Kandinsky, o la necesidad de crear
7 Febrero, 2010
La necesidad de crear empujó a Wassily Kandinsky (1866-1944) a abandonarlo todo para empezar a pintar. Cumplidos ya los treinta, el Lohengrin de Wagner y la exposición de pintura impresionista francesa que por aquella época se celebró en Moscú le impactaron tanto que decidió dejar de ejercer como abogado y renunciar a una confortable cátedra de Derecho para ir a Munich a estudiar pintura y dibujo. Aquel día el mundo perdió a un abogado mediocre y ganó a uno de los artistas más importantes de la historia del arte. Fue precisamente ese proceso vital el que le llevó a trascender y prescindir del objeto en su pintura en un proceso de disolución de la forma que le llevaría a buscar el absoluto, lo abstracto. Con él nació el arte abstracto.
Para adentrarnos en su mundo, y ya que la ópera fue la que le empujó a emprender aquel viaje místico hacia el espíritu de la belleza, os propongo, si queréis, que lo hagamos ahora de la mano de una de mis arias favoritas, “Mi par d´ucir ancor”, de Los pescadores de perlas, de Bizet, en una grabación de aquella época (1902) del inigualable Enrico Caruso, al que, a buen seguro, Kandinsky tuvo el privilegio de oir en directo más de una vez.
Durante años anduve en busca de la posibilidad de llevar al espectador a que se paseara por dentro del cuadro, de forzarlo a que se fundiera con el cuadro olvidándose de sí mismo… Mucho después, ya en Munich, en cierta ocasión fui hechizado por un espectáculo inesperado que se me ofreció en mi taller. Era la hora inicial del crepúsculo. Llegaba a mi casa con la caja de pinturas después de realizar un estudio, y me encontraba todavía abstraído y ensimismado en el trabajo que acababa de terminar cuando, de repente, vi un cuadro de una belleza indescriptible, impregnado de un vigoroso ardor interior. Al principio quedé paralizado, pero en seguida me dirigí rápidamente hacia aquella misteriosa pintura, en la cual sólo distinguía formas y colores, y cuyo tema era incomprensible. Pronto descubrí la clave del enigma: era una de mis telas puesta de lado y apoyada en la pared. Al día siguiente traté de revivir a la luz matinal la impresión que experimenté la víspera frente al cuadro. Pero sólo lo logré a medias; aun estando de costado, reconocía constantemente los objetos, y faltaba el bello fulgor del crepúsculo. Ahora ya estaba seguro de que el objeto perjudicaba a mis pinturas. (W.Kandinsky, “Mirada retrospectiva”, 1913)
Viendo sus cuadros, esa progresión imparable de la forma a la no-forma, de la naturaleza al espíritu, sentimos como propia la necesidad de crear, esa necesidad interior de la que todo nace. Son muchos, infinitos quizá, los caminos por los que el hombre ha buscado, y busca, el absoluto: la religión, la ciencia, el arte… y dentro de esos caminos aparecen ante nosotros innumerables senderos que nos invitan a dar un paso más en ese interminable viaje al fondo de nosotros mismos. No existe un camino mejor que otro, quizá tan sólo uno más adecuado para cada caminante. A través de la religión hay quien llega a Dios por el sendero de la razón, pero también hay quien llega a Él a través del sendero del amor. En el arte también se puede alcanzar el absoluto a través de la forma o, como lo hizo Kandisky, trascendiendo a la forma.
Toda cosa “muerta” palpitaba. No solamente las estrellas, la luna, los bosques, las flores de que hablan los poetas, sino también una colilla en un cenicero, un botón de pantalón blanco, paciente, que nos echa una mirada desde el charco de agua de la calle… todo eso me mostraba su rostro, su ser interior, el alma secreta que con más frecuencia calla que habla… Eso me bastó para “comprender” con todo mi ser y con todos mis sentidos la posibilidad y la exsistencia del arte que hoy se llama “abstracto” por oposición al arte “figurativo”.
Él fue el primer artista que pintó un cuadro abstracto y por ello también el primer ser humano que lo vio. ¿Qué debió sentir frente a aquella pintura, frente a aquel nuevo modo de ver el mundo?, ¿y al compartirlo, al mostrar por primera vez su obra?. Kandinsky se adentró por un camino que jamás había pisado el hombre. ¿Qué le impulsó a hacerlo?, ¿Qué poderosa fuerza interior le empujó a dar aquel paso?: la necesidad de crear, de ser absolutamente libre, la necesidad de entender, de amar, la necesidad de ser… Él decía que no quería pintar música, ni estados de ánimo, ni pintar con colores o sin colores, ni modificar, ni combatir, ni derribar un solo punto de la armonía de las obras maestras que nos vienen del pasado, que tampoco quería señalar el camino del futuro, que simplemente quería pintar buenos cuadros, necesarios y vivos, que los pudieran comprender debidamente, por lo menos, algunas personas.
Frente a la pintura de Kandisky se experimenta la sensación no sólo de que nos llega a lo más hondo, sino que, trascendiendo espacio o forma, somos nosotros quienes nos adentramos en el cuadro, que formamos parte de él. Luz, color, línea o trazo no son más que partes de un enigmático todo al que pertenecemos, ese todo que hemos intuído desde hace mucho tiempo, ese todo que siempre ha estado ahí, y que seguirá estando cuando nosotros nos hayamos ido. La música de su pintura, como la del universo, es el silencio; su poesía es una poesía sin palabras; su luz, la de nuestra mirada…
A lo largo de la evolución de su pintura vemos cómo la forma se va diluyendo progresivamente a través de la importancia dominante que va adquiriendo el color que, poco
después, también se diluye para llegar a ese estado espiritual que, desde entonces, habita en su pintura. Para Kandinsky “el color es un medio para ejercer una influencia directa sobre el alma. El color es la tecla. El ojo es el macillo. El alma es el piano con muchas cuerdas, y el artista es la mano que, por esta o aquella tecla, hace vibrar adecuadamente al alma humana” (W.Kandinsky, “De lo espiritual en el arte”, 1911). Su pintura es la pintura del espíritu, la pintura del alma, y por eso no tiene forma, no la puede tener, ¿o es que, acaso, tiene forma el alma?.
Creo que la filosofía del futuro, además de estudiar la existencia de los fenómenos, estudiará también su espíritu con especial atención. Sólo así se creará una atmósfera que permita al conjunto de la humanidad sentir el espíritu de las cosas, vivir ese espíritu aun de manera enteramente inconsciente, de idéntico modo que, hoy en día, los hombres en general todavía viven inconscientemente el aspecto externo de los fenómenos, lo cual explica la complacencia del público ante el arte figurativo. Sin embargo, será preciso que el hombre experimente inicialmente el lado espiritual de las cosas materiales para que pueda vivir más tarde el lado espiritual de los fenómenos abstractos. Gracias a esta nueva capacidad, concebida bajo el signo del “espíritu”, se llegará al goce del arte abstracto, es decir, absoluto. (W.Kandinsky, “Mirada retrospectiva”, 1913).
La mirada de Kandisky es poética, utópica, libre, transgresora, cargada de esperanza y por ello, hoy más que nunca, es una mirada imprescindible.
Ahora te invito a que detengas el tiempo, te relajes y emprendas un maravilloso y sosegado paseo dejándote llevar por dentro de sus cuadros…
































































Hoy voy a hablaros de una historia que trasciende temas tan banales como el espacio o el tiempo: el Cuento de Navidad de Charles Dickens. Es, sin duda, la obra más representada del autor inglés y, desde que la publicó en 1843, cada año, en todas partes del mundo, sigue representándose. ¿Por qué una obra escrita hace más de ciento cincuenta años sigue tan vigente? Sin duda, por los valores que defiende y por la forma en que lo hace.
fantasma le enseña los errores que cometió en el pasado y que marcaron su agrio carácter; el segundo le enseña todo lo que está perdiéndose en este momento por negarse a compartir su vida con los demás, y el tercero, el del futuro, le muestra el negro y triste panorama que le espera como no cambie de actitud de inmediato. Scrooge se da cuenta de lo absurda que ha sido su vida hasta entonces, una vida dedicada exclusivamente a acaparar riqueza y poder, y cambia radicalmente de manera de ser dándole un nuevo sentido a su vida: el de dar, darse, a los demás. Y es precisamente ahí, cuando se abre y se da a los demás, cuando encuentra la felicidad.
algo mejor. Y también nos habla de tener una segunda oportunidad, porque todos deberíamos tener una segunda oportunidad para poder cambiar lo que hemos hecho o estamos haciendo con nuestras vidas. La vorágine y el sinsentido de la mayoría de los días que vivimos yendo como locos a toda velocidad de aquí para allá en ese absurdo viaje a ninguna parte en el que todos, en alguna medida, nos vemos inmersos para pagar la hipoteca, el colegio de los niños o simplemente para poder comer, hace que, muchas veces, nos olvidemos de las cosas que verdaderamente importan. ¿Cuánto hace que no sales a pasear tranquilamente para disfrutar de una mañana soleada?, ¿Cuánto hace que no ronroneas de placer, que no saboreas de verdad todo lo agradable que te rodea?, ¿Cuánto que no has detenido el tiempo para meditar en silencio y soledad?, ¿Cuánto que no abrazas a alguien con todas tus fuerzas?, ¿Cuánto que no le dices a alguien mirándole profundamente a los ojos que le amas con toda el alma?, ¿Cuánto que, simplemente, no sales cada mañana de casa con una sonrisa para todos los que se crucen contigo?, ¿Cuánto que no te interesas de verdad por lo que le pasa a tu vecino o a tu compañero de trabajo?, ¿Cuánto que no te preguntas en qué puedes ayudar a éste a aquel que tienes a tu alrededor…?
Cuento de Navidad nos habla de eso, de todo eso y nos invita a que dejemos que los fantasmas que visitaron a Scrooge también nos visiten a nosotros y que nos muestren lo que estamos haciendo con nuestra vida. Por eso es una obra que trasciende espacio y tiempo, porque Cuento de Navidad, en cierta manera, es también nuestra segunda oportunidad. Hoy coinciden en la cartelera de Madrid cuatro alternativas para ver Cuento de Navidad: la película de Disney, el musical de Claudio Pascual que se representa en vivo en el escenario del cine Yelmo Isla Azul y se retransmite a los cines de la cadena de toda España, la versión inglesa que la compañía Face to Face está representando en el Teatro Alcázar y la que nosotros estamos representando en el Infanta Isabel, bajo de dirección de Alberto Frías y Javier Enguix.
Esta es la primera vez que me subo a un escenario de Madrid. Además he tenido la suerte de hacerlo en un teatro con tanta solera, tanta magia y tanta historia como el Infanta Isabel. Estar en ese escenario es respirar la historia misma del teatro, sentir la presencia de todos los que han pasado por él. Es tan impresionante saber que en ese mismo escenario, durante los últimos cien años, se han estrenado obras de Benavente, de Arniches, de los hermanos Álvarez Quintero, que allí mismo han debutado actrices como Irene Gurtiérrez Caba o Analía Gadé, o que durante la guerra, gestionado por la CNT, cambió su nombre por el del anarquista Ascaso y que en él se celebraron muchas asambleas y actos durante la defensa de Madrid…
La verdad es que mi relación con este montaje es algo curiosa. Fuí al casting para dar la réplica a una de las actrices que se presentaban y me invitaron a hacer una prueba para Scrooge. Sé que es una historia que siempre se cuenta y que casi nunca pasa de verdad, pero en mi caso pasó y ahora soy el Sr. Scrooge de ese montaje. No os podéis imaginar lo feliz que soy al tener la oportunidad de jugar con un personaje como éste. Es el sueño de todo actor, porque tiene todos los registros y tantos, tantos matices, que es un personaje que cada día te sorprende. Además tuve la suerte de tener un infarto hace un par de años y de ver a la muerte cara a cara. Yo no ví ningún fantasma de los que visitan a Scrooge, pero sí me ví rodeado de ocho médicos y enfermeras a los que no había visto en mi vida que me dijeron que estaba teniendo un infarto agudo de miocardio y que me iban a colocar un stent, una especie de muellecito, en una de las arterias para desbloquearla. Os aseguro que la sensación que sentí fue muy dura porque entendí que mi vida podía acabarse allí mismo y que no tenía a mi lado a ninguno de mis seres queridos. No podía despedirme de ellos, abrazarles, mirarles a los ojos una vez más, decirles todo lo que han significado para mí, lo mucho que les quiero… Nunca me había imaginado un final tan triste y solitario. Poco a poco, mientras los médicos me salvaban, fueron apareciendo en mi mente todas las oportunidades que había desperdiciado a lo largo de mi vida, oportunidades de amar, de dar cariño, de ofrecer un hombro a quien lo pudo necesitar, o simplemente de regalar mi mejor sonrisa a cualquiera de esos desconocidos con los que nos cruzamos a diario. En esos momentos te das cuenta de que son tantos los abrazos no dados… Así que, como buen Scrooge, aquel día decidí cambiar mi vida, mi actitud ante la vida y, eso sí, no llevarme ni un solo abrazo a la tumba. Desde entonces creo que soy el tipo más cariñoso que corre por las calles. Tuve la suerte de tener mi segunda oportunidad. Por eso quiero tanto a Scrooge y me identifico tanto con él.
Realmente Cuento de Navidad, Scrooge y el Infanta Isabel ocupan un lugar en mi vida que dificilmente podré olvidar. Jamás habría escogido una obra mejor para debutar en Madrid, ni un personaje con el que me identificara más, ni un teatro que me haya llegado tan dentro. Un gran sabio dijo alguna vez que vivimos nuestras vidas como si nunca fuéramos a morir, y que morimos sin haber vivido…Cuento de Navidad es una obra que nos invita a reflexionar, a preguntarnos de verdad lo que estamos haciendo con nuestra vida, y, sobre todo, que nos ayuda a encontrar la única respuesta que tiene esa pregunta y que otro gran sabio también dijo alguna vez: “Todo cuanto retuve lo perdí; sólo me queda lo que dí”.



facilitar el acceso a los jóvenes realizadores y de unas características específicas para su emisión dentro de los vagones del Metro, como tener una duración máxima de tres minutos, ser mudos o subtitulados (los monitores de dentro de los vagones no llevan sonido incorporado) y serían de temática libre, aunque habría un Comité Organizador que sería el encargado de admitirlos o no al festival para velar porque sus contenidos e imágenes no puedan herir la sensibilidad del público (infantil en muchos casos).
