Trabajo para que me pagues
Marzo 6, 2010
Trabajo para que me pagues. Suena a perogrullada pero es verdad. No soy diferente por ser artista. No como ni vivo del aire. Disfruto con mi profesión, pero quiero que me pagues. No me cuentes tus milongas. No me vengas con tu sarta de excusas. Puedo entender retrasos razonables; al fin y al cabo, desde el oficinista al supergerente cobran a final de mes. Pero también ten en cuenta que la relación laboral entre un trabajador convencional y su empresa se extiende en el tiempo, mientras que yo trabajo puntualmente para ti, de pascuas a ramos. Si yo quisiera ser un oficinista, con un confortable y gris trabajo de lunes a viernes de 8:00 a 16:00 y catorce pagas, no estaría sobre estas tablas. De toda la vida los bolos se han pagado al terminar la función; máximo, en los días siguientes a haber actuado (que ya tiene narices la cosa, pero en fin). Si no tienes capacidad económica para hacer una provisión de dinero no te metas en este negocio, ni lo amoldes a tu beneficio y antojo.
Trabajo para que me pagues. Y trabajo ahora. Págame a tiempo ¿Cómo te sentaría si todos los actores a los que llamases, TODOS, te contestasen: ‘vale, acepto el trabajo, pero si el día de rodaje es el 1 de febrero, yo me presentaré a rodar el 1 de mayo’. ¡A noventa días, como tú! ¡Qué bonito, no? No me cuentes que a ti te tardan en pagar nosecuantos meses y blablablá; esa historia me la tragaba cuando empezaba, pero ya no. Te has subido al carro de una situación que puntualmente era anormal, pero que tú (y otros cuantos como tú) habéis convertido en habitual. ‘Te pago a noventa días, como todo el mundo’. Claro, ve a decirle a mi banco que la hipoteca se la despacharé cada tres meses y verás lo que me responde. O mejor aún, no me responde: me carga gastos de devolución e intereses de demora, amén de una colección de cartas y comunicados a cada cual menos amistoso. Ya que me pagas a noventa días, ¿qué pasa con mis intereses? ¿No será que te los estás quedando tú? Estoy cansado de tener un calendario de cobros lleno de retrasos. Reune primero los sueldos y después contrata a la gente.
Trabajo para que me pagues. Soy un profesional. Vivo de esto. Ya fui amateur en el pasado, y estuve dispuesto a tragar carros y carretas por amor al arte. Pero olvídate de mis inicios; no me has contratado por ellos. Me has contratado para que te haga un trabajo competente; así que compórtate conmigo como tú me pides a mí: con profesionalidad. No escatimes mis seguros sociales ni mis cotizaciones; no me pidas que lleve mi coche a la otra punta del país; pero si aun así no hay más remedio, sé un poco decente y págame la gasolina (pero págamela antes, leches, que estoy harto de apoquinarla con anterioridad y tener que pasear tickets de gasolinera por tu oficina). No necesito comidas espectaculares en Casa Botín, sabes que a base de penurias año tras año soy bastante frugal; si me das menú completo se agradece, pero me conformo con un bocadillo, un refresco y una pieza de fruta… así que al menos, DÁMELOS. Que estoy bastante frito de la cantinela ‘la comida y la cena van por vuestra cuenta’. Lo mismo respecto al alojamiento: ¿que me quieres poner un hotel de cinco estrellas? Maravilloso; me he conformado en ocasiones con el Hostal Chinches; pero al menos, que no me toque pagarlo yo. Porque, a ver si te entra en la cabeza: con lo que me remuneras (que además hace años que no me revisas a la alza, como si siguiéramos con los precios del siglo pasado), si además corren de mi bolsillo alojamiento y manutención, ¿cuánto crees que al final me llevo a casa? Y ya no hablemos si he tenido que hacerme autónomo, que encima en vez de cobrar pago por trabajar. No, no me vengas con que tú haces lo mismo; tú eres empresario, y lo que vas a sacar por bolo está a años luz de lo que voy a sacar yo. Y además, no me cabe duda que cuando te han contratado a ti y a tu espectáculo, una de las partidas que han aceptado en tu presupuesto incluye tu alimentación y tu hotelito. Yo también como y duermo sobre blando. Contrataste a un actor, no a un fakir.
