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La luz del silencio: tibetanos en el exilio, una opción por la no-violencia en el mundo de hoy

7 Marzo, 2010

Hoy quiero compartir con vosotros los recuerdos de un viaje que para mí fue inolvidable: el que hice hace cinco años a Dharamsala, residencia del Dalai Lama. Si queréis os invito a escuchar alguna música que me llevé a aquel viaje. Son baladas del malogrado Jim Croce, de Ralph Mctell y, cómo no, el Vincent de Don Mclean, esa preciosa canción dedicada a Vincent Van Gogh en la que, entre otras cosas, le dice algo que es aplicable al pueblo tibetano: “este mundo nunca estuvo hecho para alguien tan bello como tú…”

DHARAMSALA, EL NUEVO SHANGRI-LA

La entrada en Dharamsala impresiona. La carretera, empinada y estrecha como pocas, alcanza de pronto una loma desde la que se divisa, quizá, una de las bellezas más armoniosas de la tierra: a la izquierda, el templo/residencia del Dalai Lama, donde vive desde que se exilió en 1959, construido sobre una colina llena de bosques de abetos; frente a nosotros Mcleod-Ganj, Dharamsala alto, un pequeño pueblo de casas sencillas y bajas; tras esas casas la imponente presencia de las cumbres del Himalaya, que allí se alzan hasta los cinco mil metros; y a nuestra espalda, serpenteante y verde, el Kangra Valley, con su inmensa llanura y sus lagos azules.

En aquel océano verde se recortan las siluetas granates de los monjes. Hay miles de ellos: hombres, mujeres, niños, ancianos… unidos por esa inacabable sensación de paz que reflejan sus sonrisas. Siempre ríen. Más de cincuenta años de sufrimiento, tortura y exilio no han hecho más que ampliar su sonrisa, esa que ofrecen a todo el que se cruza en su camino. Son gentes sencillas y humildes que han decidido hacer de sus vidas una permanente fuente de ayuda a los demás. Tras sus túnicas granas, sus cabezas rapadas y esos ojillos rasgados que nos invitan a compartir su risa y su alegría, hay seres humanos que sólo conocen la verdad y la dignidad: la verdad de la iluminación, la dignidad de su permanente búsqueda. El cariño, el amor, la devoción, el respeto y la admiración que sienten por Tenzin Gyatso, el XIV Dalai Lama, conmueve profundamente.

Hombre sabio, y quizá por eso permanentemente alegre, el Dalai Lama (océano de sabiduría, según la etimología mogola de Dalai y tibetana de Lama) se confiesa seguidor de la filosofía de la no-violencia del Mahatma Gandhi. Como él mismo dice, “ la cultura tibetana es una de las herencias culturales antiguas más ricas del mundo. Basada fundamentalmente en el amor, la compasión y la no-violencia, su preservación y perpetuación no sólo beneficia al Tíbet, sino también al resto de la humanidad.” Al recibir el Premio Nobel de la Paz en 1.989 explicó la visión que él tiene de su país: “mi sueño es que toda la meseta tibetana se convierta en un refugio libre, donde los seres humanos y la naturaleza puedan convivir en equilibrio armonioso y pacífico. Sería un lugar donde la gente de todo el mundo podría venir en busca del verdadero sentido de la paz interior, fuera de las tensiones y presión de una gran parte del mundo. Tíbet podría, en efecto, convertirse en un centro creativo para fomentar y desarrollar la paz.”

ESCUCHANDO AL DALAI LAMA

Desde finales de febrero a principios de abril, como cada año, el Dalai Lama ofrece sus enseñanzas a todo aquel que las quiere oír. Cada día, entre las doce y media y las cuatro de la tarde, acude al templo para explicar sus enseñanzas. Dos fotos de carnet y diez rupias (3 céntimos de euro) es lo único que se necesita para acceder al recinto y, si no se habla tibetano, que entre nosotros es lo más normal, un receptor de radio FM para poder recibir la traducción simultánea al inglés. Una vez en el recinto la sensación de paz y armonía que se percibe inunda todo tu cuerpo. La expectación es muy grande. Hay gentes que han venido de todas partes del mundo para escuchar su palabra. Aquella mañana debíamos ser dos mil los que aguardábamos al Dalai Lama. Puede que más de mil ochocientos fueran monjes, con sus hábitos granates, ciento cincuenta tibetanos, una treintena de indios y veinte occidentales.

El templo está lleno de cojines en el suelo donde se sientan los monjes y todos los que hemos acudido a escuchar al Dalai Lama. Está absolutamente lleno. Bordeamos la sala principal haciendo girar, en el sentido de las agujas del reloj, los cilindros de oración que la rodean. Finalmente nos sentamos frente al lugar donde él hablará. A pesar de que nuestro aspecto resulta allí extraño, los monjes no nos miran con recelo sino, al contrario, nos ofrecen un sitio junto a ellos. Cuando nos sentamos en el suelo percibimos la energía que desprenden el lugar y los seres humanos que hay en él. Una profunda emoción hace que mis ojos se empañen al ver lo que está pasando junto a mí: pastores tibetanos y monjes venidos de las montañas y del sufrimiento de un pueblo perseguido y oprimido se han reunido allí para orar por la paz, por la no-violencia, por el perdón al enemigo, por el amor entre todos los seres humanos. Es su forma de vivir, de hacer la revolución que cambiará definitivamente el mundo en que vivimos.

La llegada del Dalai Lama provoca un murmullo que, lentamente, invade el templo. Empieza a hablar del proceso de crecimiento, ese proceso que requiere del esfuerzo diario que, desde la práctica, nos ayudará a recorrer el camino interior despreocupándonos del exterior, para no caer en el querer aparentar ser lo que en realidad no somos. Para que podamos llenarnos, primero tenemos que vaciarnos, nos dice con su voz pausada y grave… El Dalai Lama, hombre sabio, salpica sus enseñanzas con bromas que hacen que todos riamos. Durante esa charla nos pasan un néctar anaranjado que sirven los monjes. Ordenadamente todos acercan unos pequeños cuencos, o sus manos quienes no los tienen, para que les sirvan. Una mujer mayor que está junto a nosotros nos da el suyo para que se lo acerquemos al monje. Con los ojos, y con esa sonrisa iluminada de la gente del Tíbet, nos invita a que también nosotros participemos del rito bebiendo y haciendo abluciones. Poco importa que no seamos budistas, somos seres humanos y con eso les basta.

En otro momento de la charla todos sacan una pequeña cinta de color rojo que ponen en su frente y sobre los ojos. Es cerrando nuestros ojos como podemos ver en nuestro interior. Más tarde varios lamas nos marcan la frente con una pintura anaranjada que recibimos con respeto y alegría. Tampoco a ellos les importa que no seamos budistas; quieren dar, compartir su experiencia con el que está a su lado. No es necesario hablar su idioma para entenderles. Los mantras se suceden uno tras otro como olas en ese océano granate de sabiduría iluminado por la luz del silencio. Jamás había sentido una sensación de paz interior como la que sentí aquel día…

NORBULINGKA, LAS RAICES DE UNA CULTURA

Cerca de Dharamsala está el Instituto Norbulingka, dedicado a la preservación de la cultura tibetana. Un pueblo que no tiene país ni estado, al que en su tierra no le dejan aprender en su propia lengua o defender su propia identidad, es plenamente consciente de la necesidad de preservar y mantener viva su cultura y sus tradiciones. Por ello, auspiciado por el Dalai Lama, en 1.988 empezaron a construir este Instituto que fue inaugurado oficialmente en 1.995. Recorriendo sus edificios y sus jardines se respira una intensa sensación de paz. El diseño y la disposición de sus edificios, representando la figura de Buda sentado, tienen mucho que ver en ello. En este Instituto los viejos maestros tibetanos instruyen y enseñan a las nuevas generaciones el arte y la cultura de su pueblo: estatuas, thangkas y trabajos en tela y en madera. La formación necesaria para poder pintar los thangkas es de seis años. Con las obras que realizan en los talleres y gracias a la ayuda internacional, este Instituto es el referente actual de la cultura tibetana, en el que, además, cuentan con un centro de investigación, una biblioteca y, sobre todo, con la academia de cultura tibetana, en la que se enseña filosofía budista, poesía tibetana, historia, literatura, geografía, medicina e inglés.

Junto al Instituto está Nyingtob Ling, “el reino del coraje” como fue bautizada por el Dalai Lama, la escuela/hogar tibetana de manualidades para niños discapacitados. La escuela es totalmente gratuita y a ella acuden, en régimen de internado, los niños discapacitados de las familias tibetanas más pobres. Subsisten gracias a la ayuda internacional, tanto privada como institucional y a lo que obtienen por la venta de los productos que hacen los propios niños (artesanía de madera, tela, dibujos…) En todas las clases vimos lo mismo: pobreza, amor, alegría y una enorme dignidad. Bajo el templo budista, donde los niños acuden cada mañana y cada tarde a orar y a meditar, están construyendo la clínica de la escuela. Todavía no tienen ni un solo mueble, ni aparatos, ni instrumentos ni medicinas, pero es allí donde los niños hacen fisioterapia y donde, una vez a la semana, les visita el doctor.

Son muchas las cosas que pude aprender en Nyingtob Ling: que con amor todo es posible, que la dignidad no depende de lo que tienes o de lo que eres, sino de lo que das, que es en las cosas pequeñas donde podemos encontrar la felicidad, que la mirada y la sonrisa de un niño son iguales en todas las partes del mundo, que el futuro se construye con nuestras manos, paso a paso y día a día, que no hay mejor terapia que la alegría y el cariño…y que podemos, si queremos, ayudarles tanto con tan poco: apadrinar a uno de estos niños cuesta un dólar diario, menos de lo que, cada día, nos gastamos en café o cogiendo el autobús…

LOS NIÑOS TIBETANOS: UNA MIRADA DE ESPERANZA

La educación es la prioridad absoluta del pueblo tibetano. Un pueblo de seis millones de seres humanos de los que un millón doscientos mil han muerto desde que China invadió su país, un pueblo obligado a vivir en el exilio para mantener su lengua y su cultura, un pueblo en el que ciento treinta mil personas viven ese exilio desde hace más de cincuenta años con la esperanza de poder regresar algún día a la tierra que les vio nacer, un pueblo que resiste la ocupación, la represión y la injusticia únicamente con la verdad y la no-violencia, es un pueblo que sabe lo importante que es la educación de sus futuras generaciones. De ella depende su ser o no ser, su identidad y su propia existencia.

En 1.960, cuando los primeros refugiados llegaron al norte de la India para establecerse en Dharamsala, una de las hermanas del Dalai Lama, Tsering Dolma Takla, creó una guardería para acoger a cincuenta y un niños refugiados, huérfanos en muchos casos o que habían tenido que dejar a sus padres en Tíbet. Desde allí les enviaban a otras escuelas de la India. Pero los refugiados siguieron llegando y las necesidades fueron en aumento. A la dificultad de encontrar profesores que respetaran la cultura tibetana se añadía la de poder enseñar a los niños en su propia lengua. En los colegios indios la enseñanza es en hindi y, sobre todo, en inglés.

Ese crecimiento de las necesidades llevó a que aquella pequeña guardería se transformase en un colegio/hogar. Conscientes de que esos niños, además de educación, necesitaban el cariño de unos padres y la sensación de pertenencia a una familia, estructuraron el colegio/hogar en forma de pequeño pueblo (village). Así, en cada casa vive un grupo de niños con una mujer (su madre de hogar) que representa lo que es una madre en una familia tradicional. Los niños consideran a sus compañeros de casa como sus hermanos y conviven con ellos y con su madre de hogar hasta que abandonan el colegio. Por eso, a estos colegios se les conoce como Tibetan Children Village (TCV), aldeas de niños tibetanos. El tamaño de los TCVs varía en función de las necesidades específicas de la zona en que se ubican. Así, los hay desde seiscientos alumnos hasta dos mil quinientos.

El sistema educativo de los tibetanos en el exilio es muy avanzado. Aplicando la pedagogía de Montesori, adaptan la formación a sus necesidades básicas: preservar su cultura y los valores fundamentales del budismo. Así, hasta los cinco años, los niños aprenden tibetano y cultura tibetana. A partir de los seis, la formación es en inglés para poder convalidarla con los planes de estudio indios. Siguen el programa oficial adaptándolo a su cultura autóctona (música y danza tibetanas,…). El objetivo de esta educación es que, al finalizarla, sean tibetanos con todo lo que ello significa en cuanto a valores humanos.

La educación es gratuita, y los TCVs se financian, fundamentalmente, gracias a las donaciones externas. Las necesidades de un sistema educativo como el tibetano son muchas: tienen que crear sus propios libros, enseñar a los profesores en centros especializados, formar a las madres de hogar,… Para ayudar a que los jóvenes puedan integrarse en la sociedad, al acabar sus estudios tienen hostales en diferentes ciudades de la India donde ellos pueden vivir desde que van a la universidad. También cuentan con sus propios programas de formación profesional y su mecanismo autóctono de bolsa de trabajo.

Un día normal en cualquier TCV empieza a las seis de la mañana y acaba poco después de la puesta del sol. Cuando recorrimos el TCV de Dharamsala, lo que más nos impresionó fue la alegría de los niños, el grado de libertad con el que se mueven por el colegio y el nivel de responsabilidad que, progresivamente, van asumiendo (hasta los pequeños de siete u ocho años entregan un ticket en la cantina para que les sirvan la comida). Pero, por encima de todo, llamó nuestra atención el contenido de los lemas que adornan las paredes del colegio o de las canchas deportivas. En esos lemas podía leerse toda la filosofía que sustenta este sistema educativo: “Piensa globalmente, actúa localmente”, “ Cuanto más leas, más podrás dar”, “Ven a aprender, ves a servir”.

Al abandonar el TCV de Dharamsala vi un solitario templo de paredes blancas y sencillas que irradiaba una luz extraordinaria. Era muy pequeño, quizá el más pequeño que había visto desde que había llegado a la India. Me acerqué e intenté entrar, pero la puerta estaba sellada. Junto a ella había una placa de latón clavada en la pared. Decía: “Aquí están los mensajes de paz y de esperanza que los niños del 2.000 escribimos a los que abrirán esta puerta en el año 2.050…”

LA SITUACIÓN ACTUAL DE LOS DERECHOS HUMANOS EN TÍBET

De los seis millones de tibetanos que hoy viven en el Tíbet, la mayoría lo hace en las ciudades de la llamada TAR (Tibetan Autonomous Region). Las áreas limítrofes, donde también hay población de etnia tibetana, no son consideradas como Tíbet por los chinos. El gobierno chino ha desarrollado una intensa campaña de colonización de las principales ciudades de la TAR donde hoy, prácticamente, ya son mayoría los colonos chinos (son ocho  millones frente a los seis millones de tibetanos). En 1.959 no había ni uno, sólo los tibetanos vivían allí. La llegada a Lhasa del tren desde Pekín ha acelerado aún más este proceso de colonización y exterminio cultural llevando al Tibet a medio millón de nuevos colonos chinos en el último año.

La represión ha ido en aumento en los últimos años, y muy especialmente desde el once de septiembre de 2.001, ya que China aplica una política antiterrorista “preventiva” que considera delitos políticos hechos como llevar una foto del Dalai Lama o gritar “Tíbet libre”. Las protestas de Lhasa de 2008 coincidiendo con la celebración de los JJOO de Pekín se saldaron con cerca de 200 muertos. Hay espías y confidentes chinos insertados en las comunidades tibetanas, tanto dentro como fuera del Tíbet, y se han denunciado casos de tibetanos exiliados que han desaparecido.

Las condiciones en las cárceles chinas son atroces. Se tortura sistemáticamente a los presos y se mezcla a los presos políticos tibetanos con presos sociales chinos considerados como peligrosos. La pena de muerte sigue en vigor en China, y es el país del mundo que tiene más ejecuciones anuales. En noviembre de 2009 cuatro tibetanos fueron ejecutados acusados de haber participado en las protestas de Lhasa en 2008. Los acusados de cometer delitos políticos no tienen derecho a ser defendidos por un abogado en el juicio, y las condenas son ampliadas arbitrariamente sin que se sepa cómo, cuándo o por qué.

