al pisar GARAJE LUMIÈRE: ”Daré a luz otra forma. Quiero quemar Madrid, destrozarla, aniquilarla y crear Horsépolis, la ciudad de los hombres y mujeres caballo…”

Da gusto ver que en tiempos de crisis como los que corren, en tiempos de recortes y dificultades, de cierre de empresas y de desempleo, el empuje de unos jóvenes soñadores puede abrirse paso y demostrar que la ilusión y el amor todo lo pueden. Puede que en estos tiempos no haya trabajo, pero tenemos nuestros sueños, esos que nada ni nadie nos podrá quitar, y solo de nosotros depende que lleguen a vivir. GARAJE LUMIÈRE es una lección, una verdadera lección de amor. ¡Brindo por el GARAJE LUMIÈRE y por quienes lo han hecho posible! Carlos, dondequiera que estés, alzo la copa por ti. Gracias por habernos acercado a todos un paso más a la utopía.

 

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Steve McQueen, porque la vida es más, mucho más, que una huida

15 enero, 2012

Nadie como él ha sabido proyectar la imagen del solitario, del castigado por la vida, del hombre duro y tierno, y, por encima de todo, del hombre libre e independiente. Esa imagen le valió el apodo de The King of cool. Vivió la vida devorando cada instante, disfrutando de cada momento como si fuese el último. Tuvo dos grandes pasiones: las mujeres y la velocidad. Todos le recordamos por sus papeles en películas como “Los siete magníficos”, “El Yang-tse en llamas”, “La gran evasión”, “Bullit”, “El rey del juego”, “El caso de Thomas Crown”, “El coloso en llamas” o “La huida”. Él hizo que su vida fuese más, mucho más, que una huida. Su cuerpo murió a los 51 años. El no lo hará jamás. Se llamaba Steve McQueen.

Si quieres “The windmills of your mind”, de Noel Harrison, tema principal de la B.S.O.de la película “El Caso de Thomas Crown” protagonizada por él puede ser una buena compañera para este viaje.

Nació en Beech Grove, Indiana, en 1930. Nunca conoció a su padre. Le había abandonado poco antes de nacer. Se educó con un tío en Missouri hasta que, harto de su carácter rebelde, le envió a vivir con su madre a Los Ángeles. Tenía doce años. A los catorce su madre le internó en un reformatorio del que poco después se escapó. Vagabundeó sin destino y sin un duro trabajando como marinero, estibador, leñador o camarero hasta que, con diecisiete años, se alistó en los Marines, donde permaneció tres años. Tras dos años sobreviviendo con cualquier trabajo que le caía entre manos, a los 22 decide dar un cambio radical a su vida. Es entonces cuando toma la decisión de ser actor y se presenta a las pruebas del Actor´s Studio de Nueva York. Aquel año se presentaron más de dos mil solicitudes para entrar. Solo entraron dos: Martin Landau y Steve McQueen.

En 1953 trabaja como extra esporádicamente en alguna película. De aquellos años él siempre recordó que lo de actuar no le satisfacía demasiado (siempre admitió que su mayor interés por ser actor era la posibilidad que aquella profesión le ofrecía de ligar) y que actuando se sentía realmente incómodo. Más tarde modificó su manera de ver su trabajo interpretativo llegando a decir que nunca llegaría a ser todo lo buen actor que le hubiera gustado ser, pero que, aún así, llegaría a ser bueno. En 1955 consiguió el que fue su primer y único papel en el teatro, en Broadway. Sustituyó a un joven Ben Gazzara en la obra “Hatful of rain”. A partir del año siguiente empieza a realizar papeles capitulares en series de televisión y pequeños papeles de reparto en alguna película, como en “Marcado por el odio”, protagonizada por Paul Newman, con el que coincidiría protagonizando casi veinte años después “El coloso en llamas”. Entre 1958 y 1960 empieza a hacerse conocido gracias a su papel en la serie televisiva “Wanted: Dead or Alive”, lo que facilita que, en 1960, consiga uno de los papeles que impulsaron definitivamente su carrera cinematográfica en la película “Los siete magníficos”.

McQueen tenía una presencia ante la cámara que lo acaparaba todo. La cámara le amaba como ha amado a muy pocos. A pesar de eso, durante el rodaje de “Los siete magníficos”, estaba harto del trato preferente que le daban a Yul Brynner, el calvo ese, como le llamaba McQueen, que siempre tenía el caballo más alto, la pistola más grande y todos los primeros planos. Por eso, a pesar de su poderosa presencia escénica, McQueen se dedicó a “robarle” todas las escenas que pudo, arte en el que llegó a ser un consumado maestro. Un clásico del robo de escenas es uno de los planos iniciales de la película en el que va junto a Brynner en una carreta. Brynner lleva las riendas de la carreta y a su lado, en el lado más alejado de la cámara, va McQueen. Cualquier otro actor habría pasado totalmente desapercibido tras la imponente calva de Brynner en primer término encendiéndose un puro. Pero no Steve McQueen que durante la escena, en la que simplemente tenía que cargar su escopeta, se dedicó a hacer extraños movimientos con los cartuchos, como si escuchara lo que tenían en su interior o estuviera comprobando vete a saber tú qué, atrayendo inevitablemente la atención del espectador.

La década de los sesenta le consolidó definitivamente como una estrella de cine. Su papel en “La gran evasión”, en 1963, es el que le colocó en lo más alto de la profesión. Su pasión por los coches y las motos (tomó parte en muchas competiciones y estuvo a punto de abandonar su carrera como actor para ser piloto de carreras), le impulsaba a rodar personalmente todas las secuencias de acción y de persecuciones en las que intervenía. Nunca se dejó doblar a bordo de un coche o de una moto. La escena de “La gran evasión” en la que intenta escapar con una moto de los soldados alemanes por unos prados llenos de altas alambradas que salta con la moto, se ha convertido en un clásico de las escenas de acción. La rodó conduciendo él la moto. Para él, los especialistas, sencillamente, no existían. Otra de las secuencias de persecuciones más famosas de la historia del cine es la de la película “Bullit”, en la que McQueen en persona conduce un Ford Mustang a toda velocidad por las calles de San Francisco. Para él la competición lo era todo: “ No sé si soy un actor que pilota, o un piloto que actúa. Pilotar es mi vida. Cualquier cosa anterior o posterior no es más que una espera”.

En 1972, rodando “La huida”, conoce a Ali MacGraw, de la que se enamora locamente. Se divorcia de la que había sido su mujer durante dieciséis años para casarse con ella. En 1974, tras rodar “El coloso en llamas” junto a Paul Newman, se retira del cine. En 1978 se divorcia de Ali MacGraw y vuelve a ponerse frente a la cámara. Es en aquellos años cuando se siente más atraído por la dirección cinematográfica, algo que jamás llegó a hacer ya que murió dos años después, en 1980, rodando una película cerca de Ciudad Juárez, en Méjico, adonde había ido para que, como última esperanza, un curandero del que le habían hablado intentase curarle del cáncer de pulmón que acabó por matarle. Pocos meses antes se había casado con la que fue su última mujer.

Pocos actores tan carismáticos como McQueen podemos encontrar en la historia del cine. Hiciese el papel que hiciese, rodase la secuencia que rodase, siempre conseguía que el espectador se sintiese identificado con él. Era un tipo duro, sí, pero humano, muy humano. Como él mismo decía “ no sé qué tienen mis ojos de perro apaleado que hacen que la gente crea que soy bueno”. No sé si fue gracias a sus ojos o no, pero lo cierto es que fue uno de los mejores. En los últimos años de su vida desarrolló su vertiente más espiritual y mística, y más de una vez manifestó también su intención de cambiar definitivamente la interpretación por la dirección. El tipo sensible y solitario que vivía en su interior le ganaba día a día la partida al duro e independiente que aparentaba ser.  La muerte, esa muerte con la que él tantas veces había jugado a lo largo de su vida, no quiso darle esta vez una nueva oportunidad.

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Salvador Puig Antich, anatomía de un asesinato “legal”

8 enero, 2012

Le tocó vivir en una dictadura fascista que, tras más de treinta años, seguía siendo tan sanguinaria y se encontraba tan fuerte como cuando ganó la guerra civil que provocó para acabar con el gobierno legítimo de la República. En aquella época, finales de los sesenta, los jóvenes de medio mundo salían a las calles porque querían cambiar un mundo injusto. La guerra del Vietnam, la revolución cubana y Mayo del 68, marcaron para siempre a aquella generación de idealistas románticos capaces de dar hasta la vida por los demás. Era un tiempo en el que no tomar partido, no luchar contra la dictadura, te convertía en cómplice pasivo de sus atrocidades. Él no lo dudó ni un instante y abrazó la causa que creía más justa: no solo acabar con la dictadura, sino con el sistema capitalista y ayudar a que los trabajadores tomasen el poder en una democracia de base que nada tenía que ver con las rígidas estructuras de sindicatos y partidos. Las posiciones anarquistas eran las que más se acercaban al ideal del mundo por el que quiso luchar. Empuñó las armas, pero no para cometer atentados terroristas o echarse al monte como habían hecho los maquis, sino para atracar bancos para conseguir el dinero necesario para editar publicaciones clandestinas de textos prohibidos por la dictadura que abriesen los ojos de la gente y para financiar la lucha del movimiento obrero apoyando huelgas y acciones directas. Se llamaba Salvador. Salvador Puig Antich. Le asesinaron cuando tenía 25 años.

