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El maravilloso mundo del bolo (y su hermano bastardo, el BOLAZO)

octubre 30, 2009

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Si eres actor, más tarde o más temprano te darás de narices con un bolo. ¿Qué es un bolo, aparte de intempestivas regurgitaciones alimenticias? Una actuación lejos de casita, mayormente. Todo actor termina haciendo bolos; un día (a veces, más de un día, o incluso todo el año) te toca viajar, actuar o rodar, y dormir fuera. Al artista le interesan los bolos porque sueles cobrar más que en tu lugar de residencia… o porque es lo único que hay. Una de las descripciones más reales del mundo del bolo la escribió Miguel Ríos en su canción El blues del autobús. Porque independientemente de que hay compañías que manejan presupuestos más holgados como para embarcar a su gente en trenes, e incluso aviones, la estrella del bolo es ese medio de transporte: el bus. Eso, presupone un número bastante alto de horas en convivencia fraternal (o no) con el resto de la compañía, técnicos, e incluso personal administrativo del cotarro (los jefes siempre se suelen reservar medios menos proletarios para desplazarse). Y por supuesto, multitud de anécdotas. Conviene leer El viaje a ninguna parte de Fernando Fernán-Gómez, compendio del espíritu bolero por provincias.

Pero la variación habitual del bolo es el BOLAZO. Que es lo mismo que todo lo anteriormente descrito, pero cuando adquiere tintes esperpénticos. O sea, un bolo esquizofrénico. Un ejemplo: si resides en Madrid y vas a actuar a Valencia un fin de semana, regresando la mañana del lunes, tras alojarte en un hotel puesto por la compañía, eso es un bolo; si de igual forma, residiendo en Madrid, te embarcas a actuar el sábado en El Ferrol (Coruña) y el domingo en Ayamonte (Huelva), pagándote tú el alojamiento y regresando de noche nada más acabar la actuación (y juro que eso sucede), eso es un bolazo… aparte de un putadón de no te menees.

Hay circunstancias que convierten un bolo en un bolazo: que el autobusero de turno se pierda al llegar a la localidad y estés dando vueltas, durante tiempo indefinido, preguntando a residentes de todo tipo la puñetera ubicación del teatro (cosa que todos parecen desconocer); que cuando haya terminado la actuación, el membrillo del autobusero no aparezca o no responda a las llamadas al móvil (por haberse quedado profundamente dormido en su bus), y mientras tanto la compañía quede esperando a la intemperie hasta avanzadas horas de la madrugada; que no sea un teatro, auditorio o lugar preparado para una acústica mínima, sino la gama más variada de emplazamientos, como plazas de toros, parques, tarimas montadas en las fiestas de cualquier localidad (y con los autos de choque atronando a tu lado); que el autobusero, merced al convenio recíproco que disfruta en ciertos lugares, en vez de parar en un sitio económico para comer te lleve a sitios donde te ponen una cocacola a precio de cava y un bocadillo a sablazo de caviar (ah, esas paradas en Los Abades, de La Gineta, o en el Marino, de La Roda…); que cuando llegues al bendito lugar no haya un asomo de camerinos o lugar civilizado donde cambiarte y tengas que exhibir tus maltrechas carnes al aire en los lugares más expuestos… o más peregrinos (yo he llegado a vestirme en Pozoblanco en la enfermería donde Paquirri pasó a mejor vida). Los bolazos están llenos de actuaciones apenas sin ensayos, de orquestas que desafinan y de micrófonos ambiente que petan y se acoplan, de decorados que se caen por estar montados con prisas, de luchar contra los elementos atmosféricos, y sobre todo de horas y horas interminables de carretera por la noche.

Anécdotas las hay a cientos, tantas como actores recorriendo las carreteras en pos de las lentejas. Voy a desempolvar una crónica que tiene nueve años (texto inédito de cuando no había blogs sino mail lists) que, aunque sin autobuses de por medio, me parece apropiada como ejemplo de los imprevistos que puede pasar en cualquier bolazo. Omito datos particulares, ya que la compañía sigue en activo hoy en día:

¿Han visto vuesas mercedes las noticias sobre la ola de frío que se ha dado recientemente en toda España? Pues por primera vez me ha tocado a mí estar dentro de esas situaciones que uno ve calentito desde el sillón de casa sin saber realmente lo que es pasar por ello.