Trabajo para que me pagues. Así que no huyas, no te escondas. No te escaquées, que oigo cómo le susurras a tu secretaria ‘dile que no estoy’. ¿Te colgué yo el teléfono? Cuando me llamaste preguntándome por mi disponibilidad para esas fechas, ¿fingí interferencias en mi móvil? Pues no juegues conmigo a eso. Y basta ya de imprevistos. ¿Qué te parecería si cuando yo me presento a rodar descubres que me falta un brazo, o llevo una pierna escayolada, o me he afeitado la cabeza, o me he hecho un cambio de sexo y luzco unas tetas espectaculares? Igual que a ti no te gusta lo inesperado, a mí tampoco. Las cosas claras, y el chocolate espeso. Cuéntamelo todo desde el principio, no me voy a asustar. Estoy más que harto de encontrarme sorpresitas cuando voy a trabajar contigo, o cuando he terminado. ¿Que son dos funciones el mismo día en vez de una? ¡Dímelo! ¿Que como no hay presupuesto para vestuario tengo que llevarme mi camisa y mis zapatos de casa (y además, que sean de época)? ¡Dímelo! ¿Qué no va a haber unos camerinos o una caseta prefabricada y tendremos que cambiarnos en un rincón a la vista de todo el mundo? ¡Dímelo! ¿Que después de terminar el autobús no sale de regreso hasta tres horas después y hay que esperarlo en medio de la calle… y de la madrugada? ¡Dímelo! ¿Que no me puedes pagar al final de la función porque el concejal de festejos está de vacaciones y no vuelve hasta dentro de dos semanas? ¡Dímelo! Pero dímelo ANTES. Primero, porque tu compañía no es la única y no tengo porqué dar por supuesto que tus convenciones a la hora de trabajar sean las habituales. Segundo, porque quizá si me enseñas el cuadro en todo su esplendor, dispondré de datos suficientes a priori para decidir si me interesa o no trabajar contigo. Que sepas que cuando me cuelas una de tus habituales pifias, trato de aguantar el tipo y sonreír, pero internamente te estoy haciendo un zafarrancho diodenal que ni Freddy Krueger. E igualmente, que sepas que te pongo en mi lista mental de ‘ya te devolveré la pelota’. O sea, si hemos quedado (verbalmente, porque nunca me haces contrato) en que yo trabajaré para ti tal fecha, y de repente te llamo el día anterior diciéndote que me he puesto malísimo de la muerte con una gastroenteritis de órdago a lo grande y no voy a poder actuar contigo, piensa que a lo mejor otro empresario me ha llamado ese mismo día y yo no he tenido escrúpulos para dejarte tan colgado como tú me dejas a mí. Y además, acabo hastiado de enseñar gratis mis gayumbos al público.
Trabajo para que me pagues. Así que igual que tú esperas que yo me ponga ante la cámara con mis mejores recursos, haz el favor de dármelo por escrito. Que estoy frito de vivir bajo cuerda. De no ver un contrato ni por asomo. De que tu única preocupación sea que firme la hoja de derechos de imagen, renunciando a cosas irrenunciables. De que cuando te interesa, tú y yo hagamos ‘pactos entre caballeros’, pero que cuando las cosas se tuerzan, me dejes colgado. De que reserve mi agenda para ti y por lo tanto rechace otros trabajos que coincidan ese mismo día (que no sé cómo coñones se confabula el universo, pero pasas de estar varias semanas mano sobre mano a que te coincidan tres trabajos el mismo día), y que luego me despaches con un mísero ‘es que se ha caído la fecha’. ¿Qué se ha caído? ¿Y qué pasa conmigo? ¿O te crees que puedo meterme en mi máquina del tiempo y retroceder al día en que otro me ofrecía un trabajo ese día para decirle que sí? No me des fechas que no tengas confirmadas al 100%. Y DÁMELO POR ESCRITO. Que las palabras se las lleva el viento, y donde dije digo, digo Diego. ¿No firmaste un contrato con ese teatro, con esa productora, con la Comunidad? Pues fírmalo también conmigo. ¿Qué voy a cobrar menos porque me tienes que retener? Bienvenido sea si con ello comienzas a darle seriedad a esto. Los artistas no somos unos dejados que trabajan por cuatro gordas mal pagadas: nos habéis hecho así. Nos habéis convencido que se puede ir a trabajar sin contrato, sin seguridad social, sin ningún tipo de papel que nos descubra ante Hacienda (pero que os libere a vosotros de gastar demasiado). Luego nos lloráis que Pepe se cayó en escena, se rompió una pierna, os demandó, y os han metido un palo por no tenerlo asegurado de los que Dios tirita; qué malo Pepe, que os denuncia cuando le habéis dado trabajo en tantas ocasiones. Qué fastidio ahora tener que hacer contrato a todo el mundo, tener que pagarles seguros, considerarlos PERSONAS.