Hijo de una familia trabajadora de clase media, era el tercero de seis hermanos. Su padre había sufrido el exilio y había sido condenado a muerte por la dictadura y finalmente indultado cuando regresó a España. Estudió en un colegio de curas, La Salle Bonanova de Barcelona, hasta que le expulsaron cuando era un adolescente. De allí pasó a un internado en Mataró y acabó el bachillerato en el Instituto Maragall, compaginando sus estudios con el trabajo. En el Instituto conoció a Xavier Garriga y a Oriol e Ignacio Solé Sugranyes, con quienes poco después crearía el MIL (Movimiento Ibérico de Liberación), desde el que organizaron y ejecutaron la mayoría de sus atracos a bancos. Su época universitaria estudiando Ciencias Económicas coincide con la de su mayor implicación en el MIL. Los trabajadores huelguistas se mostraban reacios a recibir el dinero que les ofrecía el MIL porque tenían miedo de que pudieran considerarles cómplices de aquellas acciones armadas. Entre 1972 y principios de 1973 es cuando el MIL se muestra más activo. Las rudimentarias medidas de seguridad de los bancos y el desconcierto inicial de la policía ante aquellas acciones, propician el éxito de sus golpes. Sin embargo, el 2 de marzo de 1973, en un atraco realizado por Puig Antich junto a Jordi Solé Sugranyes, Jean Marc Rouillat y José Luis Pons Llobet, se produce un tiroteo en el que el cajero del banco es gravemente herido. La policía se toma en serio al grupo y crea un equipo específico para perseguirles.

A partir de ese momento las cosas se complican, se producen discrepancias internas y la mayor parte de los miembros del MIL proponen su autodisolución. Puig Antich y otros compañeros deciden seguir luchando. El 15 de septiembre de aquel año atracan el que sería su último banco. Oriol Solé y José Luis Pons Llobet son detenidos. Poco después caen también la novia de Pons Llobet y Santi Soler que, torturado, confiesa que al día siguiente tiene una cita con Xavier Garriga, otro de los miembros del MIL. La policía utiliza a Soler para tender una emboscada a Garriga que, inesperadamente, acude acompañado de Puig Antich a la cita. Garriga iba desarmado y no opuso resistencia. Puig Antich se resistió al arresto y fue golpeado en la cabeza por los policías que le quitaron una pistola cargada y sin montar. Él siguió resistiéndose y los cinco policías le metieron junto a Garriga en un portal, el número 70 de la Calle Girona. En el forcejeo Puig Antich sacó un arma que llevaba en su espalda. Se escuchó un disparo que Garriga aprovechó para escapar. Dos de los policías le siguieron por la calle y varios transeúntes ayudaron a su detención. Estando en el suelo escucha varios disparos que vienen de dentro del portal. En el tiroteo muere uno de los policías, Francisco Anguas Barragán, de 23 años y cae gravemente herido Puig Antich, con una bala en la mandíbula y otra en el hombro. En comisaría obligan a Garriga a firmar una declaración diciendo que ha sido testigo de que Puig Antich ha matado al policía.

Los cuerpos del policía muerto y de Puig Antich son trasladados al Hospital Clinic, donde el doctor Barjau comprueba que el cadáver del policía está cosido a balazos ya que tiene cinco entradas de bala. La autopsia, en contra del procedimiento habitual, se realiza en una comisaría y no en el hospital, sin presencia de testigos. El cadáver fue inmediatamente embalsamado y enviado a Andalucía para su entierro imposibilitando la realización de pruebas posteriores. El informe oficial dice que el cuerpo presentaba tres orificios de bala que causaron la muerte al agente Anguas Barragán. Tiene un añadido a máquina hecho por los forenses en el que se hace constar que los tres orificios de bala son del mismo calibre, algo imposible de determinar porque las pistolas de los policías nunca fueron puestas a disposición judicial, por lo que nunca se pudieron realizar pruebas de balística. Los casquillos de las balas usadas en el tiroteo y las balas extraídas de los cuerpos de Anguas y de Puig Antich desaparecieron y nunca se presentaron al Juez. El informe de la detención especifica que de la pistola de Puig Antich salieron 4 balas y que una de ellas estaba incrustada en la pared. El Consejo de Guerra que juzgó y condenó a muerte a Puig Antich desestimó hacer la prueba de balística y no admitió ni uno solo de los testimonios ni pruebas que pedía la defensa de Puig Antich, ni siquiera la declaración del doctor Barjau, que había reconocido el cadáver del policía con los cinco orificios de entrada de bala en el Hospital, o la del propio Garriga, testigo directo de la detención, aunque sí se utilizó su declaración obtenida mediante tortura acusando a Puig Antich de haber disparado contra el policía. En el Consejo de Guerra, Puig Antich declaró que, tras haber sido golpeado en la cabeza y muy aturdido, sacó una pistola que llevaba a su espada y que hizo “uno o dos disparos sin apuntar y sin intención de herir a nadie, mientras estaba cayendo hacia atrás”. Bocigas y Fernández Santorum, los dos policías que junto a su compañero fallecido le arrestaron, reconocieron haberle pegado en la cabeza. Bocigas acusó a Puig Antich de haber disparado sobre Anguas Barragán. Según sus testimonios, Puig Antich disparó mientras caía de espaldas sobre Bocigas, que trataba de reducirle agarrándole por los hombros, sin soltar la pistola. Fernández Santorum declaró haber hecho dos disparos contra Puig Antich cuando Anguas ya había caído al suelo. El Consejo de Guerra fue una farsa criminal que condenó a muerte a Puig Antich sin siquiera juzgarle. Se celebró en un solo día, el 8 de enero de 1974. Si de la pistola de Puig Antich, según la propia policía, salieron 4 balas y una estaba incrustada en la pared, solo tres de sus balas podían estar en el cadáver del policía. Las otras dos que el doctor Barjau afirmó (y no le dejaron declarar en el Consejo de Guerra) haber visto en el cuerpo del policía muerto, solo podían provenir de las pistolas de los propios policías. ¿cuál de las cinco balas mató a Francisco Anguas Barragán? ¿Alguna de las de Puig Antich? ¿Alguna de las de los policías?. Nunca llegaremos a saber lo que realmente pasó dentro de aquel portal durante el forcejeo que se produjo. Aquel Consejo de Guerra se encargó de que no pudiésemos saberlo.

El 11 de febrero el Consejo Supremo de Justicia Militar ratificaba la sentencia que condenaba a Puig Antich a pena de muerte. Dieciocho días antes del juicio, el 20 de diciembre de 1973, se había producido el atentado de ETA contra Carrero Blanco. El régimen necesitaba una demostración de mano dura. Poco importaba que Puig Antich nada tuviera que ver con la muerte de Carrero, ni si era o no culpable de la del policía Anguas Barragán. El Gobierno presidido por Carlos Arias Navarro, en el que estaban como ministros Pío Cabanillas, Rodolfo Sanchez Villa y Manuel Fraga Iribarne entre otros, firmó el “enterado” el 1 de marzo (procedimiento obligatorio en los casos de pena de muerte según la legislación entonces vigente). A partir de ese momento ya solo Franco tenía la potestad de detener la ejecución. Por desgracia solo los partidos minoritarios de extrema izquierda, algunas organizaciones pro derechos humanos como el CISE presidido por Marcos Ana, el Vaticano y algunos mandatarios extranjeros como el Canciller alemán Willy Brandt y pocos más, se movilizaron pidiendo clemencia. El padre de Puig Antich envió un telegrama pidiendo piedad a Franco. Nunca recibió respuesta. La mayor parte de la izquierda española, entonces en la clandestinidad, y del centro y la derecha moderada, no movieron un dedo por salvar a Puig Antich, al que consideraban un exaltado revolucionario soñador y utópico. A las nueve y veinte de la mañana del día siguiente, dos de marzo de 1974, Salvador Puig Antich fue legalmente asesinado en el almacén de papelería de la prisión Modelo de Barcelona. Fue el último ejecutado en España mediante el garrote vil, un instrumento de tortura que, tras atar al reo a una silla con las manos esposadas en la espalda, le pone un collar metálico que le rodea el cuello que es apretado manualmente por el verdugo mediante una manivela hasta estrangularle y partirle el cuello.

Una vez ya muerto Puig Antich sí se movilizaron las conciencias “bienpensantes” y se organizaron protestas masivas contra su ejecución. Pero ya era tarde. Un dictador sanguinario y el silencio cobarde de los que luego pomposamente se han llamado a sí mismos “defensores de la libertad” y “demócratas de toda la vida”,  le asesinaron. Puede que una movilización multitudinaria no hubiera podido salvarle, eso no lo sabemos ni lo sabremos nunca, pero lo que sí es cierto es que quienes después han llevado a cabo la “modélica” Transición democrática en España no salieron masivamente a las calles intentando impedir este atroz asesinato legalizado. Estaban más preocupados intentando establecer puentes de diálogo con quienes, muerto Carrero Blanco, podrían negociar la salida de la dictadura, que en salvar la vida de aquel alocado joven anarquista que había pretendido cambiar el mundo y que, de no haber sido asesinado, podría haberles creado más de un quebradero de cabeza al poner en evidencia el vacío de sus discursos y sus peroratas.

Las hermanas de Salvador Puig Antich llevan treinta y ocho años pidiendo que se reabra el caso y se haga justicia con su hermano. Saben que ya no pueden devolverle la vida, pero sí el respeto y la dignidad que merece un joven de 25 años que dio su vida por intentar hacer de este mundo un mundo mejor. En 1994 la justicia militar española denegó la reapertura del caso alegando que era necesario aportar nuevas pruebas para poder hacerlo. En 2005 las hermanas reunieron cinco nuevas pruebas que podrían permitir que, por fin, se conociese la verdad de lo que ocurrió y se hiciese justicia: los testimonios del doctor Barjau y de otro médico que también vio el cadáver del policía, el doctor Latorre; el de Xavier Garriga; el informe forense; la prueba de balística y una prueba infográfica que permitía reconstruir la trayectoria de las balas que se dispararon durante el tiroteo. La Sala V del Tribunal Militar, por tres votos en contra y dos a favor, desestimo la reapertura del caso.