Pensador, humanista, escritor, poeta, orador, contador de historias, soñador, visionario… aunque quizá la mejor definición para una personalidad como la de Eduardo Galeano sea la de ser humano. Porque eso es lo que es, un ser humano comprometido con el tiempo y el mundo que le ha tocado vivir, un quijote con armadura de papel y lanza de palabra que se enfrenta en sus escritos a todos los molinos que nos amenazan. ¡Es tan raro escuchar hoy a alguien con voz propia, tan increíble ver que aún existe un hombre libre! Galeano es una de esas personas a las que podríamos estar escuchando horas y horas mientras nos relata, con su inimitable y personalísima forma de decir, lo que le acontece a nuestro mundo. Hombre de voz pausada, grave y cálida, a veces dice cosas tan directas y, en apariencia tan sencillas y simples, que hace que nos preguntemos ¿cómo es posible que no me haya dado cuenta de esto tan obvio que he tenido delante todo el tiempo? En efecto, Eduardo Galeano es una de esas contadas personas de las que siempre esperamos escuchar el diagnóstico acertado, la palabra justa, la idea clara y la opinión libre. Aquí le tenéis dándonos su demoledora y clara visión de lo que pasa en nuestro mundo:
Hombre sabio, de los de café, charla y tertulia, que añora aquellos lugares sin tiempo que fueron los cafés: “La cultura del mundo actual conduce al desvínculo. Y estos cafés joden a esa cultura. Pertenecen a un tiempo en el que había tiempo para perder el tiempo.” Galeano, sabedor de la importancia del tiempo en el proceso creativo, considera que el libro va creciendo desde dentro, poquito a poquito, porque “los libros van creciendo dentro de uno; lo único que se hace desde arriba son los pozos; los libros crecen desde abajo, desde el fondo de uno; cualquier imposición es enemiga de la creación, porque lo que sale es ortopédico y artificial, por eso nunca he firmado un contrato que me obligara a entregar un libro, porque se tiene que escribir por placer, no por deber; escribo cuando me pica la mano, cuando tengo ganas, cuando tengo necesidad de decir. De esa manera uno aprende el arte del silencio…”
En un mundo tan duro y cruel como el que nos ha tocado vivir, la voz de Galeano es una luz en la niebla, un potente faro que nos advierte de los peligros y las trampas para evitar que naufraguemos, o cuando menos, para que podamos seguir intentando mantenernos a flote. “No hay noche que no esconda unos cuantos soles”, suele decir este hombre enamorado sin remedio de la vida, inmerso en un proceso de búsqueda constante: “Puedo decir que he tratado de seguir el ritmo y de escuchar la respiración del mundo en movimiento, de sentir el rumor de sus pasos, del mundo que camina, el rumor de los pasos del mundo. No sé si lo logré; puede que sí, puede que no, puede que un poquito, pero ésa fue mi intención, no quedarme estacionado. No me dediqué a repetirme, busqué otras cosas, otros caminos… Las certezas son las que desayunan dudas todas las mañanas. Una certeza como un desafío es la capacidad de mirar las cosas como por primera vez, sin telarañas en los ojos…”
Galeano es consciente de que los males del mundo vienen de esa angustia, de esa ansiedad en la que nos obliga a vivir “un sistema que confunde el mundo con una pista de carreras y que te enseña que el que cae o pierde no merece existir. La cultura dominante del mundo te dice que “Hay que llegar para tener éxito”. No se vive para ganar, se vive para vivir. Vivir el camino. Aunque sean caminos difíciles y te caigas varias veces en ese andar por el camino de la vida, no hay que creerse el cuento de que el fracaso es el único pecado que no tiene redención. En el retrato del mundo de hoy nadie puede detenerse. Hay un pánico: si paras, te pasan por encima. A veces, hay que parar para poder seguir andando. No hay que dejarse engullir por las culturas dominantes, por lo que nos meten en la cabeza: el que no compra no existe, el que no tiene no es. En Occidente el ser es tener, y, lamentablemente, también en Oriente…”
Su diagnóstico del funcionamiento del mundo es sencillo y claro: “Los europeos, y en general el norte del mundo, conservan esa especie de manía de sentirse elegidos, quién sabe si por dios o por el diablo, para realizar exámenes de democracia a los países del sur… En el mundo no hay una democracia de verdad; en el mundo hay ciudadanos de primera, de segunda, de tercera, de cuarta categoría; y hay muertos también. Cada minuto mueren en el mundo diez niños por hambre o por una enfermedad curable, y cada minuto el mundo gasta tres millones de dólares en industria militar. ¿Qué clase de especie es ésta que se dedica al exterminio del prójimo?…”
En “ESPEJOS, UNA HISTORIA CASI UNIVERSAL”, un libro absolutamente imprescindible y, como todos los suyos, inclasificable, dice: “Los espejos están llenos de gente. Los invisibles nos ven. Los olvidados nos recuerdan. Cuando nos vemos, les vemos. Cuando nos vamos ¿se van?. Este libro ha sido escrito para que no se vayan.” Es un libro dedicado “a los pensadores y a los sentidores, a los curiosos, a los condenados por preguntar, y a los rebeldes y los perdedores, y a todos esos locos lindos que han sido y son la sal de la tierra.”
Galeano habla de todos los seres ninguneados y silenciados del mundo, los parias, los perdedores, los que nunca tendrían que haber nacido, los que mueren a diario sin haber vivido, los “nadies” que él llama, todos esos millones de seres a los que les hemos negado su lugar en el mundo, porque más allá de nuestras fronteras hemos condenado a los demás a no existir, a ser nadie, a no ser más que un irremediable y cruel carpicho del destino que, por supuesto, nada hacemos por cambiar, porque nosotros estamos aquí, en nuestro amado mundo “civilizado” donde, gracias a dios esas cosas no pasan, porque nosotros somos los “buenos” de esta película, los que tenemos el poder y la verdad, los que tenemos el monopolio de las certezas, de todas las certezas, siempre las certezas…
Tuve la suerte de conocer a Galeano en la presentación de ”Espejos” que hizo en Barcelona dos días antes del día de Sant Jordi. Tras una deliciosa charla en la que nos leyó algunos fragmentos del libro, se pasó más de dos horas firmando ejemplares sin parar. Me acerqué para que me lo dedicara y para pedirle su apoyo a un manifiesto pacifista que acabábamos de promover desde la Casa del Tíbet propugnando el diálogo entre las autoridades chinas y representantes del gobierno tibetano en el exilio para resolver el conflicto tibetano y obligar a que se respetasen los derechos humanos en Tíbet. Le entregué el manifiesto y le comenté que ya lo habían firmado gente como Federico Mayor Zaragoza o José Luis Sampedro. “Así que iré bien acompañado” me dijo mientras me pedía mi dirección de correo electrónico para contestarme una vez leído el manifiesto. Pensé que, con el trajín agotador del Sant Jordi, tardaría mucho en contestar. Al día siguiente recibí un email que decía: “Ruego incluyan mi firma en el manifiesto SOS Tibet. Gracias por haber pedido mi apoyo. Eduardo Galeano.”
Hoy son muchas las voces del sistema que critican despiadadamente a los artistas que, como Galeano, toman partido para denunciar e intentar combatir las injusticias del mundo. “¡Que se dediquen a actuar, y se dejen de hacer política…!”, “Ya están los politiqueros esos de los actores con sus monsergas… tanto protestar, pero mira cómo bien viven de las subvenciones que todos pagamos por ese bodrio de películas que hacen”, “Deberían abolirse todas las subvenciones para que esos chupópteros se enterasen de lo que vale un peine…”, “Que aprendan de los americanos, esos sí que saben hacer películas…”
Si callamos o pasamos de largo cuando un hombre pega a una mujer en la calle nos convertimos en sus cómplices, en esos cómplices hipócritas y cobardes que no hacen todo lo que está en su mano para evitar que cosas como esa ocurran a diario. ¿Qué pasa? ¿Quieren que callemos y miremos a otro lado cuando vemos morir de hambre a miles de niños cada día? ¿Acaso no somos cómplices del asesinato de esos niños si nos quedamos de brazos cruzados limitándonos a actuar, a escribir o a pintar como esas voces exigen que hagamos?, ¿Acaso no somos cómplices si no salimos a la calle para evitar una guerra y nos limitamos a verla por la tele y a financiarla con los impuestos que pagamos?, ¿Acaso no somos cómplices si nos limitamos a cantar, a bailar o a jugar al fútbol y permitimos que se violen las leyes internacionales y los derechos humanos expulsando a una mujer como Aminetu Haidar de su casa simplemente por decir que es saharaui? ¿No seremos cómplices también de su muerte si nos quedamos cómodamente sentados en nuestras casas viendo su agonía y su sufrimiento por defender sus derechos y su dignidad en lugar de salir a la calle y protestar con todas nuestras fuerzas?, ¿Acaso no seremos cómplices de la cobardía de nuestro Gobierno, que sistemáticamente antepone los intereses de Estado a la defensa de los derechos humanos, si no le obligamos a que haga todo lo que esté en su mano para forzar a que Marruecos permita que Aminetu regrese a su hogar?, ¿De verdad piensan todas esas voces que exigen que callemos que podemos vivir como si no pasase nada?
Los actores tenemos la fortuna, la inmensa fortuna, de tener una profesión que nos permite, a veces, dar voz a los sin voz, pero por eso también tenemos la responsabilidad, la irrenunciable responsabilidad, de dársela cuando la necesitan, y no hacerlo es convertirnos en cómplices de su sufrimiento y su desgracia. Precisamente porque en nuestra mano está el poder denunciar y hacer visibles los problemas y las injusticias de todos los “nadies” que habitan este mundo, las voces de los defensores de lo políticamente correcto y de los valores del sacrosanto Estado de derecho quieren, necesitan y exigen que callemos y miremos a otro lado. La decisión sólo depende de nosotros, de todos y cada uno de nosotros. Los artistas no somos ni mejores ni peores que los demás, somos conscientes de que ni siquiera tenemos respuestas, pero tenemos las preguntas, y, sobre todo, la capacidad de hacer que se oigan altas y claras.
No es un debate nuevo. Gabriel Celaya ya lo expresó muy bien cuando escribió “La poesía es un arma cargada de futuro” y nos dijo “maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales, que lavándose las manos se desentienden y evaden…” Os dejo con sus versos en la voz de Paco Ibáñez en el inolvidable concierto de 1969 en el Olimpia de París, porque Paco ha sido y es otra luz en la niebla, otro faro que nunca se apaga, un faro que desde el primer día, nunca dudó en dar su luz a todas las causas “perdidas” para que un día no lejano pudiesen dejar de serlo… causas como la del pueblo saharaui, que defiende con su vida Aminetu Haidar, una mujer de cuerpo débil y voluntad inquebrantable, una luz en la noche del desierto que, con su ejemplo, nos ha enseñado a todos lo que significa la palabra dignidad.




Siempre he defendido la importancia de los cortometrajes. No sólo por ser cine de verdad y por ser también la mejor escuela para técnicos y para actores, sino por ser, posiblemente, el último espacio de libertad que queda hoy en el mundo del audiovisual, un espacio en el que con pocos medios pueden hacerse grandes cosas y en el que, por eso, nuestro cine puede competir en igualdad de condiciones con cualquier otro. Un corto es una película, y un buen corto una buena película. Hoy quiero invitaros a ver DESENFOCADA, un corto excepcional hecho por Miguel A. Furnier, un chaval de mirada honesta y soñadora que no puede permanecer impasible ante lo que está ocurriendo a su alrededor. Por eso cogió su cámara y rodó DESENFOCADAS, un corto necesario e imprescindible por lo que cuenta, por cómo lo cuenta y, sobre todo, por para qué lo cuenta. Creo que debería ser de visión obligatoria en todos los Institutos y Universidades y, desde luego, de pase obligado en prime time en las principales cadenas de televisión, porque un corto como éste puede hacer mucho más que cualquier campaña publicitaria para combatir la violencia de género y el maltrato.
DESENFOCADA se rodó en Madrid en Abril de 2009. Fueron necesarias tan sólo seis tomas. Sus dos protagonistas, Miriam Viñolas y Tomy Álvarez, nunca habían trabajado juntos antes, y nunca se habían enfrentado al reto de interpretar una escena como ésta en un plano secuencia. Miguel A. Furnier siempre supo, desde que escribió el guión, que rodar sin ninguna interrupción permitiría que los dos actores viviesen a fondo la situación y que nosotros, los silenciosos “voyeurs” que hemos invadido su intimidad, entendiéramos el sutil mecanismo de la violencia de género y el maltrato.
Hoy me gustaría hablaros de la exposición fotográfica que el cineasta José Luis Guerín preparó para la Bienal de Venecia de hace un par de años y que tuve la oportunidad de ver en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). Realmente era impresionante. Se llamaba “Las mujeres que no conocemos”, y era una invitación a soñar con los besos no dados, con todas nuestras vidas no vividas, porque, como dice Guerín, las mujeres que no conocemos son vidas que no hemos vivido…
intimidad, la intimidad de esas mujeres que no conocemos pero con las que soñamos despiertos cada día, de todas esas mujeres anónimas a las que Guerin ha querido robar un instante de su vida, ese instante que nos ofrece en la claridad del blanco y negro que ilumina la oscuridad de las salas, ese instante fugaz en el que cruzamos con ellas una mirada, una emoción o tan solo un deseo… En sus rostros hablan todos los silencios; en sus ojos habitan los misterios y los sueños, todos nuestros sueños, y en su intimidad robada todas las vidas que no nos atrevimos a vivir. ¿Qué habría pasado si hubiera llegado a hablar con aquella mujer que estaba leyendo junto a mí en aquella terraza solitaria al atardecer?, ¿y si me hubiera atrevido a besar a aquella joven a la que jamás volví a ver?, ¿y si hubiera cambiado mis planes de viaje para quedarme una noche más en aquella ciudad de provincias en la que me crucé con aquella mujer que llevaba la nostalgia por mirada?, ¿y si…?, ¿y si…?, ¿y si…? Son tantas las mujeres que no conocemos, tantas las vidas que no vivimos… tantas las que no nos atrevemos a vivir. Puede que recordemos el primer beso, seguro que el último y probablemente unos cuantos más, quizá los más intensos, pero, por desgracia, los que nunca llegamos a olvidar son los que no nos atrevimos a dar…
Esta entrada no habla de cine, ni de televisión, ni de teatro. Ni siquiera habla de fotografía. Habla simplemente de las cosas de la vida, de todas esas vidas no vividas, porque la vida es una elección continua, y por eso está llena de oportunidades perdidas, de sueños muchas veces despedazados por nuestro miedo a vivir. Siempre podemos perdonarnos los errores que cometemos, pero lo que jamás nos perdonamos es lo que no nos hemos atrevido a vivir…
Vivir la vida es atreverse a hacerlo con todas las consecuencias y en todas las circunstancias. ¿Cuántas veces hemos dejado de hacer algo que realmente queríamos por hacer caso a los demás o a la voz de ese Pepito Grillo que siempre frena nuestros impulsos?. Vivir la vida es aceptar correr riesgos, es prescindir de la falsa seguridad que nos rodea, es atreverse a enfrentarse a los problemas, y hacerlo, muchas veces, en solitario y nadando contra corriente. Seguramente si Kandinski hubiera hecho caso a esa voz el mundo habría tenido un mediocre abogado más… y la pintura abstracta no existiría como la conocemos hoy.
encontré un pequeño refugio de montaña en el que estaba el único bar que había en todo el parque. Era una preciosa cabaña de madera que nada tenía que envidiar al paradisíaco Walden de Thoreau. No había mucha gente: tres o cuatro personas y algún turista tan perdido como yo. Estaba en la barra esperando a pedir un café con leche bien caliente cuando, de repente, se abrió la puerta que daba a la cocina y por ella apareció una chica que tendría poco más de quince años. Nunca había visto tanta luz en la mirada de una mujer. Sólo pude aguantar su mirada unos segundos, unos segundos en los que me habló de sus sueños, de sus emociones, de sus sentimientos más secretos y de sus irrefrenables ganas de vivir. Yo también intenté darle todo en aquellos segundos: mis ganas de conocerla, de abrazarla, de compartir mi vida entera con ella… No me atreví a decirle nada. Ella tampoco lo hizo pero, buscando mis ojos de vez en cuando, me dio el mejor de los regalos al enseñarme a jugar al más maravilloso de los juegos. Antes de salir de la cabaña me detuve para mirarla por última vez. Pocos años después la crueldad de la guerra destrozó aquel país. Fueron cientos de miles los que sufrieron y murieron en aquella guerra. Nunca más he vuelto a saber de ella. Siempre me he preguntado qué debió ser de aquella niña que me enseñó a soñar. Han pasado más de treinta años y ni un solo día he olvidado la luz de la mirada de aquella casi mujer, una luz que volví a encontrar en las fotos de Guerín.
