¡Recuerda el Tenorio!
marzo 14, 2010
Una suave música clásica despertó a Sisebuto Calambres. Se desperezó estirándose un poco en la cama y pronunció en voz alta: ‘hora’. El reloj digital se sobreimprimió en el techo indicando el final de su siesta. Dijo ‘ventana’, y silenciosamente la persiana comenzó a subir, entrando la luz del atardecer a raudales. Se levantó y pisando la mullida moqueta llegó hasta el baño galáctico, que parecía sacado de un episodio de Star Tres. Se duchó y vistió, y abandonó la confortable habitación cerrando la puerta con una lectura de su huella dactilar. En un espacioso ascensor transparente bajó al inmenso hall, grande como un teatro, con una fuente en el centro y coronado por luminosas claraboyas, y salió al exterior del hotel de cinco estrellas donde un chofer le estaba esperando en un Percebes Venz último modelo. Llegaron al teatro en escasos minutos y Sisebuto entró saludando al personal técnico. Llegó a su enorme camerino, en cuya puerta aparecía su nombre impreso en una placa, cogió una manzana del cesto de frutas que diariamente le ponían, y descalzándose se sentó en su mullido sofá. En ese momento le avisaron por el intercom que tenía una visita, y unos minutos después Yvette entraba al interior. Ella estaba pasando unos días de asueto en la ciudad vecina y había aprovechado para ir a ver a Sisebuto en su última función.
-Así que final de temporada, no?
-Sí, hija, por fin. Esta noche tendremos fiesta de despedida y esas cosas. Incluso Susi viene desde Madrid. La verdad es que me apetecía ya volver a casa después de tantos meses…
La ‘Marcha Imperial’ de La Guerra de las Galicias los interrumpió. Sisebuto descolgó su móvil mientras Yvette se acomodaba en el sofá.
-¿Sí? ¡Hombre, Antoñito! ¿Qué pasa, berzotas? Sí, aquí ando por el Más Allá, terminando gira. Sí, esta noche es la última función; oséa, ‘La Penúltima’, jejeje. ¿Libre dices? Bueno, tengo algunas cosillas; tú cuéntame… Ya… Entiendo… Pues mira, no te puedo contestar ahora porque no he traído la agenda al teatro, pero hacemos una cosa: te llamo mañana y te confirmo si estoy libre o no, OK? Peeerfecto. Y tú más, cacho cabestrooo. Venga, abrazotes, monstruo. Chau.
Sisebuto dejó el móvil sobre la mesa del camerino mientras susurraba ‘y una mieeerda’.
-¿Curro? –preguntó Yvette.
-Naaa, más bien una bazofia. Un tío con el que he trabajado algunas veces, que tiene una compañía de medio pelo y que me ofrecía un bolazo rijoso el próximo finde. Por supuesto que estoy libre, pero paso olímpicamente.
-¿Por qué?
-Tía, ¿tú has visto este camerino? ¿Has visto esta compañía? ¿Sabes lo que me están pagando? ¿Sabes que Sastrería me ha hecho la ropa a medida, que tengo un asistente para vestirme, que Peluquería y Maquillaje me dejan a diario como un pincel para salir a actuar? ¿Qué cualquier cosa que necesite se la pido al teatro y la tengo aquí en minutos? He llegado a un status, a un nivel; ya no necesito volver a currar en agrupaciones casposas donde tengo que llevar mi ropa y maquillaje, donde los decorados se caen de viejos y cutres, donde no tienes un mísero sitio para cambiarte en condiciones…
-“Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí…” –dijo Yvette con sorna.
-¿Ein? … no comprendo ¿Vas a hacer Don Juan o algo así?
-Sise, no me seas mentecato. Cada vez que estés en lo más alto, cada vez que creas que has alcanzado un status superior… no te confíes y ¡recuerda el Tenorio!