La película “Salvador”, de Manuel Huerga, y las constantes e incansables intervenciones públicas de sus hermanas contando esta historia en institutos, universidades y en todos los foros donde se lo piden, es lo que permite que Salvador Puig Antich no sea hoy asesinado de nuevo al condenar su nombre y su vida al olvido. Hoy, cuando no pueden evitar dejar caer sus lágrimas al ser aplaudidas por los chavales de los institutos donde han contado su historia, se sienten orgullosas porque saben que esos aplausos son para ellas, pero sobre todo son para Salvador, su hermano, un joven que jamás debió morir.

Quiero que despida esta entrada la canción que el cantante Joan Isaac compuso en 1976 a Margalida, la que fue amor de Puig Antich, una canción que nos ha acompañado siempre a los que vivimos y no pudimos evitar el asesinato de Salvador Puig Antich. Su letra es un himno a su memoria:

Te fuiste no sé dónde
ni las cumbres ni las aves
saben ya de tus pasos
volaste sin decir nada
dejándonos nada más
el canto de tu risa.

No sé dónde estás Margarita

mas si este canto te llega
tómalo como un beso
grita el nombre de tu amante:
bandera negra en el corazón.

Puede ser que no sepas
que su cuerpo a menudo
nos crece en las venas
al leer su gesto
escrito en las paredes
que lloran la historia.
Y con esta canción
renazca su grito
por campos, mares y bosques
y que sea su nombre,
como la sombra fiel
que es nuestra a todas horas.

No sé dónde estás Margarita
mas si este canto te llega
tómalo como un beso
grita el nombre de tu amante:
bandera negra en el corazón.

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Marcos Ana, cuando hasta el dolor es poesía…

1 enero, 2012

Defendió al gobierno legítimo de la República y por ello fue detenido y condenado dos veces a muerte en 1939. Tenía 19 años. Le conmutaron la pena por una condena de 60 años. En la cárcel sobrevivió gracias a la firmeza de sus ideales, la grandeza de su espíritu y el ejemplo solidario de sus compañeros. Allí empezó a escribir poesía. Sacó clandestinamente sus poemas que, como mensajes en una botella de un náufrago, recorrieron el mundo y fueron leídos allí donde había alguien luchando por la libertad. Tras veintitrés años de cárcel le indultaron y salió a la calle. En prisión fue sometido a todo tipo de torturas y, aunque recuerda el nombre de sus torturadores, siempre se ha negado a darlos porque “tendrán hijos, nietos y, a tanta distancia, no quiero empeñar el recuerdo que tengan de sus padres o sus abuelos, pasándoles la carga moral de una culpa que ellos no cometieron”. Su nombre es Fernando Macarro Castillo, pero todos le conocen por el seudónimo con el que escribe: MARCOS ANA, nombre que escogió por ser el de su padre, asesinado durante la guerra, y el de su madre, muerta de dolor y tristeza frente a los muros de la prisión de Burgos mientras esperaba para ver a su hijo.

AUTOBIOGRAFÍA

“Mi pecado es terrible:
quise llenar de estrellas
el corazón del hombre.
Por eso, aquí, entre rejas,
en veintidós inviernos
perdí mis primaveras.
Preso desde mi infancia
y a muerte mi condena
mis ojos van secando
su luz contra las piedras.
Mas no hay sombra de arcángel
vengador en mis venas.
España es sólo el grito
de mi dolor que sueña.”

Su vida en la cárcel fue terrible y despiadada. Como él dice, sólo quien ha estado condenado a muerte puede entender lo que es la soledad de la noche. Y él lo estuvo dos veces, y tuvo que despedir a decenas de camaradas a los que fusilaron en el frío de la madrugada: “En aquellos primeros años cada noche “sacaban” a un grupo de condenados para ser fusilados en el cementerio del Este. Un día y otro, menos el domingo. Los domingos los verdugos iban a rezar… En situaciones extremas funcionan mecanismos éticos y esenciales de defensa que te fortalecen y te permiten poner a prueba la solidez de tus ideas. Yo he comprobado que hay en nuestro interior una fuerza sumergida, alimentada de convicciones, que “si la llamamos” emerge en las situaciones extremas. Los límites del miedo están en la dignidad y la conciencia de cada uno…

“En el penal de Ocaña conocí lo más duro para un condenado a muerte: la soledad. Me llevaron a una pequeña celda, de unos dos metros de largo y tan estrecha que con los brazos en cruz tocaba las paredes. Una puerta de hierro, un retrete en un rincón, un colchón de esparto y un pequeño y alto tragaluz enrejado iban a formar mi nuevo universo… Nos dejaban salir al patio dos veces al día, una hora por la mañana y otra por la tarde. Lo más triste era el atardecer, cuando nos encerraban de nuevo en las celdas individuales y nos despedíamos unos de otros sin saber si aquél sería el último abrazo. Nadie dormía hasta que oíamos el toque de silencio, que no tenía el mismo significado para todos. A los condenados a muerte nos traía la noticia estremecedora de la “saca”. Con el corneta teníamos convenida una fórmula para saber si iba o no a visitarnos a muerte aquella madrugada. Si el corneta alargaba el final del toque de silencio y lo dejaba morir lentamente sabíamos que un grupo de nosotros vivía su última noche. Si, por el contrario, el toque elevaba con fuerza su final podíamos dormir tranquilos porque nuestra vida se prolongaba por lo menos durante 24 horas… En una ocasión llegó al penal de Ocaña una nueva remesa de condenados a muerte. Tuvieron que repartirlos en celdas ya ocupadas por otros condenados. La mía la tuve que compartir con tres compañeros, un maestro, un alcalde y un dirigente campesino. Tuvimos que acoplarnos y repartirnos el espacio. Las noches que había “saca” no dormíamos. Nos quedábamos en silencio, mirándonos intensamente, adivinando si alguno de nosotros sería el señalado para morir aquella madrugada. En el espacio de un mes, aquellos tres compañeros, en noches diferentes y uno a uno, fueron “sacados” y asesinados…”

MARCOS ANA dice que la cárcel fue su universidad porque allí lo aprendió todo. Entrar con 19 años en la cárcel, siendo casi un niño, y salir pasados los cuarenta, no es algo que pueda vivirse si no se tiene una enorme fuerza interior y una visión de la vida totalmente generosa y altruista. Recién salido de la cárcel, una de sus pasiones era pasear por las calles viendo pasar la vida. Todo era nuevo para él, absolutamente desconocido. Un día, paseando por el centro de Madrid, se encontró con quien, antes de su ingreso en prisión, había sido su jefe, un hombre rico y acostumbrado a la “buena” vida y a la juerga. Le llevó a unos cuantos cabarets de la época y, viendo cómo MARCOS ANA miraba a las mujeres, se despidió no sin antes presentarle a una joven muy atractiva a la que le había dado mil pesetas para que se acostara con él. La joven en cuestión, tratándole como a un cliente más, le invitó a subir a su cuarto. MARCOS ANA, virgen y totalmente inexperto en la relación con mujeres, se sintió muy cohibido y le pidió que siguieran hablando un rato. Ella pensó que él estaba bebido porque no podía entender aquella negativa, y le devolvió las mil pesetas. MARCOS ANA le dijo que no, que no estaba bebido y que quería estar con ella, pero que acababa de salir de la cárcel y que nunca había estado con una mujer. Isabel, así se llamaba ella, sintió una gran ternura por aquel hombre/niño que tenía frente a ella, decidió no trabajar aquella noche, y le invitó a cenar en uno de los restaurantes más lujosos de Madrid. Allí, mientras él le contaba su vida en la cárcel, ella lloraba emocionada cogiéndole las manos. Tras la cena, le invitó a que le acompañara a la habitación del hotel donde ella vivía. Aquella noche él descubrió el amor. A la mañana siguiente, ella le despertó con una taza de chocolate y unos churros que había bajado a comprar a la calle. Se despidieron. Él la abrazó con todas sus fuerzas, porque sabía que nunca más la volvería a ver. Al llegar a su casa encontró un papel en el bolsillo de su chaqueta con las mil pesetas. El papel decía: “Para que vuelvas esta noche”. Emocionado ante aquella nueva perspectiva, deambuló por las calles esperando a que llegase la noche. Conforme pasaba el tiempo, sin embargo, se dio cuenta de que volver sería tratar a aquella mujer como a una prostituta, lo que para él no había sido. No quería romper el encanto de aquella noche. Prefería mantener aquel bello recuerdo para toda su vida, pero tampoco podía quedarse con las mil pesetas que le había devuelto y que en realidad eran de ella, porque se las había ganado. Al pasar frente a una floristería, compró mil pesetas de flores. Las llevó al hotel donde vivía ella y las dejó en recepción con una simple tarjeta en la que decía: “Para Isabel, mi primer amor”

 

Escribir en la cárcel no era fácil: “Fue en una celda de castigo donde inicié una creación adolescente y temblorosa. Los amigos me pasaron lecturas, introduciendo en mi petate unas hojas sueltas con poemas de Alberti, Neruda, Machado… Los leía y los releía mil veces. Me los aprendí de memoria. Y, en aquel clima, comencé a escribir, a construir memorizando, dejándome llevar por una cadencia musical que subía de mí mismo. Cuando salí al patio general puse sobre papel los poemas que había memorizado en la celda y se los mostré a algunos amigos que me animaron a seguir escribiendo y a sacar mis poemas al exterior. Así lo fui haciendo, sin confianza en mí mismo, como el náufrago que lanza una botella al mar de la esperanza. Y un día, en un paquete clandestino que recibimos, venía, entre otras cosas, un pequeño librito que me emocionó hasta dejarme sin palabras. En la portada un dibujo color sepia, “El prisionero y la paloma”, de Pablo Picasso. Al pie del dibujo un título: Poemas desde la cárcel, y debajo el nombre del autor: Marcos Ana… Y así comenzaron a salir mis poemas de la prisión, los eché a andar por el mundo, a veces sin destino fijo y los fueron publicando y extendiendo, principalmente las Asociaciones de Ayuda a España y los Comités de Solidaridad con los Presos Políticos…

“Así escribía, mis manos doradas por la luna, el oído atento, arropado por una manta, proyectando sobre la pared una extraña sombra, mientras por el tragaluz de mi celda, la Noche me acechaba como un animal oscuro.