La política del gobierno chino hacia el Tíbet, y más concretamente a lo que ellos denominan TAR, ha sido la de impulsar un fuerte desarrollo económico con la construcción de infraestructuras y permitiendo que los tibetanos afines y los colonos chinos puedan lucrarse con sus negocios, siempre y cuando no atenten contra el sistema establecido. Esta política persigue un doble objetivo: acallar las voces de los disidentes intentando hacer creer a los tibetanos que gracias a China viven mejor que cuando eran independientes y, principalmente, mostrar a las potencias y a las instituciones extranjeras que China apoya al Tíbet.

En realidad la situación en cuanto al respeto de los derechos humanos es muy grave: al genocidio de un millón doscientos mil tibetanos hay que añadir el exterminio de su cultura ya que, vía la colonización y, sobre todo, la represión de las manifestaciones culturales autóctonas, la cultura tibetana está desapareciendo en Tíbet: no pueden estudiar en su propia lengua, los programas educativos son los que impone el gobierno chino, que aplica su visión unilateral de la historia, los templos, en su mayoría, han sido destruidos…

GU CHU SUM, UN PASO NO VIOLENTO HACIA LA LIBERTAD

Si TCHRD (Tibetan Centre for Human Rights and Democracy) se ocupa de defender los derechos humanos y los valores democráticos tanto en el Tíbet como entre la comunidad tibetana en el exilio, otra organización es la que se encarga de la acogida de los expresos políticos que llegan al exilio: el GU CHU SUM, la asociación de expresos políticos tibetanos.

Fundado en 1.991 por, entre otros, Ngawang Woebar, monje budista que lideró las protestas de Lhasa de 1.987 por lo que fue encarcelado, tiene dos objetivos primordiales: dar unidad y cobertura económica y social a los expresos políticos y dar a conocer la situación real de lo que está pasando en el Tíbet.

Cuenta actualmente con trescientos cincuenta miembros que se asocian voluntariamente. El GU CHU SUM no niega su ayuda a los expresos refugiados que no quieren asociarse. No tiene financiación oficial externa, sino que subsiste con lo que hacen sus miembros (artesanía textil y un restaurante japonés principalmente) y, sobre todo, a través de donaciones exteriores directas.

Cuando Ngawang Woebar cruzó el Himalaya para refugiarse en Dharamsala pasó más de un mes en las montañas. Le acompañaban otros cuatro monjes. El viaje al exilio es peligroso. Las patrullas del ejército chino vigilan la frontera con India, esa frontera que separa dos mundos muy diferentes, los de los dos países más poblados de la tierra, esa frontera que, desde siempre, ha estado cerrada y vigilada por el guardián más implacable: el miedo. El viaje al exilio es siempre el mismo, poco importa que lo hagas atravesando las montañas más altas del mundo o que lo hagas en patera. Sólo el miedo te acompaña, el miedo y esa cruel sensación de saber que cuanto más te alejas de los tuyos, de ti mismo, más cerca estás de ese nuevo mundo, desconocido y extraño, en el que, dicen, podrás empezar una nueva vida. Cruzar el Estrecho requiere de un patrón que gobierne una patera; cruzar el Himalaya, de un guía experto y valiente que conozca las montañas palmo a palmo y que esté dispuesto a jugarse la vida en cada viaje. Para evitar las patrullas duermen durante el día y viajan de noche. En los meses de invierno es el frío el que cierra la frontera; el resto del año lo hacen las patrullas chinas. En primavera, con el deshielo, la ruta es muy peligrosa. Un paso en falso y se rompe la delgada capa de nieve que esconde la profunda sima donde duerme la muerte. Muchos son los que sólo encuentran la muerte en las montañas. Cada año siguen llegando tres mil tibetanos al norte de la India o a Nepal. Nadie sabe cuántos son los que iniciaron el viaje ni  los que quedaron en el camino. Muchos de los que llegan son niños. En sus ojos sólo hay esperanza; jamás pierden su sonrisa.

Ngawang Woebar llegó a India con las manos vacías y el corazón lleno: sabía que tenía que ayudar a todos los que, como él, habían emprendido el viaje. Sin dinero ni medios no era fácil hacerlo. Necesitaba conseguir fondos y explicar al mundo lo que estaba pasando en su país.  Si algo no les falta a los tibetanos es determinación. Así que, con algo de imaginación, aquellos cinco monjes y algunos que, como ellos, habían cruzado la frontera unos meses antes, formaron un grupo de teatro itinerante que empezó a recorrer el norte de la India. Ninguno era actor ni había recibido formación teatral. Se interpretaron a sí mismos. Contaron su historia a todo aquel que les quiso escuchar. El éxito fue increíble. Enseguida empezaron a reclamarles de ciudades más lejanas. La gente empezó a saber del sufrimiento del pueblo tibetano, y aquellos cinco monjes/actores fundaron, con todo lo que habían recaudado, el GU CHU SUM.

Hoy este movimiento ayuda económicamente a ciento cincuenta expresos y da ayuda humanitaria a los que no tienen familia. Organiza cursos de formación para la reinserción social. Cada curso dura un año y se imparten asignaturas como inglés, tibetano e informática. También editan su propio boletín informativo en el que, los que van llegando, cuentan su propia historia.

Paseando por la terraza del edificio que ocupa el GU CHU SUM con Ngawang Woebar pude aprender que cada tibetano tiene un papel que interpretar en esa colosal obra que es la reconstrucción del Tíbet, y que el de él es el de dar a conocer su realidad y ayudar a los expresos, a todos los expresos que le puedan necesitar. Su filosofía es la de la no-violencia del Mahatma Gandhi y, como él dice, “la justicia sólo puede venir a través de la verdad”. Él, que como tantos otros, ha estado encarcelado y ha sido brutalmente torturado por expresar sus opiniones por decir lo que piensa o, simplemente, por defender su propia cultura, hace oración cada día. En sus oraciones también están los que le torturaron. “Si yo devolviera la violencia que he recibido sólo generaría más sangre y más muerte. La reconstrucción del Tíbet sólo puede venir de la verdad”.

POETAS DEL EXILIO…

Al caer la tarde entré en una pequeña librería de Dharamsala. Tras hojear y saborear un sinfín de libros que me empujaban a buscar la verdad en el fondo de mí mismo, o en la mirada del otro, empecé a hablar con un tibetano enjuto y bajito. En sus ojos había luz, la luz de la sempiterna sonrisa de los tibetanos. Era el librero y, además, poeta. Así se me presentó. Su nombre es Lhasang Tsering, y es uno de los poetas tibetanos contemporáneos más queridos por su pueblo. Me habló de su tierra, de esa tierra que dejó atrás; de lo que los chinos están haciendo con ella, convirtiéndola en un basural nuclear y deforestándola día a día. En la meseta tibetana nacen cuatro de los ríos más importantes de Asia, que van a India y a China. Controlar sus fuentes significa controlar el acceso al agua potable del 40% de la población mundial. Este control y el de las mayores reservas del mundo de uranio que están bajo la meseta tibetana son la causa por la que China invadió y ocupa Tíbet. El ecosistema tibetano no está preparado para resistir esta agresión. Lhasang Tsering también me habló del cielo tibetano, de ese cielo azul que lo ilumina todo, y de las estrellas, de la inmensidad del firmamento, esa pizarra donde los hombres, o los dioses, escriben su historia. Cojo entre mis manos el mejor regalo que un poeta puede hacer: sus versos, una pequeña colección que se llama “Mañana y otros poemas”. Hay una infinita nostalgia en sus versos. También la rebelión contra la injusticia aparece en ellos. Recuerdo uno de sus poemas, se llama, “Sin lágrimas para llorar”:

“En un lugar donde todos han sido asesinados

¿Quién?, ¿Quién llorará? ¿Y por quién?,

en un pueblo en el que la muerte ha visitado todas las casas

¿Quién? ¿Quién llorará? ¿Y por quién?,

en la torturada tierra de la nieve

¿Quién?, ¿Quién llorará? ¿Y por quién?.

Donde la muerte vive a diario

no hay tiempo para levantarse,

donde la pobreza lo habita todo

no hay aceite para las lámparas,

donde todos los corazones han llorado

no hay lágrimas para llorar”.

En un mundo gravemente herido por la sin razón de la violencia, por la intolerancia y la superficialidad criminal del fanatismo, donde valores como amor, compasión o solidaridad son a diario masacrados por los fundamentalistas del libre mercado, en un mundo globalizado en el que, como diría Celaya, apenas si nos dejan decir que somos quien somos, surge la voz del pueblo tibetano en el exilio. Es una voz nacida del sufrimiento y del dolor, una voz potente y fuerte que nos recuerda lo que en verdad significa ser seres humanos.

El 10 de Marzo se conmemora el aniversario de la ocupación de Tíbet por el ejército chino en 1959. Cada año se suceden las protestas en Tíbet y en todo el mundo contra esa ocupación exigiendo una solución no violenta a este conflicto. Los tibetanos no piden la independencia, sino una autonomía que les permita preservar su cultura milenaria y que se respeten los derechos humanos. Por eso FORO TIBET ha escogido esa fecha para hacer su presentación oficial. Lo hará en Madrid, en el Café Teatro Arenal a las 18:30  y contará con la presencia de Kelsang Gyaltsen (en la izquierda en esta foto), el enviado especial del Dalai Lama para la Unión Europea que nos informará sobre el estado actual de las negociaciones con China que tuvieron lugar hace poco más de un mes y en las que él formó parte de la delegación tibetana. Será un encuentro abierto a todos en el que podremos recibir información de primera mano de la situación del pueblo tibetano, un pueblo que agradece enormemente todas las muestras de apoyo que recibe de todo el mundo. Para ellos, el simple hecho de que nos informemos de lo que les pasa y lo compartamos con los que nos rodean para evitar que su genocidio caiga en el olvido es importantísimo, muchísimo más de lo que os podáis imaginar, porque necesitan saber que no están solos, que no les hemos abandonado… y que, por eso, todavía hay esperanza.

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Sándor Márai, memoria del olvido

28 Febrero, 2010

Hoy me gustaría hablaros de uno de mis escritores favoritos: Sándor Márai.  Húngaro, contemporáneo de Stefan Zweig, y con una vida muy parecida a la de aquél, en la que la represión y la condena al olvido marcaron su existencia para siempre. El tiempo ha rescatado sus novelas y le ha devuelto la justa fama que le robaron. De entre sus títulos destacan varias obras maestras como “El último encuentro”, “El amante de Bolzano”, “Los rebeldes” o “Divorcio en Buda”. Aunque a mí particularmente lo que más me gusta de su obra es su autobiografía (dividida en dos tomos: “Confesiones de un burgués” y “¡Tierra, Tierra!”)

Para hablar de Márai, si queréis, el violín de Joshua Bell puede ser una magnífica compañía:

“¡Tierra, Tierra!”, el segundo volumen de la autobiografía de Sándor Márai, del que me gustaría hablaros hoy, es un libro íntimo, visionario y, quizá por ello, desgarrador. Si en sus “Confesiones de un burgués” nos hizo vivir los primeros años de su vida en aquel lejano imperio Austro-Húngaro que alcanzó las más altas cotas de lo que un día fue la cultura europea y que sucumbió por la barbarie de la Primera Guerra Mundial, en esta segunda parte nos cuenta a pecho descubierto las dramáticas consecuencias que la Segunda Guerra Mundial provocó en aquel reducto del imperio que fue su país natal: Hungría. Leer a Márai es vivir la Historia en primera persona, porque eso es lo que él hace: contarnos, con su mirada lúcida, su vivencia personal, la vivencia de un hombre que lo fue todo y que todo lo perdió, de un humanista al que, por serlo, le arrebataron todo y que fue proscrito y borrado del mapa de las letras y olvidado durante décadas por haber cometido el mayor de los delitos que un ser humano puede cometer: atreverse a ser libre.

Inolvidables las páginas en las que nos cuenta sus primeros encuentros con los soldados soviéticos que entraron en el pequeño pueblo donde se había refugiado de los alemanes y sus esfuerzos por conocer y entender a esos guerreros venidos del Este que se sorprendían enormemente al conocer a un escritor de carne y hueso. Como inolvidables también sus descripciones de una sociedad que, mirando a otro lado, cree que la entrada de Hitler en Austria es un hecho aislado que no tendrá mayores consecuencias, o sus recuerdos del París de la bohemia y sus encuentros con Hemingway, Fitzgerald, Eliot, Joyce, Pound… De aquel Pound que, imbuido por los secretos de los símbolos de la poesía oriental, descubrió la fuerza de la imagen:”No es el poeta quien debe hablar en el poema, sino la imagen que el poeta hace perceptible con las palabras, transformándola en algo palpable para el lector, para que así, a través del impacto de la imagen, la poesía se materialice en el lector…”; de aquel Pound al que Márai veía todos los días en el Dôme o en el Coupole, y al que no conoció personalmente porque, “los que avanzan juntos en el tiempo en una misma dirección, de alguna manera nunca se conocen. Un contemporáneo no tiene rostro histórico.”

Su imagen de Europa, de aquella Europa que calló y miró a otro lado cuando las tropas soviéticas invadieron Hungría, es desgarradora: “En Europa se mentía sin parar, sin  pausa y sin descanso: mentían la prensa, la radio, todo tipo de folletos, la basura con que se llenaba la conciencia del hombre occidental… En este siglo Occidente se ha mentido a sí mismo y al mundo…¿Qué podíamos esperar entonces, nosotros los húngaros, de ese Occidente infectado por la mentira? Por supuesto, en ningún caso ayuda o solidaridad. No puede haber para nosotros, ni individual ni colectivamente, más ayuda que el tiempo… ¿Dónde estaba mi sitio? ¿En un Occidente arrasado que de tanto mentir se había vuelto sordo? ¿O bien debía regresar a Hungría? ¿Y qué me esperaba allí? ¿La “Patria”?… No tenía ganas de hacer promesas ni de concebir ilusiones. No creía que la “patria” me estuviera esperando. Pero hay en la vida instantes en que oímos la respuesta o un mensaje pronunciados en voz muy baja. Y aquel fue uno de estos instantes. Y la respuesta (como dos décadas antes, en una situación parecida) se me reveló en voz baja. Tenía que regresar a Hungría, donde no se me aguardaba, donde no existían para mí ni tareas ni misiones, pero donde sí había algo que para mí es lo único que tiene sentido en la vida: la lengua húngara. En ese momento lo comprendí por segunda vez con todas sus consecuencias. Porque a mí, ni de joven ni de mayor, ni siquiera después de haber vivido dos guerras mundiales, nunca me ha interesado nada más que la lengua húngara. Una lengua que – entre los miles de millones de seres humanos- sólo entienden diez millones. Una literatura que – al estar encerrada en esa lengua- nunca ha podido, por más esfuerzos heroicos que se hayan hecho, dirigirse al mundo en su auténtica realidad. Sin embargo, para mí esa lengua y esa literatura significan una vida plena, porque sólo en esta lengua puedo decir lo que quiero decir (y sólo en esta lengua puedo callar lo que quiero callar)…” El amor que Márai sentía por su lengua le llevó a cuidar el más mínimo detalle en la elección de las palabras que utilizaba. Lástima que, en las traducciones, esa sutilidad, esa perfección, en muchas ocasiones, se haya perdido. Por ejemplo, el título de una de sus novelas más famosas, la que, ambientada en un pequeño castillo de caza que ya ha perdido su esplendor de antaño, cuenta la historia de dos amigos inseparables que, en su vejez y tras cuarenta años de no verse, se citan para cenar en un encuentro que ambos han esperado durante toda su vida, un encuentro que es una especie de duelo sin armas en torno al recuerdo de una mujer… Pues bien, en húngaro, la novela se titula “Las velas arden hasta el final”, en una cita de unos versos de Shelley que hablan del paso del tiempo y de que los mejores siempre son los primeros en marcharse. Ese título se tradujo al alemán y al inglés como “Brasas”, que aún tiene algo que ver con el original, pero a nosotros nos llegó como “El último encuentro”, un título que resume el contenido de la novela, pero pierde mucha de su poesía. Márai amaba profundamente la lengua húngara, una lengua que fue la única patria que abrazó este apátrida condenado al exilio y al olvido. A él, como a Stefan Zweig, los vencedores siempre se lo quitaron todo, porque ellos y los que, como ellos, sólo tenían por arma la dignidad, la esperanza, la razón o la confianza en el ser humano, estaban condenados a  ser los perdedores de todas las guerras.