Pero todas esas vidas no vividas no se reducen solo a las oportunidades perdidas con mujeres desconocidas, a los encuentros no encontrados, sino que, a veces, las mujeres que no conocemos son precisamente las que están a nuestro lado, junto a nosotros, las mujeres con las que hemos compartido una vida entera y que creíamos conocer. Si la timidez era la que nos impedía acercarnos y conocer a esas desconocidas con las que podríamos haber vivido una vida, nuestra incapacidad para amar y para entender lo que verdaderamente significa amar, es lo que nos impide vivir nuestra verdadera vida.
Acabo de leer un libro imprescindible: Historia de un matrimonio, de Andrew Sean Greer, que empieza así: “Creemos conocer a quienes amamos. Al marido. A la esposa. Los conocemos, somos ellos; a veces, por separado en una fiesta, nos sorprendemos expresando sus opiniones, sus preferencias respecto a comida o libros, contando una anécdota que no nos sucedió a nosotros, sino a ellos. Observamos su manera característica de hablar, conducirse y vestirse; cómo acercan el terrón de azúcar al café y lo ven pasar de blanco a marrón y entonces, satisfechos, lo dejan caer en la taza. Creemos conocerlos. Y amarlos. pero lo que amamos resulta ser una mala traducción, hecha por nosotros, de un idioma que apenas dominamos. Con ella tratamos de llegar al original, aunque jamás lo conseguimos. Lo hemos visto todo. Pero ¿qué hemos entendido de verdad?. Una mañana despertamos. Junto a nosotros duerme ese cuerpo familiar: en cierto modo, un desconocido…”
Esa novela me ha recordado mucho a un maravilloso relato de James Joyce, Los muertos, el último relato de Dublineses, magistralmente llevado al cine por John Huston, en la que fue su última película, y su verdadero testamento. Los diez minutos finales de la película, en los que Huston pone en boca de Gabriel, el protagonista, su reflexión más personal sobre el amor, la vida y la muerte en un monólogo inolvidable, son de lo mejor de la historia del cine. La escena transcurre en el dormitorio de Gretta y Gabriel, cuando, tras contarle Gretta a su marido que de joven había vivido una apasionada historia de amor platónico con un joven llamado Michael Furey, que murió por ella cuando apenas tenía 17 años, él se da cuenta de que no conoce a su mujer, a esa mujer capaz de amar con esa pasión que él envidia con todas sus fuerzas, porque es incapaz de sentir algo así. Y siente una profunda envidia de aquel joven que sí supo amar a su esposa con esa intensidad, aunque solo fuera por un instante, y que fue capaz de
morir por su amor. En ese desgarrado monólogo final, Gabriel/Huston, en plena noche, mirando caer la nieve por la ventana mientras su mujer duerme en la cama, nos dice: “¡Qué pequeño papel he representado en tu vida, es casi como si no hubiera sido tu marido, como si nunca hubiésemos convivido como marido y mujer… Uno a uno todos nos convertiremos en sombras, es mejor pasar a ese otro mundo impúdicamente, en la plena euforia de una pasión que irse apagando y marchitarse tristemente con la edad… ¿Cuánto tiempo has guardado en tu corazón la imagen de los ojos de tu amado diciéndote que no deseaba vivir? Yo no he sentido nada así por ninguna mujer,
pero sé que ese sentimiento debe ser amor… Piensa en todos los que alguna vez han vivido, desde el principio de los tiempos, y en mí, transeúnte como ellos, fluctuando también hacia su mundo gris, como todo lo que me rodea, este mismo sólido mundo en el que ellos se criaron y vivieron se desmorona y se disuelve. Cae la nieve, cae sobre ese solitario cementerio en el que Michael Furey yace enterrado. Cae lánguidamente en todo el universo y lánguidamente cae como en el descenso de su último final sobre todos los vivos y los muertos.”
Hoy me gustaría hablaros de la felicidad, algo que, muchas veces, creemos que debe existir; que algunas veces, intuímos que existe; y que muy pocas veces, somos plenamente conscientes de que verdaderamente existe, porque en esos momentos somos felices… casi sin darnos cuenta.
En la entrada de este blog que dediqué hace unos meses a Fernando Fernán-Gómez decía que él escribió en una ocasión que “la diferencia entre los hombres de la realidad y los personajes teatrales es que los hombres de la realidad siempre son protagonistas, todos son protagonistas, aún cuando al mismo tiempo sean personajes secundarios en las peripecias ajenas…”
Cuánta sabiduría se esconde en esas palabras o ¿acaso hemos conocido a alguien que se limite de verdad a ser un personaje secundario de nuestras vidas…? o, lo que todavía es peor, ¿cuándo hemos admitido nosotros ser un simple comparsa en la vida de los demás? Siempre nos creemos el centro del mundo, tenemos muy claro que todo debe girar a nuestro alrededor, que nuestras opiniones deben prevalecer sobre las de los demás, simplemente porque son nuestras… ¡ay de aquel que ose llevarnos la contraria en los temas que verdaderamente nos importan!
Tenemos tanto ego que nos cegamos a nosotros mismos, empeñándonos en sentirnos infelices. Vivimos prisioneros de nuestros deseos, somos esclavos de nuestros anhelos, sin saber, o sin querer saber, que un deseo hecho realidad no supone alcanzar la felicidad. Y, sin embargo, nos empeñamos en creerlo. Siempre pensamos que la felicidad es algo futuro que, tarde o temprano, vendrá desde no sabemos dónde ni por qué, a dar sentido al sinsentido de nuestra vida. Creemos que la felicidad es una especie de zanahoria tras la que nos pasamos la vida corriendo… sin saber que jamás llegaremos a alcanzarla, porque la felicidad nunca ha sido, ni será, una zanahoria.
Otros, en cambio, se quedan anclados en la idealización de un pasado que nunca les dio, ni les dará, la felicidad, proclamando una y mil veces que algún día fueron felices…cuando, en realidad nunca lo fueron y, lo que es peor, ese haberse quedado viviendo del recuerdo les aleja más y más de la verdadera felicidad que habita en el único mundo que verdaderamente existe: el del aquí y el ahora. ¿Tanto cuesta limitarnos a vivir este aquí y este ahora?, ¿tan difícil es aceptar que no somos el centro del universo, que cada una de las personas con las que nos cruzamos a diario tiene su propia vida en la que nosotros no somos más que un personaje secundario o un figurante? Infaliblemente, cuando conocemos a alguien pensamos en lo que nos podría llegar a dar o, en el mejor de los casos, nos limitamos a ignorarle porque no nos interesa lo más mínimo. ¿Cuándo ha sido la última vez que, al conocer a alguien, lo primero que hemos pensado, de verdad, ha sido “en qué puedo ayudarle yo”?
La vocecita de nuestra conciencia, esa voz que nos habla desde nuestro interior, es un dictador insaciable que nos habla continuamente para impedirnos escuchar el silencio. Pero esa voz no es nuestra voz, es la voz de nuestro ego, y está siempre hablando para no dejarnos pensar, para impedir que nuestra mente se calme y se serene. Su vida depende de ello, por eso habla todo el rato. Es un continuo yo, yo, yo… Los demás no existen para esa voz más que como compañeros u obstáculos de nuestro caminar, porque para nuestro ego los demás carecen de vida propia. Si cada vez que habla esa voz aprendemos a observarla, nos daremos cuenta de que, en realidad, nosotros somos el observador, no esa voz, y ese será el primer paso del largo camino que nos llevará a silenciarla.
Nosotros, como actores, sabemos muy bien que, para empezar a vivir cualquier personaje, lo primero que debemos hacer es acallar la vocecita de ese juez inclemente y pesadísimo que siempre nos acompaña cuando nos sentimos inseguros o tenemos miedo a arriesgarnos de verdad a ser libres. No es fácil, desde luego, acallar esa voz, pero tenemos la ventaja de que sabemos que esa voz no sólo no nos ayuda en absoluto, sino que dificulta muchísimo nuestra labor. Acallar esa voz es el primer paso de nuestro camino creativo, y esa es una de las ventajas que tenemos los actores, ya que tenemos muchas más oportunidades de aprender a acallarla que el resto de los mortales.
neurocirujano, al saber que le gustaba tanto la música, le pidió que, como parte de la terapia para recuperar la memoria, dedicase muchas horas a cantar y a componer canciones. Y ella, tumbada en la cama, empezó a componer unas canciones preciosas. Su maravillosa voz le permitió grabarlas en la que fue la primera maqueta que hizo y que alguien llevó a un productor musical. Esa chica se llama Melody Gardot, es esa maravillosa voz que acabáis de escuchar, hoy tiene veinticuatro años y, aunque todavía tiene que subir a los escenarios ayudada por un bastón y con gafas de sol para protegerse de la fotofobia que le causó aquel accidente, es una de las promesas más firmes y con mayor proyección internacional del jazz. Si le preguntas por su discapacidad, te mira directamente a los ojos, te contesta: “¿Acaso, de alguna manera, no tenemos todos alguna?” y te sonríe.
El Lama, muy sabio, consciente de que los occidentales no estamos muy acostumbrados a este tipo de música, suele decir que los mantras son la aspirina que cura nuestros males, y la música del piano de Rykiel el agua para que podamos tragarla. He tenido la fortuna de escucharles varias veces en directo. Jamás olvidaré la primera vez que les oí. Fue hace algunos años en la Basílica de Santa María del Mar, en Barcelona. Un precioso juego de luces azules y anaranjadas iluminaba sus impresionantes columnas manteniendo el resto del templo en la oscuridad. También había muchas flores adornando el altar, desde donde ambos músicos daban aquel concierto. Tras ellos había varios thangkas tibetanos enormes y de los colores más vivos representando el mandala del Kalachakra y varios Bodhisattvas. Era un marco incomparable para un concierto como aquel. Os aseguro que, viendo tanta belleza, lloré de emoción. Imaginé lo que debían sentir los dos músicos viendo todo aquello, cuando me dí cuenta de que Jean Philipe Rykiel es ciego. En aquel momento sentí una inmensa pena por él. Hoy sé que me equivocaba, y que él también veía la belleza de aquella noche inolvidable, porque la belleza está dentro de nosotros, fuera simplemente está la luz que, iluminándola, puede ayudarnos a contemplarla, pero nunca la veríamos si no supiéramos sacarla de nuestro propio interior donde, al cerrar los ojos, si miramos el silencio de nuestro yo más profundo, jamás dejamos de verla.
donante y ser trasplantado sin necesidad de pasar por diálisis. Al salir del hospital su peso había pasado de treinta a casi cincuenta kilos por efecto de la medicación. Estaba irreconocible y, cuando pudo empezar a salir a la calle y se cruzaba con sus compañeros de clase, muchas veces no le reconocían. Él se daba cuenta y lo comentaba, pero de su boca nunca salió un lamento ni un reproche. No sé cómo, pero aprendió a considerarlo como algo normal que le estaba pasando y que tenía que asumir. Tuvo que dejar de hacer lo que más le gustaba, jugar al fútbol, y hacer un ejercicio impresionante de autocontrol para no olvidarse de tomar ni una sola de las casi veinte medicinas que tenía que tomar a diario.
un año sometiéndose a sesiones de cuatro y cinco horas de diálisis tres veces por semana. Impresionaba verles a todos en aquella sala charlando animadamente de sus cosas en un mundo y con un lenguaje totalmente ajenos al nuestro. El compañero más joven que tenía en aquella sala pasaba de los treinta años; él no había cumplido aún los diecisiete y ya esperaba su segundo trasplante. Nunca le oí quejarse ni hacerse la pregunta que, seguramente, todos nos habríamos hecho en su situación: “¿Por qué me ha tenido que pasar a mí?”. Al revés, él siempre ha estado de buen humor, alegre, preocupándose por los problemas de los demás, sin quejarse jamás de los suyos. Durante todo aquel tiempo estuvo en lista de espera para un nuevo trasplante. Un día le llamaron para que fuera urgentemente al hospital porque había un riñon que podía ser compatible para él. Le hicieron el crossmatching, la prueba de compatibilidad entre donante y receptor, pero no dio el resultado esperado y tuvo que volver a casa sin haber sido trasplantado. Meses después volvieron a llamarle. De nuevo falló el crossmatching, y de nuevo volvió a su casa de vacío y a tener que seguir con las sesiones de diálisis. Él nunca se quejó, a pesar de que su cara y sus brazos reflejaban el sufrimiento de su cuerpo. En el colegio decidió hacer su trabajo de investigación precisamente sobre el mundo de los trasplantes. Quería compartir su experiencia con todos los demás y, al hacerlo, ayudar a quien lo pudiera necesitar. Se entrevistó con todos los médicos que le habían tratado, las enfermeras le dieron muchísimo material y él se documentó a fondo sobre todo aquello. Por aquel trabajo consiguió una matrícula de honor. Hace tres años, apareció, por fin, el riñón que tanto había deseado. El segundo trasplante salió muy bien, ni siquiera engordó gracias a la nueva medicación, y hoy ese chaval es un joven de veintiún años perfectamente normal con el que te puedes cruzar a diario por la calle, que va a la universidad, que tiene novia, que ha vuelto a jugar al fútbol y que, de vez en cuando, se acerca a charlar un rato con sus antiguos compañeros de diálisis que aún no han sido trasplantados.