El pasado jueves fui a actuar a Morata de Tajuña, como último concierto que daba la Compañía X de un ciclo de la Fundación Z que habíamos realizado toda la semana. Así que cogí mi coche, como los días anteriores, y me fui carretera de Valencia, carretera de Chinchón, hacia mi destino. Ya, tomar el desvío de Morata, era cruzar una carretera de tercera en  medio de una nevada como hacía tiempo que no veía, y aunque aún no se había puesto el sol, los carteles de señalización estaban prácticamente tapados por la nieve. Pero llegué.

El concierto fue el más deslucido del ciclo, porque aunque Morata de Tajuña es buena plaza, pídale usted a un ‘vecchio’ que cruce el pueblo en medio de la ventisca para ver a unos cómicos haciendo zarzuela, por muy buenos que sean. Así que la cosa fue de andar por casa, ya que (casi) éramos más encima del escenario que en el patio de butacas. De todas formas el público (los quince) se lo pasaron muy bien y fue un “gran” éxito.

Acabamos a las 21:00. Recogimos y estuvimos listos para regresar a las 21:30. Busqué mi coche y no lo hallé: alguien lo había cambiado por una montaña de nieve. Conseguimos arrancar, y salimos en caravana de cinco coches a velocidad de 20 km/h., en medio de La Noche De Walpurgis, y una tormenta de nieve que casi no veías a tu compañero de delante. Durante un rato avanzamos bien, hasta que encontramos el camión cruzado en la carretera. Protección Civil nos decía que habían avisado a una grúa para intentar retirarlo, pero que si seguía arreciando así, no sabrían si la carretera sería operativa porque, además, lo que había caído estaba helándose.  Las chicas del ballet se metían en mi coche porque el suyo llevaba la calefacción averiada, las escobillas del parabrisas no giraban por el hielo acumulado,  la aguja del deposito descendía peligrosamente, y no paraba de nevar. Dos horas después de nuestra salida, regresábamos a Morata, desandando el camino a 7 km/h. Es tarea difícil encontrar en un pueblo algo abierto a las 23:30, más aún si les está cayendo La Nevada  Del Siglo, pero al fin lo conseguimos.

Después de volver loco al dueño del bar con nuestras cenas (también estaba muy nervioso, y doce personas hambrientas estando él solo en la cocina agobian a cualquiera), quedaba claro, viendo las noticias, que nos tocaba pernoctar en Morata. El Ayuntamiento había habilitado el gimnasio del Polideportivo Municipal para pasar la noche. De película de catástrofes. Sobre las 2:00 llegamos a nuestro “dormitorio”, al menos con mínima calefacción, pero insuficiente y sin mantas, con otros tantos individuos en la misma situación que nosotros. Entonces, descubres las pegas de la vida moderna, como  que tienes que llamar a Madrid para desmontar tus compromisos para el día siguiente  y decir que estás bien cuando hay inmensa cola para el único teléfono público disponible (nota del bloguero: hace nueve años no llevábamos móvil en el bolsillo), que no tienes dónde dejar las puñeteras lentillas porque cualquiera iba a imaginar que no ibas a pasar la noche en casa, que en un “tatami” de judo se duerme bastante peor que en tu camita (¿se duerme?), que ciertos dementes albañiles y camioneros prefieren pasar estas situaciones despiertos y de cachondeo sin importarles si revientan los tímpanos de los que intentan dormir… Gloriosa noche.