Escritas a finales de los sesenta, estas memorias están salpicadas por las reflexiones de Márai sobre la decadencia del mundo que le rodea: “De la misma forma que las religiones, al identificarse con los sistemas de poder de su momento histórico, hicieron todo lo posible para limitar y cercenar los peligrosos estímulos de la libertad de expresión, también los sistemas económicos, políticos y de poder de esta época masificada son enemigos de la libertad de pensamiento y hacen todo lo posible (bien mediante el terror o mediante la civilización tecnificada, que consigue el mismo efecto) para mantener a las masas humanas en un estado anímico infantil.” Él se pregunta una y otra vez cómo es posible que Europa haya llegado a la abyección, al genocidio y al exterminio y porqué, sin embargo, se siente tan unido a ella. Su respuesta es abrumadora: “¿Qué me ata aquí? ¿Los vestigios y los recuerdos de una cultura que se extingue? Son sólo palabras. Quizá sea el recuerdo de los crímenes cometidos en común: la conciencia de que todos somos culpables, todos los europeos, los del este y los del oeste, porque hemos vivido aquí y toleramos y permitimos que todo llegase a donde llegó… somos culpables porque somos europeos y porque hemos consentido que en la conciencia del hombre europeo se haya aniquilado el humanismo…  Alguna vez existió una Europa apasionada en la que la gente no solamente quería saber, sino también apasionarse. No buscaban solamente la verdad, sino una aventura noble y estimulante caldeada por la pasión, porque querían cultura, y sin pasión no hay cultura… Lo diré con una sola frase: Ha habido una Europa distinta. Es necesario encontrarla, me dije para animarme…”

Sándor Márai nunca encontró aquella Europa perdida que él había conocido tan de cerca, jamás volvió a verla, porque hacía ya mucho tiempo que aquella Europa había muerto. Cuando comprendió que ya nada le ataba aquí, partió rumbo a América con la esperanza de “ver lo que vio el joven marinero desde el puesto de vigía de la carabela de Colón cuando, al alba, se puso a gritar con voz ronca y excitada: “¡Tierra, Tierra!”. A lo mejor ese marinero vive eternamente dentro de nosotros, en cada ser humano, sólo que a veces se queda dormido en su puesto. Colón y sus hombres aún dormían cuando la Tierra ya se divisaba en la luz…”  Sándor Márai emprendió aquel viaje buscando, quizá, un último encuentro, el último encuentro con el mundo que pudo haber sido… Nunca lo encontró. En 1.989 se quitó la vida en San Diego, California. Pocos meses después cayó el muro de Berlín. Márai no permitió que su vela se consumiera hasta el final.

Para acabar esta entrada os dejo con un pequeño corto cuyo texto es un extracto de “Divorcio en Buda” en el que Márai nos habla del amor, de lo que significa amar, de lo difícil y maravilloso que es amar…

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Siddhartha

21 Febrero, 2010

En 1.922 HERMANN HESSE escribió SIDDHARTHA, posiblemente una de las novelas que más han influido en la cultura occidental del siglo XX. Como a ROBERT GRAVES, a STEFAN ZWEIG, al inolvidable Larry Darrell de “El filo de la navaja” de  W. SOMERSET MAUGHAM, o como a tantos y tantos otros, la Primera Guerra Mundial marcó profundamente su vida. HESSE orientó su camino hacia la búsqueda espiritual, hacia esa búsqueda de nuevos valores que sustituyeran a los que habían llevado al ser humano al holocausto de la barbarie. Toda su obra fue un reflejo de esa constante búsqueda en la que SIDDHARTHA destaca como perfecta síntesis de la filosofía oriental. SIDDAHARTHA es, sin duda, una novela que cuestiona nuestros sentimientos y pensamientos más profundos.

Si queréis, la música del sitar de RAVI SHANKAR puede ser una maravillosa compañera para este viaje.

HESSE murió en 1.962. Diez años más tarde un director de cine norteamericano amamantado por el Village neoyorkino, CONRAD ROOKS, llevó al cine su novela, una novela que había leído a finales de los cincuenta y que, como poco después a tantos jóvenes de la generación hippy, marcó para siempre. La película, ganadora del León de Plata en el Festival de Venecia de 1.972 es una verdadera joya, un reflejo poético y sincero de la incomparable novela de HESSE. La espléndida fotografía de SVEN NYKVIST hace de cada fotograma una verdadera obra de arte. Todos los colores de la India están allí: los rosas azulados de sus amaneceres,  los exuberantes rojos y anaranjados de los vestidos de sus gentes, los interminables verdes de sus bosques infinitos, los tristes grises de sus brumas, los intensos azules de la soledad… ROOKS ha sabido plasmar en la pantalla toda la poesía, la belleza y la espiritualidad que rezuma SIDDHARTHA, uniendo la prosa de HESSE, premio Nobel de Literatura en 1.946, con la poesía de RABINDRANATH TAGORE, que había obtenido el mismo galardón en 1.913, a través de la inolvidable música de uno de los interpretes más conocidos de la música tradicional india: HEMANT KUMAR.

La novela, ambientada en la India, nos cuenta la historia de SIDDHARTHA, un hombre que dedica su vida a la búsqueda de la Verdad. Su camino le llevará desde la renuncia al lujo de la acomodada vida que lleva en su seno familiar a peregrinar junto a los sadhus que viven de la mendicidad y cuyas únicas posesiones son un taparrabos y un cuenco, y desde allí a conocer el amor por una mujer, a tener que triunfar en el mundo de los negocios para no perderla y, finalmente, a renunciar a todo ese mundo para partir de nuevo en la búsqueda de sí mismo, una búsqueda que le lleva a un río que, en silencio, le hablará y se convertirá en su verdadero maestro.

Son muchos los pasajes de la novela que me gustaría recordar, aunque quizá la visión de SIDDHARTHA sobre el río sea una de las mejores muestras de lo que podemos encontrar en ella: “El río me enseñó a escuchar, me enseñó que nada permanece igual, que todo se transforma y todo regresa. De un río se pueden aprender muchas cosas. El río está en todas partes, en su origen y en su desembocadura, en la cascada, alrededor de la barca, en los rápidos, en el mar, en la montaña, en todas partes y simultáneamente y para él sólo existe el presente, sin la menor sombra de pasado o de futuro. Ahora sé que yo no voy a ningún sitio, que sólo estoy en el camino. Fui un hombre rico pero ya no lo soy ¿Qué seré mañana? No lo sé. ¡Qué camino el mío! ¡Cuánta estupidez, cuánto vicio, cuántos errores, disgustos, dolores y desilusiones he tenido que soportar solo para volver a ser un niño y poder empezar de nuevo, ahora que ya tengo el cabello blanco…! El saber puede comunicarse, pero la sabiduría no, sólo podemos encontrarla y vivirla, pero enseñarla no… Quizá buscamos demasiado durante mucho tiempo. El problema de las metas es que te obsesionan. Si dices que estás buscando es porque hay algo que encontrar. La verdadera libertad es entender que no hay metas. Sólo existe el ahora. Lo que pasó ya ha pasado. Lo que pasará mañana nunca lo sabremos. Por eso debemos vivir el presente, igual que el río… Una piedra, con el paso del tiempo, acabará siendo suelo, y ese suelo se convertirá en planta, o quizá en animal o en un hombre. Antes de entender estas cosas yo pensaba:”esto es una piedra, no tiene gran valor”. Sin embargo, ahora pienso que esta piedra no sólo es esta piedra, es un animal, es Dios, es Buda, y dentro del ciclo de los cambios puede llegar a ser hombre y espíritu. Puede tener importancia porque ya hace mucho tiempo que lo es todo. Amo a esta piedra. La amo solamente por ser una piedra. Yo puedo amar sin palabras, por eso no creo en los maestros. El río, el río es el mejor maestro. He llegado a comprender que debemos olvidarnos de buscar, dejar de buscar, dejar de preocuparnos… y aprender a dar amor.”

Aquí tenéis la forma en que Rooks ha reflejado una parte de este pasaje de la novela en su película cuando, ya viejo y cansado GOVINDA, el amigo de la infancia de SIDDHARTHA que también ha dedicado su vida a la búsqueda de la Verdad permanenciendo siempre junto a grandes maestros, se reencuentra con un SIDDHARTA  convertido en un humilde barquero al que, al principio, ni siquiera reconoce:

La acertada elección que ROOKS hace de los poemas de TAGORE para acompañar la música de la película no es casual. Nacido en Calcuta en 1.861 y educado en una atmósfera literaria y musical, TAGORE empezó a escribir desde niño. Tras estudiar unos cuantos cursos de derecho en Inglaterra, se casó a los veintidós años. En 1.901 fundó una escuela experimental en Santiniketan (Bengala) a la que dedicó toda su actividad y su patrimonio. Esa escuela preparaba a los alumnos para el diálogo, la amistad y la vida en contacto directo con la naturaleza: baños al salir el sol, clases al aire libre, oración bajo los árboles, cantos, danza, teatro… y oficios como jardinería, carpintería, etc… El propósito de TAGORE con esa escuela, y con su vida misma, era muy claro: “Intentaré crear una comunidad de hombres y mujeres que ignoren los límites geográficos. Sólo tendré un país y ese país incluirá a toda la raza humana.”. Un año después murieron su mujer y dos de sus hijos, lo que llevó a su poesía hacia una intensa religiosidad. En 1.913 recibió el Premio Nobel de Literatura. Desde entonces viajó por el mundo con su mensaje de paz y de humanismo. Nunca dejó de escribir. Poco antes de su muerte, en 1.941, empezó a pintar.

Las palabras y la vida de TAGORE cobran una importancia vital en el mundo de hoy, un mundo marcado por el mercantilismo, la especulación y el beneficio inmediato. En ese mundo sus palabras resuenan cada día con más fuerza, aunque pocos, muy pocos, tienen la sabiduría y el valor de escucharlas:

“Llegará el silencio y la música será, entonces, perfecta. La vida, eterna en el trabajo y el hastío, apenas nos da un día para el amor”.

“¿Pero escribe uno poesía para explicar algo? Lo que se siente dentro busca la forma externa en un poema. Así pues, si después de escuchar unos versos, cualquiera dice que no ha comprendido, yo me siento impotente y tengo que guardar silencio. Si alguien huele una flor y dice: “No comprendo”, la contestación para él es: “No hay nada que comprender, sólo es un aroma.” Y si persiste diciendo: “Eso lo sé; pero ¿qué significa?”. Entonces o hay que cambiar de conversación o hacerla más confusa diciendo que el aroma es la forma que la alegría universal toma en la flor.”

NERUDA decía que preguntar al amor es cosa rara, que es preguntar cerezas al cerezo; TAGORE también sabía que preguntar a la poesía es cosa rara, porque, para él, “la poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos.”

Me gustaría acabar esta entrada con el mensaje personal que TAGORE escribió para cada uno de nosotros… hace ya más de un siglo, en una maravillosa mañana de primavera:

“Tú, que no sé quién eres;

tú, que lees estos versos míos que ya tienen cien años, escucha:

No puedo darte ni una sola flor de todo el tesoro de la primavera,

ni una sola luz de estas nubes doradas.

Pero abre tus puertas y mira; y escoge, entre las flores de tu jardín,

el hálito de las flores muertas hace ya cien años.

¡Y ojalá puedas sentir en tu corazón la alegría viva

que esta mañana de Abril te envía, a través de un siglo, cantando dichosa”

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“Me voy, ahí os quedáis…”

14 Febrero, 2010

Son muchos los que, hartos ya de todo esto, se han decidido a dejarlo todo para emprender un viaje al fondo de sí mismos. Algunos han buscado su lugar en la naturaleza, como H.D. Thoreau o Christopher McCandless; otros, en pequeños pueblos alejados del mundo al que pertenecían, como Robert Graves, pero todos, absolutamente todos  los que dieron ese paso en sus vidas, lo hicieron siguiendo el impulso interior que nos lleva a encontrarnos a nosotros mismos. Algunos se despidieron de ese mundo que no entendían y al que aborrecían profundamente publicando su autobiografía bajo títulos tan sugerentes como “Good by to all that” (el “Adios a todo eso” de Robert Graves); otros, como Thoreau con su “Walden”,  escribieron la historia de su viaje interior; otros se fueron sencillamente en silencio, sin siquiera despedirse y otros dejaron un escrito del estilo del que el actor George Sanders dejó en su nota de suicidio: “Me voy, ahí os quedáis…”

Para hablar de todo esto creo que no hay mejor música que la de la banda sonora de “Hacia rutas salvajes”, la película que dirigió Sean Penn basada en el libro que cuenta la historia de Christopher McCandless. Son temas compuestos e interpretados por Eddie Vedder, el cantante de Pearl Jam que ha colaborado en otras bandas sonoras, como la de la película “Dead man walking”. Si quieres, puedes escuchar ahora uno de sus temas: “Society”, una preciosa balada cuya letra, entre otras cosas, dice “sociedad, estás realmente loca, espero que no te sientas sola sin mí… sociedad, estás loca de remate, perdóname,  no te enfades si no estoy de acuerdo contigo, espero que no te sientas sola sin mí…”

Uno de los primeros en decidirse a dar este paso fue H. D. Thoreau, intelectual norteamericano que, en 1845, se fue a vivir en soledad durante dos años en una cabaña que él mismo construyó en el lago Walden. Buscaba vivir en armonía con la naturaleza, volver a la naturaleza, a sus bosques y a sus ríos, a vivir la vida al aire libre, lejos de todo y de todos, fiel a esa llamada interior que le empujaba a buscarse a sí mismo en esos bosques y en esos ríos.  En Walden demostró que se puede vivir con lo mínimo: sólo se llevó unos clavos para construir su propia cabaña y pidió prestada un hacha. Thoreau estaba harto de una sociedad que no entendía, de un gobierno y un estado que consideraba superfluos, innecesarios y aniquiladores de la libertad del individuo (de hecho su negativa a pagar impuestos por estar en contra de la guerra provocó que le arrestaran y la posterior publicación de otro de sus escritos más famosos: “La desobediencia civil”, que fue seguido con devoción un siglo más tarde por activistas y defensores de la no violencia como Gandhi o Martin Luther King).