Las experiencias de este chaval y la de Melody Gardot, no son excepcionales, en todos los hospitales puedes encontrar muchos casos parecidos. Son personas que han intuído, o a las que el dolor les ha enseñado, que la felicidad está dentro de ellos, en su aquí y en su ahora, y que para alcanzarla no hay que esperar recibir nada, sino todo lo contrario, dar todo eso que llevamos dentro y compartirlo con los demás. Ellos han creído en sí mismos, se han atrevido a confiar en ellos, porque se han dado cuenta de que la seguridad también es algo que está dentro de ellos, y que depende de una sóla cosa: la actitud. Esa es la clave: la actitud positiva en todo momento, hacia todos y hacia todo.
Dicen los maestros budistas que la felicidad consiste en aprender a superar el sufrimiento. Si la felicidad fuera una mesa, las cuatro patas que tendría, seguramente, serían: superar el deseo, amar a los demás, acallar el ego y vivir el aquí y el ahora. Puede que, algún día, cuando hallamos superado el deseo, perdido el miedo a amar, acallado la voz de nuestro ego y nos atrevamos, de verdad, a vivir nuestro aquí y nuestro ahora, invitemos a todos los que nos rodean a compartir una charla alegre y sincera sentados alrededor de esa mesa en la que ya a nadie le importará no ser el protagonista de la velada.
Veo con inmensa alegría cómo las obras de Stefan Zweig, poco a poco, van surgiendo del mar del olvido en el que, injustamente, las hundimos hace tiempo, y ya ocupan un lugar destacado en la mayoría de las librerías. “Amok”, “El jugador de ajedrez”, “Los ojos del hermano eterno”,o “Carta de una desconocida” son libros que todos deberíamos leer, al menos, una vez en la vida. Pocos son los autores que han alcanzado la perfección de Zweig para dibujar el alma humana. Sus libros son un estanque tranquilo en el que podemos vernos reflejados, ese estanque en el que nuestro inquieto espíritu de hoy se encuentra a sí mismo. Nunca sus obras han sido más actuales que ahora, y nunca, como ahora, tan imprescindibles. Sus novelas, como sus biografías, son ese bálsamo necesario que nuestro corazón busca desesperadamente en este mundo nuestro donde todo pasa cada vez más deprisa.
De entre toda la obra de Zweig me gustaría destacar su autobiografía: “El mundo de ayer. Memorias de un europeo”. Si sus libros son algo que todos deberíamos leer, éste es un libro que nadie, absolutamente nadie, debería dejar de leer. A través de sus páginas asistimos a la destrucción de un mundo, el suyo, y a los dolores de parto de la nueva Europa. Este escritor austríaco, nacido a finales del ajetreado siglo XIX, nos habla de un tiempo en el que el ser humano era lo importante. Pocas ciudades a lo largo de la historia han vivido un momento de eclosión de la cultura como la Viena que le tocó vivir. La Secession, con sus Kokoschka, Klimt, Otto Wagner o Loos; el pensamiento, con Sigmund Freud a la cabeza; la música, con Mahler y Schönberg, y la literatura, con el propio Zweig y Robert Musil, ese inmortal hombre sin atributos,
tomaron las calles de Viena al grito de “A cada época su Arte; al Arte, su libertad”. Se les podía ver en los viejos cafés, al calor de una tertulia, en las noches de la Ópera, del Burgteather o, simplemente paseando por las calles, saludando al nuevo día. La cultura, en aquella Viena, no era un coto exclusivo de las clases elitistas, sino que podías saber qué tal había estado tal tenor o tal actriz la noche anterior simplemente escuchando las conversaciones de los camareros con los clientes en las cervecerías y los viejos cafés. En aquella Viena irrepetible todo el mundo amaba la cultura y la sentía como propia, aunque nadie, absolutamente nadie, se daba cuenta de que todo aquello estaba a punto de desaparecer para siempre.
A aquel mundo de ayer lo destruimos con la Primera Guerra mundial. Con ella desapareció el Imperio autrohúngaro, y con él el universo en el que se forjó la personalidad de Stefan Zweig. Aún así continuó siendo uno de los escritores más leídos y admirados de Europa. Su fama cruzó todas las fronteras y era leído en todos los países y por todas las clases sociales. Sin embargo, años después, sus libros fueron prohibidos y quemados en las hogueras que los nazis encendieron en las calles de casi toda Europa. Zweig era de origen judío, y, de nuevo, todo su mundo se vino abajo, esta vez con la Segunda Guerra mundial. Zweig se exilió y huyó a Brasil, donde se suicidó en 1942 al no poder soportar la idea de que su país volviera a perder una guerra y de nuevo él lo perdiera todo, o lo que era peor aún, que, esta vez, la ganara y el nazismo impusiera su dictadura en todo el mundo.
directo a cuanto ocurre en el mundo, tenemos toda la información a nuestro alcance si de verdad nos tomamos la molestia de buscarla y de deshechar la basura informativa con la que nos manipulan, podemos saber cuanto ocurre con sólo apretar un botón, podemos llegar a cualquier parte del mundo en cuestión de horas y, sin embargo, ya no hay grandes ideales, ni líderes, ni soñadores, ni utópicos… El idealismo ha sucumbido frente al egoísmo y, lo que es más terrible aún, en nuestra alocada carrera hacia la abyección desde el “pienso luego existo” al “consumo, luego existo”, no nos hemos dado cuenta de que hemos pagado un precio excesivamente caro: dejar de ser seres humanos. Hoy ya no pensamos, ni dialogamos, ni actuamos…. hoy, por desgracia, nos limitamos a sobrevivir luchando por intentar llegar a fin de mes, por pagar la hipoteca y por tener trabajo, por precario que sea, en una esclavitud de cadenas invisibles que, en muchos casos, nos atamos nosotros mismos mientras decimos a cuantos nos quieran escuchar que somos libres, porque, ilusos de nosotros, estamos convencidos de ello.
Stefan Zweig tenía una forma de escribir incomparable. Fijaos cómo empieza una de sus novelas quizá menos conocida, “La embriaguez de la metamorfosis”, describiéndonos la oficina de correos donde trabaja la protagonista y, al tiempo, la decrepitud de la época que le toca vivir : “Las oficinas de correos rurales en Austria poco se distinguen unas de otras; quien ha visto una, las conoce todas. Equipadas, o mejor dicho, uniformadas en la misma época, la del emperador Francisco José, con el mismo mísero mobiliario proveniente de los mismos fondos, todas transmiten por doquier la misma sensación de tedio y malhumor estatal, y hasta en las aldeas alpinas más recónditas del Tirol, allá bajo el aliento de los glaciares, conservan obstinadamente el inequívoco olor oficial, rancio y austríaco que es una mezcla del tabaco viejo de hebra y de polvo enmohecido en expedientes amontonados…”
O bien, la particularísima forma que tiene de describir, en la mism novela, el paso del tiempo, de la guerra… y de la vida: “…1914, uno de agosto. Por la tarde fue a la piscina; como un rayo diáfano, vio desnudo su cuerpo erguido al quitarse la camisa, un cuerpo redondeado, blanco, ardiente, sano y flexible… Y luego 1915, diecisiete años. Los padres han envejecido una década. El padre se encoge como si un trago de lejía lo consumiera por dentro, amarillo, maltratado e inclinado se arrastra de una habitación a otra, y todos saben que el negocio le preocupa…1916, dieciocho años. Unas palabras nuevas recorren incansables la casa: demasiado caro. La madre, el padre, la hermana, la nuera huyen de sus preocupaciones y se refugian en la pequeña miseria de los papelitos que usan para calcular los gastos de la pobre vida cotidiana desde la mañana a la noche. Demasiado cara es la carne, demasiado cara la mantequilla, demasiado caros un par de zapatos: Christine apenas se atreve a respirar por miedo a que salga demasiado caro… Y 1917, diecinueve años; enterraron al padre dos días después de Nochevieja, el dinero de la cuenta de ahorro alcanzó justo para mandar teñir la ropa de negro… Y 1918, veinte años. Sigue la guerra, aún no ha habido un día libre y carente de preocupaciones, aún no ha habido tiempo para lanzar una mirada al espejo o dar un paseo por la calle… Y 1919, veintiún años. La guerra ha terminado, en efecto, pero no la miseria…Y luego 1920, 1921. Veintidós, veintitrés años, la flor de la juventud como dicen. Pero nadie se lo dice a ella, y ella no lo sabe…Y 1922, 1923, 1924, veinticuatro, veinticinco, veintiséis años. ¿Es joven todavía? ¿Es ya vieja? Algunas arrugas se dibujan suavemente en las sienes, las piernas se cansan a veces, y la cabeza duele de manera extraña en primavera…”
Muchas de las novelas de Stefan Zweig se han llevado al cine y se han adaptado al teatro. Todos los buenos cinéfilos recordaréis la maravillosa película que hizo Max Opuls de “Carta de una desconocida”, con Joan Fontaine y Louis Jordan, pero hoy prefiero hablaros de la versión teatral de Manuel Enrique Orjuela que, hace un par de años, se estrenó en Barcelona.
“Carta de una desconocida” es, posiblemente, uno de los relatos más bellos que se han escrito jamás. Es un canto al amor, un homenaje desnudo a ese amor verdadero que sólo vive en el dar, en el darse por completo y sin límites, un canto al único, quizá, que de verdad merece llamarse amor. La historia es sencilla, terrible y maravillosamente sencilla: una mañana de cualquier día un escritor hedonista y seductor recibe la carta de una desconocida que le roba unos minutos de su vida para decirle que, desde siempre, ha estado enamorada sin remedio de él, que le ha amado y le ama por encima de todo y de todos, que toda su vida ha girado en torno a él, mirándole, observándole, imaginándole o simplemente soñándole en todo momento. Que por una sola mirada suya ha renunciado a todo, y que lo ha hecho con
alegría porque esa mirada le ha dado la vida… Para él ella es una perfecta desconocida que le habla de tiempos y lugares que vagamente recuerda, de encuentros amorosos fugaces de los que ni se acuerda, porque ella nunca le ha importado. De hecho no la recuerda porque no la ha visto ni cuando ha estado en la cama con ella. Por esa carta él se entera de que de esos encuentros nació un hijo, un hijo al que jamás conocerá porque, con apenas diez años, acaba de morir. La desconocida también le anuncia que cuando lea esa carta ella ya habrá muerto. Nada le pide, nada le recrimina, simplemente se atreve, por primera vez en su vida, a confesarle su amor al hombre al que ama. No hay un solo reproche en esa carta, ni una sola vez le culpa de algo, al contrario, le da las gracias por haber existido y ser como es, porque, aunque sin saberlo, él le ha dado sentido a su vida al permitir amar como ha amado, porque lo importante es amar, porque vivir no es más que amar…
El otro gran acierto tenía nombre propio: Emma Vilarasau. Actriz capaz de emocionar con un silencio o un simple movimiento de la mano, hizo de esta desconocida uno de los mejores papeles de su carrera. Era emoción en estado puro. En sus ojos vivía toda la nostalgia de lo que pudo haber sido, la infinita alegría del recuerdo de lo que fue, la desgarrada tristeza del alma abandonada, y, por encima de todo, la fuerza irresistible de lo que era: una mujer capaz de amar hasta las últimas consecuencias, de dejarlo todo por amor, de encontrar el sentido de su vida en una simple mirada, una mujer que sabe que cuando te ves cara a cara con la muerte, cuando ya no hay engaños ni mentiras, cuando ya sólo hay silencio, al echar la vista atrás, ves que sólo eres lo que te atreviste a dar, que sólo vives en la parte de ti que has dado a los demás y que nada queda, ni quedará, de lo que quisiste guardar para ti.
Ese corto ha sido seleccionado en innumerables festivales por todo el mundo, y ha ganado muchísimos premios. Trabajar en él fue para mí una experiencia inolvidable y tener la oportunidad de hacerlo con Emma un auténtico lujo. Por eso, desde que vi el reparto de aquella adaptación teatral de la obra de Zweig, supe que ella era la actriz ideal para dar vida a aquella desconocida capaz de escribir una carta tan desgarradora como ésta, y que empieza con un estremecedor : “A ti, que nunca me has conocido…”
Hoy recordaremos no sólo a uno de los actores más grandes, sino, posiblemente, al que fue uno de los últimos humanistas del Renacimiento: Anthony Quinn. Pintor, escultor, escritor, arquitecto, actor… Lo que Quinn fue por encima de todo es amante de la belleza. Supo encontrarla en todo lo que le rodeaba.
Esos fueron sus primeros pasos en un mundo que ya no abandonaría jamás, aunque él siempre se sintió más pintor y escultor que actor. Lo que Quinn fue en realidad es un enamorado de la vida y de la belleza. Por eso la buscó en todo lo que hizo. Lo que más le gustaba eran las mujeres (se casó tres veces, tuvo trece hijos y, según cuentan las habladurías, tuvo más amantes que películas, y eso que su filmografía supera las doscientas… “Siempre me enamoro de mis compañeras de reparto”, solía decir sin ningún tipo de reparo).
En su fantástica autobiografía “El pecado original”, Quinn dice, entre otras cosas, que “Ser incapaz de amar incondicionalmente es para mí el pecado original, el que engendra todos los otros”. Son muchas las anécdotas deliciosas que cuenta en ese libro. La de su llegada a los grandes estudios de Hollywood y su encuentro con el todopoderoso Cecil B. de Mille no tiene desperdicio. Estaban cerrando el casting de “The plainsman”, dirigida por el propio de Mille, con Gary Cooper como protagonista cuando Quinn, que, aparte del teatro, solo había trabajado como extra en un par de películas, fue a ver al director de casting para decirle que era el indio cheyenne que necesitaban. Apoyándose en su físico tan característico, juró y perjuró que él era un cheyenne puro. Se inventó un idioma que “sonaba” a indio y convenció al director de casting. Antes de presentárselo a De Mille, el director de casting le pidió que no hablase ni una sola palabra en inglés, para convencer a De Mille de que, sin lugar a dudas, él era el indio
que estaban buscando. Le dieron el papel: el de un jefe indio que tenía que soltar una arenga revolucionaria contra los blancos ante diez mil indios. Era la oportunidad de su vida. Aprendió a montar a caballo en una semana (antes de aquel día no había visto un caballo de verdad en su vida) y se presentó el día del rodaje en los estudios tras haber pasado toda la semana estudiando como un poseso un texto de más de cinco páginas en cheyenne del que él no entendía ni una sola palabra y ni sabía siquiera cómo debía pronunciarlo. Su primera sorpresa fue cuando, en lugar de darle un traje de jefe indio lleno de plumas, los de vestuario le dieron un simple taparrabos y una pluma en la cabeza. Atravesó la calle que le separaba del plató lleno de vergüenza tapándose como podía el trasero al cruzarse con todos los que, hasta aquel día, habían sido sus mitos de la pantalla.