“Solía despertarme muy temprano, antes del toque de diana, y trabajaba mis versos en la fría soledad de las madrugadas, hasta que despuntaba el día. Después, cuando amanecían los ojos y las llaves, me escondía la voz en un zapato y mientras paseaba en el patio de la cárcel, por caminos circulares que no conducían a ninguna parte, iba memorizando los poemas, dándoles forma y armonía.

“Eran y son poemas sencillos, mensajeros de la dignidad, que no pretendían alcanzar el cielo de los elegidos, sino llevar calor humano y esperanza de libertad a los que sufrían cautiverio y llamar a las puertas del mundo para despertar a los que dormitaban, ajenos a nuestro drama personal y a la tragedia colectiva de España.”

 

 

Y si escribir era algo clandestino y peligroso, sacar los poemas de la cárcel todavía  lo era mucho más. Había que agudizar el ingenio y la generosidad para poder hacerlo: “Excepcionalmente yo recurría a un procedimiento curioso. Conocía a los compañeros que en unos días o semanas iban a salir en libertad, elegía al más idóneo y le hacía aprenderse un poema de memoria, para que una vez libre lo escribiera y enviara a una dirección convenida…”

DE RÍO A RÍO

“Arlanzón(*), díselo al Sena.

Dile que en la Noche escuchas

mi soledad, mis cadenas.

Háblale de mis hermanos,

vivos en tumbas de piedra.

Dile que escriba en los puentes

de su libertad mi pena.

Que su corazón me lleve.

Que su corriente me extienda.

Que en cada hoja del agua

el pueblo francés me lea.

Arlanzón, díselo al Sena”

 

(*) Pequeño río que pasa junto al penal de Burgos

La poesía de MARCOS ANA es un grito de libertad, un canto de esperanza, que convierte el dolor en belleza, el desconsuelo en fortaleza y el silencio en solidaridad. “Mi creación poética no era una abstracción, se nutría de nuestras necesidades políticas y humanas, del dolor y la esperanza de mis hermanos y era una vía más para mover el corazón del mundo…”

MI CORAZÓN ES PATIO

                                        (A María Teresa León)

“La tierra no es redonda:

Es un patio cuadrado

donde los hombres giran

bajo un cielo de estaño.

Soñé que el mundo era

un redondo espectáculo

envuelto por el cielo,

con ciudades y campos

en paz, con trigo y besos,

con ríos, montes y anchos

mares donde navegan

corazones y barcos.

Pero el mundo es un patio.

Un patio donde giran

los hombres sin espacio.

A veces, cuando subo

a mi ventana, palpo

con mis ojos la vida

de luz que voy soñando.

Y entonces, digo: “El mundo

es algo más que el patio

y estas losas terribles

donde me voy gastando”.

Y oigo colinas libres,

voces entre los álamos,

las charla azul del río

que ciñe mi cadalso.

“Es la vida”, me dicen

los aromas, el canto

rojo de los jilgueros,

la música en el vaso

blanco y azul del día.

La risa de un muchacho…

Pero es soñar despierto:

Mi reja es el costado

de un sueño que da al campo.

Amanezco y ya todo

- fuera del sueño – es patio.

Un patio donde giran

los hombres sin espacio.

¡Hace ya tantos siglos

que nací emparedado,

que me olvidé del mundo,

de cómo canta el árbol,

de la pasión que enciende

el amor en los labios,

de si hay puertas sin llaves

y otras manos sin clavos!

Yo ya creo que todo

- fuera del sueño – es patio.

 Un patio bajo un cielo

de fosa, desgarrado,

que acuchillan y acotan

muros y pararrayos.

Ya ni el sueño me lleva

hacia mis libres años.

Ya todo, todo, todo

- hasta el sueño – es patio.

Un patio donde gira

mi corazón, clavado;

mi corazón, desnudo;

mi corazón, clamando;

mi corazón, que tiene

la forma gris de un patio.

Un patio donde giran

los hombres sin descanso”

 

A través de un amigo común este poema le llegó a Marcel Marceau, el maestro del silencio, que se quedó muy impresionado y prometió trabajar con él. Poco después el mimo presentó su nuevo trabajo “La celda”.

Durante los años de la cárcel, MARCOS ANA intentó crear grupos de teatro con los que difundir la cultura, mantener la moral de los presos y mostrar que había otras formas de vida que eran posibles. En la prisión de Burgos, en 1960,  con motivo del cincuentenario de su nacimiento, organizó el que, sin duda, ha sido el homenaje más hermoso que se ha hecho a Miguel Hernández.  Se representó en la primera galería. Constaba de tres actos (El rayo que no cesa, Vientos del pueblo y Cancionero y romancero de ausencias) y de un prólogo. Cinco narradores declamaron el texto que escribieron para el homenaje. Un pequeño coro acompañaba de fondo con flautas hechas con cañas de escoba. Por la noche, cuando cerraron la galería, montaron un escenario con sábanas y mantas. Cientos de presos sentados en el suelo siguieron y vivieron aquella representación.

Algunos años antes, cuando intentaron montar el grupo de teatro, eligieron como primer montaje un texto de Menédez Pidal que había sido previamente autorizado. El director de la prisión invitó al Gobernador Civil y demás autoridades para presumir de las actividades culturales que se hacían en su prisión. La obra, que comenzaba con el romance anónimo “El prisionero”, fue un éxito rotundo. El director y todas las autoridades felicitaron a los organizadores. Convencidos como estaban de que aquel era el primer paso de un largo camino que podrían ya recorrer, su sorpresa fue mayúscula cuando, dos días después, el director prohibió que se hiciesen más montajes porque “los comunistas podrían introducir claves y mensajes intencionados”. Al parecer el origen de aquel despropósito no fue otro que el comentario que el jefe de Falange de la zona le hizo al director de la prisión criticando que hubiese dos máscaras a los lados del escenario: una sonriente, la de la comedia, en la parte izquierda, y otra triste y seria, la del drama, en la derecha, en lo que él interpretó como un claro mensaje subversivo…

Ha pasado el tiempo y MARCOS ANA es un hombre que, a sus 91 años, sigue viviendo la vida con la coherencia, la generosidad y el compromiso con el que la ha vivido siempre. Hoy, no podía ser de otra manera, está con el 15-M. “Estoy con el espíritu del 15 de mayo, con la rebelión pacifica de esta juventud que ha dicho ¡BASTA! Y que exige DEMOCRACIA YA, frente a los grandes partidos que se disputan la alternancia en el poder a espaldas de los intereses reales de los ciudadanos. Estos días y estas noches estoy con los jóvenes, y soy feliz y estoy emocionado de ver la Puerta del Sol abarrotada de muchachos y muchachas con una madurez y un gran sentido político de las trasformaciones que necesita nuestra sociedad. “No votéis a los grandes partidos”, dicen, y tienen razón. Porque la ley electoral es injusta y favorece siempre a los mismos. Anoche volví a casa de madrugada y ahora, después de cenar, me iré de nuevo a la Puerta del Sol…”

La carta que Pablo Neruda, uno de sus fieles amigos, le escribió al salir de la cárcel refleja claramente lo que ha sido y es el mundo de MARCOS ANA:

“Quiero enviarte, Marcos Ana, algunas palabras, y qué poca cosa son, qué débiles las siento cuando se enfrentan a tu largo cautiverio. ¡Qué poca y qué pequeña luz para la sombra de España!

“Desde aquellos días en que perdimos – los pueblos y los poetas – la guerra, perdimos también todos gran parte de la poesía y muchos perdieron la vida o la libertad.

“Así se me murieron muchos poetas y sufrimos también nosotros tormento y muerte. Añadimos una cruz y otra cruz a la necrología de este tiempo y estas cruces las trazamos en nuestro propio pecho para que no pudieran olvidarse.

“Les reprochamos a todos el olvido que nosotros no aceptamos, nosotros los que continuamos heridos.

“Por eso cuando sales a respirar la pobre libertad española qué poco significarían estas palabras si no llevaran en ellas tu propia pasión, la misma lucha tuya y nuestra común esperanza.

“Tú eres el rostro que esperábamos, resurrecto, resplandeciente, como si en ti volvieran a vivir luchando los que cayeron.

“Te recibimos en la ardiente poesía militante que seguirá peleando porque no sólo tiene sílabas, sino sangre. Te abrazamos con infinita ternura y con la viva fraternidad de quienes siempre te esperaron”

MARCOS ANA dedicó su vida en libertad a luchar por la libertad de los que todavía quedaban en las cárceles y a impedir que el olvido asesine la memoria de los que fueron represaliados por el franquismo: “Yo creo que desde tu propio dolor es más fácil comprender el dolor de los otros. Todo en la vida es una enseñanza. Yo conocí, como tantos compañeros, la pérdida de la libertad, sufrí la tortura, viví al borde de la muerte, cometieron conmigo las más humillantes vejaciones. Podía haberme convertido en una bestia llena de odio. Pero, al contrario, mi experiencia personal me llevó a la conclusión de que nunca sería capaz de ejercer la violencia contra nadie. Precisamente porque la he sufrido. Pese a mi largo cautiverio, no salí marcado por el resentimiento y en todas mis actuaciones públicas y políticas, en mis poemas, en mi vida, el amor a la libertad aparece siempre ligado al amor a España y a la reconciliación de sus hijos, a la necesidad de acabar con las consecuencias extenuadotas de la guerra civil… La recuperación de la memoria histórica, no es para pedir cuentas a nadie por las responsabilidades personales contraídas en el pasado, sino para situar la Historia en su lugar, arrancar del olvido a nuestras víctimas y cancelar de una vez todos los procesos y condenas incoados por un régimen ilegal, impuesto por las armas frente a la legalidad republicana. Es decir, que se nos devuelva a los demócratas que luchamos por la libertad, y se haga de manera pública e institucional, el respeto y el reconocimiento que merecemos por nuestra lucha y sacrificio.” MARCOS ANA no admite que se equiparen, como quieren hacer muchos, los actos de barbarie de “los dos bandos” por tres razones de peso:

1)     La República era el gobierno democrático legalmente constituido al que Franco y el ejército golpista traicionaron dando un golpe de Estado que acabó en la sangrienta guerra civil.