Adelantándose a su tiempo, Thoreau cuestionó el progreso, la contaminación ambiental y la idiocia de la sociedad que le tocó vivir. Muy influenciado por la filosofía oriental, y por el Bhagavad Gita en particular, hace ciento cincuenta años, ya decía cosas como éstas: “El hombre trabaja bajo engaño, y pronto abona la tierra con lo mejor de su persona. Por falaz destino, comunmente llamado necesidad, se ocupa de acumular tesoros que la polilla y la herrumbre echarán a perder y los ladrones saquearán. Que una vida así es de necios lo comprenderá llegado a su final, si no antes… No es sino lo que piensa el hombre de sí mismo lo que fragua su destino… Eso de dedicar la mejor parte de la vida a ganar dinero con objeto de disfrutar de una libertad cuestionable durante la peor parte de aquella me recuerda a aquel inglés que se fue a la India a hacer fortuna para luego poder regresar a Inglaterra y vivir una vida de poeta. Debería haber subido a la buhardilla en primer lugar… Como había cosas que me gustaban más que otras, en especial  mi libertad, y dado que era capaz de vivir ardua y frugalmente, aunque con desahogo, no quise malgastar mi tiempo en procurarme ricas alfombras, ni una cocina delicada, ni una casa de estilo griego o gótico… El hombre es rico según el número de cosas de que puede prescindir… La mayoría de los lujos y muchas de las llamadas comodidades de la vida no sólo no son indispensables, sino que son un obstáculo cierto para la elevación de la humanidad… Quien se come una fruta debería, como mínimo, plantar la semilla; y, si es posible, una semilla mejor que la de la fruta que ha saboreado… No es hasta que nos hemos perdido; en otras palabras, hasta que hemos perdido el mundo de vista, que empezamos a encontrarnos a nosotros mismos, a darnos cuenta de dónde estamos… A medida que uno simplifique su vida, las leyes del universo se le revelarán menos complejas; la soledad dejará de ser soledad; la pobreza, pobreza; la debilidad, debilidad. Si has construido castillos en el aire, tu esfuerzo no tiene por qué caer en saco roto. Ese es su sitio, ahora ponles los cimientos… Si un hombre se pasa la mitad del día caminando por los bosques porque los ama, corre el peligro de ser considerado un gandul, pero si se pasa el día entero allí como un especulador, talando árboles, será considerado un ciudadano industrioso y emprendedor… Tengo mucho que aprender del indio; nada del misionero… Una ley jamás hará libre a un hombre; son los hombres quienes tienen que hacer libres a las leyes… ¿No es posible que un individuo pueda tener razón y un gobierno estar equivocado? ¿Deben respetarse las leyes simplemente porque fueron dictadas? ¿O dadas por buenas por todos los ciudadanos si no lo son…? Creo en el bosque, en la pradera y en la noche en la que crece el maíz…. Existen dos tipos de simplicidad: una relacionada con la imbecilidad, la otra con la sabiduría… No busquéis con tanta ansiedad vuestro progreso, ni os sometáis a las múltiples influencias que se ejercen sobre vosotros; todo eso produce disipación. La humildad, como la oscuridad, permite ver las luces del firmamento…”

Las palabras con las que Henry Miller prologó Walden nada menos que en una edición de 1946 son impresionantes y, desde luego, desgraciadamente premonitorias: ” El estado se ha convertido en una especie de Frankenstein. Nunca, como hoy, nos hizo menos falta el estado, así como nunca nos han tiranizado tanto. En todas partes el ciudadano tiene un código moral muy superior al del gobierno al que debe fidelidad. La falsa idea de que el estado existe para protegernos se ha desintegrado miles de veces. Sin embargo, mientras el hombre carezca de seguridad y confianza en sí mismo, el estado prosperará; él puede existir gracias al miedo y a la incertidumbre de cada uno de sus  miembros… Basta que un hombre crea en sí mismo y encontrará el camino de la existencia, a pesar de las barreras y las tradiciones que lo aprisionan… Thoreau vivió, mientras nosotros, se puede decir, que sólo existimos…Thoreau encontró Walden, pero Walden está en cada lugar donde hay un hombre…”

Todos sabemos que llevamos un Walden dentro. En un momento u otro de nuestras vidas sentimos su llamada. Walden es un espacio físico, pero también es mucho más: es la necesidad que tenemos de adentrarnos en el camino que nos ayuda a encontrarnos a nosotros mismos, a saber quiénes y cómo somos; el camino que nos lleva a conocernos y a aceptarnos tal y como somos. Walden también es una utopía, esa utopía necesaria que nos empuja a levantarnos cada mañana para seguir adelante. Walden está vivo, intensamente vivo en nuestro aquí y en nuestro ahora. A veces basta la suave caricia del aire en la cara, el vuelo de un pájaro, el susurro del agua en el arroyo o el del viento entre los árboles para recordarnos que Walden está vivo… porque nosotros estamos vivos.

¿Qué pensaría Thoreau de un mundo como el que hemos construido o, simplemente, permitido que construyan?, ¿Qué diría del modelo de vida de nuestras ciudades?, ¿Y del nuestro, del de cada uno de nosotros?, ¿Cómo reaccionaría al ver que, conscientemente, estamos destruyendo todos los Waldens del mundo en una alocada carrera hacia el seguro suicidio de la humanidad y el asesinato del planeta?, ¿Cómo reaccionaría ante el cada día más absoluto y férreo control de nuestras vidas por el estado en ese cotidiano renunciar a nuestra dignidad y a nuestra libertad a cambio de falsas promesas de seguridad?, ¿Cómo nos vería él, que luchó hasta la extenuación contra la esclavitud, al ver que voluntariamente nos esclavizamos por tener una casa más grande o un coche más moderno…?

Si queréis podemos escuchar ahora otra canción de la misma banda sonora. Su título es “Guaranteed”, y, entre otras cosas, dice “… con el viento en mi cabeza me siento parte de todo, bajo mis rodillas hay un camino que desaparece, por las noches escucho el canto de los árboles, cantan con los muertos, sobre todos nosotros…”

 

“Into the wild”, la película de Sean Penn sobre la vida de Chris McCandless nos muestra que no es fácil seguir el camino que inició Thoreau y que, abotargados y aburguesados como estamos por nuestra sociedad y nuestro modelo de vida, cada vez estamos más alejados de la naturaleza y menos adaptados para regresar a ella. Son muchas las películas que han tratado el tema del volver a la naturaleza. Una de mis favoritas es “Dersu Uzala”, de Akira Kurosawa. Ganadora del Oscar a la mejor película extranjera de 1975, esta auténtica joya del cine nos cuenta la historia real de la inolvidable amistad entre Vladimir Arseniev, un joven explorador capitán del ejército ruso,  y Dersu Uzala, un cazador mongol que, tras perder a toda su familia por culpa de la viruela, vive solo en la taiga siberiana.

Profundamente integrado en la vida salvaje, Dersu Uzala enseña al capitán los secretos del bosque y de sus “gentes”, pues para Dersu los animales, los árboles, los ríos, el sol. la luna, el fuego y el viento también son “gente”, gente con la que habla y a quien respeta, gente con la que vive en una armonía total con la naturaleza. La ingenuidad, la limpieza de mirada y de espíritu de Dersu, hacen que el capitán sienta una profunda admiración por el viejo cazador. Entre ambos surge una amistad que, más allá del espacio y del tiempo, les unirá durante toda la vida. A lo largo de los diferentes viajes que el capitán Arseniev va realizando a esa región de la taiga vemos cómo esa amistad permanece inalterable, al tiempo que vemos que las facultades físicas de Dersu empiezan a flaquear. La vista, imprescindible para un cazador y más si ha de vivir en esas condiciones tan extremas, le empieza a fallar y no tiene más remedio que aceptar la invitación del capitán a que deje la vida en los bosques y se vaya a vivir con él a la ciudad. Una vez allí Dersu no puede entender el sinsentido de la vida en la ciudad y, a pesar de ser consciente de su pérdida de visión, decide regresar a su vida en el bosque. Pocas veces la amistad y el amor a la naturaleza se han tratado con tanta sensibilidad como en esta película. Os dejo con un par de secuencias para que os animéis a verla los que todavía no la hayáis visto, o a deleitaros volviendo a verla los que ya la visteis en su día…

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Kandinsky, o la necesidad de crear

7 Febrero, 2010

La necesidad de crear empujó a Wassily  Kandinsky (1866-1944)  a  abandonarlo todo para empezar a pintar. Cumplidos ya los treinta, el Lohengrin de Wagner y la exposición de pintura impresionista francesa que por aquella época se celebró en Moscú le impactaron tanto que decidió dejar de ejercer como abogado y renunciar a una confortable cátedra de Derecho para ir a Munich a estudiar pintura y dibujo. Aquel día el mundo perdió a un abogado mediocre y ganó a uno de los artistas más importantes de la historia del arte. Fue precisamente ese proceso vital el que le llevó a trascender y prescindir del objeto en su pintura en un proceso  de disolución de la forma que le llevaría a buscar el absoluto, lo abstracto. Con él nació el arte abstracto.

Para adentrarnos en su mundo, y ya que la ópera fue la que le empujó a emprender aquel viaje místico hacia el espíritu de la belleza, os propongo, si queréis, que lo hagamos ahora de la mano de una de mis arias favoritas, “Mi par d´ucir ancor”, de Los pescadores de perlas, de Bizet, en una grabación de aquella época (1902) del inigualable Enrico Caruso, al que, a buen seguro, Kandinsky tuvo el privilegio de oir en directo más de una vez.

Durante años anduve en busca de la posibilidad de llevar al espectador a que se paseara por dentro del cuadro, de forzarlo a que se fundiera con el cuadro olvidándose de sí mismo… Mucho después, ya en Munich, en cierta ocasión fui hechizado por un espectáculo inesperado que se me ofreció en mi taller. Era la hora inicial del crepúsculo. Llegaba a mi casa con la caja de pinturas después de realizar un estudio, y me encontraba todavía abstraído y ensimismado en el trabajo que acababa de terminar cuando, de repente, vi un cuadro de una belleza indescriptible, impregnado de un vigoroso ardor interior. Al principio quedé paralizado, pero en seguida me dirigí rápidamente hacia aquella misteriosa pintura, en la cual sólo distinguía formas y colores, y cuyo tema era incomprensible. Pronto descubrí la clave del enigma: era una de mis telas puesta de lado y apoyada en la pared. Al día siguiente traté de revivir a la luz matinal la impresión que experimenté la víspera frente al cuadro. Pero sólo lo logré a medias; aun estando de costado, reconocía constantemente los objetos, y faltaba el bello fulgor del crepúsculo. Ahora ya estaba seguro de que el objeto perjudicaba a mis pinturas. (W.Kandinsky, “Mirada retrospectiva”, 1913)

Viendo sus cuadros, esa progresión imparable de la forma a la no-forma, de la naturaleza al espíritu, sentimos como propia la necesidad de crear, esa necesidad interior de la que todo nace. Son muchos, infinitos quizá, los caminos por los que el hombre ha buscado, y busca, el absoluto: la religión, la ciencia, el arte… y dentro de esos caminos aparecen ante nosotros innumerables senderos que nos invitan a dar un paso más en ese interminable viaje al fondo de nosotros mismos. No existe un camino mejor que otro, quizá tan sólo uno más adecuado para cada caminante. A través de la religión hay quien llega a Dios por el sendero de la razón, pero también hay quien llega a Él a través del sendero del amor. En el arte también se puede alcanzar el absoluto a través de la forma o, como lo hizo Kandisky, trascendiendo a la forma.

Toda cosa “muerta” palpitaba. No solamente las estrellas, la luna, los bosques, las flores de que hablan los poetas, sino también una colilla en un cenicero, un botón de pantalón blanco, paciente, que nos echa una mirada desde el charco de agua de la calle… todo eso me mostraba su rostro, su ser interior, el alma secreta que con más frecuencia calla que habla… Eso me bastó para “comprender” con todo mi ser y con todos mis sentidos la posibilidad y la exsistencia del arte que hoy se llama “abstracto” por oposición al arte “figurativo”.

Él fue el primer artista que pintó un cuadro abstracto y por ello también el primer ser humano que lo vio. ¿Qué debió sentir frente a aquella pintura, frente a aquel nuevo modo de ver el mundo?, ¿y al compartirlo, al mostrar por primera vez su obra?. Kandinsky se adentró por un camino que jamás había pisado el hombre. ¿Qué le impulsó a hacerlo?, ¿Qué poderosa fuerza interior le empujó a dar aquel paso?: la necesidad de crear, de ser absolutamente libre, la necesidad de entender, de amar, la necesidad de ser… Él decía que no quería pintar música, ni estados de ánimo, ni pintar con colores o sin colores, ni modificar, ni combatir, ni derribar un solo punto de la armonía de las obras maestras que nos vienen del pasado, que tampoco quería señalar el camino del futuro, que simplemente quería pintar buenos cuadros, necesarios y vivos, que los pudieran comprender debidamente, por lo menos, algunas personas.

Frente a la pintura de Kandisky se experimenta la sensación no sólo de que nos llega a lo más hondo, sino que, trascendiendo espacio o forma, somos nosotros quienes nos adentramos en el cuadro, que formamos parte de él. Luz, color, línea o trazo no son más que partes de un enigmático todo al que pertenecemos, ese todo que hemos intuído desde hace mucho tiempo, ese todo que siempre ha estado ahí, y que seguirá estando cuando nosotros nos hayamos ido. La música de su pintura, como la del universo, es el silencio; su poesía es una poesía sin palabras; su luz, la de nuestra mirada…

A lo largo de la evolución de su pintura vemos cómo la forma se va diluyendo progresivamente a través de la importancia dominante que va adquiriendo el color que, poco después, también se diluye para llegar a ese estado espiritual que, desde entonces, habita en su pintura. Para Kandinsky “el color es un medio para ejercer una influencia directa sobre el alma. El color es la tecla. El ojo es el macillo. El alma es el piano con muchas cuerdas, y el artista es la mano que, por esta o aquella tecla, hace vibrar adecuadamente al alma humana” (W.Kandinsky, “De lo espiritual en el arte”, 1911). Su pintura es la pintura del espíritu, la pintura del alma, y por eso no tiene forma, no la puede tener, ¿o es que, acaso, tiene forma el alma?.

Creo que la filosofía del futuro, además de estudiar la existencia de los fenómenos, estudiará también su espíritu con especial atención. Sólo así se creará una atmósfera que permita al conjunto de la humanidad sentir el espíritu de las cosas, vivir ese espíritu aun de manera enteramente inconsciente, de idéntico modo que, hoy en día, los hombres en general todavía viven inconscientemente el aspecto externo de los fenómenos, lo cual explica la complacencia del público ante el arte figurativo. Sin embargo, será preciso que el hombre experimente inicialmente el lado espiritual de las cosas materiales para que pueda vivir más tarde el lado espiritual de los fenómenos abstractos. Gracias a esta nueva capacidad, concebida bajo el signo del “espíritu”, se llegará al goce del arte abstracto, es decir, absoluto. (W.Kandinsky, “Mirada retrospectiva”, 1913).

La mirada de Kandisky es poética, utópica, libre, transgresora, cargada de esperanza y por ello, hoy más que nunca, es una mirada imprescindible.

Ahora te invito a que detengas el tiempo, te relajes y emprendas un maravilloso y sosegado paseo dejándote llevar por dentro de sus cuadros…

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Dennis Hopper, un actor de leyenda

31 Enero, 2010

Hoy quiero rendir mi pequeño homenaje a uno de esos actores de leyenda que ha dado la historia del cine: Dennis Hopper. Polifacético como el que más, Hopper ha devorado todos y cada uno de los días de su vida en un viaje sin billete de retorno al fondo de sí mismo. Cowboy de mirada triste, hippy libre, inconformista y libertario, de vuelta de todo y de todos, quizá Hopper es, por encima de todo, un hombre que se ha atrevido a vivir su vida a fondo. Su faceta más conocida ha sido la de la interpretación, pero también es un fotógrafo de primera línea, un gran pintor, un excelente guionista y un gran director.

Para hablar de él puede que os apetezca escuchar To let myself go,  una fantástica balada de Ane Brun que habla de lo que siempre ha sido uno de los motores de la vida de Dennis Hopper: la necesidad de ser y de sentirse libre.

Empezó trabajando en series de televisión hasta que Nicolas Ray le invitó a debutar en el cine en la mítica Johnny Guitar. También le ofreció un pequeño papel en Rebelde sin causa, donde concoció a James Dean, con el que volvería a trabajar poco después en Gigante, y al que le uniría una estrecha y sólida amistad. Su prematura muerte le marcó profundamente. Intentó imitarle en todo y emprendió un proceso de autodestrucción donde conoció a fondo el mundo del alcohol y las drogas. Esa actitud frente a la vida y su marcada personalidad pronto le granjearon la etiqueta de actor rebelde y problemático. Apasionado con las técnicas de improvisación que estaba aprendiendo en el Actor´s Studio, durante el rodaje de Del infierno a Texas, de Henry Hathaway, hizo que algunas tomas se repitieran más de ochenta veces para poner en práctica todo lo que estaba aprendiendo. La consecuencia de todo aquello fue su obligado exilio de Hollywood. Se refugió en series de televisión como Bonanza y en películas de serie B. Es en esta época cuando empieza a probar suerte con la fotografía y la pintura y se hace gran amigo de Andy Warhol.