Trabajo para que me pagues. Hazlo y tendrás mi fidelidad, y en algunos casos hasta mi amistad. Los cómicos tenemos fama de llegar, arrasar con todo, pedir lo máximo, tratar de currar lo mínimo… Pero prueba a tenerme contento (no pido lujos) y verás qué diferencia. Estamos aburridos de tener que trabajar para cien mil empresarios, picoteando de aquí y allá; hazme contrato, paga mis seguros, remunérame de forma justa e inmediatamente después de trabajar, dame de comer y un sitio donde dormir, paga mi desplazamiento… Y cada vez que me llames dejaré lo que esté haciendo y estaré disponible para ti. Dejaré a otros berzotas y aprovechados por currar contigo. Viajaré al fin del mundo, memorizaré lo que me pidas, reiré, lloraré, bailaré, tendrás lo mejor de mi arte. Aceptaré bajar mi caché si hay crisis, porque sabré que cuando deje de haberla volverás a ajustármelo a la alza. Me embarcaré en tus proyectos más estrafalarios o peregrinos, y los sacaremos adelante y triunfaremos. Recuerda que si tú te estás arriesgando, yo soy el que pone la cara delante del público; a ti puede que no te vuelvan a contratar, a mí puede que me la partan.
Trabajo para que me pagues. Soy actor profesional. Que no se te olvide.
¡PÁGAME YA, COÑO!








La obra de teatro había finalizado. La señora Viuda de Calambres esperaba a su hijo Sisebuto en la salida de artistas. El actor apareció, radiante.

El silencio se hizo en el Kodak Theatre de Los Ángeles. Había llegado uno de los momentos cumbre de la noche. Merryl Streep, deslumbrante, abrió el sobre de papel que contenía el nombre del merecedor al Best Actor Award. Sacó la hoja cuidadosamente doblada mientras murmuraba: ‘And the Oscar goes to…’, leyó el contenido, y a continuación, con una ligera dificultad, pronunció:
Un día te retiras. Te lías la manta a la cabeza y te retiras. Terminas hasta las narices de los trabajos esporádicos, de las agencias, de los castings, de perseguir un sueño que no acaba de llegar y te retiras. Retomas aquellos estudios que dejaste, que abandonaste cuando te subiste por primera vez a un escenario; o reescribes aquel currículum que tenías guardado en alguna parte, donde aparecía tu experiencia laboral en aquella oficina y aquellos cursos de mecanografía e informática. Y te pones en movimiento; al fin y al cabo, se trata de hacer lo mismo que hacías cuando se trataba de encontrar un trabajo de actor; te lo sabes de maravilla. Empapelas con tus datos personales las agencias de colocación, las etts, las empresas; y empieza a sonar el teléfono. Pasas varias entrevistas de trabajo; pan comido: llevas años actuando, y convencer de tu futura vinculación irreductible a ‘la casa’ esta chupao. Y te seleccionan; y te hacen un contrato laboral de cuarenta horas, catorce pagas y veintiocho días de vacaciones al año.
- Jolines, el mío es más majo. Me va fenomenal, me pasea más…
Hola. Me llamo Sisebuto Calambres y actualmente soy figurante. ¿Me preguntas que ‘qué es eso’?. Pues carne de cañón, hijo; un marronazo, pero es lo que hay.
-¿Desnudo integral…?


No es intención de este recién nacido blog tener una periodicidad diaria, y menos aún mostrar un punto de vista más dramático que humorístico. Pero la Vida 2.0 es así, y a veces, la inmediatez, rompe nuestros planes. Es triste dedicar mi segundo post a un obituario, pero es lo que hay: esta tarde de sábado se nos ha ido Manolo Gas, pianista, director de orquesta, músico, artista. Un currante. Una de esas personas que fuera de los círculos teatrales parece no existir para los mass-media, pero que existía. Y cómo…