2)     Los actos criminales producidos en la zona republicana lo fueron espontáneos, no organizados y fueron condenados y reprimidos por el gobierno de la República, mientras que los crímenes de Franco y sus tropas fueron sistemáticamente organizados desde la cúpula militar con el objetivo de sembrar el pánico entre la población civil.

3)     Los crímenes “republicanos” se produjeron en tiempo de guerra, los franquistas durante cuarenta años, hasta poco más de un mes antes de la muerte del dictador.

Frente al argumento de que no hay que abrir viejas heridas, lo que está claro es que mientras haya enterrados en nuestras cunetas y fosas comunes ciento cuarenta mil represaliados del franquismo a los que no se ha podido enterrar debidamente ni defender públicamente, esas heridas ni están ni podrán estar jamás cerradas, porque lo único que puede cerrarlas es que se haga justicia. No se trata pues de abrir viejas heridas ni de buscar absurdas revanchas y venganzas, sino de hacer justicia. Como bien dice MARCOS ANA, “hay que pasar página, sí, pero después de haberla leído.”

MARCOS ANA recuerda los caminos por los que la voz de los presos se hace oír, una voz que nadie puede callar porque es una voz libre y, por eso, invencible: “Cuando los condenados a muerte vivían su última noche eran bajados a “capilla”. Al condenado a morir se le registraba de arriba abajo, se le quitaba el papel, la pluma estilográfica y hasta la punta más pequeña de un lapicero. Teóricamente esos hombres, en sus últimas horas, no tenían ni un minuto libre de vigilancia. Sin embargo, unas horas después de que arrancasen los caminos de la muerte, circulaban entre nosotros unos papeles, a veces pequeñísimos, llenos de dolor y de orgullo: eran las “notas de capilla”

“Los presos, “aún vivos”, éramos obligados, por turno, a limpiar cada mañana los cuartos de capilla, donde habían pasado su última noche los condenados a morir. Algunos lo hacíamos voluntariamente, para leer y copiar los postreros mensajes de despedida que los camaradas habían escrito en las paredes u ocultado en el escondrijo más insospechado. Esos escondrijos, en realidad, los preparábamos nosotros mismos cuando bajábamos a limpiar: abríamos con un objeto cortante “brechas” que pasaban desapercibidas en los tabiques, a ras del suelo…”

Uno de aquellos miles de condenados asesinados durante aquellos años fue Maximino Fernández Villaverde. Él, como tantos otros, también dejó una “nota de capilla”. Aquí la tienes.

Nota: La mayor parte de los textos de esta entrada proceden del libro “DECIDME CÓMO ES UN ÁRBOL, memoria de la prisión y de la vida”, de MARCOS ANA, y de su propio blog personal www.marcos-ana.com/, que os invito encarecidamente a leer y a visitar.

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Raimon Panikkar, la eternidad que vive en cada instante…

25 diciembre, 2011

Hizo de su vida un viaje de encuentro, de diálogo y de sabiduría, un viaje del que “salí cristiano, me he descubierto hindú y regreso budista, sin dejar por ello de ser lo primero”. Científico, filósofo y teólogo, siempre tuvo conciencia de que cualquier conocimiento basado en la especialización, en dividir en partes la realidad, era inútil porque pertenecemos, formamos parte de un Todo. Para él, “aquello que llamamos progreso científico no es otra cosa que la proliferación de disciplinas especializadas que se escinden cada vez más para iluminarnos cada vez menos.” Entendía que “la sabiduría es armonía personal con la realidad, unión con el ser, Tao, Dios, nada…” y que para encontrarla lo que hay que hacer es no buscarla, sino dejar que nos encuentre, no ponerle obstáculos, o más aún, “comportarnos de tal manera que simplemente dejemos que la sabiduría sea, que sea ella misma, tanto si nos busca como si no.” En esa visión integral e integradora de la vida, Raimon Panikkar entendía que la filosofía era tanto sabiduría del amor como amor de la sabiduría, porque el amor verdadero es espontáneo, no tiene un porqué, ya que en el momento en que podemos explicar el amor, dar una razón del amor, deja de ser auténtico amor. Firme defensor de la meditación, la lectura, el silencio y el diálogo, vivió la mayor parte de su vida sin leer un periódico, escuchar la radio o ver la televisión, para poder escuchar la voz de los sin voz, el pulso mismo de la realidad. Tras haber pasado gran parte de su vida en India y como profesor universitario en EEUU, se retiró a vivir a un pequeño pueblo del prepirineo de Gerona llamado Tavertet, donde murió el año pasado.

Si quieres, la versión del Gayatri Mantra de Deval Primal puede ser una buena compañera para este viaje:

Tuve la fortuna de conocerle, aunque por desgracia muy brevemente, en Tavertet. Todo en él irradiaba paz, alegría, amor y serenidad. Cuando hablabas con él te hacía sentir que, en aquel momento, para él, tú eras lo más importante del mundo. Nunca tenía prisa, siempre encontraba tiempo para todo y para todos,  y vivía permanentemente dispuesto a dejarse sorprender por la realidad de cada instante. Le encantaba jugar con la etimología de las palabras, consciente como era de la enorme importancia de la palabra. Hablaba perfectamente casi una decena de lenguas y había profundizado mucho en el conocimiento de sus raíces y sus tradiciones. De padre indio y madre catalana, en él se conjugaba el equilibrio entre Oriente y Occidente, entre la visión lineal de la vida  y la circular. Por eso pocos tan adecuados como él para propiciar el diálogo intercultural e interreligioso, del que era un firme defensor: “Cuanto más nos atrevemos a caminar por nuevos senderos, más necesitamos estar enraizados en la propia tradición y abiertos a las demás, que nos advierten que no estamos solos y que nos permiten alcanzar una visión más amplia de la realidad”

Oírle hablar, escucharle, era un privilegio. Ameno como pocos, y erudito como el que más, sin embargo sabía adaptar su lenguaje a cada nivel de interlocutor que tenía frente a él. Ser consecuente consigo mismo y con sus creencias era su seña de identidad, una seña que él definía muy bien cuando decía “mi aspiración no consiste tanto en defender mi verdad como en vivirla” . Una vez alguien le preguntó dónde encontraba su identidad y él contestó: “Perdiéndola, no buscándola, no queriéndome aferrar a una identidad que aún no está realizada y que no se puede encontrar, desde luego, en el pasado, porque sería la copia de algo viejo. La vida es riesgo;  la aventura es novedad radical; la creación se produce todos los días, algo absolutamente nuevo e imprevisible…”

Jamás le olvidaré respondiendo a uno de sus alumnos que le había preguntado por lo que tenía que hacer para encontrar la iluminación, esa luz de la que Panikkar tanto hablaba: “No buscándola. Si estuvieras en el espacio, a medio camino del Sol y de la Tierra, no verías los rayos del Sol. ¿Significaría eso que los rayos del Sol no existen? No, sabes perfectamente que llegan a la Tierra, aunque desde esa posición tú no puedas verlos. Con la iluminación pasa exactamente lo mismo. Por mucho que la busques no la verás, pero no porque no la veas ha dejado de existir. Prepárate para dejarte iluminar, no te escondas tras ningún obstáculo…”

He querido que sea la palabra del propio Panikkar la que hable en esta entrada. Por eso he seleccionado algunas de sus respuestas en varias entrevistas que le hicieron (dos del periódico La Vanguardia y otra que le hizo Cristina Carrillo de Albornoz) en las que se refleja perfectamente su manera de ver y de vivir la vida:

Hoy es el último día del milenio. Esta noche mucha gente estará triste.

Pues no debería: el nuevo milenio. El nuevo año, el nuevo día. Es una nueva oportunidad.

¿Para tener buenos propósitos?

No, para darse cuenta de que, quien no vive el asombro y el milagro de cada día, no vive.

¿Por qué cree que tropezamos continuamente? ¿Hay algo que no entendemos?

¿Por qué queremos entenderlo todo?

Buena pregunta.

El amor no se entiende, no tiene porqués. Debernos vivir en lugar de controlar. Hace falta una mutación radical, pero para transformar nuestra vida necesitamos un coraje que no tenemos, por eso sufrimos.

¿Cómo empezar esa transmutación?

Entendiendo que lo más extraordinario es lo ordinario.

¿Nos falta esperanza?

Proyectamos la esperanza en el futuro y está en el presente. La esperanza es descubrir esa dimensión invisible, misteriosa y bella, de cada momento. Hay que profundizar.

Y usted, ¿cómo la descubrió?

No fue ningún tipo de revelación. Poco a poco la vida se te muestra tal como es. Hay que detenerse para descubrir que en cada momento está escondida la eternidad.

El miedo a detenerse, ¿es miedo al vacío?

Sí, y hay que comprender que el vacío es lo que nos permite llenarnos a cada instante. Esta es la gran lección del budismo: vacío y plenitud son facetas de la misma realidad.

¿Somos demasiado débiles?

¿Por qué queremos ser más fuertes de lo que somos? Yo soy débil, pero si tú me tiendes la mano, si confío en ti, seré fuerte. No debemos hacer del otro una entelequia.

Nos creemos autosuficientes.