Cuentan que el silencio en el plató fue impresionante. Tras unos interminables segundos mirándose fijamente el uno al otro, De Mille dijo “El chico tiene razón, cambien el guión, se esconderá tras el árbol.” Tenían previsto rodar aquella escena en tres días. Lo hicieron en uno sólo y De Mille le hizo personalmente una prueba a Quinn para su siguiente película una semana después. Desde aquel día Quinn fue famoso en todo Hollywood por haber sido capaz de enfrentarse a De Mille. Un año después se casó con Katharine, la hija del propio De Mille.
Quinn ha sido, probablemente, uno de los actores más camaleónicos de la historia del cine. Ha sido cura rural, Papa, esquimal, indio, bucanero, ganster, pintor, mafioso, magnate griego (Onassis), soldado, revolucionario, jorobado de Notre Dame, etc., etc., etc. A lo largo de su carrera ganó dos Oscars como mejor actor secundario por sus papeles de hermano de Emiliano Zapata, junto a Marlon Brando, en “Viva Zapata”, 1952 y de Paul Gauguin, junto a Kirk Douglas en “El loco del pelo rojo”, en 1956. Sin embargo nunca consiguió el Oscar al mejor actor, a pesar de haber estado nominado por uno de los papeles más inolvidables de la historia del cine: el de Zorba el griego (Rex Harrison lo ganó aquel año por My Fair Lady). Dirigió una única película, “Los bucaneros”, en 1958.
Alguna vez definió lo que buscaba como actor: “Lo que realmente quiere un actor es encontrar el personaje que le permitirá poner un espejo frente a todos los sueños que nunca ha expresado, a todas sus ansias, a su soledad, un papel que le asegure un lugar en el muro de la verdad absoluta.” En contra de la imagen que daba, él mismo se consideraba como una persona muy insegura, tanto es así que, siendo ya una estrella consagrada, en una ocasión se bloqueó durante un rodaje debido a esa inseguridad.
Acostumbrado a necesitar una sola toma, Quinn cuenta que un día se le atravesó una secuencia fácil y no podía hacerla. Tan sólo tenía que ponerse frente a la cámara y decir “Siento llegar tarde. Me atrasé por complicaciones imprevistas.”, pero no había forma. Se iba haciendo cada vez más tarde y él fallaba una toma tras otra. Los nervios empezaron a inundar el set y él, cada vez que oía “cámara”, se bloqueaba. Todos intentaron ayudarle. La actriz con la que compartía la escena llegó a decirle “Calma, Toñito, calma, ¿puedo ayudarte en algo?”. Pero él seguía bloqueado y angustiado por una situación totalmente nueva para él. Tras veintisiete tomas, el director, indignado, le dijo a voz en grito que si no podía hacer aquella escena cambiarían el guión, pero que no podían perder más tiempo. Todos los miembros del equipo se pusieron a temblar pues Quinn tenía fama de ser una persona de carácter muy fuerte y nadie le había gritado nunca en un plató. Quinn aguantó la bronca en silencio, llamó inmediatamente al productor y preguntó a todos los miembros del equipo si estaban dispuestos a hacer horas extraordinarias, que él pagaría de su bolsillo, hasta que la secuencia saliera. Todos le dijeron que sí. Liberado de la presión, la secuencia quedó redonda en la siguiente toma. Recordando esta anécdota, comentó que era de todos conocido que Tracy o Gable tenían que repetir muchas veces sus secuencias porque se quedaban bloqueados, pero ellos podían hacerlo sin problemas porque, a diferencia de él, tenían tanta seguridad en sí mismos, que podían reírse de ellos mismos, y él no.
Su pasión por la pintura le llevó a pedir que, en las pausas de los rodajes que tenía en localizaciones perdidas de esas donde no había nada que hacer, le trajesen sus bártulos y le dejasen pintar. Nunca dejó de hacerlo en toda su vida. El otro día escuché en las noticias a un chico enfermo del síndrome de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica, enfermedad muscular degenerativa que lleva a la parálisis), decir que él no tenía tiempo para tener un mal día en su vida. Realmente era toda una lección de coraje y de sabiduría.Tengo muy claro que Quinn era de los que compartían esta forma tan maravillosa de vivir la vida.
Socarrón consigo mismo, solía decir que él nunca se casaba con la chica al final de la película. Sin embargo, en la vida real, su físico de hombre recio y duro, su fuerte personalidad tan libre y arrolladora y esa ternura innata que era capaz de transmitir en todo lo que hacía, le convirtieron en un seductor sin remedio. Siempre alegre, dicharachero y soñador, Quinn era humanidad en estado puro. Cansado de la rigidez y los planteamientos del star system hollywoodiense, pasó muchas etapas de su vida viviendo en Europa (Roma), trabajando en el cine europeo, a las órdenes de Fellini, Minelli, etc.
el teleférico y gasta hasta el último penique de su amigo inglés en la construcción de aquel invento. El día de la ansiada inauguración todo el pueblo acude al bautizo del artefacto. Popes, vecinos y cabras deambulan por la playa cuando Zorba da la orden de soltar el primer tronco que, paulatinamente, va cogiendo más y más velocidad produciendo un estruendo amenazador que hace que todos, temiéndose lo peor, salgan corriendo. Tras asegurar que nada malo va a ocurrir, Zorba da de nuevo la orden para que suelten un tronco más. Al segundo le sigue un tercero. La velocidad ahora es ya aterradora y, a su paso, el tronco va derribando todos los soportes del invento. Popes, vecinos y cabras huyen despavoridos y se tiran al mar. Todo el teleférico rueda por los suelos y no queda nada de los ahorros del inglés. Y ahí, en ese preciso momento, Zorba le dice a su amigo inglés, que acaba de perderlo todo, una frase maravillosa: “Jefe- le dice- yo tengo que decírselo, porque le quiero, usted lo tiene todo para ser feliz, absolutamente todo…menos una cosa ¡la locura! Tiene que romper la cuerda que nos ata y no nos deja ser libres…” El inglés, influenciado ya sin remedio por la maravillosa personalidad de Zorba, le responde: “Zorba, enséñame a bailar”, y Zorba le enseña a bailar el sirtaki más famoso de la historia, y es ahí cuando, en una lección de sabiduría como hay pocas, contemplando todo lo que se ha perdido, Zorba le dice: ” Pero bueno, Jefe, ¿ha visto usted alguna vez una catástrofe más esplendorosa?” y los dos se echan a reír y a bailar en un final de la película imposible de olvidar.
Nikos Kazantzakis, uno de los mejores escritores griegos del siglo XX, es el autor de la novela de Zorba el griego, ese Zorba que, desde entonces, no puede ser otro que Anthony Quinn. Luchador contra la dictadura, Kazantzakis fue, por encima de todo, un hombre libre. En su tumba puede leerse un epitafio que define su arrolladora personalidad y que, a buen seguro, también podría estar en la tumba de Anthony “Zorba” Quinn::
Hoy voy a hablaros de una de mis películas favoritas: Doctor Zhivago, de David Lean. Supongo que muchos la recordaréis: Omar Sharif encarnando de forma inolvidable a Zhivago, el joven doctor idealista y poeta que se debate entre el amor a su mujer (Geraldine Chaplin) y al mundo al que pertenece y que está desapareciendo bajo el imparable empuje de la revolución rusa, y su apasionado amor por Lara, esa Lara a la que da vida Julie Christie y que representa la libertad, el amor, la transgresión, y la pasión… esa Lara a la que todos hemos soñado encontrar al menos una vez en nuestra vida…
Ambientada en la Rusia de 1917, fue rodada en 1965 casi íntegramente en España. Los campos de Soria fueron los elegidos para la mayor parte del rodaje porque eran los que más se parecían a las heladas estepas siberianas y la nieve, según los meteorólogos consultados, estaba allí garantizada. Sin embargo, aquel invierno casi no nevó y el director artístico tuvo que hacer verdaderas maravillas con cristales, polvo de mármol y escayola para
cubrir de blanco los secos campos sorianos y para llenar de estalactitas y estalagmitas la casa de campo abandonada en la que Zhivago se refugia primero con su familia y más tarde con su amor, Lara. Además, los continuos cambios en el plan de rodaje obligaron más de una vez a que el paisaje tuviera que cambiar de estación de un día para otro, por lo que más de una noche se tuvieron que plantar las miles de flores que iluminaban la primavera rusa o pintar de amarillo las hojas de los árboles para mostrarnos la incomparable belleza del otoño siberiano…
En los alrededores de Madrid se construyó un decorado que representaba una de las calles principales de Moscú, en la que transcurre una de las secuencias más impactantes de la película: la manifestación de los obreros con sus mujeres y sus hijos criminalmente reprimida por la guardia zarista que hace que la sangre tiña de rojo el blanco suelo nevado.
Otra de las curiosidades de aquella secuencia la desveló el propio Omar Sharif en una entrevista concedida hace pocos años. En ella él sale a ver la manifestación desde el balcón de su casa y asiste, sorprendido y aterrorizado, a la brutal represión del ejército que, en una brutal carga de cabellería sable en mano, asesina a muchos de los manifestantes delante suyo. Tras reaccionar y bajar corriendo a atender a los heridos, los militares no le permiten ejercer su profesión a pesar de que él insiste en que es médico. Sharif había recibido instrucciones muy concretas de David Lean de hacer una interpretación absolutamente neutra. “Te voy a pedir lo más difícil que se le puede pedir a un actor: quiero que no expreses nada” le había dicho Lean una y otra vez en los ensayos y durante el rodaje. “El público entenderá perfectamente todo lo que te ocurre cuando vea las imágenes de la película, tú no te preocupes. Sólo te pediré que muestres lo que sientes en dos o tres secuencias.” Sharif recuerda que se sentía tremendamente frustrado cuando, cada día, al acabar el rodaje y tomar una copa en el bar con sus compañeros, todos comentaban lo bien que habían estado en esta o en aquella secuencia y él no podía decir nada, ya que sentía que ni siquiera había actuado. Fue especialmente duro para él porque aquel era el primer prota que hacía en su carrera…
Una de esas secuencias en las que Lean le pidió que expresara sus sentimientos fue precisamente la de la manifestación. Como no podía ser de otra manera, cuando Sharif rodó sus planos no tenía ninguna manifestación ante él, ni militares asesinando inocentes, ni sangre sobre las calles, ni nieve, ni calle, ni nada de nada… Para solventar su plano corto, Sharif recurrió a todo su imaginario. Cuenta que se imaginó las situaciones más dantescas: cabezas rodando por los suelos, sables ensangrentados, familiares asesinados, niños masacrados… pero una y otra vez Lean le decía que no era aquello, que lo que él necesitaba no era aquello. Tras varias horas de frustrados intentos, Lean le pidió que imaginase justo lo contrario: la situación más placentera que pudiese sentir. Sharif se imaginó a sí mismo teniendo el más intenso y salvaje de los orgasmos… ¡Y realmente la escena funcionó, y ha pasado a formar parte de la historia del cine!
La historia de amor que cuenta la novela sobre la que se basa esta película nos es narrada desde una doble perspectiva: la de la intimidad del mundo de Lara, y la de la irresistible necesidad de libertad que siente Zhivago. David Lean resuelve esta situación adaptándola al lenguaje cinematográfico mediante una utilización muy inteligente de la posición de la cámara: en muchos de los planos de Lara, la cámara está fuera de la casa y nos la muestra a través de una ventana, haciendo que sintamos que estamos invadiendo su intimidad, su mundo, que nos sintamos verdaderos “voyeurs” de su vida; por contra, una gran parte de los planos de Zhivago nos lo muestran desde dentro de una habitación, muchas veces solo, mirando a través de una ventana, o un simple plano subjetivo de una ventana cerrada desde la que vemos pasar la vida, transmitiéndonos la sensación de que Zhivago está realmente preso entre esas cuatro paredes. En total hay casi sesenta planos rodados a través de ventanas en la película.
Doctor Zhivago nos habla de una historia de amor inmortal, de un amor apasionado que nada sabe de límites ni fronteras, de ese amor que todos, aunque sólo sea una vez, soñamos con poder vivir. Es ese amor el que permite que Lara y Zhivago, dos seres perdidos entre un mundo que agoniza y los dolores de parto del nuevo mundo que vendrá, sobrevivan y sean capaces de levantarse una y otra vez, de sobreponerse a todas las dificultades, de superar todas las pruebas, porque ese amor, como todo amor verdadero, da sentido a sus vidas. Cuando ya no queda nada a lo que aferrarse, cuando todo muere a su alrededor, cuando sólo hay dolor y destrucción, cada uno de ellos sabe que ya no puede creer en nada ni en nadie más que en el otro. Amar es lo único que siempre nos queda. Doctor Zhivago nos habla de un amor imposible, de un amor que el mundo, sus reglas y sus convenciones no pueden dejar existir, porque es un amor demasiado puro, demasiado bello para vivir inmerso en la inmundicia y el egoísmo generalizado que le rodea.