Diez años fueron suficientes para que en Hollywood olvidasen su fama de actor conflictivo y le permitieran reconciliarse con la industria del cine. Hasta el propio Hathaway le perdonó y le dio un gran papel en Valor de ley, donde conoció a John Wayne, que marcó profundamente la forma de trabajar de Hopper. En 1969 dirije por primera vez, y lo hace nada más y nada menos que con una película que cambió para siempre la industria del cine: Easy Rider, que demostró que una buena película se podía hacer con poco presupuesto y que era posible llegar a ser al mismo tiempo una película de culto y un éxito de crítica y de taquilla. Con guión del propio Hopper y de Peter Fonda y protagonizada por ambos, junto a un Jack Nicholson que empezaba a dar sus primeros pasos, Easy Rider nos muestra la realidad de la incomprensión y el fanatismo de la América profunda a través de los ojos de dos hippies aventureros que, a bordo de sus motos, recorren el país en un viaje hacia la libertad. La genereación del 68 y la oposición a la guerra de Vietnam que marcaban la vida de los jóvenes de aquellos años corren por sus venas.

Aquel éxito le abrió las puertas como director, aunque sus siguientes proyectos, tanto artísticos como personales, fueron un auténtico desastre. Las brutales fiestas que organizaba continuamente en las que se consumía de todo fueron famosas y tuvieron la culpa de aquellos desastres que le llevaron a un nuevo exilio forzoso, esta vez a Europa, donde trabajó a las órdenes de Orson Welles en una película que jamás se llegó a estrenar: El otro lado del viento.

Francis Ford Coppola se atrevió a confiar de nuevo en él y le ofreció el papel del fotógrafo en Apocalypse Now y también volvió a contar con él en otra película posterior: La ley de la calle. Sus problemas con las drogas le llevaron a autolesionarse para intentar acallar las voces que decía que permanentemente oía en su cabeza. A partir de ahí inicia un proceso de desintoxicación para superar sus adicciones que le lleva a una etapa más madura en la que vuelve a poner en evidencia su inmenso talento interpetativo en películas como Terciopelo Azul, de David Linch. De esta época es su inolvidable papel de un exalcohólico en Hoosiers (Más que ídolos), que le valió su nominación al Oscar como mejor actor de reparto. Rodó Extraño vínculo de sangre, el debut como director de Sean Penn, y ha seguido participando en numerosas películas y series de televisión (Crash) hasta nuestros días. Entre sus trabajos como director destaca Colors (Colores de guerra), ambientada en el submundo de las bandas juveniles de Los Ángeles.

Actor de mirada triste y sonrisa melancólica, por su rostro pasan todas las emociones, los sinsabores, las alegrías y los sueños de un hombre que, por encima de todo, ama estar vivo. Puede que su enorme talento, su impulsiva personalidad y su camaleónica versatilidad no hayan encontrado todas las posibilidades que ofrecen en un mundo tan cerrado como el del cine, un mundo que siempre ha intentado encasillarle en papeles de neurótico solitario, de hombre atormentado por la inseguridad, de un ser devorado por la culpa y el remordimiento… Intentaron encerrarle en el sempiterno papel del perdedor; puede que Hopper lo fuera, sí, pero nunca le vencieron, porque él siempre fue un perdedor indomable.

Me gustaría acabar esta entrada con una secuencia, quizá una de las más famosas de la historia reciente del cine, de True Romance (Amor a quemarropa), esa joya dirigida en 1993 por Tony Scott con guión de un jovencísimo Tarantino, que aún no había dirigido ninguna película, y un reparto excepcional con cameos de Brad Pitt, Gary Oldman, Samuel L. Jackson, James Gandolfini o Val Kilmer entre otros, en la que Hopper da vida a un expolicía jubilado que trabaja como guarda de seguridad y que intenta proteger a su hijo (Christian Slater) y a su chica (Patricia Arquette), que han robado un cargamento de cocaína a la mafia y han emprendido la huída. Christopher Walken, inmenso como siempre, es el jefe de la mafia que interroga a Hopper para saber dónde ha huído su hijo. Walken es consciente de que necesita hacerle hablar; Hopper, acorralado y sin salida, sabe que, hable o calle, morirá y por eso su objetivo no es otro que provocar que le maten cuanto antes para que no le obliguen a decir dónde está su hijo. Esta secuencia es una verdadera obra maestra: las soberbias interpretaciones de Christopher Walken y de Dennis Hopper son inolvidables; el guión es alucinante; la luz y la fotografía son magistrales; las posiciones de la cámara y los sutiles contrapicados ceden todo el protagonismo a los actores haciendo que nos sintamos como si nosotros mismos estuviésemos en esa habitación; los secundarios, apenas figurantes en esta escena, con Gandolfini entre ellos, están espléndidos; la sorprendente utilización de la música empuja la acción y la emoción hasta límites insospechados… En fin, que os dejo con ella para que la disfrutéis a tope. He insertado la versión original y la doblada al castellano para que no os perdáis el más mínimo detalle. Al escribir estas líneas, leo en prensa que en estos momentos Hopper está librando una de las últimas y más duras batallas de su vida: un cáncer de próstata. ¡Va por ti Dennis, por ti, por no haberte dejado vencer nunca, por luchar siempre hasta el final… y por todas esas interpretaciones inolvidables que nos has regalado!

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Mikhail Baryshnikov, poesía de la danza en libertad

24 Enero, 2010

Hoy quiero hablaros de uno de esos seres irrepetibles capaces de hacernos soñar y de elevarnos  alto, muy alto, tras esos sueños: Mikhail Baryshnikov. Es, posiblemente, uno de los mejores bailarines de la historia. Formado en el ballet clásico, lo dejó todo para buscarse a sí mismo en la danza contemporánea. ¿Recordáis la escena de la película “White Nights” (Noches de Sol), en la que él baila ”Horses”, la desgarrada canción de Vladimir Vissotsky en un impresionate Kirov vacío, estando sólo frente a su antigua novia (una Helen Mirren extraordinaria, como siempre), intentando hacerle comprender lo que puede llegar a sentir al bailar en libertad, la irrefrenable necesidad que él tiene de ser libre? Su baile es poesía, la poesía de la danza en libertad…

Y ya que hemos empezado escuchando la profunda voz de Vissotsky, os propongo que, si queréis, sigamos con sus “Variaciones sobre temas gitanos”  mientras hablamos de Mikhail Baryshnikov.

Considerado por muchos como el mejor bailarín de todos los tiempos, su vida podría llevarse perfectamente al cine. Nacido en 1948 en Riga (República Socialista de Letonia, antigua Unión Soviética), ya que su padre, ingeniero del ejército soviético estaba destinado allí, era una chaval apasionado por la natación y el fútbol. Cuando tenía once años, su madre, gran aficionada a la danza, presentó una solicitud para que le admitieran en la Escuela de Ballet del Teatro de la Ópera de Riga. Sin dar ninguna explicación ni dejar ninguna carta, su madre se suicidó a los pocos meses. Su eduación recayó entonces en su padre y en su abuela. Poco después llegó una carta en la que confirmaban que Misha, como le conocen sus amigos, había sido admitido en la Escuela de Ballet. Al principio se sintió más atraído por el piano, pero acabó centrándose en sus estudios de danza. En 1963, durante una visita a Leningrado, Alexander Pushkin, una verdadera institución de la danza en la Unión Soviética, le hizo una audición y le admitió como alumno en la Academia de Ballet Vagánova.  Pushkin, que había sido profesor de Nureyev, fue para Baryshnikov como un segundo padre, ya que, con quince años, abandonó definitivamente su casa para incorporarse a la Academia. Tras tres años de formación muy intensa, fue admitido en el Ballet del Kirov no como aprendiz del cuerpo de baile, como maracaba la tradición, sino como solista en Giselle. Enseguida empezó a ganar premios internacionales y dos años después ya obtuvo su primer papel principal. Fue el bailarín más joven en recibir el Premio del Estado al Mérito de la URSS. En aquella época se consagró como uno de los mejores bailarines de ballet clásico del mundo.

Sin embargo Baryshnikov sentía la necesidad de buscar nuevas formas de expresión y estaba muy interesado en conocer a fondo las coreografías y las nuevas tendencias de la danza moderna. Pero en la URSS no era posible adentrarse en ese camino, y su futuro se centraba exclusivamente en ser la primera figura mundial del ballet clásico, lo que a él no le llamaba especialmente la atención.  Por ello miraba cada vez con más envidia y entusiasmo a los grandes coreógrafos occidentales. Quería bailar a Roland Petit, a Balanchine, etc… En 1974, durante una gira del Kirov por Canadá, decidió desertar de la Unión Soviética. Al acabar la última representación en Toronto, se escapó por la puerta de atrás el teatro y pidió asilo político. Poco después se trasladó a los Estados Unidos, donde se incorporó al American Ballet Theater como bailarín principal. Centrado en la danza moderna, entre 1978 y 1980 abandona el ABT para crear, junto a George Balanchine y Jerome Robbins, el New York City Ballet, con el que trabaja dos años, antes de regresar, en 1980 al ABT donde compaginará su trabajo como primer bailarín y la dirección artística durante una década. Es también en 1980 cuando se une sentimentalmente a Jessica Lange, con la que nunca se casó, porque él siempre ha defendido que no cree en el matrimonio, y con la que tuvo una hija. Durante esa época empieza a sufrir sus primeros problemas con la rodilla derecha, que desembocarán en una larga serie de operaciones que, si bien nunca le han impedido seguir bailando, han limitado parcialmente algunos movimientos (de hecho, en las nuevas coreografías que se han hecho para él, esas limitaciones se han tenido en cuenta para no cargar su rodilla). Tras su relación con Jessica Lange, con la que sigue manteniendo una gran amistad, se unió sentimentalmente a la exbailarina Lisa Rinehart, con la que tiene tres hijos.

En 1990 abandonó definitivamente el ABT para crear el White Oak Dance Project, su propia compañía con la que da varias giras por todo el mundo, en las que él sigue bailando acompañado de bailarines mucho más jóvenes, dando a conocer nuevas coreografías de jóvenes talentos que incluye en su repertorio junto a otras ya consolidadas. Hace algunos años visitaron Barcelona, dentro del Festival del Grec, donde obtuvieron un gran éxito. Yo tenía una espléndida localidad para ver la última función, pero la lluvia obligó a cancelarla. Aquella noche yo acompañaba a un familiar que tenía que ir en silla de ruedas por lo que me dejaron entrar por la entrada de artistas que da directamente al escenario. Refugiados de la lluvia en aquella entrada, un interminable túnel de más de 200 metros, nuestra sorpresa fue cuando, poco después de que se anunciase oficialmente la cancelacíon de la función, el propio Barysnikov se acercó para pedirnos disculpas por no poder bailar aquella noche y se quedó charlando un rato con nosotros. Su humildad y el calor humano de aquel gesto son realmente difíciles de olvidar, como lo es también lo que me comentaron algunos de los miembros de la Cruz Roja que estaban allí:  la noche anterior, justo antes de la función, también había empezado a llover y Barysnikov, viendo que el público seguía esperando a la intemperie, salió personalmente al escenario con una fregona y empezó a secar la tarima del escenario pidiendo al público que esperase un poco más hasta que el escenario estuviera totalmente seco, porque aquella noche, pasada ya la lluvia, iban a bailar…

En 2005 creó el Baryshnikov Arts Center (BAC), en Nueva York, para dar cabida a las actividades de la Barysnikov Dance Foundation. El BAC es un laboratorio creativo multidisciplinar, un punto de encuentro y un espacio escénico para artistas de todo el mundo que, de otra forma, dificilmente habrían tenido oportunidad de poder actuar en Estados Unidos. Tiene su propia compañía residente. Cada año sigue saliendo de gira con la compañía, visitando escenarios de todo el mundo. Su personalidad arrolladora encontró su auténtico mundo en la danza moderna, a la que ha consagrado su vida, aunque, como él mismo dice, no se arrepiente de nada de lo que ha hecho: ”Cada ballet que he hecho me ha dado algo importante: todo lo que he hecho me ha dado más libertad”.

La forma de bailar de Misha Baryshnikov es inimitable. Supera su escasa estatura (los primeros bailarines suelen ser más altos) con una técnica prodigiosa y, sobre todo, con alma, esa alma que pone en todos sus movimientos. Le he visto llenar un escenario vacío con un sólo movimiento de su mano. Tiene una presencia, una forma tan especial de moverse, de detener el tiempo y de expresar sentimientos y emociones con su cuerpo que le hacen inigualable. Barysnikov es el encuentro del profundo amor por lo que hace, con la técnica y con la pasión, por eso todo en él es danza, es poesía y es libertad. Su baile es belleza, pasión y belleza.

Su adaptación a la vida americana no fue fácil ya que era un mundo muy diferente al suyo, un mundo que desconocía y del que no hablaba ni su idioma (“Yo sólo hablaba ruso, letón y francés; aprendí el inglés viendo las películas de Fred Astaire y de James Cagney por la televisión”). Además, Barysnikov siempre ha reconocido que “un ruso siempre tiene alma de ruso”. Jamás ha dejado de leer a los gandes escritores rusos.

En Estados Unidos compaginó su carrera como bailarín y director de diferentes Ballets con su trabajo como actor en varias películas. Su primer papel, en la película ”The turning point” (Paso decisivo), le valió ser candidato al Oscar al mejor actor de reparto en1977. Poco después rodó “White Nights” (Noches de Sol), y en 1991, “Company Business”, junto a Gene Hackman, aunque él nunca se ha considerado a sí mismo como un actor (“Intento defender mi trabajo y no desentonar demasiado”, suele decir). Su trabajo más reciente como actor ha sido para la televisión, en la última temporada de “Sexo en Nueva York”, donde era el novio de Sarah Jessica Parker.

Otra memorable actuación de Barysnikov en ”White Nights” es la de “Le jeune Homme et la mort”, la famosa coreografía de Roland Petit sobre música de J.S. Bach que abre los títulos de crédito de la película. Viéndosela bailar se entiende que dejara todo en su vida por bailar así. Con esta verdadera joya os dejo ya por hoy.

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Siendo nadie, yendo a ninguna parte…

17 Enero, 2010

Producto Interior Bruto (PIB), Producto Nacional Bruto (PNB), Renta per cápita, Renta disponible, tasa de desempleo, número de afiliados a la Seguridad Social, índice de confianza del consumidor… cada vez tenemos más y más indicadores de nuestro nivel de vida, de lo que alguien ha dado en llamar nuestra “calidad de vida”, nuestro “bienestar”. No deja de ser curioso que todos esos indicadores pongan únicamente el énfasis en lo que tenemos: la riqueza que tenemos, el trabajo que tenemos, la confianza que tenemos…  Tampoco deja de ser sorprendente que cuanto más rico es un país, o más “avanzado” como dirían algunos, los niveles de depresión, de stress, de  angustia y el número de suicidios de su población son cada vez mayores. Muchas veces no entendemos que pueda ser desgraciado alguien que “lo tiene todo para ser feliz” o que un multimillonario se suicide.

Realmente estamos inmersos en la sociedad del tener y poco o nada queda de la sociedad del ser, pero lo más grave es que parece que ni siquiera nos damos cuenta. Corremos de un lado para otro como pollos sin cabeza para poder pagar la hipoteca o para comprar un coche más grande. Creemos a pies juntillas eso que nos dicen de que tenemos que “llegar a ser”, olvidándonos de que llegar a ser  lo que en realidad significa es que ahora no somos. Hemos caído en la trampa de que la angustia por nuestro futuro o el remordimiento por lo que hicimos o dejamos de hacer en el pasado nos impiden vivir el único momento que realmente existe: el presente. Hemos renunciado a tener tiempo para nosotros mismos, a vivir nuestra vida. Parece que nos hemos olvidado de que la felicidad es algo que depende de nosotros, que no es algo externo, una especie de lotería que el Estado o quien quiera que sea administra arbitrariamente. ¿Cuánto  hace que no vemos a alguien reír abiertamente por nuestras calles? Si visitas cualquier país de los que desde aquí llamamos tercermundistas verás que sus calles están llenas de sonrisas, que sus gentes son inmensamente alegres y felices. Sin embargo, según nuestros indicadores económicos, esas gentes deberían ser mucho más desgraciadas que nosotros: ¡no tienen nada!