Así que despuntaba el alba, y el aspecto de la compañía comenzaba a parecer el de un colectivo de náufragos (cuatro horas mal dormidas y una noche sin afeitarse hacen milagros en el cutis de cualquiera) cuando nos informaba la policía que todos los accesos estaban cortados; que la Carretera Nacional estaba bloqueada; que habían rescatado gente de sus automóviles con síntomas de congelación; que una señora había sido auxiliada cerca de Titulcia cuando estaba a punto de dar a luz… en su coche; que seguía habiendo tramos donde ni con cadenas se pasaba, amén de los camiones cruzados en otros sitios que acompañaban al primero; que ahora que había dejado de nevar las máquinas quitanieves iban a comenzar a salir cuando hubiera suficiente claridad, pero que no sabían si conseguirían llegar allí por las placas de hielo; que el tiempo estaba cambiando continuamente, y si volvía a caer, podíamos estar paralizados el día… y la noche, enteros. Huelga decir que, a pesar del cansancio, nos tomábamos todo a risa y con bastante buen humor, porque si encima te pones de los nervios, peor que peor.

En fin, huelgan los detalles. El hombre del tiempo, por fortuna, se equivocó de nuevo. Salió el sol a lo bestia. La nieve comenzó a fundirse, y las quitanieves salieron. Nos habíamos trasladado al local de la Fundación Z donde habíamos actuado, y habíamos por fin dormido un rato en una sala enorme llena de fantásticos sillones, cuando sobre las 10 y media nos comunicaron de Tráfico que la carretera de Arganda  había quedado abierta. La caravana salió a las 11. Después de llegar, algunos en estado de emergencia, a una gasolinera para repostar, tomamos la carretera a velocidad moderada, pero el sol ya estaba haciendo su trabajo, y no había prácticamente peligro. La última pega fue la retención en la carretera de Valencia; pero las dos horas de estar parado que decían en la televisión se habían reducido, y tras media hora larga de ir de nuevo a 7 Kms/h., el tráfico se normalizó. Besé el suelo de mi casa y el hocico de mis perras a la 1 y cuarto de la tarde. QUÉ BONITO BOLO.

Luego dicen lo bien que nos lo pasamos los cómicos. Si el tiempo no lo impide.

Espeluznante, ¿no?. Sólo se me ocurre terminar con una frase de la zarzuela Gigantes y Cabezudos: “QUÉ COSAS HEMOS DE HACER POR LOS VILES GARBANZOS…”.-

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3 comentarios para “El maravilloso mundo del bolo (y su hermano bastardo, el BOLAZO)”

  1. agus dice:
    octubre 30, 2009 a las 4:50 pm

    Buenos posts… algo largos… pero buenos.

    Responder
  2. Ana dice:
    noviembre 2, 2009 a las 8:41 am

    Ays…. el mundo bolístico….

    He de decir que al final, yo he llegado a dormir en un autobús, casi casi como en mi casa (salvando las distancias…)

    Y lo de las inclemencias del tiempo…. esas carreras frenéticas para tapar el equipo cuando empieza a llover, pa que caigan cuatro gotas y hala, a volver a empezar….

    Y sí, a mi me ha visto el culo media España….

    Pero y lo bien que lo pasemos….. XDD

    Responder
  3. Desi dice:
    diciembre 5, 2009 a las 6:29 pm

    …pues yo tengo el recuerdo de esos bolos dentro del archivo de “los mejores recuerdos del mundo mundial”…no hay nada como viajar horas en furgoneta con el decorado detrás y el vestuario entre las piernas, montar tú mismo el decorado, actuar, desmontar, bocata y caña y vuelta por donde viniste. La pena es que no me diera cuenta cuando lo vivía….

    Responder

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Rafa Casette

Rafa Casette tiene una mujer, un hijo, una hija, dos perras, un Twingo destartalado, un piso de alquiler, montones de deudas, una carrera de Derecho abandonada a la mitad, decada y media de ganarse las lentejas sobre los escenarios, una voluntad a prueba de bombas, muchas ilusiones ... Forma parte del porcentaje más apabullante de la profesión: los curtidos en bolos, castings y actuaciones esquizofrénicas; los que las pasan tremendas en busca de una oportunidad para convertir La Interpretación en su medio de vida. Tambien es bastante friki. Deliciosamente egocéntrico. Y un inconsciente en definitiva. Vamos, carne de escenario.

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