Me gustaría recordar ahora una de las secuencias más bellas de la película, que nos muestra a Zhivago escribiendo sus poemas de forma enloquecida en las heladas madrugadas en la casa de campo en la que se ha refugiado con Lara huyendo de la barbarie de la guerra. La vieja casa abandonada está totalmente helada, parece un palacio de cristal. Durante todo el invierno están solos en la casa; fuera el mundo entero se destruye. Ellos no saben si sobrevivirán; tampoco saben qué quedará, si queda algo, del mundo que conocen…
Ella duerme en la cama mientras él escribe sentado a una pequeña mesa iluminado por la tenue luz de un candil. Fuera no para de nevar. Al alba, exhausto, él se duerme y ella se levanta y se acerca a la mesa para leer los poemas que él le ha escrito. En los ojos de Lara vemos toda la belleza de esos poemas, unos poemas que dicen…
Desde tu pañoleta escurre
Me gustaría acabar esta entrada contando una anécdota no muy conocida de David Lean y de su relación con nuestro país. No deja de ser curioso que Lean rodase esta película justamente después de haber rodado “Lawrence de Arabia”. Y digo que no deja de ser curioso porque “Lawrence de Arabia” también se había rodado en gran parte en España (en la costa almeriense, y más concretamente en los alrededores de un pequeño pueblo llamado Carboneras). Lean había comprado una casa frente al mar, en una maravillosa playa que hay bajo el Algarrobico, a la entrada de Carboneras. Allí vivía con Bárbara Neal, su mujer, una atractivísima rubia neozalendesa, criada en Inglaterra, de intensos ojos azules que paseaba con unos elegantísimos vestidos de colores vivísimos por aquel pequeño pueblo en el que, en aquella época, casi todas las mujeres vestían siempre de riguroso negro. Allí también coincidieron durante el rodaje Anthony Quinn, Peter O´Toole y el propio Omar Sharif. Eddy Fowlie, el ayudante de Lean, había acondicionado una casa de ocho habitaciones frente al mar para los actores. La gente del pueblo se había habituado a ver camellos donde hasta entonces sólo había habido burros, multitud de camiones que llenaban la zona de arena para que aquello pareciese el desierto de Aqaba y, sobre todo,
a muchas gentes “raras” de esas que “hacen Lorenzo el de Arabia”. Fueron cientos los almerienses que trabajaron como extras en aquella película.La convivencia fue idílica durante el rodaje, y la confraternización de unos y otros fue altísima, hasta el extremo de que Bárbara, la exhuberante neozelandesa, se enamoró locamente…. ¡del cabo del la Guardia Civil! Acabado el rodaje, las gentes del cine se fueron, David Lean también se fue, sólo Eddy Fowlie y Bárbara se quedaron a vivir allí. Durante mucho tiempo se la vio pasear, al caer la tarde, por las polvorientas calles de Carboneras, abrazada a su bigotudo Guardia Civil, en una extrañísima e inédita simbiosis de sofisticación británica y tricornio español que, a buen seguro, habrá pasado a formar parte de la historia de la Benemérita… Eddy Fowlie transformó aquella casa en un pequeño hotel, el Hotel Dorado, que ambientó con decorados de las películas en las que trabajó como ayudante de dirección. Según me cuentan, si vas por allí, todavía hoy puedes ver, entre otras cosas, la famosa sombrilla que volaba por los acantilados en “La hija de Ryan”, otra fantástica película dirigida por su gran amigo David Lean…
No deja de ser curiosa la manera en que nuestra concepción de la vida va variando con el tiempo. Supongo que es algo que no tiene remedio y que, en mayor o menor medida, nos pasa a todos. Hoy quiero hablaros de eso: del paso del tiempo, de cómo afecta a nuestra percepción del mundo, a nuestra forma de vernos a nosotros mismos, y sobre todo, de cómo afecta a nuestra relación con todo lo que nos rodea.
A la edad sin tiempo de la infancia le sigue la edad sin pausa de la adolescencia. Dejamos atrás una etapa en la que todo nos fascina y nos atrae para entrar en una en la que nada nos interesa y todo nos aburre. El miedo a la oscuridad pasa a ser miedo a la claridad: ya no nos asusta lo que desconocemos, sino que nos conozcan. Buscamos nuestro lugar en el mundo, pero no nos atrevemos a buscarlo solos. Necesitamos referentes y somos tremendamente vulnerables e inseguros. La influencia de los demás es abrumadora y resulta casi imposible tener una opinión propia. La soledad nos aterra, porque pensar nos aterra. La timidez es nuestra compañera más fiel y, una y otra vez, se encarga de no dejarnos vivir. Inseguridad y timidez son los peores compañeros para recorrer el viaje de la vida.
Casi sin darnos cuenta van pasando los años y, de repente, vemos que ya somos “mayores”. El trabajo, la hipoteca y la incertidumbre del futuro hacen que pasemos la mayor parte de nuestros días corriendo de aquí para allá como pollos sin cabeza. Lo importante es llegar a tiempo a los sitios y no lo que vamos a hacer en ellos. No tardamos en comprender que la seguridad que nos vendieron era una mentira y que, desde luego, la felicidad no estaba en esa casa tan grande o en ese coche tan potente que nos empeñamos en comprar. Empezamos a darnos cuenta de que el desengaño, la angustia y el cansancio nos impiden disfrutar de todas esas maravillosas pequeñas cosas que son la vida, pero, muchas veces, nos empeñamos en seguir engañándonos pensando que la felicidad llegará algún día a llamar a nuestra puerta, porque la felicidad, según nos enseñaron, es algo que vive en el futuro y, desde luego, muy lejos de nosotros…
“Nací cuando mis padres ya no se querían”, con estas impresionantes palabras empieza “Paraíso inhabitado”, la última novela de Ana María Matute, posiblemente una de las mejores novelas que he leído en años y que habla precisamente de eso, del inexorable paso del tiempo. Con la austeridad y la aparente sencillez de los genios, Ana María Matute nos va descubriendo, poco a poco, detalle a detalle, el paraíso perdido de la infancia de Adriana, esa niña de nueve años que hace ya mucho tiempo todos fuimos. Lentamente nos va adentrando en su mundo, un mundo poblado de belleza, de fantasía, de soledad y de sueños, un universo solitario donde, cada noche, un unicornio blanco escapa a galopar más allá del tapiz donde los mayores, esos gigantes que hacen y dicen cosas que no se pueden entender, creen tenerle encerrado.
A través de los ojos de esa niña vamos viendo a los gigantes apoderarse inexorablemente de ese paraíso inhabitado. Sin saber cómo ni por qué, nos llevan un día al colegio donde nos abandonan para toda la eternidad. Allí descubrimos que hay otros más fuertes que nosotros, que la crueldad y la violencia existen, como también existen una jerarquía y unas normas que nos obligan a acatar desde el primer día. Los gigantes nos dicen una y otra vez que todo lo que nos hacen lo hacen por nuestro bien, cuando nosotros ni siquiera entendemos qué significa eso del bien. Pero no sólo descubrimos eso, también descubrimos el amor, nuestro primer amor, ese que vivimos pensando que será el único, y que quizá en cierta medida lo sea, porque nos acompaña toda la vida, aunque, a veces, nunca más volvamos a encontrarlo. ¿Quién no recuerda su primer beso, o el primer cosquilleo que hizo que nuestro corazón se disparase hasta el infinito y que el color rojo se apoderase de nuestras mejillas?. A esa edad empezamos a amar, a descubrir lo que es amar y a sentir lo que es ser amado.
A esa edad sin tiempo también entendemos lo que significa ser, lo que significa estar vivo y, lo que es más importante, aprendemos a ser felices, algo que más tarde olvidamos, o nos hacen olvidar, cuando crecemos y nos convertimos en esos gigantes siempre atareados y preocupados que desaprenden a vivir, que ignoran la felicidad porque, en lugar de vivir el presente, el aquí y el ahora como hacen los niños, se amargan recordando o creando recuerdos de un pasado que ya pasó y que no pueden cambiar, o haciendo planes para un futuro que no existe y que, cuando exista, no será más que otro presente que también dejarán de vivir en pos de otro futuro más lejano tan inexistente como todos los que le precedieron.
“Paraíso inhabitado” está lleno de páginas inolvidables, páginas llenas de poesía, de sabiduría y de belleza. Recuerdo que en una de ellas la tía Eduarda, quizá uno de los pocos gigantes a los que Adriana puede comprender, la lleva a pasear en una soleada mañana de invierno. “Fíjate en los árboles, en los troncos de los árboles en invierno…” empieza a decirle “… son como las personas… mucho follaje, mucho esplendor… tapando o protegiendo la verdadera naturaleza. Ahora ha llegado el invierno, y el invierno no perdona: saca a la luz tanto los troncos rectos como los retorcidos. Así es el invierno. Ya te digo, como las personas en el último tramo de la vida…”
Pero conocer cómo nos afecta el paso del tiempo no es suficiente, también tenemos que aprender a detenerlo, a vivir nuestro aquí y nuestro ahora. Raimon Panikker, uno de nuestros más grandes sabios, suele decir que “hay que detenerse para descubrir que en cada momento está escondida la eternidad.” Y eso es lo que hace el libro de Ana María Matute, invitarnos a detenernos para vivir el presente, nuestro presente, ese maravilloso aquí y ahora donde habita la felicidad y que, hace mucho tiempo, cuando éramos niños, nos atrevimos a vivir.
Tenemos que aprender a detener el tiempo, a vivir y saborear el presente. Una forma muy simple de hacerlo es salir a pasear sin rumbo ni intención, porque eso es lo que significa pasear, no ir de un lado a otro para hacer esto o lo de más allá, sino dejarse llevar sin importar adónde y, lo más importante, sin estar encadenado a un por qué. Es entonces cuando se pueden apreciar los detalles de la belleza de todo lo que nos rodea: la cálida luz del sol, el leve susurro del viento entre las hojas, su suave caricia en nuestra cara, el silencioso vuelo de una mariposa que, como nosotros, acaba de descubrir que puede volar… El paseo es una invitación a dialogar con lo más profundo de nosotros mismos, a escuchar el silencio, a aprender a callar, a dejar simplemente que un paso guíe al otro, a fijarnos en todas aquellas pequeñas cosas que no sabíamos ni que existían, en todas aquellas maravillosas cosas que nunca vimos, es una invitación a perdernos por cualquier parque, a dejar que sea la sombra de una nube la que guíe nuestro camino, a respirar tranquila y placidamente el aire que nos rodea, a saborear todos los colores que, uno tras otro, van apareciendo ante nuestros ojos para recordarnos que este mundo sigue vivo y lleno de belleza…
Al rato, sentados a descansar en cualquier banco solitario, vemos pasar la vida frente a nosotros: una pareja de enamorados jugando a ser niños, algún anciano perdido en sus recuerdos, otros jugando a recuperar la infancia perdida, algunos niños jugando felices a vivir las vidas de todos sus héroes… y cientos de personas anónimas que van de aquí para allá; todos tienen prisa, nadie mira a nadie, nadie habla con nadie, todos deambulan serios y callados, imbuidos en sus preocupaciones, nadie ríe, nadie mira al cielo, tan sólo al suelo, siempre al suelo, ninguno te ve, a nadie le importas… para ellos has dejado de existir, quizá simplemente porque has cometido el peor de los pecados: detener el tiempo.
Y allí, protegido por la invisibilidad de los que a nadie importan, empiezas a escuchar de verdad, a escuchar con todos tus sentidos, y a observar detenidamente a todos los que pasan junto a ti. Son tantos y tantos los distintos personajes que ves, tantos los pequeños detalles que percibes en cada uno de ellos, tantos los casi inapreciables tics que tiene cada uno, tantos los secretos que creen esconder, tantos los recuerdos y los sueños que aún viven en ellos, tantas las diferentes formas de andar, de mirar, de hablar…
Y para explicarlo puso un ejemplo muy elocuente: si a un lector le dices que imagine un tranvía que va por una calle, difícilmente imaginará algo y por eso dificilmente le sacarás de la realidad de su sillón, pero si le dices que ese tranvía es rojo, con las ventanas pintadas de blanco, que tiene un único faro en la parte delantera, que va por el centro de la calle y que su conductor lleva una camisa azul clara, ese lector cerrará los ojos y se verá a sí mismo en esa calle, olvidándose por completo de su confortable sillón. Es ahí donde está la magia: en los pequeños detalles, esos sobre los que nosotros, los actores, construimos nuestros personajes. Son tantas las valiosísimas herramientas para nuestro trabajo que, sin saberlo, todos esos seres anónimos con los que nos cruzamos a diario nos ofrecen. Pero para poder aprovecharlas debemos aprender a detener el tiempo, a escuchar de verdad y a fijar nuestra atención en todas esas pequeñas cosas, a interiorizarlas, a hacer muy concretos y muy nuestros los detalles más insignificantes en apariencia sobre los que luego construiremos esos personajes que nos permitirán vivir todas las vidas, todas nuestras vidas…
Bajo la carpa del circo vive la verdadera vida, esa vida cotidiana formada por nuestros sueños, nuestros recuerdos, nuestros anhelos y nuestros miedos. Acróbatas, saltimbanquis, trapecistas y malabaristas, eterna metáfora del sufrimiento humano, escenifican el difícil equilibrio en el que vive el hombre de hoy, atrapado en la incomprensión de sus sentimientos, esos sentimientos que le invitan a devorar la vida, a dejar atrás la cordura para atreverse a vivir en libertad, siendo sólo fiel a sí mismo, a su capacidad de amar y a su soledad.
Cuando estamos solos sobre el alambre miramos al frente, siempre adelante, allá donde viven nuestros sueños y utopías, nuestra vida real, porque sabemos que abajo sólo nos espera la muerte. Nuestro paso por el alambre, como la vida, es fugaz, un instante nada más, un maravilloso instante que podemos llenar de ilusiones, de emociones, de magia y de poesía, o que, simplemente y casi sin darnos cuenta, podemos dejar escapar al no atrevernos a vivirlo intensamente, o ni siquiera vivirlo si dejamos que el miedo, que todos nuestros miedos, nos dominen.
Bajo la carpa del circo, ese universo azul donde, como en la vida, todo puede pasar, viven los payasos. Bufones, arlequines y Pierrots, esos extraños seres nacidos para hacernos reír o para ayudarnos a llorar, nada saben del destino, sólo son lo que han elegido ser: seres libres y sencillos que nos cuentan sus vivencias, su profunda incomprensión del absurdo mundo que les rodea y que, un día sí y otro también, se empeña en no dejarles alcanzar sus sueños. Ellos también miran al frente, siempre adelante, allá donde viven sus sueños y utopías, su vida real, esa que vive en la inocente mirada del niño que nunca debimos dejar de ser. Los ojos del payaso, tristes a veces, alegres las más, son el espejo puesto ante nosotros para que veamos lo que estamos haciendo con nuestra propia vida.
Pocos como Picasso supieron captar la magia del circo. Asiduo a todas las funciones de los circos ambulantes y permanente espectador del Circo Medrano en París, Picasso encontró en la gente del circo, los circasianos o habitantes de Circa, es decir extranjeros, su alma gemela. Acabado el espectáculo se unía invariablemente a ellos en las tabernas y los bares de alrededor para intercambiar su experiencia vital. Fue mucho lo que aprendió en aquellas tertulias del amanecer…
Picasso adoraba a los payasos, quizá porque sabía que, en la sencillez de sus risas, eran seres absolutamente libres, y por ello, creadores. Acróbatas, arlequines y equilibristas compartían la pista de sus cuadros con sensuales amazonas cargadas de erotismo y vida que, alegremente, se contorneaban buscando las figuras imposibles frente al rostro del viejo payaso que siempre fue él. Picasso sabía que los payasos y los artistas conocen las verdades eternas y también sabía que sólo ellos son capaces de vivir consecuentemente con ellas. Por ello no se limitó a representarlos durante sus actuaciones. Siempre buscó lo más profundo: la autenticidad del ser. Por eso en sus cuadros les podemos ver siempre ensayando o viviendo su vida diaria, la que no vemos, esa que se esconde más allá de la pista y en la que habitan sus sentimientos, sus emociones y esos sueños que les han llevado, desde que el hombre es hombre, de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, hasta nosotros. Sus carromatos están cargados de sueños, de leyendas, de mitos y vivencias, de todas esas penas y alegrías que siempre, a la luz de la hoguera, ofrecen a quien los quiera compartir. Hace ya tiempo que no les dejan encender fuego en sus campamentos. Poco importa, porque ellos se han transformado en fuego, en el último resquicio de nuestra hoguera, esa que calienta nuestros sueños y nos recuerda que todavía podemos vivir todo lo que aún no hemos sido.
