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No hay nada más lindo que la familia unida

enero 1, 2010

La obra de teatro había finalizado. La señora Viuda de Calambres esperaba a su hijo Sisebuto en la salida de artistas. El actor apareció, radiante.

-¡Mamá! ¿Qué te ha parecido? Qué pedazo de papel, ¿eh? ¡Mi primer protagonista!

-Sí, hijo, sí, muy bonito. Oye, y una cosa… ¿cuándo te vas a buscar un trabajo serio?

Todo el mundo tiene una familia. Los artistas también, y ésta suele ser de dos tipos: o bien, gente que pertenece al mundo de la farándula y que arropa a su vástago entre algodones artísticos y lo apoya en su desarrollo profesional; o bien, gente que jamás ha tenido nada que ver con el arte dramático o las nobles y esforzadas musas, y que convierten su vida en algo… dramático.

Por supuesto, hay familias no artísticas que apoyan al actor neófito, que descubren las cualidades despuntantes de la bailarina en las clases del colegio, que animan al cantante a intentarlo fuera de las fiestas familiares. Que les pagan unos estudios, los acompañan a las pruebas, los alientan en cada triunfo, y los consuelan y animan en cada fracaso. Afortunados sean. Porque hay otras para las cuales ese hijo que quiere ser actor, que quiere dejar los estudios y dedicarse a ello, ese  merluzo, ese berzotas, ese mentecato se convierte en la oveja negra del linaje familiar, en el ‘rarito’ de la casa, en el bobo de la tribu, en el friki. Se habla de él en susurros en las reuniones de la estirpe consanguínea: ‘desde que era pequeño ya apuntaba maneras extrañas’, se convierte en la comidilla de los encuentros multigeneracionales: ‘bueno, ya sabes que en todas las familias hay algún garbanzo negro’. Los esfuerzos de la horda de parientes suelen ir encaminados a un discreto apoyo condescendiente, acompañado de una sólida determinación en devolver al retoño descarriado al buen y ‘normal’ camino.

-¡Mamá! ¿Me has visto en el anuncio de Timofónica? ¡Me eligieron en un casting de dos mil personas! ¿Te ha gustado?

-Ay, hijo… ¿Cuándo sentarás la cabeza y dejarás de ser un piernas?

Las fiestas familiares señaladas, como navidades y fin de año, se convierten en las fechas preferidas para que el batallón de consanguíneos ejerza presión. Son momentos en los que, al amor de la lumbre y el empacho, se alaban con grandes aspavientos los trabajos y trayectorias ‘convencionales’ del resto de allegados, y se obsequia con una media sonrisa los logros del ilusionado actor.

-… y he conseguido el papel protagonista en un corto que dirige Pietro Almodorra, donde trabajo con Pepélope Frus y Xavier Verdem…

-¿Y después, qué tienes?

-Bueno… de momento nada, pero siempre sale alguna cosa… Ahora estoy cobrando el paro…

-¿¿¿Otra vez??? Joer, Sise, hermanito… ¿no te cansas de esa vida? ¿De no tener nada seguro? Si es que ese trabajo que has elegido es muy difícil, y casi imposible para poder vivir. Lo que tenías que hacer es estudiar algo decente… que ya eres mayorcito.

Los actores no somos gente decente. O eso es lo que dicen los ejércitos parentales. Los mismos, dicho sea de paso, que basan una parte importante de su ocio en ver lo que hacen esos ‘seres indecentes’ en dosis masivas de televisión, cine y teatro, amén de saberse al dedillo las vidas de los más importantes o los más populares (o mediáticos) merced a las revistas del colorín y a los programas del hígado. Claro que también la masa iletrada de familiares es incapaz de separar al actor que vive de exhibir su difícil profesión de los descerebrados chiquilicuatres que viven de exhibir sus vergüenzas y sus chismes de bragueta. Salen en la tele, luego hala, todos en el mismo cajón.

-Mamá, ¿me has visto en la serie? ¡He conseguido un papel fijo en la segunda temporada! ¡Y me han nominado a los Premios Fotograpas por mis intervenciones en la primera!

-Sisebuto, de verdad… ¿No quieres que hable con tu primo? Me dijo que si alguna vez necesitabas trabajo, él te podía conseguir algo en la fábrica…

Ah, por supuesto; hay un aspecto en el que tu familia te valora automáticamente: el conseguirle invitaciones gratis. Haces una obra de teatro o un musical, y el desinterés habitual hacia tu actividad se convierte en un asedio contínuo: ‘¿tienes invitaciones para el estreno?’; ¿cuándo podemos ir a verte gratis?’; ‘¿puedes conseguirnos dos para el sábado por la noche?’. Te entran ganas de responderle a tu hermana dentista: ‘¿y tú cuándo me haces dos empastes y un puente gratis?’. Por supuesto, cabreo generalizado cuando no las tienes para cuando ellos quieren, como si en vez de un currante tú fueras el director de la obra o el amo y señor del teatro y tuvieses poder absoluto sobre el día, hora, número de invitaciones e incluso fila del patio de butacas. Y total, para lo de siempre:

-¡Chaval, muchas gracias por las invitaciones! ¡Israel Perlo estaba impresionante! ¡Y Poncha Verdasco, qué actriz y cómo llena el escenario! ¡Y Arpuro Fresnández, qué divertido…!

-¿Y yo? ¿Y yo?

-Tú… cómo siempre. En tu línea. Haciendo el indio.