-Pos como no me lo expliques…
-Sise, chaval –dijo Yvette sonriendo.- La profesión de actor es una sucesión de altibajos. Llegar a conseguir un status ‘superior’ es algo que no está al alcance de todos. La mayoría de los artistas nos movemos en una zona difusa que depende de nuestros esfuerzos a la hora de buscar trabajo, pero también de una serie de factores externos e imposibles de predecir. Hoy hay una crisis, mañana buscan actores de una edad o físico distintos al tuyo, pasado mañana la compañía o el director de cine que te llamaban asiduamente desaparecen de la escena. Planificar el futuro es algo bastante relativo bajo esas circunstancias, así que lo mejor es dejar todas las puertas abiertas. Tener amigos hasta en el Infierno. Y no rechazar ningún trabajo ‘porque sí’. CURRO ES CURRO, venga de donde venga. Y unas veces te llegará de productoras y compañías donde te tratarán a cuerpo de rey, y otras veces de gente con la que tendrás que ejercer de regidor, técnico de luces y encargado del telón (además de actor).
-Mira, yo no estoy de acuerdo…
-Sise, tío, convéncete. Hoy estás arriba, pero mañana no sabes dónde estarás. ¿Puedes hacer ese bolazo? HAZLO. Puede que esa compañía de medio pelo te salve las lentejas en el futuro. Si es curro honrado y digno, no lo rechaces porque sí. Los status grandilocuentes sólo existen en las revistas couché del colorín y en los mass media hipertrofiados; nosotros somos artistas y disfrutamos con nuestro trabajo. Unas veces vendrá envuelto en celofanes y otras en papel estraza; unas veces en fantásticos platós y otras en rodajes minimalistas; unas en magníficos coliseos y otras en Casas de la Cultura de olvidados municipios. ¿Piensas que todo el mundo llega a los niveles de Anponio Bandarras o Pepélope Frus? Fíjate: si hasta una actriz de la talla de Poncha Verdasco hace spots de escapes de pis, imagínate cómo está la profesión para andar rechazando trabajos. “Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí,” Sise. Hoy estás en un Teatro Nacional y mañana en una carpa de tercera regional, y eso es actuar y lo demás memeces. No me seas merluzo, nene.
-Leches…
* * *
La alarma del mp3 de Sisebuto sonó, despertándolo de un respingo. Se estiró en la cama gruñendo; los muelles del colchón se le habían clavado en las lumbares. Subió la persiana con dificultad, se atascaba cada cinco centímetros. Contempló el jolgorio de la plaza del pueblo; apenas había pegado ojo durante la siesta por culpa de todo aquel jaleo. Se duchó tiritando, el agua caliente tardaba un montón en salir. Se vistió y tras unos minutos de forcejear con la llave oxidada, consiguió cerrar su cuchitril en el Hostal Chinches. Salió a la calle, cargando en ambas manos su maletín de maquillaje y su bolsa de traje (donde llevaba su camisa, pantalones y zapatos) y anduvo a pie durante unos minutos, hasta que llegó al parque donde iba a ser la función. Sobre una tarima ensamblada a toda prisa, varios técnicos se afanaban en montar el decorado (apenas unas tablas descoloridas). Saludó a Antoñito el director, que ensayaba con dos actrices a la vez que martilleaba clavos en un practicable, y buscó un espacio medianamente tranquilo tras el escenario, donde se cambió mientras algunos niños del pueblo se reían de sus gallumbos y le tiraban chinitas. Se maquilló de pié, sujetando un espejo con una mano mientras que con la otra trataba de hacerse recta la raya del ojo. Mientras, recitaba para sus adentros el papel y rezaba a las Musas para que los autos de choque, que atronaban al lado del improvisado escenario, tuviesen la deferencia de detener su actividad cuando comenzase la obra. Un rato después, por fin listo para actuar, habiendo oscurecido, mientras Antoñito comenzaba a presentar a la compañía a través de un micro que se acoplaba continuamente y el público siseaba pidiendo silencio, cerró los ojos, inspiró profundo y musitó “Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí…”.
Y la verdad, se lo pasó como un enano.-




Qué bueno es tu blog, rediós… yo sí que me lo paso como un enano leyendo tus artículos…
Ayyyy como me ha gustado;recuerdo un bolo en unas fiestas de un pueblo donde presencié un concurso de aparcar tractores,el actor principal y yo nos dimos a la bebida ante semejante espectáculo, por imposición popular y salimos piripis al escenario…que risa,por dios!!!!
No me canso de leer tus posts. ¡saludos desde la Luna!
Rebueno!