Hace algún tiempo pude entender todo lo que Picasso había encontrado en las gentes del circo y que tanto marcó su vida. Me invitaron a asistir a una función del circo de los hermanos TONELLI, una fantástica troupe familiar que lleva varios años recorriendo nuestro país. Con ellos volví a reír, a emocionarme y a sentirme maravillosamente vivo. Fue una tarde inolvidable. Acabada la función me invitaron a visitar sus carromatos. Puede que ahora sean enormes camiones y confortables caravanas, pero conservan todo el sabor de los antiguos carromatos, el sabor de la alegría, de la solidaridad y del saber que la vida es viaje, constante y maravilloso viaje al fondo de nosotros mismos.
Allí, sentado junto a los hermanos TONELLI, sus parejas, sus hijos y la maestra que viaja todo el año con ellos, entendí lo que significan palabras como amistad y hospitalidad. Me regalaron su mundo, todo su mundo, un mundo hecho de sueños y realidades, de alegrías y de penas. Me contaron su historia, la de su familia, la historia de las gentes del circo, esas gentes de mirada clara y mano tendida siempre dispuestas a compartir todo lo que tienen. Vagabundos errantes que recorren nuestro mundo casi de puntillas, como si no quisieran molestarnos. Saben que estamos muy ocupados viendo la televisión, pagando nuestras hipotecas y haciendo piruetas para llegar a fin de mes, en ese sempiterno más difícil todavía particular que todos, de una u otra manera, nos creamos. Ellos no han querido echar raíces. No podrían hacerlo: han nacido para ser libres. Son ciudadanos del mundo que, de generación en generación, han ido transmitiendo sus secretos de padres a hijos.
Entrada ya la noche, al despedirnos, una pequeña de tres años se acercó hasta nosotros. Se llamaba Laura. Nos miró fijamente y una sonrisa pícara se dibujó en su diminuta cara. De repente, aquel retaco rubio y de unos maravillosos ojos azules, empezó a dar volteretas y más volteretas con una agilidad y una gracia increíbles. Son muchas las generaciones de gentes del circo que corren por sus venas. Su corazón late al alegre ritmo de su imaginación y de sus fantasías porque, como todos los circasianos, sabe que la mentira no está en los sueños que no llegan a convertirse en realidad, sino en la realidad que no nos atrevemos a vivir como un sueño…
Hoy quiero hablaros de The Actor´s Gang, una compañía de teatro norteamericana que apuesta por el compromiso social y por acercar el teatro a la calle, a los más jóvenes y a todos aquellos que no pueden permitirse pagar una entrada. Su director artístico, no podía ser de otra manera, es Tim Robbins, para quien “el teatro, como el sonido en vivo, es lo único que no se puede manipular, descargar ni robar, es una forma emocional y provocadora de contar historias, que es lo que realmente toca mi alma”
Actualmente está de gira por nuestro país con su adaptación de “1984” de George Orwell, en un montaje impresionante dirigido por el propio Robbins. Ganador de un Oscar por su papel en Mystic River y aclamado mundialmente por su trabajo como director de la película “Dead man walking” (Pena de muerte), su faceta de director de teatro no le va, en absoluto, a la zaga: este “1984” es uno de los mejores montajes que he visto en mi vida.
La puesta en escena de este “1984” es impactante: la platea del teatro es la cuarta pared de la celda que vemos en el escenario y desde la que, cómodamente sentados, asistimos al interrogatorio implacable al que es sometido Winston Smith, el preso acusado de haberse rebelado contra la todopoderosa autoridad del Gran Hermano que todo lo ve y todo lo controla y que es torturado cruelmente por cuatro guardianes y un omnipresente y omnisciente carcelero que se asoma por las pequeñas ventanas de las tres paredes de la celda que vemos en el escenario, hasta hacerle renegar de todo lo que le mantenía vivo y le hacía ser un ser humano: el amor, sus ideales, sus sueños, su pensamiento…
Frente a nosotros, uno tras de otro, se van desgranando todos esos terroríficos argumentos que Orwell escribió en 1948 y que hoy, en pleno siglo XXI, por desgracia, son más reales y actuales que nunca: el control exhaustivo de nuestras vidas y nuestras mentes por parte del poder más absoluto; la vigilancia permanente a través de satélites y de cámaras de videovigilancia que todo lo ven, todo lo escuchan, y todo lo controlan; las continuas guerras declaradas oficialmente para defender nuestra seguridad y que sólo propician la permanencia en el poder de las clases dominantes, que basan su poder en el miedo que nos imponen a través de los medios de comunicación; la más execrable y desvergonzada manipulación y tergiversación de la información que lleva a que la mayoría renuncie voluntariamente a su libertad a cambio de la promesa de seguridad; el cada vez más reducido vocabulario y nivel cultural que, inexorablemente, lleva a la ignorancia más supina para hacer que las masas sean más fáciles de dominar; la manipulación y distorsión más absoluta de la historia que lleva a controlar el pasado, porque quien controla el pasado controla el presente y el futuro; la sistemática aniquilación de la intimidad y del silencio, el imparable exterminio del ser humano…
Y para enfrentarse a ese poder absoluto que todo lo controla y todo lo vigila, Robbins lidera “The Actor´s Gang”, una compañía de teatro que, desde hace casi treinta años, ha sido siempre fiel a su compromiso con mantener despierta la conciencia de la gente a través de lo que mejor saben hacer: el teatro. Por eso, además del casi centenar de montajes que han hecho desde entonces y de la infinidad de premios importantes que han ganado con ellos, sus miembros dan continuamente clases de interpretación en diversos colegios en Estados Unidos, tanto a niños pequeños como a adolescentes.
Una de las premisas fundacionales de The Actor´s Gang es hacer accesible el teatro a todos los públicos, y eso incluye no sólo facilitar el acceso a discapacitados, sino a la gente que no tiene recursos económicos para podérselo permitir. Por eso, cada martes, el precio de las entradas de sus representaciones es el que cada uno pueda pagar.
Dentro de su línea de compromiso social, han desarrollado el “Dead Man Walking School Theater Project”, que, basado en la representación de la adaptación teatral de la película “Dead Man Walking” (Pena de muerte) realizada juntamente por Tim Robbins con la hermana Helen Prejean (la monja cuya experiencia real nos cuenta la película) y el Death Penalty Discourse Center, lleva la discusión de la pena de muerte a universidades y colegios mayores dentro de la campaña que están llevando a cabo por su definitiva abolición.
Tuve la suerte de asistir a la representación de “1984” del 27 de septiembre en el Teatro María Guerrero de Madrid, y, además, la fortuna de hacerlo desde la fila 4 de la platea. Un imprevisto en mitad del primer acto (se estropeó el proyector de la traducción simultánea) hizo que se interrumpiera la representación. Los actores, desconcertados, no entendían lo que había pasado cuando recibieron las instrucciones de retirarse a los camerinos. Minutos después, reparada la avería, reanudaron la representación desde el punto en el que se había estropeado el proyector, y, desde el primer momento, lo hicieron totalmente metidos en personaje y en situación, con una profesionalidad impresionante.
Poco después el propio Tim Robbins salió al escenario para agradecer personalmente aquellos aplausos. Aquel niño de cincuenta años y dos metros de altura no dijo ni una sola palabra; quiso dejar todo el protagonismo a sus actores. Desde mi butaca pude ver que del bolsillo de su americana colgaba la correa de la misteriosa cámara que nos había estado fotografiando sin parar…
Hoy quiero hablaros de una verdadera obra maestra: “The visitor”. Es una película necesaria, imprescindible, que debería ser de visión obligatoria, por lo menos, en todos los colegios y residencias de la tercera edad, y desde luego, en el Congreso de los Diputados. Land of Anaka, interpretada por Brian Eno, Peter Gabriel y Geoffrey Oryema puede ser una buena compañera para nuestro viaje de hoy…
Junto a él, buscando un futuro que el presente les niega, malvive el joven músico sirio con su novia africana. Han venido atraídos por la promesa de un sueño por vivir o, simplemente, huyendo de la muerte segura de cualquier guerra o de cualquier hambruna. Nada les une al solitario hombre que, cada mañana, hace un esfuerzo por seguir viviendo. Él no entiende el nuevo mundo que le rodea; el otro, el suyo, hace ya tiempo que desapareció. Ellos tampoco entienden las costumbres de esa nueva vida a la que acaban de nacer; la otra, la suya, también hace tiempo ya que desapareció. Él se refugia en sus recuerdos, ellos en sus sueños; sólo la ausencia de sus seres queridos les une en una silenciosa comunicación que, poco a poco, va cobrando vida.
Es fascinante ver cómo dos seres humanos que nada tienen que ver entre sí son capaces de superar todos sus miedos y desconfianzas para atreverse a conocer la realidad y los sueños del otro; es maravilloso asistir a ese proceso mágico en el que del conocer al otro pasamos a admirarle, y del admirarle a respetarle y amarle. La amistad nada sabe de lenguas o costumbres; las diferencias no están ahí para separarnos, sino para enriquecernos mutuamente, porque nuestros sentimientos y nuestros sueños son siempre los mismos: Homero y los clásicos griegos ya nos hablaron de ellos, y si miles de años de Historia no los han cambiado, ¿puede cambiarlos el simple hecho de haber nacido con unos cuantos kilómetros de distancia? ¿De verdad podemos creer que estamos más cerca de Homero que de cualquier inmigrante que llega hoy a nuestras costas?
El joven sirio es detenido por uno de los peores delitos que pueden cometerse en el mundo de hoy: no tener papeles, no existir. Su madre acude para intentar ayudarle. La historia de amor que surje entre la madre y el viejo profesor es inolvidable. Ellos nos enseñan que el espacio y el tiempo no existen, que sólo existe nuestra manera de vivirlos; lo que verdaderamente importa no es cuánto vivimos, sino cómo lo hacemos; cuando llegue nuestro último día y echemos la vista atrás no veremos lo que hemos recibido, sino tan solo lo que nosotros hemos dado, porque, al final, entendemos que todos formamos parte de lo mismo y que no somos más que los espejos en los que se miran los que se cruzan con nosotros en ese maravilloso viaje que es la vida…
Hemos llenado nuestras manos de muchas cosas, de tantas que ya no podemos tenderlas al amigo. Hemos dejado que nos llenen la mente con tantas cosas… que hoy nos aterra lo desconocido, o, simplemente, lo que no es como nosotros. Y así, vendiendo nuestra libertad por una mal entendida seguridad, renunciando a pensar y a tener nuestra propia opinión, hipotecando de por vida nuestros sentimientos y callando o mirando a otro lado, hemos ayudado a construir un muro que nos aísla del mundo exterior, un muro infranqueable para los que no viven aquí, un muro que separa al norte del sur, a los ricos de los pobres, a los blancos de los no blancos, a los cristianos de los “infieles”…
Y ese nuevo muro no está hecho con ladrillos, sino con las aguas del Mediterráneo, ese mar que un día fue de todos y que hoy hemos convertido en una abismal fosa común para todos los que aún hoy se atreven a zarpar de sus puertos buscando un lugar donde poder vivir, todos esos seres humanos a los que hemos condenado a la miseria, a la sed y al hambre con nuestras leyes y nuestras instituciones que propugnan el libre comercio y les ahogan con aranceles, que hablan de democracia y promueven guerras y golpes de Estado para asegurar nuestro “bienestar”, que se llenan la boca con discursos sobre los derechos humanos mientras dejan que miles de niños mueran a diario por falta de alimento o de medicinas. Ese es el muro que, entre todos, hemos construido hoy: mirando a otro lado, callando, renunciando a pensar, a hacer o a amar. ¿Qué pensarán de nosotros los que se están jugando la vida huyendo de la muerte a bordo de una patera? ¿Qué dirían todos los que se han ahogado? ¿Qué llorarán las madres que ven morir de hambre a sus hijos en sus brazos sin poder hacer nada?
La intolerancia edificó todos los muros de nuestra Historia. Las ansias de libertad, la solidaridad, la generosidad y el altruismo los derribaron. Pero es nuestro egoísmo el que ha levantado este nuevo muro. ¿Con qué lo vamos a derribar ahora que todo eso ha muerto?, ¿con la seguridad?, ¿con nuestros miedos…? Sólo haciendo del Mediterráneo una verdadera casa de todos, sólo abriendo nuestros ojos y recuperando nuestra capacidad de sentir y de pensar, sólo estando dispuestos a vaciar nuestras manos para poder tenderlas a los demás, sólo atreviéndonos a ser libres, sólo renunciando a nuestra “seguridad” y volviendo a ser seres humanos, podremos de hacerlo.







También tienen las viejas librerías algo de balneario, de espacio sin tiempo, de callado santuario de reposo, de reposo del alma que, conforme se va adentrando y dejándose llevar, pronto olvida sus penas. Realmente nada hay para curar los males del alma como un buen masaje literario y un cálido baño de poesía, siempre poesía… porque, como decía Bécquer, siempre habrá poesía.
Aunque, si tuviera que quedarme con una única imagen, la que escogería sería la de un parque o un jardín, porque una librería es un jardín, un cuidado jardín en primavera, con sus flores, sus senderos y su estanque, sus enormes árboles y su hierba siempre verde y fresca. La librería es el jardín de los solitarios que, cada día, al caer el sol, solemos salir a pasear en busca de un nuevo encuentro, de una caricia o de una mirada: la mirada de los sueños. Lentamente recorremos todos los pasillos, dejándonos llevar por unos libros que, callados, gritan nuestro nombre. Nos acercamos a ellos, los tomamos en nuestras manos, hay algo sensual en ese encuentro, empezamos a hojearlos… ante nosotros la promesa de un mundo nuevo, o simplemente la voz sincera de alguien que quiere contarnos una historia… A veces incluso agachamos la cabeza para oler ese libro, el aroma de esa flor que acaba de abrirse entre nuestros dedos…
Las buenas librerías suelen esconder, al fondo, su lugar más preciado, esa sección en la que, si por casualidad ves a alguien saboreando uno de esos libros a tu lado, si le ves disfrutando de toda la belleza que duerme en esas páginas olvidadas, eres capaz de recuperar la esperanza y la fe en el ser humano. Esa sección es la de poesía, el sendero de los perfumes de nuestro jardín secreto.