Si queréis, podemos invitar ahora al Lama Gyurme para que nos acompañe con “The Tsaok offering”, un viejo mantra tibetano que interpreta junto a Jean Philippe Rykiel:

Cuenta Matthieu Ricard en su maravilloso e imprescindible libro “En defensa de la felicidad” una anécdota que tuvo lugar en el Foro del Banco Mundial que se celebró en Katmandú (Nepal) en Febrero de 2.002. El representante del reino de Bután (un pequeño país del tamaño de Suiza perdido en los Himalayas que sólo tiene tres fábricas y dos almacenes y cuenta con algo menos de un millón de habitantes de los que treinta mil viven en Timbu, su capital) tomó la palabra para señalar que si bien su país no tiene un Producto Interior Bruto muy elevado, cuenta con uno índices de Felicidad Interior Bruta más altos del mundo. Las risas y las carcajadas de los representantes  de los países superdesarrollados inundaron la sala. Los butaneses, acostumbrados a que cada familia tenga sus tierras, su ganado y un telar que les permite ser autosuficientes, les miraron con desolación. Los sabios del Banco Mundial consideraban un atraso las decisiones que había tomado el pequeño reino de Bután: renunciar a la industrialización y al turismo para preservar su cultura y su entorno, y consideraban un atentado contra la libertad del individuo que en Bután se hubieran prohibido cosas como cazar, pescar, talar árboles o fumar. En Bután hay pobreza sí, pero no miseria ni mendigos. Puede que Bután no tenga grandes industrias ni infraestructuras, pero la educación y la sanidad son gratuitas. Quizá no haya millonarios en Bután, pero hay gente feliz y para comprobarlo basta con sentarse en la ladera de cualquier colina y escuchar los ruidos del valle. Oiremos a la gente cantar en la época de siembra, en la de la cosecha, mientras va de un sitio a otro… Como dice Matthieu Ricard, eso es “reflejo del índice de la FIB (Felicidad Interior Bruta). ¿Quién canta en Europa? Cuando alguien canta en la calle o es para pedir dinero o es porque le falta un tornillo. Si no, para oír cantar, hay que ir a una sala de espectáculos y pagar la entrada. Interesarse exclusivamente por el PIB no hace que a nadie le entren muchas ganas de cantar.”

“Siendo nadie, yendo a ninguna parte” es el título de uno de los pocos libros de Ayya Khema editados en nuestro país, y desde luego, como el de Matthieu Ricard, un libro imprescindible si queremos profundizar en el conocimiento y la práctica de la Felicidad Interior Bruta. Monja budista de origen alemán, que pasó su infancia en China y una gran parte de su vida en Extremo Oriente, Ayya Khema es una de las máximas divulgadoras de la filosofía budista en Occidente. Fundó monasterios budistas y centros de enseñanza y meditación por todo el mundo. Fue la directora espiritual de la Buddha- Haus, en Alemania, hasta el día de su muerte, el 2 de noviembre de 1.997.

Con una claridad exquisita, Ayya Khema nos acerca a los conceptos budistas con un lenguaje sencillo y directo que todos podemos entender. Sus libros son una invitación a que recorramos el camino que nos ayuda a superar el dolor y el sufrimiento para llevarnos a alcanzar la felicidad. Son muchas las cosas que nos apartan de la felicidad: nuestro ego, el apego, el deseo, y, por encima de todas ellas, nuestra ignorancia. Inmersos en una vida donde todo es prisa y ruido, donde el silencio ha dejado de existir, donde prevalecen el miedo a perder lo que tenemos y la angustia por no conseguir lo que anhelamos, donde día sí y día también, nos empeñamos en reafirmar nuestras creencias y puntos de vista sobre los de los demás, donde parece que sólo nuestro yo importa, en ese mundo absurdo y sinsentido resuenan con fuerza las palabras de Ayya Khema invitándonos a detener el tiempo, a acallar los ruidos que nos rodean y, sobre todo, nuestros ruidos y voces interiores, esas que siempre confundimos con nuestro verdadero Yo y que no son más que diferentes disfraces de nuestro ego. Y para lograr alcanzar todo eso, Ayya Khema nos acerca a las técnicas budistas de meditación, orientadas en una doble vertiente: a acallar todas esas voces y ruidos para alcanzar la calma mental (shiné), y a profundizar en la visión interior.

Como bien dice Ayya Khema, nuestro mundo está orientado exclusivamente a satisfacer las necesidades, innecesarias la mayoría de las veces, de nuestro cuerpo. Toda nuestra vida gira alrededor de ese objetivo. Un solo vistazo a nuestra casa nos permitirá darnos cuenta de ello: tenemos una cocina donde preparamos y guardamos los alimentos para nuestro cuerpo; un comedor donde los comemos; un salón donde dejamos que nuestro cuerpo se relaje o simplemente en el que buscamos que nos distraigan para evitar pensar; un dormitorio donde dormimos para que nuestro cuerpo descanse y se levante en plena forma al día siguiente; un cuarto de baño donde podemos pasarnos horas al día dedicados al cuidado de nuestro cuerpo, incluso hay quien tiene un gimnasio dentro de su casa para mantener su cuerpo en plena forma…

Pasamos dieciséis horas al día cuidando nuestro cuerpo y las ocho restantes durmiendo para que nuestro cuerpo descanse. Todo gira alrededor de nuestro cuerpo. Sólo nuestro cuerpo importa. Pero ¿y la mente? ¿Qué pasa con ella?

Nuestra mente no deja de pensar ni un solo segundo durante esas dieciséis horas, y sigue trabajando haciéndonos soñar mientras dormimos. No tiene un instante de descanso las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana y los doce meses del año. ¿Cuándo cuidamos nuestra mente? ¿Cuándo la dejamos descansar? ¿Cuánto tiempo dedicamos al día a cuidar nuestra mente?, ¿Cuántos segundos al día conseguimos que deje de pensar y pueda descansar?, ¿Qué lugar de la casa es el que destinamos para cuidar nuestra mente? ¿Qué zona de la casa hemos reservado para tener un espacio de silencio donde podamos meditar? Ninguna.

Si nuestra mente está bien, aunque nuestro cuerpo no lo esté, nosotros nos sentiremos bien, pero por muy en forma que esté nuestro cuerpo, si mentalmente no estamos bien, nos sentiremos enfermos y decaídos. ¿Por qué no cuidar entonces la mente? ¿Tanto cuesta dedicar media hora cada mañana o cada anoche a meditar, a hacer que nuestra mente descanse?

Un gran sabio, Raimon Panikkar, dice que el drama del ser humano actual es que, aunque, en el mejor de los casos, es consciente de su insignificancia en este mundo y de que no es más que una gota de agua de lluvia que cae en el océano, se empeña en creer que es una gota y se angustia porque, al caer en el océano, dejará de existir, y no se da cuenta de que en realidad es agua, y que cuando caiga en el océano se unirá a él, formando parte de todo y por eso no desaparecerá jamás… Las sabias palabras de Raimon Panikkar, de Ayya Khema y de Matthieu Ricard nos ayudan a entender… que solo somos agua.

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¿Dónde han ido todas las cartas?

10 Enero, 2010

Hoy me gustaría hablaros de algo que, por desgracia, ya casi no existe: las cartas. Y digo que ya no existe, porque lo que llega hoy en el correo a nuestras casas ya no son cartas. Hoy no nos llega más que publicidad, facturas o cartas del banco. ¿Cuánto hace que no recibes una carta personal escrita a mano, de un amigo, un amor, o simplemente de alguien que quiere comunicarse contigo? Ni siquiera recibimos ya las felicitaciones de Navidad de toda la vida. Hoy todo ha cambiado. Ya nada queda de las cartas de amor, de la correspondencia entre los amigos o con personas con las que queríamos o necesitábamos compartir algo. Mails, facebooks y sms han acabado con una de las formas de comunicación más personales y hermosas que han existido: las cartas.

Hoy ya no queda nada del placer físico que era ponerse delante de un papel pensando en lo que íbamos a escribir, acariciando el lápiz o la pluma, oliendo aquella hoja de papel, de color a veces y blanco las más, en la que íbamos a depositar con extremo cuidado todos nuestros sueños, aquella hoja que llegaría a las manos de nuestro ser amado, aquel pedazo de papel que verían sus ojos, esos ojos que nos hacían sentir tan vivos…

 Al borrador, hecho y rehecho una y mil veces, seguía el amoroso trabajo de copiar la carta en limpio, esa carta que sería la que ella vería y que no podía tener el más mínimo fallo, ninguna mancha por insignificante que fuera, porque esa carta era importante para nosotros, muy importante, porque en esa carta habíamos puesto todo nuestro amor. Una vez acabada, la leíamos y la releíamos para asegurarnos de que no nos habíamos dejado nada, de que todo lo que queríamos decir estaba escrito en aquellas líneas perfectamente ordenadas que llenaban las dos o tres hojas que nuestras cartas de amor solían tener… se pueden decir tantas cosas en dos o tres hojas…

 Y, finalmente, la doblábamos con un cuidado exquisito y la metíamos en un sobre del mismo color en el que escribíamos su nombre y su dirección en una especie de ritual mágico que haría que la mano anónima de un cartero llevase nuestros sueños a nuestra amada… Tras pegar con sumo cuidado el sello y depositarla en un buzón como si fuera nuestro más preciado tesoro, empezaba otro juego maravilloso: el de imaginar por dónde iría esa carta, dónde estaría, cuánto faltaría para que ella la recibiera, cómo la recibiría, dónde, qué estaría haciendo, qué cara pondría al ver el sobre con nuestro remite, dónde se refugiaría para leerla en soledad…

 Y luego, inevitablemente, empezaba la última parte de aquel juego que mantuvo vivas a generaciones enteras: el de la espera, la sempiterna y esperanzada espera de su carta, y el de la inquietud por tener en nuestras manos, ante nosotros, todos los sueños que ella quisiera compartir con nosotros… Aquella espera sin tiempo, porque nada hay más relativo que la duración del tiempo cuando se ama, podía hacerse eterna, pero nos mantenía vivos, maravillosa e intensamente vivos: cada día revisábamos, ansiosos, nuestra correspondencia con la esperanza de encontrarnos con su carta, y cada día seguíamos soñando en el contenido de aquella carta que, cuando llegaba, porque aquellas cartas siempre llegaban, mirábamos con devoción antes de atrevernos a abrirla. Dejábamos que nuestros dedos recorrieran lentamente aquel sobre en el que ella había escrito nuestro nombre, contemplábamos extasiados la belleza de su letra, una letra redonda, precisa y perfecta que sólo ella podía haber escrito. Antes de atrevernos a abrirla la sopesábamos, calculábamos secretamente las hojas que tendría y nos refugiábamos con ella en nuestras manos en el lugar más solitario de la casa, allí donde nada ni nadie pudiera interrumpir el ansiado momento de encontrarnos, al fin, a solas con ella…

 ¿Dónde han ido todas las cartas?, ¿Por qué hemos dejado de escribir poniendo todo nuestro amor al hacerlo?, ¿Cómo es posible que hayamos renunciado al inmenso placer de dedicar esos momentos tan íntimos a la persona a la que amamos?, ¿Por qué no nos rebelamos de una vez contra todo esto y volvemos a escribir cartas de amor…?

Ahora me gustaría que, si quieres, invitásemos a acompañarnos a la inolvidable Marlene Dietrich con su versión del ”Where have all the flowers gone?”, la maravillosa canción de protesta pacifista de Pete Seeger que me ha sugerido el título de esta entrada.

Hablar de cartas y no hablar de amor es como hablar del agua sin haber visto nunca el mar. Así que, venga, vamos a hablar un rato del amor. Dice Silvio Rodríguez que los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí, ni el recuerdo los puede salvar… Pero hay otros amores, los que sí merecen vivirse porque dan sentido a una vida. Uno de ellos fue el de Pedro Salinas por Katherine Whitmore. Fue un amor clandestino, un amor a distancia, un amor verdadero que nada supo de obstáculos ni fronteras, un amor valiente que, más allá del espacio y del tiempo, nos llega en cada uno de los versos del poeta y en cada una de las cartas que escribió a su amada.

 Salinas la había conocido en el verano 1.932, cuando ella, estudiante norteamericana, asistía a unas conferencias que él dio en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Algo mayor que ella, él estaba ya casado y era un reputado intelectual y profesor universitario. Tiempo después ella regresó a Estados Unidos y sólo volvieron a verse esporádicamente. Durante quince años mantuvieron una intensa relación amorosa, a pesar de la enorme distancia que les separaba. Salinas conoció la crueldad de la guerra y el dolor del exilio, un dolor que marcó profundamente su vida y su poesía.  La vio por última vez en la primavera de 1.951, pocos meses antes de morir. Ella murió en 1.982. Durante toda su vida guardó las cartas que él le había escrito, aquellas cartas en las que vivía su amor y que, tras muchas dudas, legó a la Houghton Library de la Universidad de Harvard, unas cartas que, entre otras muchas cosas, dicen:

 “ Por primera vez escribo en un sobre: Prospect Street. ¡Tu casa! Mi carta lo sabrá todo. Sabrá todo lo que yo no sé, lo que quisiera saber. Cómo es Northampton, cómo es tu calle. Subirá la escalera de tu casa, entrará por la puerta por donde tú entras, llegará a tu mismo cuarto. Y la carta que va, que anda, que llega, no tiene ojos, y ciega no podrá ver lo que yo con todos mis ojos abiertos, ansiando ver, no puedo ver tampoco. ¿La envidio o no? ¿Quién estará más cerca de ti, ella o yo? ¿Es preferible ser la materia que está a tu lado, aunque sea sorda, ciega, o el alma que está lejos, viva, despierta, queriéndote? Los dos incompletos, la carta y yo. Pero qué envidia poder estar en tu mano, bajo tus ojos, vivir a la luz de tu mirada, como estas letras. Toda esa fortuna la tendrá este trozo de papel, pasivo, que la recibirá sin saberlo. ¡Y yo, mientras! Katherine, ahora me acuerdo de una frase que oí en el tren a un joven andaluz, que se quejaba del largo camino diciendo: “¡Qué lejos está tó!”. Sí, es verdad, qué lejos está todo. Y entre esta enorme distancia, este puente de papel, que yo te tiendo cada día por encima de todo, para que por encima de él pase un alma con todos sus deseos, sus ilusiones, su querer… Otra vez me pregunto ¿será posible, será posible que ella me quiera? Repaso tus perfecciones, una por una, me recreo en pensar en tu belleza, en tu espíritu, en tu gracia corporal y del alma, en tu mirada, en tu tono de voz, en tu hablar. A veces tengo miedo de que las cosas que te digo te parezcan tonterías, ¿sabes? ¡Soy tan apasionado, tan impetuoso para ti! Mira, Amor, tal alegría tuve ayer al leer tus palabras, que sentí necesidad de decírtelo pronto, fuera como fuera. Te puse un radio, que supongo te habrá alcanzado en el Columbus, sólo con estas palabras: Always, wonder. ¡Y qué infantil gozo sentí al pensar en tu sorpresa al recibirlo! ¿Sabes?, fue toda una historia. ¡España! Aunque te parezca mentira, en Telégrafos, en Alicante, nunca se había puesto un radio para un barco yendo a América. Consultaron no sé cuántos libros y tarifas, me entretuvieron diez minutos y me miraron con cara de asombro. Yo, que quería pasar inadvertido, me hice famoso en la oficina. Pero, ¿sabes?, es que no podía callar; necesitaba hablarte, lanzarte dos palabras sobre el mar…

…¡Fin del día! ¡Por fin, fin del día! Se acabaron ya los asuntos enojosos, los quehaceres de los demás, el mundo tangente. Luz apagada en mi cuarto, sólo queda la lámpara que me alumbra para escribirte. No más luz que la necesaria para ti y para mí: lo demás es sombra… Tengo la sensación, íntimamente deliciosa, de encender nuestro mundo, de apagar el mundo restante. Hay fronteras. Fronteras de luz, para nuestro reino de luz. Lejos del vasto conjunto del mundo un espacio, unos centímetros cuadrados, una isla. Nuestra isla, esta luz, esta noche. Alrededor, sordo, enorme, cercándonos, lo demás, los demás…