Sí, y no queremos confesar nuestro miedo, y el miedo paralizante sólo desaparece cuando estamos vacíos. Vacíos de miedo a hacer el ridículo, a que nos traicionen…

A que nadie nos ame de verdad.

Todos los miedos son a la muerte, y cuando uno lo supera empieza a gozar de la vida. Pero no se consigue con voluntad.

¿Hay que convencer al corazón?

“Convencer”, sí; no hay que vencer nada. Cuando un corazón es puro entiende.

¡Pero nuestros corazones no son puros!

Están llenos de ambición y egoísmo. Reconocer nuestra debilidad nos hará fuertes. La hipocresía es el peor de los males

¿Existe la buena y la mala suerte?

Sólo cuando comparamos; es una proyección de la mente.

Nacer hoy en el Tercer mundo, ¿no es tener mala suerte?

Es la injusticia creada por la cultura occidental. Ellos nos mantienen con su deuda. Nos dan 1.000 millones de dólares cada día.

En lo individual podemos hacer algo…

Decídete: camina. ¿Por dónde? no lo sé. Descubre tus pasos. Pero si no confiamos en nosotros mismos, ¿cómo vamos a confiar en el otro? Las ideas deben ser la encarnación intelectual de nuestra vida. Si la palabra no causa aquello que menciona, entonces es que somos unos hipócritas. Ya lo dice la Biblia: “Toda palabra es un sacramento”

Somos muy poca cosa.

Cada uno de nosotros somos únicos, y encontrar la unicidad de cada cosa y de cada persona es la sabiduría. Y si cada uno es único, no es miembro de una serie: católico, rubio, blanco. director general, obrero…

Los roles nos dan seguridad.

Pero no nos dan alegría. Yo prefiero estar alegre y ser libre.

Si busco la alegría no la encontraré.

¿Sabe por qué? Porque la alegría, como la vida, es una gracia, un don. Nos viene dado. Debemos arriesgarnos a vivir, a lo desconocido, a lo vulnerable y, en consecuencia lo bello. “Hago nuevas todas las cosas en cada instante”, dice la tradición budista.

Hay que huir de la rutina.

Sí. Hay que recordar que cada instante es irrepetible. La felicidad es una gracia que se nos otorga, por eso yo llamo religiosidad a la alegría de vivir. Y la alegría es la plenitud.

¿Somos dueños de nuestro destino?

Somos coautores. Hay un factor que depende de cada uno de nosotros, y es el de hacer de nosotros una obra de arte.

¿A fuerza de voluntad?

No. Esa es una de las fijaciones de Occidente. Nos hacemos a fuer de aceptar, de fecundar. Es una actitud, no una voluntad. Hay que tener los ojos abiertos y hacer las cosas porque quieres. no porque debes

Porque me da la gana.

Si no es un capricho, sí. Hay que distinguir entre aspiración y deseo. El deseo es lo externo, lo que nos hace sentirnos frustrados cuando no lo conseguimos. La aspiración es hacer aquello para lo que me siento inspirado, seguir el latido de la vida.

La mayoría trabaja por dinero.

Pues eso es ser un esclavo. Por eso no son felices, el trabajo es antinatura.

Pero tenerlo nos reconforta.

Ese es el gran desafío del milenio: una mutación espiritual. Si no, vamos al desastre. Todos lo sabemos, todos nos preguntamos: ¿qué sentido tiene mi vida?

¿No faltan respuestas?

No, nos falta coraje. No podernos vivir sin amor y sin conocimiento. El conocimiento, sin amor, engendra odio, y el amor, sin conocimiento, sentimentalismo. Pero, aun así, los hemos divorciado.

¿Debemos volver a unirlos?

Si. Conocimiento y amor es el dinamismo principal del ser humano. No busques más y ábrete. Con sentido crítico, pero ábrete. Escucha y danza al ritmo de la vida. Saboréala.

Sé que más que escribir, rescribe…

Hasta 27 veces rescribí De la mística…

…Y que jamás lee en público.

No hay que preparar el discurso, sino al orador. Yo no preparo los textos para leerlos en público, sino que me preparo a mí mismo en cada momento de mi vida para ser capaz de hablar.

Y sus silencios también se escuchan.

El silencio forja el sentido. Y lo estamos abandonando a cambio de una superficialidad banal e insulsa. Ruido a todas horas en todas partes para no tener que pensar.

No todos podemos ser monjes…

¡Todos estamos llamados a la meditación! ¡Todos la necesitamos! También todos necesitamos la soledad y el silencio tanto como la sociedad y las palabras.

…Ni políticos.

Ese es el grave error de nuestro tiempo: dejar la mística y la política a los profesionales. La vida espiritual y la vida política no son oficios, son dimensiones irrenunciables de cada uno de nosotros.

Que exigen esfuerzo: más cómodo delegarlas y luego quejarse de los delegados.

Todos estamos llamados a realizarnos en ellas. Sólo si somos todos políticos y monjes podremos realizarnos plenamente como personas. Si no, somos incompletos.

Vida completa: ¿otra contradicción?

Sobre lo que usted pregunta, la duración y el fin de la vida, me he inventado una palabrita, tempiternitat, que no es un tiempo ni largo ni corto, sino único…

No podemos decidir la duración, pero sí la intensidad de nuestras vidas.

La intensidad es parte de la singularidad. Somos singulares. Somos únicos… Miserere Domine, apiádete, Señor, porque ego sum pauper, soy un pobre… ¡Et unicuus! Y único, dice el salmo latino.

¡Unicuus! Esta singularidad… ¡Cada uno de nosotros es único!

Si alguien le dice que usted le gusta porque le recuerda a alguien, es que no le ama: cada uno de nosotros es único e irrepetible. Pero esa singularidad sólo podemos vivirla si renunciamos al pasado, que es sólo un recuerdo, y al futuro, que es sólo una ilusión, y vivimos en el presente tempiterno.

Y ha vivido ¿cuántos años…?

Seis mil años al menos. Yo no soy individualista: deploro el individualismo egoísta que nos impele a encerrarnos a nosotros mismos y nuestras circunstancias; yo he vivido también en esos hombres que vivieron seis mil años antes que nosotros y me siento igualmente responsable de sus vidas…

… ¿Y de sus crímenes?

Sí, también soy responsable de sus crímenes y culpas y sé que puedo lavarlos viviendo rectamente. Vivo cada momento convencido de que la vida es un don único como yo… ¡Qué alegría ser consciente de eso!

¿Usted lo es desde niño?

Mi padre era hindú y mi madre catalana.

Hoy ya no es una mezcla tan exótica.

La inmigración tiene un peligro, el de banalizar su cultura y la nuestra en una amalgama insulsa; de nuevo la superficialidad nos amenaza, pero la mezcla es también una oportunidad de profunda comunión; la de asimilarlos a ellos… ¡Y asimilarnos a ellos!

Sin mezcla, no hay fecundidad.

Por eso necesitamos asimilarlos a ellos y asimilarnos a ellos: ninguna cultura que se encierra en sí misma sobrevive.

¿Sigue siendo usted sacerdote?

Sí, celebro misa. Dependo de la diócesis de Varnasi (Benarés). Soy sacerdote pero no un funcionario vaticano, aunque en comunión con Roma. Y, en la cadena del saber que formaron mis maestros hasta mí, distingo a Jesús de Cristo.

¿Por qué volvió de América?

Hubo un momento en que era feliz allí en el campus, en una casa magnífica, profesor, todo cuanto se pueda desear, unas bibliotecas inacabables y mucho cariño… Pero sentí que mi sitio estaba aquí, Tavertet, entre estos muros y montañas… ¿Escucha qué silencio?

Regálenos algún pensamiento de los Veda que tradujo del sánscrito

La muerte no muere y por lo tanto en la muerte misma está la inmortalidad.

Su padre era hindú y su madre, católica. ¿Qué educación recibió usted?

Mi madre tenía sentido de la libertad; el hecho de que ya en 1916 se casase con un indio casi expulsado de Inglaterra por sus actividades nacionalistas dice mucho. Y mi padre me educó ‘a la india’, que es como decir ‘dejando hacer’. Yo nunca he dirigido mis pasos, ha sido el azar, acabé en la India (en la diócesis de Varanasi) y descubrí mi otra mitad.

¿Se sintió hindú?

Yo me he sentido siempre indio y español. Soy occidental y oriental. Por nacimiento y educación vivo experiencias de la tradición occidental tanto cristiana como secular (porque no pertenezco a ninguna orden) y de la india, tanto hindú como budista. He necesitado tres cuartas partes de mi vida para decir esto.

¿No se ha sentido…

… esquizofrénico? Lo he evitado yendo a las raíces de ambas culturas. Lo principal es ser consciente de que no hay una religión autosuficiente. Unos debemos aprender de los otros.

En su Fundación Vivarium habla de interculturalidad…

Lo que intento no es que todos seamos cristianos ni todos hindúes. Buscamos un diálogo que nos fecunde mutuamente. Ello no implica un totum revolutum, sino recibir y aprender sin imponer. No se debe tener miedo de la diversidad. En Occidente se teme a los musulmanes, pero en la India tienen miedo de los cristianos. La paz no será nunca posible sin conocimiento del otro.

Usted se dice un hombre de paz…

Sí, pero ésta no se puede imponer, se recibe. Porque tengo una idea de paz te impongo mi democracia. Es algo peligroso.

Usted siempre evitó la guerra.

Cuando estalló la guerra civil, me fui a Alemania porque nos perseguían y estudié tres años en Bonn. Luego, la Segunda Guerra Mundial me cogió en España. La vida es irse liberando poco a poco; al final uno adquiere su propia libertad, también en el terreno intelectual. Por ello, me he dedicado a la filosofía para profundizar. He inventado la palabra ‘microdoxia’. Los microdóxicos son los que empequeñecen la doctrina, la reducen. Es lo que le sucede a una parte de los cristianos. La tradición profunda cristiana no es microdóxica. Cuando la Iglesia se convirtió a Constantino y no Constantino a la Iglesia, arrinconamos el misterio trinitario y nos convertimos en monoteístas, lo que es muy útil para justificar un imperio, un emperador, un Papa, una realidad piramidal. El cristianismo debe volver a sus bases.