Allí encontré, no hace mucho, una de las flores más bellas que he visto jamás. Se llama “El silencio de la luna” y pertenece a una exótica y deslumbrante especie que, durante toda su vida, se ha dedicado a plantar, a podar y a cuidar un maravilloso poeta (¿o debería decir jardinero de la palabra?) mejicano: José Emilio Pacheco. Aquel título atrajo poderosamente mi atención, me acerqué y dejé que mis dedos resbalaran por sus hojas. Uno a uno sus versos empezaron a volar, a llevarme a ese no lugar donde nacen los dioses y viven los poetas… Aquí tenéis uno de los poemas de Pacheco que parece escrito para todos los que como nosotros, los actores, hemos aprendido que sólo avanzamos de verdad cuando perdemos el miedo a fracasar, cuando, pase lo que pase, confiamos en nosotros mismos, no nos paramos y seguimos adelante, siempre adelante, hacia ese puerto que, como Ítaca, nos dará lo más importante: el viaje…
“El silencio de la luna” me habló de poetas, de mares y sirenas, de magia, de los sueños, del amor, me habló de ti y de mí, de nosotros y de lo que aún podemos ser… fue ese viento del sur que se llevó la niebla, porque la niebla sólo tiene color de olvido y fue la luz del atardecer, esa luz que, desde siempre, nos ha enseñado a ver…
cobijó mis amores primeros,
y, como yo, abrirán sus brazos frente a él,
Y, para acabar, quiero despedirme hoy de vosotros con un pequeño poema que escribí una tarde, navegando por el infinito azul del Mediterráneo.
Silenciosa galopas
Hoy no voy a hablaros de cine, ni de interpretación o de teatro. Hoy quiero hablaros de algo que considero que es fundamental no sólo para nosotros, los actores, sino para todos los seres humanos: ponernos frente al único espejo que refleja nuestra verdad.
Para ponernos frente a ese espejo tan sólo tenemos que crear las condiciones que nos permitan enfrentarnos a nosotros mismos. Muchas veces ese espejo no es más que una puesta de sol, otras una canción a la que dejamos entrar en nuestro yo más profundo, a veces es un simple poema o un perfume, el calor de una mirada, la ternura de un abrazo… Son muchas las cosas que pueden tener la llave de nuestra alma. Lo único que tenemos que hacer es dejarnos llevar por ellas, aprender a escucharlas de verdad, aprender a observarlas sin juzgarlas, a acallar nuestros pensamientos y sentir, sólo sentir…
Podemos ponernos frente a ese espejo de muchas formas; una de las que más me gusta es adentrarme en una exposición de pintura y dejarme llevar hasta perderme en el silencio anónimo que habita entre los cuadros y yo. Es allí, cuando todo es belleza y silencio, cuando se experimenta esa sensación tan maravillosa, la sensación de estar frente al único espejo que refleja nuestro yo más íntimo: nuestra alma. Podemos engañar a los espejos, a todos los espejos, pero jamás nos podremos engañar a nosotros mismos. Por eso la mirada de un cuadro taladra todas esas capas tras las que nos escondemos, todos nuestros escudos y mentiras, para dejarnos desnudos frente a lo que de verdad llevamos dentro: todo eso que soñado, vivido, imaginado o sufrido, ha ido creando lo que somos. Dicen que la belleza está en los ojos del que la mira. Quizá tengan razón, pero lo que seguro que está en esos ojos es la verdad, esa verdad que nos acompaña siempre, esa verdad a la que, a veces, tanto nos cuesta enfrentarnos.
Visitar una exposición de Zoran Music es una experiencia impresionante. Náufrago de una Europa ya desaparecida, tras un año prisionero en el campo de concentración de Dachau, rodeado de muerte, de crueldad sin límites y de barbarie, Music huye a Venecia donde descubre el color de la vida, la alegría de vivir y, sobre todo, la inmensa felicidad de estar vivo. Toda su obra, como su vida, será una constante evolución hacia la esencia de la belleza. Nada superfluo tiene cabida en su mundo, un mundo silencioso y solitario como los paisajes del alma que, en todos sus cuadros, pinta una y otra vez. Music nos enseña que, incluso en lo más oscuro, en lo más duro y cruel, el ser humano es capaz de sentir la belleza, de encontrar una visión positiva, de crecer por encima del dolor, de ver más allá de la oscuridad, porque Music sabe que, igual que el agua hace crecer a los árboles, las lágrimas hacen crecer a los hombres.
Music sabe que todo lo que nos pasa en la vida, lo que vemos, sentimos o sufrimos, va posándose lentamente en nuestro yo más profundo modelando nuestra forma de ser. El tiempo se encarga de ir macerándolo. Por eso siempre pone distancia entre sus vivencias y su obra que, lentamente, va madurando en su interior.
A veces pasa días enteros encerrado en su taller dejándose llevar por el vacío de sus pensamientos; cada día, al amanecer y al atardecer, sale a pasear por las solitarias callejuelas de Venecia. Necesita soledad, necesita silencio, necesita tiempo y meditación, necesita estar consigo mismo para que su yo más íntimo pueda crecer y aflorar en su obra.
Por eso, 25 años después de salir de Dachau los muertos reaparecen en su pintura en una de las series más impresionantes que se han pintado jamás: No somos los últimos. “En el campo de concentración pasaba a menudo cerca de los hornos crematorios donde había cuatro metros de cadáveres. Un amigo checo me decía: “Ves, mañana o pasado mañana, saldremos por la chimenea. Jamás podrá volver a suceder algo así.” Más adelante, cuando la carga interior se hizo demasiado fuerte, cuando los recuerdos del campo resurgieron en mí, empecé a pintarlos, años más tarde, y me dí cuenta de que no era cierto. No somos los últimos.”
Junto a los escalofriantes óleos de esa serie, Music empieza a pintar un tema nuevo: el del interior de la catedral de San Marcos. Llevaba más de cuarenta años visitando la catedral cuando, por fin, se decide a pintarla, en la que será su etapa más mística. Lentamente deja que la luz se vaya apagando en sus cuadros, para que sea sólo la luz de las vidrieras la que ilumine el interior, nuestro interior…
“Cuando pinto un autorretrato, no lo pinto gracias al espejo, sino que nace de dentro. Yo me conozco desde dentro. Si me pusiera delante de un espejo, sólo copiaría la máscara de mí mismo. El autorretrato es lo que yo tengo en el interior y que procuro sacar fuera, con rigor. Cuanto más riguroso se es con uno mismo, más se consigue ser uno mismo. Para mí ser riguroso significa ser sincero, no ahorrarme nada, ni siquiera las cosas de mí mismo que querría no saber, y menos aún ver.”
Zoran Music, el pintor de la soledad del alma y de los paisajes del silencio, murió hace cuatro años. Nos ha dejado su autobiografía escrita en su obra, porque, como él decía: “El dibujo es el lugar de mis meditaciones, de mi soledad… Al dibujar escribo, de forma inconsciente, mis memorias… Toda mi pintura ha girado en torno a un solo tema: el del paisaje desértico que es la vida.”
La convivencia con la muerte le enseñó a encontrar la belleza de lo esencial, esa belleza que habita en lo más profundo de nosotros mismos y que sólo descubrimos cuando nos atrevemos a compartirla. Porque, la belleza, como el amor o todo lo que nos hace ser seres humanos, sólo vive en quien la da, en quien necesita compartirla, en quien la ofrece sin esperar nada a cambio y sin temer quedarse vacío, porque cuanto más das, cuando más entregas las cosas que verdaderamente importan, más tienes. Por eso el placer de visitar una exposición es mucho mayor cuando tienes a tu lado a alguien con quien compartirlo, a alguien a quien le quieres dar todo eso que llevas dentro, todo eso que ha vivido desde hace tanto tiempo en tí y que te ha hecho ser como eres, para que pueda llegar a sentir esa sensación de felicidad inmensa que tú tienes frente a esos callados espejos del alma que son los cuadros. Porque la vida, estar y sentirse vivo, no es más que eso, un maravilloso viaje en el que vamos compartiendo nuestras vivencias y nuestros sentimientos con los seres a los que encontramos en el camino y con los que nos atrevemos a compartir una parte de nosotros, esa parte que seguirá viviendo en ellos incluso cuando nosotros ya nos hayamos ido, esa parte de ellos que seguirá viva en nosotros allá donde estemos…












Hoy quiero hablaros de una película que es muy especial para mí: “El patio de mi cárcel”, y ya que voy a personalizar la historia que voy a contaros, me permito la libertad de sugeriros que mientras la leáis, escuchéis una de mis canciones favoritas, cómo no, de mi adorado Bruce Springsteen: Thunder Road, aunque esta vez quiero invitaros a que la escuchéis en la versión de los Cowboy Junkies. Espero que os guste. Es una canción que trata sobre la libertad, sobre la necesidad que todos tenemos de ser libres, como las presas de la historia que nos cuenta “El patio de mi cárcel”.
Producida por El Deseo, la productora de los hermanos Almodóvar, “El patio de mi cárcel” es la ópera prima de Belén Macías. Rodada en 2.007 y estrenada en nuestros cines el año pasado, cuenta una historia impresionante, la historia basada en hechos reales del grupo de teatro que formaron algunas internas en la cárcel de Yeserías en los años 80.
Verónica Echegui, Candela Peña, Ana Wagener, Natalia Mateo, Violeta Pérez y Blanca Portillo, entre otras, figuran en su reparto.
No es una historia de perdedores, sino de seres humanos que luchan por encontrar su lugar en el mundo, un lugar que les han negado desde que nacieron; una historia de mujeres que sueñan y quieren vivir sus sueños de libertad aunque, como dice Isa, el entrañable personaje encarnado magistralmente por Verónica Echegui, sea tan difícil vivir en libertad cuando uno no se siente libre.
Tuve el privilegio de que me llamaran para hacer un pequeño papel en la película: el del médico de la cárcel. A finales de Septiembre fui a ensayar con Verónica y con Belén. Trabajamos especialmente una secuencia que tenía una fuerte carga emocional, ya que tenía que informarle de que tenía el sida, sin cura posible en aquellos días. Recuerdo que, en los ensayos, no podía evitar que me cayeran las lágrimas y que Belén me decía: “No, aguántalas como sea, tú no puedes llorar, has de ser fuerte para darle a ella la fuerza que va a necesitar…”
Para mí aquello era un verdadero lujo. Belén es una de las mejores directoras con las que he trabajado que, como actriz que es, sabe transmitirte perfectamente lo que quiere, y Verónica es una actriz que es generosidad en estado puro; tener la suerte de compartir una secuencia intensa con ella es una experiencia inolvidable. Además, era la primera vez que iba a rodar con la gente de El Deseo, todo un sueño para un actor que, como yo, ha llegado al mundo de la interpretación hace pocos años, pasados ya los 45.
Una semana después me dejaron ir a casa para continuar con mi convalecencia. Allí aprendí a disfrutar de las pequeñas cosas, de todas esas cosas antes insignificantes a las que nunca había dado importancia y que había estado a punto de perder para siempre: la luz del sol, el canto de un pájaro, la caricia del viento en la cara, el leve vuelo de una mariposa que me acompaña al pasear, el infinito placer de la lectura de un buen libro… Todo a mi alrededor cobraba una vida maravillosa. ¡Cómo se llena de vida la vida cuando sentimos cerca la presencia de la muerte!
A principios de Noviembre me llamó mi representante para decirme que había recibido una llamada de Esther García, la productora ejecutiva de la película. No habían querido decirme nada para no ponerme nervioso, pero habían cambiado el plan para no sustituirme y, si me veía con ánimos y los médicos me dejaban, todavía podía incorporarme al rodaje. Aquello era increíble. Y lo habían hecho por mí, por un actor con el que nunca habían trabajado, con el que sólo habían hecho un ensayo y al que lo más fácil habría sido sustituir… Reconforta mucho pensar que en el mundo todavía queda gente así. No pude evitar ponerme a llorar. El seis de Noviembre rodé la secuencia que había ensayado con Verónica y con Belén. Sin duda fue uno de los mejores días de todas mis vidas…
Hoy no voy a escribir sobre grandes nombres del mundo del cine, del teatro o de la canción. Hoy quiero compartir con vosotros una historia que conocéis muy bien porque todos, en un momento u otro de nuestras vidas, la hemos vivido o la estamos viviendo. Es una historia que habla de seres muchas veces anónimos, poco conocidos o incluso conocidos por todos, eso poco importa; en cualquier caso, esta historia habla de todos esos seres cargados de sueños y esperanzas que han elegido, quizá, uno de los caminos más hermosos, pero también más difíciles, que se pueden seguir: el de luchar por ser ellos mismos.
Cada noche hay gente que se agrupa frente a la diminuta ventana de la taquilla. Son los que siempre llegan cuando la función está a punto de empezar. Ella, deteniendo el tiempo, les atiende con exquisita amabilidad. Nunca falta una sonrisa en sus labios; en sus ojos nunca se apaga la luz. Milagrosamente, cuando el último espectador toma asiento en el patio de butacas, se apagan las luces de la sala para dar paso al silencio, a ese silencio mágico que siempre precede a una representación teatral. Nada impresiona tanto como el silencio en una sala llena de público. La expectación es máxima: afuera, dormidas, quedan las últimas preocupaciones; frente al espacio vacío del escenario solo nos acompañan nuestros sueños…
En silencio, sola, ella va recogiendo lo que antes era un turbulento río lleno de vida. Cuadra la caja, ordena los últimos papeles y envía los informes que, cada noche, determinarán si mañana podremos volver a vivir nuestros sueños. Hoy la recaudación no ha estado mal: más de media entrada y solo un puñado de invitaciones. Mañana volverá a haber función.
Cuando ya no hay allí nadie más que ella, apaga las luces de la calle, cierra la puerta y vuelve a la platea. El terciopelo grana de las butacas vacías ilumina ese espacio sagrado donde, desde hace más de cien años, cada noche, la libertad se atreve a vivir. Se detiene en medio del pasillo que lleva al escenario, ese escenario donde, como alguien dijo alguna vez, navegan los barcos sin mar y maduran los campos sin flor y allí, como cada noche, cierra sus ojos y aspira profundamente la magia y el misterio que inundan el aire. Las voces del silencio le susurran sus secretos al oído.
Cada noche, a eso de la una, se decuelga definitivamente de la tela, la guarda cuidadosamente, se despide del escenario, apaga las últimas luces y sale a la calle. En la oscuridad se la ve caminar con ese paso silencioso y etéreo de los soñadores sin remedio. Viéndola desde fuera muchos pensarán que no se tata más que de una actriz en paro. Sé que se llama Ester, que nunca ha dejado de soñar… y que jamás dejará de volar.