… Soy tan apasionado, tan arrebatado, que me dejo llevar. Pienso que te escribo demasiado. Te resultaré abrumador, excesivo. No tendrás tiempo de leer mis cartas. Subrayo leerlas porque una carta tiene que pasar, para ser leída, por muchos estados. Primero recorrerla con la vista, lectura material, pero ya captando al pasar  lo más esencial. Luego leerla con el recuerdo. Ya nos hemos dejado la carta en casa, estamos en nuestras obligaciones, vamos por la calle, o muchas veces se tiene un libro en la mano, parece que se lee el libro y no es así: la vista, distraída, se aparta del libro impreso, y lo que leemos en realidad es aquella carta que está en casa o en el bolsillo. ¿No me lees tú mentalmente, mucho? Yo a ti enormemente. Lectura del pensamiento: deliciosa, encantadora: recordamos frases enteras, ideas, palabras cariñosas, y con todo ello nos creamos nosotros la carta otra vez. ¡Cuántas veces ando yo por la calle, o estoy sentado en mi despacho y te leo así! Luego viene la tercera fase: Es mucho más fecunda que la primera. Ya la conocemos, ya nos detenemos en los pasajes más queridos, y acaso descubrimos otros nuevos. Es la perfección de la lectura, ya total, pasada por completo por el alma y por la vista. Y después no hay sino dejarla ya, que se pose en la memoria, que grabe allí lo que más hondamente impresionó, que se incorpore a nuestra vida: ya la hemos hecho nuestra. ¡Delicadísimo, esto de leer una carta!…

…¡Qué suerte tengo en quererte, a ti, entre todas! Amor misterio, sí, como tú dices, amor prodigio como yo me repito a diario. No puedo creer que nuestro primer encuentro, nuestro primer cruce de miradas fue en un aula de la Residencia, una tarde de agosto, no. Eso son apariencias, no más. Veníamos de mucho antes… Yo me entregué a ti, desde muy pronto. Te quise sin reserva, por una orden interna que me mandaba fiarme de ti, darte mi confianza total. ¿Es eso lógico, prudente, sensato? No, ¡era amor!. No se me pasó por la cabeza ni un momento la idea de una aventura, de un capricho, que me aconsejaran poner cálculo o precaución en nada. Me di, a ti, antes de saber si tú te dabas a mí en algo más que en simpatía o en gusto momentáneo…

… Ayer tuve una sensación más, aguda, vivísima, de mi nuevo estado, del nuevo ser que soy desde agosto. Son estos días los días de difuntos, y acostumbro a ir todos los años a llevar flores al sepulcro de mis padres. Me gusta ir siempre solo. Es como un retorno en memoria a ese mundo de mi niñez ya hundido, a mi ser más remoto en el tiempo… Me siento al sol, un rato, renuncio a la prisa y hasta la prisa parece que renuncia a mí. Y suelto mis pensamientos. Una confidencia, una confesión, en silencio, de todo lo que siento. ¿Confidencia, a quién? No sé. ¿A mis padres, enterrados allí? No creo. Más bien a esa parte de uno mismo enterrada ya también en el tiempo, si no en la tierra. A mi yo de ayer. A ese yo que en los años anteriores iba al cementerio en estos mismos días, y se sentía ya como terminado, como habiendo pasado la parte mayor de la vida y sin embargo con mucho afán de vivir aún. ¡Qué bueno es eso de confrontarse así, de una vez, con el pasado y con la muerte! Es como tomarse la tensión vital, del mismo modo que un doctor te toma la tensión arterial. ¡Tensión vital, es decir, capacidad, flexibilidad de los canales de la vida, de las arterias de la vida, para conducir la fuerza de vivir! ¡Cuántas veces, en estos últimos años, me he sentido, alma mía, bajo de tensión, desconfiado de mi sistema arterial-vital! Inclinado a rendirme, a ceder, a esa terrible cosa de seguir siendo, en vez de ser. Pero ahora, ayer, mi tensión vital (me la tomaba el pasado, el sol, el aire, la soledad, ciñéndome como la pulsera del médico) la sentí más firme, más voluntariosa que nunca. ¡Quiero vivir, y no seguir viviendo! Soy, soy, mi Katherine me confirma que soy. Y mientras ella me quiera seré ese nuevo hombre que ayer daba gracias a la vida, la deseaba totalmente, allí, en ese lugar donde se acaba…

 …No tiene ningún valor, Katherine, que un ser sienta a otro cuando lo ve o lo toca o lo oye. Es pura reacción de los sentidos. No se existe, entonces, del todo. Cuando se existe plenamente es cuando un ser siente a otro a miles de kilómetros, sin verle ni oírle, como yo te siento a ti. Y más aún. Cuando se siente a ese otro ser no como color, o voz o forma, ni por recuerdo simple de los sentidos, sino por su esencia total, por encima de todo lo particular. Te siento en mi vida. ¡Estás, eres! ¿Dónde? ¿Cómo? No lo sé. Pero me llena la vida la simple noción de tu existencia. De tu realidad. Nadie más que tú en el mundo sabe que yo llevo dentro de mí un ser feliz, un ser nuevo. Tú eres la causa y el efecto de mi alegría. Por ti, hoy, en medio de mi vida, en ese momento terrible en que uno parece que empieza a echar de menos lo pasado, yo empiezo a echar de menos lo futuro. Envejecer es querer revivir lo ocurrido. Ser joven es querer vivir lo no ocurrido aún. Y yo, que envejecía, lo sentía en mí, hoy ya no envejezco. Hoy quiero vivir lo no sucedido. Vivir, no revivir…

…Katherine, si yo te hubiese invitado a un camino liso, sin quiebras, tú al seguirme no valdrías tanto, no te elevarías tanto como al haber  querido aceptar esta marcha por la vida, entre relámpagos, entre destellos y riesgos. Katherine, no es por quererme a mí, no, sino por querer así, por lo que tu alma, toda tú, me pareces tan bella, tan superior… Créeme, alma, si tú me sigues queriendo es que estás penetrada de un sentido de la vida en el que puedes y quieres encontrarte conmigo, es que quieres vivir como pocos, como poquísimos, amar en la cúspide del amar, no por ventaja, por cálculo, por goce material, por comodidad, por simple gusto, no, sino por vivir en el grado máximo del vivir, porque eres de esas naturalezas superiores que no quieren apagarse en la vida sin haber dado antes la llama más alta, aunque así duren menos. Sí, Katherine, no hay que consumirse despacio, como la vela; mejor la vida como yo hago arder, arder por dentro, ser todo ya combustible del más alto fuego. Eso quema, sí, pero peor para los que no quieren acercarse al fuego en la vida. Tú, alma, eres de los otros y el encontrarte, a ti, así como eres, fue un instante crítico, decisivo de mi destino. Todo se echó a suertes en aquel momento. Gané. Ojalá no me huya nunca de las manos este tesoro…

…En Madrid, otra vez. ¡Qué buen viaje el último! ¿Sabes? Esos días de viaje son ya los únicos que me quedan de descanso. Nadie viene a importunarme, no hay teléfono que me moleste, siento aire fresco en la cara, veo el mundo correr a mi lado. Todo está en suspenso. Todo está entre. Te puedo escribir sin que me espere nada. Dejo vagar la imaginación hacia ti… Hice una cosa que no recibirás, pero que fue. Me acordé de la playa, de cuando escribía tu nombre y empecé sobre el vidrio empañado de la ventanilla del departamento a escribir tu nombre, como en una playa en invierno. Lo hice semiinconscientemente, pero no puedes figurarte el turbión de recuerdos que eso me provocó. Yo de niño he sido un niño triste, delicaducho, pálido. Muy encerrado en casa. El balcón era mi escape al mundo. Por él miraba la vida. Pero a ratos, cansado de mirar la vida, echaba el aliento sobre el cristal del balcón, y en la superficie empañada escribía con el dedo otra vida, letras, signos, muñecos, mi otra vida de niño. Ésas fueron mis primeras poesías, mis versos inconscientes y sin palabras… También allí, en el tren, estaba escribiendo otra vida. Tu nombre no quedaba en el cristal. Lo escribía en la noche, en el cielo, en el mundo. Un dedo movido por un impulso de niño escribía sobre el mundo, quería grabar en su tersa lámina nocturna el nombre de la más amada, para que no se borrara nunca. ¡Y ni siquiera llegaba a estar escrito! Katherine, juego de niño, amor de hombre, cómo se me juntaban ayer en el corazón. Y llegué a Madrid, procedente no de Santander, sino de ti. Y llegué a tus cartas… Sé que el pasado es pasado, que a ti te pertenecen el presente y el futuro…”

Salinas nos enseña que lo importante es amar, que vivir no es más que amar y que hacerlo es no poner reglas al juego, es atreverse a vivir un amor sin límites y hasta el final. Tiene razón Silvio cuando condena los amores cobardes. Viendo la forma de amar de Salinas entendemos que el amor es del que ama, del que se atreve a amar, del que se arriesga a darlo todo. Otros se contentan con ser amados o con limitarse a hablar del amor. Los cobardes nunca sabrán lo que es amar.

Sólo a través de estas cartas podemos llegar a entender de verdad los sentimientos que Salinas vertió en su poesía, en esa imprescindible trilogía del amor que forman “La voz a ti debida”, “Razón de amor” y “Largo lamento”, esos versos en los que dice: “Qué alegría vivir sintiéndose vivido. Rendirse a la gran certidumbre, oscuramente, de que otro ser, fuera de mí, muy lejos, me está viviendo… Morirse en la alta confianza de que este vivir mío no era sólo mi vivir: era el nuestro. Y que me vive otro ser por detrás de la no muerte.”

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Al Pacino, la visión de un actor

3 Enero, 2010

Hoy voy a hablar, parafraseando a Almodóvar, de “su majestad” Al Pacino, para mí, uno de los mejores actores de todos los tiempos. Pocos como él han sabido traspasar la pantalla para hacernos llegar sus sentimientos más profundos. Capaz de helar nuestro corazón o de incendiarlo hasta límites insospechados, Pacino, estrella de cine contra su voluntad, siempre se ha considerado a sí mismo como un hombre de teatro. De origen humilde, descendiente de emigrantes sicilianos, nació en Nueva York, en pleno barrio del Bronx, un barrio que marcó profundamente su personalidad desde pequeño. Supo que quería ser actor al ver, con catorce años, una representación de “La gaviota” de Chejov.

Y para hablar de una personalidad tan marcada por sus orígenes, os propongo que sea Bruce Springsteen, otro enamorado sin remedio de su New Jersey natal, quien, si queréis,  nos cuente en My hometown una historia de barrio. Pacino es un apasionado de Nueva York, no hay quien le saque de allí. Cuando cumplió cincuenta años, paseando por la calle, se encontró con Bruce que, al enterarse de que era su cumpleaños y no tener en ese momento ningún regalo para él, se quitó su propia cazadora y se la regaló.

 

Jugador de béisbol frustrado, Pacino se matriculó en la  High School of Performing Arts. Allí tomó contacto por primera vez con Stanislavsky y el Método, pero le pareció aburridísimo: “¿Qué puede enseñarme Stanislavsky? Él es ruso y yo del Bronx.” Intentó entrar en el Actor´s Studio, pero no pasó la prueba de acceso. Tras un año en la  High School of Performing Arts tuvo que dejar los estudios de interpretación para ponerse a trabajar. Fue mensajero, vendedor de zapatos, cajero de supermercado, repartidor de diarios, limpiabotas, acomodador… A mediados de los sesenta, con un amigo, empezó a escribir escenas cómicas que representaban en los cafés de Greenwich Village (“Hacíamos obras y luego pasábamos el sombrero. Así vivíamos. Yo era realmente un actor de la calle, un gitano, sin techo y sin blanca. Mi educación procede de los sesenta. Vivía en antros y en basureros, en pensiones y hoteles de mierda. Para mí, cualquier lugar que tuviera agua corriente y baño en la habitación era el paraíso”). Participó en numerosas obras de teatro (“En el escenario sentí que, por primera vez, podía hablar. Los personajes decían cosas que yo nunca hubiera podido decir, cosas que siempre había deseado decir, y eso fue muy liberador. Me liberó, me hizo sentir bien.”) Cuatro años después volvió a presentarse a la prueba del Actor´s Studio y fue admitido. Recordaba que una profesora del Perfoming Arts le había dicho que tenía una gran naturalidad para actuar y se pasó años buscando ser natural. “No sabía la diferencia entre ser natural y ser real”, recuerda Pacino. El Actor´s Studio fue fundamental no sólo en su carrera, sino también en su vida: “Me infundieron confianza y me dieron un lugar donde trabajar, donde conectar con otras personas. Allí pude hacer de todo – Shakespeare, O´Neill-; era un lugar en constante actividad al cual llegaban actores a todas horas. Fue una etapa importantísima de mi vida. Siempre se lo agradeceré al Studio. Me gustaría casarme con ellos.”

Tras un pequeño papel en “Yo, Natalie” en 1969, y después de llevar casi diez años trabajando en el teatro, Pacino aceptó su primer papel protagonista en el cine: “Pánico en Needle Park”, en 1971. Antes de aceptar aquel papel había rechazado once más. Tremendamente exigente consigo mismo, al verse en pantalla pensó: ” tiene talento, sí, pero necesita trabajo. Necesita trabajar y aprender. Pero tiene talento.”

Poco después Francis Ford Coppola se empeñó en que Pacino debía ser Michael Corleone. Nadie en los estudios apostó por él y Pacino se sintió rechazado por todos durante las pruebas y gran parte del rodaje. El empecinamiento de Coppola logró convencer a los productores de que la atípica interpretación de un gánster que estaba haciendo Pacino acabaría siendo una de las mejores creaciones de personaje de la historia del cine. “Basta de audiciones, por favor, basta de pruebas de pantalla, Francis- le decía a Coppola- yo no quiero estar donde no me quieren. Puedo vivir sin esta película”. “No, debes hacerla” le contestó Coppola. “En el primer Padrino, lo que quise fue crear una especie de enigma, una persona de tipo enigmático. De manera que al mirar a esta persona sintieras que realmente no lo conocías. Cuando ves a Michael en alguna de esas escenas, como envuelto en una especie de trance, como si tuviera la mente completamente llena de ideas…, eso es lo que traté de hacer. De hecho para lograr ese aspecto me dediqué a escuchar a Stravinsky en el plató. Sentí que ése era el drama del personaje, que eso era lo único que lo haría dramático. De otra manera podía ser muy soso. Nunca he trabajado un papel como ése. Ha sido el papel más difícil que he tocado…” Tras la muerte de Marlon Brando, un mito viviente para Pacino, Evans, uno de los productores de la película, reconoció que nunca había querido a Pacino para el papel de Michael Corleone, pero que Brando le llamó y le convenció diciéndole. “Pacino es una persona meditabunda, y si es mi hijo eso es lo que necesitas, porque yo soy meditabundo…”. A partir de aquel día el papel fue suyo.

Tras “El padrino”, Pacino rodó “El espantapájaros”, una road movie sobrecogedora junto al siempre soberbio Gene Hackman, en la que da vida, porque Pacino no interpreta, sino que da vida a sus personajes, a Lyon, un joven con problemas mentales que cruza el país para llevar un juguete a su hijo, un hijo al que todavía no conoce porque su madre se lo impide. De nada le sirve cruzar el país entero. Jamás podrá conocer a su hijo. La escena final en la fuente en la que, tras jugar con unos niños imitando a Long John Silver, se manifiestan definitivamente los problemas mentales de Lyon, es impresionante.   