Dios es amor.

Yo intento remozar el título: el amor es Dios y donde hay auténtico amor, allí está la divinidad.

¿Le ha costado mucho a usted mirar sin juzgar?

Años, pero pienso que lo he conseguido. Y a descubrir que lo que llamamos ‘error’ es una verdad de la cual se abusa.

Usted defiende vivir cada momento, ¿en qué sentido?

En el de vivir cada momento como algo único y, por tanto, divino. Ese don de vivir el presente lo estamos perdiendo. Vivir con intensidad no es vivir con aceleración, sino con contemplación. Estamos demasiado angustiados proyectándonos constantemente hacia un futuro incierto. Hemos destruido la espontaneidad. Hemos convertido la vida en algo aburridísimo. La gente que vive sin futuro es feliz. Si vives, intenta estrujar la vida al máximo, pero con lo que tienes; sin querer convertir la existencia en sueños que luego se frustran porque no tengo dinero o talento, sin que por ello defienda la pasividad.

Pero es a lo que invita la sociedad de hoy, a soñar.

Sin meditación, sin silencio, sin interioridad, no se puede vivir. Una cosa es la esperanza y otra, la espera. Hay que volver a experimentar la importancia de lo cualitativo frente a la cuantitativo. Es el inicio de la paz.

La sabiduría védica también tiene un concepto de sacrificio profundo. Se dice que en India se vive la pobreza de otra forma, casi de una forma resignadamente bella.

Una cosa es la pobreza y otra, la miseria. La miseria es desdichada; la pobreza puede ser una bendición. Es no estar atado a nada, ni siquiera a la vida. No tener miedo ni a la muerte.

Parece que usted es pobre. ¿A qué le ha costado más trabajo renunciar?

A mí mismo, pero cuando lo consigues, eres feliz. No deseo nada. Aspiro a vivir con plenitud. La causa final es la primera de las causas. Hacer todas las cosas para un fin es perder la inocencia, ser utilitarista. Si uno puede contestar racionalmente a quien ama cuando te pregunta: «¿Por qué me amas?», es que ya no lo amas. Las cosas reales (verdaderas) no tienen por qué.

¿Es como la globalización?

A la Torre de Babel moderna la llaman ‘globalización’. Es la versión laica del paraíso que queremos crear en la Tierra: una democracia mundial, un capitalismo mundial, una banca mundial. La globalización no funcionará. Ya decía Pericles: «La democracia es sólo posible donde el estratego, el jefe, conoce el nombre de todos los ciudadanos». El paraíso está entre nosotros, en el amor de unos a otros. Donde reina el ordenador no hay faz humana.

 Y ¿qué hay del diálogo entre Oriente y Occidente?

Son dos mundos que se acercan y que se alejan. Permítame un inciso: el 50 por ciento de la población mundial vive con menos de dos euros al día. Esta visión monocentrista elitista es la realidad que discuto. Estados Unidos tenía hace un siglo una población del 75 por ciento de agricultores; hoy son el dos por ciento, pero ello bastaría para alimentar a toda la humanidad; sin embargo, no es rentable. La espiritualidad no es optar por los pobres, sino por los derechos sociales. Un día escuché al presidente de las Cámaras de Comercio de Estados Unidos decir que «la humanidad había vivido en las cavernas hasta que ellos descubrieron la democracia, la libertad y el mercado mundial». Es aberrante, pero quienes creen esto dominan por lo menos un cierto mundo.

Pero el Primer Mundo se está acercando al Tercero…

Este Primer Mundo está sufriendo una crisis muy positiva y la esperanza vendrá de esa crisis porque se ha tocado fondo. En la India se ve Occidente como un paraíso donde toda mujer es guapa, todo hombre es rico. Es cierto que existe un entusiasmo claro de Occidente por Oriente, pero el de Oriente hacia Occidente es mil veces mayor, roza con la adoración.

Justamente la superficialidad puede ser ese impulso que nos lleva a vivir una vida acelerada.

El mundo moderno, desde que se inició la ciencia de Galileo, es una carrera cada vez más vertiginosa hacia la aceleración. Se ha conseguido acelerar todo: las máquinas, los transportes… pero el hombre no se puede acelerar. Nos falta el espíritu contemplativo que permite que las cosas se sedimenten naturalmente por su propio peso e importancia. La sociedad actual está en crisis porque confunde lo urgente con lo importante. La sabiduría es la que compagina ambas. En esto no hay recetas.

Gran parte de nuestros males llegan con Descartes, dice usted. ¿A qué se refiere concretamente?

Todo empezó porque en la escuela de Descartes los dominicos le decían una cosa y los jesuitas, otra. Como los dos tenían autoridad, no se fió de nadie. Se metió en sí mismo y buscaba la certeza, concluyendo con el cogito ergo sum famoso. Sólo las ideas claras y distintas le dan certeza confundiéndola con la verdad. Y eso influenció la intelectualidad del mundo: de la preocupación por la certeza hemos pasado a la obsesión por la seguridad.

¿Se refiere a Bush?

Evidentemente, o quien sea. Y con esa obsesión hacemos guerras preventivas. En la tradición musulmana se decía: «Si encuentro un desconocido, puede que sea un ángel», ahora lo hemos sustituido por un terrorista. Hemos progresado, ¿verdad?

Usted dice que los islamistas son más tolerantes. ¿Qué quiere decir con esto?

Yo no defiendo a nadie, pero constato que el fundamentalismo cristiano es mucho más peligroso, sutil e inteligente que el islámico. Es un hecho histórico que el islam ha sido más tolerante. Ahora hay pequeños grupos extremistas que la prensa engrandece. Hay que tener muy claro que una fe fanática no es fe. Es solamente fanatismo, pero esto es muy limitado. Indonesia, Tailandia, India, Irán y Sudán son los países con mayor número de musulmanes y no hay ni una gota de sangre árabe.

Usted ha tenido momentos de crisis que llegó a compartir con el entonces cardenal Ratzinger. ¿Ha llegado a perder su fuerza?

Todos tenemos momentos bajos pero nunca me he dejado dominar por ellos; nunca me he obsesionado pensando: «He perdido el equilibrio o mi cuerpo no puede más». Somos muy responsables de nuestra salud, también demasiado machistas, tanto hombres como mujeres.

¿En qué sentido?

Somos una civilización masculina. Hemos perdido la gran capacidad de transformar lo que recibimos adaptándonos a ello. Estamos siempre en guardia.

Usted también dice que estamos aterrorizados y obsesionados con el trabajo.

La palabra ‘trabajo’ viene de tripalium, instrumento de tortura. En castellano tenemos una bellísima palabra que nos hemos dejado robar: ‘faena’ es decir, hacer, crear, construir. Crear una sociedad, eso debería ser el trabajo.

¿Ha llegado usted a sentir el nirvana, la meta?

Quien dice que ha llegado es que no lo ha hecho. El nirvana no es una reflexión. Yo tengo otra palabra más connatural a la cultura cristiana: me siento resucitado porque vivo. Uno llega a esta resurrección cuando permite la muerte, muerte a su ego, a su egoísmo. La vida, como decían los Vedas, no muere…

 

 

En este video (solo he encontrado la versión inglesa subtitulada al italiano, lo siento), Panikkar nos habla de la forma que, para él, tenemos de ver el mundo: a través de la ventana que cada uno de nosotros tenemos delante nuestro. Cuanto más la limpiemos, mejor veremos lo que hay fuera, más allá, la vida, aunque siempre tendremos esa ventana delante nuestro. También nos dice lo importante que es amar al vecino para poder escucharle de verdad cuando nos habla de lo que él ve a través de su ventana, porque eso nos recuerda que nuestra visión no es la única, que no vemos la totalidad de lo que hay más allá, del mundo, y también que no estamos solos y que compartiendo, dialogando con los demás podremos ver más…

En este otro video, en italiano y sin subtítulos, nuevamente pido disculpas, nos habla de su experiencia en India y de la lección de amor que recibe de una mujer india que, sin tener nada, es capaz de darlo todo. Sin duda, Raimon Panikkar practicó en vida lo que un sabio dijo alguna vez: “Todo cuanto retuve lo perdí; solo me queda lo que di…” Cuando murió, su cuerpo fue incinerado. La mitad de sus cenizas está depositada en una pequeña tumba en Tavertet. La otra mitad fue arrojada al Ganges… Él sigue vivo en todo lo que nos rodea, en ti, en mí… y en la eternidad de este instante.