Toda esta situación sólo cambiará cuando cruces la difícil línea que separa al actor de la estrella. De repente apareces en todas las revistas, tus películas se vuelven taquilleras, te vas a rodar al extrajero, cambias tu residencia a Miami, presentas galas de televisión o las uvas en fin de año… y la muchedumbre familiar se apunta al carro del éxito del Ex-Garbanzo Negro Y Ahora Hijo Pródigo. ‘Siempre supe que terminaría triunfando’; ‘Todo lo que sabe se lo he enseñado yo’; ‘ Desde pequeñito ya apuntaba maneras de estrella’; ‘Es el orgullo de nuestro apellido’. Pero por desgracia, los que consiguen este estado nirvanático son contados… e incluso llegando allí, tienen a toda la parentela deseando secretamente que te pegues el batacazo para poder volverte a poner a caldo. Y al fin y al cabo, la mejor opción es ‘por un oido me entra y por el otro me sale’. La familia la mayoría de las veces no es más que un crítico más, algo mosca cojonera, y hay que tratarlos como al resto de los críticos: ni caso.

En fin, que como decían los Payasos de la Tele ‘no hay nada más lindo que la familia unida’. Aunque sea unida para llover chuzos de punta sobre ti.

Y por supuesto, madre no hay más que una:

-¡Mamá! ¡Mamá! ¡Me han dado el Goya! ¡A mí! ¡A tu hijo! ¿Estás contenta?

-Mucho, hijo, mucho. Quedará precioso encima de la tele. Y ahora que ya lo has conseguido… Sisebuto, mi amor ¿estudiarás por fin una carrera?

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5 comentarios para “No hay nada más lindo que la familia unida”

  1. Luis Angel dice:
    enero 2, 2010 a las 8:38 am

    Qué bonita es la viad del artista! Y qué bien describes a la familia unida. He tenido todas esas impresiones en la cena de Nochevieja. QUé bonito es el amor! Viva la familia!!!

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  2. Gina dice:
    enero 2, 2010 a las 12:10 pm

    Conversación que se repite en cada comida familiar des de hace un año: ¿oye, ya has pensado qué quieres hacer después del bachillerato? Sí, Arte Dramático. No, quería decir de “carrera”. Claro, Arte Dramático. ¿Y ya está? Sí, claro, es que quiero ser actriz… Uy, pero este mundo está muy chungo, mejor estudia otra cosa y bla bla bla…

    Y si paso un casting, entonces mi madre es la primera en contárselo a la abuela, los tíos, etc, que se olvidan por un momento de sus palabras… para volver a repetírmelas en la siguiente comida familiar, como si de un día por otro fuese a “sentar la cabeza”.

    Muchas felicidades por todo lo que escribes Rafa, me encanta leerte, sé que lo que escribes es cierto y aún así no me desanimo. Un beso y que el 2010 te traiga mucho curro ;)

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  3. Maka dice:
    enero 4, 2010 a las 6:48 pm

    Mi familia vendría a ser una mitad de cada cosa, por parte de mi padre esto no les interesa, están por encima mis primas que son abogada una y la otra estudiando periodismo pero claro eso para ellos si es una carrera y mi padre idem, no apoya nada el que quiera ser actriz, casi va obligado por mi madre a las actuaciones, sin embargo por parte de mi madre todo el apoyo del mundo y la primera ella que es la que me acompaña a todos los castings.

    Muy duro la vida del artista y la familia.
    Me encantó lo que escribiste.
    Feliz año!!

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  4. Raquelilli dice:
    enero 5, 2010 a las 8:46 am

    Dios mío, por un momento he pensado que estabas hablando de mi madre… menos mal que este año termino su ansiada carrera y me deja de dar la brasa con lo del teatro. Qué suerte tengo que lo que diga me importa un pito, si no, estaría hundida. Se supone que los padres quieren a sus hijos de manera incondicional, los padres de los actores son la excepción que confirma la regla, por lo menos los míos. ¿Hablar de teatro en mi casa o de como me van las clases? ¡Vetado! Por eso tengo una familia de repuesto, mis compis de clase, con los que puedo compartir mis penas y alegrías de esta profesión, que si bien cierto que es duro, las recompensas de los aplausos del público y las sonrisas en sus caras valen la pena.

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  5. Oscar Oliva dice:
    enero 25, 2010 a las 9:27 pm

    A los padres que intentan condicionar a sus hijos con que hagan justamente lo que ellos quieren para satisfacer su ego y sus ilusiones reprimidas les pueden ir dando por el orto con un tubo de cobre de 30 pulgadas sin lubricar. En general la gente no tiene ni puñetera idea de nada, y cuando ven que alguien se empeña en ir a contracorriente no tienen otra cosa que hacer que tocar las narices, son así de borregos, a la hoguera todos.

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Rafa Casette

Rafa Casette tiene una mujer, un hijo, una hija, dos perras, un Twingo destartalado, un piso de alquiler, montones de deudas, una carrera de Derecho abandonada a la mitad, decada y media de ganarse las lentejas sobre los escenarios, una voluntad a prueba de bombas, muchas ilusiones ... Forma parte del porcentaje más apabullante de la profesión: los curtidos en bolos, castings y actuaciones esquizofrénicas; los que las pasan tremendas en busca de una oportunidad para convertir La Interpretación en su medio de vida. Tambien es bastante friki. Deliciosamente egocéntrico. Y un inconsciente en definitiva. Vamos, carne de escenario.

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