Pacino es, por encima de todo, un amante del teatro: El Living Theatre y O´Neill, Chéjov e Ibsen ocupan un lugar destacado en su vida, siempre detrás, eso sí, de Shakespeare, posiblemente la influencia más grande que ha tenido: “Shakespeare es el escritor más capaz de conmovernos, porque habla de las emociones y sentimientos que hay en todos nosotros, y lo hace de la manera más grandiosa… Si habla de amor, lo hace tal como tú lo has sentido cuando más enamorado has estado… Me paso días enteros haciendo Shakespeare por mi cuenta, sólo por el placer de leerlo, de decir esas palabras… Hago Shakespeare cuando me siento en cierta forma. A veces me paso el día y la noche sentado aquí, interpretando algunos papeles. Puedo pasarme hasta diez horas seguidas así. Es como tocar una pieza musical, como acertar en cada nota. Una gran terapia… Para mí actuar es una necesidad. La necesidad lo es todo… Después de setenta funciones de Ricardo III empezaba a entender escenas que antes pensaba que nunca llegaría a entender. Sabía que tenía mucho que aprender… Con Shakespeare saber un poco te llevará muy lejos. Saber demasiado te jode… La palabra clave es sobriedad.” 

“La repetición es algo importante para mí. Alguien dijo alguna vez que la repetición nos permite conservar la inocencia. Me identifico con ello… Lo que uno realmente se esfuerza por aprender al actuar es cómo no actuar. De eso se trata. Actuar es no actuar… Actuar es usar lo que tengas a mano. Llevo toda mi vida actuando, y cuanto más lo hago más me doy cuenta de cuánto me falta por aprender… La interpretación sigue siendo un misterio para mí. No llego a entenderla. Uno ensaya, se las arregla para lidiar con el aburrimiento, con la espera… pero la interpretación, la interpretación en sí, no logro entenderla todavía…” Pacino es un actor al que le gusta explorar sus propios límites y experimentarlo todo personalmente, especialmente cuando trabaja en la construcción de sus personajes: “Si haces de tu personaje un ser humano, la gente puede identificarse con él. La gente se identifica si sus fragilidades y cualidades son visibles… No siento que aprenda nada observando. No me gusta observar. Aprendo más y mejor cuando lo hago yo mismo y cometo mis propios errores. De otra manera hay cierta tendencia a evitar errores que podrían ser útlies.”

Mike Newell, director de Donnie Brasco, comentó sobre Pacino:” No estaba seguro de que estuviera preparado para transformarse en alguien absolutamente absurdo. después de todo se trataba del tipo que había hecho de Michael Corleone. Pero estuvo magnífico. Eligió opciones arriesgadísimas. Fue como trabajar con Alec Guinness, el cual confesaba comenzar a construir un personaje desde los zapatos hacia arriba. Los actores de teatro famosos se dan cuenta de que lo externo es muy importante. Y Pacino siempre se considerará actor de teatro antes que cualquier otra cosa.” De hecho, cada cierto tiempo, cuando está cansado de los rodajes, necesita refugiarse de nuevo en el teatro y no es extraño verle actuar en salas alternativas de ochenta o cien localidades haciendo ocho funciones por semana.

Michael Mann, otro director que ha dirigido a Pacino, compara la forma de constrruir un personaje que tiene Pacino con la de otro actor con el que siempre se han empeñado en compararle: Robert De Niro: ” De Niro ve el papel como una construcción. Lo trabaja con mucho esfuerzo, detalle a detalle, confeccionando el personaje poco a poco. La forma que tiene Pacino de penetrar en su personaje es distinta. Es como Picasso observando un lienzo en blanco durante horas, en estado de concentración intensa. Y luego da una serie de pinceladas. Y una parte del personaje cobra vida.”

Chris O´Donnell, coprotagonista de “Esencia de mujer” por la que Pacino ganó el Oscar en 1992, tuvo la oportunidad de verle construir aquel inolvidable personaje del coronel ciego: “Es un hombre poderoso. Todo en él lo es. Su voz, incluso en su más bajo voltaje, irradia energía. Es un perfeccionista completo. Uno cree que su talento es innato, pero la verdad es que se esfuerza muchísimo. Todos los días, en los vestidores, le escuchaba trabajar en las escenas de los próximos días, y siempre se le ocurrían ideas nuevas. Quería hacer cada escena de cuarenta maneras distintas. Su creatividad era infinita. ¿Cómo se le podían ocurrir tantas ideas? Era abrumador.”

Son muchas las escenas que todos recordamos de aquella película, pero la del famoso tango de aquel ciego seductor y mujeriego con la joven desconocida del restaurante, quizá está por encima de todas. Y muchos deben ser también los recuerdos que debe guardar O´Donnell de aquella experiencia. Fascinado por haber hecho su primer protagonista en una película junto a Al Pacino, se quedó boquiabierto cuando, pocos días después de acabado el rodaje, recibió en su casa una nota de Pacino en la que le decía: “Enhorabuena chico, me han dicho que has estado magnífico. Lástima que yo no te haya podido ver…”

Garry Marshall, que dirigió a Pacino en Frankie y Johnny y dice de él que es tan puro, tan honesto y tan artístico que es como un pequeño don Quijote caminando por Hollywood, recuerda la diferente forma de trabajar de Pacino con la que fue su pareja en aquella película, Michelle Pfeiffer: ”A Al no le gusta aprender nada de memoria. Le gusta improvisar al principio, hasta que se siente cómodo; y entonces llega uno a ver la versión final. Michelle es todo lo contrario. Le gusta perfeccionar cada palabra y luego intentar otra versión. A Al le gusta intentar ochenta cosas desde el principio. A pesar de ello, la química entre los dos fue maravillosa.”

Sydney Lumet, otro de los directores que mejor han trabajado con Pacino, recuerda de él que “todo proviene de cierto núcleo increíble que tiene dentro de sí, un lugar al cual no pienso acercarme porque sería como acercarse al centro de la tierra. Lo que sale de este núcleo le pertenece de una forma excepcional. Pacino no confía en nada más. Es evidente que se trata de un hombre solitario.” Al empezar el rodaje de “Tarde de perros”, la célebre historia basada en el hecho real del atraco a un banco por dos delincuentes inexpertos que se transforma en el primer asalto con rehenes televisado en directo, Pacino pidió ver las secuencias rodadas el primer día. “Allí sólo ví a un actor buscando a su personaje, no había nada más. Estuve toda la noche dándole vueltas y más vueltas hasta que me dí cuenta de lo que pasaba: Yo llegaba al banco con las gafas de sol puestas. Y pensé : No, él no debería llevar gafas, debería habérselas olvidado en casa el día del asalto, porque no tiene experiencia, está muy nervioso y, subconscientemente, quiere que lo capturen…” Al día siguiente Lumet accedió a rodar de nuevo las secuencias, esta vez como todos las conocemos: sin gafas. Hay otra anécdota de ese rodaje también muy conocida: cuando Pacino sale a la calle para dialogar con la policía que le tiene rodeado y les suelta aquel inolvidable “Bésame”, al que contesta el atónito policía con un escueto “¿Qué?” y Pacino responde “Sí, bésame, me gusta que me besen en la boca cuando me joden…” Cuando se rodó aquella secuencia, estaba muy fresca en la memoria de los estadounidenses la dura represión policial que acababa de ocurrir en la prisión de Attica donde, para sofocar un motín en el que los presos exigían mejores condiciones carcelarias, la policía engañó a los presos haciéndoles creer que estaba dispuesta a negociar y, en lugar de negociar, asaltó la prisión. En aquel asalto murieron 39 personas, diez de ellas policías y funcionarios civiles. Pues bien, tras ensayar la secuencia, el ayudante de dirección le susurró a Pacino, justo antes de rodar la secuencia, que gritase “Attica” a los figurantes que aguardan tras el cordón policial. Nadie más sabía que Pacino iba a hacerlo. Aquel grito fue como un aldabonazo que fue coreado por todos los figurantes que, como si se tratase de una manifestación, se identificaron con el inexperto atracador de bancos e inmediatamente tomaron partido por él. La reacción fue tan auténtica que los figurantes que hacían de policías tuvieron serios problemas para contener a los manifestantes. Es una secuencia que forma parte de la historia del cine.

Son tantas las anécdotas de Pacino, y tanta la experiencia, la intuición, la sabiduría que hay en su forma de interpretar… Y él siempre acude a Shakespeare, su fuente inagotable; incluso cuando quiere definir el trabajo del actor lo hace usando las palabras de Hamlet: ” No seáis demasiado dóciles… dejad que vuestro criterio sea vuestro tutor: que la acción convenga a la palabra, la palabra a la acción… Ahora bien, todo ello, exagerado o a destiempo, tan solo enturbia el juicio, la censura del cual, en vuestra balanza, tendrá que pesar más que un teatro entero de los otros…”

“Si eres equilibrista, tu trabajo es caminar por la cuerda floja. Tienes que subir, y si te caes, ¡eso es el teatro! En las películas hay cuerda, pero está en el suelo. Ésa es la diferencia. Cuando estás en un escenario tu cuerpo cambia. La química de tu cuerpo cambia para sobrellevarlo. La vida que se lleva en el cine es distinta. No es que tenga menos arte u oficio. Son dos cosas distintas… Me preocupan más las obras de teatro que haré que las películas. Me siento más cómodo en una obra de teatro. En una película siempre hay una cierta sensación de control, de contención. En el escenario es muy distinto. hay que actuar más. Al actor de teatro se le exigen más cosas, debe pasar por más experiencias. El oficio cambia cuando se está sobre el escenario. La obra es la fuente y está orquestada con palabras. Cuando actúas para la cámara, la cámara recibe y nunca da nada a cambio. Cuando actúas frente a un público, el púbico reacciona, de manera que en cierto sentido el público y el actor se dan algo mutuamente. Es extraordinario. Es un territorio salvaje. En mitad de un diálogo te giras hacia el público y te das cuenta de que hay una mujer con la espalda deformada que te está mirando intensamente; y entonces piensas: “Estamos volando, ¿no es cierto? ¡Nos estamos moviendo!”. Es difícil de explicar. La vez que hice “Pavlo Hummel” en Boston, mi mirada se encontró de repente con un par de ojos del público, y pensé: “Es increíble, estos ojos me penetran”. Me pasé la función entera relacionándome sólo con aquellos ojos. No podía esperar a que cayera el telón para averiguar de quién se trataba. Cuando finalmente cayó, miré en dirección a los ojos y descubrí que eran los de un perro lazarillo. Pertenecía a una chica ciega. No podía salir de mi asombro: la compasión, la intensidad,  la comprensión de esos ojos… y eran de un perro…”

En 2006, Pacino se decidió, por fin, a publicar uno de sus tesoros mejor guardados: un pack de cuatro películas aparecido en EEUU bajo el nombre de “Al Pacino: An actor´s vision”, que incluye cuatro auténticas joyas con comentarios del propio Pacino sobre su experiencia al rodarlas: la imprescindible “Looking for Richard”, ese tratado sobre Shakespeare y la interpretación que dirigió el propio Pacino y que podéis ver en la página de clandestino de actores; “Chinese Coffee”, dirigida por Pacino, una verdadera clase magistral de interpretación en un mano a mano fantástico entre el propio Pacino, en el papel de un escritor frustrado y el siempre genial Jerry Orbach, en el papel de su amigo y en el que, sobre el impresionante texto de Ira Lewis, asistimos a un análisis en profundidad del  verdadero significado de la amistad; “The local stigmatic”, codirigida por Pacino y David F. Wheeler, otro espectacular mano a mano interpretativo entre Pacino y Paul Guilfoyle, con un perfecto acento Cockney por parte de ambos, en el que interpretan a dos parias de los suburbios de Londres que apalean a un famoso actor al que encuentran en un pub por el simple hecho de que él es famoso y ellos no; y por último, “Babbleonia”, una entrevista a Pacino de una hora en la que desgrana su vida, una vida dedicada a la interpetación. Si tenéis oportunidad, no os perdáis ninguna de estas cuatro verdaderas obras maestras.

El propio Pacino habla de ellas con verdadera pasión: “Para mí, no debían verse como películas. No son películas, son obras de teatro que se han filmado con el estilo de una película… En cierto sentido lo que hacen estas obras es acomodarse al medio del cine, pero manteniendo al  mismo tiempo la vitalidad y el ritmo de la obra de teatro. Se trata de mantener la idea del teatro en la película… No sé si estas obras son muy accesibles ni si a la gente le interesa verlas; pero eso no quiere decir que no tengan valor. Creo que son tan valiosas como las películas comerciales que la gente va a ver. Creo que estas películas pueden afectar a la vida de la gente. La gente reflexionará sobre lo que ha visto, tendrá opiniones, sentirá cosas. Estas películas tienen un valor, no las sacaría a la luz si no lo creyera. Hice Stigmatic en el teatro en 1969, y fue la única vez que fui abucheado, lo cual me hizo pensar que había dado con algo bueno… El acento cockney en Stigmatic es imprescindible, no se puede hacer “Lo que el viento de llevó” con acento de Nueva York, ¿te puedes imaginar el concierto para piano de Mozart sin el piano?… Chinese Coffee es la exploración de un tipo de amistad; es muy frágil esta cosa que llamamos amistad. Sé que no es una película para ser estrenada en cines comerciales. Si supiera que la iban a proyectar en un museo o en un cine especializado en este tipo de películas de manera que la gente sabe lo que va a ver, sí la habría estrenado, pero no pudo ser, y esa es la razón por la que nunca la estrené como película. En cuanto a Babbleonia pensé que podría ser útil a los actores. Me puse a asociar ideas libremente. Soy del Actor´s Studio. Creo que este video explica lo que el Studio fue y es para mí… Tengo debilidad por Stigmatic. Esta película tiene algo. Son películas personales. No Richard, pero sí las otras tres; son como bocetos. Para mí Richard es un retrato, lo demás son bocetos. Los “Padrinos” serían grandes óleos, pero no tienen nada que ver conmigo, yo simplemente tengo una relación con ellas. Con estas películas tengo una relación más íntima, reflejan un aspecto de mi forma de ver las cosas… Ahora, mientras crecen mis hijos, espero dejar un legado del que puedan encargarse. Por eso he hecho esta colección de mis películas independientes: para que sepan quién era su padre.”  

Tres ideas de Pacino reflejan su filosofía de la vida y de la interpretación que, en su caso, vienen a ser lo mismo: “No soy más que un actor: un reto es un papel que te resulta difícil, hacer un gran papel es una oportunidad, y el verdadero regalo es poder interpretar un papel que te permita liberar tu talento… Creo en el vivir cada día: el hoy es todo lo que uno tiene… La felicidad no existe, sólo la concentración. Cuando estás concentrado, eres feliz. También eres feliz cuando no estás pensando demasiado en tí mismo…” Me gustaría acabar esta entrada utilizando una de las citas de Shakespeare que Pacino emplea más y que, quizá, debería ayudarnos, como a él, a replantearnos algunas cosas: ” La conciencia nos hace a todos cobardes, y así la natural tintura del valor se debilita con el pálido barniz de la prudencia…”

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Carlos Olalla

Por circunstancias de la vida me pasé más de veinticinco años dirigiendo empresas en la que, sin lugar a dudas, fue la etapa más aburrida y frustrante de mi vida. La verdad es que nunca me gustaron esos trabajos y lo pasé fatal. Cuando cumplí los 45 me encontré con que una reestructuración empresarial me ponía de patitas en la calle y sin un duro. Por si fuera poco, nadie me quería dar trabajo porque decían que ya era demasiado “viejo”. A mí siempre me había gustado el mundo del cine y, como estaba en el paro y tenía tiempo, empecé a estudiar interpretación. Me pasé tres años siendo el “abuelo” de todos mis jóvenes compañeros en una conocida escuela de teatro de Barcelona. Durante aquel tiempo recibí alguna propuesta de trabajo para reincorporarme al mundo de la empresa, pero no quise aceptarlas: el nuevo mundo que había descubierto me había atrapado por completo, así que decidí cambiar una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo. Puedo deciros que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida: por primera vez soy libre, la palabra jefe ya no significa nada para mí, hago lo que verdaderamente me gusta y, lo mejor, trabajo con gente sensible y abierta que piensa y siente como yo. ¿Qué más se puede pedir?

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