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Teatro Tribueñe, sueño, utopía y realidad

18 diciembre, 2011

Hay muchas formas de entender el teatro: como arte, como un trabajo, como un acto cultural, como un entretenimiento, como un evento social … pero solo hay una de vivirlo de verdad: amarlo sin límite. Eso es lo que hace Teatro Tribueñe: amar el teatro. Solo quien entiende que el teatro es un compromiso con la vida y con uno mismo, y un acto de amor con los demás puede hacer lo que hacen ellos: regalarnos cada semana la experiencia de vivir algo maravilloso y único que, en este mundo que nos ha tocado vivir, está en serio peligro de extinción. No en vano una de las obras del repertorio de esta compañía es “El Jardín de los cerezos”, ese formidable canto a un mundo y a un estilo de vida que desaparecen porque no pueden sobrevivir a la presión de los tiempos que vienen, tiempos regidos por conceptos como prisa, beneficio, especulación o egoísmo, y donde valores como belleza, poesía, calma o compromiso ya no tienen cabida. Pero, a diferencia de la mayoría de montajes de El jardín en los que se rinde culto a la dignidad de la pérdida, a la nostalgia de lo perdido, el montaje de Tribueñe, como el propio espíritu de Tribueñe, se centra en lo que los personajes, los componentes de Tribueñe, no están dispuestos a perder: su identidad, su necesidad de amar y de ser amados, y su inquebrantable convencimiento de que vivir es dar. Solo así se entiende que pueda existir una compañía estable de repertorio formada por una decena larga de actores que cada fin de semana representa tres obras (“Ligazón”, de Valle-Inclán, “La casa de Bernarda Alba”, de García Lorca y “El jardín de los cerezos”, de Chejov) en una sala cuyo aforo no llega a las ciento cincuenta localidades. No viven del teatro, sino para el teatro. Esa es la grandeza de su compromiso, de su amor al teatro: vivirlo y hacérnoslo vivir. Asistir a cualquier representación de esta compañía es una experiencia única, una inmersión en un universo poético donde todo es posible. La propia sala Tribueñe tiene una atmósfera especial que te sumerge en un universo donde solo caben la poesía, la belleza y la verdad. Allí, sentado junto al centenar de privilegiados espectadores que han conseguido su entrada para esa tarde, te sientes como un auténtico voyeur, un silencioso mirón que se adentra furtivamente en las paredes cerradas de la casa de Bernarda Alba o paseando por ese inmenso jardín de los cerezos que el mal llamado progreso está a punto de talar. Ante ti pasa todo, vive todo, muere todo… en ese sublime canto a la vida que es el teatro.

Existe el teatro público, sí, y también el teatro comercial. Malvive el alternativo en estos tiempos de crisis y recortes. Son muchas las compañías y los proyectos que cada día mueren en este sacrosanto país nuestro de peineta, fútbol y pandereta. Pero allí, en medio de ese océano atractivo y misterioso que es atreverse a vivir poéticamente la vida, sobrevive Tribueñe, esa pequeña balsa donde, cada día, un grupo de actores/náufragos hace que el milagro de ofrecer esta comprometida forma de entender la vida y el teatro, sea posible. Hay temporales y galernas a su alrededor, sí, pero ellos son buenos navegantes conscientes de que lo importante no es el destino, sino el viaje, de que hay una Ítaca que les ha hecho el regalo de hacerles partir y de la que no deben esperar nada, y de que también hay una Utopía que cada día les impulsa a seguir navegando y a la que deben, porque quieren, entregarlo todo. Tribueñe es Ítaca, pero sobre todo es Utopía, porque Tribueñe es Chejov, es Lorca y es Valle-Inclán, ese Valle-Inclán que amargamente advierte: “ He asistido al cambio de una sociedad de castas y lo que yo vi, no lo verá nadie. Soy el historiador de un mundo que acabó conmigo. En este mundo que presento de clérigos, mendigos, escribanos, putas y alcahuetas, lo mejor con todos sus vicios eran los hidalgos, lo desaparecido. Mi obra viene a reflejar la vida de un pueblo en desaparición. Mi misión es anotarlo antes de que desaparezca”

Son muchas, desde luego, las cosas que destacan de esta forma de hacer teatro, pero hay una que impacta profundamente: las imágenes que, una tras otra, van sucediéndose ante el atónito espectador que, boquiabierto, se siente un marinero más de esa nave, esa Argos renacida, que con pulso firme y rumbo cierto sabiamente dirige Irina Kouberskaya. El inicio, por ejemplo, de El jardín de los cerezos es un canto poético al inexorable paso del tiempo y de la vida. Sobre un apenas casi iluminado escenario azul en el que vemos una solitaria vía de tren y escuchamos el eterno fluir de la vida de cualquier vieja estación, todos los personajes, sombras de ellos y de nosotros mismos, van deambulando a cámara lenta portando sus maletas en una cadenciosa danza en la que se entrecruzan sus caminos y sus vidas. Es poesía, esencia teatral, en estado puro. Y qué decir de la magistral simpleza escenográfica en la que unos simples remos de madera pintados de blanco que se clavan en lo que antes fueron las maletas, nos muestran el inmenso paisaje del jardín. No le preguntes al espectador por los remos. Te dirá que allí solo había cerezos. Los personajes mueven remos y maletas y nos transportan del jardín a la casa, de la casa a la estación, de la estación a ese no lugar donde habitan los sueños, todos los sueños…

Es maravilloso ver cómo se puede crear tanto con tan poco. Austeridad y sobriedad jamás han sido sinónimos de pobreza. Solo la mente del necio o del avaro puede concebirlos como tales.  Y en el particular idioma de Tribueñe significan esencia y belleza. Todo en el teatro de Tribueñe está orientado a dar vida al texto y a los personajes. Incluso una puesta en escena barroca como la de su Casa de Bernarda Alba, está construida sobre la elegante belleza de lo sencillo. Lorca nunca llegó a ver representada su Bernarda Alba. No me cabe duda de que le habría encantado ver este montaje donde su texto permanece intensamente vivo inmerso en una esplendorosa sucesión de poderosas imágenes de la España más profunda donde encontramos todos los mitos y los símbolos que nos hacen ser quienes somos.

La Sala Tribueñe nace en 2003 en el barrio de Ventas, en Madrid, en lo que anteriormente había sido una ferretería, de la mano de Hugo Rodríguez de la Pica, un joven humanista que ha dedicado su vida a navegar en las procelosas aguas del folclore español, de la canción popular, del baile y del teatro, y de Irina Kouberskaya, actriz y directora teatral rusa afincada en nuestro país desde principios de los setenta y que ha colaborado con el TEI (Teatro Experimental e Independiente), el TEC (Teatro Estable Castellano), la RESAD (Real Escuela Superior de Arte Dramático) y con el Laboratorio de William Layton. Los tres montajes que tienen actualmente en su repertorio han conseguido los premios Ciudad de Palencia a la mejor dirección (Ligazón en 2007 y La casa de Bernarda Alba en 2011), y El jardín de los cerezos los premios a la mejor dirección, mejor interpretación (Irina Kouberskaya) y mejor compañía en el Festival Internacional de Teatro de Chéjov en Yalta, ciudad natal del dramaturgo.

Pero decir Tribueñe no es solo hablar de una maravillosa Sala de teatro o de una formidable compañía teatral, sino de un modo especial de concebir y de vivir el hecho teatral. Todas las personas que están involucradas de una forma u otra en Tribueñe viven el teatro de forma generosa, comprometida, con absoluta dedicación y entrega. Llevan años juntos, compartiendo esta experiencia vital, y eso se nota en el escenario y en todo lo que hacen. Tienen una forma parecida de entender la vida, tanto la espiritual como la más próxima y terrenal, una forma que ellos definen claramente en estas palabras: “El aprendizaje de nuevos lenguajes, de nuevas lecturas de textos ya consagrados y de otros por descubrir, es uno de los motivos que nos mueve en el diseño de la programación. El desconocimiento del ser humano en sus facetas biológicas y genéticas nos motiva a trabajar desde la dimensión poética; antes de su dimensión tecnificada, antes de la domesticación de la vida, aceptar el reto del impulso creativo.

“La fascinación por vivir en cada instante “la enorme alegría de crear” que decía Lorca, el mundo de la inspiración como estado revulsivo y vital, es nuestro leitmotiv. El estudio de la mitología, el universo de los símbolos, el sentido antropológico como el punto de unión de la diversidad cultural son algunos de los puntos de inflexión de nuestra propuesta.

“ Es, en definitiva, el desarrollo de la sensibilidad en un entorno hostil lo que constituye nuestro credo. Defender los susurros poéticos para comprender a aquellos artistas que apuestan por abrir un paréntesis a la sensibilidad. Convocamos en una disponibilidad encendida para estar a la altura de la llama de los poetas y tender hacia un Hombre Poético, hacia un Teatro Poético…”

¿Y qué sabe la poesía de mapas o fronteras? En este precioso viaje hacia el universo poético, hacia la concepción poética de la vida, Tribueñe no solo nos acerca a nuestro teatro, sino que sale de gira por Yalta o San Petersburgo a mostrar a públicos cercanos a nosotros que, sin embargo, viven a miles de kilómetros de aquí, el teatro de Lorca o de Valle. Es una experiencia fascinante. Y el resultado, no podía ser de otra manera, es espectacular: “Lo desconocido es otro nivel de libertad del pensamiento… Iba a ver una farsa y me encontré en un templo… No existe dramaturgia como esta en Rusia, ni semejante tradición teatral, ni actores para interpretar este género. Por eso creo que Irina Kouberskaya ha hecho casi un imposible, trayendo para el público ruso este mundo inmenso, intenso y absolutamente desconocido…” (Petersburgo Teatral, Irina Mitrievskaya).

“Mi trabajo como directora consiste en denunciar la pertinaz existencia de la maldad y los espejos cóncavos que la sociedad pone delante de los seres humanos, para que se vean perversos, feos, esperpénticos, falaces y faltos de la mínima dignidad…” nos dice Irina Kouberskaya. Su amor al teatro no se limita a llevar la dirección artística de la sala Tribueñe, a dirigir la compañía o a actuar en ella, sino que también imparte cada año un curso de interpretación abierto a todo aquel que quiera asistir. Entre enero y mayo, todos los miércoles, da clases en dos grupos, uno por las mañanas y otro por las tardes. Entre la veintena de alumnos puedes encontrar a actores profesionales, músicos, bailarines o a personas que nunca se habían aproximado al mundo de la interpretación. Irina es capaz de sacar de cada uno de ellos todo lo que lleva dentro. Y, fiel a su filosofía, el precio de esos cursos, como el de las entradas de su sala, está al alcance de cualquier bolsillo, en un ejemplo más de que Tribueñe no vive del teatro, sino para el teatro. Si quieres tener la experiencia de adentrarte con ellos en ese maravilloso viaje hacia el universo poético que es Tribueñe todavía estás a tiempo, la matrícula está abierta… Allí nos veremos.

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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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